viernes, 17 de junio de 2011

Día Veintidós: Sobre la denominada literatura de la memoria (y dos)

Divagábamos el día anterior sobre la importancia y el sentido de los diarios de un escritor; hoy me gustaría dar fin al tema general del título elucidando algo sobre las memorias y la autobiografía.
     Ante todo creo que deberíamos hacer una distinción entre ambas. Entiendo por Autobiografía, con mayúscula, la narración más o menos ordenada en el tiempo de la vida de una persona contada por ella misma; y entiendo por Memorias, también con mayúscula, la exposición no precisamente cronológica de los recuerdos de todo tipo que alguien tiene sobre lo vivido a lo largo de su existencia o en un determinado período de tiempo. Hago esta observación porque, no obstante, ambos términos suelen confundirse con frecuencia o utilizarse indiscriminadamente. Por ejemplo, las Memorias de ultratumba de Chateaubriand son para mí una autobiografía por más que su autor les diera el título de memorias, y Desde la última vuelta del camino son unas memorias donde Baroja desordenadamente desgrana recuerdos, habla sobre personas que ha conocido, enuncia creencias, manifiesta pensamientos y relata avatares de su existencia. De cualquier forma, ambas, tanto las Memorias como la Autobiografía -sin olvidarnos de las Confesiones- lo que sí tienen en común es que mientras se escriben se está rumiando el pasado. Es aquello que Ortega dejó dicho: "Las Memorias son un síntoma de complacencia de la vida. No basta con haberla vivido, sino que gusta repasarla. (...) Memorias y novela son dos maneras gemelas de acariciar la existencia".
     Ciñéndonos a este mismo asunto he de decir que aunque no puedo precisar donde lo he leído, tengo anotado que Oscar Wilde escribió algo parecido a que "de los escritores fracasados de calidad secundaria se podría extraer la importante aportación estética de que su vida era una gran obra literaria". Claro que, digo yo, siempre que esa vida hubiera sido bien escrita. Pero ello, sin embargo, está muy en consonancia con aquello que puntualizó Baroja: "La altura intelectual no creo que produzca que unas Memorias sean interesantes para el público. La vida de Shakespeare, la vida de Cervantes, la de Dickens o la de Tolstói son poca cosa al lado de su obra. En cambio, de escritores sin importancia, la obra puede valer poco, quizá; pero, en cambio, la vida puede tener interés si está contada con ilusión y sencillez". Ahora sí tiene más sentido lo de Wilde y, además, anima a cualquiera a contar su vida.

     Y, sin embargo, la autobiografía ha sido tildada de escritura de chochez, lo propio de la senectud, obra cercana a una percepción de la muerte, quizás de un ponerse más plumas, también de un ajuste de cuentas con sujetos del pasado o de un pedir al lector su beneplácito... A mí me gustaría quedarme con aquel aserto de Georg Misch de que "el más importante entre los impulsos hacia la autobiografía es el de la meditación del hombre sobre sí mismo y sobre el mundo" (1), aunque ello nos parezca demasiado elevado.
     Pero tan profundo o más que este enunciado es el de aquellos pensadores que han coincidido en otra faceta o, quizás mejor, propósito de la autobiografía o las memorias: el de transmitir saberes y conocimientos. Bertrand Russell, el cual nos dejó la suya, pensaba que "Los hombres nacen y mueren. Algunos apenas dejan rastro, otros transmiten algo bueno a los tiempos futuros. El hombre cuyos pensamientos y sentimientos se han ampliado gracias a su conocimiento de la historia deseará transmitir, en la medida en que le sea posible, lo que sus sucesores juzgarán que ha sido bueno". Y esto mismo lo viene a corroborar Ortega: "Da pena evaluar la cuantía inmensa de conocimientos sobre sus próximos y contemporáneos que las generaciones últimas se han llevado inexpresos a la tumba. (...) ¡qué admirables noticias podrían habernos dejado sobre su alrededor humano, sobre las personas con quienes vivieron, las mujeres a quienes amaron, los contrincantes con quienes combatieron! Cuando uno sopesa el volumen de saber que posee sobre las gentes que han intervenido en su vida, aterra la pérdida del que debieron atesorar esas egregias figuras. (...) Pero sea una u otra la porción de ese saber que nos haya sido concedida, da pena llevársela muda a la sepultura, da pena no dejarla para los demás y para siempre dicha. (...) Por eso pienso que todo hombre capaz de meditación debiera añadir a sus libros profesionales otro que comunicase su saber vital. (...) Lo primero sería meditar sobre qué forma de expresión fuera la más adecuada: ¿el diálogo?, ¿las memorias? o, por ventura, ¿la novela?"; y es curioso que para él no exista  gran diferencia entre estas formas de expresión: "Las Memorias o su sustituto la novela en que contamos nuestra vida, se proponen, en definitiva, salvar ésta, evitar su absoluta volatización".
       Hay que decir, sin embargo, que él, Ortega, no nos dejó ni memorias ni autobiografía; sería porque su "saber vital" lo fue dejando en sus obras. Y, a propósito: viene muy a mano mencionar ahora la razón por la cual en estas breves notas literarias aparecen con tanta frecuencia numerosas citas de él, de José Ortega y Gasset. Y es que posiblemente escritor alguno se haya dedicado a reflexionar y profundizar en tanto y tan variado tema como él hizo. Yo diría que muy pocas materias quedaron al margen de su atrevida y magistral pluma como filósofo, escritor, articulista o conferenciante. Habría que decir que Ortega se  atrevió a escribir sobre lo más diverso y heterogéneo del Universo, pero muy en especial -creáseme- sobre literatura. No en vano ésta le atraía en un grado singular y él por lo tanto había dedicado muchas horas a leer a todo prestigioso autor entonces conocido: "¡Pues no faltaba más sino que en mis lecciones no hubiera literatura!".

