jueves, 24 de noviembre de 2011

Día Treinta y siete: ¡El estilo! Pero ¿qué cosa es el estilo?


     «...y llegó a escribir y publicar más de cincuenta volúmenes (...) pero no tenía estilo; nunca lo tuvo». Así terminaba el último párrafo de una semblanza biográfica relativa a un escritor sobre el cual leía yo hace unas semanas.
¿Que qué cosa es el estilo? Al día de hoy confieso que no lo sé —pero lo intuyo. Primero de todo he de decir que puede que tenga recogidas en mi macuto cerca de medio centenar de ideas, reflexiones y asertos sobre el estilo expresadas por gentes que sabían del tema y..., no hay un acuerdo común y posible; es más: a veces se trata de opiniones contradictorias. Pero que nadie se asuste porque no las voy a transcribir.
Podría pensarse que el estilo en la escritura es lo que cada uno quiere que sea; sin embargo, para los que han opinado sobre él, el estilo es algo muy personal y muy diferente. Que «el estilo es el carácter» (Gibbon) o «el estilo es el hombre mismo» (Buffon) es la más común acepción. Prestemos atención a lo que dejó escrito Schopenhauer:
«Ninguna cualidad literaria, como, por ejemplo, la fuerza de convicción, la riqueza imaginativa, las dotes de comparación, el atrevimiento, la amargura, la brevedad, la gracia, la ligereza expresiva, el ingenio, el contraste sorprendente, el laconismo, la ingenuidad, etc., puede ser adquirida a base de leer al escritor que la posee». Reparemos, por favor, en que no ha citado la palabra estilo; mas indudablemente, si ninguna de esas cualidades —una docena— puede ser adquirida leyendo a autor alguno quiere ello decir que son personalísimas, que pertenecen intrínsecamente a la naturaleza del escritor y que le han llegado con sus genes. Por eso me gusta mucho aquello de Ortega y Gasset que armoniza con lo dicho por Schopenhauer:
«Quienes afectan desdeñar la forma literaria ignoran hasta que punto es una misma cosa con nuestra facultad de pensar y de sentir. El estilo no es consecuencia de una elección. No se escribe como se quiere, sino como se puede. Es decir, se escribe como se es, como se piensa y como se siente».
Y entonces, las dos sentencias unidas nos caen como un mazazo en la nuca. No podemos elegir nuestro estilo, ni siquiera podemos ser capaces de copiar el estilo de alguien que nos seduce escribiendo. Tenemos que aceptar esto y resignarnos; tenemos que saber que si «a escribir se aprende escribiendo» tal como se suele decir, el estilo no se podrá adquirir jamás; hemos nacido con él o hemos nacido sin estilo alguno:
«...la obra mejor escrita, adornada de retratos que se ajustan a sus modelos, llena de mil otras perfecciones, está muerta al nacer si carece de estilo. El estilo, y los hay de mil tipos, no se aprende; es el don del cielo, es el talento». «El escritor original no es el que no imita a nadie, sino aquel a quien nadie puede imitar»; Chateaubriand.
Y ello nos hunde aún más en una profunda depresión al ponernos de manifiesto nuestra incapacidad para conseguir de alguna forma ese don recibido por los elegidos. Pero además ellos fueron mesurados en el uso de las metáforas, evitaron las anfibologías y los solecismos, salvaron las cacofonías y las aliteraciones, no abusaron de los pleonasmos ni se permitieron tautologías y estuvieron muy atentos a que no se les colara ni un solo hipérbaton.

Hace ya algún tiempo que entre las publicaciones dominicales de un periódico llegué a encontrarme con un reportaje en el que se hablaba de un autor de los hoy conocidos como escritores de «suspense legal». Se trataba de John Grisham, el cual llevaba vendidos entonces más de doscientos cincuenta millones de ejemplares en los últimos quince años. Entre otras cosas decía: «Sé que lo que yo hago no es literatura sino entretenimiento de calidad», y continuaba: «La alta literatura exige dedicar mucho tiempo a indagar en las profundidades del espíritu humano, sondeando el carácter de la gente, prestando atención a las relaciones humanas. El argumento no es tan importante. Sí es importante conseguir transmitir un sentimiento del espacio local, del entorno, del paisaje. Yo sé que lo que yo hago no es literatura. Para mí, el elemento esencial de la ficción es el argumento. Mi objetivo es conseguir que el lector se sienta impelido a pasar las páginas a toda velocidad». Confesaba que le obligaron en el colegio a leer libros de literatura clásica y reconocía abiertamente que no le gustaron demasiado: «No entendía por qué decían que eran tan buenos». Acerca de Faulkner explicaba que en su juventud disfrutó moderadamente alguno de sus libros, «pero lo normal era que me resultara imposible pasar de la página diez».
Hemos llegado a una encrucijada: estilo, entretenimiento, ficción, argumento. Se puede escribir una obra y llegar a vender muchos ejemplares de la misma si su objetivo es entretener, si se trata de ficción y si tiene un buen argumento; y ello aunque su autor no haya sido bendecido con un gran estilo literario.

