domingo, 30 de diciembre de 2012

Día Ochenta y cinco: Las "Memorias de ultratumba" de un vizconde muy romántico


Tanto que posiblemente sea el primero de los grandes románticos franceses y quién sabe —Byron fue su discípulo— si de toda Europa; y eso a pesar de que un solomillo lleva hoy su apellido. Dada su peregrina y sinuosa obra en cuanto a los temas desarrollados y a su cambiante estilo y sentimiento, François-René de Chateaubriand ha pasado a la historia de la literatura como uno de los más discutidos autores de todos los tiempos. Y, no obstante, si no se leen hoy la mayoría de aquellas sus creaciones destinadas a defender la fe cristiana combatiendo el volteranismo o superponiéndola al paganismo, o aquellas otras henchidas de una fascinación primitiva y exótica, no se deja sin embargo de editar y leer su obra cumbre: su autobiografía escrita durante cerca de cuarenta años evocando una época tormentosa si se tiene en cuenta que había nacido veintiún años antes del estallido de la Revolución Francesa y que falleció tan sólo a dos años de la mitad del siguiente siglo.


   Sus Memorias de ultratumba es por lo tanto una obra destacada en la literatura europea que merece la pena ser leída. Se editó por primera vez en Francia en 1848, justamente el año de su muerte, y ello a pesar de que había decidido que no fuera publicada hasta pasados cincuenta años después de que llegase ese final; pero su falta de medios económicos le obligó a darlas apresuradamente a la imprenta, de lo que se lamentó con todo el dolor de su corazón.
Este mago de la expresión, creyente a machamartillo y políticamente liberal, voluptuoso y sensual, sujeto contradictorio armado siempre de una fe dogmática pero fogoso, casquivano y bon vivant, comenzó a escribir sus memorias en «una casa de hortelano escondida entre las colinas cubiertas de bosques» localizada en una finca que había comprado en el Valle de los Lobos, a una docena de kilómetros de París, justamente a su regreso de su viaje por Oriente Medio, el Norte de África y España. Porque, ¡ojo!, acabamos de dar con otro gran viajero impenitente como los anteriores, aunque en este caso nos hallemos ante alguien que ama los viajes por un puro sentimiento turístico y gozoso, al tiempo de huir de lo cotidiano. Tenía entonces cuarenta y un años, había sufrido un descalabro político y, desconociendo que estaba todavía en la mitad de su agitada vida, había decidido recluirse en aquel lugar. 
Mucho antes, a sus veinticuatro, después de regresar de Norteamérica —el primero de sus viajes el cual lo inicia a la vista de como se desarrollan los acontecimientos en su país tras la gran revolución, y al que le mueve sobre todo el poner agua de por medio— a los veinticuatro decíamos se casa, emigra, se enrola en el ejército, es herido, se licencia enfermo y se refugia en Londres. En su mochila de soldado (contará después en sus memorias) llevaba junto con su impedimenta militar sus notas y apuntes, los cuales, a veces, se dedicaba a corregir sobre la misma hierba. Tenía prisa Chateaubriand: «Nuestra existencia es tan fugaz que si no escribimos por la noche lo sucedido por la mañana, el trabajo nos abruma y no tenemos tiempo ya de ponerlo al día».
Si no en su mochila de soldado, sí en alguna otra parte tendría perfilados los apuntes correspondientes a su novela Atala, la historia de amor de una pareja de indios de Lousiana, que junto con el ensayo El genio del cristianismo publicará en Francia con un gran éxito tras su exilio londinense. Allí había sobrevivido colaborando en prensa y enseñando francés.
Durante su larga vida ejerciendo como politólogo y archimonárquico liberal, ocupará cargos públicos y será periodista, ministro, senador, representante de su país en alianzas internacionales, embajador... y, siempre, un turista fuera de su país, un cristiano romántico, un profeta, «un mortal donde se funden lo individual y lo universal, vida doméstica y existencia de estadista»(1)
En alguna parte ya hemos citado que Bernard Shaw pensaba que en las memorias se mentía, mientras que Schopenhauer había ya sostenido antes que en ellas no solía haber engaño ni fingimiento, y que «en estos libros es donde más pronto se aprende a conocer a un escritor como hombre». Pues bien, en el caso de nuestro voluptuoso René, que era como él gustaba ser llamado, podemos sospechar sin duda alguna que se equivocaba mucho menos Shaw que el segundo. Ya en torno a la veracidad de estas memorias se ha puesto en duda la entrevista de aquel jovenzuelo de veintitrés años, nada menos que con George Washington; aunque no se ha dudado de su personal relación con Napoleón para el que su cocinero tuvo a bien prepararle al emperador un solomillo al que le dio el apellido de su señor.
 