     Creo que tanto la autobiografía como las memorias, siempre que se ciñan a eso, a contarnos vivencias y pensamientos, pueden sernos de un valor incalculable y, al tiempo, un esparcimiento de lo más placentero; y ello independientemente del interés que en nosotros despierte el autor y nuestra curiosidad sobre él. Pero insisto y matizo en que "siempre que se ciñan a eso, a contarnos algo" porque personalmente siento cierto desencanto en la lectura de aquellas en las que el autor nos presenta cartas escritas o recibidas por él o incluso por sus familiares y amigos, y a veces hasta nos incluye copias de textos y documentos relativos a su existencia; algo también muy común.
     A diferencia de Bernard Shaw el cual pensaba que en toda biografía se mentía, Schopenhauer había dejado escrito cien años antes que no creía que fuese así. En Parerga y paralipómena explicitaba: "Es un error suponer que las autobiografías no son más que engaño y fingimiento. Por el contrario, la mentira, aunque posible en todas partes, es quizás más difícil en ésta que en otra alguna. (...) En estos libros es donde más pronto se aprende a conocer a un escritor como hombre, (...) fingir en una autobiografía es tan difícil que quizás no haya una sola que no encierre más verdad que cualquier otra historia escrita".

     Debo finalizar: "Escribir la propia vida en novela, o en autobiografía o en memorias es leer la propia vida -dice Umbral. No hay forma más profunda de que nos leamos a nosotros mismos. (...)  Creo que -los que escribimos- no hacemos más que contar nuestra vida: el que diga que hace otra cosa, miente. (...) Los grandes escritores no hicieron otra cosa".
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(1) Misch: Historia de la autobiografía  

lunes, 13 de junio de 2011

Día Veintiuno: Sobre la denominada literatura de la memoria

Todo escritor es esencialmente memoria: autobiografía, diarios, vivencias, sucesos de su vida...; se dice que la misma novela es literatura de la memoria. ¿Es ello cierto? He considerado que podía ser atractivo hablar sobre este tema tras haber sido mencionado en la última "entrada".
     Sobre este género de literatura se ha dicho de todo: que no es literatura; que se trata de literatura en decadencia; que es un gran tipo de literatura; que es tan sólo una salida fácil para el escritor sin ideas; que supone un esfuerzo psíquico y literario muy exigente y a veces titánico; que la verdadera biografía de un escritor son sus obras de creación; que todo escritor debería atreverse con su autorretrato.
     Lo cierto es que han sido muy pocos los escritores que no quisieron o no se atrevieron ni decidieron abordar este tipo de escritura: tanto los diarios como la autobiografía o sus memorias. Se diría que tan sólo una minoría de ellos.

