lunes, 25 de febrero de 2013

Día Noventa y tres: Voltaire vs. Arouet; fascinación, repulsa y contradicción


Se diría que en estas tres últimas palabras se condensa la imagen y la trayectoria de François-Marie Arouet. Fue fascinante para unos pocos, repulsivo para muchos más y contradictorio para estos y aquellos durante toda su existencia. Su vida se nos presenta hoy como una gran paradoja cuajada de un sin fin de contradicciones ciertamente inexplicables. ¿Era unas veces Voltaire el que tomaba la iniciativa de escandalizar y vilipendiar con sus escritos, y otras veces era aquel Arouet el que pregonaba el derecho a la tolerancia, la justicia y la libertad civil? ¿Quién de los dos adulaba a los poderosos después de haber escrito para ellos infamantes anónimos, y quién el que iniciaba campañas para rehabilitar y defender a los injustamente perseguidos? ¿Cuál fue el que escribió apoteósicas tragedias, nobles poemas y textos históricos, y quién el que tanto fustigó a la Iglesia mediante escritos emponzoñados?
Dígaseme si su vida no fue una completa y deplorable paradoja cuando todo lo grande que él creía estar escribiendo para la posterioridad, sobre todo como poeta y dramaturgo, no tuvo ningún valor después de su muerte. Sin embargo, todo lo hiriente, breve y sarcástico que escribía sin intención de engrandecerse ante sus contemporáneos y ni siquiera ante la historia, y que tantos disgustos le causó, es lo que le ha mantenido vivo después de muerto. Y aún más, incluso se le ha tildado de superficial en cuanto a esos escritos y, hoy —se dice— todo ello resulta hasta pueril.

Es momento, quizás, de entrar en el tema y la dimensión de su obra; en otras palabras, qué es lo que escribió y cuanto escribió. René Pomeau, posiblemente la persona que más ha profundizado hasta el día de hoy en su vida y en su creación, lo definió como «Un autor breve que ha dejado una obra inmensa». Desde luego inmensa lo es teniendo en cuenta que ocupa cincuenta y dos volúmenes de todo género pasando por poesía, teatro, cuento, ensayo, historia y correspondencia, junto a muchos libelos y hasta un diccionario. Pero ¿por qué un autor breve?; ese «breve», según varios estudiosos de nuestro autor, «sugiere una dimensión de superficialidad, (...) breve —también— en el sentido literal por lo que se refiere a la dimensión de sus composiciones literarias: el opúsculo, el poema de combate, el cuento, la nota satírica, el ensayo irónico; (...) la nota dominante en los géneros y recursos volterianos, es la brevedad de la contundencia, (...) brevedad como expresión de un discurso que tiende a pasar a grandes zancadas sobre los grandes temas»(1). Nunca mejor expresado: Voltaire no fue un escritor profundo en prácticamente nada de lo que nos dejó.
Mas hay otras connotaciones en cuanto a su actividad literaria. En sus escritos también hay un Dr Jekyll y un Mr Hyde; buscará la notoriedad y el exhibicionismo cuando su obra vaya firmada pero sin decirnos jamás algo sobre sí mismo —¿era Voltaire o Arouet? Se esconderá tras sus libelos anónimos, clandestinos y difamatorios  «Golpead y esconded la mano»— y tampoco sabremos nada de cómo en realidad pensaba. Y en cuando a memorias o autobiografía..., de las primeras nos dejó tan sólo otro opúsculo, una obrilla de ciento catorce pequeñas páginas que cubren apenas veinticinco años de su vida a partir de los cuarenta años, y que no nos aporta nada sobre él aunque sí sobre un centenar de variados personajes. Por otra parte, al parecer, su autobiografía la intentó en varias ocasiones pero abandonó la empresa. Fue muy prudente en lo tocante a hablar sobre él, pensaba o al menos decía que ello era una inutilidad: «...el ridículo de hablar de mí mismo»; habría que decir más bien que fueron precauciones y temores los condicionantes principales.
 En fin, si se quiere conocer al auténtico Voltaire —¿a Arouet?— hay que recurrir a su correspondencia privada, a la enorme correspondencia que mantuvo y que es fundamental para conocerlo como hombre y como escritor; la edición de la misma consta de más de veintiún mil cartas, de las cuales unas quince mil son suyas. En ellas —se ha dicho— se encuentra el auténtico personaje: «En cuanto haya el menor peligro, os ruego, por favor, me aviséis para que yo niegue la obra de todos los papeles públicos con mi candor e inocencia ordinarios». ¿Cinismo? Sí, habría que decir; pero también habría que justificarlo. Cualquier ardid es bueno para Voltaire a fin de difundir sus ideas y su postura sin ser apaleado a la puerta de la casa de un amigo (tenía treinta y un años) por los sirvientes del noble Rohan-Chabot, al que había contestado impertinentemente. Todo artificio es aceptable para no ir a dar con sus huesos entre los sombríos muros de la Bastilla tal como le ocurrió en dos ocasiones —a los veintidós y a los treinta y dos. Cualquier treta o artimaña le viene bien y la utiliza para que no lo persigan, no le fijen residencias fuera de París o se tenga que ir al extranjero —Inglaterra, Países Bajos, Suiza—, y sobre todo para no pasar desgracias y penalidades: «Estaba sin un penique, enfermo. (...) Extranjero, sin amigos, desamparado, (...) Nunca he sufrido tanta miseria; pero he nacido para soportar todos los infortunios de la vida». No; esto último no es cierto; no es verdad que esté dispuesto a sufrir infortunios por comunicar «su verdad», «su minúscula pero íntima verdad» de escritor. Después de tan malas experiencias siempre pretenderá armonizar el ejercicio de su tarea literaria con su bienestar: «He visto tantos hombres de letras pobres y despreciados, que hace tiempo llegué a la conclusión de que no debía aumentar su número» escribe con su sarcasmo habitual.
Voltaire buscará el desahogo económico y llegará hasta la opulencia al tiempo que escribe; invertirá en el negocio de la venta de trigo, especulará financieramente, será proveedor del ejército, ganará dinero con la manufactura de la seda, los encajes y la fabricación de relojes —algunos magníficos con los que se preocupará de obsequiar a príncipes de la iglesia y de la nobleza; llegará finalmente a ser terrateniente y empresario: «...nada es tan agradable como hacer uno mismo su propia fortuna».
 Desde pequeño amó el fasto y la elegancia además de rechazar las abstinencias y privaciones que la Iglesia predicaba: «Amo el lujo e incluso la molicie». Desde que con trece años su padrino el abate Chateauneuf lo lleva a que conozca los gustos distinguidos y libertinos de la Sociedad del Templo, amará los placeres de la vida; puede que allí encontrase su primera disconformidad con las predicas ascéticas del cristianismo de su tiempo, y no sólo con sus dogmas, intolerancias y —según él— supersticiones. Vivirá la mayor parte de su vida en magníficas residencias de su propiedad: «Después de haber vivido en casa de los reyes, me he convertido en rey en la mía...», y a veces tendrá dos al mismo tiempo, una cerca de Ginebra y otra al lado de Lausana, pues: «...los filósofos deben tener dos o tres agujeros contra los perros que correa tras ellos». En fin, tan cínico como en lo relativo a la precaución que se debe tener en la actividad de la escritura, lo es (cuando puede serlo) en el tema del bien vivir: «Concluí que, para hacer la más pequeña fortuna, más valía decir cuatro palabras a la amante del rey que escribir cien volúmenes». Y sin embargo, en su apogeo de empresario y terrateniente —desconcertante Voltaire—, además de reconstruir por su propia cuenta una iglesia, también fertiliza tierras incultas y establece plantaciones que son fuentes de bienestar social para los menesterosos que hay a su alrededor de los que se preocupa consiguiéndoles bienestar social.
Y así, con esos altibajos, se crea la admiración de unos pocos y el odio de otros muchos. Voltaire es famoso en toda Europa y conoce durante toda su existencia el éxito, la popularidad y la polémica.
 
