martes, 31 de julio de 2012

Día Sesenta y siete: De cómo Rousseau llegó a ser Rousseau

El día anterior nos hacíamos preguntas acerca de la erudición de Rousseau y de su capacidad para la escritura. Entremos en sus Confesiones en las cuales se confiesa «como nunca antes lo había hecho un ser humano», el primer libro considerado «inaugural de toda la autobiografía moderna»(1) que, además, lo escribió a raíz de las acusaciones de un panfleto anónimo detrás del cual estaba Voltaire. Cuando las comenzó contaba cincuenta y cuatro años.
   Su madre, de familia más acomodada, les había dejado al morir a él y a su padre una biblioteca con algunas novelas «...que leíamos por las noches después de cenar (...) pasábamos las noches en claro, leyendo sin descanso...» Leídas todas ellas —Rousseau contaba siete años— aborda otros libros que «...de la parte de su padre (su abuelo materno) nos había tocado. (...) la Historia de la Iglesia y del Imperio, por Le Sueur; el Discurso sobre la Historia Universal, de Bossuet; los Hombres ilustres, de Plutarco; la Historia de Venecia, por Nani; las Metamorfosis, de Ovidio. (...) Plutarco fue sobre todo mi lectura favorita...» ¿Debemos creerle? Muchos críticos han asegurado que Rousseau fabuló en sus confesiones.
   Sea como fuere, su afición primero a la lectura y después al estudio le persiguió toda la vida. Nunca pisó un aula; todo lo más, junto a su primo, escuchó hasta los doce años las enseñanzas que el pastor Lambercier les impartía en su casa. A los quince, siendo aprendiz de grabador, se vuelve a aficionar a la lectura. Una mujer «famosa alquiladora de libros me los proporcionaba de todas clases (...) todo lo leía con idéntica avidez (...) a fuerza de leer se me iba la cabeza (...) Mi amo me vigilaba, me atrapaba, me pegaba y me cogía los libros. ¡Cuántos volúmenes fueron rasgados, abrasados o tirados por la ventana!».
Ahora lo vemos con veinticuatro años en la finca Les Charmettes donde pasa los mejores años de su vida con su protectora y amante la señora de Warens que le lleva trece; ella fue quien lo inició en el conocimiento y cultivo de la música. Pero allí diríamos que comienza su enseñanza superior. «Me he trazado un sistema de estudio que he dividido en dos capítulos principales: el primero comprende todo lo que sirve para iluminar el espíritu y para adornarlo con conocimientos útiles y agradables, el otro incluye los medios de formar el corazón para la sabiduría y la virtud» le escribe entonces a su padre.
En la mañana «Después de dos o tres horas de conversación me iba a mis libros hasta la hora de comer. (...) alguno de filosofía, como la Lógica de Port-Royal, el Ensayo de Locke, Malebranche, Leibniz, Descartes, etc. (...) de aquí pasé a la geometría elemental; (...) Siguió el álgebra (...) Después de esto venía el latín. (...) Antes de mediodía dejaba los libros, (...) Luego volvía a mis libros; (...) Lo que seguía con más exactitud era la historia y la geografía; (...) Había comprado un planisferio para estudiar las constelaciones; (...) Este furor en aprender se convirtió en una manía que me dejaba como entorpecido...» —no es extraño. «Seducido mucho tiempo por los prejuicios de mi siglo, consideraba el estudio como la única ocupación digna de un sabio».
Pero oigámosle de nuevo: ahora está en Montpellier donde, siempre preocupado por su dolencia urológica, se apunta a un curso de anatomía «...que me vi obligado a abandonar a causa de la horrible hediondez de los cadáveres que se disecaban y que me fue imposible soportar. (...) He aquí lo primero que debo verdaderamente al estudio; por él había aprendido a reflexionar y comparar». Y, sin embargo, curiosamente su vida intelectual seguirá también otros derroteros: la música. Cuando Rousseau con treinta años llega a París dispuesto a conquistarlo está plenamente dedicado a la música y, de hecho, donde su nombre va a ser conocido es en este campo. «No había abandonado la música, (...) al contrario, había estudiado la teoría lo bastante para considerarme perito en esta parte».
A París llega con tres cosas: quince luises, su comedia Narciso escrita a los veinte años, y su nuevo sistema de notación musical que consigue exponer en la Academia de Ciencias. Hasta aquí, atropelladamente, su insólita lucha en busca de aquella instrucción de la que carecía.


