viernes, 5 de abril de 2013

Día Noventa y siete: Valéry entre dos luces


¿Puede una fortísima tormenta cambiar la vida de un hombre? O mejor y más preciso: ¿puede que una noche de tormenta perfecta, como se dice hoy, haga que un joven dedicado por entero a la poesía y enamorado platónicamente de una muchacha, con la que ni siquiera ha cruzado una palabra, sufra una crisis espiritual o de identidad que le haga decidir un cambio radical en su modo de vida?
Fue posiblemente la famosa «noche de Génova» del 4 al 5 de octubre de 1892, cuando Paul Valéry tenía veintiún años, la que nos deparó al poeta filósofo que de otra forma nunca hubiera existido. Tras aquella noche decidió evadirse y renunciar a todo aquello que pudiera impedirle el dominio de su propio ser. «Decidió abandonar la actividad poética: se le rompieron entonces los «ídolos» del amor y de la poesía» (...) «cosas vagas» que enturbian la lucidez soberana del intelecto»(1), y prometió dedicarse en adelante al estudio, sobre todo al de las ciencias y en especial a las matemáticas, poniendo también una atención especial a la mente y al espíritu.
Afortunadamente no se cumplió todo ello tan rígidamente y Paul Valéry volvió a poetizar y a amar. Sin embargo, lo que aquella tormenta nos deparó fue un «versificador» como él se denominará, y al tiempo un pensador acerca del «mundo, el cuerpo y el espíritu».
 
   ¿Qué sucedió aquella noche? Oigámosle: «Noche espantosa. La pasé sentado en la cama. Tormenta por todas partes. Con cada rayo, una claridad deslumbrante en mi cuarto, y todo mi destino, en mi cabeza. Estoy entre yo y yo.
   »Noche infinita. Crítica. Tal vez como consecuencia de esa tensión de la atmósfera y del espíritu. Y esas explosiones recurrentes, cada vez más intensas, del cielo, ese relampagueo repentino, abrupto entre las paredes de cal claras, desnudas.
   »Por la mañana me siento OTRO. Pero —sentirse OTRO— no puede durar mucho, ya sea que uno vuelva a transformarse en lo que era y el anterior venza, ya sea que el hombre nuevo absorba al anterior y lo aniquile».
No habla aquí sin embargo de la pasión amorosa que le inspiraba una bella catalana de Montpellier, Madame de Rovira, «l'idole catalane» que representaba su descontrol interior y por la cual el joven Valéry experimentó una pasión muda y dolorosa y ello sin siquiera conocerla:
   —«El amor insensato hacia esa dama de Rovira que nunca conocí sino de vista»
   —«Fue un período muy duro y muy fecundo. Una lucha contra los demonios. Noche de Génova en octubre del 92»
   —«La señora de Rovira. Me volví loco y horriblemente desdichado durante años, ¡imaginando a esta mujer con la que ni siquiera llegué a hablar!»  
   —«Esta ingenua, brutal y temible decisión-descubrimiento hecha para y por defensa general contra mi capacidad de sufrir en espíritu —(Madame de Rovira) con un mínimo de causa (continuación, por otra parte, del ejercicio de la conciencia-conciencia (C²) y del trabajo de versificación), me apartó muchísimo de todos»