     Comencemos por los diarios:
     Mann, Thomas Mann por ejemplo, era uno de los que llevaba diarios; primero de todo hay que señalar que la versión de los que escribió se estima que ocuparía más de ocho mil páginas. Los publicados, sin embargo, -al menos los conocidos por mí- comprenden tan sólo dos volúmenes y van desde 1918 a 1939. En mi opinión son unos diarios minuciosos y sinceros; ¡conocemos hoy mediante ellos tantas cosas sobre este gigante de la literatura! A través de esos diarios nos enteramos de infinidad de detalles que jalonaron su vida tanto en su faceta literaria o simplemente como persona. Desde que acostumbraba a escribir sus manuscritos sobre papel rayado con renglones muy separados para así poder efectuar con holgura las revisiones -Darwin también lo había hecho- hasta que a veces dictaba capítulos enteros de sus novelas en la "oficina de estenografía", y ello sin olvidar a los autores que está leyendo -o posiblemente volvía a leer- a los sesenta y tres años: Tolstói, Bernanos, Dostoievski... ¡Goethe, al que pensaba suceder!
     Pero sorprendentemente Mann nos descubre también en ellos mucho sufrimiento y desdicha, o aquel "alimento de los héroes" al que se refería Borges. Oculta tras una vida en aquellos años aparentemente envidiable y apasionante, la mayor parte de ella transcurrida en Norteamérica, una vida de viajes, de una actividad literaria y social inusitada -triunfo literario, amigos, ensalzamiento por su oposición al nazismo, laureado con el Nobel, exilio voluntario, conferencias, ruedas de prensa, agasajos, admiración y respeto-, oculta tras esa vida, como digo, Mann nos confiesa su otra existencia con enormes depresiones, con sus angustias y sus náuseas. No omite confesar que llora frecuentemente a solas arrastrando su problema de homosexualidad el cual su mujer conoce y soporta, y al que se refiere a menudo en esos diarios.
     Hemos citado al gran Goethe; pues bien, escuchémosle: "El legado más útil que podamos dejar a la posterioridad son nuestras confesiones, hemos de descubrirnos como individuos, hemos de decir lo que pensamos, lo que creemos...". Mann le hizo caso, aunque he de puntualizar que sus Diarios y anales, los de Goethe, me decepcionaron; en ellos no se descubre ni dice lo que piensa ni en lo que cree, se limita a relatar como un notario, año tras año, los hechos desnudos, sin pulso ni pasión, que le vinieron sucediendo. Otra cosa es su autobiografía publicada bajo el título Poesía y verdad, aunque lamentablemente tan sólo relativa a su juventud y poco confesional.

     A mí me gustaría añadir aquello de Umbral acerca de que "El buen lector casi siempre se busca a sí mismo en los libros que lee; entonces, donde mejor se puede uno buscar a sí mismo es en el diario íntimo de otro escritor"; si ello es cierto, si de alguna forma mediante la lectura nos buscamos a nosotros mismos, creo que no deberíamos despreciar nunca el diario de un hombre de letras.
     Siempre he pensado que eso de escribir diarios -algo que siempre nos ha sonado a actividad de colegiala- es algo así como ir metiendo cosas, sin darnos cuenta, en la "papelera de reciclaje" del ordenador. Todo lo que vamos "eliminando" en la vida cotidiana mientras la vivimos se nos va quedando en los diarios que vamos escribiendo. No se olvida definitivamente de esta forma un autor, un pensamiento, un libro, un suceso que intensamente nos haya afectado. Creemos que lo hemos "borrado" de nuestra memoria pero siempre nos queda esa "papelera-diario".

     Por algunos intelectuales se ha considerado que el diario no pertenece al género memoralista al que estamos llamando literatura de la memoria. Se fundamentan en que aquellos, los diarios, no han sido escritos después de sucedidos los hechos. No sé...; yo siempre he entendido que forman parte de una misma familia. ¿Nos hemos parado a pensar que muchos escritores compusieron su autobiografía e incluso una gran novela a partir de sus diarios? Cansinos Assens, por ejemplo, mediante una gran labor posterior de reescritura elaboró a partir de unos diarios suyos La novela de un literato; pero son mucho más frecuentes los casos como este. Cuando estamos escribiendo una entrada en un diario estamos reflejando la realidad o circunstancia en la que nos encontramos: sentimientos, estado de ánimo, experiencias y, posiblemente, recientes y pasadas vivencias. Proust escribió que "Lo que llamamos la realidad es cierta relación entre las sensaciones y los recuerdos que nos circundan simultáneamente". ¿No se ha escrito hasta la saciedad que lo que persigue el escritor es comunicar "su verdad", "su minúscula pero íntima verdad"? ¿No son aquellas sensaciones y recuerdos su auténtica verdad en uno de los momentos de su vida?
     Cuando leí los Diarios de Jovellanos -"considerados entre lo mejor de la prosa autobiográfica española"- en su Estudio Preliminar se decía que el impulso de todos los escritores de diarios radicaba en "el deseo de descubrir los resortes de su personalidad y el de conservar noticia de sus experiencias vitales". Me sirve. ¿Para qué más?