Estábamos tratando de analizar qué escribió y cuánto escribió, y viene por tanto a cuento ahora profundizar algo en el Voltaire filósofo. ¿Qué hubo más en él, filosofía o literatura? Él escribió el siguiente juicio: «...filósofo es, o al menos debe tratar de serlo, todo hombre honesto, es decir, toda persona sensata que intenta vivir de acuerdo con los dictados de la ética y el buen sentido». Señalemos ante todo que, sin duda, la razón y el objeto de cada obra escrita obedece al momento de su vida en que la escribió: fueron las dudas, los problemas o las crisis que le invadían lo qué le llevó a escribir condenando o defendiendo apasionadamente esto o aquello.
En general, en su caso la filosofía es la predominante en la última parte de su vida, e inclusive en menor cantidad, después de abordar la poesía, el teatro, el ensayo y la historia durante la primera; se ha considerado que hasta los sesenta y un años es más escritor que filósofo. Además, en lo filosófico no llegó a crear sistema ni escuela alguna, se dedicó a criticar y burlarse de los existentes, por ejemplo de las teorías de Leibniz. No; no estamos ante un verdadero filósofo; Bergson dejó dicho que «Voltaire pertenece a la historia de las letras más que a la de la filosofía».
Sus Cartas filosóficas o Cartas inglesas atrevidamente editadas a sus cuarenta años, de vuelta de Inglaterra, elogian la tolerancia política y religiosa británica comparada con la existente en Francia; no hay en ellas una verdadera filosofía. Su Diccionario filosófico se diría que sí, es un diccionario, pero con poco o nada de filosofía —tengo que confesar que yo lo encontré divertidísimo.       
  Decididamente «Voltaire no es un gran filósofo, es un buen divulgador y un eficaz agitador»(1), y si nos ha llegado definitivamente como filósofo ello ha sido debido a sus cuentos. Este es el quid de la cuestión. Nadie recita hoy sus versos y tampoco se representan sus tragedias ni se leen sus escritos políticos disfrazados de filosóficos. Se leen y se gozan sus cuentos en los que está presente su pensamiento íntimo y trascendental del momento en el que vive, y cómo lo siente y lo interpreta. Si para él «Los libros más útiles son aquellos en que los lectores ponen la mitad de su parte, amplían los pensamientos cuyo germen les presentan, corrigen lo que juzgan defectuoso y refuerzan, con sus reflexiones, aquello que les parece endeble», sus cuentos, especialmente y por este orden: Cándido, Zadig y Micromegas, son libros en verdad útiles porque su lectura a todo ello nos invita, sin olvidar el divertimiento.
Comenzó tarde a escribir sus cuentos verdaderamente filosóficos al tiempo que satíricos y alegóricos. Zadig fue el primero señaladamente notable, y apareció cuando contaba cincuenta y cuatro años; Micromegas vio la luz cuatro años después y Cándido fue publicado cuando tenía ya sesenta y cinco. Esta última, su obra más universal, fue escrita precisamente ante una crisis de pesimismo causada por el terremoto que asoló Lisboa en 1755. Y aunque siguió escribiendo cuentos, estos tres han sido los que mayor difusión y éxito tuvieron. En ellos Voltaire procura exponernos su filosofía sobre la finalidad del hombre y la existencia de Dios, al tiempo que nos deleita por medio de la sátira y la ironía. Y de nuevo la paradoja: Voltaire o Arouet parece que duda y lo expone en sus cuentos, pero jamás en sus escrituras íntimas o en su correspondencia; en ninguna ocasión se trasluce en ellas ese sentir sino todo lo contrario. ¿Son más sinceros los sentimientos de sus escritos o los que expresan sus cuentos?
   ¡Y pensar que todavía apenas hemos hablado de Voltaire
——————

 

(1) Josep Ramoneda, Voltaire, Lecciones de Literatura Universal

domingo, 17 de febrero de 2013

Día Noventa y dos: La paradoja Austen; sentido, sensibilidad, orgullo...