     Axel Munthe, un médico sueco de notable fama internacional, cierto día se propuso escribir un libro en parte autobiográfico al que tituló La historia de San Michele que vio la luz en 1929. Fue una obra de enorme éxito mundial que gozó de una vasta difusión al ser traducido al menos a cuarenta y cinco idiomas. Tras esa lograda gran fama universal Munthe publicó Lo que no conté en la historia de San Michele, el cual resultó ser un tremendo fracaso.
Manuel Fernández y González fue un autor tan prolífico que además de poesías y obras teatrales publicó unas trescientas novelas con las que consiguió popularidad y dinero en la España del siglo diecinueve. Tanto en el campo escénico como en el de la novela cultivó sobre todo el tema histórico, aunque también el aventurero, y en cuanto a la poesía brilló en la lírica. Su desordenada conducta y el nivel de liberalidad y la dilapidación que imprimió a su modo de vida lo llevaron a la miseria. La crítica reconoció que pudo haber formado parte del elenco de los grandes si se hubiera conducido con moderación.
Corín Tellado era el seudónimo de una escritora de novelas románticas breves, fallecida no hace mucho tiempo, de la que se ha dicho que posiblemente llegó a ser la más leída después de Cervantes. Realmente es un fenómeno curioso el de esta mujer que dejó escritas unas cuatro mil obras menores —para un público femenino poco formado que buscaba la ensoñación— y que llegó a vender durante su vida más de cuatrocientos millones de ejemplares sin brillar en el mundo de las letras. A pesar de su reconocida falta de elevado valor literario, Vargas Llosa puso algún interés en este fenómeno.
Alonso de Madrigal, conocido como el Tostado, en sus mejores tiempos solía escribir un libro al mes —ello sucedía en el siglo XV. Hasta no hace mucho tiempo era corriente oír quejarse a las mecanógrafas diciendo que escribían más que el Tostado. Teólogo y escriturista español, proverbial por la fecundidad de su pluma, compuso en veintiún volúmenes unos Comentarios a todos los libros de la Sagradas Escrituras, eso además de otras obras literarias.

Decía Marañón: «Cuando contemplo tantos y tantos miles de volúmenes, que, al parecer, no ha leído nunca nadie, en las bibliotecas —cementerios solemnes— o en el osario informe de los puestos de libros viejos, jamás, jamás pienso que sus autores, sin fama, perdieron el tiempo al escribirlos. El que "cualquiera hubiera podido leerlos" ha bastado para aliviar el alma de muchos autores insignificantes».
Para finalizar, y como contrapunto a todo lo anterior, diremos que todo lo que en su vida escribió el universal Jorge Luis Borges al que tantas veces hemos citado aquí, sus obras completas, caben en tan sólo dos únicos volúmenes. Y ello a pesar de su dilatada vida y excepcional trayectoria literaria.

Pero de este singular escritor merece la pena que nos ocupemos el próximo día.


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jueves, 17 de noviembre de 2011

Día Treinta y seis: Nietzsche y Wilde y "The Impossible Dream"

