jueves, 27 de octubre de 2011

Día Treinta y cuatro: Entre lo dionisíaco y lo perverso; Wilde

"¿Quién no ha experimentado alguna vez que la lectura rápida de un libro, bajo cuya fascinación sucumbió, ha influido en su vida entera de modo decisivo, y que el efecto causado ha sido tan determinante que apenas permitía una segunda lectura y un análisis más serio?"
     Cuando el último día finalizábamos con Goethe, el súbito recuerdo de su famoso Fausto me suscitó la idea de hablar hoy de Wilde y de su novela El retrato de Dorian Gray. Pero en mi macuto tenía guardadas más citas de Goethe, una de ellas esta pregunta que él se había hecho, y, entonces, comprendí que había ya más razones para hablar de Oscar Wilde: especialmente de su vida y de su única novela.
     Y es el caso que en este escritor -que tantos admiradores y detractores ha tenido y aún sigue teniendo y de los cuales ha recibido las mayores alabanzas y las repulsas más profundas- se da la circunstancia de que posiblemente, al menos para él, su vida era más importante que su obra: "¿Quiere usted conocer en qué consiste la gran tragedia de mi vida? Pues en que he puesto mi genio en mi vida; sólo mi talento lo he puesto en mis obras". Esto es lo que le dijo a Gide.
     Pero volvamos a la pregunta del principio. Oscar Wilde podría responder a ella en un sentido afirmativo absoluto. Aunque en el decurso de su vida influyeran sin duda en ella innumerables factores, fue expresamente un libro editado en mayo de 1884 el que tuvo, desde aquellos mismos días en que lo leyó, un par de semanas después de su publicación, un influjo decisivo en su futuro y..., en su famosa novela.


     Sin embargo, antes de hablar de ese libro y del especial efecto que ejerció en los posteriores acontecimientos de su existencia, a fin de hacer todo ello más comprensible creo necesario pasar de rondón, aunque someramente, por los rasgos relevantes de su vida:
     Había nacido en Dublín  en 1854; estudió en Oxford y de allí salió Bachellor of Arts con veinticuatro años. Digamos que ha descollado en el estudio de las lenguas clásicas, pero ante todo ha sido  seducido por la primitiva cultura griega y está convencido de algo que uno de sus tutores -un helenista- le había inculcado: "Grecia no es el pasado, sino un ideal vivo"(1).
     Wilde, que ha visitado en dos ocasiones Grecia, incorpora lo dionisíaco a su vida, ama per se el arte y la belleza y superpone la estética a la ética. Se esfuerza al mismo tiempo en codearse con la aristocracia y con las esferas sociales más poderosas relacionándose en sus salones, para lo cual debe ser frívolo -además de culto que ya lo es- pero ante todo elegante, lúcido, dandy e ingenioso. "Al mundo le parezco -y esa es mi intención- nada más que un diletante y un dandy. (...) En una época tan vulgar como la nuestra todos necesitamos máscaras". No obstante a él, en lo más profundo, lo que le subyuga es el arte y la belleza: "Reconocer la hermosura en una cosa es el punto más delicado a que podemos llegar"; "El arte es escape a un mundo lejano"; "Sólo mediante el arte podemos llegar a ser perfectos..."; "...es fiel al principio de la belleza en todas las cosas, el que busca siempre impresiones nuevas".
     Teniendo en cuenta que su creación artística estaba estrechamente ligada, casi sometida a sus ambiciones sociales, Wilde, poeta y crítico de arte como él se presentaba, estaba ya poniendo más en su vida que en su obra. A los veintisiete años y pese a ello publica a su costa un primer libro de poemas, una antología revisada de todo lo que había escrito anteriormente; una poesía que cantaba ya los goces vitales del cuerpo y de los sentidos. A continuación escribe su primer drama teatral; pero siendo ya popular socialmente gracias a su excéntrica indumentaria, a sus alegatos en pro de la belleza y a su fama de esteta le es ofrecido realizar un oportuno viaje por los Estados Unidos dando conferencias sobre esteticismo. El éxito literario se le resistía desplazado por su deseo de brillar en sociedad.
     Tiene treinta años, estamos en 1884 cuando Wilde opta por el periodismo y se casa. En su viaje de novios, estando en París, adquiere libros recientemente publicados, y uno de los que se lleva al hotel es  À Rebours que ha aparecido unas semanas antes. Aquella novela "...resultaría una de las influencias más poderosas y venenosas sobre la futura vida de Wilde"(2). Considerado como el manual del decadentismo (predilección por las experiencias raras e inmorales, sutiles, artificiosas y prohibidas, recuperación de un ideal de belleza agotado, la exaltación de lo irracional) À Rebours llegó a ser para Valéry su "biblia y libro de cabecera"(2). Wilde reconocerá acerca del mismo: "Este último libro de Huysmans es uno de los mejores que he leído jamás". "A lo largo de los años siguientes le rondaría como una nube inquietantemente oscura o le acecharía en su interior como una sombra de su faceta más sombría"(2). "Estoy loco justo igual que Des Esseintes", (el protagonista de aquella novela).
     Tres años más tarde su vida da un giro copernicano. Dice adiós a su matrimonio y a los dos hijos habidos en el mismo y comienza su verdadera época creativa. Ahora más que nunca demandará independencia entre arte y moral y dará rienda suelta a su enaltecimiento de lo dionisíaco y lo pagano. En la cumbre de su fama llevará una peligrosa doble vida.
     En 1890 aparece publicado en trece capítulos en una revista El retrato de Dorian Gray; es el resultado de un relato que el editor de aquella revista le había solicitado. "Como todo escritor realmente singular, Wilde escribe siempre sobre sí mismo"(1); seis meses le llevó su redacción; fue su primera y única novela: La idea general, reconoció, se la había inspirado À Rebours. El personaje Dorian Gray estará inspirado en Des Esseintes, el protagonista de esa obra conocida en español como Al revés, A contrapelo o Contra natura de J. K. Huysmans. Le añade un prefacio y seis capítulos, la corrige y aparece como libro el año siguiente. Con este autorretrato -"Contiene mucho de mí"- comienza su época de esplendor. Por medio de sus tres principales personajes se retrata a sí mismo y pregona su concepto de hedonismo y neopaganismo como eje de la existencia humana y la veneración exaltada de la belleza y de la juventud. Lord Henry es el Wilde dandy que arrastra a Dorian Gray a llevar una vida de pasiones desenfrenadas sin fin; el pintor Basil es el Wilde artista; Dorian Gray es el Wilde esteta: "Dorian (es) lo que me gustaría ser -en otra época, quizá".
 