¿Rousseau músico? Esa fue su ilusión, triunfar en el campo de la obra musical. Y, sin embargo, a pesar de escribir óperas y componer, habiendo puesto todo su fervor en la música no pasará a la historia en ese campo; será conocido definitivamente como escritor aunque consiga con aquella una gran popularidad que después de su colaboración en la Enciclopedia le llevará a escribir un Diccionario sobre ella. Ni siquiera su gran triunfo Pigmalión estrenado a los cincuenta y ocho llegará apenas a la posterioridad. Acabará rompiendo con el gran músico del momento, Rameau, que lo despreciará envidioso de su éxito tras conseguir estrenar su ópera Las musas galantes; después en Versalles El adivino en la aldea y nuevamente en París la comedia Narcisse. Va a ser presentado al rey que quiere señalarle una pensión, pero Rousseau es demasiado republicano y huye, se escapa; así es Rousseau.
Entonces, ¿cómo es posible que este ignorado galeote de la música nos haya llegado como ejemplar de una mente clara exponiendo sus ideas con la pluma?
    Fue un día de octubre del año 49 cuando se hizo escritor; fue como la caída del caballo que sufrió Pablo de Tarso. Una «iluminación fulminante y brutal» tal como él mismo la definirá:
Diderot, entonces su amigo del alma sufre prisión y Rousseau lo va a ver a Vicennes frecuentemente. Aquel día, camino de una de aquellas habituales visitas tiene conocimiento mediante un periódico de un certamen: ¿Han sido las ciencias y las artes positivas para la Humanidad?, ¿el progreso de las mismas ha contribuido a depurar o a corromper las costumbres? El periódico Mercure de France invita a que se expongan ideas sobre este punto y Rousseau tiene conocimiento de ello precisamente dirigiéndose a pie —como a todas partes acostumbraba a ir— a ver a su amigo. «Nada mas leerlo vi un universo distinto y me convertí en un hombre diferente». Él, que durante un tiempo se había rendido al influjo de las artes y las ciencias, se estremece y ve claro por primera vez su error; se le caen las escamas de los ojos de la razón y, en una iluminación fulgurante, agitado por un cataclismo de ideas que acuden brutalmente y sin orden a su cerebro se tiene que sentar al pie de un olmo como si aquel relámpago de principios y percepciones le derribara. Una vez en Vicennnes, todavía desasosegado, le confiesa a su amigo su emoción y le pregunta si debe intentar exponer sus teorías.
¡Qué paradojas! Aquel éxito que lanzó a Jean-Jacques definitivamente a la fama, aquel Discurso sobre las ciencias y las artes que apasionadamente se pondrá a escribir, una diatriba que hoy nos parece una boutade y que incluso entonces debió serlo, resultó gustar por su estilo y fue premiado por la Academia de Dijon.
Pero Rousseau, como le sucedió a lo largo de su vida, tuvo que sufrir la ignominia y el ultraje, aquel «alimento de los héroes» que tanto hemos citado; la confesión hecha a su amigo y sus planes de escribir sobre el tema servirán para que más tarde el discurso sea atribuido a Diderot, al menos las ideas cardinales allí expuestas.
¡Pobre Jean-Jacques!; ya Diderot no era su amigo, se habían distanciado y nadie lo defenderá. «Estamos engañados por la apariencia de un bien», nunca más a propósito ese lema con el que había concurrido a aquel certamen que, de momento, le significaba una medalla de oro de gran valor como resultado de la feliz votación de los académicos. «Dijon había coronado sobre todo una elocuencia y una retórica de un tono nuevo.... que condenaba —¡precisamente!— los valores que se suponía que los académicos tenían que defender»(2). «Me hice escritor casi a pesar mío, fui arrojado por sorpresa en esa funesta carrera».

   Y, sin embargo, aquello era únicamente el principio de su abrumadora y variopinta obra revestida de pensamiento, o viceversa. Durante diez años llevará a cabo toda su más importante producción literaria comenzando por el segundo discurso, el del origen de la desigualdad entre los hombres que, como el anterior, obedecía a un certamen de la Academia de Dijon. Y aunque no hubo premio sí hubo reconocimiento y... odio, el de los enciclopedistas encabezados por Voltaire: «Jamás se ha derrochado tanto ingenio en querer convertirnos en bestias. Cuando se lee vuestro libro entran ganas de andar a cuatro patas» le contesta acusándole recibo de haberlo recibido  —para Engels «una obra maestra de la dialéctica». Faltaban siete años para que diera a la luz su revolucionario Contrato social tras publicar Julia o la nueva Eloísa y Emilio o la educación.
   De este ultimo yo le pediría al lector desconectado de Rousseau que tratara de leer exclusivamente el relato titulado Profesión de fe del vicario saboyano. Es cautivador leer lo que su portentoso intelecto le dicta, todo ello disfrazado bajo la supuesta confesión que le hace un tercero.


   Dejemos hoy a Rousseau del que no pararíamos de hablar. Solamente recordar que a todos sus reveses debemos añadirle que durante toda su vida fue un enfermo. Su retención crónica de orina le fustigó sin piedad; «Los médicos no conseguían aliviarlo... Se veía condenado al uso más o menos continuo de la sonda..., la enfermedad cada día lo aisló más. En compañía, siempre le costaba mucho dominar sus molestias... ¿Hay que decir que le salvó de los demás? Sin ella, posiblemente no hubiese sido más que un filósofo entre los filósofos...»(3)
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(1) Fco. Javier Hernández: Introducción a Las ensoñaciones del paseante solitario
(2) Raymond Trousson: Jean Jacques Rousseau. Gracia y desgracia de una conciencia
(3) Jean Guéhenngo: Jean-Jacques Rousseau


