jueves, 27 de septiembre de 2012

Día Setenta y cuatro: El Nobel en estado puro


Terminábamos ayer citando los premios trascendentes que habían recibido Faulkner y Hemingway, entre ellos el Nobel, y ello me ha dado pie para —echando mano de algunas notas que en su día guardé en mi zurrón acerca de este ambicionado galardón y que, en su momento, cuando leí sobre él me dejaron perplejo— comentar algunas de sus interioridades y sorpresas, dando por supuesto que su historia y el listado de sus ganadores está al alcance de cualquiera en Internet.

   Todo eso, el ponerme a atisbar en el Nobel, me sucedió cuando se estaba conmemorando internacionalmente el centenario de su creación, de ello hace ya unos años pues el primer premio fue otorgado en 1901. Lo primero que experimenté entonces fue aquel mismo pasmo de mi mocedad cuando leyendo con verdadero deleite a grandes escritores descubría que no estaban en la lista de los galardonados. «¿Por qué Sully Prudhomme, Rudolf Eucken, Grazia Deledda y Pearl Buck?, ¿Por qué no Tolstói, Ibsen, Proust, Kafka y Joyce?» se pregunta Kjeel Espamark en su obra El Premio Nobel de Literatura. Preguntas como esa —lo veremos— se las han planteado muchos enamorados del mundo de las letras.
Hasta tal punto llegó mi confusión que ya en edad adulta decidí leer —siempre que me fuera posible y el tema me interesara— aquellas obras que se decía habían ejercido gran influencia en la selección de los premios que entonces se iban otorgando. Durante unos años estuve intentando «saborear» lo que la Academia Sueca había decidido que era merecedor de ese premio. Gran fracaso por mi parte; acabé desistiendo. Hace más de treinta años que no leo la obra de un Nobel galardonado en ese período sea del país que sea y haya escrito sobre lo que haya querido escribir. Hace más de treinta años que meramente me dedico a leer a «los clásicos» y a los que no lo son pero que por distintas afinidades y estilos me deleitan. Aunque he de matizar que para mí, dentro de los clásicos entran desde Homero a Hemingway, pongamos por caso.
   Los clásicos son aquellos que se siguen editando y aunque pasen los años se siguen leyendo.
En su obra ¿Por qué hay que leer los clásicos? Rosa Navarro se preguntaba varios años atrás lo mismo que hace diez años se preguntaba Kjeel Espamark. Ella iba más lejos y se atrevía a citar lo siguiente: «...una minoría de escritores verdaderamente dignos del premio Nobel y característicos representantes de la historia literaria del siglo XX (Hauptmann, Hamsun, France, Shaw, Mann, Pirandello, O'Neill, Gide, Faulkner, Hemingway, Camus) y una mayoría de escritores de segunda fila —ella prefería no citarlos— y por último un cierto número de nombres carentes de calidad (entre ellos el primer galardonado con el Nobel, Sully-Prudhomme, además de Echegaray, Eucken, Pontoppidan, Karlfeldt, Sillanpää...) y los nombres de los olvidados: Zola, Proust, Joyce, Strindberg, Ibsen, Brecht, Gorky...». Si nos fijamos ni siquiera hay una coincidencia plena entre estos dos autores acerca de los grandes no galardonados ni de los indebidamente premiados. Debe ser difícil ponerse de acuerdo. Habría que decir aquello de que «ni son todos los que están ni están todos los que son».
Lo que sí debemos tener claro es que «No es la posteridad quien descubre, encumbra o sanciona la virtud de una obra, es la obra misma, según sea de fecunda, quien engendra su propia posteridad» según razonaba Proust. Y a mí, volviendo a esa autora que he citado anteriormente, Rosa Navarro, me place traer una cita suya que en mi macuto introduje cuando leí su libro: «El escritor sobrevive gracias a su creación, y esta se proyecta sobre el fondo de silencio contra el que ha luchado denodadamente. Su existencia como creador depende de su palabra, de la huella que deje en este mundo literario que surge del real y que lo convierte en justificación, en pretexto para su propio existir. Los lectores son sus herederos, los que lo inmortalizan y los que se enriquecen con sus hallazgos». ¡Eso es!: los lectores son los que inmortalizan al autor y nunca los premios, ni siquiera el Nobel.
En fin, para consolarnos diremos que en 1951 un estudio de William F. Lamont, en Books Abroad revelaba que únicamente un tercio de los premios Nobel de literatura otorgados no se consideraban acertados; era el resultado de una encuesta realizada a trescientos cincuenta expertos.

Y dicho todo lo anterior hurguemos algo en el Nobel. A mí me sorprendió enterarme en su momento de que el químico y apátrida Alfred Nobel (Suecia, Estocolmo, 1833 - Italia, San Remo, 1896) dejó una fortuna —junto con la dinamita y más de trescientas cincuenta patentes de inventos— para que fuera dedicada a fines pacifistas y culturales. Concretamente para que de los intereses que aquella fortuna produjera se premiase económicamente (mejor se dotara) a aquellos jóvenes de extraordinarias condiciones a fin de que de esa forma dispusieran de los medios que les permitieran dedicarse al fomento de las ciencias y el pacifismo. Hoy no se premia para realizar obra alguna; se premia la obra supuestamente ya realizada, aunque sea mala, pero «políticamente» elegida. Estamos hablando en general, de los cinco premios Nobel en sus distintas áreas. Vayamos al literario.
Parece ser que el Premio Nobel de literatura según sus estatutos de entonces «debía ser otorgado a una determinada obra (...) y que fue concebido como fomento y apoyo a un escritor joven, dotado, pero carente de recursos económicos (...y además...) había de galardonarse a una obra del año inmediatamente anterior». Y, sin embargo, como en el resto de los premios, la Academia Sueca se ha venido dedicando a coronar la obra literaria de toda una vida. De hecho, la edad media de los literatos galardonados (cuando yo leía acerca de todo esto) estaba en los sesenta y dos años; cinco de ellos no habían cumplido los cincuenta, y dieciséis contaban más de setenta. Ignoro las edades de hoy pero no debe ser difícil conocerlas.