Y no sólo una; se dirían que son varias las sorprendentes paradojas en la vida de Jane Austen; el fenómeno Austen está aún por explicar y ser entendido. Pero antes de nada procedamos a situar en dos palabras a Jane Austen en el espacio y en el tiempo.
   El espacio es Inglaterra y el tiempo el de la toma de la Bastilla en París. Tenía ella catorce años cuando se producía aquel trascendental suceso y vivía en una idílica ciudad campestre, Steventon, a noventa kilómetros de Londres en el condado de Hampshire.
   Tratemos de imaginar aquel escenario: grandes viviendas unifamiliares rodeadas de praderas; terratenientes, hacendados y aristócratas de segunda clase; vida provinciana en la que nunca pasa nada. Y allí, nada menos que junto a siete hermanos, ha estado viviendo durante veinticinco años esta muchacha (estamos justamente ahora en 1800) que no ha tenido otra educación que la recibida de su padre, el clérigo de la localidad. Es un hombre culto que junto con el ejercicio de su ministerio dedica parte de su tiempo a la enseñanza de los hijos de algunos de aquellos hacendados y pequeños nobles.
   Primera paradoja: esta chica tiene a esa edad escritas tres novelas además de otras obras juveniles menores. Las ha ido escribiendo en el cuarto de estar o salón de su casa por el que transita todo el mundo, porque no tiene otro sitio; y ello al tiempo de ayudar a su madre haciendo punto, cosiendo, bordando y dedicándose a las funciones propias de una joven en un hogar de esa época. Hoy, doscientos años más tarde, gracias a algunas de sus novelas consideradas excepcionales en el mundo anglosajón, Jane Austen figura entre los nombres más grandes de la novela inglesa.
   Lamento que esta introducción me haya resultado tan larga, pero confieso que no sabía cómo impactar al atrevido lector de estos apuntes para justificar el título y,... no sé si lo he conseguido.
  Virginia Woolf dijo de ella que: «De entre todos los grandes escritores, la grandeza de Jane Austen es la más difícil de captar», y de eso hace ya un siglo. Lo cual nos lleva a la segunda paradoja: a Jane Austen le editan su primera novela, una de aquellas tres —la tercera escrita— contando treinta y seis años y en forma anónima; pero, además, esa novela, Sentido y sensibilidad, se publica corriendo los gastos de impresión por su cuenta y con la condición de que si no se cubriesen los demás gastos inherentes a su publicación, las pérdidas debería asumirlas ella; no sucedió y se vendieron los mil ejemplares. Sin embargo, cuando Austen fallece seis años más tarde después de haberse publicado cuatro del total de las seis novelas que en su vida escribió, todavía sus lectores no saben cual es el nombre de la autora; las tres siguientes que vio publicadas —Orgullo y prejuicio fue la que siguió— aparecieron con la siguiente leyenda bajo su título: "By the author of Sense and Sensibility", todo ello en mayúsculas.
   Créaseme que podría intentar seguir desarrollando esta «entrada» de blog a base de paradojas, pero estimo que sería poco llevadero para el lector. Las irá descubriendo él mismo a medida que vayamos procediendo a bosquejar los rasgos principales de esta singular escritora, un caso notablemente atípico dentro del género novela.
   Para comenzar, en la vida de Jane Austen todo es... diríamos normal, por no escribir vulgar. Precisamente con esta palabra la identificó en 1813 Madame de Staël cuando Jane se negó a conocerla en Londres. Dijo entonces ella de Austen que sus novelas eran vulgares; que estaban «demasiado vinculadas a esa vida provinciana inglesa que ella detestaba por su estrechez y su aburrimiento, por su ensalzamiento del deber y por su anulación del ingenio y de la brillantez»(1) Y en esto último entrecomillado hay en parte algo de verdad, puesto que las novelas de Jane Austen tienen siempre un recorrido ajustado a unos determinados cauces y mantienen ciertos inamovibles elementos o ingredientes, entre otros: provincianismo, cumplimiento del deber, alta moralidad y falta de pasión.
Se ha señalado, para resumir, que en sus novelas Austen ignora el mundo del trabajo, el de las masas depauperadas de una Europa en plena Revolución francesa; que no hace referencia alguna a reformas sociales o políticas; no critica ni defiende aquella sociedad de su adolescencia que se está comenzando a derrumbar; los ilustrados ni se mencionan; de igual forma ignora el feminismo y cualquier derecho de la mujer, y sus personajes son clérigos, hacendados, aristócratas, militares y damitas que bailan el minué y que viven en una atmósfera idílica y feliz.
Por otra parte todas sus novelas están elaboradas de una manera concisa; transcurren en un entorno social y geográfico semejante y comprenden un periodo de tiempo no demasiado largo; la acción suele desarrollarse en residencias campestres de familias pudientes y de la mediana o pequeña nobleza; en ninguna se le crea al lector preocupaciones de ninguna clase al tiempo que el sentimentalismo no deja de estar siempre presente; con frecuencia un viaje corto contribuye en forma decisiva a la evolución de los acontecimientos, y en todas ellas hay una o varias parejas enamoradas que acaban en matrimonio. Con estas constantes se las ha llamado «novelas sobre casamientos», aunque nunca «novela rosa». Y, sin embargo, la autora nunca se llegó a casar a pesar de algunos enamoramientos que tuvo en su vida. «Jane Austen es un caso anómalo dentro de la novela universal. Puede que ningún otro novelista haya utilizado materiales tan limitados ni escenarios tan circunscritos».(2)
