domingo, 17 de febrero de 2013

Día Noventa y dos: La paradoja Austen; sentido, sensibilidad, orgullo...

Y no sólo una; se dirían que son varias las sorprendentes paradojas en la vida de Jane Austen; el fenómeno Austen está aún por explicar y ser entendido. Pero antes de nada procedamos a situar en dos palabras a Jane Austen en el espacio y en el tiempo.
   El espacio es Inglaterra y el tiempo el de la toma de la Bastilla en París. Tenía ella catorce años cuando se producía aquel trascendental suceso y vivía en una idílica ciudad campestre, Steventon, a noventa kilómetros de Londres en el condado de Hampshire.
   Tratemos de imaginar aquel escenario: grandes viviendas unifamiliares rodeadas de praderas; terratenientes, hacendados y aristócratas de segunda clase; vida provinciana en la que nunca pasa nada. Y allí, nada menos que junto a siete hermanos, ha estado viviendo durante veinticinco años esta muchacha (estamos justamente ahora en 1800) que no ha tenido otra educación que la recibida de su padre, el clérigo de la localidad. Es un hombre culto que junto con el ejercicio de su ministerio dedica parte de su tiempo a la enseñanza de los hijos de algunos de aquellos hacendados y pequeños nobles.
   Primera paradoja: esta chica tiene a esa edad escritas tres novelas además de otras obras juveniles menores. Las ha ido escribiendo en el cuarto de estar o salón de su casa por el que transita todo el mundo, porque no tiene otro sitio; y ello al tiempo de ayudar a su madre haciendo punto, cosiendo, bordando y dedicándose a las funciones propias de una joven en un hogar de esa época. Hoy, doscientos años más tarde, gracias a algunas de sus novelas consideradas excepcionales en el mundo anglosajón, Jane Austen figura entre los nombres más grandes de la novela inglesa.
   Lamento que esta introducción me haya resultado tan larga, pero confieso que no sabía cómo impactar al atrevido lector de estos apuntes para justificar el título y,... no sé si lo he conseguido.
  Virginia Woolf dijo de ella que: «De entre todos los grandes escritores, la grandeza de Jane Austen es la más difícil de captar», y de eso hace ya un siglo. Lo cual nos lleva a la segunda paradoja: a Jane Austen le editan su primera novela, una de aquellas tres —la tercera escrita— contando treinta y seis años y en forma anónima; pero, además, esa novela, Sentido y sensibilidad, se publica corriendo los gastos de impresión por su cuenta y con la condición de que si no se cubriesen los demás gastos inherentes a su publicación, las pérdidas debería asumirlas ella; no sucedió y se vendieron los mil ejemplares. Sin embargo, cuando Austen fallece seis años más tarde después de haberse publicado cuatro del total de las seis novelas que en su vida escribió, todavía sus lectores no saben cual es el nombre de la autora; las tres siguientes que vio publicadas —Orgullo y prejuicio fue la que siguió— aparecieron con la siguiente leyenda bajo su título: "By the author of Sense and Sensibility", todo ello en mayúsculas.
   Créaseme que podría intentar seguir desarrollando esta «entrada» de blog a base de paradojas, pero estimo que sería poco llevadero para el lector. Las irá descubriendo él mismo a medida que vayamos procediendo a bosquejar los rasgos principales de esta singular escritora, un caso notablemente atípico dentro del género novela.
   Para comenzar, en la vida de Jane Austen todo es... diríamos normal, por no escribir vulgar. Precisamente con esta palabra la identificó en 1813 Madame de Staël cuando Jane se negó a conocerla en Londres. Dijo entonces ella de Austen que sus novelas eran vulgares; que estaban «demasiado vinculadas a esa vida provinciana inglesa que ella detestaba por su estrechez y su aburrimiento, por su ensalzamiento del deber y por su anulación del ingenio y de la brillantez»(1) Y en esto último entrecomillado hay en parte algo de verdad, puesto que las novelas de Jane Austen tienen siempre un recorrido ajustado a unos determinados cauces y mantienen ciertos inamovibles elementos o ingredientes, entre otros: provincianismo, cumplimiento del deber, alta moralidad y falta de pasión.
Se ha señalado, para resumir, que en sus novelas Austen ignora el mundo del trabajo, el de las masas depauperadas de una Europa en plena Revolución francesa; que no hace referencia alguna a reformas sociales o políticas; no critica ni defiende aquella sociedad de su adolescencia que se está comenzando a derrumbar; los ilustrados ni se mencionan; de igual forma ignora el feminismo y cualquier derecho de la mujer, y sus personajes son clérigos, hacendados, aristócratas, militares y damitas que bailan el minué y que viven en una atmósfera idílica y feliz.
Por otra parte todas sus novelas están elaboradas de una manera concisa; transcurren en un entorno social y geográfico semejante y comprenden un periodo de tiempo no demasiado largo; la acción suele desarrollarse en residencias campestres de familias pudientes y de la mediana o pequeña nobleza; en ninguna se le crea al lector preocupaciones de ninguna clase al tiempo que el sentimentalismo no deja de estar siempre presente; con frecuencia un viaje corto contribuye en forma decisiva a la evolución de los acontecimientos, y en todas ellas hay una o varias parejas enamoradas que acaban en matrimonio. Con estas constantes se las ha llamado «novelas sobre casamientos», aunque nunca «novela rosa». Y, sin embargo, la autora nunca se llegó a casar a pesar de algunos enamoramientos que tuvo en su vida. «Jane Austen es un caso anómalo dentro de la novela universal. Puede que ningún otro novelista haya utilizado materiales tan limitados ni escenarios tan circunscritos».(2)
