sábado, 21 de mayo de 2011

Día Dieciocho: ¿Montaigne filósofo?

Con frecuencia he leído a varias plumas autorizadas que así consideran a Montaigne. Escuchemos a Ortega que era filósofo de profesión: "Sólo el que duda es filósofo. El que no duda aún no necesita de la filosofía, es el homo religiosus" -el resaltado es suyo. Si esto que Ortega pensaba es cierto Montaigne fue filósofo puesto que era un escéptico; pero también lo era entonces casi todo hombre culto de su época habiendo llegado a cumplir cierta edad. Con esta afirmación de Ortega pocos hombres se marcharían del mundo, incluso hoy, sin ser filósofos.
     No, no se trata de dudar o no dudar. Lo que quiero dejar claro es que él jamás pretendió impartir doctrina filosófica propia: "Yo no enseño, yo cuento"; "Aparte de los de Séneca y Plutarco, de donde extraigo mi caudal, (...) no he tenido comercio con ningunos otros libros de sólida doctrina. De esos escritores algo quedará en este libro..."; " ...heme acostumbrado desde hace algún tiempo, a añadir al final de cada libro la fecha en que he acabado de leerlos y la opinión general que de ellos he sacado, a fin de que esto me recuerde al menos el aire y la idea que del autor había concebido al leerlo".
     En realidad es difícil poderle acotar un pensamiento profundo que no pertenezca entera o parcialmente a otros. Yo me atrevería a decir que no fue un filósofo sino un lector de filosofía moral y de mucha historia y, todo lo más, un gran observador y contemplador. Montaigne tan sólo fue un hombre que sabía combinar y valorar -como si de un buen guiso se tratara- la forma menos mala de pasar por este mundo. Un escéptico al tiempo que un epicúreo fascinante, honesto, sencillo, ingenioso, ameno y, sobre todo: un verdadero amante de la existencia que se dedicó a decirnos la forma que a él le parecía más llevadera de permanecer en este Planeta dándole unas vueltas al Sol.

     Por cierto, es sorprendente saber que "negros" de la escritura ya existían entonces. A propósito de tanta cita de Séneca, Plutarco, Cicerón y Epicuro como trae a sus Ensayos, reconoce que es fácil en su tiempo componer un libro "engañando al necio mundo" sin haber leído a nadie: "He visto hacer libros sobre cosas jamás estudiadas ni entendidas, encargando el autor a distintos amigos sabios la búsqueda de esta y aquella materia para construirlos, contentándose por su parte con haber hecho el proyecto y apilado industriosamente ese montón de provisiones desconocidas; al menos son suyos la tinta y el papel". Y nos sigue pareciendo un hombre de hoy cuando escribe: "...me engaño si los peores escritores no son los más valorados en las corrientes populares".
     En cuanto a aquellos de los que ya hemos hablado que hoy en día corrigen su obra apenas editada, él ya decía: "Añado, pero no corrijo. En primer lugar porque me parece razonable que aquel que ha hipotecado su obra al mundo ya no tenga ningún derecho sobre ella. Que hable mejor en otra parte, si puede, y que no corrompa la obra que ha vendido. A personas semejantes no habría que comprarles nada hasta después de muertas. Que piensen bien lo que escriben antes de publicarlo. ¿Quién les obliga a escribir deprisa?" No obstante tengo entendido que él mismo también hizo correcciones en posteriores ediciones.
     Comparemos por otra parte esta declaración de Dostoievski: "Cada autor tiene su propio estilo y, por consiguiente, sus propias reglas gramaticales. Pongo comas donde las juzgo necesarias y, donde las juzgo innecesarias, otros no deben agregarlas", comparémosla digo con la siguiente de nuestro autor: "Yo no me ocupo ni de la ortografía, ni de la puntuación; soy poco experto tanto en una como en otra, (...) Preferiría dictar otros tantos ensayos a resignarme a releer éstos para hacer esa corrección pueril". Vemos que en el fondo parece que no han pasado trescientos años entre uno y otro.


     En suma, alguien que escribe: "...rara vez me arrepiento"; "...detesto ese arrepentimiento circunstancial que trae la edad"; "la plegaria me vence, aborrezco la amenaza"; "me contento con disfrutar del mundo sin agobiarme demasiado, y con vivir una vida sólo excusable y que no sea una carga ni para mí ni para los demás"; "el estar sujeto y obligado me pierde..."; "la intemperancia es la peste de la voluptuosidad, y no es la templanza su azote: es su aderezo"; " ...detesto la pobreza tanto como el dolor"; "el depender de otro es una suerte arriesgada y digna de lástima"; "...el hecho de aceptar es un acto de sumisión"; "...elementos de mi carácter: algo de orgullo natural, la incapacidad para soportar el rechazo..."; "a veces encuentro ayuda en la indolencia y en la molicie"; "la decrepitud es un estado que exige soledad"; "a mí no me preocupa ser hombre de bien según Dios; no sabría serlo según mi propio criterio"; alguien que escribe todo esto -decíamos- no está haciendo filosofía sino haciéndonos partícipes de quien es y como piensa. Y, curiosamente, se diría que bosquejando la imagen del hombre del siglo XXI.

     Antes de despedirnos temporalmente de Montaigne, quiero recomendar de sus Ensayos los Capítulos que llevan por título "De la presunción", "Sobre la amistad", "Sobre el arrepentimento" y "Sobre la vanidad". Cuatro temas interesantes para alguien de cualquier edad y de toda época.
     Y finalizo con algo del Capítulo XVIII del Libro Segundo titulado "Del mentir"; dice allí lo siguiente sobre los motivos que le han inducido a escribir:  "No erijo una estatua para colocarla a la entrada de una ciudad, ni en una iglesia, ni en la plaza pública. (...) Es para un rincón de la biblioteca y para divertir a un vecino, a un pariente, a un amigo que se entretendrá en descubrirme y compararme con esta imagen, (...) ¡cual no sería mi contento si oyera a alguien describirme las costumbres, el rostro, el porte, las palabras corrientes y los destinos de mis antepasados! ¡cuan atento estaría! (...) Si por el contrario fuera mi descendencia de otros gustos, tendría la posibilidad de tomarme la revancha: pues no podrían hacer menos caso de mí del que yo haré de ellos en esa época. (...) Y aun cuando nadie me leyese, ¿acaso habría perdido el tiempo al ocuparme durante tantas horas ociosas en pensamientos tan útiles y agradables?"


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domingo, 15 de mayo de 2011

Día Diecisiete: ¿Es molesto que alguien nos hable tan sólo de sí mismo?

Antes de seguir profundizando en Montaigne conviene traer aquí a otro personaje del que quizás su temprana muerte fuera el disparador de aquella "inclinación melancólica producida por la tristeza de la soledad" que le llevó a él a aquella "fantasía de meterse a escribir".
     Etienne de la Boétie, tres años mayor que él, su gran amigo íntimo al que quiso con locura -se supone que platónicamente-, había escrito a los dieciocho años (aunque hoy se cree que contaba al menos veintitrés) una obra conocida en el lenguaje coloquial como el Contra uno, obra a la que el autor le había dado en realidad el título de La servidumbre voluntaria.
     Verdaderamente se trataba de una obra sui géneris. A lo largo de su lectura se nota que su autor es joven, apasionado y enamorado de la antigüedad; a menudo se va por las ramas, pierde alguna vez el hilo, a veces desvaría y otras no se sabe contra quién dirige tanto improperio. Yo definiría ese libro como el grito desgarrador de alguien muy afectado por la tiranía social del momento y, al tiempo, seducido por la "idílica" democracia que se pensaba que a veces se llegó a disfrutar en las sociedades griega y romana. No sólo esta obra y la profunda amistad con su autor resultaron muy influyentes en Montaigne, sino la muerte de aquel a los treinta y tres años a causa de una disentería estando él mismo presente. Etienne de la Boétie le había legado su biblioteca y Montaigne se entregó con pasión a editar las obras de su amigo, especialmente el Contra uno.
     Y ahora, conocido todo esto, sí podemos meternos de lleno en las entrañas de sus Ensayos. Una "especie de condimento de calidad y también un medicamento contra la tristeza" tal como muy acertadamente algún intelectual los ha llamado:

   "Si el mundo se queja porque yo hable de mí demasiado, yo me quejo porque él ni siquiera piensa  en sí mismo."
   "Yo me arrepiento rara vez..., mi conciencia se satisface consigo misma"
   "Yo no enseño ni adoctrino, lo que hago es relatar"
   "Yo tengo mis leyes y mi corte para juzgar de mí mismo"
   "Detesto el accidental arrepentimiento a que la edad nos encamina"
   "Si tuviera que recorrer lo andado, viviría como hasta ahora he vivido; ni lamento el pasado ni temo lo venidero"
   "Soporto los males con dulzura... porque traen halagüeñamente a mi memoria el recuerdo de mi larga y dichosa vida pasada"
   "Quien como yo tiene como mira las comodidades de la existencia (hablo de las esenciales) debe huir como de la peste de esas dificultades y delicadezas de humor"
   "Yo vivo al día, y, con respeto sea dicho, no vivo sino para mí; mis designios todos en ello finalizan"
   "Yo renuncio desde ahora a los favorables testimonios que quieren procurárseme, no porque de ellos sea digno sino porque estaré ya muerto"
   "Yo prefiero ser viejo menos tiempo a serlo con anticipación"
   "Yo no percibo distinto fin que el de vivir y regocijarme"
   "Yo me atrevo no solamente a hablar de mí mismo, sino a hablar de mí mismo solamente; me extravío cuando hablo de otra cosa, apartándome de mi asunto"
   "...tomé odio mortal a depender de ningún otro; sólo en mí mismo quise asirme"
   "Yo me conformo con una muerte recogida en sí misma, sosegada y solitaria, cabalmente mía, que concuerde con mi vida retirada y apartada"
   "¿Para quién no son al fin cargantes e insoportables los achacosos?
   "La decrepitud es cualidad solitaria. Yo soy sociable hasta el exceso, y, sin embargo, reconozco sensato el sustraerme en adelante de la vista del mundo con objeto de guardar la importunidad para mí solo...; llegó la hora de volver las espaldas a la compañía"
   "...me es particularmente grato el no ocasionar a nadie placer ni dolor cuando me vaya"
   "Yo me estudio más que ningún otro asunto; soy mi física y mi metafísica"
   "Yo otorgo gran autoridad a mis deseos y propensiones: no gusto de curar el mal por el mal mismo, y detesto los remedios que son más importunos que la realidad"
   "...si es grato y apetecible, el placer es de las principales especies de provecho"
   "Trato yo a mi fantasía con la mayor dulzura que me es dable, y la descargaría, si pudiera, de toda pena y alteración"
   "Yo acojo de buen grado y con reconocimiento cuanto la naturaleza hizo por mí; con ello me congratulo y de ello me alabo"

     He estado dudando seriamente si traer aquí o no esta sinfonía de yoes los cuales conservo seleccionados de entre muchos otros en mi morral. Y, además, si los traía, si soltarlos de esta manera: sin avisar.  En cualquier caso pido mil perdones.
     Y me he atrevido a llamar sinfonía a esta letanía de afirmaciones o declaraciones singulares y posiblemente arrogantes -pero siempre frescas y lozanas- porque hay que reconocer que su lectura "suena" bastante bien tanto en la forma como en el fondo. Ese es realmente Montaigne, el auténtico Montaigne de su tercer y último libro, el aparecido en la edición de 1595 después de quince años de retoques y añadidos realizados incansablemente hasta su muerte ocurrida tres años antes.
     Pero hemos de hablar más sobre Montaigne del que Nietzsche pensaba que "El hecho de que un hombre así haya escrito, contribuye a aumentar un poco más el placer de vivir en este mundo. Al menos eso es lo que a mí me ha sucedido desde que conocí a este espíritu tan libre y vigoroso"; "Montaigne tiene una segunda cualidad aparte de esa otra de su honradez: una genuina serenidad que nos sosiega"

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sábado, 7 de mayo de 2011

Día Dieciséis: De un noble francés que se puso a ensayar

Después de haberlo citado aquí el último día confieso que hoy me he atrevido, con mucho respeto, eso sí, a abordar la figura de uno de aquellos escritores -uno de no más de un par de docenas- que me ha venido cautivando desde que supe de él. Michel de Montaigne y sus Essais es punto y aparte.
     Siempre que releo a este autor lo imagino escribiendo en aquel su castillo en una sala enorme con una magnífica chimenea y un gran perro a sus pies. Era su "cubil" como él llamaba a esa sala donde tenía prohibida la entrada a cualquiera: "Este es mi cubil. Intento conservar totalmente el dominio sobre él y sustraer este único rincón de la comunidad conyugal, filial y civil, (...) ¡Mísero aquel, a mi parecer, que no tenga en su casa un lugar donde pertenecerse, donde hacerse a sí mismo la corte, donde ocultarse".
     Estamos en los años setenta del siglo XVI. Este noble de Burdeos que ha ejercido la magistratura desde su juventud, carrera por la que no tuvo nunca entusiasmo alguno, dimite con cuarenta años como consejero del Parlamento de Burdeos y decide dedicarse a escribir. "Una inclinación melancólica producida por la tristeza de la soledad a la que me había entregado desde hacía algunos años, hizo que naciera en mi cabeza esta fantasía de meterme a escribir". Son palabras mágicas y eternas en el mundo del escritor: inclinación melancólica, tristeza de la soledad.
     Y como nunca había hecho nada semejante a excepción de la traducción de un libro del latín al francés por encargo de su padre, se pone a escribir sobre lo que lee y ha leído y, sobre todo, más adelante, acerca de sí mismo y de cuanto se le ocurre, aunque cada vez más sobre su persona, sobre él mismo. Michel de Montaigne estaba creando un género literario desconocido hasta entonces y que él, como no sabe que título darle a eso que está escribiendo, lo denomina Ensayos. "Voy espigando aquí y allá, en los libros, las sentencias que me placen, no para conservarlas (porque no tengo donde), sino para transportarlas aquí". Y también: "Ni en la guerra ni en la paz viajo sin libros, (...) En casa suelo prestar más atención a mi biblioteca...(...) Allí hojeo un libro, ya otro, sin orden ni concierto, de modo deshilvanado; ora sueño, ora apunto y dicto, mientras paseo, las ideas aquí presentes".
     El libro que su padre le había mandado traducir del latín era nada menos que de un filósofo y teólogo catalán, Raimundo Sabunde el cual había enseñado en Toulouse, y que fue publicado en francés tras traducirlo Montaigne con el título Teología natural. Desde luego ese catalán fue ya un pionero de lo que se avecinaba cuando en el mil cuatrocientos y pico le reprochaba a los escolásticos el uso excesivo del principio de autoridad y de las deducciones silogísticas en detrimento de la investigación empírica. Y a Montaigne, como veremos, le debió de influir mucho la lectura de aquel renacentista.
     Por otra parte, quizás aquella traducción fue la que le indujo a escribir sus Ensayos en francés y no en latín, lengua ésta en la que él mismo se expresaba y que ya hablaba cotidianamente a los seis años. Esa fue otra de sus innovaciones: escribir en una lengua en la que no se editaban entonces libros; Montaigne dice en cierta ocasión que escribe para pocos hombres y para poco tiempo, aunque ello lo piensa porque cree que la lengua francesa que utiliza se dejará de emplear pronto; hasta entonces todo se había venido escribiendo en latín.

     En aquella época debió ser Montaigne como un rayo de luz en la caverna del medievo que quedaba atrás. Que resultó ser un hombre sincero en su escritura es innegable y es parte de su personal impronta de escritor. Por ejemplo: "Y es el caso que tengo cierto natural imitamonos: cuando me metí a hacer versos, revelaron claramente al poeta que acababa de leer recientemente; y algunos de mis primeros ensayos tienen cierto tufillo a cosecha ajena". Dice que se entretiene leyendo autores sin cuidarse de su ciencia; asegura que tan sólo busca en ellos el estilo, algo que desde el primer momento a él no le falta, aunque lo ignore, y que resulta particular y asociado a la evolución del pensamiento pero al tiempo se mantiene clásico. También reconocía que escribía a saltos y a zancadas, y ahí sí que no se equivocaba, en realidad era cierto: va de un sitio a otro velozmente y a veces parece que se ha perdido.

     Hay que decir, sin embargo, que a Montaigne se le ha acusado varias veces y de varias formas de ególatra, arrogante, misántropo, misógino y hasta de hipocondríaco; incluso yo he leído de él que se trataba de un "hombre cuya ética era seguir sus impulsos naturales"; eso sin olvidarnos de la complejidad y contradicción de su persona, de su alambicada personalidad. Yo replicaría a ello con dos argumentos:
     Primero de todo que Montaigne estaba creando un género. Aquello no era novela ni literatura epístolar; tampoco era historia ni crítica; no se trataba tampoco de biografía ni autobiografía -aunque de todo ello un poco había. Montaigne escribe -tal como él dice- sin esperanza de gloria; escribe por escribir y sin saber de qué, tan sólo por esa fuerza que arrastra sin remedio; y cuando después de muchos años de comenzar muchos capítulos con palabras más o menos como estas: "Cuéntase que Severo Casio hablaba mejor..."; "Tenía un noble francés la costumbre..."; "Los reyes de Persia admitían en sus festines...", cuando después de relatar cosas tan serias pasa a describirse a sí mismo contando qué es lo que come, cuánto bebe, cómo se viste, si va poco o mucho al excusado, cual ha sido su salud, si le agrada rascarse o le pican los oídos, cómo tiene el estómago o su vista..., entonces Montaigne desconcierta.
     Y este es por tanto mi segundo argumento: Montaigne se desnuda ante el lector de su época, lo cual es una novedad; confiesa sin ambages lo que piensa y lo que opina sobre... ¡sobre lo divino y sobre lo humano! habría que decir.
     En fin, cabría preguntarse: ¿Pero cómo es posible que un hombre que escribe entre otras muchas cosas sobre esos temas tan triviales y faltos de interés, llegue a ser entretenido e incluso apasionante leerlo? ¿Será su estilo junto con su candor? ¿Radicará el secreto en esa franqueza que emana de todo lo que dejó escrito este escéptico arrogante y desenvuelto epicúreo?
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domingo, 1 de mayo de 2011

Día Quince: ¿Por qué se escribe?, ¿para qué se escribe? (y dos)

Decíamos el día anterior que teníamos por delante un tema apasionante y de difícil respuesta; quizás de infinitas.  ¿Para quién escribieron los grandes?:
     En su Tratado de la tranquilidad del alma Séneca dejaba escrito hace casi dos mil años lo siguiente: "¿Qué necesidad hay de componer obras que han de durar siglos? ¡Quieres hacer esto porque  la posterioridad no cambie tu nombre! Naciste para la muerte y menos molestias tiene la muerte silenciosa. Así que para ocupar tu tiempo, escribe en estilo simple alguna obrilla en provecho tuyo, no para que la fama pregone tu nombre: menor trabajo cuesta a los que estudian para la necesidad del día". A pesar sin embargo de ese reproche y ese consejo, recuerdo que en alguna de sus epístolas morales le decía a Lucilio que él estaba seguro de que sería leído muchos siglos después, o algo parecido.

