jueves, 25 de abril de 2013

Día Noventa y nueve: Mill. Sobre la libertad y sobre su inconcebible amor


«Ningún hombre y ninguna sombra se mantiene en verdad viva 
más que mientras es realmente amada por algún ser en la tierra»

 
    No sin justificación elijo hoy este pensamiento de Stefan Zweig para comenzar a hablar de John Stuart Mill. Su sorprendente educación, su portentoso pensamiento y obra, junto con su increíble y descomunal amor a aquella mujer con la que de forma desasosegada compartió toda su existencia, hacen de este hombre genial un escritor digno, a más no poder, de ser tratado en estos transmutables apuntes. No podíamos permitirnos dejarlo fuera.
   Estamos hoy ante una figura difícil de encuadrar entre aquellos grandes de las letras sobre los que hemos ido recordando hechos, obras y palabras. En Mill diríamos que hay de todos ellos un poquito, algún rasgo; en él vemos sufrimiento, congoja, tenacidad, lucha, pasión, empeño..., pero más amor y devoción hacia el ser amado de los que quizás pudo haber en todos aquellos juntos.

   Gran parte de la vida de Mill transcurrió en la época victoriana; indudablemente ello ya le condicionó. Pero el hecho que en principio provocó en él una determinada respuesta que influirá toda su vida en su carácter y pensamiento, fue la insólita educación recibida. Aquel pequeño londinense nacido en el 1806 fue, casi se podría decir que desde ese mismo momento, el objeto sobre el que James Mill, su padre, experimentará como un aprendiz de brujo. John Stuart Mill resultará ser el fruto de los sistemas pedagógicos ensayados por su progenitor; alguien que nacido en la modestia había accedido a los estudios superiores dadas sus extraordinarias facultades intelectuales —ello es importante— gracias a las cuales había sido enviado a la Universidad de Edimburgo y ordenado Predicador de la Iglesia Escocesa, aunque jamás llegó a predicar.
Se encargó personalmente de su educación aislándolo de los demás niños y sometiéndolo a la más estricta disciplina. Sentado frente a su padre —«uno de los hombres más impacientes que ha habido»— en la misma mesa en la que aquel escribía la Historia de la India, consiguió que a los cinco años supiera griego y a los ocho aritmética y latín el cual tuvo que enseñar además a sus hermanos. «De los ocho a los doce años —dice en su autobiografía— aprendí con detalle Geometría elemental y Álgebra, el Cálculo Diferencial y otras partes de la matemática superior...»
¿Cuál podría ser el coeficiente intelectual del joven John? Aunque él razonaba que «...en lo que se refiere a dones naturales, estoy por debajo, no por encima, de la media normal» (algo poco creíble) de esta experiencia pudo resultar un monstruo o una ruptura con su estricto padre. Pero no; «John Mill poseía al cumplir los doce años los conocimientos de un hombre de treinta excepcionalmente erudito. (...) Su padre no dudaba del valor de su experimento. Había conseguido producir un ser excelentemente instruido y perfectamente racional»(1), y se diría que con una mente lógica y clarividente junto con una capacidad de pensamiento singular, aunque..., castrado de sentimientos y emociones. Esa falta de afecto y emotividad le llevará a sufrir ya adulto terribles crisis en las que contemplará el suicidio. A los veinte años: «Me encontraba en un estado de depresión nerviosa (...) sin poder experimentar sentimientos alegres o placenteros de ningún tipo», al tiempo que cada vez eran más frecuentes «...mis más largas recaídas depresivas». Conseguirá salir de esa etapa leyendo poesía por primera vez en su vida, puesto que a su padre sólo le había gustado «poner en mis manos libros que trataran de hombres con energía, capaces de enfrentarse a circunstancias poco comunes, y luchar y vencer ante las dificultades», ello además de que «...tenía que darle cuenta minuciosa de lo que había leído, y responder a sus numerosas e inquisitivas preguntas».
