martes, 15 de enero de 2013

Día Ochenta y siete: "La náusea" y "La peste"; Sartre y Camus


Si «Vivir es siempre haber caído prisionero de un contorno inexorable» según lo entendía y había escrito Ortega y Gasset, con la invasión nazi sobre Europa y su incierto futuro la vida resultó ser una prisión aún más implacable y asfixiante. «El mundo, ajeno a los interrogantes humanos, se vuelve de una densidad irrespirable, se nos ofrece extraño y sin sentido...»(1). Durante aquellos años de lóbrego cambio se comenzaba a gestar una nueva manera de enfocar la existencia. No podía ser de otra manera: Europa, que había leído a Husserl, a Heidegger y a Kierkegaard estaba madura y a punto de dar a luz al existencialismo. Y se encargaron especialmente de hacerlo dos mentes privilegiadas que destacaron vigorosamente del resto de la intelectualidad europea. Los dos eran escritores además de pensadores, y de esta suerte pudieron llegar a todas los estamentos de la sociedad.
La historia en este caso es más que apasionante, porque con Jean-Paul Sartre y Albert Camus se inicia una época que no sólo se reflejará en el mayo francés del 68 sino que durará, así lo entendemos hoy, hasta después de la caída del muro de Berlín y es posible que todavía esté incidiendo en nuestras vidas.
Mas, aunque no tenemos otro remedio que comenzar hablando de existencialismo, que nadie se moleste: líbreme Dios de hablar de filosofía alguna en un blog literario. Y, en este sentido, únicamente me atreveré a desgranar rudos conceptos de aquel sentir existencialista: el asalto a las mentes de lo absurdo de la existencia, el sentimiento de angustia ante la rutina y la vulgaridad, el colapso de los principios y la falta de esperanza, la idea de que vivir no vale la pena, la desesperación, la finitud. Puede que hubiera más pero en estos planteamientos, más o menos, —sin entrar en el ethos y en el pathos— radicaba el vacío de certezas que la guerra trajo y la paz subsiguiente agudizó.
Hemos de rectificar —¡tan temprano!— y matizar que uno de ellos era más filósofo que escritor, y el segundo a la inversa. Y ya que hemos entrado en matizaciones ¿qué mejor que retratarlos en principio atendiendo a sus concordancias y a sus divergencias? Sartre y Camus eran franceses y ambos huérfanos de padre; estudiaron filosofía y vivieron los mismos acontecimientos históricos; participaron de la misma cultura y militaron en la izquierda; los dos colaboraron con la resistencia frente a los nazis y fundaron dos plataformas de difusión: Les Temps Modernes y Combat; sin reserva alguna se atrevieron a apoyar al frente de liberación argelino frente a sus país y denunciaron los crímenes de Stalin. Pero sobre todo utilizaron la literatura para difundir su pensamiento, y su fama les nace con la publicación de sus dos primeras novelas: La náusea, 1938 y El extranjero, 1942 consideradas ambas novelas de tesis. ¿Hay que decirlo?: a los dos les fue otorgado el Nobel de Literatura.
Sus desemejanzas fueron muy pocas: el primero era hijo de familia burguesa y el segundo hijo de familia humilde; aquel un parisino cosmopolita y este un pied noir nacido en una colonia francesa; uno, además de miope y con gafas era algo pequeño, achaparrado y estrábico, y tuvo que soportar a su lado a un apuesto galán al estilo de los de Hollywood de los años cuarenta.
Helos ahí. Se llevaban ocho años —los que median entre 1905 y 1913— y fueron las voces principales de la vida intelectual francesa de la posguerra europea. Terminaremos diciendo que compartieron diez años de amistad los cuales, desafortunadamente, acabaron tirando por la borda tras una intensa discusión en materia filosófica y política y hasta en cuestiones muy personales.
Casi siempre que el mundo ha escrito de Sartre ha escrito también de Camus, y además, cada vez que se los ha citado juntos, salvo raras excepciones ha sido por ese orden; al parecer al argelino Albert Camus ello llegó a molestarle —aunque no debiera.