Vayamos al corazón del Nobel. En primer lugar el núcleo del jurado es un comité de cinco miembros que es el que finalmente recomienda el ganador a la Academia. Alfred Nobel en su testamento parece ser que especificó que los cinco premios debían ir a parar «...a quien haya llevado a cabo el mayor servicio a la humanidad...», y específicamente en cuanto al de literatura matizó que el premio debería ir «...a la persona que, en el campo de la literatura, haya producido el trabajo más sobresaliente en una dirección idealista», y ello, como ya se ha dicho, «...durante el año precedente». Si todo esto es verdad, es para rasgarse las vestiduras. ¿Qué tiene que ver todo esto con los ciento y pico autores galardonados en su corta historia? «¿Qué se premia exactamente?, ¿Por qué unos y no otros?»(1).
Alfred Nobel era anarquista. Doctos, eruditos e ilustrados se han preguntado qué sentido tendrían para él en aquellas sus expresiones: «servicio a la humanidad» y «lo más sobresaliente en una dirección idealista», algunos conceptos e instituciones como la patria, la familia, la religión, la monarquía, el matrimonio y el orden social.
Él mismo se definió de la siguiente manera: «Alfred Nobel. Su existencia debió haber terminado en el mismo instante de nacer a manos de un médico de sentimientos humanitarios, que le hubiera ahogado el primer aliento. Sus virtudes principales son haber llevado siempre las uñas limpias y no haber sido nunca una carga pesada para nadie. Sus defectos sobresalientes son no poseer familia, tener muy mal genio y sufrir una digestión muy lenta. Su único deseo: que no lo entierren vivo. Su pecado mayor: no rendir culto al dios del becerro de oro. Acontecimientos importantes de su vida: ninguno». Tipo curioso aquel Alfred Nobel.
Pero lo más sorprendente de todo resulta ser que al sueco Alfred Nobel quien más le influyó posiblemente en la institución de los premios que llevan su apellido fue una mujer, Berta Kinsky —después de casada apellidada Suttner. Antes de casarse fue su secretaria y el ama de llaves de su casa, la gobernanta según el anuncio que él hizo publicar en un diario londinense gracias al cual se conocieron: «Caballero ya no joven, rico, desea encontrar una mujer de su edad, inteligente y conocedora de diversas lenguas para que le sirva de secretaria y gobierne su casa». Berta era escritora y además pacifista. Bajo el título Abajo las armas publicó un libro que soterradamente era un grito a favor de la paz. Después de conocerla fue cuando Alfred Nobel comenzó a donar dinero con fines pacifistas y para el fomento de la cultura. Es curioso que él, además de haberse enamorado de esa escritora que lo acabó abandonando para casarse con el barón Suttner, él, como digo, también quiso ser escritor, y hasta publicó un libro titulado Némesis. Vuelvo a repetir, tipo curioso aquel aislado, incomprendido, infeliz, misántropo, solitario, insociable y en sus tiempos ignorado Alfred Nobel.

Yo he llegado a una conclusión después de saber todas estas cosas sobre el Premio Nobel de Literatura. La conclusión es que merecería la pena modificarlo un poco. Veamos: el dinero no ha ido a jóvenes promesas literarias por lo realizado en el año anterior; casi todos tenían bastantes años y se lo quedaron para sus necesidades o caprichos. Exceptuemos a algunos como Sartre, que rechazó no sólo el importe sino el mismo premio (diploma y medalla) porque consideraba que aceptarlo coartaba su libertad creadora, y a otros más que destinaron su cuantía a fines nobles y altruistas como por ejemplo Samuel Beckett que utilizó la suma para ayudar a escritores jóvenes y a viejos autores.
A mí se me ha ocurrido que los futuros premios Nobel de Literatura (sin coronas suecas, sin diploma ni medalla) fueran a parar a título póstumo —teniendo en cuenta lo que razonaba Proust— a los autores del pasado, a aquellos escritores ya fallecidos pero que sus obras han sobrevivido y se siguen editando y leyendo. Por ejemplo, se deberían ir otorgando cada año hacia atrás comenzando por el del año 1900, y no parar hasta terminar dentro de aproximadamente dos mil cuatrocientos años con Sócrates, otorgándole a él el del año en que murió, el Nobel del año 399 antes de Cristo —aunque recibiría con seguridad el de la paz y no el de literatura, puesto que no escribió nada.
De esta forma, otorgándolos ordenada y paulatinamente de acuerdo con el año del fallecimiento del escritor, es posible que Nietzsche recibiera el de 1895 y Voltaire el correspondiente a 1770. Cuando se diera el caso de que en algún año no hubiera nadie con méritos suficientes se dejaría desierto, y cuando concurrieran en el mismo año más de un escritor fallecido con méritos suficientes —como Shakespeare y Cervantes, pongamos por caso— ¿quién lo recibiría? No habría problema: lo compartirían ambos tal como en algunos años ha venido sucediendo. ¡Ah!, y los importes de los mismos que fueran depositados en un fondo para ayudar como hizo Beckett a los escritores jóvenes (sufragándoles las ediciones de sus obras meritorias) y a los viejos autores que nunca triunfaron del todo y no tuvieran ni una corona sueca para comer.
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(1) Laura Vaccaro, Los premios Nobel de Literatura. Una lectura crítica










