viernes, 4 de mayo de 2012

Día Cincuenta y seis: Las "madames" Bovary de Flaubert


Me gustaría hoy profundizar algo en esa obra por la cual Flaubert permanece en tan alto nivel, aún en nuestra época, en el ranking de las letras universales. Y para ello lo primero que me preguntaría es: qué resultó ser Madame Bovary, y, después, y tan sólo secundariamente y como una curiosidad, quién era Madame Bovary.

Para la primera de estas dos preguntas puede que existan muchísimas respuestas, pero de acuerdo con las convicciones de la mayoría de los expertos y eruditos habría que reconocer que aquella novela, además e independientemente de su «preciosismo» literario, resultó ser y significó un cambio radical en la literatura.
Si se lee hoy, apenas resulta ser una novela con un tema y un argumento tan manido e insubstancial como el de aquellas de las que luego se han escrito posiblemente miles y cientos de miles. ¡Ah, pero antes de ella no hubo nada parecido! Antes de ella, en novela, había amores, pasiones, celos, venganzas, lances, duelos, doncellas, galanes, traiciones, crímenes... Nunca la simple y vulgar narración de un adulterio en términos algo escabrosos —«cuadros lascivos e imágenes voluptuosas» adujo la acusación en el juicio— pero sin héroes ni villanos, sin triunfadores ni sentenciados, sin premios ni castigos y, ni siquiera, moralejas moralizantes —aunque sea cacofónico y suene mal.

La historia siempre va paso a paso, pero después de muchos de ellos puede que dé una zancada. Veamos; se especula que sean tan sólo cuatro los grandes, los transcendentales enclaves, o las zancadas dadas tras muchos pasos, en la historia de la novela. Posiblemente después de la Iliada y la Odisea, tan sólo el Quijote, Madame Bovary y Ulises. Todas ellas abrieron compuertas hasta entonces bien cerradas.
Oigamos a Flaubert: «Lo que me parece hermoso, lo que me gustaría hacer, es un libro sobre nada, un libro sin lazos con el exterior, un libro que se sostuviera por la fuerza interna del estilo, como la tierra se aguanta en el aire sin ningún soporte, un libro que a duras penas tuviera argumento o que, al menos, tuviera un argumento casi invisible, si algo así es posible. Las obras más hermosas son las que tienen menos materia (...). Creo que el futuro del arte va por ese camino». Y pensaba bien; ese libro, Ulises (que también fue llevado a los tribunales) lo escribió por primera vez James Joyce, y hoy también existen quizás cientos de miles de libros como él, pero antes tampoco hubo nada parecido. Y, finalizo; antes de Joyce y de Flaubert, a Cervantes se le había ocurrido escribir una obra en la que el héroe era un pobre loco y la heroína una tosca aldeana, hermosa y delicada tan sólo en su imaginación. No hace falta decir que aquello era también un hito y que hasta entonces a nadie se le había ocurrido degradar a los héroes hasta ese punto.
Por cierto que, a aquel «idiota de la familia» ese libro ya le embelesó antes de aprender a leer: «A veces el tío Mignot sienta a Gustave sobre sus rodillas para leerle en voz alta Don Quijote. De ese modo, antes de saber leer, Gustave se fascina con las proezas imaginarias del célebre perdonavidas de molinos»(1). «Sabes que las primeras impresiones nunca se borran. El pasado lo llevamos dentro y de él nos alimentamos durante toda la vida... Cuando me analizo, me encuentro con Don Quijote». Ojo: «nos alimentamos». ¿No se nos ha dicho y repetido que la Bovary es un «Quijote con faldas»?(2)
La incógnita reside en saber cuando se producirá la siguiente gran zancada en la literatura..., o si ya no habrá ninguna más teniendo en cuenta dos condicionantes: la evolución que la sociedad experimentó entre aquellas zancadas, y la sociedad actual desde Joyce hasta el momento. La nuestra no tiene ningún corsé, y en ella todos escribimos de todo y en cualquier soporte.
Si aquello sucediera sería desesperante para nuestros descendientes. No existiría ya nada nuevo en literatura y todo continuaría como hasta la fecha.

* * *
Pero nos resta hablar del personaje Madame Bovary. Quién era Emma Bovary o en qué mujer —madame o mademoiselle— se habría inspirado Flaubert. Ello independientemente del suceso —adulterio y suicidio— que como hoy se sabe pudo suceder en la realidad.
Si como ha sido dicho se escribe siempre sobre uno mismo, y un escritor no puede describir o representar otra cosa que sus propios recuerdos y sentimientos subconscientes, debemos pensar que la imagen de Emma estaba en aquellos, en la mente de aquel solterón que evitaba el matrimonio a toda costa, a pesar de que repetidamente estuvo enamorado y que con algunas mujeres tuvo intensas relaciones íntimas.
1850: «¿Para cuando mi boda? (...) Espero que nunca. (...) El matrimonio sería para mí una apostasía que me aterroriza» —tiene veintinueve años y comenzará Madame Bovary al siguiente.
1859: «La mujer me parece una cosa imposible. Cuanto más la estudio, menos la comprendo. Me aparté de ella todo lo que pude. ¡Es un abismo que atrae y me da miedo! —tiene treinta y ocho y ha finalizado hace tres años Madame Bovary.