Trataré de explicarme: me parece entendible y aceptable que aquel descollante intelectual parisino fuera casi siempre por delante, en primer lugar porque ya era admirado desde 1939 por un desconocido Camus que justamente dos años antes —contaba sólo veinticuatro— había viajado a Francia por primera vez desde su Argelia en la que había nacido. Sartre había publicado aquel año La náusea en la editorial francesa de más prestigio, la cual lo había dado a conocer súbita y brillantemente. Al entonces desconocido profesor de filosofía en Le Havre le había llevado cerca de cinco años escribir aquella novela que llevaba el título de Melancolía, y que con él le fue rechazada en 1937 por la editorial Gallimard la cual le aconsejó cambiarla al título definitivo. El rechazo le abatió, pero la publicación anterior de El muro —aunque no en formato de libro— le había compensado de alguna manera. Aun así necesitó recomendaciones para que La náusea viera la luz.
Es cierto que cinco años más tarde, sorprendentemente, ese muchacho «extranjero», tuberculoso e hijo de una limpiadora analfabeta, llegado de África con un título de filosofía de la universidad de Orán y con el carné del partido comunista en el bolsillo, el cual durante su estancia en la metrópoli ha estado trabajando en el París-Soir, dejará también boquiabiertos a todos los públicos con una novela, El extranjero, que junto a la anterior de Sartre transmitirán en forma literaria al mundo de entonces la angustia de aquellos años: la inutilidad de la existencia. Un año más tarde ambos autores se llegarán a conocer personalmente: «Hola, soy Camus», o algo muy similar le dijo a Sartre presentándose a sí mismo en el vestíbulo del teatro en el que se estrenaba Las moscas, del mismo Sartre.
Si en 1939 Camus admiraba a Sartre, en 1943 Sartre comenzó a admirar a Camus. Tras la Liberación de los nazis el genio bizco, feo y rechoncho elogiaba y destacaba a aquel norteafricano con aires de Bogart —a menudo también con el pitillo entre los labios— y lo mostraba como el más notable de los escritores franceses comprometidos. El «Castor» —Simone de Beauvoir— reconocía su magia, su encanto y su ingenio y llegó a temer que a pesar de la prensa de Sartre y de su público, llegase un día a elevarse por encima de él. Pero Camus respetaba todavía entonces aquella «mente de una virtuosidad, poder, profundidad y creatividad asombrosa»(2). Y, por otra parte, los temas compartidos por ambos en un principio eran los mismos: «el absurdo, el humanismo enérgico, la necesidad de lucha, la voluntad de enfrentarse a situaciones extremas y el rechazo a la evasión y a posturas heroicas»(2).
Pero la guerra ha terminado y los tiempos son otros; y en esa paz sobrevenida Camus publica tres años después su definitiva y gran novela que superará a la anterior. La peste no es ya una historia engendrada exclusivamente en el absurdo como la primera; para él esa época ha transcurrido y se abre una nueva etapa, la de la rebeldía, la lucha contra el absurdo como un compromiso de enfrentarse a él. «El extranjero describe la desnudez del hombre frente al absurdo. La peste, la equivalencia profunda de los puntos de vista individuales frente al mismo absurdo». Puntos de vista individuales fundidos en una responsabilidad colectiva que exige aunar esfuerzos y trabajar en equipo. Ante una amenaza total a la seguridad de los habitantes de una ciudad en cuarentena por una peste, sin escatimar esfuerzos junto con la voluntad de someterse a las exigencias del momento, aceptando los riesgos que sean necesarios, todos sus ciudadanos se comprometen en la lucha sin «atribuir demasiada importancia a las acciones dignas de elogio».
