lunes, 16 de abril de 2012

Día Cincuenta y tres: Un par de marcas, o dos brazas de profundidad; Mark Twain

Ante todo quiero poner de manifiesto el por qué traer a Mark Twain en este preciso momento, o digamos «Día». Y he aquí la razón: cuando «ayer» y «anteayer» me refería al matrimonio Woolf manejando aquella anticuada prensa en la que ejercían de cajistas colocando los tipos a mano, línea a línea..., a mí me vino a la cabeza una historia que Twain contaba en su autobiografía y que entonces me dejó pasmado. ¿Se puede imaginar alguien a un cajista o tipógrafo (no sé muy bien la diferencia, si es que existe) el cual se dedica a publicar sin haber escrito previamente un manuscrito? ¡Lo hacía directamente en la prensa al tiempo (de paso) que trabajaba en ella para el periódico!; se llamaba Bret Harte y llegó a ser un escritor distinguido y hasta embajador: «A Harte le pagaban por poner los tipos para componer textos, (...) pero aportaba algo de literatura al periódico sin que nadie le invitara a hacerlo. (...) iba sacando de la cabeza su literatura mientras trabajaba en la caja y la iba componiendo a la vez con las matrices correspondientes».
Yo también, de paso, me he detenido hoy placenteramente en este sorprendente Mark Twain o Samuel L. Clemens, que ese era su nombre, el cual además de piloto fluvial de aquellos vapores de paletas del Mississippi comenzó como aprendiz de cajista de imprenta y allí le nació la pasión de escribir.
Puede ser que el atrevido lector de estas notas esté pensando que el autor de Tom Sawyer y de Huckleberry Finn no sea en realidad un «escritor relevante» con sorprendentes obras e hitos en su vida y, en fin, es posible que piense que no reune los atributos, cualidades y características que se citan bajo el título de este blog. Sin embargo, me atrevo a retar a ese lector a que no pensará de igual manera después de conocer su vasta y variada obra y su indudable complejidad humana.
«Van Wyck Brooks quiere demostrar que Mark Twain era potencialmente un genio...»; «Si algún derecho excepcional a nuestra memoria tiene Mark Twain, es como escritor...»; «John Macy —"The Spirit of American Literature", página 249— propone una conducta desesperada: "reconocer que ese incorregible bromista es un pensador poderoso y original»; «Mark Twain ha escrito Huckleberry Finn, libro que basta para la gloria». Todo esto lo he arrancado a cuajo de algo que Borges escribió con motivo del aniversario de la fecha de nacimiento de aquel. Fue un 30 de noviembre de 1935 cuando Borges comenzaba diciendo. «Hoy, a cien años de esa fecha...»

Supe por primera vez de Mark Twain, o Sam Clemens, quizás con siete o nueve años de edad. ¡Ah!, la cueva de Tom Sawyer en aquella película en color... —dudo que hoy, con una consola Nintendo o PSP y hasta un simple iPod, los chavales tengan ganas de leer las aventuras de aquel muchacho.
Y fue últimamente, hace unos pocos años, cabalmente en el 2004, cuando supe de la calidad disimulada y escondida que existía en este gran hombre gracias a su Autobiografía, libro nunca publicado en mi país hasta esa fecha. Fue a partir de ese momento, repito, cuando descubrí a un genio nunca verdaderamente conocido quizás por..., yo diría que por tres razones: primero haber escrito aquellas dos obras para adolescentes que lo encasillaron, segundo haber nacido en los Estados Unidos y en aquella época y, tercero —y en consecuencia— haberse publicado tan sólo de él aquello que resultaba cómico, humorístico, sarcástico y mordaz. Se trata puramente de mi opinión.
«¿Soy honesto? En confianza les doy mi palabra de honor de que no lo soy. Durante siete años he ocultado un libro, que mi conciencia me dice debo publicar...» Esto lo confesaba a sus setenta años y al libro le había dado el título ¿Qué es el hombre? Y ello sucedía cuando su fama inundaba el mundo como el más conocido y valorado de los escritores norteamericanos. Digámoslo sin rodeos: Mark Twain —como aseguró Faulkner— fue el padre de la literatura norteamericana; después de él vendrán todos los grandes que hemos conocido, aunque ninguno llegará a ser como él.
Aquel libro no se atrevió a publicarlo; «los americanos —pensaba— eran ortodoxos y convencionales, y encerrados en una teología infantil, (...) y él tenía que mantener su posición social...». ¿Sabíais que Huckleberry Finn la comenzó a escribir con más de cuarenta años y lo tuvo archivado durante ocho? «No sentía especial agrado por esa novela y tenía pocos deseos de terminarla»(1). ¿Podéis imaginar que anhelaba ser recordado como escritor por la biografía de Juana de Arco a la que le dedicó muchos años y que él la tenía considerada como su mejor obra?