Afirma Troyat que Flaubert tuvo razón al decir aquello de «La Bovary soy yo». Y piensa que de cada una de las mujeres que amó hay algo en Emma..., y cuando escribía estaban presentes en su corazón y en su mente.
¿Qué había de Elisa, su primer amor, la cual tenía veintiséis años y era madre y concubina cuando la conoció siendo un quinceañero, y a la que nunca llegó a poseer pero a la que visitará y verá posteriormente y «permanecerá en su memoria como el símbolo del amor ideal?»(1)
¿Qué de Eulalie, aquella exuberante criolla y mesonera de treinta años que lo sedujo y con la que a los dieciocho perdió su virginidad, y que durante cuatro días la gozó intensamente y después la estuvo escribiendo durante ocho meses a Marsella?
¿Qué de Louise, la adúltera esposa del escultor Pradier, muchos años mayor que él pero frívola y siempre sonriente y de la que quedó fascinado cuando la conoció, y llegó a saber de sus intimidades e incluso leyó su manuscrito autobiográfico?
¿Qué de Louise Colet, once años mayor que él y su gran amante —de él y de otros más— a la que conoció precisamente posando para Pradier en su estudio? Con ella sostendrá una apasionada e intermitente relación durante ocho años de los cuales los tres últimos coinciden con los tres primeros de los cinco dedicados a la obra. Le escribirá muchísimas cartas que hoy, afortunadamente, podemos leer.
¿Habéis reparado que todas ellas eran bastante mayores que él? Pero también otras mujeres de las que no tenemos datos acerca de que estuviera enamorado, pero a las que frecuentó y con las que se carteó, ¡le llevaban hasta veinte años! George Sand, Leroyer de Chantepie y Amédée Pommier por ejemplo, todas escritoras. No quiero ejercer de psiquiatra o de psicólogo pero ¿buscaba aquel solterón una madre entre aquellas mujeres de las que se enamoraba o simplemente entre las que se dedicaban a escribir?

* * *

Para terminar definitivamente escuchemos a Flaubert en algunas cartas dirigidas a esas mujeres. Son tan sólo algunas citas —de las más de tres mil cartas que componen su correspondencia— pero todas ellas relacionadas con sus luchas por alcanzar la excelencia en la expresión literaria y, como he dicho, escritas todas a alguna de esas mujeres que he enunciado anteriormente:
«¿Sabes cuantas páginas he escrito esta semana? ¡Una, y no digo que sea buena! (...) ¡Como me cuesta! Escribir debe ser algo cruelmente delicioso cuando nos infligimos semejantes torturas, y sin que deseemos otra cosa»
«Me ocurre que al cabo de cinco o seis páginas tengo que suprimir frases que me han exigido días enteros» (...); lo que ahora me parece un error, cinco minutos después ya no lo es; se trata de una serie de correcciones y de recorrecciones de correcciones que no se acaban nunca»
«Cuando descubro una mala asonancia o una repetición en una de mis frases estoy seguro de que me he enredado en algo falso. A fuerza de buscar, encuentro la expresión justa, que era la única y que al mismo tiempo es la armoniosa»
«¡Qué manía más bárbara, pasarse la vida peleándose con las palabras y sudando el día entero para redondear la musicalidad de las frases!»
«Cuanto más experiencia adquiero en mi arte más se convierte en un suplicio ese arte: (...) Creo que pocos hombres han sufrido como yo por la literatura»
«Es tan difícil escribir que a veces me siento desfallecer»
«Hace dos días que le doy vueltas a un párrafo sin acabarlo»
«Esta semana he escrito cerca de seis páginas, lo que está muy bien en mi caso»
«El detalle es atroz, sobre todo cuando uno ama el detalle, como yo»
«He pasado cuatro horas sin poder hacer ni una frase. Hoy no he escrito ni una línea, o más bien, habré garabateado cien»
«¿Sabes cuantas páginas he hecho esta semana? ¡Una, y aun no digo que sea buena!
En el cuaderno de notas que Mark Twain tenía, se encontró escrito lo siguiente: «La fama es una especie de vapor; la popularidad, un accidente; la única seguridad terrena, es el olvido». Creo que se equivocaba rotundamente. Casi siempre en el escritor se oculta una ambición secreta ajena al arte, pero Gustave Flaubert amaba las letras y lo suyo no fue el olvido.
————————

(1) Troyat, Henri: Flaubert
(2) Ortega y Gasset en Meditaciones del Quijote, Vargas Llosa en La orgía perpetua y Julian Barnes en El loro de Flaubert .