     Permítaseme finalizar parafraseando nuevamente a Umbral hablando sobre los diarios de un escritor: "¡Nos interesan porque son de un escritor! (...) Yo no leo para conmoverme con los problemas de un señor; leo para ver una mente literaria en funcionamiento".  
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sábado, 4 de junio de 2011

Día Veinte: Tocqueville y la rumia del escritor; entre el goce y la aflicción

"Por lo general, los críticos no tienen la menor idea de lo que pasa por el alma del escritor, de lo que le produce alegría o pesar, de sus aspiraciones, sus éxitos y sus fracasos. (...) se niegan a creer que reproducir la verdad y la realidad de la vida con exactitud y fuerza constituya la mayor felicidad del escritor, aun cuando esa verdad no sea merecedora de sus simpatías personales". Esto que manifiesta Turguéniev(1) viene muy a propósito a la hora de hablar de Tocqueville y su última pero más personal obra: los Souvenirs.
     Tocqueville -hemos de aclarar antes de nada- ha triunfado con su Democracia en América que le ha abierto los salones literarios de París. Después, además de publicar Quince días en las soledades americanas ha ejercido la política, se ha carteado con lo más selecto de su tiempo y ha escrito grandes discursos para el parlamento. Pero en ese ejercicio de la política le ha llegado su fin; ha caído. Sin embargo todavía escribirá otro gran éxito editorial: El Antiguo Régimen y la Revolución. Ahora, en la Normandía, retirado en su castillo -recordemos de nuevo a Montaigne- inicia su gran obra íntima: los Souvenirs, la cual continuará en Sorrento a donde los médicos le recomiendan ir dado su precario estado de salud, pero que, con su temprana muerte a los cincuenta y cuatro años, quedará inacabada.

     Lejos de mi ánimo biografiar a nuestro hombre, pero era necesario relatar lo anterior para enunciar que estamos, por fin, ante una obra de Tocqueville de las que vienen siendo conocidas y clasificadas dentro de la llamada literatura de la memoria. En su comienzo dice: "...me veo reducido a reflexionar sobre mí mismo" (...) "Estos recuerdos serán una liberación de mi espíritu y no una obra literaria. Los escribo sólo para mí". Pero no llegó a ser así; se equivocó. Los Souvenirs se publicaron treinta y cuatro años después de su muerte y está considerada como una magnífica obra literaria.
     En esos Recuerdos -obra que en las ediciones españolas lleva por título Recuerdos de la Revolución de 1848- están sus reservas, sus dudas, sus desilusiones; habría que decir que en ellos se encuentra todo lo complicado de su carácter. En esa obra se auto-describe; en ella está "lo que pasa por su alma, lo que le produce alegría o pesar", "sus aspiraciones, sus éxitos y sus fracasos" que decía Turguéniev. "Se me atribuyen pasiones y sólo tengo opiniones"; "observaciones sobre mí mismo"; "más capaz de tener éxito en los grandes asuntos que en los pequeños; menos turbado ante las grandes responsabilidades que ante las menores".
     Souvenirs es un texto autobiográfico en el cual, entreverado en los relatos personales de los hechos en los que se vio envuelto durante los turbulentos sucesos de la Revolución del 48, se esfuerza Tocqueville en conocerse a sí mismo, en conseguir un retrato de su persona. Souvenirs es en parte una autobiografía y en parte un libro de memorias. Está considerado el más personal de sus libros; en él se recrea patentizando sus confusiones y el desconcierto de su pensamiento político: "Nunca antes fui capaz de percibir donde residía la verdad, el honor y el hombre de buena voluntad, y confieso que aún hoy soy incapaz de hacerlo". Describe también en la obra actuaciones de personas que conoció; retrata fielmente a algunos de sus contemporáneos y se retrata él mismo. En esos recuerdos es autor y actor. Se ha reconocido que en esos Souvenirs existe un profundo conocimiento de la naturaleza humana.
     Sobre el motivo de escribir esos recuerdos confiesa: "El único fin  para mí en ponerme a escribir esta obra radica en proporcionarme un placer íntimo para mí mismo (...) ver al hombre en la realidad de sus virtudes y sus vicios, su naturaleza, de entenderlo y juzgarlo". Esta obra, finalmente, le vino a consagrar como uno de los grandes escritores de su siglo.
     En carta a su amigo Beaumont le había confiado: "He pensado cien veces que si he de dejar alguna traza de mí en este mundo será más por lo que haya escrito que por lo que haya hecho". ¿Sería porque estaba convencido de que "Los escritores no sólo comunicaron sus ideas al pueblo: le dieron también un temperamento y un carácter. (...) Toda la nación al leerlos acabó por contraer los instintos, las tendencias, los gustos e incluso las estravagancias propias de los escritores"?
     De Tocqueville se ha dicho que era de escritura lenta. Él mismo en una carta le había reconocido a su amigo Beaumont que al escribir "vuelvo y revuelvo mi pensamiento antes de emitirlo", y uno de sus biógrafos asegura que era un perfeccionista que escribía y reescribía veinte veces la misma frase. Personalidad compleja la de Tocqueville. Su mejor biógrafo, André Jardin, le tilda de ciclotímico, o alguien que se debate continuamente entre el abatimiento y la euforia; una persona tímida, dubitativa e insegura y, sin embargo, tenido siempre por orgulloso y distante.