miércoles, 18 de julio de 2012

Día Sesenta y seis: Jean-Jacques y, punto. Fue único


«Heme aquí, pues, solo en la tierra, sin más hermano, prójimo, amigo ni compañía que yo mismo...» Así comienza la última obra escrita por Jean-Jacques Rousseau, Las ensoñaciones del paseante solitario. Y lo que decía era muy cierto; la había comenzado a escribir a los sesenta y cuatro años cuando tan sólo le quedaban algo menos de dos para morir después de haber vivido una existencia contra todo y contra todos. 
    He decidido comenzar exactamente por el final de su vida por una exclusiva razón: justificar el título dado a estas notas de hoy; concretamente ese quizás atrevido: «fue único». Y es que, increíblemente, lo fue tanto por su azarosa existencia como por su obra.
    En pocos escritores, posiblemente en ninguno, se han dado en sus vidas tantas y tan extrañas circunstancias. Huérfano de madre a la que no conoció pues murió tras el parto; enfermo desde su nacimiento del aparato genito-urinario para toda la vida; perpetuo errático desde los doce años en que comenzó a trabajar; desde entonces autodidacta y diletante siempre; protestante y después católico y una vez más protestante; enamorado de la música y de la botánica; inventor de un nuevo método de notación musical; escritor de óperas, comedias y obras musicales; pensador y célebre a los treinta y ocho años y sin embargo unido hasta su muerte a una humilde e ignorante criada; amigo de Voltaire, de Diderot y de Rameau; interesado en la educación y autor de novelas pedagógicas; sufridor de constantes persecuciones y huidas por sus ideas innovadoras; atacado y rechazado por sus antiguos admiradores y el resto de los filósofos; odiado por la sociedad en general y sufriendo por ello una paranoia maníaco-persecutoria..., ¡no sé qué más nos queda por decir y todavía no hemos dicho casi nada!  
   Ese fue el más universal de los escritores del siglo XVIII. A mí, ahora, escribiendo y recordando su figura, me ha venido a la memoria una cita que guardo en una de mis alforjas:
«...el honor ha de ser para quien permanece en la arena con el rostro manchado de tierra, de sudor y de sangre combatiendo con ánimo; para aquel que aunque incurre en un yerro vuelve a la carga una y otra vez, porque no hay esfuerzo sin errores ni fallos; (...) y aun en caso de sufrir lo peor y salir derrotado lo acepta con valentía sin querer ocupar un lugar junto a las frías y tímidas almas que no supieron nunca lo que es una victoria ni una derrota»(1).
Esto, creedme, nos puede servir como un escorzo de Jean-Jacques Rousseau. Un escorzo breve y tímido, sí, pero esa forma de comportamiento fue un rasgo muy notable de su carácter, su nadar contra corriente, volver a la lucha sin amilanarse jamás. A los sesenta y cuatro años, sintiéndose impotente para divulgar su mensaje, concibe la singular idea de escribir y hacer copias a mano de un panfleto dirigido A todo francés que todavía ame la justicia y la verdad y se dedica en un gesto desesperado a repartirlo por las calles de París buscando en las miradas de los que se le cruzan los que le parecían más honestos para entregárselo.
Victoria Nelson decía que «debemos escribir movidos por la más profunda sinceridad», y este fue otro rasgo sublime en él: «Se me preguntará si soy príncipe o legislador para escribir sobre política. Contesto que no, y que por eso escribo sobre política. Si fuera príncipe o legislador no perdería el tiempo en decir lo que hay que hacer; lo haría o me callaría». Está en el segundo párrafo de su Contrato social y se entiende que moleste a cierto clase de lector, pero así era él ¿Más sinceridad?: «Ruego a mis lectores que tengan a bien dejar al margen mi bello estilo y examinen sólo si razono bien o mal». ¡Genial Rousseau!, ¡Increíble Rousseau! Que se me perdone, pero voy a dejar escrito que si no hubiera existido habría que haberlo inventado.