Se conoce poco al verdadero Chautebriand leyendo sus Memorias de ultratumba, independientemente de que se goce enormemente con ellas, pues al igual que en una novela queda patente «el lujo mágico de su estilo» y su gran romanticismo en todas las descripciones, no importa lo sublimes o sencillas que ellas sean. Tiene Chateaubriand la capacidad de enaltecer todo lo que relata, bien se trate de aventuras infantiles o retratos de paisajes. Pero no pretendáis encontrar en ellas la verdad de su vida, especialmente la amatoria, porque no encontraréis una palabra acerca de las aventuras extraconyugales del vizconde. Bien se cuidará de que no sepáis nada de sus amantes, especialmente de las seis principales: Charlotte Ives, Pauline de Beaumont, Nathalie de Noailles, Juliette Récamier, Cordélia de Castellane y Hortense Allart, todas ellas al parecer mujeres inestables y sensuales a las que a la mayoría de ellas hizo desdichadas. De Madame Chateaubriand, a la que tan infiel le fue, tampoco conoceréis demasiado; de hecho parece que el relator es soltero y además de célibe casto, como corresponde a un constante defensor de la tradición cristiana.
Y he dicho lo anterior recordando aquella característica de que terminara muchos de los capítulos de una manera muy afectada; se diría que reflexionando en profundidad, lamentándose, sermoneando al lector o clamando al Altísimo. Por ejemplo: «¡Oh, miserables de nosotros! Tan vana es nuestra vida que no es más que un reflejo de nuestra memoria», o «Bien hecho está lo que hace Dios: es la Providencia la que nos dirige, cuando nos destina a desempeñar un papel en la escena del mundo», todo lo cual suena muy mojigato en un sujeto que ha corrido tanto mundo, ha visitado tantos salones y ha vivido tantas aventuras licenciosas. Casi empieza uno a encontrar disculpable que Sartre, precisamente él, hiciera lo que hizo sobre su tumba y no quisiéramos citar algunos pasajes finales de la obra. ¿Qué escritor no ha renunciado a las lecturas y publicaciones de sus primeras obras pasados algunos años bien debido a su estilo o al contenido de las mismas? Pues bien, yo me pregunto qué es lo que pensaría al final de sus días Chateaubriand de aquellas «Bellezas de la religión cristiana» en las que escribía que la existencia de Dios quedaba probada por las maravillas de la naturaleza, y en las que se podían leer cosas tan estrambóticas como lo bien que Dios había diseñado las patas de las aves para que pudieran asirse a las ramas..., o cómo Dios les había infundido la sabiduría de construir sus nidos tan perfectos..., y hasta qué oportuna había sido la Providencia que les hacía emigrar según el tiempo atmosférico que se avecinaba y de este modo los labradores sabían cuando debían exactamente proceder con sus faenas agrícolas. En fin, me es difícil dejar sin citar