Seguro que si alguien se atreviera a decirnos: «¡La cantidad de afinidades existentes entre Wilde y Nietzsche!» nos echaríamos a reír; pensaríamos que se trata de un loco o que no sabe nada de tales personajes. Es por ello que... —primero de todo me disculpo si es que estuviera equivocado— me permito invitar al lector curioso a que me siga antes de abandonar a Wilde.
¿Qué pueden tener en común estos dos escritores? ¡Es sorprendente! Se diría que en lo más íntimo les unen mayor número de matices que aquellos que los separan. A mí, en primer lugar, me gusta imaginarlos en su época —que es una misma— y en un idéntico territorio que es la Europa de la segunda mitad del siglo diecinueve. Por ella transitan Nietzsche y Wilde ensimismados en un mismo tema: aquella cultura griega hedonista y pagana que el mundo llegó a perder. Es su tragedia, y recuperarla es su norte, su ideal, su lucha y su sueño imposible. «¡Oh, aquellos griegos! Sabían lo que es vivir». Cada uno lo lamenta a su manera y cada uno lo predica con su particular estilo. Cómo regresar a aquel edén, cómo invertir los valores morales de su tiempo, liberar «todo lo que hasta hoy se ha venido prohibiendo, despreciando y maldiciendo». Lo que ambos pretenden es que para el arte y la belleza no exista moral alguna, anhelan «el retorno del espíritu griego», quieren que se comprenda «lo que fue el fenómeno dionisíaco entre los griegos». «Lo que yo llamé dionisíaco (...) es la afirmación de la vida»; «yo soy el primer inmoralista» proclama Nietzsche.
Las coincidencias tienen comienzo cuando ambos empiezan a estudiar filología clásica en sus respectivas universidades; continúan cuando salen de allí seducidos por aquella cultura y se prolongan a lo largo de su existencia pretendiendo que el dios Dionisos, con su corona de hiedra y su cuerno de vino en la mano, vuelva a bailar al son de la flauta entre los faunos, sátiros, ninfas y bacantes. «Mi filosofía triunfará un día sobre este lema: "Nos arrojamos en brazos de lo prohibido"» aseguraba Nietzsche mientras Wilde lo estaba ya haciendo.
Si hablamos de estética (aquello que para Wilde era primordial y reconocía por encima de la ética) Nietzsche no duda en asegurar que en su obra El origen de la tragedia «los valores estéticos son los únicos valores reconocidos».
¡Qué casualidad que Nietzsche afirme que «El artista de verdad no tiene en Europa más patria que París», y que Wilde exclame «Soy francés de corazón». Aún más: ¿no es sorpresivo que asegure el primero: «Sólo creo en la cultura francesa» y que Wilde le replique «No hay literatura moderna fuera de Francia»? Aunque eso sí: Nietzsche admira a Stendhal y Wilde a Baudelaire.
Pero existen más puntos en común: no sólo cultivan prosa aforística y ensayística, sino que criticando cada uno a su manera aquella sociedad decadente —uno lo hacía escribiendo teatro y otro filosofía— los dos nos dejaron poesía, prosa rítmica y estrofas rimadas. Es más: en Nietzsche «el lenguaje filosófico se aleja de la demostración matemática para acercarse a la poesía»(1). Sin embargo, para ser totalmente precisos les separan dos cosas: Wilde, protestante, no dejó durante toda su vida de acariciar la idea de hacerse católico; Nietzsche abominó durante toda la suya del cristianismo.
El último día hablamos de la misoginia helénica de Wilde y citábamos algunas «lindezas» dedicadas a la mujer. Nietzsche no se buscó un «erómeno» como hizo Wilde, pero he aquí otros comentarios suyos sobre la mujer que salpican varias de sus obras; comparémoslas con aquellas:
«La mujer es vengativa; ello viene determinado por el hecho de su debilidad»; «La mujer perfecta desgarra cuando ama»; «La mujer necesita hijos; el hombre no es para ella más que un medio»; «¿Vas con mujeres?, no te olvides del látigo»; «El carácter distintivo del hombre es la voluntad, el de la mujer, la sumisión —¡esa es la verdadera ley de los sexos!»; «Un hombre que ama a una mujer se convierte en esclavo»; «Acá y allá se quiere hacer de las mujeres librepensadores y literatos: como si una mujer sin piedad no fuera, para un hombre profundo y ateo, algo completamente repugnante o ridículo...».
Y ahora me pregunto: ¿no parece imposible imaginarse a cada uno de estos dos «Quijotes» los cuales están enamorados de una misma «Dulcinea» —aquel sueño imposible: la Grecia clásica— no parece imposible imaginarlos, digo, en un estilo de vida tan distinto como el que llevaron? Wilde dijo que su genio lo había puesto en su vida y el talento en su obra, y de Nietzsche se podría decir lo opuesto. Observemos a Nietzsche:
Es un solitario; su única compañía es la soledad. Ha procurado huir siempre de las multitudes; en la pensión o en el hotel exige comer solo y antes de que lo hagan los demás huéspedes; generalmente cena y desayuna en su habitación preparándose él mismo sus potingues. Descuidado en el vestir —lo hace desaliñadamente aunque no con prendas raídas— allá va con sus enormes mostachos desbordados y con su libreta en un bolsillo en busca de ideas para sus libros.
Lo hace en el verano en los Alpes suizos y durante el invierno al lado del Mediterráneo. En aquellos —por ejemplo en los alrededores de St. Moritz y Sils Maria— llega a andar hasta siete u ocho horas diarias por senderos entre montañas. A seis mil pies de altura, «por encima del hombre y del tiempo» bordeando el lago de Silvaplana y junto a «una roca formidable que se alza en forma de pirámide» se le ocurre la idea del Zaratustra, Al borde del abismo del torrente Fex durante su estancia en Sils Maria concibe La genealogía de la moral.
     Ahora es invierno y camina a lo largo del Po o por la bahía de Rapallo o la de Santa Margherita hasta el promontorio de Portofino; Humano, demasiado humano fue redactado en Sorrento; todas las frases de Aurora están «pescadas en ese conjunto caótico de rocas que hay cerca de Génova, en el que me encontraba a solas, confiando mis secretos al mar».
Y, mientras tanto, ¿cómo se conduce Wilde? Wilde detesta la soledad; frecuenta los ambientes elegantes donde hace gala de su conversación, donde la aristocracia y los adinerados suelen codearse con los actores y artistas de moda. Allí está Sarah Bernhardt entonces en su esplendor; lugares donde puede tomar nota mental para sus obras teatrales de los vicios, la falsedad y la hipocresía de aquella sociedad a la que desprecia. No es extraño que en sus obras habitualmente figure un aristócrata.
Dentro de lo que él considera la más pura estética Wilde viste muy cuidadamente, aunque resulte en aquellos tiempos un atuendo algo estrambótico. Con sus zapatos de hebilla, su chaqueta ribeteada, sus calcetines largos y su calzón corto, todo ello complementado con una corbata llamativa y un girasol o un lirio en la solapa se mueve en los salones a veces a costa de haber tenido que hacer un gasto, un obsequio: «Para tener hoy acceso a lo mejor de la sociedad, a la gente hay que echarle de comer, divertirla o escandalizarla».
Wilde además bebe y trasnocha; épocas hay en las que se levanta después de las dos o las tres de la tarde tras haber frecuentado hasta altas horas de la madrugada lugares prohibidos con especiales reservados.
¿Pueden existir mayores diferencias en sus conductas? Pensamos que no. Posiblemente Nietzsche fue exclusivamente el teórico de aquella cultura griega y Wilde el que además pretendió ponerla en práctica.
Se llevaban cabalmente diez años y unas horas, y tras enormes tragedias ambos fallecieron en 1890.
 