     Valéry en sus Estudios literarios escribe sobre Pascal algo interesante: "Y yo me he preguntado, ingenuamente, si un hombre que no mira más que a sí mismo y a Dios, que no se concibe más que entre su perdición y su salvación, que no le inquieta una vida futura en la memoria de los otros (...) puede estar en disposición de pensar en el juego de escribir. Yo creo que nunca se escribe si no es para alguien, y que no se escribe con arte si no es para más de uno". Soberbia observación esta última: se puede estar escribiendo una carta y se puede estar escribiendo una obra, o un manual de instrucciones -por ejemplo- que también exige determinado arte.

     Borges por su parte afirmaba que "Un escritor debe pensar que cuanto le ocurre es un instrumento; todas las cosas le han sido dadas para un fin. Todo lo que le pasa, incluso las humillaciones, los bochornos, las desventuras, todo le ha sido dado como arcilla, como material para su arte; tiene que aprovecharlo". Y, más adelante: "En un poema hablé del antiguo alimento de los héroes: la humillación, la desdicha, la discordia. Esas cosas nos fueron dadas para que nos transmutemos, para que hagamos de la miseria circunstancia de nuestra vida, cosas eternas que aspiren a serlo". Borges terminó ciego, y esto que he traído aquí pertenece a uno de sus escritos titulado La ceguera.

     En sus célebres Ensayos, bajo el subtítulo "Del autor al lector" y fechado el 12 de junio de 1589, Montaigne deja escrito al comienzo de aquel magnífico libro lo siguiente: "Lo he dedicado al uso particular de mis parientes y amigos para que, cuando me pierdan (lo que sucederá muy pronto), puedan hallar en él algunos rasgos de mi condición y humor, y por este medio les quepa nutrir y tornar más entero y más vivo el conocimiento que tuvieron de mí".

     Nietzsche afirma en La gaya ciencia que escribir es para él una necesidad: "hasta ahora no he encontrado otro medio de desembarazarme de mis pensamientos (...) ¡Es que lo necesito!" 

     En suma y en breve, he aquí cinco grandes razones de cinco de los grandes:
  • Se escribe exclusivamente para la posteridad; se escribe para inmortalizarnos.
  • Se escribe siempre para alguien, al menos para uno; y si se trata de hacerlo artísticamente se escribe para más de uno.
  • Se escribe para realizar una obra de arte con lo que nos ha sido dado, para trabajarlo y obtener de ello toda su belleza; se escribe a veces para hacer de la miseria cosas eternas.
  • Se escribe para que cuando nos hayamos ido se conozca mejor qué clase de persona llegamos a ser; para que nuestros allegados sepan auténticamente de nuestros rasgos y carácter. 
  • Se escribe para desembarazarnos de nuestros pensamientos.
    
    Pero deben existir muchísimas más razones que ya tendremos ocasión de descubrir.
    Hoy viene bien traer a esta página aquello de Gracián: "...lo malo, si poco, no tan malo", lo cual es menos conocido que lo que dejó expresado sobre "lo bueno y además breve".

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miércoles, 27 de abril de 2011

Día Catorce: ¿Por qué se escribe?, ¿para qué se escribe?

Hace unos años era muy común decir que cuando un norteamericano tras haber dado una charla, si ante la pregunta de un miembro del auditorio respondía con: "¡Esa es una muy buena pregunta!", estaba claro que no sabía la respuesta correcta. Pues bien, algo parecido se puede decir sobre estas dos cuestiones: que no es fácil responder a ellas por no existir una respuesta clara dado que existen posiblemente infinitas.
 
     Ayala afirmaba que "No sólo cabe preguntarse para quién se escribe, sino por qué, para qué y cómo", y Cela pensaba que "Se escribe -alguna vez se ha dicho- por la ley de la inexorable e implacable fatalidad. También se escribe -seamos humildes- por una rigurosa necesidad de hacerlo, por la misma causa que el pulmón respira o late el corazón".
     A mí me gusta sobre todo la última parte del aserto; el escritor auténtico se pone a escribir sintiendo "una rigurosa necesidad de hacerlo", aunque escriba mal. El escritor que lleva en su sangre la vocación se siente compelido a escribir por una misteriosa fuerza connatural que le obliga a sentase fatalmente ante un papel en blanco, una máquina de escribir o un ordenador personal. No sabe por qué lo hace, quizá sea que trata de comunicar pero sin abrir la boca; necesita expresar, manifestar, ser escuchado en silencio -dice Vivaldi: "Se escribe para que se nos lea, no para que se nos escuche" (1).
     Ese auténtico escritor siempre inquieto, a menudo impaciente, frecuentemente efusivo, vehemente e inconstante escucha un mandato imperioso y al tiempo apasionado de transmitir su íntima verdad; quiere contar algo para que los demás lo sepan, lo conozcan, se distraigan, lo aprendan, lo disfruten... El escritor quiere dejar su impronta, una traza, una huella que señale que existió, una marca o señal que lo pueda trasladar en forma soñadora a la eternidad. Porque en el fondo, al igual que Dostoievski trataba de convencerse a sí mismo y le afectó durante toda su existencia, sabe que no existe otra inmortalidad.
     El escritor realiza esa función debido a aquella misma fuerza que llevaba al hombre de las cavernas a ponerse de pie ante el muro iluminado por el fuego y plasmar en él la figura de un bisonte, de un ciervo o de los mismos cazadores -que no nos vengan diciendo que se trataban de invocaciones a la divinidad. El escritor ejecuta su escritura empujado por aquel mismo ímpetu y violencia que llevaba a Goya a pintar desordenada pero excepcionalmente no sólo con pinceles sino con brochas, con espátulas, con cuchillos, con esponjas y hasta con los dedos. ¿Será un remedo de ese impulso, de "esa rigurosa necesidad de hacerlo" que decía Cela -salvando las enormes distancias- esa tímida fuerza que al "grafitero" de hoy le lleva inexorable y trabajosamente, de manera vana y gastándose un dinero, a embadurnar con su alias o con el acrónimo de su nombre fachadas y portales, porque no conoce otra manera de manifestarse ante el mundo?
     
     Pero no; no nos engañemos. No estamos pensando ni nos estamos refiriendo al "escritor generalizado" o "grafitero" de la escritura de hoy y de siempre. "Escribir es hacer esa obra de arte que no consiste en otra cosa que en descifrar, en interpretar, en ofrecer el equivalente de la impresión que vuelve como una imagen. Escribir, en suma, es leer el libro interior de signos desconocidos. Un libro que, aunque está en nosotros, está hecho de caracteres no trazados por nosotros. Esa lectura es una actividad para la que no hay regla alguna, en la que nadie puede ayudarnos y que, justamente por eso, consiste en un acto de creación. Crear no es otra cosa, entonces, que traducir los caracteres de ese libro interior y preexistente a un lenguaje exterior que lo exprese: ese libro esencial, el único libro verdadero, el escritor no tiene que inventarlo en el sentido corriente, porque existe ya en cada uno de nosotros, no tiene más que traducirlo. El deber y el trabajo de un escritor son el deber y el trabajo de un traductor" (2). Los resaltados pertenecen al mismo Proust.

     Y para escribir ese libro esencial, el único libro verdadero que existe en cada uno de nosotros el escritor sufre, se conmociona y se exaspera pero al mismo tiempo goza. Busco en mi morral de lector y encuentro: "Yo me siento ante el fajo de cuartillas en blanco, con la pluma en la mano, todas las mañanas y lo paso muy mal, sufro y al mismo tiempo me deleito en una especie de raro masoquismo porque me cuesta mucho trabajo escribir" decía Cela. Pero ya Rousseau nos había hablado de esa extrema dificultad de la escritura: "...esta lentitud de pensamiento y esta viveza de sensibilidad, no sólo me domina en la conversación, sino hasta cuando trabajo solo. En mi cerebro las ideas se ordenan con una dificultad increíble; (...) ...de ahí esa dificultad extrema que siento al escribir. Mis manuscritos llenos de borrones, embrollados, mezclados, ininteligibles, prueban el trabajo que me cuestan. Ni uno sólo he dejado de tener que copiarlo cuatro o cinco veces, antes de darlo a la prensa. Sentado a una mesa, con la pluma en la mano y el papel enfrente, jamás he podido hacer nada. En el paseo, en la montaña, en medio de los bosques, por la noche en la cama durante mis insomnios, es donde escribo mentalmente".