Decía Stendhal que «Rousseau es uno de esos autores insolentes que obligan a los lectores a pensar». ¿Qué más pruebas queréis de su sinceridad e insolencia? Rousseau, con muchos errores y dando palos de ciego, escribiendo sobre el pacífico salvaje y el corrupto hombre civilizado debió de dejar boquiabiertos a los ciudadanos del dieciocho —al menos durante un tiempo—, pero con toda la crítica surgida a «su crítica» de la Ilustración acababa de poner en marcha la gran sacudida que iba a cambiar todas las formas sociales conocidas hasta el momento; sólo hay que leerse las cinco últimas líneas de su Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres. El republicano, plebeyo y ginebrino Rousseau, hijo de un relojero, puso a los pies de los caballos con agudeza, insolencia, osadía, y quizá con su desconocimiento, el final de un régimen que nadie imaginaba iba a tardar tan poco en caer y tan profundamente. ¡Que este hombre, Rousseau, llegara a influir en Kant! (y en tantos otros prestigiosos pensadores y políticos) hasta el punto de que la lectura de sus obras le significara nada menos que a aquel un punto de inflexión en su raciocinio: «Rousseau es el Newton de la moral», es casi inconcebible. ¡El hijo de un relojero suizo sin instrucción alguna!: «...si nunca se dio a un niño una educación razonable y sana, fue la mía». Pero Rousseau «...como en El proceso de Kafka, es acusado por jueces invisibles, vigilado por espías sin rostro, sin poder conseguir que se le diga de qué se le acusa...»(2)
¿De qué se le acusa?, ¿quién le acusa?: «Hay algo horrible en el oficio de autor»; «...desde el momento en que empecé a publicar, mi vida no ha sido más que pesadumbre, angustia y dolores de todas clases». El Emilio y El contrato social fueron condenados por el Parlamento de París al tiempo que se dictaba un orden de detención contra él, mientras que el arzobispo de París lo declaraba enemigo del catolicismo y el Gobierno calvinista de Ginebra lo declaraba también su adversario.
 Voltaire —su admirador en un principio— a la cabeza de los philosophes lo llegó a odiar de una forma espantosa y procuró hacerle todo el daño posible. Partir fue la constante de su vida; su existencia fue a veces una desaforada búsqueda del destino o una perenne huida de él. Esta controvertida criatura, esta paradójica figura... Contando quince años se expatrió para el resto de sus días y fue vagabundo, buscavidas, seminarista, músico, traductor, compilador, dramaturgo, literato, copista de música, lacayo, preceptor, secretario, pedagogo, herborizador, pensador; solitario y andarín. Torpe, metepatas y contradictorio fue perseguido, maldecido, odiado y considerado loco...
    Sí; he escrito torpe, metepatas y contradictorio, al menos es como él se veía: «...sin ser un tonto, muchas veces he pasado por tal»; «...era tan imbécil y tan desdichado»; «...esta lentitud de pensamiento...»; «...mi escasa capacidad...»; «...siendo como soy tan negligente y atolondrado»; «...el sinnúmero de patochadas que se me escapaban a cada instante en la conversación»; «...mi increíble estupidez...» A Rousseau hay que encuadrarlo sin duda entre aquel grupo de hombres selectos de los que decía Ortega que se exigen más que los demás, aunque no logren cumplir en su persona las exigencias superiores: «...la división más radical que cabe hacer en la humanidad es esta en dos clases de criaturas: las que se exigen mucho y acumulan sobre sí mismas dificultades y deberes, y las que no se exigen nada especial, sino que para ellas vivir es ser en cada instante lo que ya son, sin esfuerzo de perfección sobre sí mismas, boyas que van a la deriva»(3)
¿Su éxito? Yo creo que además de sus revolucionarios pensamientos e ideas —es posible que hubiera entonces muchos con las mismas o parecidas— debieron ser su elocuencia, su retórica y su vehemencia las que lo condujeron hasta alcanzarlo. Saber decir lo que pensaba, la forma en que lo escribía, su «afilada y temible pluma».
* * *
     Aunque escribiendo hay un Rousseau político, otro pedagogo y, sobre todo uno autobiográfico, los tres conforman un único Rousseau literario; en sus novelas hay política igual que hay pedagogía, y sus discursos y escritos autobiográficos irradian una personalidad eminentemente literaria. A Rousseau se le lee siempre con placer, su prosa es abierta, noble, clara, luminosa; yo añadiría que hasta emocionante. ¿Dónde aprendió a escribir?:
     «De ahí esa dificultad extrema que siento al escribir. Mis manuscritos llenos de borrones, embrollados, mezclados, ininteligibles, prueban el trabajo que me cuestan. Ni uno solo he dejado de tener que copiarlo cuatro o cinco veces, antes de darlo a la prensa. Sentado a una mesa, con la pluma en la mano y el papel enfrente, jamás he podido hacer nada. En el paseo, en la montaña, en medio de los bosques, por la noche en la cama durante mis insomnios, es donde escribo mentalmente». «Voltaire ...me inspiró el deseo de aprender a escribir con elegancia».
Más inquietante todavía: ¿de qué forma llegó a adquirir tanto conocimiento y erudición?:
   «...compré libros de aritmética y la aprendí bien porque la estudié solo»; «...heme aquí apegado como un viejo chocho a otro estudio inútil del que no entiendo una palabra...»; «...me sucede con todas las cosas a que empiezo a dedicarme: me encariño con ellas, me apasiono, y luego ya no existe para mí en el mundo otra cosa más que aquella que me domina»; «...se iba desarrollando en mí la afición a otro estudio...»
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(1) De la conferencia pronunciada el 23 de abril de 1910 por el ex presidente norteamericano Theodore Roosevelt en París, en la Sorbona, bajo el título Citizenship in a Republic.
(2)Raymond Trousson: Jean-Jacques Rousseau;. Gracia y desgracia de una conciencia.
(3) Ortega y Gasset: La rebelión de las masas