Lo superó; nunca le faltó como veremos aquella energía necesaria para enfrentarse a circunstancias poco comunes. La primera de esas circunstancias le sobrevino pronto, fue desde el momento en que conoció a la persona que le influirá por el resto de su vida aún más que su padre, y a la que dedicará «la más absoluta adoración durante casi medio siglo»(2). Se trataba de una casada con niños, «...la más valiosa amistad de mi vida», a la que conoció durante una cena en la casa de ella «...en 1830, cuando yo tenía veinticinco, y ella veintitrés años». Durante los veinte siguientes Mill se verá envuelto en un ménage à trois de lo más extraño que se pueda uno imaginar. La admiración y el enamoramiento entre John Stuart Mill, empleado gracias a su padre en la East India Company, y Harriet Taylor, una joven intelectual casada con el propietario de un productivo negocio de almacenamiento y venta de salazones y doce años mayor que ella, fueron mutuos e intensos desde aquel primer encuentro.
Tratando escrupulosamente por todos los medios de no deshonrar al señor Taylor —algo que no pudo conseguirse—, comenzaron a sucederse una relación de hechos y acontecimientos que aunque siempre los llevaron a cabo en forma platónica, inevitablemente escandalizaron a la sociedad de su tiempo. Veinte años de visitas (que en cierto momento tuvieron que ser interrumpidas), cartas, notas, encuentros furtivos, incluso largas estancias solos en Francia e Italia autorizadas por el esposo y a veces llevando ella consigo a su tercera hija —no olvidemos que él conservó siempre su puritanismo y ella la fidelidad hacia su esposo—, veinte años en esta situación, decíamos, acabaron llevando pronto a Mill a sufrir importantes daños no sólo en su sistema nervioso sino en toda su salud; nuevas depresiones, lesiones en su aparato digestivo y, finalmente, principio de tuberculosis. Aunque no achacable a aquella situación se le fracturó también una cadera debido a una caída la cual lo dejó incapacitado durante varios meses y, lo que fue peor, sufrió la pérdida de la visión debida a los emplastos de belladona que se le aplicaron —aunque acabó finalmente recuperándola. Todo lo sufrieron estoicamente hasta que el señor Taylor ya sexagenario acabó muriendo de cáncer. No obstante, durante los dos meses que duró la agonía, Harriet ejerció con entrega y total dedicación el papel de enfermera y acompañante al lado de su esposo.
Tras un espacio de tiempo razonable contrajeron matrimonio. Se produjo entonces uno de «los acontecimientos más importantes» de su vida privada. El primero de estos fue mi matrimonio, en abril de 1851, (...) durante siete años y medio pude disfrutar de aquella bendición. ¡Durante siete años y medio solamente!». Así fue; Harriet acabó también enfermando de tuberculosis, y, buscando un lugar apropiado para combatirla se dirigieron al sur de Francia. En ese viaje tuvo lugar «...la muerte de mi esposa, en Avignon, camino de Montpellier». En aquel lugar, Avignon, «Compré un "cottage" lo más cercano posible al lugar donde ella está enterrada, y allí, su hija y yo, vivimos durante gran parte del año». También allí moriría él en 1873 a la edad de sesenta y siete años, la sobrevivió quince.
Pasó allí en realidad la mayor parte de aquellos quince años con la hija de ella como su colaboradora, venerando a su excepcional y adorada compañera y terminando de corregir y publicar lo que faltaba de su extensa obra. Entre otras cosas el último capítulo, el séptimo, de su autobiografía; ella ya le había revisado en vida cuidadosamente los seis primeros y aún parte de ese último. ¿Nos extraña? Pues bien, ello nos da ocasión de conocer su relación intelectual.