     Está claro que el tema es tan atractivo que nos permitiría llenar con él muchas entradas de este blog. Por ello prefiero continuarlo al menos en la próxima ocasión.
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(1) Vivaldi, Géneros periodísticos 
(2) Larrosa, La experiencia de la lectura



  

lunes, 18 de abril de 2011

Día Trece: Pero regresemos a Freud el escritor

En la Introducción de las Obras Completas de Freud que poseo, concretamente en su primer tomo se dice textualmente: "Hay tres obras capitales para el mundo moderno: El capital, de Marx, El nacimiento de la tragedia, de Nietzsche, y La interpretación de los sueños, de Freud".
     Sinceramente este aserto me parece que puede ser exagerado, o al menos se debería aclarar qué es lo que el autor entiende por "obra capital". Concretamente y en lo relativo a Freud es posible que en cuanto al mundo de la psiquiatría La interpretación de los sueños pueda ser muy fundamental; sin embargo, yo -en cuanto a Freud escritor- me quedaría antes con El porvenir de una ilusión, El malestar en la cultura y Moisés y la religión monoteísta. Entiendo que estas son las tres obras auténticas de un gran pensador y autor no sólo porque en ellas se aprecia plenamente su extraordinario estilo como creo que ya dejamos escrito -el uso de las palabras esenciales, el desdeño del énfasis y de los superlativos, la huida de las metáforas y de los adornos y la honestidad de la exposición- sino por su contenido.
     De La interpretación de los sueños debo decir, sin embargo, que nunca fue el libro de mis sueños. Freud lo inicia recogiendo opiniones y citas de lo que el hombre, el poeta y el erudito han ido escribiendo a través de la historia sobre el significado de los sueños; lo hace muy promenorizadamente pero el tema es a veces soporífero; ¡se han dicho sobre los sueños tantas cosas y tantas tonterías! Él, sin embargo, está convencido de poder mostrar que los sueños son interpretables, y ese fue mi acicate para seguir leyéndolo; bueno, se diría que ese y... ¿cómo no intentar leerla tras aquel aserto de la Introducción?
     A pesar de ser una de las obras fundamentales del pensamiento moderno y contemporáneo encontré muy torticera a veces la forma de demostrar que los sueños son siempre realizaciones de deseos. Relata Freud casos y casos de sueños y siempre les encuentra esa salida, esa explicación, ese resultado; a veces desde luego de la forma más peregrina; sin embargo lo que eso evidencia es, por otra parte, que Freud era muy inteligente e imaginativo. Lo importante de la obra es su limpia exposición, esa llaneza para revelar el más sencillo detalle o sentimiento o la más increíble teoría. Tiene gracia no obstante que él mismo se disculpara frecuentemente ante el lector en algunas de sus obras imaginando que no es fácil comprender cabalmente sus razonamientos.
     Es curioso; cuando se editó esta obra por primera vez sucedió lo que casi siempre ha venido ocurriendo con la mayoría de las obras inmortales: originalmente no se vendió, no tuvo éxito. Tan sólo se editaron seiscientos ejemplares de los cuales apenas se llegaron a vender algo más de la mitad. No quiero pensar que eso se debiera a que se trataba de un libro extenso: cerca de cuatrocientas apretadas páginas. No; tuvo que deberse a otra razón; es posible que los críticos no apreciaran la forma literaria, o que fuese considerado un libro estrictamente profesional.
     Es sin embargo en aquellas tres obras, en mi criterio, donde queda patente que "...quienes afectan desdeñar la forma literaria ignoran hasta que punto es una misma cosa con nuestra facultad de pensar y de sentir. El estilo no es consecuencia de una elección. No se escribe como se quiere, sino como se puede. Es decir, se escribe como se es, como se piensa y como se siente" (1). Resulta que Freud era así, tenía unos dones, una especial idoneidad.
     Antes de finalizar con esta entrada me gustaría dejar algún apunte -si es que el espacio me lo permite- sobre aquellas sus tres obras que tanto me entusiasmaron.
     "El hombre suele aplicar cánones falsos en sus apreciaciones, pues mientras anhela para sí y admira en los demás el poderío, el éxito y la riqueza, menosprecia, en cambio, los valores genuinos que la vida le ofrece". Estas palabras tomadas de El malestar en la cultura se me ocurre que podrían sintetizar mucho del contenido de las tres, que son producción madura y tardía del escritor. Se trata de tres grandes estudios sobre la civilización, la religión y la historia con replanteamientos de notables cuestiones filosóficas. Y en ellos Freud aborda de manera exquisita problemas morales y religiosos para el hombre de su tiempo. Se trata en suma, y posiblemente, de lo que a Freud le desasosegaba.
     En la primera de ellas, El porvenir de una ilusión, escrita en 1927, Freud se atreve a realizar un vaticinio. Pero comienza advirtiendo en ella que: "...cuanto menos sabemos del pasado y del presente, tanto más inseguro habrá de ser nuestro juicio sobre el porvenir". Alguien verá si el tiempo le da finalmente la razón a su pronóstico.
     En la segunda, El malestar en la cultura, escrita en 1930 y en cierta forma continuación de la anterior -yo hubiera traducido la última palabra por civilización en lugar de cultura-, Freud se pregunta al comienzo: "¿Qué fines y propósitos de vida expresan los hombres en su propia conducta; qué esperan de la vida, qué pretenden alcanzar en ella?", y trata de dar en la obra una respuesta a estas y otras tremendas cuestiones.
     En la tercera y más tardía, Moisés y la religión monoteísta, escrita entre 1934 y 1938, Freud trata de justificar ante todo que Moisés no era judío sino egipcio; y ello resulta apasionante. Quizás desconcierte un poco el "tinglado" que Freud monta enlazando el totemismo de la horda primitiva con Ikhnaton, Moisés, Yahve, el cristianismo y hasta Pablo de Tarso. Yo me quedo con el origen egipcio de Moisés y con la exposición de los repetidos conceptos (los cuales vuelve a intercalar en esta obra) de el ello, el yo y el super-yo.
     A Freud le gustaba romper tabúes. Terminaré haciendo observar que de las tres obras él mismo llegó a decir: "...constituyen el triunfo de mi existencia".
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(1) Ortega y Gasset, Obras Completas. Vol. III

domingo, 10 de abril de 2011

Día Doce: Un último sorprendente apunte acerca de Dostoievski

Recuerdo haberle leído en alguna ocasión a cierto autor que sería capaz de cualquier cosa por conocer todos los títulos de los libros que devoró Dostoievski. A mí me viene a la cabeza que desde luego a Balzac sí lo leyó, puesto que su novela Eugenia Grandet la tradujo. Por otra parte es seguro que leyó a Chateaubriand, concretamente su primera obra Atala, ya que sobre ella se expresaba en alguna carta a su hermano Misha. También me costa, porque lo dejó escrito, que había leído a Dickens: Los documentos póstumos del club Pickwick, también a Victor Hugo: Nuestra Señora de París y Los miserables, y, por supuesto, Guerra y paz de Tostói.
    Normalmente solemos preguntarnos a menudo cuales han podido ser las influencias que ha tenido el escritor al que leemos, aunque seguro que tratándose de Dostoievski ninguno de aquellos le debió de influir demasiado; probablemente además de estos títulos leyó muchísimos más, sobre todo de autores rusos.
    Sin embargo sí sabemos que hubo una obra que seguro leyó y que le dejó buen gusto aunque mucha tristeza; fue Don Quijote..., puesto que de ella dejó escrito que era «...la más grande y más triste de cuantas ha creado el genio humano...»
   
   Decíamos al principio que Dostoievski no escribió unos verdaderos diarios íntimos aunque exista hoy publicado su Diario de un escritor. Este «diario» sin embargo no lo es tal, sino la recopilación de unos artículos escritos en la prensa durante la última parte de su vida en la que todo, más o menos, estaba mejorando para él.
    Digámosle de momento adiós, por lo tanto, hablando sobre su «diario»; un cajón de sastre o «papelera de reciclaje» en el que todo cabe, aunque dos son allí los temas que sobre los demás le arrastran u obsesionan: el crimen y el suicidio.
    En primer lugar hay que decir que es en estos «diarios» donde Dostoievski es ya más escueto que en sus novelas. ¿Se equivocaba Ortega y Gasset cuando decía de él lo siguiente?: «Sus libros son casi siempre de muchas páginas, y, sin embargo, la acción presentada suele ser brevísima. A veces necesita dos tomos para describir un acaecimiento de tres días, cuando no de unas horas. ... No duele nunca a Dostoievski llenar páginas y páginas con diálogos sin fin de sus personajes. Merced a este abundante flujo verbal, nos vamos saturando de sus almas, van adquiriendo las personas imaginarias una evidente corporeidad que ninguna definición puede proporcionar» Me explicaré: Victor Gallego Ballestero escribe en la Introducción a esos «diarios» que sus «prolijas novelas, desmesuradas y a veces caóticas» tenían una explicación. «Como le retribuían por pliegos, cuanto más alargaba la novela más le pagaban; de modo que el escritor hacía cuanto podía por aumentar las páginas, complicar la trama, dar vueltas y más vueltas al argumento y perderse a veces en conversaciones interminables, cuyo hilo conductor a veces no hay manera de determinar». Dejémoslo en la mitad para cada uno; ambas interpretaciones pueden ser ciertas.
   