No obstante he de rectificar; hemos escrito en el párrafo anterior «todas sus novelas», las seis, y no es así. Paradójicamente, la primera, que posiblemente a los veinte años comenzó a escribir, La abadía de Northanger —curiosamente la última publicada y póstumamente— es una verdadera sátira contra la novela gótica (el gusto por los castillos, las ruinas, la oscuridad, lo arcano y el culto a la muerte) tan de moda a finales del XVIII; una sátira a la manera de la escrita por Cervantes contra los libros de caballerías, aunque aquí la protagonista es una damita y no un hidalgo.
De cualquier forma, ante Jane Austen nos encontramos frente al personaje totalmente opuesto al prototipo de escritor que hemos venido exponiendo en páginas precedentes. En su vida no hay sucesos aparatosos y dramáticos, se diría que casi no tiene biografía tal como decía Borges de Whitman; no hay grandes viajes en su existencia  excepto las cortas salidas a lugares cercanos; no hay pasiones, ni miserias extremas. Jane no siente el desasosiego ni se lo hace sentir al lector y, sin embargo, demuestra tener una fascinante imaginación en el ambiente rutinario en el que su vida se desarrollaba sin siquiera disponer de un lugar aislado para escribir, «una habitación propia» como diría después Virginia Woolf. La personalidad de Jane Austen desconcierta a sus biógrafos al ser una escritora a la que no la avala formación académica alguna —estamos ante un caso parecido al de Shakesperare— y que ni siquiera tuvo relación con escritor conocido ni con círculo de escritores alguno, ni personalmente ni por vía epistolar. Aún más, sus esfuerzos por publicar fueron los mínimos; da la impresión que era lo que menos le preocupaba teniendo habitualmente a su familia escuchándole la lectura de sus novelas, algo que al parecer les entretenía muchísimo.
A los treinta años no había intentado prácticamente convencer a ningún editor —al menos se ignora— de que escribía. Bueno, hubo una excepción en lo relativo a su primera novela que la envió a uno londinense que se la aceptó abonándole diez libras. Tenía entonces veintiocho años, y al no haberse llegado a publicar seis años después se la reclama, a lo cual aquel le propuso devolvérsela a cambio de las diez libras; ella no accedió. Si llegó a publicar posteriormente por primera vez, fue debido a uno de sus hermanos que residía en Londres y consiguió entrar en contacto con otro editor que aceptó la publicación de Sentido y sensibilidad en aquellas condiciones leoninas que hemos citado. En fin, ¿no es sorprendente toda esta serie de circunstancias?
Hemos también de mencionar que si algo perturbó su aparente y despreocupada existencia, ello fue la decisión de sus padres de abandonar Steventon cuando ella contaba precisamente veinticinco años; este es, paradójicamente, el periodo más negro de su existencia si exceptuamos el de su fin. Le afectó ello hasta tal punto —quizás también las dificultades económicas de la familia, la muerte del padre y la falta de perspectivas matrimoniales— que durante casi diez años, hasta su nuevo y definitivamente asentamiento a veinte kilómetros de su primitivo hogar, ahora en Chawton, en otra casona de esa localidad, no reanudó sus escrituras; ello a pesar de seguir compartiendo dormitorio hasta su muerte con su única hermana Cassandra. Con su sempiterna cofia en la cabeza tal como aquella la pintó en dos ocasiones, Jane seguirá haciendo una vida similar a la de Steventon y escribirá las tres siguientes novelas. Póstumamente le serán publicadas la primera que había escrito en su vida y la última; ambas al fin con su nombre.
Y, para finalizar. ¿No es otra gran paradoja que tenga que llegar prácticamente el siglo veinte para que Jane Austen pueda ser conocida?, ¿y, más todavía, que a finales del mismo —se diría que en su última década— se produzca una austenmanía gracias al cine y al fenómeno de los medios de comunicación?
Jane murió joven, a los casi cuarenta y dos años, la edad de los poetas malditos, pero no a causa de los excesos, las drogas, el alcohol, el láudano o las tazas de café. La causa  fue una enfermedad entonces desconocida.
Aquella menuda Jane Austen, cuyos múltiples retratos que nos han llegado proceden precisamente de uno de aquellos dos que su hermana le hizo, aquella joven que «desconocía las pasiones» y «era una mujer muy incompleta» acerca de la cual «La mayoría de la gente encontraba sus obras insulsas y banales, faltas de colorido y carentes por completo de aventuras e interés»(3) tuvo, a pesar de todo, después de su fallecimiento, un primer y gran reconocimiento en las palabras de Walter Scott: «El talento de esa joven para describir las relaciones, los sentimientos y los personajes de la vida corriente es, para mí, lo más maravilloso que he conocido»
——————

