miércoles, 14 de noviembre de 2012

Día Ochenta: Bertrand Russell; diáfano y preciso


«Tres pasiones simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por el sufrimiento de la humanidad. Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá, por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación». Con estas palabras comienza Russell su apasionante Autobiografía —«una de sus obras más hermosas, tan candorosa como aguda y penetrante relación de acontecimientos y de hombres, escrita en una prosa de rara elegancia y sobriedad»(1). Y es cierto que a lo largo de la lectura de la misma se ponen de manifiesto esas tres pasiones, y precisamente con la misma intensidad que su frecuente abatimiento y desesperación.

 Echo mano de mi zurrón y reproduzco algo que dejó escrito Hume en De la norma del gusto y otros ensayos: «Con los libros ocurre igual que con las mujeres, en las que una cierta simplicidad de costumbres y de vestido es más atractivo que el relumbrar de la pintura, los melindres y el atavío, que pueden deslumbrar a la vista pero que no se granjean los afectos». Algo que viene muy a cuento cuando se trata de expresar lo que se siente leyendo a Bertrand Russell cualquiera que sea la materia sobre la que dejó algo escrito. Porque esta mente lúcida y privilegiada no se limitó a escribir tan sólo sobre unos pocos temas o materias; su ingente obra comprende lo mismo la filosofía que la matemática, la divulgación científica o la historia, la educación y la pedagogía junto con estudios políticos o éticos, sin olvidar el cuento y la novela. Y todo ello, de verdad, es posible disfrutarlo —se granjea nuestro afecto— porque para comprenderle no hace falta ser una «luminaria»; todos podemos leer y entender a Russell puesto que habla claro y al alcance de todo el mundo, eso al tiempo de ser una fuente de mesura con una enorme clarividencia, agudeza intelectual, valentía y honestidad.
    Y no veo mejor oportunidad para comenzar hablando de Russell, de su vida y de su obra que, precisamente, refiriéndome a aquellas tan intensas pasiones que él citaba habían gobernado su existencia: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por el sufrimiento de la humanidad. En principio he de reconocer que superficialmente y tras leer su autobiografía, sentí envidia de este hombre que aparentemente vivió una vida plenamente disfrutada. Un tiempo de campiñas inmaculadas sin residuos y plásticos, por las que este hombre gustaba recorrer sus caminos en bicicleta; una vida dedicada en libertad al estudio y al conocimiento y, consecuentemente, a la escritura; unas experiencias vitales envidiables sentidas a lo largo y a lo ancho del planeta: sus años vividos en Cambridge como estudiante o como enseñante, sus frecuentes cambios de domicilio tanto en Inglaterra como sus residencias en los Estados Unidos, sus viajes y conferencias, sus apasionados amores y matrimonios y su falta de lazos con todo excepto con sus libros —los que escribía sin cesar. Ah, pero «La capacidad de producir grandes obras de arte va unida con mucha frecuencia, aunque no siempre, a una infelicidad temperamental tan grande que, de no ser por el placer que el artista obtiene de su obra, le empujaría al suicidio». En fin, una vida plena y al tiempo desdichada, especialmente su vida íntima, la familiar, en la que tuvo numerosos fracasos. Eso sin dejar de reconocer que para ciertos sectores tan sólo fue un apestado dada su filosofía práctica y su pensamiento innovador. Otra vez esa sempiterna maldición de la desdicha en la existencia de todos los llamados al éxito y a la inmortalidad.