domingo, 23 de septiembre de 2012

Día Setenta y tres: Faulkner y Hemingway; dos vidas tangenciales

Siempre he procurado traer a estas páginas autores relevantes y a la vez «aureolados» por aquello que llamábamos el «alimento de los héroes», entendiendo además por relevantes no precisamente a los que publicaron o vendieron mucho en vida sino aquellos que el tupido tamiz del tiempo nos ha venido a ofrendar hoy como auténticos eslabones de la literatura bien a consecuencia de su estilo o de la innovación aportada a ella.
   Pues bien, en esta ocasión me atrevo a desviarme algo de ese itinerario (un poco nada más) para hablar de dos creadores que hace un siglo por estas fechas eran tan sólo unos quinceañeros. Tampoco pasaron hambre ni miserias ni sufrieron enormes fatalidades para alcanzar el éxito, y sin embargo están hoy valorados por la crítica internacional con un muy alto y similar baremo: el máximo otorgado como los dos más destacados de aquellos norteamericanos que compusieron aquella «generación perdida», The lost generation, que acabaron irrumpiendo con su escritura en los primeros años del siglo veinte, y que además de ser muy leídos y encomiados en su tiempo lo siguen siendo hoy.  
   Más adelante, cuando hayamos comentado lo más importante de sus vidas, de sus estilos, de sus éxitos y de sus personalidades será tiempo de señalar el motivo de esa tangencialidad del título; ahora sería precipitado. Bueno, al menos me voy a permitir pedirle al lector que piense, que se imagine un semicírculo que descansa sobre un punto de una línea recta: ese punto es el de la tangencia de sus vidas. La existencia de uno de ellos diríamos que es ese círculo que, rebelde, parece el comienzo de una espiral que no se sabe donde terminará, mientras que la sosegada línea recta que le sirve de base viene a ser la plácida e ininterrumpida vida del segundo. Vivieron un mismo tiempo con escasas diferencias de años: William Faulkner había nacido dos años antes que Ernest Hemingway y éste falleció un año antes que aquel.
   Y dicho lo anterior ¿se me disculpa si enumero todas sus semejanzas y al tiempo sus incongruentes diferencias? ¡No!; me desdigo. Es mejor que vayan apareciendo a través de estas notas.
   Retrocedamos en el tiempo. Acaba de estallar en Europa la Gran Guerra del año catorce. Son años que a diferencia de los presentes excitan y apasionan a las juventudes de Occidente. Cuesta entenderlo hoy pero la muerte valerosa, la muerte en combate por unos ideales ejerce en aquel momento una especie de magnetismo en los jóvenes; es un sueño romántico quizás heredado del siglo anterior. Y nuestros dos héroes no son ajenos a ese sentimiento: los dos pretenden combatir con las fuerzas de su país aquí en Europa en nombre de la libertad. Paradoja primera: los dos son rechazados. Faulkner, que quiere ser piloto de combate con la USAF no es aceptado debido a su falta de estatura y algo así como a su aspecto aniñado; a Hemingway no lo quieren en el Army debido a un defecto en su visión. No importa; acabarán vistiendo sugestivos uniformes que en aquellas fechas encandilan a los jóvenes —y a las jovencitas (y ellos lo saben). Hemingway irá a Italia como conductor de ambulancias de la Cruz Roja y Faulkner se alistará como cadete de la RAF en las fuerzas británicas destacadas en Canadá.
   Y todo esto había que decirlo al margen de su obra literaria porque heridos y en uniforme se harán fotografiar; les gustaba la pose, las botas, el correaje, el uniforme... Hemingway fue herido de verdad en una pierna, pero Faulkner, con supuestas heridas en su cabeza, no llegó ni a volar solo y menos a combatir, la guerra terminó antes; fue simplemente un accidente y no grave. Acerca de ambos sus biógrafos han reconocido que siempre les encantó posar, les atraía el aplauso, y... ¡qué decir mostrar su masculinidad!
A Hemingway aquella aventura guerrera le inspirará posteriormente su Adiós a las armas. Aquel periodista del Star de Kansas donde se le había dicho que tenía que ser «exacto y breve», lo seguirá siendo durante toda su vida de escritor. No será capaz de deshacerse del todo de aquella prosa «escueta y funcional» en la que las frases deberían ser cortas, sencillas y claras; algo así como los témpanos de hielo en el agua, como él reconoció. Únicamente emergerá en su prosa una mínima parte de la idea a expresar a diferencia de los largos períodos y las interminables locuciones de la prosa de Faulkner con su estilo repetitivo y sus estructuras recurrentes; aunque ambos, como genuinos representantes del modernismo norteamericano compartirán durante toda su vida en sus respectivas narrativas el lenguaje sencillo y coloquial de Sherwood Anderson.
   ¡Qué sorpresas nos depara el destino! Terminada la guerra el autor consagrado en Norteamérica es Sherwood Anderson. Está entonces en sus cuarenta y tantos años y ejerce una enorme influencia sobre los jóvenes rebeldes norteamericanos que pretenden escribir. Faulkner y Heminway devorarán sus obras y, ...lo que es más sorprendente: sin conocerse ellos mismos y en diferentes épocas ejercerá como el mentor de ambos, como su maestro y consejero. Y los dos lo imitarán.
Anderson les dará a cada uno magníficos consejos y les señalará su camino para conseguir el triunfo. A Hemingway, que tras la guerra pretende volver a Italia como corresponsal, le dirá que vaya a París; y no sólo eso sino que le proporcionará cartas y direcciones de amigos que allí le ayudarán.
   A Faulkner, que también ha viajado a París, lo conoce en Nueva Orleans. Con él, escuchándole hablar sobre literatura bebe por las barras de todos los bares de la ciudad hasta altas horas de la madrugada. En cierta ocasión le dice: «Tienes demasiado talento. Haces todo con demasiada facilidad y de modos demasiado distintos. Si no vas con cuidado nunca escribirás nada»(2). Allí, en Nueva Orleans, Anderson le ayuda a publicar su primer libro La paga de los soldados. Pero ya antes, en la revista literaria Double Dealer, Anderson había conseguido que Hemingway publicara «una fábula satírica y cuatro líneas de poesía, los versos necesarios para completar una página que sostenía un largo poema de William Faulkner...»(1). ¿No es sorprendente?