    Sin embargo hemos mencionado antes aquella obra de Cervantes la cual al parecer le apenó, y he considerado digno de traer a estas páginas, a propósito de ella, la «ingeniosa y sorprendente mentira» que Dostoievski contó en aquellos «diarios» o artículos acerca de la citada novela. En uno de aquellos artículos, exactamente el que lleva por título "Una mentira se mitiga con otra" Dostoievski no comenta nada de lo que viene sucediendo a su alrededor en San Petersburgo, sino que se despacha nada menos que con Don Quijote... Pero aún hay más: se inventa un pedazo de la obra de Cervantes; reproduce como auténtico un fragmento en el que el Hidalgo le cuenta a Sancho cómo ha resuelto un enigma, y al final del párrafo que ha puesto en boca de Don Quijote, dice Dostoievski: «En este pasaje el gran poeta y conocedor de los hombres ha reparado en uno de los aspectos más profundos y misteriosos del alma humana (...)». ¡Sorprendente! ¡Pero sorprendente por dos motivos! Primero el atrevimiento de Dostoievski al falsear la obra mundialmente conocida, con un párrafo en ella inexistente y además sacar conclusiones sobre las espurias palabras del Hidalgo; y, segundo porque la ausencia de esas palabras del genial loco en la obra fue mencionada por primera vez en el año 1953 por el hispanista Maldonado de Guevara que no las pudo encontrar. ¡Nada menos que setenta y seis años después de haberse publicado el artículo, exactamente en 1877! ¿Es que nadie leía los «diarios» de Dostoievski o es que aquellos que los leían desconocían el contenido de El Quijote? ¿O poseía posiblemente Dostoievski una versión adulterada de la obra de Cervantes y no se inventó nada? Esto último lo descarto.
    Yo me he devanado la sesera desde que leyendo los «diarios» me enteré de ello, y he intentado buscar que le pudo llevar a idear ese embuste. Ante todo pudo ser un atrevimiento burlesco: algo así como «me voy a demostrar a mí mismo que soy capaz de escribir un episodio del libro cervantino al igual que Fernández de Avellaneda escribió una segunda parte». Hasta pudo preguntarse: «¿Será alguien capaz de detectar que nunca fue escrito esto en aquella obra?». Pero lo más considerable es que el soporte de su argumento —que una mentira mitiga o suaviza otra— no tiene sustento si no es en la parrafada de Don Quijote que él, Dostoievski, se inventa. La cosa es por lo tanto muy «grave», pues se nota que está todo muy forzado, quiero decir que su razonamiento no lo encontró en ninguna noticia del momento sobre cualquier suceso acerca de los que escribía sus diarios. No; tuvo que irse a los Libros de Caballerías (sobre los que supuestamente diserta Don Quijote) y mentir al lector inventándose que una mentira paliaba otra mentira. ¿Es que quizás se le ocurrió que en los citados libros publicados sobre Caballeros Andantes era donde más mentiras se habían escrito?
   
    De cualquier forma hay que reconocerle valor a Dostoievski: Un gran valor también en ese chusco episodio al margen del gran valor de sus novelas. Creo que vienen muy a propósito aquí y ahora —y para despedirnos de él— las palabras de un médico y escritor: «El valor de Dostoiesvki, y ello, aunque reconocido y vulgar, no deja de ser cierto, está en su mezcla de sensibilidad exquisita, de brutalidad y de sadismo, en su fantasía enferma, y al mismo tiempo poderosa, en que toda la vida que representa en sus novelas es íntegramente patológica por primera vez en la literatura, y que esta vida se halla alumbrada por una luz fuerte de alucinación, de epiléptico y de místico». Lo dejó Baroja escrito en Desde la última vuelta del camino.
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domingo, 3 de abril de 2011

Día Once: De escritura elegante que provoca y lacera

Acabé el último día citando a Cioran y no me gustaría dejarlo ahí abandonado sabiendo al menos que dentro de unos días, exactamente el ocho de abril, se cumplirán cien años de su llegada a este Planeta.
     Cioran siempre me ha confundido; leo y releo sus páginas preciosistas como si se trataran de poesía y, sin embargo, noto que estoy ante una prosa destructiva aunque no violenta; prosa sibilina y enigmática, a veces difícil de asimilar, prosa que parece hubiera sido escrita por alguien salido de su yo y que estuviera escribiendo desde otra dimensión. No sé que pensar; hasta se ha mencionado que sus obras son como una consulta con el psiquiatra. Sus tesis, marcadas por un pesimismo llevado al límite, se leen no obstante con la ligereza que un esquiador evidencia cuando desciende por una rampa de competición -no se me ocurre una expresión más acertada.
     De una somera biografía suya me quedan en el morral algunos rastros: "rumano", "...terribles episodios de insomnio", "...plan para suicidarse antes de cumplir veintidós años", "Francia", "...su editor destruyó la edición completa de Silogismo de la amargura porque no se vendían", "...vio dormirse ante sus incrédulos ojos al primero que le leyó la primera página de su Breviario de podredumbre, libro que reescribió al menos cuatro veces", "...vivió la mayor parte de su vida en hoteles", "...nunca se casó ni trabajó", "...jamás profesó religión alguna", "...se resistió a aceptar premios por su reticencia a recibir dinero en público".
     Cuando por primera vez leí su Breviario de podredumbre tenía la sensación de que esa obra era realmente la copia de un auténtico devocionario (o de muchos refundidos) en el cual el autor había ido cambiando ciertas frases o palabras. Todo lo que el "clérigo Cioran", ese sacerdote de la nada había publicado en su breviario de putrefacción sobre la miseria de la vida y sobre la mierda que somos, tenía la sensación de que lo había leído antes en mi infancia o me había sido ya dicho; la diferencia estribaba sólo, exclusivamente, en que Cioran se quedaba ahí, y en aquella época anterior se nos decía que, por lo tanto y al menos, nos quedaba el Más Allá. De momento -no sé en el futuro- prefiero a Nietzsche el cual aseguraba que la vida puede que no sea podredumbre si sabe vivirse y encauzarse dionisíacamente, y él fue además el primero que se atrevió a predicar eso. Aunque en cuanto al "más allá", ambos coinciden.
     Se me ocurre jugar con tres palabras: nada, algo y todo. Y me salen varias opciones: Nada y Nada (Cioran), Nada y Todo (Cristianismo), Algo y Nada (Nietzsche). Hay más combinaciones pero no me convencen. Cioran afirma en cierto momento que "Como no hay más que tres o cuatro actitudes ante el mundo -y poco más o menos otras tantas maneras de morir-..." A mí sólo me salen aquellas tres. Es posible que a algún exaltado, a un fanático de lo terrenal le parezca bien esta cuarta: Todo y Nada.
     En mi morral consta que Cioran siempre suministra un concentrado de pesimismo que envenena mortalmente todos los ideales, las esperanzas y los posibles arrebatos místicos. En su A modo de confesión dice que sólo tiene ganas de escribir estando en una situación tensa, explosiva; entonces la escritura es para él como una salida que reemplaza a las bofetadas o a los golpes; es una forma de diferir una agresión, le resulta un alivio. "Escribir es -dice- deshacerse de nuestros remordimientos y de nuestros rencores, es vomitar nuestros secretos. El escritor es un desequilibrado que utiliza esas ficciones que son las palabras para curarse. (...) Cuando se escribe sobre un tema cualquiera, aunque sea mediocre, se experimenta un sentimiento de plenitud acompañado de una brizna de altivez". Algo de esto último es verdad.
     Y en cuanto a su concepto del proceso creativo del que hablábamos el otro día desbarata todas las teorías y asegura que "Toda inspiración procede de una facultad de exageración (...) No hay verdadera inspiración que no surja de la anomalía de un alma más vasta que el mundo...". "No dejar nada a la improvisación o a la inspiración, vigilar a las palabras, sopesarlas, no olvidar nunca que el lenguaje es la sóla, la única realidad".
 