 
(1) Claire Tomalin, Jane Austen
(2) Pilar Hidalgo, Lecciones de Literatura Universal
(3) James E. Austen-Leigh, Recuerdos de Jane Austen

 

 

 

 

 

domingo, 10 de febrero de 2013

Día Noventa y uno: Erasmo y su elogio de la majadería y la insensatez


Quizás la pregunta oportuna en este momento podría ser: ¿pero a quién le importa Erasmo hoy? Y habría que decir que se trata de una buena pregunta —exactamente lo mismo que a veces se responde cuando no se conoce la respuesta. Pero, decididamente, no; la respuesta es otra. Podría en principio ser que Erasmo hoy interesa no sólo literariamente sino biográficamente, en plan novelesco; en otras palabras: tan cabalmente como nos interesaba Balzac.
   No se me ocurre ninguna frase más oportuna para el personaje que nos ocupa que aquella de Ortega, al que tan a menudo citamos aquí, y que reza así: «La vida de un hombre, cualquiera sea su puesto social y su oficio, es una lucha por realizar su personal vocación en medio del mundo, según éste sea el tiempo de su nacimiento». No lo olvidemos: personal vocación y tiempo de nacimiento.
   De entrada, el tiempo del nacimiento de Erasmo tiene lugar justo en el momento en que se produce el crack entre la Edad Media y la Moderna. Vive a caballo nada menos que entre el XV y el XVI; sus setenta años de vida (más o menos, puesto que no está claro el año exacto en que nació) transcurren la mitad en cada uno de ellos. Cuando viene al mundo sucede que en el corazón de Europa se acaba de inventar la imprenta, ha terminado la Guerra de los Cien Años y poco después se va a descubrir el otro continente, eso en el XV, pero justo al principio del siglo siguiente tendrá lugar la trascendental Reforma de Lutero y las guerras de religión. Y en el medio de todo ello Desiderio Erasmo Roterodamo tal como él decidió finalmente llamarse. Verdaderamente, la «comedia humana» de aquella época que se disfruta con la «lectura» de su vida, es espectacular.
   Y lo es no sólo por los sucesos tan trascendentales que acabamos de relacionar, sino por la enorme personalidad y la huella que en Europa dejó nuestro personaje. Pero además, y sobre todo, por aquella su increíble «obrilla» literaria que sigue disfrutándose en nuestros días. La más «cachonda» escrita entonces —libertina y descocada son sinónimos de cachonda— que nadie hubiera podía imaginar.
   Mas ante todo debemos centrarnos: La «personal vocación» de Erasmo de Rotterdam fue ser escritor con mayúsculas; punto. Se diría que todo lo demás en su vida es secundario, no nos confundamos, y por eso lo traigo hoy aquí. Porque como tal escritor su vida fue similar y comparable a la de cualquiera de los que hasta hoy hemos venido bosquejando. Con la misma pasión por escribir que aquellos, con semejantes humillaciones, desdichas y discordias para ser publicado y leído, y con las típicas hambres y apuros económicos para seguir viviendo hasta darse a conocer. En una palabra, Erasmo fue una persona con una dedicación exclusiva a los libros; leer y escribir en un lugar tranquilo era su ideal: «...todo lo que no se refiera al arte del libro le es ajeno (...) no sólo amaba los libros por su contenido sino que idolatraba de un modo absolutamente carnal su existencia, su gestación, su forma (...) trabajar en y para los libros era su manera natural de vivir»(1).
   Hay, si se quiere, dos únicas diferencias con cualquier otro escritor que nos haya ocupado antes: en los azares de su vida no hubo mujeres, y —esto sí que le fue nefasto— todo lo escribió en latín.
Nos explicaremos. Primero, en su vida no hubo mujeres puesto que se trataba de un fraile, aunque... ¡qué fraile!; tenía tanta repulsión a la vida monacal como a la peste o a los fanatismos de cualquier tipo que fueran. Como hijo natural de un clérigo y ante su «alto coeficiente intelectual», que diríamos hoy, a Erasmo lo encaminaron por los senderos de la Iglesia, y ello le sirvió para dar a luz aquella vocación: la escritura. Segundo, lo de escribir en latín era mandado en aquella época si querías que te leyeran en toda Europa, pero claro: solamente los que conocían el latín que eran el clero, los nobles y los humanistas. Si a Ovidio o a Séneca los podía leer en latín en su tiempo todo el mundo, al final del Medievo la cosa era muy distinta. Mala suerte; recordemos los decisivos condicionantes de Erasmo: personal vocación y tiempo de nacimiento.
 