   En París, en los años veinte, acaba convergiendo aquella «generación perdida» que en Europa en los años cuarenta y cincuenta serán ávidamente leídos. Parece que Gertrude Stain, aquella exilada norteamericana que con su salón literario les corrige sus textos y les aconseja, fue la que tuvo la ocurrencia de llamarlos así; eran como unos jóvenes turistas norteamericanos perdidos en París.
   No obstante los derroteros de nuestros protagonistas serán muy divergentes. El carácter reservado y tímido de Faulkner (no se atrevió ni a presentarse a Joyce, al que admiraba, cuando coincidió con él en París mientras que Hemingway alternaba con él) lo llevará pronto a sumergirse en el deep south de su país, en Mississippi, su tierra. Allí creará su imaginario Yoknapatawpha County con su capital Jefferson —Oxford, lugar en el que vivirá y escribirá prácticamente toda su vida— donde se desarrollarán todas sus obras de creación.
En aquellos paisajes exuberantes en los que nos muestra la riqueza y la variedad de la vida de la región del Mississippi, paisajes de pantanos y bosques, de campos de algodón, de mestizajes y nostalgia del pasado combinará el realismo, el modernismo y el naturalismo; y gracias a la inmensa fecundidad de su imaginación creadora y a su poder visionario dará a luz en sus relatos empapados en el sudor y la humedad, teñidos por la negritud, rociados por elementales enseñanzas bíblicas y ensartados por la caza del oso y del ciervo, dará a luz como digo a verdaderas genealogías de hacendados que se entremezclarán con los torturados, los locos, los desheredados, los afligidos y los poseídos por los demonios. Será capaz de inventar un mundo de una inacabable complejidad y de un pormenor difícil de imaginar.
Basándose sobre todo en manuscritos llegados a sus manos, algunos procedentes de sus bisabuelos y otros de algunos de los negreros de la región —lo cual no le resta mérito alguno— sus novelas, siempre extrañas y difíciles pero enormemente estremecedoras y emotivas, abundarán en la muerte y en el espanto que ésta les infunde a las primitivas gentes de aquella región. Su poder de inventiva concibiendo tantos tipos distintos engendrará árboles genealógicos (incluso con incestos) de más de cuarenta personajes —como el de los McCaslin— engastados en las creencias, los sentimientos y las devociones del siglo diecinueve. « ...toda obra de arte está condenada al fracaso y lo que hay que apreciar es la ambición que impulsa ese fracaso inevitable».
¿Y Hemingway? Ernest Hemingway (eran tan distintos en todo excepto en la tinta y en el alcohol que corrían por sus venas) no necesita los Estados Unidos para mostrar su masculinidad y concebir sus obras. Únicamente una de ellas, Tener o no tener, se desarrollará allí. La literatura para Hemingway tendrá que ser peligro y acción: boxeo, guerras, corridas de toros, caza mayor, pesca... Convencido en Europa de que el periodismo como corresponsal le «estaba destruyendo», lo abandona y se dedica plenamente a la literatura. Su ansia de aventura, de peligro y de emoción le llevará a Kenia, a Tanganika después de haber saboreado en Pamplona los lances de la muerte cercana y «el olor a cera» de las corridas con una incierta muerte en la tarde. Las guerras, las dos mundiales y la de España, nos transmitirán desde su pluma un rechazo a tanta sangre estúpidamente vertida. Finalmente experimentará la pasión de la pesca en el Caribe y nos dará El viejo y el mar, su más intensa y mejor lograda obra. «Escribir, en la mejor de las hipótesis, es una vida solitaria. (...) Porque el escritor trabaja en solitario, y si es lo bastante bueno debe enfrentarse cada día a la eternidad o a la ausencia de la misma».
Los dos sin embargo —ingratos— romperán en algún momento de su vida con Anderson al que tanto debían. Hemingway fue especialmente cruel; acabada su prestigiosa obra Fiesta —en inglés The sun also rise— satiriza la obra Rosa negra de Anderson en una parodia que titula Aguas primaverales y la envía para ser publicada en N. York. Siempre se arrepentirá de haberlo hecho.
La ruptura de Falkner con Anderson no fue sin embargo tan brusca como en el caso de Hemingway; fue lenta y fueron varias las causas. Puede que todo comenzara cuando al maestro le molestó que Faulkner le mintiera sobre sus falsas heridas de guerra, pero, por otra parte, Anderson condenará el sur y su crueldad hacia los negros lo cual molestará a Faulkner. En el Morning News de Dallas Faulkner escribió un artículo que le difamaba. «Faulkner le había hecho aparecer ridículo en sus propios escritos (...) De todas formas Anderson no pudo librarse de todos sus anteriores sentimientos favorables a Faulkner, lo mismo que no pudo en el caso de Hemingway»(2).
   Terminemos. ¿Cómo fueron las relaciones entre estos dos colosales autores?, ¿se ignoraban?, ¿competían?, ¿se envidiaban? Joseph Fruscione en su ensayo Faulkner and Hemingway. Biography of a literary rivalry nos descubre cosas sorprendentes. En primer lugar sostuvieron una rivalidad de más de tres décadas que les llevaba simultánea y alternativamente a ridiculizarse y a respetarse. Lo hacían en sus cartas privadas, en sus escritos, conferencias, artículos... Hemingway solía satirizar a Faulkner en una forma mucho más agresiva que aquel, posiblemente consecuencia de su carácter. Se leían y analizaban sus respectivos escritos escrupulosamente aunque jamás se imitaron; sabían que eran los líderes de aquellos años; se escrutaban. En las estanterías de las bibliotecas privadas de cada uno de ellos estaban al morir casi todas las obras de su antagonista. Su vida de escritores fue una competición.
   ¿Se llegaron a encontrar? Fruscione sostiene que sí, al menos una vez, o quién sabe si dos, y señala las fuentes y las fechas, aunque sus respectivos biógrafos nunca lo mencionaron. Ese es para mí su punto de contacto, la tangencia de sus vidas.
   Hemingway, como es sabido, se voló la cabeza con una escopeta; Faulkner sufrió una grave caída de su caballo y pocos días más tarde un ataque al corazón que terminó con su vida. El Nobel, el Pulitzer (Faulkner dos) fueron algunos de sus galardones.
    Hoy, tan pronto, a unos cincuenta años de sus muertes, ya se han convertido en leyenda.
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(1) Anthony Burgess: Hemingway
(2) Joseph Blotner: Faulkner. Una biografía















