sábado, 7 de abril de 2012

Día Cincuenta y dos: Nadie teme —leer— a Virginia Woolf

Cuando se aborda la lectura de una novela de Virginia, a pesar de que en cada obra ha quedado impresa —aunque sin tinta— el ánimo, el temple y el estado de madurez de la escritora, hay algunas constantes inalterables que la definen profundamente.
    Virginia Woolf no fue pasión escribiendo: «El único interés que suscito como escritora radica en una extraña personalidad; no en la fuerza, en la pasión o en algo imponente» nos dice en su extenso diario de cinco tomos —extraídos de los veintiséis que escribió. Y ello me trae a la memoria los únicamente dos que componen los de Tolstói; porque a pesar de que ambos le dedicaron a sus diarios toda su vida, los de la Woolf son minuciosos en su interioridades, en su introspección o reflexiones, en su autoanálisis..., siempre en contraposición a aquel que, en una vida mucho más dilatada, se limita con parcas palabras y en un estilo y carácter tajante a citar la pasión que en un determinado momento le atormenta, su lucha, su afán actual y sus propósitos.

Vida interior y feminismo; una gran vida interior llena de sentimientos feministas sería el secreto de la escritura de Victoria Woolf; una profunda vida interior envuelta en la melancolía, también en eso que llamamos tiempo y que siempre resulta tan mudable, y en el pasado; y todo ello revestido de una enorme sensibilidad. Una vida íntima que ella alimentó insaciablemente quizá desde su infancia —que siempre a todos nos condiciona—, y que a esta frágil avecilla le resultó posiblemente lacerante por las circunstancias que rodearon el devenir de aquella. No debe resultar fácil ser la tercera hermana de los cuatro hijos nacidos de dos viudos nuevamente casados y que han aportado al matrimonio hijos e hijas de sus matrimonios anteriores. Al mismo tiempo, la única hija que el padre aporta tiene problemas mentales, y, los tres de la madre, dos de ellos varones... —pero será mejor hablar de ello en su momento.
La muerte de su madre cuando ella tiene trece años la lleva a refugiarse buscando amor y cobijo en Vanessa, la hermana mayor de los cuatro, poseedora de un carácter más vigoroso. Veremos que ese será su destino, cobijarse como una avecilla en alguna persona-refugio toda su vida. Aunque muy pocas resultaron ser esas personas; posiblemente tan sólo fueron tres: su hermana Vanessa, su marido Leonard, y su por un tiempo amiga, y después amante, Vita.
¿Fue ante la para ella insufrible muerte de su madre, cuando paseando y meditando al borde de los acantilados al sur de Gales, en aquellos asolados campos entre los páramos y el mar, donde le surgió el deseo de escribir?; algo así dicen sus biógrafos. Pero lo que sin duda fue cierto es que, al mismo tiempo, a raíz de esa pérdida de la madre se le desarrolló la primera de las tres grandes crisis maniaco-depresivas de su vida que hoy los psiquiatras han rebautizado con el nombre de trastorno bipolar.
Como todo escritor reservado y solitario Virginia siempre escribió cartas, muchas cartas; toda su correspondencia ha sido editada hoy ocupando ¡seis volúmenes! —y suponemos que como en el caso de los diarios no está allí toda.
Siempre gustosa de dilatados y solitarios paseos por la campiña, ello no es óbice para que nuestra heroína viva una época dorada de su existencia cuando participa en las tertulias de aquel grupo de clase acomodada denominado de Bloomsbury, por ser ese el barrio en el que se reunían. Un puñado de jóvenes cultos, rebeldes y digamos que de izquierdas, aunque en el fondo liberales, que pretendían acabar con las inhibiciones, romper con el tabú del sexo —al parecer la mayoría eran homosexuales— y cultivar el arte de vivir sobre todo lo demás. Es la época valiente de aquella Victoria joven que había sido confinada a educarse en el hogar y a la que su retraimiento, su reserva y timidez la llevaron a ser calificada, tal como lo cuenta su sobrino, como «una snob rica, preciosista, difícil y maliciosa»(1), —yo he leído que también como clasista y xenófoba. ¿Tuvo lugar durante su participación en las reuniones de aquel grupo de ambos sexos el nacimiento en su conciencia de las opresión femenina? Pienso que no; debió ser mucho antes cuando se dio cuenta de que como mujer necesitaba disponer de «una habitación propia», y debió ser de igual forma entonces cuando decidió que para ello debía unirse al Movimiento Sufraguista Femenino.
Tras el fallecimiento de su padre cuando ella cuenta veintidós años, y el posterior de su inmediato hermano mayor, dos años después, nuestro gorrión se siente totalmente desvalido. Todo su amor lo vuelca aún más en su audaz y más determinada hermana Vanessa, hasta que —no siempre las ilusiones son falsas— a Virginia la solicita en matrimonio Leonard Woolf, recién llegado de Ceilán después de siete años allí y con el que no ha cruzado una sola carta. Desde ese momento, a pesar del fracaso sexual habido en el matrimonio desde su noche de bodas, él se convertirá en su hermano, su constante protector y cuidador de por vida.