     Ese mismo año Wilde había conocido a su particular "Antinoo", un noble de veinte años con el que inicia una íntima relación que cuatro años más tarde lo llevará a los tribunales, al escándalo y a la cárcel, y poco después a la muerte; tenía cuarenta y seis años. Se había dejado arrastrar por los hechizos de lo prohibido: "...la vida del artista es un lento y amable suicidio y no me apena que así sea". Desde la cárcel escribirá: "...el inventario de mis pasiones perversas y de mis idilios descarriados llenaría unos cuantos volúmenes escarlatas (...) he tenido pasiones anormales y deseos perversos, pero (...) no soy el primer artista marcado así por el destino y no seré el último".


     Hasta aquí la influencia decisiva de À Rebours en su vida. Pero volvamos a su novela El retrato de Dorian Gray; he aquí algunas transcripciones de la misma que permitirán valorar la importancia que en ella también tuvo aquel libro:
     Cap. X: "Sus ojos cayeron sobre el libro amarillo que Lord Henry le enviaba. Se preguntó qué sería. (...) cogiendo el volumen se arrellanó en un sillón y empezó a hojearlo. Al cabo de unos minutos se absorbió en él. Era el libro más extraño que había leído nunca".
     Cap. XI: "Durante años enteros, Dorian Gray no pudo librarse de la influencia de aquel libro..."
     "Wilde llegaría a admitir que el "libro amarillo" que había tenido un efecto tan pernicioso sobre Dorian Gray era parecido a su propia reacción cuando leyó por primera vez la novela de Huysmans"(2).
     Cap. XI: "Encargó que le trajeran de París al menos nueve ejemplares de la primera edición en papel de gran tamaño con márgenes muy anchos y los hizo encuadernar en colores diferentes de manera que armonizaran con estados de ánimo varios e imaginaciones cambiantes de un carácter sobre el que parecía, a veces, que había perdido totalmente el control (...) el libro entero le parecía contener la historia de su vida escrita antes de que él la hubiera vivido. (...) A Dorian Gray lo había envenenado un libro..."
     ¡Un libro puede cambiarnos!
     Me gustaría seguir hablando sobre Wilde en la próxima entrada. ¡Llegó a ser un personaje tan rico y fascinante!
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     (1) De Villena, J. Antonio: Wilde total
     (2) Pearce, Joseph: Oscar Wilde: la verdad sin máscaras

lunes, 17 de octubre de 2011

Día Treinta y tres: Pero ¿cuántos Goethes...?