     He de terminar:
     En un prólogo redactado para la edición de sus obras, Ortega y Gasset que lo tenía por "un hombre genial", exterioriza algo también espléndido: "Nada garantiza mejor la autenticidad y, por tanto, el valor de una obra intelectual como el hecho de que el autor se haya dedicado a sus meditaciones y estudios movido por una necesidad íntima, es decir personal. (...) Es preciso que el asunto importe al autor como un elemento de su existencia que ha hecho presa en él y lo lleva a la rastra, como la fiera a su víctima". Y añade: "Tocqueville es un ejemplo claro de esto. Era incapaz de escribir por escribir".
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(1) Turguéniev, Páginas autobiográficas


martes, 31 de mayo de 2011

Día Diecinueve: De otro aristócrata francés el cual también...

Alexis Charles Henry Clérel de Tocqueville había nacido en París el 29 de julio de 1805. Era un joven magistrado de tan sólo veinticinco años cuando fue autorizado por el gobierno de su país a trasladarse a los Estados Unidos a fin de realizar un estudio sobre el sistema penitenciario norteamericano. El viaje lo realizó en compañía de otro colega llamado Gustave de Beaumont con el que permaneció allí algo más de nueve meses, exactamente desde mayo de 1831 hasta febrero de 1832 pagándose ambos precisamente los gastos de sus bolsillos. Sus ganas de viajar a aquel país estaban por encima de cualquier obstáculo.
     No he querido abandonar Francia sin hablar antes de este genial escritor: Alexis de Tocqueville. Y es que prevalece a mi entender, además, otra gran razón: ¡existen tantas concomitancias entre él y Montaigne! Veamos algunos de esos paralelismos que yo siempre he detectado:
     Los dos son franceses y aristócratas; se formaron en leyes y ejercieron la política; ninguno de los dos escribió demasiado pero cada uno nos ha dejado una obra sobresaliente e inigualable; el uno se aisló para escribirla en lo alto de la torre de su castillo y el otro se encerró en el lugar más alto de la casa paterna, en la buhardilla; uno estaba inventando el género ensayo y el otro escribía quizás el primer gran volumen de sociología política; si Montaigne ha sido retratado como arrogante, ególatra y misántropo, de Tocqueville se ha escrito que era tímido, reservado y antipático; ambos fueron grandes viajeros, les gustaba viajar y conocieron y gustaron de otras culturas, no obstante sirvieron siempre con honestidad a su país. ¿Qué decir en cuestión de lecturas?; los dos leían habitualmente a pocos autores, no más de tres o cuatro: Montaigne no salía de Séneca, Plutarco y Epicuro, y Tocqueville de Rousseau, Montesquieu y Pascal.
      Es probable que existan más similitudes; pero sigamos ahora con nuestro hombre.
     El informe o estudio técnico que elaboraron para su gobierno y que llevaba por título El sistema penitenciario en los Estados Unidos y su aplicación en Francia, aunque recibió un importante premio que les permitió resarcirse en parte de los gastos del viaje, nunca llegó a ser famoso y conocido como el libro que Alexis de Tocqueville escribió a su vuelta, y del que apareció en francés la primera parte en 1835 con el título La democracia en América. Siempre me he dicho a mí mismo que ese es el libro mediante el cual los norteamericanos pueden llegar a saber quiénes son; porque, ¡ojo!, las cosas en cuanto a manera de ser han cambiado allí muy poco desde entonces.
     Editado en dos volúmenes, alababa Toqueville de aquellos americanos con los que se había ido encontrando su generosidad, su habilidad y su energía -además de su amor al dinero-, y se atrevía a pronosticar que algún día aquel pueblo llegaría a superar a las potencias europeas de entonces y a ser una de las más poderosas naciones de la Tierra.
     Hay que decir que la obra de Tocqueville es exhaustiva, profunda y minuciosa. Tal como he mencionado ha llegado a ser considerada la primera publicación de sociología política cuando en aquella época la palabra sociología se estaba todavía acuñando. Tocqueville, durante aquella estancia tan breve en los Estados Unidos, acopió una información formidable sobre aquel país el cual le fascinó en todos los aspectos. Él era un aristócrata europeo que iba descubriendo a los demócratas norteamericanos. Después de viajar de Nueva York a Detroit, de Nashville a Nueva Orleans a donde llegaron por el Mississippi, para alcanzar a continuación Washington y ser recibidos por el presidente Andrew Jackson, habría que decir que Tocqueville además de prisiones había conocido al auténtico pueblo americano. Su obra disecciona aquella sociedad hasta en los más pequeños detalles, y representó entonces -y lo sigue siendo ahora- un relato vehemente y magnífico sobre sus gentes, sus costumbres y sus pasiones.
     Permítaseme -sin ser exhaustivo- que deje aquí algunas de las citas curiosas del libro de las muchas que conservo en mi morral, y que creo siguen definiendo a aquella sociedad y al americano medio de hoy día:
 
