domingo, 23 de septiembre de 2012

Día Setenta y tres: Faulkner y Hemingway; dos vidas tangenciales

Siempre he procurado traer a estas páginas autores relevantes y a la vez «aureolados» por aquello que llamábamos el «alimento de los héroes», entendiendo además por relevantes no precisamente a los que publicaron o vendieron mucho en vida sino aquellos que el tupido tamiz del tiempo nos ha venido a ofrendar hoy como auténticos eslabones de la literatura bien a consecuencia de su estilo o de la innovación aportada a ella.
   Pues bien, en esta ocasión me atrevo a desviarme algo de ese itinerario (un poco nada más) para hablar de dos creadores que hace un siglo por estas fechas eran tan sólo unos quinceañeros. Tampoco pasaron hambre ni miserias ni sufrieron enormes fatalidades para alcanzar el éxito, y sin embargo están hoy valorados por la crítica internacional con un muy alto y similar baremo: el máximo otorgado como los dos más destacados de aquellos norteamericanos que compusieron aquella «generación perdida», The lost generation, que acabaron irrumpiendo con su escritura en los primeros años del siglo veinte, y que además de ser muy leídos y encomiados en su tiempo lo siguen siendo hoy.  
   Más adelante, cuando hayamos comentado lo más importante de sus vidas, de sus estilos, de sus éxitos y de sus personalidades será tiempo de señalar el motivo de esa tangencialidad del título; ahora sería precipitado. Bueno, al menos me voy a permitir pedirle al lector que piense, que se imagine un semicírculo que descansa sobre un punto de una línea recta: ese punto es el de la tangencia de sus vidas. La existencia de uno de ellos diríamos que es ese círculo que, rebelde, parece el comienzo de una espiral que no se sabe donde terminará, mientras que la sosegada línea recta que le sirve de base viene a ser la plácida e ininterrumpida vida del segundo. Vivieron un mismo tiempo con escasas diferencias de años: William Faulkner había nacido dos años antes que Ernest Hemingway y éste falleció un año antes que aquel.
   Y dicho lo anterior ¿se me disculpa si enumero todas sus semejanzas y al tiempo sus incongruentes diferencias? ¡No!; me desdigo. Es mejor que vayan apareciendo a través de estas notas.
   Retrocedamos en el tiempo. Acaba de estallar en Europa la Gran Guerra del año catorce. Son años que a diferencia de los presentes excitan y apasionan a las juventudes de Occidente. Cuesta entenderlo hoy pero la muerte valerosa, la muerte en combate por unos ideales ejerce en aquel momento una especie de magnetismo en los jóvenes; es un sueño romántico quizás heredado del siglo anterior. Y nuestros dos héroes no son ajenos a ese sentimiento: los dos pretenden combatir con las fuerzas de su país aquí en Europa en nombre de la libertad. Paradoja primera: los dos son rechazados. Faulkner, que quiere ser piloto de combate con la USAF no es aceptado debido a su falta de estatura y algo así como a su aspecto aniñado; a Hemingway no lo quieren en el Army debido a un defecto en su visión. No importa; acabarán vistiendo sugestivos uniformes que en aquellas fechas encandilan a los jóvenes —y a las jovencitas (y ellos lo saben). Hemingway irá a Italia como conductor de ambulancias de la Cruz Roja y Faulkner se alistará como cadete de la RAF en las fuerzas británicas destacadas en Canadá.
   Y todo esto había que decirlo al margen de su obra literaria porque heridos y en uniforme se harán fotografiar; les gustaba la pose, las botas, el correaje, el uniforme... Hemingway fue herido de verdad en una pierna, pero Faulkner, con supuestas heridas en su cabeza, no llegó ni a volar solo y menos a combatir, la guerra terminó antes; fue simplemente un accidente y no grave. Acerca de ambos sus biógrafos han reconocido que siempre les encantó posar, les atraía el aplauso, y... ¡qué decir mostrar su masculinidad!
