lunes, 4 de marzo de 2013

Día Noventa y cuatro: Hablábamos de Voltaire...


Hablábamos de Voltaire y aún nos quedan por abordar tres interesantes aspectos para terminar con él. Sucintamente, no quiero abandonarlo sin haber indagado algo en su contradictoria personalidad y cual pudo ser su germen, tampoco sin dejar de analizar y entender las causas de su vertiginoso acceso a la notoriedad como escritor y, finalmente, examinar sus relaciones con Rousseau y comprender los posibles motivos de su mutua enemistad. 
    Son tres cuestiones que entiendo merecen la pena; se diría que en ellas hay hasta algo de intriga o misterio.

     Han sido varias las plumas autorizadas, en cuanto a hablar sobre Voltaire, las que se han preguntado por sus años de infancia y adolescencia conjeturando que en ellos reside en todo o en parte el origen de su personalidad. Precisamente esos años que él, tan reservado en su intimidad, los cubrió también bajo una sombra ocultando cualquier aspecto familiar. Y es que en ellos se producen sucesos y se dan circunstancias capaces posiblemente de influir en la configuración de un carácter.
Françoise-Marie Arouet nace seis años antes de que comience el siglo XVIII. De la numerosa familia que su padre engendró nos interesan tres de los hermanos que sobrevivieron bastantes años al resto. Dos son varones y él es el más pequeño; el mayor Armando, que le lleva diez años, ha sido educado en el jansenismo por voluntad de su padre, mientras que Françoise-Marie es educado en un elitista colegio de jesuitas; no hace falta que señalemos que la rivalidad y el antagonismo entre jansenistas y jesuitas era en aquella época exacerbado. ¿Por qué esa extraña decisión de aquel adinerado notario que ha enviudado cuando nuestro futuro Voltaire cuenta siete años? De su madre no sabemos una palabra a pesar del vacío que pudo dejar en él; si de ella guardaba algún tipo de recuerdos nunca lo exteriorizó. Con su padre sabemos que las relaciones no pudieron ser peores hasta el punto de que pensó encerrarlo en la cárcel —algo que como menor que era podía hacerse entonces— o enviarlo a las Américas.
La contienda comenzó cuando Voltaire, tras estudiar Derecho durante tres años por decisión de aquel, decide que quiere dedicarse a las letras. El notario Arouet trató de impedirlo por todos los medios, con lo cual «vio siempre en su hijo una fuente constante de sufrimientos».(1) Lo desheredó y dejó su fortuna a su hermano —la hermana ya había fallecido— excepto una pensión que a él le asignó; ¿por qué con frecuencia daba Voltaire a entender que él era un hijo bastardo?
Pero, ¿y el hermano?; se convirtió en un fanático jansenista que hasta tomaba parte en los sucesos del cementerio de Saint-Médard en el que había sido enterrado un sujeto de vida muy ascética (Françoise de París) que se decía hacía milagros. Fue su hermano Armando, con el que jamás tuvo relación alguna, uno de los poseídos que allí experimentaban convulsiones. Quizá la primera postura anticristiana de Voltaire fuera una rebelión anti-jansenista contra la creencia en un Dios severo y cruel y una vida dedicada al ascetismo. ¿No puede haber ocurrido que ello fuera el origen de todo aquel odio y rechazo al fanatismo y a la superstición religiosa de la que siempre hizo gala?
En una palabra: ¿mantuvo Voltaire durante su vida traumáticos recuerdos infantiles? Su madre muerta, su padre intolerante, su hermano «convulsionario», él desheredado desde muy joven..., ¿con la adopción de aquel seudónimo, cuatro años antes de morir su padre, no lo está rechazando? La renuncia a su apellido fue posiblemente una forma de liberarse para siempre de aquel.