    Nacido en una familia noble, aunque de padres librepensadores que habían dispuesto para él una educación laica, su voluntad no se cumplió. A los cuatro años el pequeño Bertie está al cuidado de sus abuelos paternos al haber fallecido sus padres, y con ellos recibe una educación no sólo religiosa sino rígida y espartana que le dejará huella: «Desde la adolescencia me atenazaba una desesperada infelicidad causada por la soledad, para la que yo sabía que el amor sería la única cura». En su dilatada existencia se casará cuatro veces buscando ese amor: Alys, Dora, Patricia y Edith, la última vez ya cumplidos los ochenta; aunque serán constantes sus escarceos amorosos y sus amantes.
    Pero también buscó el amor (y hasta cierto punto fue donde lo encontró) en el conocimiento. «Si su primer amor habían sido las matemáticas, el siguiente fue el Trinity College...»(2). En Cambridge le habían enseñado matemáticas y filosofía. Las matemáticas siempre le habían apasionado desde que supo de Euclides: «...uno de los acontecimientos de mi vida, tan deslumbrante como mi primer amor. No podía imaginar que hubiera algo tan delicioso en el mundo»; y fueron precisamente las matemáticas las que le llevaron a la filosofía. A pesar de que no se suicidó «porque deseaba saber más matemáticas», necesitaba «alguna razón para suponer que eran verdaderas». Porque Russell se caracterizará siempre por su escepticismo y su empirismo; dudará de todo y todo deberá ser demostrado; Russell es un racionalista del siglo veinte.
    Los números, «que no tienen ser, ya que de hecho son lo que se denominan "ficciones lógicas"» están ahí y, con ellos, a base de razonamientos y formulas, se puede construir un universo; pero como él mismo explicaba era necesario partir de los números en la dirección opuesta: se empeñó en conocer «los fundamentos lógicos de lo que tenemos que dar por sentado en la matemática», algo que tiene un nombre: filosofía matemática. El esfuerzo que realizó hasta completar su obra Principia mathematica (escrita en colaboración con uno de sus antiguos profesores) y que le llevó tres años y tres gruesos volúmenes fue terrible y agotador: «...mi intelecto jamás se recuperó por completo de aquella tensión».
    ¿Y qué más pudo amar Russell? Pues la lectura y la escritura, sin duda, y me refiero a la literatura. He aquí una opinión al caso que acredita gustaba de la novela: «Todas las mejores novelas contienen pasajes aburridos. Una novela que eche chispas desde la primera página a la última seguramente no será muy buena novela». Fueron buenos amigos suyos al menos tres novelistas notables: H. D. Lawrence, Joseph Conrad y T. S. Eliot. A este último lo había conocido en Harvard mientras impartía conferencias y allí le alentó y aconsejó; después, en Londres lo acogería en su casa junto con su mujer en momentos financieros difíciles para aquel joven matrimonio. La casualidad hará que Eliot se adelante dos años a él en alcanzar el Nobel de Literatura. Respecto a Joseph Conrad, aquel polaco nacionalizado británico, la amistad iba unida a la admiración por el novelista y por su obra; tal era así que a su segundo hijo le puso en su honor Conrad como nombre.
    Y, finalmente, yo me atrevería a decir que también amó las cosas bellas y sencillas que muy pocos aman: «El mar, las estrellas, el viento nocturno en parajes desolados, significan más para mí que los seres humanos que más quiero...»; «...las grandes, sencillas y eternas cosas de la vida, el sonido del mar al arrastrar los guijarros, el grito de las gaviotas, la luz de la luna reflejada en las olas, el sol que se pone sobre los acantilados...»; «La matemática y las estrellas me consolaban cuando el mundo humano me parecía carente de calor».

    La búsqueda del conocimiento, su segunda pasión, se diría que era en parte debida a su curiosidad y a sus dudas. Russell no sólo sentía curiosidad por todas las manifestaciones de lo humano, sino de lo que el mismo universo físico representara y de todo lo abstracto que en él se hallare. «Los hombres nacen y mueren. Algunos apenas dejan rastro, otros transmiten algo bueno a los tiempos futuros. El hombre cuyos pensamientos o sentimientos se han ampliado gracias a su conocimiento de la historia deseará transmitir, en la medida en que le sea posible, lo que sus sucesores juzgarán que ha sido bueno». Y él se propuso hacerlo acerca de todas las disciplinas imaginables; sus escritos y sus numerosas conferencias versan tanto sobre lo aprendido como sobre lo por él rechazado. Leyendo a Russell en algunos de sus libros muchos de los cuales hoy se siguen editando —precisamente algunos de los que él mismo llamaba libros «ganapanes» por haberlos escrito rápidamente en épocas de crisis económicas personales— uno goza de lo lindo. A Russell, gracias a su «facilidad para escribir una prosa perfecta con gran rapidez sobre cualquier tema (...) y a su versatilidad literaria»(2) se le lee con facilidad —ya lo hemos dicho— y es capaz de llevar al lector sin agobios de un lado a otro: de Platón y Aristóteles a la psiquiatría de su tiempo o a Spinoza o a Hume; de éste a las guerras de religión o posiblemente al modo de ser de los ingleses, y de aquí puede que lo conduzca a Gandhi o a la superstición y la brujería.
    Yo he querido huir en principio de mencionar aquí algunas obras de él que me han resultado extraordinarias, pero finalmente he razonado que debería hacerlo porque, además de proporcionar su lectura un placer inigualable, ayudan a comprender muchas incógnitas y enigmas que en nuestros días están todavía presentes. Hay un sencillo volumen que él escribió entre guerras, y que aún se vende hoy como libro de bolsillo, que singularmente trata un tema que todavía en estos tiempos viene siendo objeto muy tentador a desarrollar por los escritores actuales; su título: La conquista de la felicidad que, además de resultar verdaderamente encantador, da idea de lo poco que ha cambiado nuestro mundo en cuanto a la psique humana, y sigue siendo por tanto un libro de actualidad. Pero hay muchos más: yo citaría Ensayos impopulares, Ensayos filosóficos, Sociedad humana, ética y política, El credo del hombre libre y otros ensayos (con la cual Conrad se sintió emocionado) y Respuestas, o sus ideas esenciales sobre política, sociedad, cultura y ética que, compendiadas y publicadas bajo ese título, han sido extraídas de todas sus obras por la Sociedad Bertrand Russell.