     Terminaba el día anterior mis notas con Emile Cioran y hoy quiero finalizarlas con Caraco. Su nombre ha acudido a mi mente por otro breviario, la única obra que he encontrado traducida al español: Breviario del caos. Sin embargo me pareció más bien un "manual de suicidio". Al menos eso sugiere cuando al final ofrece al lector la ventana abierta, el cuchillo afilado y la soga oscilante.
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martes, 22 de marzo de 2011

Día Diez: Refinar, refinar y refinar

Se trate de sueños diurnos, de indelebles recuerdos o de la ineluctable necesidad de haber visto mucho en nuestra vida; se trate de conocimientos, de hábitos, de preferencias y hasta de emociones, lo que es indudable es que el escritor necesita entregarse y dejarse las pestañas en su obra. Me viene a la mente una frase de Balzac que en algún lugar y en algún momento recuerdo haber leído: "El genio es una larga paciencia".
     Ninguno de los grandes, ni siquiera nuestro Dostoievski se vio libre del enorme y continuo esfuerzo de revisar y corregir sus textos. En una de las cartas a su hermano le cuenta que escribía una escena según se le ocurría en el primer momento pero que luego la trabajaba por espacio de meses y hasta de un año tachando en un sitio y añadiendo en otro: "...empiezo por escribir cada escena según se me ocurre en el primer momento, y me recreo mucho en ella; pero luego me estoy trabajándola por espacio de meses y hasta de un año. Me dejo entusiasmar por ella varias veces (pues me gusta la escena), y tacho aquí y pongo allá; y, créeme, siempre sale ganando la escena. Sólo que hay que tener inspiración. Sin inspiración, naturalmente, no se puede hacer nada".
     Inspiración; aquella que Picasso decía que cuando te llegase te tenía que coger trabajando. O sea que la inspiración no le era tan sólo necesaria a nuestro Fiodor para desarrollar los argumentos de sus novelas preñadas de ocurrencias y recuerdos; la inspiración la consideraba también necesaria para refinar la obra: "todo lo que sale de un tirón está todavía verde" reconoce en esa misma carta, y asegura que Gogol tardó ocho años en escribir sus Almas muertas. ¡Qué sorpresa!, y nosotros los profanos que creíamos que los grandes no se paraban a corregir, a mejorar, a perfeccionar...
     Pero sigámosle escuchando: "Para todo se requiere trabajo, una labor gigantesca, (...) Cualquier poemilla gracioso y ligero de Puschkin, nos parece a nosotros tan gracioso y ligero, precisamente por lo mucho que lo corrigió el poeta...".
     También a su hermano Misha: "La suerte de las primeras obras es siempre la misma, las corriges hasta el infinito. No sé si Atala fue la primera  obra de Chateaubriand, pero recuerdo que la corrigió diecisiete veces". Y hemos citado a Picasso, pero también el mundo de la pintura y de la constancia en el retoque está presente en la mente de nuestro autor: "Rafael pintaba durante años enteros, pulía su trabajo, lo perfeccionaba y como resultado surgía el milagro, los dioses emergían de su mano".

     Sin embargo, ¡cuidado! Algunos llegaron a pasarse. De Marguerite Yourcenar se ha escrito mucho acerca de una gran manía confesada por una de sus biógrafas: un "extraño comportamiento autárquico que le lleva siempre a modificar, prolongar y ampliar lo ya parcialmente realizado", revisar y corregir su obra. "Refritos" fueron llamados algunos de sus libros; ella misma lo reconocía: "...que tantas veces reviso y reescribo algunos de mis libros, para perfeccionarlos y enriquecerlos si es posible". Se trata, a veces, de sus obras ya reeditadas las cuales corregía "para acercarse al máximo a lo que ella quiere decir exactamente".
     Y no tan lejano en el tiempo se encuentra el reciente Premio Nobel de Literatura Vargas Llosa. Una conocida editora destaca de él sobre todo su enfermizo perfeccionamiento y su laboriosidad tratando de reescribir el texto una y mil veces hasta conseguir la excelencia aun cuando ya ese texto hubiera sido impreso.
     A este respecto trataremos algún día sobre el caso de los escritores que editan sucesivas ediciones de sus libros, de sus novelas aureoladas con el éxito, habiendo introducido cambios en el texto.

     ¿Tenía razón Cioran al escribir que "Todo éxito es un malentendido"?
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miércoles, 16 de marzo de 2011

Día Nueve: Soñar despierto; sueños diurnos


Cuántas veces nos habremos preguntado leyendo una novela cómo se le ocurrió a su autor la idea de escribirla; tan sólo la idea, la primera idea. Por qué se le ocurrió esa y no otra.
     Escribía Freud que "Los profanos sentimos desde siempre vivísima curiosidad por saber de donde el poeta, personalidad singularísima, extrae sus temas y cómo logra conmovernos con ellos tan intensamente y despertar en nosotros emociones de las que ni siquiera nos juzgábamos acaso capaces". Y algo más adelante precisa: "El poeta hace lo mismo que el niño que juega: crea un mundo fantástico y lo toma muy en serio".
     Es esa quizás una gran verdad. El escritor bucea aquí y allí, rememora sucesos de su vida, contempla hechos que le impresionaron... El verdadero escritor, el escritor de raza no se dice nunca a sí mismo: "Voy a escribir una novela sobre tal asunto porque creo que se va a vender muy bien". No; "Es el ánimo biográfico del autor el que, a partir de las propiedades de un suceso, inventa la posibilidad de que se convierta en novela". (1)
     Algo que con otras palabras, en su artículo titulado El poeta y los sueños diurnos, explica Freud: "Un poderoso suceso actual despierta en el poeta el recuerdo de un suceso anterior, perteneciente casi siempre a su infancia, y de este parte entonces el deseo, que se crea satisfación en la obra poética, la cual del mismo modo deja ver elementos de la ocasión reciente y del antiguo recuerdo". Quiero hacer hincapié en que dice "un suceso anterior perteneciente casi siempre a su infancia", pero que puede ser de ayer mismo. Y, ¿es siempre la primera chispa creadora un suceso?
     No siempre ni exactamente. Están además los sueños que el mismo Freud llamaba "diurnos", ese fantasear estando despierto, como lo haría un niño. Escribía Victoria Nelson que "Soñar despierto y fantasear son actividades esenciales para el proceso creativo. Constituyen la experiencia previa a la creación, el período de incubación que precede al acto artístico" (2) que es más o menos lo que Freud trata de demostrar en aquel artículo: que todo hombre tiene sus ensueños, sus "sueños diurnos" o fantasías. Unos los confiesan al médico, son los enfermos nerviosos; otros trasladan ese mundo de fantasía al papel. Y añade: "Los instintos insatisfechos son las fuerzas impulsoras de las fantasías, y cada fantasía es una satisfacción de deseos, una rectificación de la realidad insatisfactoria"; "...en muchas de las llamadas novelas psicológicas sólo una persona, el protagonista, es descrita por dentro: el poeta está en su alma y contempla por fuera a los demás personajes. Acaso la novela psicológica debe su peculiaridad a la tendencia del poeta moderno a disociar su yo por medio de la autoobservación en "yoes" parciales, y a personificar en consecuencia en varios héroes las corrientes contradictorias de su vida anímica".
     
     Pero escuchemos a Rilke según nos lo cuenta Marina:
     "Para escribir un solo verso, hay que haber visto muchas ciudades, muchos hombres y muchas cosas; hay que conocer a los animales, hay que haber sentido el vuelo de los pájaros y saber que movimientos hacen las flores al abrirse por la mañana. Hay que tener recuerdo de muchas noches de amor, todas distintas, de gritos de mujer con dolores de parto y de parturientas, ligeras, blancas y dormidas, volviéndose a cerrar. Y haber estado junto a moribundos, y al lado de un muerto, con la ventana abierta, por la que llegarán, de vez en cuando, los ruidos del exterior. Y tampoco basta con tener recuerdos. Hay que saber olvidarlos cuando son muchos, y hay que tener la inmensa paciencia de esperar a que vuelvan. Pues no sirven los recuerdos. Tienen que convertirse en sangre, mirada, gestos; y cuando ya no tienen nombre, ni se distinguen de nosotros, entonces puede suceder que, en un momento dado, brote de ellos la primera palabra de un verso".
     Y uno entonces no sabe ya a que carta quedarse.
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(1) Marina, José A. Obra citada
(2) Nelson, Victoria. Sobre el bloqueo del escritor 

martes, 8 de marzo de 2011

Día Ocho: Dostoievski versus Freud

 
Contaba Freud veinticinco años cuando fallecía Dostoievski. ¿Que por qué razón traigo hoy aquí, junto al padre de la novela psicológica, al padre de la psiquiatría? Pues no sólo porque pienso que ambos tenían ese nexo de lo psíquico en común sino por más razones. Por ejemplo, ambos dejaron escrito en su juventud algo muy parecido: 