lunes, 9 de julio de 2012

Día Sesenta y cinco: Los tres grandes demonios de Kafka

«Yo he escogido por vivienda una casa en ruinas. Soy débil; he nacido en las ruinas y me complazco en ellas; (...) He encontrado centenares de sitios habitados; pero en unos existen conflictos y en otros hay odio. El que quiere vivir en paz debe ir a vivir entre las ruinas. Si tristemente resido entre las ruinas es porque es allí donde están escondidos los tesoros». Esta es la respuesta que el búho le da a la abubilla en El coloquio de los pájaros, obra del poeta y místico persa del siglo XII Farid Uddin Attar, cuando aquella les propone iniciar un largo viaje en busca de su rey.
   Y es que sucede que esta réplica del búho a la abubilla retrata a las mil maravillas el carácter o la personalidad esquizoide que según la psiquiatría moderna era el dominante en Kafka. «El tema de muchas obras de Kafka es la vulnerabilidad y la impotencia de un carácter exageradamente pasivo e inexpresivo o insensible (...) acosado en un mundo donde no hay posibilidad de socorro ni manera alguna de encontrar a las autoridades competentes»(1).
   Pero, además del carácter esquizoide, la personalidad fóbica o evitadora con su timidez, cobardía y miedo definen a mi entender más realísticamente la conducta de Kafka. Son personas que necesitan cuestionar intensamente sus deseos y tienen un temor constante a tomar decisiones ante el riesgo de cometer errores. Ello, junto con su sentimiento de culpa, su desánimo, misantropía, inseguridad, pusilanimidad e irresolución hace que sean considerados por los demás como precavidos, reservados y tortuosos.
   El día anterior hacíamos referencia a los continuos lamentos y repetidas quejas que Kafka fue dejando en sus Diarios y Cartas así como en su Carta al padre y en los Fragmentos de cuadernos y hojas sueltas que su amigo y custodio testamentario Max Brod hizo publicar a su muerte —además del resto de sus obras inacabadas—, ignorando la voluntad de Franz Kafka que había establecido que todo fuera destruido. Y yo he pensado que antes de despedirnos de Kafka profundicemos algo más en los motivos de aquellas lamentaciones; motivos que yo he llamado hoy aquí «demonios». A saber: la relación con su padre, el ejercicio de su empleo y su trabajo, y el enfoque de su vida ante su posible matrimonio.