algunas boutades del final de estas memorias, y pido disculpas al lector: «Por otra parte, la sociedad no sólo se ve amenazada por la expansión de la inteligencia...»; «Un Estado político en el que unos individuos tienen millones de renta, mientras que otros se mueren de hambre, ¿puede subsistir cuando la religión no está presente con sus esperanzas en otra vida para justificar dicho sacrificio?; «La maldición divina entra, pues, en el misterio de nuestra fortuna; (...) nos encontramos en el punto de partida frente a las verdades de las Escrituras».
Pero no todo es censurable en «la obra maestra literaria de la prosa francesa» en la que surge «la palabra hecha música», como se ha dicho de ella(2). Nos estamos refiriendo únicamente a los pensamientos reaccionarios de su autor, a pesar de que se consideraba un liberal. Y, a propósito de los términos liberal y reaccionario, pienso que sería tiempo ahora de preguntarnos: ¿Chateaubriand y Proust?, ¿algo en común?
Pues sí, algo; y son también algunos los testimonios. Primero de todo he de decir que durante la lectura de la obra, a veces me resultaba más diario que memorias; Chateaubriand escribe frecuentemente contando las circunstancias del momento o del día en el que se dedica a relatar aquellas, y así enlaza con el pasado; y ello hizo que cuando supe de ciertas comparaciones me resultaron acertadas y llenas de perspicacia. Sin duda Proust «bebió» mucho de sus Memorias de ultratumba: «El método proustiano de la reconstrucción afectiva del pasado encuentra sus orígenes más profundos en las Mémoires d´Outre-Tombe»(3), y aún más: «Los procedimientos de evocación de Chateaubriand son ya los de Proust»(4); citas que aquí traigo puesto que me parece todo ello posible. ¡Y habíamos creído que antes que la obra de Proust únicamente existían Los cuadernos de Malte de Rilke! Vivir para ver.
* * *
   Posiblemente se nos ha olvidado decir que Chateaubriand había nacido en la Bretaña francesa al lado del mar, en Saint-Malo. «Los hombres que se preparan una tumba en parajes singulares y solitarios son unos grandes orgullosos o almas divididas atormentadas por una apasionada necesidad de silencio y reposo»(4). Él lo hizo: quiso ser enterrado en aquel lugar en un islote al que tan sólo se podía acceder cuando bajaba la marea. Lo que allí hay, batido por el mar, es una piedra de granito con una cruz y sin nombre alguno: «Yo creo que un hombre honrado puede muy bien esperar la muerte para decir todo lo que piensa, al abrigo de una tumba bien cerrada con una gran piedra».
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(1) Mario Soria, Chateaubriand o Un espíritu incorrecto
(2) Marc Fumaroli, Presentación de Memorias de ultratumba
(3) Luis Gaston, Las raíces de A la recherche.... en Chateaubriand
(4) André Maurois, René o La vida de Chateaubriand