sábado, 15 de septiembre de 2012

Día Setenta y dos: El hambre de Knut Hamsun


«El estado del bienestar y la novela son incompatibles (...) Para ser novelista, para ser escritor, hay que forjarse, hay que curtirse, pasarlas putas, descender a los infiernos y trepar a los cielos. Hay que mezclarse con la vida. No puedes estar protegido por la sopa boba, por las subvenciones. No se puede ser escritor y funcionario al mismo tiempo (...) El dinero todo lo agosta». Lo escribió en la prensa hace unos años Sánchez Dragó; un escritor ya consagrado de mi generación.
   Y viene esto a cuento porque recuerdo como si fuera ayer los días de mi adolescencia en los que leí aquella novela que un compañero me había prestado y que había sido escrita por un autor escandinavo del que jamás había oído hablar: Knut Hansum. Hambre me conmocionó; nunca jamás llegué a leer después pasajes semejantes escritos con aquel realismo y crudeza expresando lo que pasaba por la mente humana en casos como el vivido y experimentado por su creador. Porque Hambre era la expresión autobiográfica de una situación límite narrada en primera persona en la que el autor, sin duda, había tenido que descender a los infiernos y trepar a los cielos para expresar aquellas sensaciones. El noruego Knut Hamsum tenía treinta y un años cuando aquella narración sin trama o argumento alguno, sin principio ni fin, sin planteamiento, nudo y desenlace, tan sólo una transcripción autobiográfica de unas muy personales sensaciones psíquicas y físicas, aparecía publicada y revolucionaba totalmente no sólo la literatura nórdica sino la occidental.


