martes, 16 de abril de 2013

Día Noventa y ocho: Petrarca, nacido para la modernidad


Valéry indudablemente estaba equivocado cuando escribía aquello de que «Hay que ser verdaderamente estúpido para atribuir a un poeta los sentimientos que aparecen en sus versos», o que «Es un dicho gracioso y trillado afirmar que el poeta expresa sus dolores, sus grandezas y sus aspiraciones en sus versos. Eso sólo es verdad en poetas vulgares...» porque, dígaseme como es posible, por tanto, que uno de los más grandes poetas de Occidente de todos los tiempos, «el primer gran poeta moderno», pudo dedicarse durante cerca de cincuenta años a transmitir mediante los versos de su Canzoniere los sentimientos hacia su amada Laura junto con sus dolores y aspiraciones personales.
    Y ya que hemos citado al poeta Valéry, ¿no es casualidad que el gran poeta Petrarca hubiera estudiado también leyes en Montpellier seiscientos años antes que él?, ¿que durante aproximadamente cincuenta años, los dos fielmente se dedicaran uno a su Cancionero y el otro a sus Cuadernos?, ¿que ambos se enamorasen profundamente y a la misma edad, uno en Avignon y el otro en Montpellier, de dos mujeres misteriosas —Laura y madame Rovira— que tanto les influyeron en sus vidas aunque en sentidos opuestos?... Hay más concomitancias pero las expuestas me son suficientes para señalar mi perplejidad. Pero ¿por qué hoy aquí Petrarca y no otro? Pues bien, no se piense que la respuesta tiene que ver algo con Valéry; olvidémoslo.