jueves, 20 de diciembre de 2012

Día Ochenta y cuatro: Stevenson el olvidado, o "Su Majestad de los Mares del Sur"


«El hombre que narra es un misterio. Para desentrañarlo, sus lectores recurren a la confesión, la correspondencia privada, las fotos y los retratos, el análisis psicológico, el recuerdo de quienes lo frecuentaron, como si conocer al mago les permitiera entender su magia»(1).
Y esta vez el mago, más que nunca, no se deja conocer. ¿O es que no es sorprendente que un tuberculoso siempre débil y consumido desde su infancia se encare a la vida, y viajando y escribiendo incansablemente le arrebate la felicidad que ella le quiere negar? A la manera de cualquier poeta maldito vivió escasamente cuarenta y cuatro años; fue además de poeta cuentista; escribió libros de ensayo, de viajes, de moral e incluso sermones; cultivó el género epistolar, escribió comedias, se atrevió con la novela policíaca y fue un excepcional narrador de aventuras las cuales él nunca las hubiera sido capaz de protagonizar.

He tomado el título de aquella genial película de los años cincuenta —en inglés His Majesty O'Keefe— para resaltar una de las épocas más relevantes de su vida; la que irrebatible y plenamente le satisfizo y que también fue la final. Allí, en los entonces aún del todo por explorar Mares del Sur del siglo diecinueve, los cuales recorrió navegando por sus numerosas islas, vino a morir Tusitala, ("el narrador de cuentos" para los indígenas) después de «reinar» entre ellos en Samoa.
Aquel larguirucho escocés que debía haber sido ingeniero de faros como su abuelo y su padre, permanece hoy frente al océano en lo más alto de un acantilado de la isla donde los mismos indígenas lo enterraron. Desde allí vislumbra «la vasta planicie del Pacífico bajo el ancho cielo estrellado» como un faro de los que él nunca quiso construir.  
   ¿Quién era Stevenson? Desentrañémosle. A mí se me ocurre a bote pronto que Stevenson podría ser visto como una especie de mixtura entre Rilke y Twain; de ambos tiene muchas cosas su vida. Común con ellos comparte su pasión viajera, su vena de errabundo impenitente si bien por razones quizás algo distintas a las de aquellos; una de ellas la búsqueda de lugares apropiados para calmar su dolencia. Pero, ¿sólo esa?, entonces, ¿por qué con veintitrés años pasa tres meses solo en una isla de las Hébridas?; ¿una prueba de supervivencia a lo Robinson Crusoe? Sí, la aventura también le llamaba.
Especialmente con Rilke, además de la incesante huida a otros lugares por motivos también muy próximos a los de aquel, y su apasionado amor por la naturaleza y el paisaje, le une su relación íntima con las mujeres de más edad: diez, doce, catorce años. Se acabará casando con una que le lleva once, y al igual que aquel frecuenta una colonia de artistas y allí la conocerá; no será escultora sino pintora, y en este caso se tratará del amor de toda su vida.
Con Twain, unida a su inquietud viajera comparte un contagioso optimismo y un siempre gozoso placer de vivir: «No hay valor que valoremos menos que el deber de ser feliz». Pero también como él es un hombre soliviantado contra los dogmas intolerantes y preocupado por los grandes problemas humanos. Y ambos, aunque fieles a sus consortes durante toda su vida tendrán que soportar su carácter autoritario y manipulador que llegará a coartarles y a influir en sus creaciones.
Pero aún hay más, debido a sus obras más notables los dos tuvieron que sufrir pronto y universalmente un erróneo encasillamiento como escritores para muchachos, que en el caso de Stevenson se deberá a su novela La isla del tesoro.
Dice Sabater que «los grandes charmeurs de las letras (...) se las arreglan para que sus textos parezcan siempre fruto de una afortunada improvisación, de una inspiración casual e irrepetible». Nada más cierto que ese «se las arreglan»: «La gente supone que los pensamientos y sentimientos de Shakespeare, prodigiosos y espléndidos, impresionan por su propio peso, y no entiende que el diamante sin pulir no es más que una piedra. Cree que las situaciones sorprendentes o los buenos diálogos se consiguen estudiando la vida, no llega a comprender que se preparan mediante un delicioso artificio y se realizan mediante penosas ocultaciones». Para José Antonio Molina Foix sus virtudes escribiendo radican en «economía de medios, concisión verbal, la palabra exacta e insustituible, fina capacidad de observación, colorista sentido del ambiente descrito, un autocontrol y una aversión a intemperancias románticas o sentimentales, y una elegante y profunda prosa sonora». Y no hemos hablado de aquello que lo distingue de todos los demás y que tanto se le ha reconocido: el personal encanto de su carácter que llega a trascender a su obra; el aspecto fascinante de su personalidad. «It is therefore from the point of view of his charm that the genius of Stevenson must be approached» se dice en la Enciclopedia Británica.
No es extraña la admiración que Henry James —el único en quien podía confiar plenamente y quien mejor entendió sus propósitos literarios— sentía por él: «...tuvo la fortuna de verse obligado a consentir en convertirse en una Figura que ha entrado indeleblemente en la leyenda». Y, sin embargo, ¿se lee hoy a Robert Louis Stevenson? Sinceramente creemos que no todo lo que se debiera. «It is difficult to believe that the time will ever come in which Stevenson will not be remembered» se menciona también en la citada Enciclopedia. Pero ha sucedido; ni Borges, que también lo tenía en un pedestal, podía explicarse la injusta relegación y el olvido casi generalizado en que ha llegado a caer.