«Se paga caro ser inmortal. (...) Existe algo a lo que yo llamo rencor de lo grande: todo lo grande —una obra, una acción— se vuelve, una vez acabada, contra quien la hizo». Nietzsche.
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(1) López Castellón; Estudio Preliminar a Ecce Homo

lunes, 7 de noviembre de 2011

Día Treinta y cinco: Algo más sobre Wilde

No sé exactamente donde leí la frase siguiente como atribuida a Oscar Wilde: «Le debemos a los griegos la modernidad de nuestros días». Sea suya o no, es acertada si tenemos en cuenta la tremenda oscuridad del Medievo. Lo triste sin embargo es que el pobre Wilde no conoció la nuestra, nuestra modernidad, y tuvo que resignarse con aquella de la época victoriana.
    Señala uno de sus biógrafos que «la postura de Wilde frente a las mujeres es tan enigmática como los motivos de su homosexualidad»(1). Y posiblemente tenga razón. Cuando leí El retrato de Dorian Gray anoté las siguientes citas respecto a la mujer:
—«Ninguna mujer es genial. Las mujeres son sexo decorativo. Nunca tienen nada que decir pero lo dicen con encanto. Las mujeres representan el triunfo de la materia sobre la mente...»
—«Las mujeres se defienden atacando, exactamente igual que atacan por repentinas y extrañas sumisiones»
—«Las mujeres nos tratan igual que la humanidad trata a sus dioses. Ellas nos adoran y nos están molestando siempre para que hagamos algo por ellas»
—«Cualquier cosa que ellas piden, nos la han dado antes a nosotros. Ellas crean el amor en nuestra naturaleza. Tienen derecho a pedir que se les devuelva»
—«Las mujeres, como algún francés agudo dijo una vez, nos inspiran con el deseo de hacer obras maestras...»
—«Las mujeres están mejor dotadas para soportar las penas que los hombres»
—«Las mujeres nunca saben cuándo cae el telón. Ellas siempre quieren un sexto acto, y tan pronto como el interés por la obra está totalmente acabado ellas proponen que continúe. Si se les permitiera hacerlo a su modo, cada comedia tendría un final trágico, y cada tragedia culminaría en una farsa»
—«Las mujeres aprecian la crueldad, la verdadera crueldad, más que cualquier otra cosa. Tienen instintos maravillosamente primitivos. Nosotros las hemos emancipado, pero siguen siendo esclavas buscando a sus señores»
     Sin duda que en algunas de ellas hay cierto grado de misoginia. No obstante sabemos que en aquella sociedad dionisíaca y pagana que él tanto anhelaba existía también cierto desprecio hacia la mujer.
     La mujer tenía en aquella Grecia clásica y aristocrática un papel secundario. Existía por parte del varón cierta susceptibilidad, un sentimiento de desconfianza y prevención hacia ella: la sexualidad de la mujer era un poder irresistible que podía arrastrar al hombre sin que tuviera forma de defenderse. No se trataba de machismo, era temor. Nos estamos refiriendo a un repudio basado en una supuesta perfidia de la mujer. Es notorio que apenas se habla de relaciones íntimas o de amor entre hombres y mujeres en la literatura griega. El matrimonio era una institución útil, no una fuente de placer. El mundo erótico entre la clase patricia se reserva al amor entre el erastés (un adulto protector, guía, educador) y el erómenos (un joven al que aquel dedica sus atenciones); esa confusa homosexualidad tan explícita en el Banquete de Platón.
     Sabemos que Wilde estuvo enamorado de algunas mujeres y las amó; sin duda alguna a su esposa. Pero «...me mataba de aburrimiento la vida matrimonial». Posiblemente arrostró que el vivir aquel ideal que para él era la antigua Grecia tenía que llevar consigo el amor a la belleza en todas sus formas: «En el mundo no hay absolutamente nada más que la juventud». «Yo quería probar los frutos de todos los árboles del jardín del mundo». «No hubo placer que yo no gozase. Arrojé la perla de mi alma en una copa de vino. Descendí al son de la flauta y me alimenté de miel».
   Tal vez aquella relación íntima con el joven aristócrata Lord Alfred Douglas («Douglas es griego y gracioso»)(1) que significó su final, fue parte de una apuesta por la vida hedonista y dionisíaca que él tanto anhelaba desde sus años de Oxford.