   La respuesta a esta pregunta es sin embargo clave puesto que soy consciente de que me estoy saltando a Dante o a Boccaccio, tan cercanos a él, uno antecesor y otro posterior o más joven. Y esa clave reside —y ya estamos entrando en harina— en el papel jugado por Petrarca en el futuro y pleno humanismo de Europa, en su arrolladora personalidad y en la directa o indirecta imitación de su Canzoniere; sus temas, su ideología, sus procedimientos estilísticos, sus formas; esto es: lo que será denominado «petrarquismo» y que desde su tiempo, la Baja Edad Media, será cultivado a través del Humanismo del siglo XV, durante todo el Renacimiento, en pleno Barroco, y que llegará hasta nuestros días en el siglo XX.
   Respecto a las diferencias entre el autor de la Comedia (a la cual Dante no la llamó nunca divina) y el autor del Canzoniere —obras ambas escritas en verso y en el idioma vulgar, el toscano—, las diferencias, digo, son muchísimas según los que saben de ambos. De entrada les separa la pasión de Petrarca por la antigüedad al dedicarse por entero a los estudios clásicos (Cicerón, Virgilio, Livio) despreciando la cultura medieval y escolástica en la que en cambio Dante se había formado y la había asumido. Se ha dicho entre otras cosas de Petrarca que fue un innovador, un intelectual original y ya humanista, y ello además de estar siempre libre de los condicionamientos políticos vinculados a la realidad local como había ocurrido con Dante —precisamente amigo de su padre— el cual había nacido treinta y nueve años antes que nuestro poeta de hoy. Y, no obstante, a pesar de que en general la actitud de Petrarca hacia su gran predecesor nunca al parecer fue sosegada sino compleja y sin duda conflictiva, y a menudo dejó bien clara la irreductible distancia que los separaba, lo calificó respetuosamente de «guía de nuestro idioma vulgar».
La relación con Boccaccio, tan sólo nueve años más joven que nuestro poeta, fue sin embargo muy distinta. Boccaccio fue su amigo, su gran admirador, su mayor discípulo y, por tanto, un humanista como él. Entre sus innumerables cartas existe una dirigida al autor del conocido compendio de historias eróticas y carnales; es la conocida como el «testamento espiritual» de Petrarca en la que le habla a su amigo y discípulo de la necesidad de seguir con el estudio y la escritura a pesar de la vejez y de los dolores. Viene bien decir ahora, aunque sea prematuro, que fue encontrado sin vida sobre uno de sus libros a los setenta años.
   ¿Hemos dicho libro?, ¿uno de sus libros? ¡Estamos ante quizás el mayor bibliófilo medieval! «De todos los goces terrenales ninguno hay más noble, dulce, más perdurable y seguro que el que proporcionan los libros». Se nos ha olvidado decir que había nacido en el cuarto año del siglo catorce, en el 1304, y hemos titulado este apunte «Petrarca, nacido para la modernidad», lo cual parece un contrasentido. Faltaban muchos años por supuesto para que llegase Erasmo y la Edad Moderna, pero él la atisbó: «Me encuentro colocado en los confines de dos pueblos diferentes, desde donde veo a la vez el pasado y el porvenir»; así era. Dice Ortega que tenía «el corazón de las creencias partido en dos —el pasado gótico tira de él por habitualidad, el porvenir naturalista intramundano le atrae como una promesa, y el pobre hombre no sabe qué hacer»(1). Petrarca «se esforzaba por deslindar el terreno del artista filósofo y el del católico ortodoxo, lo cual le creaba un malestar, desánimo o melancolía, (...) confesaba abiertamente su pasión por el mundo clásico y nunca se convirtió en un exegeta de la Biblia, del dogma o de los preceptos de la Iglesia»(2). Y continua Ortega: «Un hombre inenarrable, tan genial como absurdo, tan sincero como farsante, tan genial como ridículo en el fondo de cuyo ser, por vez primera, se va a romper la quietud de las creencias medievales, (...) en el corazón de este hombre fantasmagórico y extraño da su primera pulsación lo que más adelante habrá de llamarse "vida moderna"».
   Se le ha llamado, entre otros sobrenombres, el primer turista medieval —se entiende que turista culto y curioso—, el primer alpinista de esa misma época, el gran cosmopolita... Su pasión como «turista» fue descubrir el pasado pagano y encontrar obras ya perdidas de los clásicos. Viajó por Francia —la mitad de su vida la pasó en Provenza—, los Países Bajos, Alemania y toda Italia. Algunas de las ciudades que visita como curioso viajero son Aquisgrán, París, Gante, Lieja, Colonia, Lyon, sin contar las de su auténtico país el cual deseaba ver unificado y con la sede Pontificia instalada de nuevo en Roma; y en esas ciudades busca y acaba descubriendo varias obras desconocidas de los clásicos. En Lieja encontró Pro Archia y en Verona Epístolas a Ático ambas de Cicerón su ídolo; también descubrió De Architectura, de Vitruvio y la Corografía, de Pomponio Mela... «La propagación de una parte inmensa de la literatura latina —base de toda la civilización renacentista— es fundamentalmente obra de Petrarca»(2).