   Retornemos finalmente a este sorprendente mago —como se decía al principio— en busca de todo lo que podamos saber de él. Se nos cuenta que desde joven fue rebelde y antipuritano, que aunque a los ocho años era analfabeto total, su nodriza le inoculó el virus de los cuentos y las aventuras y, en cuanto aprendió a escribir, se convirtió en uno de los más prolíficos de todas las épocas. Se nos dice que escribía viajando, siempre en marcha; escribía sobre el carruaje, el tren, el barco y hasta caminando al lado de la burra con la cual viajó durante casi un par de semanas por el macizo francés de Cévennes, y por cuyo relato Viajes con una burra, uno de sus primeros libros escrito para comer y seguir viajando, le habían anticipado algunas libras.
   Pero encontró a Fanny Osbourne, aquella estadounidense casada y con dos hijos que una vez divorciada se le unió definitivamente para, contra viento y marea, vivir con él una vida en lucha por su salud a través del mundo. En busca de aire limpio para sus enfermos pulmones se mueven, entre otros sitios, de los Alpes suizos a las montañas de Adirondack en el estado de Nueva York. Tres veces, aunque parezca mentira, había él antes cruzado el Atlántico y dos los Estados Unidos con su maleta de dolor y sufrimiento a cuestas. Y, un día — ¿fue a consecuencia del escándalo de la edición de Dr Jekyll y Mr Hyde?— deciden partir definitivamente para los Mares del Sur. «La primera experiencia nunca puede repetirse. El primer amor, la primera salida del sol, la primera isla de los Mares del Sur...»
   Tres viajes a bordo de tres naves distintas durante cerca de tres años —«Viajar esperanzado es mejor que llegar...»— los llevará a Las Marquesas, después a Samoa y de allí a las islas Marshall, para volver definitivamente a Samoa donde se acabarán estableciendo: «...ni una sola vez he perdido mi fidelidad al agua azul y a un barco en este mundo de los Mares del Sur»

«Este clima; estas travesías; 
estos atraques al alba; estas islas desconocidas
que surgen al amanecer;
(...)
Toda la historia de mi vida es más dulce que un poema»

   Allí, en la isla de Upolu, cerca de su capital Apia, aquel excepcional tuberculoso se construye una mansión a la que llama Vailima —cinco ríos. Y escribiendo compulsivamente e interviniendo en las disputas de los indígenas —al tiempo que critica la destrucción de aquella cultura por nuestra civilización— se gana el aprecio de los nativos.
   En 1894 una congestión cerebral acabó con Tusitala. Contaba cuarenta y cuatro años. A la manera de Rilke había escrito antes: Hogar, ya no hay hogar para mí; ¿a donde vagaré?

* * *
   Pero tengo que decirlo. ¿Sabéis cual es la ironía del destino en el caso de la popularidad de Stevenson? ¡Parece increíble! Hela aquí:
   Poco después de casarse ha escrito para su hijastro Lloyd de catorce años poesía y relatos: Virginibus puerisque y más tarde Jardín de los versos de un niño. Mas, cierto día, a la vista de un mapa de una utópica isla pintada por él durante una tarde de lluvia «...con la ayuda de una pluma, de tinta y de una caja de acuarelas de un chelín...», se pone a escribir también una historia ideada a petición de su hijastro adolescente a partir de aquella pintura. Será la celebérrima novela La isla del tesoro.
   «No estamos destinados al éxito. Nuestro destino es el fracaso. Así es en toda arte y en todo estudio».
   Yo no estoy muy seguro de si sabía lo que estaba diciendo.
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(1) Alberto Manguel, Introducción a Los ensayos de R. L. Stevenson


lunes, 10 de diciembre de 2012

Día Ochenta y tres: El insondable, enigmático y desconcertante Rilke


«No puede haber un buen poeta sin un enardecimiento de locura» conjeturaba Demócrito de Abdera. «Para escribir, para meditar, es preciso recogerse hacia el interior, reconcentrarse, volver la atención de espaldas al mundo y operar sobre el botín que dentro se tenga». «Hay escritores para quienes crear es contradecir su vida buscando en la obra el complemento de lo que a su vida faltaba».
Tanto lo dicho por Demócrito como las dos aseveraciones de Ortega y Gasset nos vienen muy a propósito hoy para comenzar a inmiscuirnos en la insólita vida de Rainer Maria Rilke y para escrutar su obra. Veremos que todo lo anterior le era muy característico o privativo.