¿Y qué escribía Erasmo? Pues como es natural, en sus años mozos en el convento comenzó escribiendo poemas. Después, en cuanto pudo zafarse de la vida monacal, de vestir el hábito y de seguir los ayunos, se dedicó a la filología y a la gramática, tradujo a los clásicos, y hasta en ocasiones se vio obligado a escribir —¡cómo lo detestaba!— algún panegírico que se le encargaba para algún poderoso. Tenía que comer, y desde que dejó el convento dedujo que la única forma de hacerlo, y poder escribir, era buscarse un mecenas, daba igual religioso que seglar. Así, mendigando asignaciones y becas de los poderosos, ejerciendo a veces de preceptor y siempre escribiendo, se va dando a conocer. Adagia y Coloquia son sus dos primeras obras que lo empiezan a hacer famoso. La primera se trataba de un conjunto de citas latinas que había ido recopilando, y el segundo eran unos estudiados diálogos para que los alumnos de latín lo aprendieran más fácilmente y con mayor celeridad. Diríamos —tipo listo Erasmo— que intuía lo que se podía vender entre los que se manejaban en latín y eran cultos y, además, lo que no debería escribir para no perder el «empleador» que lo sostenía.
Decíamos que esas dos obras lo comenzaron a hacer famoso, y habría que añadir que no en Holanda sino por toda Europa, «país» que no dejó de recorrer desde que comenzó a llevar vida de seglar. Además de su tierra los Países Bajos, vivió en París, Londres, Orleans, Lovaina, Turín, Bolonia, Venecia, Roma, Basilea y Friburgo, y en algunas de estas ciudades varias veces. ¿Y por qué se movió tanto? Pues además de la peste le incitaba el estudio, la enseñanza, el conocimiento de los eruditos como Tomás Moro, el huir de conflictos religiosos y, en Italia ejercer como preceptor de jóvenes acomodados.
   Si nos falta añadir algo para tener un superficial retrato de él, añadiremos que ha sido definido como la figura que encarnó el humanismo de la primera mitad del siglo XVI; que ha sido retratado como un vacilante, un moderado, un dubitativo, un independiente, un cauteloso, un escéptico, un pusilánime y un solitario; también inquieto, perspicaz, conciliador, ambiguo, inconsecuente, ambivalente, componedor, indeciso y burlón —creo que no me dejo ninguno de los calificativos que se le han aplicado. Le gustaba la buena mesa, odiaba el vino malo y aprendió a montar y a cazar; añadamos también que debía ser algo hipocondríaco y neurasténico y que tenía varias manías; que fue un eterno enfermo huyendo siempre de la peste, del frío, del ruido, de los hedores, de la basura y del humo, y que resultó ser un adelantado de la higiene corporal.
Erasmo, para terminar este retrato, sin subirse a púlpito alguno fue un «predicador» contra la intolerancia y contra el fanatismo; estaba con todos y no estaba con ninguno; fue como hemos dicho un nómada incansable, un europeísta con el latín como único idioma, y con la enseñanza y la cultura como nexo, nunca con la espada. Su gran enemigo fue la guerra, a la que combatió con su escritura. He aquí a este propósito una de sus frases: «el mundo entero es una patria común». A Sócrates le llamaba San Sócrates y aseguraba que entre éste y Jesucristo no existía ninguna oposición moral irreductible. En el pensamiento y en la personalidad fue un precursor de Voltaire y de Goethe, y Montaigne lo tuvo por su maestro.
* * *
   Y ahora hablemos de su «obrilla» Moriae Encomium o el Elogio de la locura, la única de los diez apretados volúmenes que componen toda su obra, que sigue estando fresca y viva como el primer día. Estamos en el año 1509, tiene cuarenta o quizás cuarenta y dos años, es ya famoso y goza de la protección de todos los poderosos de su tiempo; faltan todavía ocho para que Lutero cuelgue sus noventa y cinco tesis en las puertas de la iglesia del castillo de Wittenberg, lo cual le acabará creando obstinados enemigos a Erasmo tanto entre los reformadores como dentro de la Iglesia.
Viaja ese año a Londres, una vez más, y se instala en la casa de Tomás Moro; y allí «atormentado por su dolencia renal y sin disponer de sus libros, redactó en tan sólo unos días la perfecta obra maestra que debía estar ya claramente desarrollada en su cabeza»(2). Ahora Erasmo puede «sacar los pies del tiesto» y escribir algo atrevido a ver si alguien se atreve contra él. Con esta obra —que se la dedicó a su amigo Moro—, demuestra ser más audaz de lo que se pensaba, pero ¡ojo!, en el Prefacio de la misma, al final, explicaba que no hay nada «más divertido que disertar sobre necedades de modo tal que a nadie le parezcan que lo sean», y que se dedica a criticar «las costumbres de los hombres sin zaherir a nadie por su nombre», y deja claro que «...si hay alguien que se dé por ofendido, será por efecto de su conciencia o de su miedo». Y en el capítulo final, el LXVIII, que viene a ser un Epílogo, se cura aún más en salud diciendo que «Si alguien considera que he hablado con demasiada pedantería o locuacidad, pensad que lo he hecho no sólo como Estulticia, sino como mujer. Recordad, además, el proverbio griego que dice: "Los locos a veces dicen la verdad", a menos que penséis que ese refrán no reza con las mujeres».
Por supuesto que no escribió Elogio de la locura como pensamiento suyo —que muy mal le hubiera ido— sino que lo ponía en boca de «La Insensatez». Esa descarada sátira deslumbrante la pronuncia supuestamente Doña Stultitia desde su cátedra como un discurso laudatorio de ella misma. En fin, una forma inteligente —a modo de divertimento— de decir lo que se quiere sobre lo que a uno le da la gana sin comprometerse; aunque la obra terminó definitivamente en el Índice de libros prohibidos. Este genio, con este libro, le echa una «cara» tremenda —según mi opinión— para decir todo lo que piensa sobre el mundo sin que lo queme la santa Inquisición, aunque a causa del mismo ya le comenzaron a surgir enemigos.
¿Cómo no iba a terminar en el Índice, con asertos como los siguientes?:
—Capítulo XII
   «¿Qué sería, pues, esta vida, si vida pudiese entonces llamarse, cuando quitaseis de ella el placer? ... ¿qué parte de la vida no vendrá a ser triste, aburrida, fea, insípida, molesta, si no le añadís el placer?»
—Capítulo LXVI
   «...diré que parece que toda la Religión cristiana tenga algún parentesco con cierta especie de estulticia... (...) Si deseáis pruebas de ello, advertid que los niños, los viejos, las mujeres y los necios gozan con las cosas de la religión mucho más que los demás... (...) Por último, que no hay necios que disparaten más que aquellos a quienes arrebata por completo el ardor de la piedad cristiana...»
   «...ya que me vestí con la piel del león, quiero continuar mostrándoos que la felicidad de los cristianos, que buscan a costa de tanto esfuerzo, no es sino una especie de locura y de estulticia...»
   Por cierto que en el terreno meramente literario ya dice Doña Estulticia que «...los que corren tras la fama imperecedera publicando libros me deben mucho, y especialmente aquellos que emborronan papel con meras majaderías».
  Finalizo; a uno le sorprende que Erasmo no llegara a caer ejecutado, nada menos que en aquellos tiempos, como impío o hereje —o al menos excomulgado. Y, sin embargo, el Papa Paulo III le llegó a ofrecer el capelo cardenalicio muchos años después. Hoy es posible que hasta sea tildado por algunos simplemente como un cura sinvergüenza.
Durante la Reforma ni estuvo con la Iglesia ni con Lutero; aquella incluyó sus obras en el Índice y éste maldijo su nombre. Erasmo, creo yo, fue alguien que nació unos quinientos años antes de su época. Cuando moría, también comenzaba a morir el latín.
Además de la beca europea que lleva su nombre, impártase hoy un curso en Europa obligatorio para todos sus jóvenes que sea denominado «Conocer y entender a Erasmo».
———————
 
(1) Stefan Zweig, Erasmo de Rotterdam. Triunfo y tragedia de un humanista
(2) Johan Huizinga, Erasmo