   Hambre fue la obra que lo reveló como escritor. Un día hizo cuentas y llegó a la conclusión de que tan sólo tenía en su historial doscientos cincuenta y dos días de escolarización. Y con ese acervo decidió que quería ser escritor. Había nacido al pie de la montaña más alta de Noruega, pero siempre se sintió tan europeo como si hubiera nacido en una de los márgenes del Sena; él, que a los tres años tuvo que emigrar con su padre mucho más al norte, cerca del círculo polar ártico, para tomar arrendada un granja.
Y allá va; siempre vagabundeando, leyendo, aprendiendo y escribiendo marchará de un lado a otro ejerciendo los más increíbles empleos. Será pastor, aprendiz de zapatero, carbonero, sustituto de maestro, picapedrero de carreteras, cartero rural, empleado comercial, vendedor ambulante, escribiente, estibador de muelle..., todo eso en Europa. En Norteamérica, en las Dakotas y en Chicago peón agrícola, obrero del ferrocarril, tranviario (conductor en los tanvías arrastrados por tiro animal y cobrador en los arrastrados por cable)..., hasta pretendió ser clérigo de la Iglesia Unitaria.
Pero siempre escribiendo; cuando vuelve a Europa quiere ejercer el periodismo, y es entonces, en ese esfuerzo de pseudoperiodista cuando conoce el hambre como parte de su miseria total. No ceja; con sus manuscritos bajo el brazo recibe rechazo tras rechazo. Pero ese será el tema de aquella novela escrita con la pluma «mojada en sangre y desesperación»; el drama de una persona hambrienta hasta rayar en el delirio. «Hambre es una obra psicológica (...), Hambre es un minucioso análisis y retrato de las experiencias físicas y psicológicas de un joven con ambiciones literarias y un gran talento poético pero falto de todo medio de subsistencia y de la necesaria habilidad para obtenerla y, por lo tanto, condenado a la inanición»(1). A la vez poético y realista, atribulado y lleno de vitalidad describe en esa obra con crudo realismo la batalla moral del hombre acosado por la más grande miseria física; una obra en la cual la sátira y el lirismo se mezclan en los desvaríos del protagonista, personaje en el que sus rasgos extremos rozan el esperpento.
¿Y por qué? ¿Qué le impedía hacer algo para comer tras haber llevado a empeñar todo lo que poseía, incluido su saco petate con el que tanto había viajado?. ¡Ah!, estamos a punto de entrar en la alambicada personalidad de Hamsun. Hemos escrito desvarío, y desvarío es delirio, desatino, locura... ¿De nuevo estamos ante un caso de demencia?: «Podía sentir la locura correr por mi sangre, notaba su celeridad en mi cerebro».
En su correspondencia deja escrito: «...a veces no como durante cuatro días y cuatro noches seguidas, y debo sentarme en algún sitio para masticar cerillas usadas».
Y en la novela: «El hambre me daba feroces mordiscos (...) no comprendía en absoluto cómo había merecido aquella persecución reservada a los elegidos. (...) El hambre me alteraba el sistema nervioso (...) El hambre me roía intolerablemente y no me dejaba reposar. De vez en cuando tragaba saliva con la esperanza de satisfacerme, y me parecía que esto me tranquilizaba. (...) ...cogí del suelo dos virutas de madera relucientes, me metí una en la boca (...) masticaba mi viruta sin interrupción (...) Saqué del bolsillo la segunda viruta y me la metí en la boca. De nuevo me sentí aliviado».

Se diría que de Dostoievski, a quien admiraba, ha aprendido que un desequilibrio mental es una de las herramientas más valiosas para un escritor, eso al tiempo de incorporar la psicología a la creación literaria; de ahí que su afectación y sus escrúpulos son parecidos a los que muestran los personajes de su maestro. El héroe de Hambre es un pasivo sufridor de una muy sensible y especial naturaleza; sufre su miseria y al mismo tiempo se apiada de la de los demás hasta el punto de que un mal pensamiento acerca de otro semejante que también esté sufriendo le causa remordimientos. Hambre es un ejemplo de hasta qué punto de distorsión puede llegar la irracionalidad humana y las excentricidades a las que puede ser conducida; por ejemplo —como en el caso del protagonista— tratar de mantenerse en el más puro estado de decoro exterior cuando su existencia está en plena decadencia física y mental hasta el punto de llegar a experimentar arrebatos rayanos en la locura y la estupidez.
   El protagonista de Hambre es incapaz de hacer daño para procurarse alimento; no roba, no engaña, no pide anticipos ni préstamos; ni siquiera es tampoco capaz de ponerse en una cola de mendigos en la que se reparte comida. Se mantendrá incólume en el estatus que él mismo se ha creado. 
Pero no se trata de un carácter ficticio; el conflicto de Hamsun es auténtico: «Quisiera penetrar en los aspectos más distantes del alma...». De ahí las excentricidades del protagonista de Hambre: es capaz de golpearse la cabeza contra las farolas mientras llora y jura, se clava las uñas en el dorso de sus manos, se muerde la lengua y mientras tanto ríe desesperado por el dolor producido. La verdad es que Kunt Hamsum tenía ya su sistema nervioso destrozado; sus síntomas de hipersensibilidad nerviosa eran notables y se hacían patentes en sus bruscos cambios de ánimo; una persona difícil y destructiva en el que no hubo día —ha escrito algún biógrafo— sin algún estallido de cólera o violento desaire. No sin razón se había pasado la vida leyendo artículos sobre el sistema nervioso; le subyugaba el sistema nervioso, la psicología y la vida interior.
De ahí que esa su personalidad nerviosa se desata en su obra; en ella es capaz de hacer añicos a carcajadas la autocompasión; presentes están en ella la autoironía lo mismo que las emociones que repentinamente le asaltan; junto con ellas se nos muestran los cambiantes estados emocionales de una persona hambrienta y de qué manera logra resistir maquinando nuevas formas de postergar las ganas de comer.


Mas también se daban otras hambres en Hamsun: su feroz hambre de triunfo y su profundo apetito por el bucólico mundo de los fiordos, las cascadas, los bosques y los prados de su país. Es paradójico que se diera a conocer precisamente con Hambre, una obra tan alejada de todo aquello. De hecho el Nobel se lo otorgó otra literatura muy distinta (diríamos que puramente lírica y elegíaca) en la que enaltece aquel goce del contacto con la tierra que desde su infancia llevaba en su ser. Toda su vida echó de menos una civilización rural y campesina que ya se encontraba en proceso de extinción.
Al menos sació su hambre de gloria. Con sus más de una veintena de obras escritas Henry Miller lo tuvo por el Dickens de su generación, llegó a ser el escritor preferido de Herman Hesse y de él dijo Thomas Mann que nunca nadie había merecido tanto el premio Nobel.

A título de anécdota, la primera vez que Hambre fue conocida y tanto sorprendió, resultó ser anónimamente, a través de una revista y tan sólo una de sus cuatro partes. Cuando la terminó de escribir y estaba ya en la imprenta intentó que no se publicara. Se había traducido El jugador de Dostoievski el cual estaba a la venta en las librerías y —hipersensibilidad extrema— temía que se le fuera a acusar de plagio.