    Finalmente es tiempo de hablar sobre aquella su «insoportable piedad por el sufrimiento de la humanidad». La defensa de los derechos de la mujer y especialmente su acceso al voto, la moral de la guerra —desde sus motivos hasta las prácticas— y el reclutamiento forzoso, los problemas de la educación no liberal, los genocidios masivos, los arsenales nucleares y el desarme, entre otros, le llevaron a enfrentarse a los gobiernos de su país, a la pérdida de cátedras, al exilio, a la creación de una escuela libre, a entrevistarse con Lenin, a escribir al presidente Wilson y después a Kruschov y a Eisenhower, a manifestarse a favor de la desobediencia civil, a crear un Tribunal popular internacional y, ...hasta a la cárcel en dos ocasiones. Se diría que, incansable y luchando por lo que él pensaba era ayudar a mitigar el sufrimiento de la humanidad, el tercer conde Russell permaneció firme hasta dos días antes de su muerte, momento en el que dictó su última proclama para ser leída en un congreso internacional, en la que condenaba a Israel por bombardear Egipto. Era en enero de 1970 y tenía noventa y ocho años.
    Me place terminar dejando una extensa, pero muy sutil y hasta ocurrente cita de él en cuanto a la creación literaria:
 «El dramaturgo cuyas obras nunca tienen éxito debería considerar con calma la hipótesis de que sus obras son malas; no debería rechazarla de antemano por ser evidentemente insostenible. Si descubre que encaja con los hechos, debería adoptarla, como haría un filósofo inductivo. Es cierto que en la historia se han dado casos de mérito no reconocido, pero son mucho menos numerosos que los casos de mediocridad reconocida. Si un hombre es un genio a quien su época no quiere reconocer como tal, hará bien en persistir en su camino aunque no reconozcan su mérito. Pero si se trata de una persona sin talento, hinchada de vanidad, hará bien en no persistir. No hay manera de saber a cuál de estas dos categorías pertenece uno cuando le domina el impulso de crear obras maestras desconocidas. Si perteneces a la primera categoría, tu persistencia es heroica; si perteneces a la segunda, es ridícula. Cuando lleves muerto cien años, será posible saber a qué categoría pertenecías». Y más adelante, «...si usted sospecha que es un genio pero sus amigos sospechan que no lo es, existe una prueba, que tal vez no sea infalible, y que consiste en lo siguiente: ¿produce usted porque siente la necesidad urgente de expresar ciertas ideas o sentimientos, o lo hace motivado por el deseo de aplauso? En el auténtico artista, el deseo de aplauso, aunque suele existir y ser muy fuerte, es secundario, en el sentido de que el artista desea crear cierto tipo de obra y tiene la esperanza de que dicha obra sea aplaudida, pero no alterará su estilo aunque no obtenga ningún aplauso. En cambio, el hombre cuyo motivo primario es el deseo de aplauso carece de una fuerza interior que le impulse a un modo particular de expresión, y lo mismo podría hacer un tipo de trabajo diferente».
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(1) Enciclopedia de la Literatura Garzanti
(2) Ronald Clark, Russell