A Hemingway aquella aventura guerrera le inspirará posteriormente su Adiós a las armas. Aquel periodista del Star de Kansas donde se le había dicho que tenía que ser «exacto y breve», lo seguirá siendo durante toda su vida de escritor. No será capaz de deshacerse del todo de aquella prosa «escueta y funcional» en la que las frases deberían ser cortas, sencillas y claras; algo así como los témpanos de hielo en el agua, como él reconoció. Únicamente emergerá en su prosa una mínima parte de la idea a expresar a diferencia de los largos períodos y las interminables locuciones de la prosa de Faulkner con su estilo repetitivo y sus estructuras recurrentes; aunque ambos, como genuinos representantes del modernismo norteamericano compartirán durante toda su vida en sus respectivas narrativas el lenguaje sencillo y coloquial de Sherwood Anderson.
   ¡Qué sorpresas nos depara el destino! Terminada la guerra el autor consagrado en Norteamérica es Sherwood Anderson. Está entonces en sus cuarenta y tantos años y ejerce una enorme influencia sobre los jóvenes rebeldes norteamericanos que pretenden escribir. Faulkner y Heminway devorarán sus obras y, ...lo que es más sorprendente: sin conocerse ellos mismos y en diferentes épocas ejercerá como el mentor de ambos, como su maestro y consejero. Y los dos lo imitarán.
Anderson les dará a cada uno magníficos consejos y les señalará su camino para conseguir el triunfo. A Hemingway, que tras la guerra pretende volver a Italia como corresponsal, le dirá que vaya a París; y no sólo eso sino que le proporcionará cartas y direcciones de amigos que allí le ayudarán.
   A Faulkner, que también ha viajado a París, lo conoce en Nueva Orleans. Con él, escuchándole hablar sobre literatura bebe por las barras de todos los bares de la ciudad hasta altas horas de la madrugada. En cierta ocasión le dice: «Tienes demasiado talento. Haces todo con demasiada facilidad y de modos demasiado distintos. Si no vas con cuidado nunca escribirás nada»(2). Allí, en Nueva Orleans, Anderson le ayuda a publicar su primer libro La paga de los soldados. Pero ya antes, en la revista literaria Double Dealer, Anderson había conseguido que Hemingway publicara «una fábula satírica y cuatro líneas de poesía, los versos necesarios para completar una página que sostenía un largo poema de William Faulkner...»(1). ¿No es sorprendente?
   En París, en los años veinte, acaba convergiendo aquella «generación perdida» que en Europa en los años cuarenta y cincuenta serán ávidamente leídos. Parece que Gertrude Stain, aquella exilada norteamericana que con su salón literario les corrige sus textos y les aconseja, fue la que tuvo la ocurrencia de llamarlos así; eran como unos jóvenes turistas norteamericanos perdidos en París.
   No obstante los derroteros de nuestros protagonistas serán muy divergentes. El carácter reservado y tímido de Faulkner (no se atrevió ni a presentarse a Joyce, al que admiraba, cuando coincidió con él en París mientras que Hemingway alternaba con él) lo llevará pronto a sumergirse en el deep south de su país, en Mississippi, su tierra. Allí creará su imaginario Yoknapatawpha County con su capital Jefferson —Oxford, lugar en el que vivirá y escribirá prácticamente toda su vida— donde se desarrollarán todas sus obras de creación.
En aquellos paisajes exuberantes en los que nos muestra la riqueza y la variedad de la vida de la región del Mississippi, paisajes de pantanos y bosques, de campos de algodón, de mestizajes y nostalgia del pasado combinará el realismo, el modernismo y el naturalismo; y gracias a la inmensa fecundidad de su imaginación creadora y a su poder visionario dará a luz en sus relatos empapados en el sudor y la humedad, teñidos por la negritud, rociados por elementales enseñanzas bíblicas y ensartados por la caza del oso y del ciervo, dará a luz como digo a verdaderas genealogías de hacendados que se entremezclarán con los torturados, los locos, los desheredados, los afligidos y los poseídos por los demonios. Será capaz de inventar un mundo de una inacabable complejidad y de un pormenor difícil de imaginar.
Basándose sobre todo en manuscritos llegados a sus manos, algunos procedentes de sus bisabuelos y otros de algunos de los negreros de la región —lo cual no le resta mérito alguno— sus novelas, siempre extrañas y difíciles pero enormemente estremecedoras y emotivas, abundarán en la muerte y en el espanto que ésta les infunde a las primitivas gentes de aquella región. Su poder de inventiva concibiendo tantos tipos distintos engendrará árboles genealógicos (incluso con incestos) de más de cuarenta personajes —como el de los McCaslin— engastados en las creencias, los sentimientos y las devociones del siglo diecinueve. « ...toda obra de arte está condenada al fracaso y lo que hay que apreciar es la ambición que impulsa ese fracaso inevitable».