Sí; existen varios Goethes. Hay un Goethe magnífico que nos deja una descripción incomparable de su Viaje a Italia. La lectura del mismo me pareció el relato de un explorador, al menos durante sus recorridos por Sicilia. Todo lo anota y lo cuenta meticulosamente pero con sencillez, sin metáforas, con todo detalle y con absoluta sorpresa:
     "Aunque el viaje parece  reflejado en todo su transcurso y se presenta en la imaginación como una narración ininterrumpida, uno tiene la sensación de que el relato auténtico es imposible. (...) ¿Cómo la mente de un tercero podrá formarse una idea de conjunto?"
     Si tenemos en cuenta que realizaba también dibujos de todo aquello que más le iba sorprendiendo, podemos intuir su total disposición para llegar a interesar al lector. Y lo consiguió:
     "Un trabajo de esta índole (escribir un libro) en realidad nunca termina, hay que declararlo concluido cuando ya se ha hecho todo lo posible en base al tiempo disponible y las circunstancias". ¡Meticuloso Goethe!

     Mas indaguemos en su carácter, que algo debía tener de impulsivo y autoritario cuando deja escrito los siguiente:
     "...desde joven odiaba la anarquía más que la misma muerte"
     "...el ser humano que quiere el bien debe ser tan activo y comportarse de un modo tan enérgico contra los demás como el egoísta, el mezquino y el malo"

     O sobre su introversión, su goce de lo interior, de su mundo íntimo:
     "Estoy ahora tan alejado del mundo y de lo mundano que me resulta muy extraño leer un periódico. El aspecto externo de este mundo es transitorio, y yo sólo quiero dedicarme a lo duradero"
     "...consiguieron de mí que me relacionase socialmente, más de lo que yo hubiera querido, pese a mi terco deseo de soledad"
     "Ahora me será dado gozar de una auténtica soledad, por la que tan a menudo he suspirado con nostalgia"
     Soledad, algo que para otros resulta ser una agonía, una aflicción, es todo lo que busca Goethe a sus treinta y ocho años.

     ¿Acerca de su vitalidad? ¿Qué más explícito que este pensamiento citado en su autobiografía de juventud Poesía y verdad?:
     "Nuestros deseos son presentimientos de las capacidades que hay latentes en nosotros, anuncios de lo que en el futuro estaremos en situación de realizar"

     Y, al tiempo, algún rasgo de pesimismo sobre el hombre. "Vous êtes un homme!", fue lo que le dijo Napoleón en su encuentro:
     "No importa las vueltas que dé el hombre ni lo que emprenda, siempre regresará al camino que la naturaleza determinó para él"
     "...cada hombre es conducido y extraviado a su manera"
     "...al final el hombre siempre depende únicamente de sí mismo"

     De su considerada por algunos enigmática novela Las afinidades electivas yo introduje en mi morral durante su lectura las siguientes aserciones que fueron apareciendo bien en boca del narrador o de los protagonistas:
     "He visto como las cosas más razonables fracasaban y las más descabelladas tenían éxito"
     "Todas las empresas están en manos del azar"
     "...lo extraordinario no ocurre por caminos llanos y expeditos"
     "...en este mundo todo depende de una buena ocurrencia o de una firme decisión"
     "...por lo general las cosas de las que nos alegramos con mucha antelación nunca ocurren"
     "Las dificultades aumentan cuanto más nos acercamos a la meta"
     "El destino va cumpliendo nuestros deseos, pero lo hace a su manera..."
     Aunque de su lectura pueda desprenderse un patente carácter fatalista del autor (el azar, el destino, la fatalidad...), hay que tener en cuenta  sin embargo que Goethe escribió esta novela en la última parte de su vida, precisamente en una de sus estancias en Karlsbad -hoy Karlovy Vary en la República Checa-, en su balneario, al que acudía frecuentemente desde su asentamiento en Weimar.
     Más adelante confesará que para sentir el anhelo de escribir tenía que confinarse en un cuarto modesto, pobremente amueblado; hacerse la ilusión del poeta pobre en su buhardilla. La verdad es que muy pocas veces había "saboreado aquel alimento de los héroes" del que ya hemos hablado; quizás exclusivamente cuando desesperado por su frustado e imposible amor por Carlota Buff se pone a escribir el Werther. Escuchemos de nuevo a Borges: "Un escritor debe pensar que cuanto le ocurre es un instrumento; todas las cosas le han sido dadas para un fin. Todo lo que le pasa, incluso las humillaciones, los bochornos, las desventuras, todo eso le ha sido dado como arcilla, como material para su arte; tiene que aprovecharlo". Indudablemente estaba entonces viviendo realmente "las desventuras del joven Goethe" las cuales le habían sido dadas como un material magnífico para su arte.