   Franz Kafka es el primogénito y él único varón, que junto con tres hermanas menores y sus padres componen una acomodada familia. Su padre es un comerciante judío que ha pasado las mayores privaciones y miserias cuando tenía la edad de Kafka, y que con trabajo y esfuerzo ha llegado a disfrutar de una holgada situación. Pero los separan más cosas: ese padre es físicamente descomunal y Franz es escuálido, aquel es decidido y arrogante mientras que su hijo es tímido e inseguro. Su padre desea un sucesor para sus negocios y detecta que ese hijo, que ha estudiado y se ha doctorado en leyes por su voluntad, no tiene el mínimo interés en seguir con sus actividades comerciales ni de otra clase; Hermann Kafka se siente decepcionado cuando percibe que todo el interés de su hijo reside en escribir. Primero simultaneándolo con el trabajo en un bufete de abogado, después al tiempo que trabaja sin remuneración en los tribunales de justicia, a continuación en una importante compañía de seguros italiana y, finalmente, y buscando un horario más reducido para poder escribir, entrando en el Instituto se Seguros de Accidentes de los Trabajadores donde permanecerá hasta que lo derribe la tuberculosis a los cuarenta años.
   Ya tenemos dos de los protagonistas de su desdicha: un padre rudo y decepcionado y una empresa semiestatal de Bohemia en la que trabaja de ocho de la mañana a dos y media de la tarde. Dice su amigo Max Brod que «la raíz de su evolución posterior en el mundo del sufrimiento» estaba —a su parecer— en «la opresión que le causaba el empleo (...) y no en los lazos que le ataban al padre», lazos que —continua— «eran exagerados por Franz». Su biógrafo Hayman añade además que «Lo más probable es que Hermann Kafka no tuviera más deseo que su primogénito llegase a la madurez e independencia, dado que Kafka tenía que sacudirse la protección paterna».
Cualquier joven de su edad estaría satisfechísimo de su empleo en aquel edificio suntuoso, con secretaria a la que le dicta, con frecuentes giras de inspección a las fábricas del país —comidas, hoteles y nuevos paisajes—, con el afecto de sus superiores que ven y aprecian la calidad de su trabajo hasta el punto de ascenderle a los cinco años a «Vicesecretario» después de haberle subido el sueldo dos años antes. Sin embargo a Franz todo ello le roba el tiempo que él piensa necesita para escribir: «Todo en mí está preparado para una labor creadora y tal labor sería para mí una solución celestial; en cambio, aquí, en la oficina, por culpa de una miserable acta, debo arrancarle a un cuerpo capaz de semejante felicidad un trozo de carne».
Pero no nos olvidemos que tras esa jornada de trabajo de tan sólo algo más de seis horas, Franz almorzaba y se acostaba hasta las siete y media, paseaba antes de cenar y era hacia las once de la noche cuando se ponía a escribir hasta las dos o las tres de la madrugada. «¡Si fuera posible ir a Berlín, independizarme, vivir al día, hasta padecer hambre, pero derrochar todas mis fuerzas...!» ¡Ah! Ahí está su indecisión: prefiere retirarse todos los días a su casa «...en realidad voy a una prisión especialmente construida para mí...» donde tiene su dormitorio situado entre el de sus padres y el cuarto de estar, y no soporta los ruidos que le llegan a través de las paredes: «mi habitación es el cuartel general del ruido de toda la casa»; entre otros ruidos los del habitual juego de cartas de sus progenitores en el cuarto de estar, y, hasta a menudo, el de los coitos de su padre. No es extraño que no pudiera soportar verlos a él en pijama y a ella en camisón; con ella no cruzaba más de veinte palabras al día y con él tan sólo los saludos. 
   En su inmensa Carta al padre —una carta privada escrita a los treinta y seis años a su padre y que Max Brod publicó como una obra literaria— una carta de cerca de cien cuartillas que le entregó a su madre y que ésta le devolvió y su padre nunca llegó a leer, le dice: «...ni por lo más remoto he creído yo nunca en una culpabilidad de tu parte (...) tú, en el fondo, eres un hombre blando y bondadoso». «Kafka veneraba y detestaba a su padre como figura descomunal, poderosa, intelectualmente dominante y brutalmente eficiente»(2); y respecto a su trabajo Max Brod señala: «Con respecto al tema de no poder escribir por culpa del empleo dicen los Diarios cosas estremecedoras».
¿Cómo es posible que se pase meses y hasta un año sin escribir y, en otras ocasiones, en un estado de energía creadora, recién salido de un foso de depresión se ponga a escribir compulsivamente tres obras al mismo tiempo? «¿Para quién escribía Kafka? (...) escribiendo exteriorizaba todas sus inquietudes (...) el deseo de tener una mala opinión de sí mismo»(3). No; no fueron meramente el empleo que tenía ni su padre quienes le fustigaron y supuestamente le llevaron a escribir maravillas; fue sobre todo su carácter esquizoide y evitador: sus repugnancias, su continuo temor, sus complejos, su inseguridad, su retraimiento semejante al del búho que prefiere vivir entre las ruinas. Gracias a ello tenemos hoy entre nosotros a Kafka.
   Nos resta hablar del tema femenino, otro de los «demonios» que se desprende existieron en su vida y que le influyeron como escritor. Más de una docena de mujeres ejercieron sobre él diversos influjos durante su existencia. Según Max Brod, Franz recordaba una relación muy lejana con una profesora de francés; a los veinte años vivió su primera experiencia sexual con una dependienta de una tienda de ropa, y dos años más tarde tuvo una relación con una mujer madura mientras convalecía en un sanatorio. Después Hedwig Weiler, una estudiante de Viena con la que se inicia en el carteo que será para él —posteriormente— una forma más de literatura; pero también está la camarera Hansi en la etapa en que frecuenta los clubes nocturnos y con la que se fotografía. Cuenta veintiocho años cuando se enamora de la actriz Mania Tschissik, y en Weimar de la hija del vigilante de la casa de Goethe. Por fin, con casi treinta años, conoce a Felice Bauer, activa y enérgica y con un cargo directivo en una empresa de Berlín. Después de cinco años de acercamientos y distanciamientos, con dos compromisos formales de matrimonio y sus respectivas rupturas, todo se queda en nada. Y, al tiempo de su relación con ella, y posteriormente, Grete Bloch, amiga de Felice; cartas y más cartas con ambas y con la segunda posiblemente un hijo; pero en ese período de tiempo ha llegado a tener también una aventura con una suiza mientras convalece en un sanatorio. Ya con treinta y seis años un romance serio con Julie Wohryzek, sombrerera e hija de un zapatero con la que también se compromete en matrimonio a pesar de la oposición de Hermann Kafka; no obstante rompe el compromiso y ello motiva la escritura de aquella extensa carta. Y por fin Milena Jesenská, su gran amor; una casada que reside en Viena con la que después de cruzar muchas cartas tampoco encontrará una estabilidad. El año anterior a su muerte, ya enfermo, conoce a Dora Dymant; será la última y la única mujer con la que convivirá.
   Escuchemos: «Fue todo tentador, excitante y asqueroso...»; «El coito con la persona amada puede conducir a la perdida del amor»; «El coito como castigo por la felicidad de estar juntos...»; «Mi único temor es que nunca seré capaz de poseerte...»; «Cualquier pareja de enamorados (...) me resulta una visión repulsiva...»; «El terreno más profundo de la verdadera vida sexual me está vedado...»; «Queridísima, (...) mis temores deben parecerte ridículos; pero son temores espantosamente bien fundados»; «...yo consideraba el matrimonio una de las cosas deseables de la vida en cierto sentido, pero me era imposible casarme»; «¿Qué has hecho con el don del sexo que recibiste? Fue un fracaso, al final eso será lo único que digan».
   Aunque pudiera parecer que la causa de su fracasada trayectoria amorosa fuera una disfunción sexual o el temor a una cierta clase de impotencia, se estima hoy que los problemas eran muy diferentes.
Kafka, en sus relaciones temporales o esporádicas con mujeres se comporta de forma muy distinta a como lo hace cuando piensa en casarse. Con vistas al matrimonio rechaza el contacto carnal, le repugna, sobre todo le tiene miedo; es por ello que idealiza a sus prometidas, y su noviazgo es sobre todo epistolar. Pero, además, —y esto es lo más importante— ve el matrimonio como el fin de su carrera de escritor; no se puede imaginar casado y escribiendo. Estando enamorado pero libre, escribe; puede dar rienda suelta a su pasión que es la literatura: «Por eso, con tembloroso temor, protejo la escritura de toda perturbación, y no únicamente la escritura, sino la soledad que forma parte de ella». Hasta los que consideraba sus maestros literarios habían sido solteros y lamentaba que Dostoievski se hubiera casado.
En resumen, podemos decir que a Kafka como escritor lo configuró la amalgama de un padre con una imponente personalidad, la angustia de un trabajo de oficina con un horario rígido, y una malograda relación amorosa debida a su temor al matrimonio. Si Franz Kafka se hubiera desvinculado de su familia, si hubiera abandonado su burocrático empleo o si se hubiera casado, nunca habría existido Kafka.