    -"No creo que haya un país en el mundo donde existan tan pocos ignorantes y al tiempo tan pocos eruditos. La instrucción primaria está al alcance de todo el mundo; la instrucción superior la consiguen apenas unos pocos". No sé que pensaría hoy Tocqueville si supiera que algunos de estos la consiguen gracias al dinero o a sus éxitos deportivos.
     -"En América sucede algunas veces que la misma persona cultiva sus campos, construye su casa, modela sus herramientas, fabrica sus zapatos y teje el basto paño del cual se componen sus ropas". Hoy no es fielmente así, pero ellos inventaron el Do it yourself.
    -La minuciosidad de las leyes y regulations que hoy tanto nos sorprende a los europeos, también la notó Tocqueville: "La ley desciende a detalles minuciosos. Además, la misma promulgación prescribe el principio y el método de su aplicación"
    -"Nunca fue asumido en los Estados Unidos que el ciudadano de un país libre tuviera el derecho de hacer lo que le viniera en gana; por el contrario se le han impuesto más obligaciones sociales que en ningún otro lugar", y más adelante aclara: "en ninguna parte del mundo tiene la ley un lenguaje tan absoluto como en América; y en ningún país está tan conferido el derecho a aplicarla en tantas manos". Parece mentira pero sigue siendo cierto.
     -"Todo está en movimiento en América" -escribe sorprendido Tocqueville- "América es una tierra de maravillas en la cual todo está en constante movimiento y cada cambio aparenta ser una mejora. La idea de novedad está aquí indisolublemente unidad a la de prosperidad". Si hubiera llegado a imaginar siquiera que la novedad Internet sería mundial...
     -"Prefieren los cálculos positivos y todo lo práctico antes que las teorías" (...) "Las pasiones que más profundamente agitan a los americanos no son las políticas, sino las pasiones económicas". Hoy también. Se suele decir que cuando Wall Street estornuda el mundo coge un resfriado.
    -"En América no existen leyes contra las bancarrotas fraudulentas, y no porque no se produzca ninguna, sino porque se producen muchas. El temor a ser perseguido por ser el responsable de una bancarrota es más grande en las mentes de la mayoría que el temor a ser arruinado por las bancarrotas de otros". ¿Pero es que han cambiado algo? 
     -"Cuando contemplo el ardor que los angloamericanos ponen en el comercio, los beneficios que les reporta y el éxito de sus empresas, estoy seguro de que llegarán a ser un día el poder marítimo más grande del globo terráqueo. Han nacido para gobernar los mares lo mismo que los romanos nacieron para gobernar el mundo". Con esta predicción no acertó del todo Tocqueville: hoy también gobiernan el mundo además de ser el poder militar más grande del globo.
     -"En América, los intereses del país están en todo momento presentes en la mente del ciudadano. Ese ciudadano se siente orgulloso de los éxitos de su país y de haber contribuido él mismo a ellos". ¿No viene sucediendo lo mismo en nuestro tiempo?
     -Dice Tocqueville que le sorprendió enormemente que en cada villorrio ya se editaba entonces un periódico. Y, además: "A mi llegada a los Estados Unidos me sorprendió encontrar tanto talento en los ciudadanos comunes y tan poco en los que estaban en el gobierno. Raramente están hoy día los más capaces en los Estados Unidos al frente de los asuntos del país". No sé que decir; eso ha ido por rachas.
     -"Las sectas que existen en los Estados Unidos son innumerables". Y más adelante agrega: "estas gentes no actúan exclusivamente en consideración a una vida futura; la eternidad es solamente uno de sus motivos de devoción. Si conversas con estos misioneros de la civilización cristiana, te sorprenderá oírles hablar tan a menudo de las cosas buenas de este mundo". Y no se habían inventado todavía las hamburguesas, los lavavajillas, las limousines...