Y ahora el triste final. Hamsun vivió hasta 1952 (más de noventa y dos años) y, sin embargo, en su país, en Noruega es hoy un proscrito, un desconocido. Todos los intentos de que una calle de Oslo lleve su nombre han fracasado hasta el momento. ¿Qué le hizo identificarse con el régimen nazi y aplaudir la invasión de su país por las tropas de Hitler en la segunda guerra mundial? Con posterioridad a aquella fue procesado, se le sometió a un examen psiquiatrico, se le declaró enfermo mental y se le desposeyó de sus bienes. En su última obra, Por senderos que la maleza oculta, un diario de su reclusión, dejó escrito antes de cumplir los noventa años:
«En mi vida, bastante larga ya, en todos los países por los que he viajado y entre todos los pueblos y gentes con los que me he mezclado, siempre he conservado y sostenido la patria en mi alma. Y aún pretendo conservar allí mi patria, mientras espero mi sentencia final».(2) 
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(1) Josef Wiehr: Knut Hamsun, his personality and his outlook upon life
(2) El resaltado aparece así en el original






lunes, 10 de septiembre de 2012

Día Setenta y uno: Lucrecio y Cicerón: contiguos, lejanos, próximos...


En una de las entradas recientes, hablando sobre Poe y su Eureka citábamos al poeta Lucrecio y su obra De la naturaleza de las cosas. Ello me ha dado ocasión para adentrarme hoy en él y en lo poco que se sabe de su vida. Mas, afortunadamente, Lucrecio nos trae de la mano a Cicerón por las razones que veremos, y de éste sí que se sabe mucho, muchísimo. Y ambos son literatos de una categoría que no podemos obviar; lo garantizo.


   Y, ¿qué quiero decir con ese «contiguos, lejanos, próximos...» del título? Pues bien: dar mis razones sobre ello sería entrar directamente en materia, en la vida de ambos, sus vínculos y conexiones. Pero antes de nada se me ha ocurrido pintar un sencillo gráfico; ruego se me disculpe. Es este: 
 
                            C.      8     L.       43         L.   12     C.                            
                Años ——106———98—————55———43—   

  Pretendo con ello situar en el tiempo, al que nos vamos a marchar, al audaz y sufrido lector de estos apuntes. Se trata de los años de nacimiento y muerte de ambos —antes de Cristo claro— y de los transcurridos entre esas fechas. Es fácil ver así que el poeta Lucrecio tan sólo vivió cuarenta y tres años —que ahora reparo que fueron tres más que Poe y tres menos que Baudelaire—, y que sumando los tres números (o restando las cifras de los extremos de los años de nacimiento) resulta que Cicerón llegó a vivir sesenta y tres.
   Y ahora sí puedo ya «entrar en harina». Está claro que, en el tiempo, Lucrecio y Cicerón están próximos, son contemporáneos, yuxtapuestos; sin embargo, veremos que en su pensamiento y especulación, en su obra, son totalmente opuestos, nada en común. ¡Y no obstante Cicerón se esforzó en que el mundo conociera a Lucrecio!, ¿no es sorprendente?

   Lucrecio, «one of the greatest of Roman poets» según la Enciclopedia Británica, dicen las crónicas que enloqueció por efecto de una bebida mágica o embrujada, un «filtro de amor» que llamaban los antiguos la cual le había sido proporcionada por una mujer. No obstante, en sus períodos de lucidez, antes de suicidarse, escribió su gran obra ya citada. Por estas referencias —bebedizo, locura, suicidio— parece que los «poetas malditos» ya se daban mucho antes del siglo diecinueve. Si Baudelaire al morir no había publicado más que dos libros, de Lucrecio no sabemos si había «publicado» alguno; pero lo que es cierto es que De rerum natura fue conocida por el público después de su muerte cuando Cicerón la hubo revisado y corregido y la hizo divulgar.
   Nos falta preguntarnos por qué si su obra está considerada hoy como una de las más grandes de la antigüedad, ¿cómo es posible que biográficamente se conozca tan poco de él e incluso que poetas como Horacio y Virgilio lo ignoren a pesar de haberlo imitado? Tanta oscuridad hace pensar a los historiadores y eruditos que el bebedizo de amor junto con su locura y suicidio pueden ser datos falsos y malintencionados para desacreditarlo, porque —y esto es lo más importante— Lucrecio seguía la doctrina epicúrea. De hecho (y ya hemos llegado a la gran cuestión), su gran obra De la naturaleza de las cosas es simplemente toda la filosofía del griego Epicuro puesta en 7.400 versos latinos después de ser predicada por aquel filósofo en la Grecia de dos siglos y medio antes. Es como si un poeta de nuestro tiempo se remontara ahora a cantar a Rousseau y su Contrato social.
Lucrecio en aquella su obra «Canta la aurora y las tinieblas, el horror y el placer, los hombres y los dioses, el mar y los astros, la materia y el vacío, lo infinitamente grande y lo excesivamente pequeño, el amor y la violencia, la razón y la locura, la prudencia y la angustia, la naturaleza y la muerte...»(1). Se diría que son «las flores del mal» del siglo I a. C., puesto que la doctrina epicúrea estaba muy alejada de la religión del Estado la cual englobaba una muy distinta moral basada en la tradición romana, con la cual chocaba, y no estaba bien vista. Lucrecio trataba de librar al ser humano de los miedos por él inventados que le imposibilitaban el placer de vivir.
Que posteriormente la obra llegara casi a desaparecer se explica también por la aversión del Cristianismo a esa filosofía que como una secta llegó a tener en cierto momento tantos seguidores como aquel.
   ¿Se pudo llegar a suicidar Lucrecio? Psiquiatras ha habido que han deducido de algunos aspectos de su obra que podría tratarse de una personalidad maniaco-depresiva: «Lucrecio, poeta de la melancolía...; (...) ...es la atmósfera de angustia o de melancolía que aflora con tanta frecuencia en su poema..., un velo trágico y sombrío»(1). ¿Sufría también Lucrecio aquel spleen de Poe y Baudelaire?
Dice J. A. Marina: «No encuentro nada exaltante en la idea de que el creador sea un divino maniaco, pero sí lo encuentro en pensar que es una inteligencia entusiasmada». «Creación significa, ante todo, emoción»(2). Y yo traigo estas citas aquí y ahora porque al parecer se deduce que Lucrecio escribió aquella obra en una «...tensión emocional e imaginativa, espejo de su soledad como escritor, único en toda la literatura latina, (...) su lenguaje, de un realismo vigoroso y denso, refleja una adhesión impulsiva, apasionada, a la realidad»(3). Lucrecio, indudablemente, tuvo que ser una inteligencia entusiasmada.