Pero deseo hacer una reflexión más. ¿Cómo se explica que un oscuro escritor de la capital de Bohemia que únicamente ha conseguido publicar algunos cuentos en vida y que muere a los cuarenta años, haya pasado a ser una figura tan trascendental en la historia de la literatura?, ¿cuántos como él nos hemos perdido —nada más que en toda Europa— en los últimos cien o doscientos años? Conocéis la respuesta ¿verdad? Los restos de Franz Kafka yacerían en su tumba del cementerio de Strasnice Kewosj de Praga y nadie sabría nada de él, sus obras nos serían totalmente desconocidas y nada nos parecería hoy kafkiano de no ser por su amigo Max Brod que se negó a cumplir su voluntad y quiso que el mundo lo conociera.    
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(1) Naranjo, Claudio: Carácter y neurosis
(2) Begley, Louis: El mundo formidable de Franz Kafka
(3) Hayman, Ronald: Kafka, biografía


miércoles, 4 de julio de 2012

Día Sesenta y cuatro: La metamorfoseante y siempre nebulosa mente de Kafka

«Al despertar Gregor Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto. Hallábase echado sobre el duro caparazón de su espalda, y, al alzar un poco la cabeza, vio la figura convexa de su vientre oscuro, surcado por curvadas callosidades, cuya prominencia apenas si podía aguantar la colcha, que estaba visiblemente a punto de escurrirse hasta el suelo. Innumerables patas, lamentablemente escuálidas en comparación con el grosor ordinario de sus piernas, ofrecían a sus ojos el espectáculo de una agitación sin consistencia».
   ¿Se puede comenzar a leer una historia tan alucinante y extraña cual parece ser esta y no seguir leyendo? Como la mayoría conoce o intuye se trata de su más célebre novela La metamorfosis. La escribió con veintinueve años a finales de 1912, pero él no le dio demasiado valor: «Gran aversión a Metamorfosis. Final ilegible. Imperfecta casi hasta la médula. Habría quedado mucho mejor si no me hubiera interrumpido por entonces un viaje de negocios...». Y es que, afortunadamente, Kafka dejó diarios y muchas cartas; aunque..., estos diarios y cartas nos hayan confundido a la mayoría.
Entremos en materia: «Estoy hecho de literatura, no soy ni puedo ser otra cosa». Sí; sí era otra cosa además de literatura. Como está reconocido hoy día, Kafka fue sobre todo miedo y deseo.
La imagen que Kafka nos ha transmitido con su obra —cuyo tema fundamental y constante es la culpa y la condena, una obra en la que todos los protagonistas sufren situaciones inconcebibles e inexplicables—, esa imagen junto con la que de él nos transmiten sus diarios y cartas ha llegado a nosotros envuelta en un aura de misterio. «Toda la vida de Kafka fue una serie de vacilaciones sobre el proceso de condenarse a sí mismo y de ejecutar la sentencia»(1).
Palabras comunes a esa imagen y que a menudo se repiten en boca de él o de sus personajes nos pintan un hombre sometido a represión y con un constante temor. Un hombre dominado por una perseverante angustia, abrumado por el sin sentido, torturado por mil ansias, atormentado, inseguro, que se siente ridículo y que sufre el autodesprecio, acobardado y lleno de repugnancias, encastillado en la introspección, compungido, avergonzado, saturado de culpabilidad y sumido en la frialdad, en la reserva y en el retraimiento... Y aunque de todo eso hubo en su personalidad, lo que verdaderamente predominó en su siempre transmutante mente velada a los demás fue el deseo y el miedo.
En sus diarios y cartas Kafka se lamenta continuamente. No lo olvidemos: es un continuo lamento. Se queja de su familia, especialmente del padre que nos aparece pintado como un ogro: «La sóla visión de aquellos de quienes procedo me llena de consternación (...) La vida es sencillamente terrible». Considera fastidioso su trabajo que no le deja escribir: «Mi trabajo se me hace insufrible porque entra en conflicto con mi único deseo y mi única vocación, que es la literatura»; «...perder seis horas al día (...) es una doble vida espantosa...» Su vida amorosa, a la que le dedica cartas y más cartas, es otro motivo de queja y desazón: «El sexo sigue corroyéndome, me acosa día y noche, para satisfacerlo tendría que vencer el temor y la vergüenza y probablemente también el dolor»; «Me comprometí dos veces (si se quiere, tres; es decir, dos veces con la misma joven), y las tres veces rompí el compromiso pocos días antes del casamiento». Y, finalmente, él mismo se siente repulsivo externa e internamente: «¿Cómo es posible, Milena, que todavía no sientas temor o repugnancia hacia mí o algo parecido?»; «Si me faltara un labio superior aquí, un lóbulo de oreja allá, una costilla acá y un dedo acullá, si tuviera claros de calvicie en la cabeza y picaduras de viruela en la cara, todo ello no sería aún un correlativo físico adecuado de mi imperfección interna».