Para empezar diremos que en aquella joven casada a los veinte años con aquel hombre de negocios al por mayor, subyacía una progresista radical que llevaba una vida matrimonial en cierto modo fracasada. Harriet había realizado escarceos literarios sin éxito y, en sus escritos íntimos, en sus cuadernos de notas, diarios y poesía, había ido expresando su frustración. Mill fue su salvación; ¿qué fue lo que él vio en ella para que con tanta insistencia afirme en lo sucesivo, casi de una manera ridícula, que ella tuvo un peso excepcional en sus escritos? Escuchemos algunas de estas afirmaciones:
«Por encima de la general influencia que el espíritu de mi esposa tuvo sobre el mío, lo que hay de más valioso en estas obras producidas en colaboración provino de ella, fueron emanaciones suyas, no teniendo yo parte mayor en ellas que la que tuve encontrando ideas en otros escritores anteriores a mí, asimilándolas e incorporándolas luego a mi propio sistema de pensamiento»
«...puede decirse que todos mis escritos publicados son tanto obra mía como suya»
«...fui yo su discípulo tanto por el vigor y decisión de sus especulaciones, como por la cautela con que formulaba juicios de un orden práctico»
Su embeleso hacia esa mujer fue tal que cuando muere, tras siete años y medio de matrimonio, escribe de ella: «Mis objetivos en la vida son los que fueron los suyos; mis metas y ocupaciones son las mismas que ella compartía o con las que ella simpatizaba, y están indisolublemente asociadas con su persona. Su recuerdo es para mí como una religión, y el intento de ganar su aprobación es el criterio por el que trato de regular mi vida».
Entre todo lo que el pensador, escritor y político Mill nos dejó escrito, además de su excepcional Autobiografía, tenemos que detenernos en su trascendental ensayo Sobre la libertad, la obra más fundamental y reconocida y aún de plena actualidad hoy, además de en el pasado siglo, como al tiempo de su publicación en 1859. Pues bien, ese magnífico ensayo sobre «la naturaleza y los límites del poder que puede ejercer legítimamente la sociedad sobre el individuo», o en otras palabras el límite de «la dictadura de las mayorías sobre las minorías en una democracia» ¡no es enteramente obra suya!, tal como él mismo dice. Escuchémosle de nuevo:
«Por lo que se refiere al contenido, es difícil identificar qué parte o elemento en particular es más de ella que el resto. Todo el estilo de pensamiento de que el libro es expresión fue enfáticamente suyo»
«No hay en la obra ni una sola frase que ella y yo no revisáramos juntos varias veces, la diéramos mil vueltas y la expurgáramos cuidadosamente de cualquier falta, tanto de contenido como de expresión, que detectáramos en ella»
«Ninguno de mis escritos ha sido tan cuidadosamente compuesto ni tan escrupulosamente corregido como éste. Después de escribirlo dos veces, como de costumbre, lo conservamos con nosotros, y de cuando en cuando lo sacábamos y volvíamos a repasarlo de "novo", leyendo, ponderando y criticando cada frase».
¡Desconcertante! Si bien es cierto que ella estuvo siempre contra los convencionalismos de aquella sociedad los cuales para Mill se podrían enumerar como: «la abolición del privilegio y del abuso; la lucha contra la barbarie elitista, y también contra la barbarie popular; el reconocimiento de las dignidades básicas de los seres humanos, hombres y mujeres por igual; el universal derecho al sufragio; la abolición de la esclavitud y del racismo; la supresión del castigo corporal; el derecho al trabajo; el respeto a la legítima voluntad de independencia de los pueblos frente al centralismo colonialista; la extirpación del prejuicio»(2), algo que para él, como utilitarista que era, podría resumirse en aquella frase: «la mayor felicidad para el mayor número de personas», hemos de reconocer que nunca su esposa pudo tener en su pensamiento y expresión la superior preparación de Mill. En su juventud —en pocas palabras— su padre lo inició en el estudio de David Ricardo y Adam Smith; después pasó temporadas en Francia con el «padre» del Utilitarismo, Jeremy Bentham, y en su posterior preparación intelectual llegó a saber en profundidad de los principales pensadores anteriores y contemporáneos a él.
John Stuart Mill, para ir terminando, pudo estar deslumbrado por algo que en su esposa Harriet residía y que quizás tuvo que ver con aquella amputación de sentimientos, bondades y cariño que sufrió en su infancia y juventud bajo la «tutela» de su padre —en toda su autobiografía jamás hace mención a su madre. Pero «la mejora de la humanidad» que él de una manera idealista pretendió con sus escritos, se tuvo que basar indudablemente en su formación, clarividencia y discernimiento.
Despidamos a Mill trayendo aquí algunas citas suyas que con emoción fui guardando en alguno de mis morrales cuando lo leí:
«Aprendí como lograr lo más posible cuando no podía conseguirse todo; en vez de indignarme o desanimarme cuando las cosas no salían enteramente como yo quería, supe conformarme e, incluso, animarme cuando siquiera una parte mínima resultaba conforme a mis deseos; y cuando ni eso llegaba a alcanzar, aprendí también a soportar con absoluta calma la derrota completa».
Y más adelante: «...ese hábito de no aceptar como completas las medias soluciones a los problemas; de no abandonar nunca una dificultad, sino de volver una y otra vez a ella hasta clarificarla; de no dejar nunca sin explorar los oscuros rincones de ningún asunto, simplemente porque no parecen importantes; de no pensar que se ha entendido ninguna parte de un problema hasta haber entendido el todo».
«¡Cuánto que gozar en un mundo donde hay tanto que transformar, reformar, tantas injusticias que suprimir, tanto sufrimiento que eliminar, tanta belleza que construir!».
«Una mente cultivada encuentra motivos de interés perenne en cuanto le rodea. En los objetos de la naturaleza, las obras de arte, las fantasías poéticas, los incidentes de la historia, el comportamiento de la humanidad pasada y presente y sus proyectos de futuro».
«En un mundo en el que hay tanto por lo que interesarse, tanto de lo que disfrutar y también tanto que enmendar y mejorar, todo aquel que posea esta moderada proporción de requisitos morales e intelectuales puede disfrutar de una existencia que puede calificarse de envidiable».
Y como estamos en un blog literario no dejemos sin consignar un par de sentencias suyas relativa a este campo:
«Escribir para publicar no es tarea que pueda recomendarse como segura fuente de ingresos a una persona que esté llamada a hacer algo en el campo de las letras o en filosofía».
«Los que tienen que vivir de la pluma están obligados a depender de la esclavitud literaria, o, en el mejor de los casos, de obras que están dirigidas a las grandes multitudes; y sólo pueden dedicarse a escribir lo que verdaderamente quieren durante los pocos ratos libres que les quedan después de cubrir sus necesidades».
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(1) Isaiah Berlin, John Stuart Mill y los fines de la vida
(2) Carlos Mellizo, Prólogo y notas a la Autobiografía de Mill












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