Pero regresemos al título: ¿Cicerón y Lucrecio a un tiempo lejanos y próximos? Sí, lo eran. Lucrecio escribe en verso y latín toda la filosofía del griego Epicuro, y Cicerón se dedica en la tercera parte de su vida a dar a conocer también en latín el pensamiento filosófico griego. Hasta la baja Edad Media él fue la fuente principal para el conocimiento de la filosofía griega, aunque de todo lo escrito nada fue de su cosecha, tan sólo trató de divulgar la pasada sabiduría de los griegos y especialmente las ideas de Platón y de Aristóteles.
Toda su vida se opuso al epicureísmo «cuyo mecanicismo le parecía negador de la libertad humana y cuya ética le parecía demasiado lejana de la moral romana»(3). Y, no obstante, como ya hemos dicho, tuvo el mérito, aun desprestigiando y combatiendo el epicureísmo, de publicar póstumamente De la naturaleza de las cosas.
Realmente, ¿fue Cicerón sobre todo un escritor? Sin duda alguna. Aunque en la política y en la administración romana lo había sido casi todo —cuestor, edil, pretor, cónsul, gobernador, augur—, se pasó escribiendo toda su vida. Cumplidos los veintitantos años se había estrenado con La invención retórica, un tratado que hoy llamaríamos de auto-ayuda similar a los que se publican hoy para hablar bien en público. Saltando a través de sus discursos políticos, Catilinarias y Filípicas incluidas, y las cartas a su amigo Ático, fue sin embargo en los últimos años de su existencia, a causa de sus desgracias familiares unidas éstas a los acontecimientos políticos, cuando se puso a escribir arrebatadamente (especialmente sobre temas filosóficos) como un remedio contra su dolor adoptando al tiempo una postura hostil hacia la vida. Escribía deprisa, precipitadamente, sin corregir, con desorden: «...en unos cuantos meses escribió, con tanto mal humor como desembarazo y precipitación, toda una gran biblioteca filosófica»(4).
   No obstante merece la pena leer hoy a Cicerón; este hombre tan capaz y al que tanto le debe la República; este hombre tan criticado y de vida tan azarosa y con un final turbulento debido a los odios que —entre muchos otros— se ganó de Marco Antonio a pesar de no tener participación en el asesinato de César. Toda su vida se la pasó buscando enemigos. ¿Envidias? Las sufrió de todas clases, sobre todo políticas y literarias. Y, sin embargo, qué sería hoy de nosotros sin Cicerón, sin sus obras y sus más de cincuenta discursos, sin sus tratados políticos o filosóficos, sus composiciones poéticas, sus traducciones de Homero y de tragedias griegas, sin sus más de un millar de cartas privadas a su amigo Ático —precisamente otro epicúreo. «Su prosa, sintácticamente compleja y rítmicamente medida, es al mismo tiempo límpida y muy atenta a los matices de significado»(3) Él tuvo que inventarse los términos romanos para dar a conocer lo que habían predicado los estoicos, los peripatéticos, los academicistas, los epicúreos, los escépticos...
   De entrada, conoceríamos la mitad de lo que se conoce sobre la cultura de su tiempo y posiblemente de la griega. Paradójicamente fueron los árabes los que tradujeron muchos siglos después aquellos textos griegos y no los monjes medievales que tan sólo se manejaban en latín.
   En su vida íntima Cicerón representa la indefinición y la indecisión. Inseguro entre las normas morales y éticas; obsesionado por la existencia o no de los dioses y del alma; vacilante entre César o Pompeyo; dudoso acerca de los ritos romanos como la práctica augur y su eficacia..., se diría que Cicerón trató siempre de armonizar, avenir y concordar. ¿Tuvo algo que ver en ello tanto criticismo? Desde Plutarco a Montaigne se le ha criticado como un sujeto falto de originalidad y hasta como un hombre con un insaciable amor a la gloria.
Bástenos al menos decir que Voltaire dejó escrito acerca de su obra Sobre los deberes que «jamás podrá escribirse nada más sabio, ni más verdadero, ni más útil».
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(1) André Comte-Sponville: Lucrecio, la miel y la absenta
(2) J. Antonio Marina: Teoría de la inteligencia creadora
(3) Enciclopedia de la Literatura Garzanti
(4) Anthony Everitt: Cicerón