lunes, 4 de febrero de 2013

Día Noventa: Balzac sin sus mujeres no hubiera llegado a ser Balzac


Difícil ciertamente imaginar su triunfo literario sin ellas, eso además del dolor y el placer que le proporcionaron. Si R. J. Sender pensaba que Balzac «...desde que salió del seno de su familia en la adolescencia hasta el día de su muerte, fue una vorágine de números (letras con fuerza ejecutiva, falsas grandezas a plazos, apremios con horas contadas...) cuya contemplación nos marea»(1), se diría que su vida fue también una vorágine de imaginación sensual, citas amorosas, voluptuosidad desbordante y pasiones sin límite. O las mujeres —y el ajetreo que en su vida le representaron— fueron una parte fundamental, un estímulo y aguijón para su creatividad, para su superación y su resistencia física y emocional, o al menos contribuyeron a crear —junto al ansia de riqueza y gloria que perseguía— el escenario para que representara aquel papel sublime de la comedia humana que él mismo retrató.
    La biografía de Balzac es mucho más que el papel de cualquiera de sus personajes novelados; se trata de una única e increíble novela que él nunca imaginó. Una novela con la cual se han atrevido numerosos y acreditados autores que han abordado su escritura —Zweig y Maurois entre otros— seducidos por su extravagancia e inverosimilitud.
   La primera mujer, en su relación no amatoria-sexual, que le afectaría durante toda su vida fue su madre. «Nunca tuve madre»; «¿Qué desgracia física o moral me acarreó la frialdad de mi madre?». Desdeñado desde su infancia, lo que Balzac halló en ella fue «...el fuego devorador de una mirada severa» que «ignoraba las caricias, los besos, la simple alegría de vivir...». ¿Recordamos las relaciones de Stendhal con su madre?
Esa falta de amor maternal le llevará a buscarlo siempre en sus amantes. Alejado de ella —realmente por el deseo de ambos pero sobre todo por el de la madre— pasa su infancia y adolescencia en las manos de un aya y en pensiones e  internados. ¿Es entonces extraño que se repita la historia de Rousseau con la señora de Warens? Pero es que se da la circunstancia de que Balzac no es trece años más joven que su amante como en el caso de aquel. No; la señora de Berny es una conocida de su madre y tiene la misma edad que ella, nada menos que cuarenta y cinco años, eso además de siete hijos y de que es ya abuela. ¡Pobre Balzac! Porque su madre lo sabe, y lo saben los hijos e hijas de la señora de Berny. Es la primera prueba de que ansiaba encontrar el amor de madre que tanto le faltó cuando niño. Ahora tiene veintidós años y está conociendo toda la intensidad del amor humano.
Durante más de diez Laure de Berny será madre, amante, consejera, amiga, cómplice y correctora de textos de Balzac; le mantendrá cuando no tenga ni para comer y le prestará dinero, sumas respetables que nunca le devolverá. Él, quizás sugestionado por Rousseau y sus Confesiones, a menudo se referirá también a ella como «mi pobre mamá». Esa relación con la Dilecta, como él la llamó, fue en el fondo muy valiosa para su carrera.
En una palabra: al cabo de tres años sale de la miserable buhardilla que con los estudios de derecho terminados a los dieciocho años le había buscado su madre ante su determinación de dedicarse a escribir, y gracias a Laure de Berry le sonreirá el triunfo a los treinta y dos con la segunda novela firmada con su nombre: La piel de zapa; la primera había sido El último Chouan. Había escrito hasta entonces la intemerata aunque siempre con seudónimo, y se había metido en negocios relacionados a menudo con el mundo editorial que le habían proporcionado fuertes cantidades de... ¡deudas!; a las cuales, para hacerles frente, no encontraba otra salida que endeudarse todavía más.
Pero ahora se le abre una nueva senda, y ¡se le sube la fama a la cabeza! Comenzará a conocer a sus grandes amistades femeninas, muchas de ellas pertenecientes a la nobleza, tan ansiada por él como el dinero, y que, por fin, al menos ellas —marquesas, condesas, y duquesas— jugarán posiblemente un papel de estímulo en su vida muy parecido al jugado por su protectora Mme. Berny.
Como cualquier escritor de moda recibe cartas de sus lectores a través de su editor. Normalmente se trata de mujeres; unas embelesadas por sus historias y otras críticas ante una de sus obras, Fisiología del matrimonio, la cual provoca un escándalo que lo da a conocer aún más. Y Balzac procura contestar a todas esas cartas y en especial a las firmadas por manos femeninas. Está buscando una viuda rica para casarse y no lo oculta, lo pregona; ha razonado que necesita bienestar y capital además de tiempo para dedicarse a escribir. Llegará a decir: «Mi futuro depende de una mujer que pertenece a este mundo», eso además de aquella su frase favorita: «Sólo tengo dos pasiones, el amor y la gloria».
Una de las mujeres que ha leído aquella obra y le escribe es una marquesa. Firma con nombre imaginario y misterioso y le echa en cara el cinismo que ha puesto en su Fisiología del matrimonio. Balzac contesta sin saber quién es a la entonces marquesa Henriette de Castries —pronto condesa y siempre una belleza de vida turbulenta dentro de la nobleza— y hasta le confiesa su idea de matrimoniar con una rica viuda, eso al tiempo de confesarle algunas intimidades más, todo ello aunque parezca increíble. Se cartean y ella le invita a su palacete. Mantendrá con ella una íntima amistad pero nunca será suya a pesar de sus intentos; ella siempre se escabullirá. Esa relación será para él «una tragedia», como reconocerá toda su vida, y ello hasta el punto de hacerle llorar se supone que de rabia. Sentía que la Castries le había hecho sufrir la más grande humillación que se puede sufrir por parte de una mujer.
No obstante, antes de cerrar este corto, extravagante y quizás ridículo capítulo de su vida de falso aristócrata que incluso le lleva a inventarse un título nobiliario, es necesario señalar que anteriormente a la duquesa de Castries, y después, y simultáneamente durante la relación todavía mantenida con Laure de Berny (suponemos que con ella ya sólo en el plano afectivo maternal), son varios sus intentos amatorios probablemente con éxito entre notables cortesanas: Olympe Pélissier, la duquesa de Abrantes, Jean de Margonne y Zulma Carraud en cuyas residencias pasa temporadas escribiendo y a salvo de los acreedores.