* * *

     Delante de la fachada del teatro de Weimar existe hoy un pedestal sobre el que, en bronce, se puede contemplar algo que no es hoy habitualmente muy común: dos figuras. Goethe aparece acompañado a su izquierda por Schiller y ambos sujetan en el centro con sus manos una única corona de laurel. No sé si a Goethe le hubiera gustado que le recordaran compartiendo tan manifiestamente su gloria con otra persona, pero los vericuetos del tiempo, la política, los gustos y las modas tienen rumbos y destinos insospechados.
     "No hay que compararse con los demás artistas, sino proceder cada uno a su manera, pues la naturaleza se ha preocupado por igual de todos sus hijos, y la existencia del más excelente no amenaza la del más limitado". ¿Lo sentiría de verdad así?

     A diferencia de las vidas paralelas plutarqueñas, las vidas de Goethe y Schiller yo diría que fueron perpendiculares; pero además en un mismo espacio y en un tiempo común, allí en Weimar, en el hoy estado confederado de Turingia, y tan sólo de 1794 a 1806.
     Pero todo ello es tan sugestivo que merecerá la pena sumergirnos enteramente otro día en esa apasionante relación.
     Finalizo hoy con una sentencia fácil de recordar de nuestro héroe, y que parece que con ella pretendió quitarse méritos a sí mismo:

"El genio es una larga paciencia"
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miércoles, 5 de octubre de 2011

Día Treinta y dos: Goethe y Christiane

Goethe quería vivir, amaba la vida; era un gran curioso y un profundo observador. Enormemente vitalista, amante y gozador de los placeres de este mundo procuraba huir de las tragedias y de los dolores humanos. Su vida, desde su llegada a la corte de Weimar y su nombramiento como consejero del duque, transcurre por unos cauces placenteros que le permiten sobre todo ser feliz, algo que sin duda era lo que más ambicionaba. Goethe es sosegado, prudente, moderado, conservador, odia la anarquía, es un fanático de la felicidad individual, un amante de la vida tranquila y, hasta si queréis..., egoísta. Huye de la muerte, la aparta de su lado, la teme; hasta procura no ver el cadáver de su amigo Schiller y ni asiste a su funeral.
     Nos preguntábamos el día anterior si aquella frase en la que decía que a veces "...el hombre (...) no acierta a ver claro en sí mismo y persevera en seguir un falso camino hacia fines falsos..." era aplicable a sí mismo, a su enciclopédica actividad, a su diletantismo. Y hay un momento en el que aunque no reconoce estar siguiendo ningún camino falso, acepta que pretende abarcar demasiado: "Debo evitar emprender proyectos que excedan al ámbito de mis facultades, donde no hago más que agotarme sin provecho alguno", o "nunca me resigné a dedicar a un trabajo el tiempo que de hecho requiere", y también: "...mi mala costumbre de empezar muchas cosas y dejarlas de lado cuando mi interés por ellas disminuye ha ido en aumento con los años". Todo ello nos viene a descubrir, simplemente, que Goethe era humano, muy humano. Nos alivia escuchar eso que le sucede y que a todos nos viene sucediendo.