Y sin querer, de paso, hablando de su seudónimo, nos hemos metido en el segundo aspecto. Observemos a nuestro hombre en ese famosísimo retrato que le hizo Largillière una vez salido de la Bastilla tras su primera «visita» a ella; precisamente acaba de cambiarse el nombre y ya firma como Voltaire. Tiene veinticuatro años y en esos momentos comienza su vertiginoso ascenso a la popularidad.
Bajo su enorme pelucón aparece delgado, tiene una nariz prominente y la barbilla destacada, su frente es desmesuradamente amplia, su mirada aparece ya sardónica o mordaz y su media sonrisa entre cómplice y burlona nos dice algo así como que ha llegado su hora. ¡Cómo no!, estamos en el año 1718 y por lo tanto hace ya tres que el Rey Sol, Luis XIV, ha dejado de existir. Con la regencia de Felipe de Orleans, hombre libertino, diríamos que se abre la mano y todo pasa a ser más licencioso puesto que el Regente es persona tolerante, algo que Voltaire aprovecha. Desde que a los veinte ha dejado de trabajar como pasante o escribiente de un notario, se ha lanzado decididamente a la vorágine frecuentando más aún los círculos libertinos y elegantes en los que ya se movía y que había conocido gracias a su padrino.
Es burlón, ingenioso, galante y atrevido, y se diría que rebelde puesto que le gusta la provocación. Versifica con increíble facilidad y es apreciado por su perspicacia y conversación; sus versos satíricos son los más apreciados y circulan de mano en mano; ello hasta que llega un momento en que unos referidos al Regente lo llevan a la Bastilla. A su salida le dedica su primera obra escénica en verso, una nueva versión de Edipo que allí ha escrito y que estrenada tiene un gran éxito, lo que le significa convertirse en el escritor de moda del momento además de una pensión que le otorga el mismo Regente. Acaba de triunfar a los veinticuatro años.
Hedonista y amigo del lujo, gustoso de la notoriedad, frecuentará a partir de entonces especialmente a la nobleza —le gusta—, y vivirá una existencia mundana y errabunda sin domicilio conocido. Tendrá relaciones y será huésped tanto de nobles como de la alta burguesía, alternará con ilustres desterrados y librepensadores nacionales o extranjeros y será amigo de artistas caídos en desgracia; también será compañero e invitado de viudas de la nobleza y otras grandes damas así como de poderosos que simpatizan con su gran desfachatez.
Dos mujeres y un hombre lo tratarán durante su vida más íntimamente que nadie. La marquesa de Châtelet, Émilie, con la que convivirá en su castillo varios años y cuya muerte le causará un gran dolor, Federico II de Prusia —«...respetable, singular y amable puta...»— con el que pasará allí tres años, y su sobrina Mariè-Luise, viuda, con la que cohabitará y mantendrá relaciones íntimas el resto de su vida. Pero todo ello, además de biografía resulta ser también un intrincado laberinto.