Francesco Petrarca al igual que Dante era toscano y, aunque hubiera nacido en Arezzo, era Florencia su ciudad, la que su padre el notario Petracco tuvo que abandonar por razones de güelfos y gibelinos, en concreto por diferencias entre estos últimos, y acabase residiendo a la «sombra» de la sede papal de Avignon. Cuando su padre fallece Francesco deja de estudiar jurisprudencia en Bolonia, regresa a Avignon y, como tantos escritores han hecho, busca una forma de vida que le proporcione el sustento y le permita consagrarse a lo que le gusta: leer y escribir. Decidió dedicarse a la carrera eclesiástica tomando las órdenes menores; no tenía que ser sacerdote, se pasaba a estar únicamente bajo la jurisdicción eclesiástica y no bajo la del Estado y gozaba de los privilegios de la Iglesia asumiendo los cometidos y reglas que ello conllevaba, entre ellas el celibato.
Con veintiséis años, alguna canonjía o sinecura y la protección de un poderoso eclesiástico —el cardenal Giovanni Colonna que lo nombró capellán de familia y se convirtió en su amigo— tuvo ocasión de realizar muchos viajes por Europa impulsado por su inquietante anhelo de nuevas experiencias humanas y culturales, rasgo primordial de toda su existencia. ¿No era experiencia nueva subir al monte Ventoux, a más de 1.900 metros, por el placer de otear el panorama desde su cumbre? Lo relatará con todo detalle en una de sus cartas, porque aunque no nos dejó memorias sí nos proporcionó una gran información autobiográfica retratándose y confesándose con ellas; montones de cartas que, posiblemente influido por Cicerón y Séneca, escribió a amigos y hasta al mismo Cicerón o a Virgilio quizás con objeto de transmitirnos una imagen ideal.
Aunque difícil, resumamos. ¿Quién era Petrarca?, ¿quién era ese sujeto que hoy vemos encapuchado o con una corona de laurel ceñida a su cabeza? Pues era un ferviente italiano que vivió entre Francia e Italia; clérigo aunque no sacerdote, virtualmente laico; investigador e intelectual que acopiaba libros para su biblioteca; alguien que se pasa la vida viajando y escribiendo: «cuando cese de escribir... cesaré de vivir»; «nada pesa menos que una pluma, y nada anima más», lo hace en latín pensando en la posteridad y, paradójicamente lo que le hace famoso es lo versificado en el primitivo italiano, la lengua vulgar que él en parte despreciaba y consideraba una fruslería. Es alguien que se debate entre dos pasiones: el deseo de una vida retirada y solitaria dedicada al estudio y la reflexión, y la ambición mundana, la sed de gloria, las pasiones terrenales; un célibe que engendró dos hijos y estuvo enamorado apasionadamente de una casada, Laura, tanto en vida de ella como después de muerta.
Por cierto, digamos algo acerca de aquella corona de laurel: la Universidad de París y el Capitolio de Roma le ofrecen en 1340, con treinta y seis años, la coronación poética, un título con su respectiva ceremonia en la que se le imponía una corona de laurel y se le reconocían públicamente los méritos adquiridos; él eligió Roma.
Pero volvamos a Laura; el nombre Laura proviene de láurea, laurel, triunfo, la ejemplarizante coronación al ganador en la Roma clásica. Esa corona de laurel ¿la ostenta en su retrato debido también a su fascinación y en honor de aquella mujer que conoció un 6 de abril de 1327 a los veintitrés años en Avignon, en la Iglesia de Santa Clara y que fue la inspiración central de su obra poética?
Siempre me ha sorprendido que Francesco Petrarca, contador de tantos hechos e historias a través de su enorme epistolario, no nos haya desvelado quién era aquella Laura fallecida según él debido a la peste, de lo cual se enteró cuando contaba tan sólo cuarenta y cuatro años estando de paso en Parma, y a la que siguió ensalzando en su Canzoniere hasta el final de sus días. ¿Existió realmente?, ¿era casada?, ¿tenía hijos?, ¿qué relaciones tuvo con ella? Hay respuestas para todos los gustos. Tan sólo sabemos que pudo ser cierto que fue una mujer inaccesible y distante, desdeñosa y altiva; que los encuentros posibles fueron poquísimos y casuales, y que su amor jamás fue correspondido. ¿Cómo se le pueden dedicar a una falsa e imaginaria «Beatriz», por imitación de Dante, nada menos que 317 sonetos, 29 canciones, 9 sextinas, 7 baladas y 4 madrigales, cantando durante cerca de cincuenta años casi exclusivamente la figura de esa Laura?, una figura que descolla a lo largo de esa dilatada «cantiga» lírica que es el Canzoniere. Y uno llega a la conclusión de que Laura tuvo que existir: «El mundo la poseyó sin conocerla, y yo, que la conocí, estoy aquí llorándola».
No me resisto a despedir a Francesco Pretarca, el primer humanista del medievo, el padre del renacentismo y de la modernidad, sin dejar aquí uno de sus sonetos a aquella Laura en una de las mejores traducciones que he conocido.

Paz no encuentro ni puedo hacer la guerra,
y ardo y soy hielo; y temo y todo aplazo;
y vuelo sobre el cielo y yazgo en tierra;
y nada aprieto y todo el mundo abrazo.

Quien me tiene en prisión, ni abre ni cierra,
ni me retiene ni me suelta el lazo;
y no me mata Amor ni me deshierra,
ni me quiere ni quita mi embarazo.

Veo sin ojos y sin lengua grito;
y pido ayuda y parecer anhelo;
a otros amo y por mí me siento odiado.

Llorando grito y el dolor transito;
muerte y vida me dan igual desvelo;
por vos estoy, Señora, en este estado.
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(1) Ortega y Gasset, Obras completas
(2) F. Rico, Lecciones de Literatura Universal