«...el hombre es un enigma (...) yo me ocupo de este enigma porque deseo ser hombre». Dostoievski
«...se convirtió en predominante en mí la exigencia de comprender en cierta medida los enigmas del mundo que nos rodea». Freud
¡Enigmas! Siempre he contemplado a estos dos hombres como dos almas complementarias. Freud, al igual que Dostoievski no quiso dejarnos diarios: «He destruido todos mis diarios íntimos. ¡Que se lamenten los biógrafos! No tengo ningún deseo de hacerles la tarea fácil; cada uno de ellos tendrá razón, en su manera personal, de explicar la vida del héroe». Sabemos que Freud, al igual que aquel, recogía los datos a partir de su propia experiencia. Se diría que el primero puso en marcha la máquina del psicoanálisis en la que Dostoievski, sin darse cuenta, había estado profundizando interiorizadamente.
Pero un punto trascendental, creo yo, es conocer las razones que llevaron al padre de la psiquiatría a definir a Dostoievski como un ejemplo claro en el que se había dado el complejo edípico sin haberlo superado. No fue únicamente la lectura de Los hermanos Karamázov y el estudio de los personajes que allí se describen, junto con sus actuaciones, las que llevaron a Freud a esa conclusión. Es verdad que los biógrafos del autor han descrito al padre de Dostoievski como un tipo raro, violento, iracundo y tiránico además de avaro, y que en la novela él mismo retrata a Fiódor Pávlovich Karamázov como «un tipo raro, (...) ruin y disoluto, (...) torpe, (...) amigo de comer en mesa ajena, (...) empeñado en hacer vida de gorrón, (...) torpemente insensato (...) un insignificante "maula", (...) bufón maligno. (...) hombre en extremo lujurioso» el cual, además, llevaba «a su casa, estando en ella la esposa, otras mujeres, y allí se organizaban orgías». También es muy cierto que en  la novela sucede que  es Iván el único responsable ideológico, y principal culpable del asesinato de su padre por Peter Smerdiakov (que sufre como Dostoievski ataques epilépticos), y que es Iván, también como Dostoievski, el segundo hijo. Son realmente significativas las coincidencias entre el personaje Iván y el autor de la novela.
 Sin embargo se da la circunstancia de que antes de aparecer publicado el ensayo de Freud Dostoievski y el parricidio, tuvo el mismo Freud conocimiento de un breve estudio sobre la personalidad y creatividad de Dostoievski publicado en una revista por el alemán Jolan Neufeld. En aquel estudio se terminaba diciendo: «Cuando estudiamos la vida de este gran escritor a la luz del psicoanálisis, comprobamos que su carácter, formado bajo la influencia de la relación con sus padres, su vida y su destino dependieron totalmente de su complejo de Edipo y fueron determinados por éste»(1)
Recientemente, en su magnífica obra titulada Dostoievski y el proceso de la creación literaria, Jacques Catteau asegura textualmente que «Freud tomó y aceptó las conclusiones de Neufeld y las expuso en su famoso ensayo Dostoievski y el parricidio», en el que identifica plenamente a Dostoievski como una persona que no logró nunca superar el mencionado complejo. No obstante Catteau hace también un especial comentario: «Este estudio puede dar una idea de la utilización del uso del psicoanálisis para clasificar algunos protagonistas de sus novelas, pero puede dificilmente deducirse que estos personajes representen a su creador (...) es muy arriesgado psicoanalizar a un autor muerto».
  No sé que pensar. Hasta la saciedad se ha dicho que se escribe siempre sobre uno mismo, y, hasta Neufeld aseguraba que un escritor no puede describir o representar otra cosa que sus propios conflictos subconscientes.
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Ya hemos hablado de la admiración de Freud por la obra Los hermanos Karamázov, la cual consideraba «la novela más acabada que jamás se haya escrito»; tan sólo nos falta señalar que para él Dostoievski estaba literariamente tan sólo a unos pasos por detrás de Shakespeare.
Pero hay más: Sigmund Freud fue también un gran escritor, y aunque lo suyo no era la novela llegó a ser propuesto como candidato al Premio Nobel de Literatura; yo me atrevería a decir que Freud escribía como los ángeles —si es que los ángeles supieran escribir. Nos consta, además, que era un lector ávido de toda clase de lectura, incluso de novela policíaca. En La vida cotidiana de Sigmund Freud y su familia(2), una obra amable que recomiendo leer y que fue escrita a través de los recuerdos de una sirvienta singular de los Freud llamada Paula tras ocho años de entrevistas con el autor, confiesa ella que «a Freud le gustaba la literatura policíaca; leía a varios autores ingleses de ese género, entre ellos Sherlock Holmes y Agata Christie». Recuerda su sirvienta a propósito de ello que el profesor predecía casi siempre quién era el asesino, pero si resultaba que era otro se enfadaba.
Pero decíamos que Freud escribiendo era impecable; y esa es la palabra. ¡Da gusto descubrir a un autor! Uno de los que nos descubrió a Freud como escritor fue Ortega y Gasset. Si Nietzsche antes de escribir su Genealogía de la moral quedó fascinado por el novelista ruso —«Salvo Stendhal nadie me ha proporcionado tanto placer y sorpresa» a Ortega le sucedió algo similar en cuanto a Freud. En el prologo a la primera edición de sus obras completas dejó escritas cosas tales como: «la claridad no exenta de elegancia con que Freud expone su pensamiento, ... todo el mundo puede entender a Freud ... su lenguaje va guiado por principios artísticos: limitación rigurosa a las palabras esenciales; una cierta levedad etérea, una gracia que desdeña el énfasis y los superlativos; la conservación de la lógica inherente a nuestra cultura; la huida de las metáforas y adornos; el equilibrio entre la objetividad científica y la humana subjetividad; el yo del autor se transparenta siempre a través de la honestidad de la exposición ... una de las cosas que nadie le ha discutido a Freud es su excelente estilo. Freud es uno de los grandes escritores de nuestro tiempo».

Hoy he elegido terminar con algo curioso sacado de mi zurrón, que Freud dejó escrito en su obra Los caminos de la terapia psicoanalítica y que a mí personalmente me sorprendió; hace allí referencia a un ensayo titulado El arte de llegar a ser un escritor original en tres días firmado por un doctor de Budapest, sobre el cual cuenta Freud que terminaba con el siguiente texto:
«Voy a exponer ahora el método prometido. Tomad unos cuantos pliegos de papel y escribid durante tres días, sin falsedad ni hipocresía, todo lo que se os ocurra. Escribid lo que pensáis de vosotros mismos, de vuestras mujeres, de la guerra contra los turcos, de Goethe, del proceso criminal de Folk, del juicio final, de vuestros superiores, y al cabo de los tres días quedaréis maravillados ante la serie de ideas originales e inauditas que han acudido a vuestro pensamiento. Tal es el arte de llegar a ser en tres días un escritor original».
No es probable que el gran estilo de Freud que Ortega señalaba se debiera a haber seguido los consejos de aquel doctor húngaro.
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(1) Vygotsky, Lev: Psicología del arte
   (2) Grimbert, Philippe




domingo, 27 de febrero de 2011

Día Siete: ¿Idiota igual a bueno?


Ya vimos lo que Freud dejó escrito sobre nuestro hombre. Fromm dijo de él que fue de los que describieron el carácter en sentido dinámico. A los dieciocho años el mismo Dostoievski escribe en una carta que «...el hombre es un enigma». Se ocupó de ese enigma toda su vida, y para ello esta le fue brindando todas las oportunidades y le descubrió «la falta de sentido que aparece cuando se debilita la fuerza vinculante de las respuestas al «para qué» de la vida y del ser, lo cual sucede a lo largo del proceso histórico en el curso del cual los supremos valores tradicionales que daban respuesta a aquel «para qué» —Dios, la Verdad y el Bien— pierden su valor y perecen, generando la consideración de insensatez en la cual se encuentra la sociedad contemporánea».(1)





No puedo dejar de traer aquí lo que Dostoievski es para Baroja: «...un enfermo genial que hace la historia clínica de los inconscientes, de los hombres de doble personalidad, a los cuales ve mejor que nadie, porque su psicología entra en parte integramente dentro de lo patológico, y en parte, en la máxima clarividencia. Se comprende que Dostoievski pueda ser aprovechado por los psiquiatras, porque es el hombre que ha puesto la mayor atención en las anomalías del espíritu. Éstas le atraen porque participa de ellas». Anomalías del espíritu, no lo olvidemos.
El idiota —novela apostillada como la «salvación individual» tras Crimen y castigo cuyo objeto sería la «culpabilidad individual»— la leí hace ya años aguijoneado por una declaración del autor en una de sus cartas: «Ya hacía mucho tiempo que se me había ocurrido una idea; pero me arredraba la de hacer de ella una novela, pues el argumento es bastante difícil, y no estoy yo preparado para tocarlo, con ser tentador y gustarme a mí mucho. Esa idea es... la de presentar un hombre completamente bueno». Llegó a hacer de su idea una novela. Ese hombre completamente bueno resulta ser un príncipe idiota llamado Mischkin.
Dice Marina: «Si hacemos caso de sus confesiones, los autores suelen comenzar teniendo una idea muy vaga de lo que pretenden conseguir (...) se sabe que la creación artística puede considerarse como la solución de un problema. Lo que oscurece el asunto es que ni siquiera el autor podría precisar el problema que quiere resolver con su obra, ya que, de hecho, cuando la comienza sólo posee un esbozo vacío, casi un presentimiento. (...) La tarea creadora tiene comienzos humildes».(2)

   El idiota es una historia que nace así. Indudablemente este fue el caso de nuestro autor; críticos ha habido que han señalado que tras la Primera Parte de la novela se tiene la sensación de que Dostoievski no sabe cómo seguir.
Su acción transcurre en Rusia, los protagonistas son rusos, se va publicando por entregas en un semanario de allí: El Mensajero Ruso, y todo va sucediendo en la misma época en que se publica; sin embargo va siendo escrita mientras él y su mujer viajan por Europa. Cuando Dostoievski la inicia han pasado ya al menos cuatro años después de la última carta a su hermano Misha; la comenzó en Ginebra y la finalizó en Florencia en 1869. El protagonista sufre también de epilepsia como su autor (me parece que no hay novela suya en la que no haya un epiléptico) y se relatan hechos de la vida de él; sin ir más lejos en su Parte Primera, en el capítulo V, Dostoievski relata en palabras de Mischkin su «simulacro» de fusilamiento como si lo hubiera sufrido un individuo conocido del príncipe: «...había sido conducido, juntamente con otros, al cadalso, y le habían leído la sentencia condenándolo a muerte: fusilado, por delito político. Veinte minutos después le leyeron también el decreto de indulto, (...) afirmaba que jamás olvidaría nada de aquellos instantes...» Y narra minuciosamente todo lo sucedido.