Pero una vez más me he precipitado. Ante todo, tratándose de Mark Twain, hay que hablar en primer lugar de aquel Mississippi en cuya ribera derecha, la del estado de Missouri, fue a vivir con su familia cuando contaba cuatro años; y que sin él, sin ese Old Man River, sería difícil concebir a este sublime personaje de temperamento deslumbrante y a la vez escritor nato.
Si algo tenía Sam Clemens eran inquietudes —eso además de ser un «culo de mal asiento». Su ajetreada vida está sembrada de las palabras «abandonar» y «comenzar». A la muerte de su padre le pidió a su madre fervorosamente que le permitiese abandonar la escuela, y allí, en Hannibal, sobre el Mississipi, comenzó como aprendiz de imprenta. La abandonará para ganarse la vida como impresor y gacetillero de ocasión en St Louis, pero... decide viajar al este, a New York, a Filadelfia... para volver al estado de Missouri. Tras haber abandonado su trabajo de escritor de breves crónicas humorísticas, cuando bajaba por el Mississippi hacia New Orleans dispuesto a llegar al Amazonas decidió que quería ser piloto fluvial; tuvo que navegar durante dos años como aprendiz hasta llegar a conocer como la palma de su mano las dos mil millas del Mississippi que se le exigía para conseguir su título de piloto. Durante otros dos años ejerció esa tarea: navegó incansablemente con un puro en su boca las mil trescientas millas llenas de recodos, embarcaciones, bancos de arena, troncos, barreras y endebles embarcaderos que separaban St Louis de New Orleans.
«Pilotar el río Mississippi no supuso un trabajo para mí; era un juego, un juego delicioso, un juego vigoroso y aventurero; y me encantaba». Y aunque el Mississippi le había conquistado para siempre, al terminar la guerra civil y percibir que el tren amenazaba acabar con el tráfico fluvial, abandona al gran río y decide trabajar como minero: se marcha al oeste. Fracasado, abandona la minería de plata en Nevada y retorna allí mismo al periodismo; fue en Virginia City donde comenzó verdaderamente su carrera de escritor que ya no abandonará. Escribirá durante cerca de cincuenta años más de trescientas obras que hoy existen publicadas, aunque aún se siguen descubriendo textos inéditos.
Por cierto que, todavía, cuando escribía en el Enterprise de Virginia City, no era Mark Twain; utilizaba otros seudónimos, "Josh" por ejemplo. Pero necesitaba uno con fuerza, y al saber de la muerte del capitán Sellers, otro navegante del Mississippi que publicaba en la prensa de New Orleans informaciones sobre el estado del río con aquel seudónimo, optó por apropiarse del mismo. «Mark twain» o dos brazas de profundidad —un par de marcas— eran las palabras que el sondeador del barco gritaba cuando había al menos el mínimo fondo necesario para navegar por aquel río. Si en la elección del seudónimo fue un plagiario hemos de perdonarlo teniendo en cuenta que aunque se encontraba en Nevada no había olvidado al gran Mississippi. El Old Man River permanecerá en la imaginación de Sam Clemens aun cuando durante toda su vida esté recorriendo el mundo entero.
Sin embargo es necesario señalar que este hombre de enormes bigotazos y alborotada cabellera —que según cuenta en su autobiografía la conservó toda su vida así gracias a que la lavaba con mucha frecuencia— tuvo una envidiable existencia que a cualquiera de nosotros nos hubiera gustado vivir. Yo lo tengo considerado en parte como un «senequista», y no sólo porque era realista y ecléctico en sus ideas, enemigo de dogmatismos y con un espíritu inquieto que lo lleva al escepticismo y a la contradicción, sino porque como aquel romano, por ejemplo, nunca le temió a la pobreza pero le gustaba más la riqueza —«La honrada pobreza es un tesoro que hasta un rey se sentiría satisfecho de poseer, pero yo deseo deshacerme de él». No le convenció jamás ningún credo religioso y se formó sus propias ideas, se ha dicho que pertenecía a la religión de los conformistas. Como a Séneca no le agradaba la esclavitud y quería encontrar un poco de dignidad en la «maldita raza humana», término que él mismo acuñó y utilizó con mucha frecuencia y que lo acabó encasillando como pesimista; y ello pese a que siempre trató de soportar la adversidad y el sufrimiento con ánimo alegre y burlón, haciendo un chiste, y con ese ánimo escribía. No cesaba de leer, escribir, viajar, moverse, y —como ya hemos dicho— gustaba de «quemar las naves» y volver a empezar. Y, finalmente, a mí me da la impresión de que era capaz de poseer una gran riqueza como si no la poseyera, la sabía tener con el aire de provisionalidad que la puede tener un condenado a muerte. No sé; es posible que me equivoque, pero creo que no demasiado.
Mark Twain puede que se estuviese riendo de sí mismo cuando anunciaba que ya que había nacido cuando el cometa Halley había aparecido, también moriría cuando regresara aquel: setenta y cinco años más tarde; y el caso es que acertó. Durante cuarenta y ocho años escribió libros de viajes, novela, teatro, biografía, ensayos y... hasta filosofía, y todo por un primer éxito periodístico relativo a una rana saltarina que fue leído en todo el país. Ganó una fortuna y la perdió toda con un invento relacionado con la impresión, pero se propuso recuperarla y recorrió el mundo contando historias chocantes, y la volvió a conseguir. Cuando le sobrevinieron todas sus desgracias familiares había residido en varios países y recorrido muchas veces el mundo como corresponsal y conferenciante —al igual que había antes recorrido cada rincón del Mississippi. Su mayor orgullo, sin embargo, fue haber sido nombrado Doctor en Literatura por la Universidad de Oxford.
Y pensar que todo ello le sucedió a aquel travieso chaval que en la margen derecha del Mississippi vivió aventuras sin fin...: «¡Tom! (...) ¡Diablo de chico! ¡Cuándo acabaré de aprender sus mañas!(2).
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(1) S. K. Ratcliffe: Introducción a ¿Qué es el hombre?
(2) Del comienzo de las Aventuras de Tom Sawyer