A uno le gustaría comenzar con Rilke, sobre todo con Rilke, hablando de su lugar de nacimiento, familia, adolescencia, etc. Pero eso sería biografiar, y lo que aquí pretendemos es esbozar unos trazos lo suficientemente relevantes que nos permitan atisbar al personaje de un solo golpe y con muy pocas líneas escritas, pero que al tiempo y sin menoscabo nos proporcionen la más fiel impronta posible suya. ¡Difícil tarea con Rilke!, porque... el título lo dice todo. 
¿Amó realmente Rilke? Pues no se sabe; él en alguna ocasión había admitido que era incapaz de amar. Pero, si es que amó, ¿en qué forma lo hizo? Lou Andreas-Salomé, Magda von Hattingberg (Benvenuta), Clara Westhoff, Ellen Key, Paula Becker, Alice Fähndrich, Baladine Klossowska (Merline), Marie von Thurn und Taxis, Lou Albert-Lasard, Claire Studer, Nanny Wunderly, Erika Mitterer, Genia Tschernosvitow..., son algunas de las mujeres (casi todas pertenecientes al mundo del arte) con las que tuvo relaciones. Rilke no podía vivir alejado de las mujeres, no podía hallarse sin presencia femenina. Se ha llegado a la conclusión de que lo que Rilke amaba era estar constantemente cerca de una mujer que lo amara y a la que no le importara no ser correspondida por él; algo que denominó como el «amor intransitivo», o amar sin esperanzas, sin recibir respuesta, amar a alguien sin la certeza de un amor recíproco. «Todo amor supone para mí esfuerzo y tensión»; «El hombre con una misión quiere ser querido, no quiere querer». Ese es el caso de aquel Rilke que estaba persuadido de que tenía una misión; son palabras suyas. Y, sin embargo, con una de aquellas, con Clara Westhoff, escultora, llegó a casarse; y aunque siguieron en lo sucesivo relacionándose, el matrimonio duró escasamente un año a pesar de haber tenido una hija. Difícil por tanto conocer cuales eran para él los límites del amor que, en principio, colisionaban con su misión y con su intenso afán de soledad. Y ello nos trae otra idea suya: la «guarda de la soledad». «A mi entender, la misión más importante en la unión de dos seres es que el uno guarde la soledad del otro». Rilke jamás quiso perder la suya.
Terminemos con esta faceta del amor y la mujer en su vida —aunque sobre la soledad nos queda mucho que decir. Parece ser, y hay unanimidad entre sus hagiógrafos, que la necesidad de tener una mujer a su lado pudo ser debida a una búsqueda continua de protección femenina debida a la falta de amor filio-maternal del que estaba necesitado, o en otras palabras la inmensa nostalgia de una madre que nunca tuvo. La suya, Sophia Entz, fue aborrecida por su hijo a lo largo de toda su vida. Le resultó «un ser ávido de placeres y miserable» al que le otorgó un desprecio y una aversión total. Hasta los cinco años —alguien ha escrito siete— lo vistió y cuidó como una niña recordando a su hija que a las pocas semanas se le había muerto. Y si ello no nos parece suficiente trauma, digamos que a los diez es inscrito «gracias» a su padre en una Escuela preparatoria militar en la que permanecerá cuatro años antes de ingresar en la Academia superior donde... ya no podrá soportarlo y la abandonará antes de un año. En síntesis, un doble choque psicológico.
La experiencia militar le significará una de las etapas más negras de su existencia; una época que él llegó a comparar con La casa de los muertos; de aquella vida salió «extenuado y maltratado física y espiritualmente». Allí comenzó «un camino hacia adentro...». Expresión que repetidamente, como un lema de su existencia, la tendrá especialmente presente en sus diarios y la predicará a los demás en sus cartas.