No obstante he de rectificar; hemos escrito en el párrafo anterior «todas sus novelas», las seis, y no es así. Paradójicamente, la primera, que posiblemente a los veinte años comenzó a escribir, La abadía de Northanger —curiosamente la última publicada y póstumamente— es una verdadera sátira contra la novela gótica (el gusto por los castillos, las ruinas, la oscuridad, lo arcano y el culto a la muerte) tan de moda a finales del XVIII; una sátira a la manera de la escrita por Cervantes contra los libros de caballerías, aunque aquí la protagonista es una damita y no un hidalgo.
De cualquier forma, ante Jane Austen nos encontramos frente al personaje totalmente opuesto al prototipo de escritor que hemos venido exponiendo en páginas precedentes. En su vida no hay sucesos aparatosos y dramáticos, se diría que casi no tiene biografía tal como decía Borges de Whitman; no hay grandes viajes en su existencia  excepto las cortas salidas a lugares cercanos; no hay pasiones, ni miserias extremas. Jane no siente el desasosiego ni se lo hace sentir al lector y, sin embargo, demuestra tener una fascinante imaginación en el ambiente rutinario en el que su vida se desarrollaba sin siquiera disponer de un lugar aislado para escribir, «una habitación propia» como diría después Virginia Woolf. La personalidad de Jane Austen desconcierta a sus biógrafos al ser una escritora a la que no la avala formación académica alguna —estamos ante un caso parecido al de Shakesperare— y que ni siquiera tuvo relación con escritor conocido ni con círculo de escritores alguno, ni personalmente ni por vía epistolar. Aún más, sus esfuerzos por publicar fueron los mínimos; da la impresión que era lo que menos le preocupaba teniendo habitualmente a su familia escuchándole la lectura de sus novelas, algo que al parecer les entretenía muchísimo.
A los treinta años no había intentado prácticamente convencer a ningún editor —al menos se ignora— de que escribía. Bueno, hubo una excepción en lo relativo a su primera novela que la envió a uno londinense que se la aceptó abonándole diez libras. Tenía entonces veintiocho años, y al no haberse llegado a publicar seis años después se la reclama, a lo cual aquel le propuso devolvérsela a cambio de las diez libras; ella no accedió. Si llegó a publicar posteriormente por primera vez, fue debido a uno de sus hermanos que residía en Londres y consiguió entrar en contacto con otro editor que aceptó la publicación de Sentido y sensibilidad en aquellas condiciones leoninas que hemos citado. En fin, ¿no es sorprendente toda esta serie de circunstancias?
Hemos también de mencionar que si algo perturbó su aparente y despreocupada existencia, ello fue la decisión de sus padres de abandonar Steventon cuando ella contaba precisamente veinticinco años; este es, paradójicamente, el periodo más negro de su existencia si exceptuamos el de su fin. Le afectó ello hasta tal punto —quizás también las dificultades económicas de la familia, la muerte del padre y la falta de perspectivas matrimoniales— que durante casi diez años, hasta su nuevo y definitivamente asentamiento a veinte kilómetros de su primitivo hogar, ahora en Chawton, en otra casona de esa localidad, no reanudó sus escrituras; ello a pesar de seguir compartiendo dormitorio hasta su muerte con su única hermana Cassandra. Con su sempiterna cofia en la cabeza tal como aquella la pintó en dos ocasiones, Jane seguirá haciendo una vida similar a la de Steventon y escribirá las tres siguientes novelas. Póstumamente le serán publicadas la primera que había escrito en su vida y la última; ambas al fin con su nombre.
Y, para finalizar. ¿No es otra gran paradoja que tenga que llegar prácticamente el siglo veinte para que Jane Austen pueda ser conocida?, ¿y, más todavía, que a finales del mismo —se diría que en su última década— se produzca una austenmanía gracias al cine y al fenómeno de los medios de comunicación?
Jane murió joven, a los casi cuarenta y dos años, la edad de los poetas malditos, pero no a causa de los excesos, las drogas, el alcohol, el láudano o las tazas de café. La causa  fue una enfermedad entonces desconocida.
Aquella menuda Jane Austen, cuyos múltiples retratos que nos han llegado proceden precisamente de uno de aquellos dos que su hermana le hizo, aquella joven que «desconocía las pasiones» y «era una mujer muy incompleta» acerca de la cual «La mayoría de la gente encontraba sus obras insulsas y banales, faltas de colorido y carentes por completo de aventuras e interés»(3) tuvo, a pesar de todo, después de su fallecimiento, un primer y gran reconocimiento en las palabras de Walter Scott: «El talento de esa joven para describir las relaciones, los sentimientos y los personajes de la vida corriente es, para mí, lo más maravilloso que he conocido»
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(1) Claire Tomalin, Jane Austen
(2) Pilar Hidalgo, Lecciones de Literatura Universal
(3) James E. Austen-Leigh, Recuerdos de Jane Austen

 

 

 

 

 

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