  El idiota que yo leí consta de setecientas páginas; para gozarlo plenamente tuve que elaborar un drámatis personae puesto que son más de veinte los personajes que desfilan por ellas. A lo largo de la lectura me sentía obligado a ir consultando cada dos por tres quien era el personaje sobre el que estaba leyendo puesto que el autor se refiere a ellos unas veces por su nombre de pila, otras por su apellido y las más de las veces por el nombre familiar o por el diminutivo que, a veces, algunos hasta tienen más de dos; en Los Hermanos Karamázov, para Alexiéi, el hermano menor, Dostoieski utiliza hasta cuatro (Aliosha, Liosha, Lióshechka y Alióshenka); por cierto que siempre he encontrado ciertas concomitancias entre aquel Alexiéi, y el príncipe Mischkin o el idiota: «Alexiéi pertenecía a esa clase de jóvenes que son como los benditos...» (...) «un filántropo» (...) «amaba al prójimo» (...) «lo admitía todo sin reprobar nada» (...) «nunca recordaba las ofensas», o lo que es lo mismo: «un hombre completamente bueno». En el ejemplar del que dispongo de aquella novela se aclara a pie de página que «bendito» en ruso es yuródivi, palabra, se dice, que se puede traducir por «imbécil», «idiota», «inocente», «simple»; eso es lo que representa ser el príncipe Mischkin en la novela.
Indudablemente, para escribir la obra debió elaborar una lista de personas con todo detalle no sólo en cuanto a su identificación sino a sus rasgos físicos, carácter e historia personal que, lógicamente, consultaría frecuentemente a medida que escribía.

* * *
Mas tratemos de responder a la pregunta con la que encabezamos estas líneas. En la novela parece que se quiere decir que en la sociedad materialista (la europea de su época y no la rusa), a un hombre justo, santo, se le considerará siempre idiota por darle un supremo valor a la bondad, la abnegación, la honestidad y el altruismo.
Por otra parte, algunos críticos encuentran que el príncipe Mishkin experimenta simpatía hacia el sufrimiento y las penas ajenas al tiempo que reprime sus agresivos sentimientos y se siente culpable; experimenta que es mejor ejercer la violencia sobre uno mismo que sobre los demás (masoquismo), que vale más la esclavitud que la dominación. Algo que forma parte de la doble personalidad—«anomalía del espíritu» que decía Baroja— de Dostoievski.
La verdad es que el príncipe no hace que la vida sea mejor para ninguno de los que va conociendo, y, por otra parte, él tampoco parece que consiga sentirse mejor: termina idiota total.
¿Qué es lo que quiere decirnos Dostoievski? Si es que quiere retratar a un santo, entonces, ¿el más cristiano es el más necio? ¿Eso es lo que nos quiere transmitir? De acuerdo con ello se puede sacar la conclusión de que un sanatorio psiquíatrico es el lugar más idóneo para un hombre bueno como el príncipe Mischkin. Quizá aquel mismo lugar en el que se encontraba, en Suiza, en el que había pasado cuatro años por motivos de salud y del que acababa de salir al comienzo de la novela.

     Sé que existe un epistolario del mismo Dostoievski sobre esta obra, pero no lo he podido encontrar. ¡Cómo me gustaría echarle un vistazo!
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(1) Volpi, Franco. El nihilismo
(2) Marina, J. Antonio, Teoría de la inteligencia creadora

domingo, 20 de febrero de 2011

Día Seis: Tener que escribir por encargo para poder comer; una herida del escritor


...«bestia de aguantes insospechados, animal de resistencias sin fin, capaz de dejarse la vida —y la reputación, y los amigos, y la familia, y demás confortables zarandajas— a cambio de un fajo de cuartillas en el que pueda adivinarse su minúscula verdad», así era como Camilo José Cela definía al escritor de raza, y yo me atrevía ayer a aplicarle esos «atributos» a Dostoievski.
Pero lo lamentable en la vida de Dostoievski fue que, quizás, la mayor parte de su vida, a cambio de un fajo de cuartillas recibió tan sólo unos kópeks que no le daban ni para vivir. O, lo que era peor: tenía que escribir por encargo de los editores, que le exprimían. En aquellas cartas a su hermano le confiesa en una de ellas: «¿Y para qué quiero la gloria, si escribo por pan? (...) ...me he hecho un juramento: que si no llegaba a ser absolutamente ineludible, me mantendría firme y no escribiría por encargo. (...) ¡Es una desgracia trabajar como jornalero! Matas todo: el talento, la juventud, la esperanza; el trabajo te repugna y finalmente te vuelves un emborronador y no un escritor».
Sí; ha sido una constante en gran cantidad de escritores. Manuel Azaña dejó escrito bajo el título Premios y palabras lo siguiente: «Quien primero se percató de los dinerales que pueden ganarse comprando masas de papel blanco para revenderlo a los particulares, cortado, plegado y cosido en porciones pequeñas, tras de estampar en todas las caras de cada porción unas líneas, fue un genio (...) Aquel genio, sus secuaces y sus continuadores inventaron el oficio de escritor...». Azaña tenía que haber terminado el párrafo añadiéndole a aquella última palabra la de «jornalero», que es la que citaba Dostoievski: «...escritor jornalero».

Nuestro héroe soñó muchas veces con editar él mismo sus obras. Lo de editar por su cuenta saltándose a los editores era su meta y su sueño; un sueño pueril e imposible. «Todos los editores son unos sinvergüenzas», le escribe a su hermano. Por eso «...Determiné y juré que desde ahora no publicaría nada sin reflexionar, nada inmaduro, que no publicaría (como antes) nada a un plazo fijo, que no es posible jugar con una obra de arte, que es necesario trabajar honradamente y que si escribo mal, lo que seguramente ocurrirá muchas veces, será porque no tengo demasiado talento pero no por descuido y ligereza».
Escribía magistralmente y el talento le sobraba. Es casi seguro que El diario de Raskólnikov, el protagonista como ya hemos mencionado de Crimen y castigo, no fue escrita por encargo de ningún editor. Esa verdadera obra de arte —tal como está considerada—, ejercicio literario-psicológico con el mismo tema de la novela aunque mucho menos extenso, debió salir sin descuido y ligereza de sus íntimas ansias de escritor que, ante todo, deseaba que se adivinase «su minúscula verdad».

Pero hay una etapa en la vida de nuestro hombre que, anulada por su fuerza como novelista, no se ha tenido apenas en cuenta; y es la etapa en la que simultáneamente ejerció como periodista. Si ella comienza veinte años antes de su muerte con la fundación por parte de su hermano Misha de una revista, El Tiempo —para lo cual tuvo que vender su fábrica de cigarrillos— acaba desgraciadamente pronto al ser suprimida la publicación catorce meses después por orden gubernativa. Es sin embargo diez años más tarde y ya muerto su hermano, cuando tras varios fracasos de ediciones de otras publicaciones, el propietario de El Ciudadano, un gran admirador suyo, le brindará ejercer plenamente el periodismo en esa revista. Tres mil rublos de sueldo fijo y un tanto por línea escrita es el trato, y allí inicia Dostoievski lo que se llamará Diario de un escritor. «Esta labor de periodismo activo (como a lo largo del tiempo les sucederá a numerosos escritores de todos los países) no solamente será un modo de ganarse el pan de cada día, sino también una actividad que le servirá de tubo de escape (...) Para Dostoievski resultó una liberación»(1), sobre todo si se tiene en cuenta que nunca tuvo un rublo asegurado y que todo eran deudas.
No obstante, fue su esposa Ana Grigorievna la que hizo realidad el sueño que su marido había siempre tenido: ella sí llegó a convertirse en editora aún en vida de él, y con éxito. Hasta la esposa de Tolstói, cuatro años después de fallecido Dostoievski, acude a entrevistarse con Ana para que la asesore, puesto que ella también está pensando en editar las obras de su marido: «...quería saber si eso producía muchas molestias y contratiempos (...) y la previne contra ciertos errores en los que yo había incurrido», escribirá Ana en sus Recuerdos. Nos resta decir que no «todos los editores eran unos sinvergüenzas», como había dejado escrito su marido.

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A mí me viene a la cabeza, a propósito del título de la «entrada» de hoy, el caso de un empleado de oficina que conocí hace ya varios años —años de mucha miseria— que también escribía por encargo para vivir. Aquel hombre, como complemento al paupérrimo sueldo que recibía de la empresa ¡escribía Quijotes! por encargo. Quiero decir que realizaba copias a mano de la entrañable obra de Cervantes con pluma de las de mojar en el tintero y con papel imitación al envejecido. Después, ya encuadernado simulando ser una edición del siglo diecisiete, conseguía unas pesetas para poder modestamente subsistir. Aunque se trataba de un «escribidor», en verdad escribía por encargo para poder comer.
   Y, por otra parte, ¿a quién no le gustaría legar con su biblioteca un Quijote escrito a mano con cuidada letra cervantina o lo más aproximada a ella?
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(1) Castresana, Luis de: Dostoievski