Pero volvamos de nuevo a su famosa novela o más bien dilatado relato fantástico: «Acabo de terminar mi primera historia larga y estoy agotado». Aunque en su gran fecundidad literaria esa obra no fuera lo más relevante (todos sabemos de sus reputadas creaciones escénicas, dramas y comedias; de sus relatos y cuentos; de sus ensayos y críticas) El retrato de Dorian Gray lo estigmatizó y lo lanzó a la fama posiblemente por dos notables razones: la conducta inmoral del protagonista y el posterior escándalo que él mismo sufrió. 
Antes de seguir me gustaría señalar que previamente a la publicación de su famosa obra Wilde ya había escrito otro «retrato», esta vez un ensayo. Llevaba por título The Portrait of Mr. W. H.; el de un joven de diecisiete años «de extraordinaria hermosura personal» con el que supuestamente Shakespeare pudo haber tenido relaciones amorosas. ¿No resulta curioso conocer que Wilde ya había escrito sobre un caso de pederastia griega localizado en la Inglaterra del siglo XVI?
     Concluyamos; comenzábamos la entrada anterior mencionando la relación del Fausto de Goethe con El retrato... de Wilde. El asunto del primero era sin duda un tema muy manido: el demonio tienta al hombre y se lleva su alma, la pierde para siempre. Desde la Bíblia con Adán (y la mujer junto a la serpiente), se va repitiendo el argumento hasta llegar a Melmoth, el protagonista de una novela escrita por un antepasado de Wilde titulada Melmoth, the Wanderer que fue publicada en 1820. Sin embargo, el distanciamiento con aquellos y por lo tanto la originalidad de El retrato de Dorian Gray puede que resida en que en esa obra no aparece ningún demonio haciendo tratos con un humano ni hay pérdida de alma alguna; simplemente sucede un extraño sortilegio debido al ansia inmensa de eterna juventud y de belleza por parte del protagonista.
     Wilde conocía por supuesto aquella obra de su antepasado. Cuando tras dos años de trabajos forzados sale de la cárcel y evita ser idenficado adopta para ello un nuevo nombre: Sebastian Melmoth. Y ahí Wilde revela de nuevo cierta conexión no sólo con el Fausto sino con el mundo de las relaciones homoeróticas, puesto que el nombre de ese santo: Sebastián, era ya en aquellos años considerado figura o icono del mundo homosexual.

«Yo nunca he buscado la felicidad. ¡Qué importa la felicidad! Yo he buscado el placer»

Jorge Luis Borges escribió: «Leyendo y releyendo, a lo largo de años, a Wilde, noto un hecho que sus panegiristas no parecen haber sospechado siquiera: el hecho comprobable y elemental de que Wilde, casi siempre, tiene razón. (...) A diferencia de otros escritores que tratan de parecer profundos, Wilde esencialmente lo era y trataba de parecer frívolo».
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(1) Funke, Peter: Wilde


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