     Lo siento, creo que me he pasado un poco; y eso que he tenido que restringirme. Me gustaría, sin embargo, hablar el próximo día algo más sobre Alexis de Tocqueville.
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sábado, 21 de mayo de 2011

Día Dieciocho: ¿Montaigne filósofo?

Con frecuencia he leído a varias plumas autorizadas que así consideran a Montaigne. Escuchemos a Ortega que era filósofo de profesión: "Sólo el que duda es filósofo. El que no duda aún no necesita de la filosofía, es el homo religiosus" -el resaltado es suyo. Si esto que Ortega pensaba es cierto Montaigne fue filósofo puesto que era un escéptico; pero también lo era entonces casi todo hombre culto de su época habiendo llegado a cumplir cierta edad. Con esta afirmación de Ortega pocos hombres se marcharían del mundo, incluso hoy, sin ser filósofos.
     No, no se trata de dudar o no dudar. Lo que quiero dejar claro es que él jamás pretendió impartir doctrina filosófica propia: "Yo no enseño, yo cuento"; "Aparte de los de Séneca y Plutarco, de donde extraigo mi caudal, (...) no he tenido comercio con ningunos otros libros de sólida doctrina. De esos escritores algo quedará en este libro..."; " ...heme acostumbrado desde hace algún tiempo, a añadir al final de cada libro la fecha en que he acabado de leerlos y la opinión general que de ellos he sacado, a fin de que esto me recuerde al menos el aire y la idea que del autor había concebido al leerlo".
     En realidad es difícil poderle acotar un pensamiento profundo que no pertenezca entera o parcialmente a otros. Yo me atrevería a decir que no fue un filósofo sino un lector de filosofía moral y de mucha historia y, todo lo más, un gran observador y contemplador. Montaigne tan sólo fue un hombre que sabía combinar y valorar -como si de un buen guiso se tratara- la forma menos mala de pasar por este mundo. Un escéptico al tiempo que un epicúreo fascinante, honesto, sencillo, ingenioso, ameno y, sobre todo: un verdadero amante de la existencia que se dedicó a decirnos la forma que a él le parecía más llevadera de permanecer en este Planeta dándole unas vueltas al Sol.

     Por cierto, es sorprendente saber que "negros" de la escritura ya existían entonces. A propósito de tanta cita de Séneca, Plutarco, Cicerón y Epicuro como trae a sus Ensayos, reconoce que es fácil en su tiempo componer un libro "engañando al necio mundo" sin haber leído a nadie: "He visto hacer libros sobre cosas jamás estudiadas ni entendidas, encargando el autor a distintos amigos sabios la búsqueda de esta y aquella materia para construirlos, contentándose por su parte con haber hecho el proyecto y apilado industriosamente ese montón de provisiones desconocidas; al menos son suyos la tinta y el papel". Y nos sigue pareciendo un hombre de hoy cuando escribe: "...me engaño si los peores escritores no son los más valorados en las corrientes populares".
     En cuanto a aquellos de los que ya hemos hablado que hoy en día corrigen su obra apenas editada, él ya decía: "Añado, pero no corrijo. En primer lugar porque me parece razonable que aquel que ha hipotecado su obra al mundo ya no tenga ningún derecho sobre ella. Que hable mejor en otra parte, si puede, y que no corrompa la obra que ha vendido. A personas semejantes no habría que comprarles nada hasta después de muertas. Que piensen bien lo que escriben antes de publicarlo. ¿Quién les obliga a escribir deprisa?" No obstante tengo entendido que él mismo también hizo correcciones en posteriores ediciones.
     Comparemos por otra parte esta declaración de Dostoievski: "Cada autor tiene su propio estilo y, por consiguiente, sus propias reglas gramaticales. Pongo comas donde las juzgo necesarias y, donde las juzgo innecesarias, otros no deben agregarlas", comparémosla digo con la siguiente de nuestro autor: "Yo no me ocupo ni de la ortografía, ni de la puntuación; soy poco experto tanto en una como en otra, (...) Preferiría dictar otros tantos ensayos a resignarme a releer éstos para hacer esa corrección pueril". Vemos que en el fondo parece que no han pasado trescientos años entre uno y otro.