¿Influyeron en ese fracaso los acosos sexuales que le infligieron en la infancia sus dos hermanastros? Es posible; y máxime si se tiene en cuenta que ella fue siempre algo miedosa sexualmente. Sentía y tenía amor pero sin deseo sexual; notaba que era frígida, y al parecer se lo llegó a anunciar a Leonard. No la podía tocar; se ponía histérica, gritaba y lloraba. Sentía un extraño miedo al contacto carnal con el sexo opuesto. ¿Es que no estaba dotada para la sexualidad, para el contacto heterosexual?: «A los hombres les falta la amabilidad y la sensibilidad de las mujeres». ¿Sentía atracción por ellas? Aquella frase anterior aparecerá frecuentemente en sus novelas con esas o parecidas palabras en boca de algunas de sus protagonistas femeninas. Ella, en el aspecto amoroso, se autodenominó siempre «mono» y «monito»; se consideraba el «monito» de aquellos que la amaban. En su diario dejará más adelante escrito: «Hay algo en mí que no vibra, algo sordo, muerto. Que no cobra vida y hace irreal todo lo que hago (...) Es lo que desgasta mi escritura. Lo que me arruina como escritora. Es lo que desgasta mis relaciones amorosas».
Llegará a experimentar el pleno placer de amar en su relación con otra escritora, Vita Sackville-West sobre la que escribirá a otra amiga: «Es una mujer de extraordinaria belleza y de aspecto majestuoso. Es también una lesbiana convencida». Tras dos años de amistad comenzados cuando se encuentra finalizando La señora Dalloway, acaba amando «plenamente» a Vita. Pero Virginia no es lesbiana; a la misma Vita ya iniciada su relación íntima con ella, que le duró tres años, le escribirá: «Es una cosa óptima ser un eunuco, que es lo que yo soy». Sea como fuere, es necesario hacer constar que aquellas consideradas hoy sus mejores obras: Al faro, Orlando y Las olas fueron escritas durante e inmediatamente después de su relación íntima con ella. Dice su biógrafo Nicolson, el propio hijo de Vita, que «La señora Dalloway la había dado a conocer. Al faro le había dado renombre. Orlando la hizo famosa»(2).
Precisamente Orlando es una historia fantástica; se trata de una falsa biografía de la misma Vita en la que llega a ser mujer y hombre, un efebo que conoce el amor desde ambos lados durante las varias centurias que dura su vida. Y es que Vita (que aunque casada era muy promiscua) la llegó a «abandonar» por otra de sus amantes, Violeta, también casada, con la que acabó fugándose a Francia y a Italia y «ejerció» de marido suyo con el nombre de Julian.
Por otra parte es significativo que fuera Orlando precisamente la novela que Borges decidió traducir. Yo he llegado a la conclusión de que en Virginia Woolf y el mismo Borges convergía cierta afinidad-problema en el asunto del sexo. Ya hemos visto en su momento que Borges tenía dificultades ante el contacto físico con las mujeres que amaba, algo semejante a lo que le sucedía a Virginia con el sexo opuesto. En ambos casos nos da la sensación de que todo se reducía a que ambos percibían o adivinaban en las relaciones heterosexuales cierta clase de violencia que de alguna forma les repugnaba, y las rechazaban. Pero que sean los psiquiatras los que digan la última palabra; probablemente sea enunciar lo anterior un atrevimiento por mi parte.
Veronal en dosis masivas y salto desde una ventana, aunque todo sin consecuencias fatales, fueron hitos en la vida de Virginia junto con internamientos en una clínica privada cuando le llegaban las crisis, las ansias y los miedos... cuando escuchaba voces. Cómo serían aquellas crisis que durante alguna tuvo hasta cuatro enfermeras cuidando de ella.
Fue Leonard, su marido, el que al descubrir en cierta ocasión una vieja prensa en venta, le propuso a Virginia comprarla pensando que quizás su utilización podría servirle como terapia. En ella —fue siempre conocida como Hogarth Press por llamarse su residencia Hogarth House— se llegaron a editar obras suyas y de otras escritoras y escritores amigos, y con los años llegaría a convertirse en una notable editorial.
Según ella, parte de las crisis se las causaban sus novelas en vísperas de la publicación. Posiblemente tenía razón: «su miedo a la burla despiadada del mundo contenía el temor más profundo de que su arte, y por consiguiente ella misma, fuera una suerte de impostura, el sueño de una idiota que no tiene valor para nadie (...) tenía una extrema sensibilidad respecto a la crítica, una hipersensibilidad que podía considerarse mórbida»(1).
¡Tendríamos tantas cosas que contar de Virginia Woolf! Pero el espacio limitado nos obliga a terminar, y he decidido hacerlo con el rasgo aquel con el que comenzamos la «entrada» anterior: o sea, hablando acerca de su fama.
El sábado 18 de febrero de 1922, cuando todavía no había llegado a ser plenamente conocida, escribía en su diario: «Ayer tenía en la cabeza algo que decir acerca de la fama. Me parece que era que he decidido que no voy a ser popular, y lo he hecho de una forma tan sincera que considero que el olvido o el mal trato forman parte de mi destino». 
    Como a todos nos ocurre Virginia no tenía idea de lo que el destino nos tiene reservado. Por eso leer hoy a Virginia Woolf —sus novelas y sus ensayos— resulta ser de lo más gratificante y a la vez sorprendente si se tiene en cuenta su enfermedad, puesto que paradójicamente nos puede proporcionar una gran serenidad vital.
—————————
(1) Bell, Quentin: Virginia Woolf
(2) Nicolson, Nigel: Virginia Woolf