¿Y Hemingway? Ernest Hemingway (eran tan distintos en todo excepto en la tinta y en el alcohol que corrían por sus venas) no necesita los Estados Unidos para mostrar su masculinidad y concebir sus obras. Únicamente una de ellas, Tener o no tener, se desarrollará allí. La literatura para Hemingway tendrá que ser peligro y acción: boxeo, guerras, corridas de toros, caza mayor, pesca... Convencido en Europa de que el periodismo como corresponsal le «estaba destruyendo», lo abandona y se dedica plenamente a la literatura. Su ansia de aventura, de peligro y de emoción le llevará a Kenia, a Tanganika después de haber saboreado en Pamplona los lances de la muerte cercana y «el olor a cera» de las corridas con una incierta muerte en la tarde. Las guerras, las dos mundiales y la de España, nos transmitirán desde su pluma un rechazo a tanta sangre estúpidamente vertida. Finalmente experimentará la pasión de la pesca en el Caribe y nos dará El viejo y el mar, su más intensa y mejor lograda obra. «Escribir, en la mejor de las hipótesis, es una vida solitaria. (...) Porque el escritor trabaja en solitario, y si es lo bastante bueno debe enfrentarse cada día a la eternidad o a la ausencia de la misma».
Los dos sin embargo —ingratos— romperán en algún momento de su vida con Anderson al que tanto debían. Hemingway fue especialmente cruel; acabada su prestigiosa obra Fiesta —en inglés The sun also rise— satiriza la obra Rosa negra de Anderson en una parodia que titula Aguas primaverales y la envía para ser publicada en N. York. Siempre se arrepentirá de haberlo hecho.
La ruptura de Falkner con Anderson no fue sin embargo tan brusca como en el caso de Hemingway; fue lenta y fueron varias las causas. Puede que todo comenzara cuando al maestro le molestó que Faulkner le mintiera sobre sus falsas heridas de guerra, pero, por otra parte, Anderson condenará el sur y su crueldad hacia los negros lo cual molestará a Faulkner. En el Morning News de Dallas Faulkner escribió un artículo que le difamaba. «Faulkner le había hecho aparecer ridículo en sus propios escritos (...) De todas formas Anderson no pudo librarse de todos sus anteriores sentimientos favorables a Faulkner, lo mismo que no pudo en el caso de Hemingway»(2).
   Terminemos. ¿Cómo fueron las relaciones entre estos dos colosales autores?, ¿se ignoraban?, ¿competían?, ¿se envidiaban? Joseph Fruscione en su ensayo Faulkner and Hemingway. Biography of a literary rivalry nos descubre cosas sorprendentes. En primer lugar sostuvieron una rivalidad de más de tres décadas que les llevaba simultánea y alternativamente a ridiculizarse y a respetarse. Lo hacían en sus cartas privadas, en sus escritos, conferencias, artículos... Hemingway solía satirizar a Faulkner en una forma mucho más agresiva que aquel, posiblemente consecuencia de su carácter. Se leían y analizaban sus respectivos escritos escrupulosamente aunque jamás se imitaron; sabían que eran los líderes de aquellos años; se escrutaban. En las estanterías de las bibliotecas privadas de cada uno de ellos estaban al morir casi todas las obras de su antagonista. Su vida de escritores fue una competición.
   ¿Se llegaron a encontrar? Fruscione sostiene que sí, al menos una vez, o quién sabe si dos, y señala las fuentes y las fechas, aunque sus respectivos biógrafos nunca lo mencionaron. Ese es para mí su punto de contacto, la tangencia de sus vidas.
   Hemingway, como es sabido, se voló la cabeza con una escopeta; Faulkner sufrió una grave caída de su caballo y pocos días más tarde un ataque al corazón que terminó con su vida. El Nobel, el Pulitzer (Faulkner dos) fueron algunos de sus galardones.
    Hoy, tan pronto, a unos cincuenta años de sus muertes, ya se han convertido en leyenda.
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(1) Anthony Burgess: Hemingway
(2) Joseph Blotner: Faulkner. Una biografía