Hemos escrito "cartas"; y es que acabamos de dar con otra excepcional faceta suya. Rilke resultó ser, o se comportó como un escritor de cartas compulsivo hasta el punto de que días hubo en que llegó a escribir más de una docena: «...muchas, muchas cartas, espontáneas, hermosas, que me salieron como brotadas del corazón». Tal es así que cuando se indaga en su obra, entre todo lo publicado, la escritura epistolar es posiblemente la que más se prodiga; abundan las Cartas...: ...a un joven poeta; ...a Benvenuta; ...a Rodin; ...a una amiga veneciana; ...del vivir; ...del joven obrero; ...a Merline. Y en esas cartas es corriente encontrar su escapada al interior, aquella huida hacia adentro que, junto con aquella misión que él decía que tenía que cumplir, componen «una personalidad quebrada o por lo menos conflictiva, de práctica psicoterapéutica»(1). «Adéntrese en sí mismo...»; «Describa sus tristezas y anhelos...»; «Camine hacia sí mismo...»; «Busque lo hondo de las cosas»; «Ame su soledad y soporte el dolor que causa»; «Debe con dignidad soportar la vida».       
    Es lo que él mismo se propuso hacer sufriendo aquella «...atroz e inconcebible polaridad entre la vida y el trabajo supremo» o, sencillamente, la exigencia de un nivel muy alto de rigor y una gran precisión en su obra que lo llegó a atormentar. Como dice J. A. Marina, «Rilke fue un poeta que vivió su poesía a tiempo completo, pensando que ella era la gran descifradora de la realidad». De ahí su gran lucha interior con sus angustias y sus tempestades internas; su temor a volverse loco que desde los veinte años no le abandonará en ningún momento; de ahí su vida: pura aflicción con insuperables contradicciones y extraordinarias zozobras. Y de todo ello brotará la mejor poesía y prosa poética que a la literatura universal del pasado siglo le haya aportado la literatura alemana. Alemana puesto que, aunque nacido en Praga, René Maria Rilke vio la primera luz en 1875, y entonces Bohemia era parte del imperio austro-húngaro. Excepto el francés de sus últimos años, aquella fue la lengua en la que escribió. Ah, y ese René era su auténtico nombre, el cual al parecer se lo cambió por Rainer una de sus amantes: Lou Andreas-Salomé, la misma que había llegado a fascinar a Nietzsche.
    Ella y Marie von Thurn und Taxis fueron las dos mujeres que más se preocuparon por confortarlo, aquietarlo y asentarlo; fueron las que le proporcionaron más consuelo y apoyo a fin de que encontrara el equilibrio que necesitaba. Las dos eran casadas y catorce y veinte años respectivamente mayores que él; ¿hablábamos de amor maternal?
Lou, a la que conoció cuando contaba veintidós años y con la que viajó a Rusia dos veces —algo que significó una etapa fundamental para su obra y que se tradujo en su  Libro de horas— nos dejará noticia de sus convulsos accesos de llanto a causa de auténticas nimiedades, así como de sus terribles crisis de miedo que hasta le llevaban a arrojarse al suelo para evitar supuestos peligros. No obstante, nunca llegaron a romper y no dejaron ambos de cartearse durante el resto de la vida del poeta. A Marie, por otra parte, le debe la literatura universal las Elegías de Duino. En el castillo que ella tenía en Duino, en la costa del Adriático, y en el que como su huésped se aisló Rainer varias veces para escribir, nacieron aquellas.
Hemos hablado de su patria, y ello exige hacer un alto en nuestra reseña. Rilke nunca se sintió ligado a país alguno; Rilke fue durante toda su existencia un apátrida. Viajará febrilmente de ciudad en ciudad, lo mismo que de país en país, sin otra razón aparente que el partir por partir, como los grandes viajeros. «No me está todavía permitido tener casa, (...) lo mío es vagar y esperar». No echará raíz en sitio alguno; buscará siempre una excusa, alguna tan peregrina como que en una sesión de espiritismo una voz le diga que debe ir a Toledo. Pero hay que suponer que junto con su constante desasosiego, lo que más le impulsaba a realizar aquellos bruscos viajes era la búsqueda de motivos e inspiración para su obra. Como dato anecdótico citaremos que se han calculado en más de cincuenta las residencias que tuvo durante los cuatro años anteriores a la Gran Guerra. Viajero solitario buscando inspiración —y una mujer cerca— pero siempre y ante todo la soledad, su vida fue una perpetua contradicción; se aislará existencialmente sometiendo su vida a su vocación. «Mi soledad, esta máxima peculiaridad de mi existencia».