Sin embargo, de pronto su vida da un giro definitivo. Es el último capítulo de ella y va a durar hasta el final de sus días; y se sucederán en ese capítulo tanto pasión como sordidez. Estamos en 1832 y él cuenta treinta y tres años. Recibe desde Odesa una carta de una de sus lectoras que firma como la Extranjera. Tras ella, de nuevo, el misterio y la intriga, ¿quién es esta extranjera que se «desnuda» ante el gran Balzac y le cuenta sus cuitas terminando su carta diciéndole: «He entregado mi corazón y mi alma pero estoy sola»?
A pesar de su extenuación y su tensión combativa —tiene muchos rivales y enemigos—, a pesar de su régimen de trabajo: duerme de seis de la tarde a doce de la noche y desde entonces escribe ininterrumpidamente hasta catorce horas seguidas consumiendo litros de café; a pesar de todo eso y de sus galanteos amorosos, su enorme y arrolladora imaginación le hace caer en un especial éxtasis respecto a esa mujer. Se llama Evelina, le dice que tiene veintisiete años —aunque cuenta algunos más— y está casada con un marqués, mariscal del Zar de todas las Rusias que casi le dobla la edad y al que detesta; el mariscal Hanska es propietario de miles de hectáreas y de más de tres mil mujics.
Cuando Balzac va conociendo esos datos, además de haber imaginado a una diosa afligida cuya belleza y exotismo magnifica en su desbordante imaginación, no sólo barrunta que puede ser la solución a sus problemas si es que enviuda pronto, sino que resentido de la humillación a la que ha sido sometido por la Castries encuentra una personal forma de tomarse la revancha o el desquite. Evelina, de familia polaca, lo tiene todo: es joven, pertenece a la nobleza, es bella (se lo imagina él) y posee una gran fortuna además de mostrarle su admiración, su afecto o..., su ya cariño.
La primera vez que se encuentran es en Suiza a donde ella acude con el marido; el encuentro tiene lugar furtivamente en un parque de Neuchatel y ella sufre una decepción. Balzac no era físicamente un sujeto atractivo, se diría que más bien vulgar. Si nos atenemos a la descripción del secretario de la embajada rusa en París, al que acudirá más tarde para viajar hasta aquel país, Balzac era un «hombrecillo gordo, ancho y con cara de panadero...»; no obstante Evelina resulta ser para él una deidad no desmerecedora de cómo la ha imaginado; en ella ve sensualidad y voluptuosidad a raudales. Y comienza un romance epistolar durante el que se sucederán breves encuentros en Viena y otras ciudades europeas. 
Balzac, independientemente de lo lucrativo de aquel posible matrimonio, está enamorado hasta el tuétano de Evelina, ¿cómo explicarse de otra forma aquel trasiego amoroso epistolar y aquellos viajes a través de media Europa, ocupado como estaba hasta las cejas con sus novelas y envuelto en los compromisos contraídos ejerciendo de cronista de la Francia de su época? Veamos de qué forma termina una de las cartas que le envía; en ella hay algo de apasionamiento de colegial enamorado y de aquel arrebato de Dostoievski en sus cartas a su hermano Misha, algo comparable a aquella que el ruso terminaba, como en su día decíamos, con la palabra «adiós» escrita hasta diez veces en los dos últimos párrafos: «Adiós, ángel mío, mujer adorada, "minou" querido. Lina mía, mi querida pobre hijita; adiós tesoro mío, mi buen "louloup", mi alma vivificadora,... tú eres la gloria, el placer, el honor, la fortuna, la voluptuosidad de un hombre que sólo piensa en ti... Adios "loup", adiós mi Evelina querida, mi Eva demasiado adorada, mi niñita... besos que te envío. Uno para el más pequeñito de tus dedos, otro para el "minou", otros besos para los "mignons", besos para esa boca de coral, para cada uno de tus ojos... para todo tu cuerpo...»
Y así, en esos términos y relatando infinidad de sucesos, proyectos y fracasos, detalles sobre su modo de pensar, sus ilusiones y esperanzas y sus esfuerzos personales le escribirá cartas que hoy, editadas, ocupan hasta cuatro volúmenes. Por cierto, que dos de ellas de este tenor cayeron en las manos del mariscal y Balzac tuvo que excusarse ridículamente.
Resumiendo; el marqués fallece y ocho años después todavía no se han casado. Se llegaron a ver en plan «oficial» o «legítimo» en San Petersburgo, pero entre que ella no estaba demasiado enamorada, su fortuna le significaba mucho, tenía además sus sospechas sobre él y por lo tanto le ponía como condición que liquidara sus deudas antes de casarse —«Tener treinta francos en casa y gente en la calle reclamando treinta mil... una situación para volverse loco—, y, finalmente, que era condición necesaria que el Zar diera el visto bueno a su casamiento con un «infiel» oriundo del país de la revolución que había cortado cabezas reales..., ella le da largas y más largas.
Resultado de sus esporádicos encuentros Evelina dio a luz un hijo, pero muerto. Y Balzac, cada día más agotado por sus litros de café, sus apretados horarios y dilatadas horas de trabajo e incluso aquellos viajes para reunirse con ella, aunque fue aguantando sin perder la esperanza, era ya un carcamal cuando Evelina le dijo que acudiera a Ucrania, a sus posesiones, a desposarse. Y allí marchó como un perrito faldero y obediente después de cerca de dieciocho años desempeñando ese papel.
El final es triste; el viaje de vuelta a París en la berlina de ella fue una aparatosa odisea de dos semanas que destrozó aún más físicamente a Balzac. Enfermo y aquejado de múltiples trastornos, tales como sofocos, accesos de cólera, dificultades respiratorias, bronquitis y crisis hepáticas, finalmente una herida que se produce en su casa le produce fatalmente una gangrena.
Mientras Balzac agonizaba a los cincuenta y un años —se había casado hacía cinco meses— Evelina estaba al parecer acostada con un pintor apodado el Piojo gris que vivía de ella y le pegaba.
En su obra Eugénia Grandet había escrito: «La mujer permanece, queda frente a frente con las penas, sin que nada le distraiga de ellas; desciende hasta el fondo del abismo que el dolor ha abierto, lo mide, y a veces lo colma con sus deseos y sus lágrimas».
———————

 
(1) Ramón J. Sender, Tres ejemplos de amor y una teoría