Desde entonces se levantará todas las mañanas entre las 4 y las 5 de la madrugada a escribir tres o cuatro horas —«entre la lámpara y el sol»— sobre los temas más diversos que pueda uno imaginar. Realizará un extraordinario ejercicio mental que plasmará en magníficas reflexiones y aforismos, apuntes psicológicos, análisis estéticos, disquisiciones filosóficas, consideraciones sociológicas, poemas en prosa, críticas literarias, ensayos y hasta formulas matemáticas, dibujos e inclusive datos autobiográficos. Esas notas y apuntes redactados entre dos luces —su particular «livro do desassossego»— serán los Cahiers, los «cuadernos» que no dejará de escribir durante los siguientes cincuenta y un años de vida que aún le quedaban por vivir —fallecería a los setenta y cuatro. Resultarán en total 261 cuadernos que se publicarán en la década de los años cincuenta del pasado siglo en una edición facsímil de veintinueve volúmenes con un total de 26.600 páginas.
Decíamos que afortunadamente no se cumplió tan rígidamente lo decidido aquella noche, puesto que veinte años más tarde volvió a escribir poesía, aunque... filosófica. Hacia 1913 —contaba cuarenta y dos años— volvió a versificar, pero esta vez «con pensamiento». Será La joven Parca la primera obra; le llevó cuatro años y fue calificada como un drama y al tiempo una metamorfosis de la conciencia humana; muy lejos por cierto de aquellos poemas escritos entre los dieciséis y los veinte años y que verán la luz bajo el título Álbum de versos antiguos.
Pero lo más sorprendente es que aquella obra, o su más conocida El cementerio marino, a Valéry le podía haber llevado, como le llevaron los Cuadernos, el resto de su vida: «Me ha gustado trabajar una página —como un pintor un cuadro— indefinidamente. Sin límite»; «Trabajo una estrofa, no me quedo satisfecho diez veces, veinte veces, pero a fuerza de insistir me familiarizo no con mi texto, —sino con sus posibilidades, sus armónicos».  Fue gracias a Gide que La joven Parca dejó de estar en un cajón para ser retocada de vez en cuando y fue publicada. Respecto a su famosísimo poema El cementerio marino, escuchemos lo que él mismo cuenta:
   «Una tarde del año 1920, nuestro inolvidable amigo Jacques Rivière, que acudió a visitarme, me encontró ante un "estado" de ese Cementerio marino pensando en revisar, suprimir, sustituir, retocar aquí y allá... Rivière no paró hasta que consiguió leerlo, y después de leído, hasta que se quedó con él». No es extraño que tardara más de cuarenta años en escribir el Narcisse.
   Estamos ya haciendo su biografía y no hemos dicho que, al igual que Rilke y Yeats, Valéry vivió a caballo del XIX y del XX. Qué casualidad que el gran poeta en alemán hubiera nacido en el año 1865, el bardo que poetizó en inglés en 1875 y el «versificador» en francés en 1871. No olvidemos que Rilke llegó a traducir a Valéry al que personalmente conoció.
La primera luz que vio Valéry, hijo de corso e italiana genovesa, fue la luz mediterránea iluminando aquel cementerio blanco de Sète tendido al azul del mar. De nuevo estamos ante aquello que decía Marina, y que parafraseábamos ayer, de que «el escritor vuelve a la infancia como vuelve el emigrante a un país del que le hubiera gustado no salir nunca». Al igual que las cenizas de Yeats regresaron a Sligo, también volverán a Sète las cenizas de Valéry; exactamente al «cementerio marino» de aquel lugar, próximo a Montpellier, que dio nombre al más popular o famoso de sus poemas.
El resto de sus datos biográficos o son intranscendentes o ya los hemos mencionado. Se instala en París a los veintitrés y cultiva la amistad de Stéphane Mallarmé y André Gide entre otros muchos escritores. Pero tiene que comer, y aunque licenciado en derecho trabaja como redactor de una revista del Ministerio de la Guerra; tres años después, y hasta que la fama se lo permite y su empleador fallece, lo hace como secretario particular del director de una poderosa agencia de noticias; ambos empleos sin rígidos horarios le permitirán compaginar las actividades literarias. Cuenta entonces cincuenta y un años y es ya un afamado ensayista y poeta filósofo; tres años más tarde ingresará en la Academia Francesa. Terminará siendo el poeta francés más citado del siglo veinte al igual que Victor Hugo lo fue del anterior; y de la misma manera que sucedió con aquel, el día de su muerte será declarado en Francia día de luto nacional.