Pero no nos engañemos. La vida de Kafka no fue ninguna tragedia; él la hizo trágica o la sintió inexplicablemente trágica. Y ello lo sabemos cuando leemos las biografías que sobre él se han escrito —incluida la de su mejor amigo Max Brod— por las que conocemos un Kafka que vive con su familia hasta los treinta y dos años porque a él le da la gana; que ríe, se lo pasa bien y se divierte con sus amigos; que nada, rema, juega al tenis, conduce motocicletas y sube a caballo; que juega al billar y holgazanea; que acude a los burdeles y a toda clase de espectáculos y hasta lleva prostitutas a hoteles; que veranea en multitud de sitios; que se enamorisquea con una frecuencia pasmosa; que viaja frecuentemente por placer o como ejecutivo del Instituto de Seguros en el que trabaja, donde tiene un horario reducido y cómodo (que él se ha buscado) al tiempo que goza del aprecio de sus superiores. Si realmente hubo una gran tragedia en su vida esa fue su tuberculosis; ni siquiera lo fue el ser judío.
Kafka se estuvo debatiendo constantemente entre el miedo y el deseo. Kafka es un constante quiero... pero no; no se atreve. Se promete en matrimonio varias veces y otras tantas se echa para atrás. Duda, todo le abruma, malgasta el tiempo y lo reconoce; él desearía disponer de todo el tiempo del mundo para escribir..., y seguiría dejando todo inacabado tal como lo dejó. Dice que «...escribir es para mí lo más importante del mundo...», y desea escribir una obra que como a Mann le dé una independencia económica para dedicarse exclusivamente a la literatura, o que su progenitor le proporcione una autonomía financiera como la que disfrutó Flaubert para lo mismo, —y he citado a ambos porque se contaban entre sus ídolos. Quiere casarse, pero lo ve un inconveniente por la sujeción a otro ser, la lógica descendencia y su trabajo de escritor, y no se casa. Kafka desea y teme constantemente; ese fue su gran dilema. Rodeado de amigos con verdaderos problemas y menoscabos en sus vidas, la suya es la más confortable; pero él nos magnifica de una manera atroz sus pequeñas cuitas y sus insignificantes pesadumbres haciéndolo hasta extremos inconcebibles. Kafka se siente torturado, condenado.
Quizá en eso, en una cierta clase de expiación que fue su vida, haya que basar la gran originalidad de su obra que posiblemente queda resumida en el título de una de sus novelas, la cual escribió de una sentada desde las diez de la noche hasta las seis de la mañana del día siguiente: La condena. Este título lo dice todo; por su cobardía ante el acontecer diario Kafka «está condenado a sentirse condenado» sin saber la razón, y por ello es capaz de «tratar con toda naturalidad en sus obras de ficción sucesos que cualquier lector sabe que son improbables o directamente imposibles»(2): «existe un gran fuego a punto para todas las cosas, para las más extrañas fantasías...» De ahí El proceso, El castillo, En la colonia penitenciaria, La metamorfosis, Un artista del hambre..., todos ellos relatos fantásticos y crueles. «¿No te produce placer exagerar lo doloroso todo lo posible? le escribe a Grete, uno de sus tantos amores. Y, ¿no es eso lo que hizo Kafka no sólo con sus personajes sino con sus supuestas «tragedias»?, o sea: su padre, las mujeres, su trabajo, la literatura, su indolencia... A Milena, otra de sus amantes, le escribe: «Sí, la tortura tiene muchísima importancia para mí; mi única ocupación es torturar y ser torturado». Y la verdad que lo consiguió. Se torturó él mismo y consiguió torturarnos a todos los que leemos sus relatos.
Volvamos por ejemplo a la obra con la que comenzamos: La metamorfosis. Él mismo ya había experimentado la angustia de ser un insecto: «Mientras estoy en la cama, tengo la forma de un gran escarabajo, un ciervo volante o un abejorro, creo... Luego finjo que hay que hibernar, y aprieto mis patitas contra mi cuerpo panzudo...» Contemplamos ahora a Gregor, un viajante de comercio del que dependen sus padres y su hermana, que trata de reanudar esa mañana su vida normal: empaquetar el muestrario, coger el tren... Nada de eso le es ya posible; como escarabajo vivirá sólo meses; se arrastrará por el suelo del dormitorio, o adhiriéndose a las paredes con sus patitas pegajosas alcanzará el techo al tiempo que espanta a todos con su visión y con su insoportable olor... Kafka es minucioso haciéndonos ver todos los detalles de la nueva vida del gigantesco y repelente Gregor. Kafka nos infunde angustia a pesar de la rareza y extravagancia de la historia. Y, sin embargo, refiriendose a esta obra escribe: «Llegué al delirio leyendo mi relato. Pero al final nos dejamos llevar y nos reímos a base de bien». Y no sólo de ese terrorífico argumento. Escuchemos a su amigo Max Brod: «...nos reíamos a mandíbula batiente la primera vez que nos hizo escuchar el capítulo uno de El proceso. Y él mismo se reía tanto que había momentos en que no podía seguir leyendo. Lo que no deja de resultar asombroso, si se considera la terrorífica seriedad de ese capítulo».
¿Pero qué extraña y veleidosa mente albergaba el cerebro de Kafka?; ¿cómo se concibe ese desternillarse de risa con su miedo constante?: «...sentí tanto miedo que gustosamente me hubiera escondido debajo de la mesa»; «Pero no sólo es pereza sino miedo...»; «El miedo a la unión, a dar el paso...»; «Desde entonces tengo diez veces más miedo a caer enfermo...»; «Todo ello hacía que yo notara aún mi miedo...»; «Pero luego está el miedo a la espantosa comida obligatoria...»
   Hay mucho que hablar de Kafka.

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(1) Hayman, Ronald: Kafka, biografía
(2) Begley, Louis: El mundo formidable de Franz Kafka