Sin embargo y para terminar, es tiempo ahora para decir algunas palabras acerca de una de sus obras, precisamente aquella de sus escasas creaciones en prosa que más ha trascendido a toda clase de lectores. Nos estamos refiriendo a Los apuntes de Malte Laurids Brigge conocidos también como Los cuadernos de Malte. La etapa de su vida que Rilke pasa en París con ocasión de escribir sobre Rodin —tenía veintisiete años— le marca tan definitivamente como los viajes a Rusia. Para él París no será nunca la ciudad luz sino la ciudad «carroña», tal como él la definió tomando esa palabra de una de las flores del mal de Baudelaire. En París siente el «miedo absoluto» y «la existencia de lo terrible» y lo deja inmortalizado en unas notas que supuestamente va escribiendo un irreal joven danés de nombre Malte Laurids Brigge llegado como él a esa ciudad —aunque en el trasfondo está el escritor noruego Sigbjörn Obstfelder al que leía y admiraba, alguien eternamente errabundo y, como él, entregado en alma a escribir.
Estos apuntes, notas o vivencias que la vida en aquella ciudad le sugiere, se van mezclando también con sus memorias y evocaciones infantiles para darnos como resultado una obra de nuevo cuño para su tiempo, comparable únicamente a la de Proust. Y ello porque Rilke no sólo renunció en ella «...a la estructuración cronológica de la acción, inscribiéndose así en las corrientes más avanzadas de su tiempo»(2) como aquel hizo, sino que «...el gran parentesco espiritual que existe entre personaje y autor»(3) es el mismo del que Proust se valió. El mismo Rilke habla del «Malte» mencionando «...la gran cantidad y variedad de evocaciones» que en la obra existen, y añade que: «Puede decirse que el lector no se comunica con la realidad histórica o imaginaria de tales evocaciones sino que, por medio de ellas, se comunica con las vivencias de Malte». O en otras palabras Los cuadernos de Malte fue una obra pionera. Se diría que fue la primera versión o intento de buscar el tiempo perdido. «To a limited extent, we can compare Proust's probing into innumerable areas of psychological, cultural, and historical discovery in In Search of Lost Time with The Notebooks of Malte Laurids Brigge published in 1910»(4) —recordemos de paso que la obra de Proust comenzó a aparecer en 1913.
Y nadie está hablando de plagio sino de una coincidencia, quizá como la que existió entre sus vidas: se llevaban cuatro años y vivieron los dos cincuenta y uno. Pero, además, París es el eje de la acción de las dos obras que fueron escritas en una misma época, y, al igual que la gigantesca obra de Proust —4.300 páginas— esta menuda obra de sólo ciento setenta ha sido tildada de autobiografía mientras que ambos autores las reconocieron como novelas; ambos habían ya escrito sus autobiografías que nunca llegaron a publicar en vida, la de Rilke llevaba el título de Ewald Tragy y vio la luz tras su muerte. Finalmente, cuando por primera vez se editaron los seis tomos de las obras de Rilke vio también la luz el último de los siete de Proust. Pero hay una gran diferencia: que en la obra de Rilke las muchachas nunca fueron en la realidad jovencitos. Citemos que aunque Rilke leyó y tradujo a Gide y a Valéry, a los que además de admirarlos trató personalmente, él y Proust no llegaron a conocerse.
Rainer —como a él a veces le gustaba firmar— terminó su estancia en París agotado y enfermo debido al profundo rechazo, «el miedo, la soledad, lo inhóspito y sombrío de la ciudad», pero continuó escribiendo sus «apuntes» durante seis años. Cuando le dio fin a esa obra tuvo comienzo la segunda mitad de su vida que, precisamente, fue muy distinta de la primera; entre otras cosas  porque en ella se producirá una agudización de su inestabilidad emocional. Fallecerá en diciembre de 1926 en un sanatorio de Valt-Mont, en Suiza, de una leucemia. Hacía tiempo que había escrito: Quiero soterrarme con el invierno (...) quiero cubrirme de nieve por amor a la próxima primavera...».


El extraño epitafio que escribió para su tumba...: «Rosa, contradicción pura. Placer de no ser sueño de nadie debajo de tantos párpados» ...está esperando todavía ser descifrado.
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(1) Eustaquio Barjau, Lecciones de literatura universal 
(2) Federico Bermudez-Cañete, Rilke, vida y obra
(3) Eustaquio Barjau, Rilke
(4) Gerald Gillespie, Proust, Mann, Joyce in the modern context