Y, sin embargo, será también muy discutido entre sus contemporáneos y aun entre los posteriores a él. ¿Por qué? ¿Escribía Valéry únicamente para las minorías? Recuerdo que cuando leí sus Estudios literarios, en el que se incluían diversos ensayos —algún discurso también— sobre muchos personajes de la literatura, me sorprendí y me sentí confundido; la prosa, la composición, el discurso de Valéry lo encontré de difícil lectura. Aunque me parecía estar leyendo a Ortega cuando este escribía sobre autores y obras literarias, me resultó sin embargo muy lejos de la simplicidad del lenguaje y de la exposición del hispano. O lo que es lo mismo, noté que ambos tenían un idéntico anhelo escribiendo, un mismo objetivo y sentimiento, pero el francés daba la sensación que prefería escribir sólo para unos pocos.
Cioran dijo que «Valéry hizo del lenguaje su dios, (...) se convirtió en un fanático del verbo, o de la "forma" si se prefiere». En otro trabajo sobre él, afirmó que «para un autor resulta una verdadera desgracia ser comprendido», y que Valéry «cometió la imprudencia de dar demasiadas precisiones sobre sí mismo y sobre su obra, (...) que disipó buena parte de esos malentendidos indispensables al prestigio secreto de un escritor..., exageró hasta el vicio la manía de explicarse»; que «cada vez nos interesa más no lo que un autor ha dicho, sino lo que hubiera querido decir», para seguidamente hablar del esfuerzo de aquel por «lograr un brillo abstracto de la frase». Todo lo cual puede que esté en perfecta consonancia con lo que el mismo Valéry pensaba. En uno de sus textos, precisamente acerca de Mallarmé, encontré quizás la explicación; dice allí Valéry: «La facilidad de lectura se ha convertido en una especie de regla (...) Todo el mundo tiende a leer aquello que todo el mundo hubiera podido escribir. (...) que no se le ocurra a nadie pedir un esfuerzo, ni invocar la voluntad. (...) Por lo que a mí respecta, debo confesar que si algún libro no me ofrece alguna resistencia prácticamente no me entero de nada.» Por eso él utiliza la perífrasis y la oración retorcida, con lo cual hay que leer el texto más de una vez para captar cual es el mensaje. Insólito ¿no?
Digamos que en el otro extremo de Cioran hubo otros muchos que no ahorraron palabras para elogiarlo. Octavio Paz nos dejó escrito lo siguiente: «Cuando era adolescente, uno de los escritores que más veneraba era Paul Valéry. Lo he releído hace poco y encuentro que el verdadero filósofo francés de nuestra época no es Sartre: es Valéry, como lo revela, sobre todo, la publicación póstuma de los Cahiers».
Y es que los Cahiers son algo distinto, y sin ninguna duda extraordinarios. Yo me voy a permitir traer a estas páginas algunos de los apuntes realizados entre dos luces, durante tantos años, por aquel hombre genial. Los he escogido de mi macuto en el que guardé bastantes de la selección de sus Cuadernos que se publicó en español en la década pasada, y lógicamente pertenecen exclusivamente a las secciones —de las treinta y una en total en que sus apuntes fueron clasificados— relativas a Lenguaje, Literatura, Poesía, etcétera. Pienso que descubren mucho de la personalidad y el pensamiento literario del escritor.

   —«El verdadero escritor es un hombre que no encuentra sus palabras. Así que las busca. Y buscándolas, encuentra las mejores»
   —«Cuando una obra es muy hermosa, pierde su autor. Ya no es propiedad suya. Conviene a todos. Devora a su progenitor —Él sólo fue su instrumento. La obra lo despoja»
   —«Escribir —para conocerse— y eso es todo»
   —«Aprovechar el accidente afortunado. El verdadero escritor abandona su idea en beneficio de otra que le surge mientras buscaba las palabras de la que quería, a través de las palabras mismas»
   —«Mediante la mezcla de palabras muy corrientes, el escritor sabe ensanchar el mundo expresado»
   —«El deseo de originalidad es el padre de todos los préstamos, de todas las imitaciones»
   —«El placer literario no consiste tanto en expresar tu pensamiento como en encontrar lo que no te esperabas de ti mismo»
   —«Las tres cuartas partes de un trabajo hermoso se va en rechazos»
   —«Escribir. Resolver una nebulosa interna»
   —«Las bellas obras son hijas de su forma —que nace antes que ellas»
   —«En la práctica literaria, las palabras proporcionan, como promedio, tantas ideas como las ideas proporcionan las palabras»
   —«En cuanto un escritor es bueno para mucha gente, desconfío de él del mismo modo que desconfío de mucha gente»
   —«No es nunca el autor el que hace una obra maestra. La obra maestra se debe a los lectores, a la calidad del lector...»
   —«Escribir es necesitar a los demás»
   —«En nueve de cada diez casos, es cien veces más fácil escribir una cosa bella que una cosa precisa»
   —«Prefiero ser leído varias veces por una sola persona que una vez sola por varias»
   —«Cuando el verso es muy hermoso no pensamos ni siquiera en comprenderlo»
   —«El verdadero poeta no sabe exactamente el sentido de lo que acaba de tener la fortuna de escribir»
   —«Hay que ser verdaderamente estúpido para atribuir a un poeta los sentimientos que aparecen en sus versos»
   —«Es poeta aquel a quien la dificultad inherente al verso le da ideas —y no lo es aquel a quien se las retira»
   —«Es un dicho gracioso y trillado afirmar que el poeta expresa sus dolores, sus grandezas y sus aspiraciones en sus versos. Eso sólo es verdad en poetas vulgares...»
   —«El trabajo del poeta es quizá, de todos los trabajos, aquel en el que la mayor impaciencia tiene esencial necesidad de la mayor paciencia»
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(1) Enciclopedia Garzanti de la Literatura