     Y es que desde su llegada a Weimar no le ha faltado nada. Goethe brilla en Europa desde aquel pequeño lugar. La corte y sus damas, sus intrigas, sus flirteos, sus bellas e inteligentes amigas; las frecuentes visitas de nobles e intelectuales que le llevan piezas con las que enriquecer sus colecciones; los conciertos, o las tertulias en su casa con hombres cultos; sus numerosas estancias en balnearios, sobre todo en Karlsbad, pero también en Pyrmont o en Lauhstädt donde pone en escena obras teatrales; todo ello sin olvidar sus tournées o circuitos, siempre con añadidas excursiones. Bien acompaña en sus viajes al duque Carlos Augusto o visita con otros colegas lugares únicos por sus fenómenos geológicos o por la existencia en ellos de fósiles o hasta de comunidades extrañas como los cuáqueros, y ello sin olvidar museos, monasterios medievales, bibliotecas; su curiosidad le lleva a trepar a los más altos riscos y a descender al fondo de profundos torrentes. Todo le atrae y quiere conocerlo; ha viajado a Suiza y a Italia, y aunque su casa está en Weimar se mueve frecuentemente a Jena comprometido por su Universidad; pero también a Hersleben a conocer sus canteras de toba y sus conchas de agua dulce, visita Harz (lugar donde situa el aquelarre del Fausto), Wieliczka con sus minas de sal, las canteras de basalto de Dransfeld y los granitos de Engelhans, llega hasta el bajo Rin, pasa estancias en Götinga, disfruta obsequiosas acogidas como la que le proporcionan en Gotha, vuelve a los cantones y a los lagos suizos, en Magdeburgo se entusiasma con la riqueza de su catedral; y de allí marcha a Helmstedt... No hay nada que no merezca su curiosidad y siempre es bien acogido con un buen borgoña, apetitosos convites y suculentas cenas.

     Y ahora, dicho todo lo anterior, es tiempo de la sorpresa, del escándalo, de la campanada. ¿Cómo es posible que llevando esa clase de vida Goethe se amancebe? Cierto día de 1788 -cuenta por tanto treinta y nueve años- mientras permanece en el parque lo aborda una joven de tan sólo veintitrés solicitándole ayuda para su hermano. Sorprendentemente, -enigmático Goethe-, la acabará haciendo su amante; al año siguiente tendrá un hijo de Christiane Vulpius. El prudente, el sosegado, el creador y gran poeta pero siempre escurridizo del demonio del que Zweig dice que continuamente trató de huir, deja estupefacta a la sociedad de Weimar.
     Escribe Ludwig: "Mete en su casa por primera vez a una mujer, a esta chiquilla, que, hija de un empleado de los archivos, huerfana de padre y sin recursos, fabrica flores en una casa. Acabará usando de ella como de un instrumento de sus caprichos físicos, abandonándola el resto del tiempo a los quehaceres domésticos para llevar por su parte una segunda existencia, diferente, con los hombres y las mujeres" (1). Dieciocho años después se acabará casando con ella. Más escándalo: ¡Se ha casado con la hermosa Christiane Vulpius, la florista, la cocinera!; y goza de la sexualidad manteniéndola apartada de su vida social, de sus cultas tertulias, de las lecturas de sus obras, de sus estudios científicos, de sus viajes, de sus estancias en los balnearios y de sus expediciones y correrías. Christiane será su otra privadísima vida de puertas adentro.
     Sigrid Damm es una avezada escritora y biógrafa berlinesa que ha indagado entre viejos papeles de sacristías, cancillerías y archivos municipales acerca de esa relación insólita entre la vulgar Vulpius y el genial Goethe... Las grandes, frecuentes y dilatadas separaciones antes y después de casarse... ¿Realmente la amó durante un tiempo? o ¿resultó ser para él simplemente el descanso del guerrero?, la compañera ideal de todo creador que, como tal, gusta de la independencia, de la libertad y del aislamiento: "...compartió sus crisis creadoras, su desesperación, sus enfermedades, sus nuevos puntos de partida, sus éxitos y sus fracasos como poeta, político y cortesano... (le proporcionó) seguridad física, apoyo, bienestar, cuidados, libertad para elegir el lugar de estancia y de escritura sin tener que preocuparse por su casa y sus propiedades, y la posibilidad de regresar a ella después de meses, de semestres de ausencia" (2). Así termina la escritora su detallado relato sobre este apasionante emparejamiento. Libro que se lee ávidamente, como si se tratara de un thriller; libro trepidante que conmociona, que casi sugestiona por su prosa concisa, fría y disciplinada pero al tiempo intensa, encendida, volcada en los avatares y destinos de los dos personajes. Y yo me pregunto: ¿fue realmente la Vulpius la "esclava" (la criada y la puta) del fascinante Goethe?
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(1) Emil Ludwig: Goethe: historia de un hombre
(2) Sigrid Damm: Christiane y Goethe