Hablemos mejor de sus relaciones con Rousseau, otra gran contradicción. Habría que decir que Voltaire fue acabando mal durante toda su vida con casi todos los que llegaron a conocerlo, y Rousseau no fue una excepción, aunque hay que recordar que el ginebrino comenzaba a ser ya impopular y sufría aquella paranoia persecutoria que lo hizo intratable.
Cuando Voltaire está más o menos en sus cincuenta y es un autor destacado, le es presentado un incipiente escritor dieciocho años más joven que él en un salón atestado de público. Rousseau lo recordará siempre porque años antes, leyendo aquellas sus tragedias y poemas muy del gusto de la época, comenzó a nacer su voluntad de dedicarse a escribir; consideraba entonces su estilo el de un gran maestro: «...me inspiró el deseo de aprender a escribir con elegancia».
Años después, tampoco para Voltaire es ya Rousseau un desconocido; se le llega a encargar que revise —poniéndole la música Rameau— una obra de Voltaire, La princesa de Navarra, que va a ser representada como una ópera en la Corte; ello origina una amistad epistolar con el maestro hacia el que todavía sigue teniendo una enorme admiración.
 Sin embargo las cosas pronto comenzarán a cambiar; ya cuando aparece el Discurso sobre las ciencias y las artes de Rousseau, Voltaire se muestra contrario a sus planteamientos; pero cuando Rousseau le envía un ejemplar de su segundo, el Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, Voltaire le responde aquello de «dan ganas de andar a cuatro patas cuando se lee vuestra obra». Desaparece su incondicional admiración y es el principio de las desavenencias
    En realidad son muy diferentes; sólo tienen en común sus frecuentes enfermedades de las que ambos se están siempre lamentando y diciendo que los llevan a las puertas de la muerte, además del mutuo rechazo a la superstición y a la intolerancia. Voltaire es urbanita y sensual, y Rousseau amigo del campo y gustoso de la sobriedad; aquel es partidario de una monarquía ilustrada y Jean-Jacques es republicano. Añadamos que la celebridad que Rousseau va consiguiendo no le sienta bien a Voltaire y no la tomará jamás en serio. Tenían que acabar chocando.
   Cuando Voltaire escribe el Poema sobre el desastre de Lisboa tras el funesto terremoto de 1755,  le envía un ejemplar del mismo a Rousseau, y es entonces él quién le pone los reparos. Encuentra inaceptables los planteamientos de Voltaire mostrando irreconciliable la catástrofe con la existencia de un Dios, y se lo hace saber. Aunque ello molesta a Voltaire y no le responde, la confrontación abierta comienza después cuando Rousseau interviene en una disputa epistolar que Diderot y d'Alembert mantienen contra Voltaire el cual pretende representar teatro en Ginebra; allí vive Voltaire, pero es la patria de Rousseau y tanto él como los rígidos calvinistas están contra la idea. Con aquella intervención Voltaire lo tiene por un declarado enemigo al tiempo que lo tacha de moralista hipócrita.
    Tienen ya sesenta y siete y cuarenta y nueve años respectivamente, y la famosa novela de Rousseau La nueva Eloísa es motivo de difamación por parte de Voltaire que escribe las Cartas sobre la Nueva Eloísa en las que cruelmente lo ridiculiza. ¡Pobre Rousseau que se siente incomprendido y perseguido!, «Os odio, —le escribe— puesto que así lo habéis querido», y ello hace que Voltaire piense de verdad que Rousseau ha perdido el juicio: «Es una pena. Se ha vuelto definitivamente loco» escribe a sus amigos.
   Rousseau no era ya sólo su rival sino su mortal enemigo, y procura por lo tanto hacerle el mayor daño posible; se trata de una «guerra» declarada. Un panfleto anónimo de ocho páginas circula contra Rousseau en el que entre otras cosas se denuncia que su enfermedad urológica es en realidad venérea, y que abandonó a sus cinco hijos en el hospicio; todo el mundo imagina que tras ello está Voltaire.
    Murieron en el mismo año con una diferencia de fechas de apenas dos meses; al longevo Voltaire que falleció de un cáncer de próstata, le faltaban seis meses para alcanzar los ochenta y cuatro años. Al final de su vida escribió: «el final de la vida es triste, el medio no vale nada y el principio es ridículo».
    Hoy sus restos descansan juntos. Tras la Revolución fueron llevados a la Cripta de la Iglesia de Santa Genoveva, hoy panteón de hombres ilustres donde reposan los dos enemigos a los que tanto les debe el mundo moderno.

    Y ahora la paradoja, o la contradicción final de Voltaire. Terminó sus días firmando las paces con la Iglesia durante una crisis aguda de su enfermedad tres meses antes de su muerte. Lo hizo mediante una retractación realizada ante un eclesiástico —se supone que determinada por el miedo a no ser enterrado en un cementerio cristiano— en la que acababa diciendo: «Si he escandalizado a la Iglesia, pido perdón a Dios y a ella».
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(1) Haydn Mason, Voltaire

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Nota: ignoro amigo lector si te ha pasado desapercibido algo que intencionadamente me propuse «tres días» atrás. Sencillamente tratar consecutivamente a Jane Austen y a Voltaire como dos «bichos raros» de esta colección de autores que hace dos años abordé. En ellos, tan diferentes entre sí pues únicamente las paradojas de sus vidas como escritores les une, no se dan las habituales circunstancias que concurren en prácticamente todos los anteriores.
Gracias.