   Y el público recibió bien esta novela porque apareció en el momento preciso: el público esperaba un libro sobre los años de adversidad pero sin alusión directa a aquellos, ni a la derrota ni a la ocupación ni a las atrocidades. En La peste está alegóricamente representada la ocupación nazi, esta es la plaga que sufren aquellos habitantes, eso además de interpretarla como una respuesta cargada de humanidad durante aquella ocupación. Lo que venía a proponer Camus era alcanzar la solidaridad con nuestros semejantes; de lo que se trataba en aquel asedio era de alimentar un ideal. Posiblemente fue ese el motivo de proponer a Camus para el premio Nobel desde el momento en que se publicó. Camus renacía como un escritor comprometido pero no idealista o ideólogo y, al tiempo, como un trovador de la libertad. Fue reconocida como la novela más personal de Camus y posiblemente su preferida. Lo mismo que a Sartre La náusea, le había llevado cinco años y mucho desasosiego, dudas e incertidumbres: «La peste es un panfleto» escribió en su diario cuando la hubo terminado. Y no obstante le valió el Nobel y The New York Times dijo de él que era «una de las raras voces literarias que ha emergido del caos de la posguerra con el tono armonioso y medido del humanismo». «Aceptar lo absurdo de todo lo que nos rodea es una etapa, una experiencia necesaria: no debe convertirse en un callejón sin salida».
La náusea y La peste fueron escritas por sus autores —y también publicadas— cuando tenían la misma edad, pero como hemos dicho en épocas diferentes, justamente en las precisas.
Al protagonista de La náusea le salva del suicidio y del absurdo la música, concretamente el jazz. Le salva la música que tocan en los cafés, y en especial aquel «Some of these days you'll miss me honey» que canta una negra. A su autor, que era capaz de escribir prólogos de 350 páginas y admiraba la literatura norteamericana (sobre todo Dos Passos y Faulkner), le encantaba Italia, el cine —llegó a ser guionista— y el jazz. Sartre se propuso escribir con ese monólogo de Antoine Roquentin una novela que relatara una existencia vulgar, y la forzó con esa arcada que dice sentir el protagonista. Pero lo que verdaderamente subyace en la magistral narración no es sólo un sentimiento sino un argumento, unos personajes, un ambiente. El diálogo —de los pocos de la novela— sostenido con el Autodidacta en el restaurante es soberbio; este personaje está excepcionalmente bien retratado. Se envidia la oportuna y minuciosa narración de detalles que hace el autor y cómo plasma los pensamientos de Roquentin a lo largo de la conversación mantenida con el tal Autodidacta; diálogo que resulta antológico. No parece acertado aquel juicio sobre sus carencias estilísticas: «Es verdad que no tengo talento para escribir. Me lo han dicho tantas veces...». En La náusea se aprecia la calidad literaria de su autor describiendo, o más bien retratando personajes y escenas. Hay en la novela, además, flujos de conciencia extraordinarios.
   Los amores de Sartre con el totalitarismo, su posicionamiento ante el comunismo en la segunda etapa de su vida en sentido inverso a la actitud que con el tiempo adoptó Camus, definitivamente los dividió.
   En el caso de Camus parecía que el éxito se le había subido a la cabeza, pero no. Su general distanciamiento era debido a un bloqueo que hasta le hizo temer por su falta de memoria; un típico bloqueo de escritor debido a su enfermedad —y la de su mujer— que le exigía especiales tratamientos y curas de reposo; un bloqueo también originado por otros problemas familiares y el de su origen y por su relación extramatrimonial... Al parecer llegó a sentir la amenaza de una muerte temprana.
Albert Camus murió en un accidente de automóvil en enero de 1960; contaba cuarenta y seis años. Jean-Paul Sartre le sobrevivió veinte años más; tuvo tiempo de participar con Russell en el Tribunal Internacional organizado por aquel, y en el mayo francés del 68 nacido en la Sorbona. Murió en París en 1980 y, por ello, como se ha dicho, «suya fue la última palabra». Aunque, sin duda, Camus es hoy recordado como el más fascinante de los dos.
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(1) María Zárate, Albert Camus
(2) Ronald Aronson, Camus y Sartre