     En suma, alguien que escribe: "...rara vez me arrepiento"; "...detesto ese arrepentimiento circunstancial que trae la edad"; "la plegaria me vence, aborrezco la amenaza"; "me contento con disfrutar del mundo sin agobiarme demasiado, y con vivir una vida sólo excusable y que no sea una carga ni para mí ni para los demás"; "el estar sujeto y obligado me pierde..."; "la intemperancia es la peste de la voluptuosidad, y no es la templanza su azote: es su aderezo"; " ...detesto la pobreza tanto como el dolor"; "el depender de otro es una suerte arriesgada y digna de lástima"; "...el hecho de aceptar es un acto de sumisión"; "...elementos de mi carácter: algo de orgullo natural, la incapacidad para soportar el rechazo..."; "a veces encuentro ayuda en la indolencia y en la molicie"; "la decrepitud es un estado que exige soledad"; "a mí no me preocupa ser hombre de bien según Dios; no sabría serlo según mi propio criterio"; alguien que escribe todo esto -decíamos- no está haciendo filosofía sino haciéndonos partícipes de quien es y como piensa. Y, curiosamente, se diría que bosquejando la imagen del hombre del siglo XXI.

     Antes de despedirnos temporalmente de Montaigne, quiero recomendar de sus Ensayos los Capítulos que llevan por título "De la presunción", "Sobre la amistad", "Sobre el arrepentimento" y "Sobre la vanidad". Cuatro temas interesantes para alguien de cualquier edad y de toda época.
     Y finalizo con algo del Capítulo XVIII del Libro Segundo titulado "Del mentir"; dice allí lo siguiente sobre los motivos que le han inducido a escribir:  "No erijo una estatua para colocarla a la entrada de una ciudad, ni en una iglesia, ni en la plaza pública. (...) Es para un rincón de la biblioteca y para divertir a un vecino, a un pariente, a un amigo que se entretendrá en descubrirme y compararme con esta imagen, (...) ¡cual no sería mi contento si oyera a alguien describirme las costumbres, el rostro, el porte, las palabras corrientes y los destinos de mis antepasados! ¡cuan atento estaría! (...) Si por el contrario fuera mi descendencia de otros gustos, tendría la posibilidad de tomarme la revancha: pues no podrían hacer menos caso de mí del que yo haré de ellos en esa época. (...) Y aun cuando nadie me leyese, ¿acaso habría perdido el tiempo al ocuparme durante tantas horas ociosas en pensamientos tan útiles y agradables?"


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domingo, 15 de mayo de 2011

Día Diecisiete: ¿Es molesto que alguien nos hable tan sólo de sí mismo?

Antes de seguir profundizando en Montaigne conviene traer aquí a otro personaje del que quizás su temprana muerte fuera el disparador de aquella "inclinación melancólica producida por la tristeza de la soledad" que le llevó a él a aquella "fantasía de meterse a escribir".
     Etienne de la Boétie, tres años mayor que él, su gran amigo íntimo al que quiso con locura -se supone que platónicamente-, había escrito a los dieciocho años (aunque hoy se cree que contaba al menos veintitrés) una obra conocida en el lenguaje coloquial como el Contra uno, obra a la que el autor le había dado en realidad el título de La servidumbre voluntaria.
     Verdaderamente se trataba de una obra sui géneris. A lo largo de su lectura se nota que su autor es joven, apasionado y enamorado de la antigüedad; a menudo se va por las ramas, pierde alguna vez el hilo, a veces desvaría y otras no se sabe contra quién dirige tanto improperio. Yo definiría ese libro como el grito desgarrador de alguien muy afectado por la tiranía social del momento y, al tiempo, seducido por la "idílica" democracia que se pensaba que a veces se llegó a disfrutar en las sociedades griega y romana. No sólo esta obra y la profunda amistad con su autor resultaron muy influyentes en Montaigne, sino la muerte de aquel a los treinta y tres años a causa de una disentería estando él mismo presente. Etienne de la Boétie le había legado su biblioteca y Montaigne se entregó con pasión a editar las obras de su amigo, especialmente el Contra uno.
     Y ahora, conocido todo esto, sí podemos meternos de lleno en las entrañas de sus Ensayos. Una "especie de condimento de calidad y también un medicamento contra la tristeza" tal como muy acertadamente algún intelectual los ha llamado:

   "Si el mundo se queja porque yo hable de mí demasiado, yo me quejo porque él ni siquiera piensa  en sí mismo."
   "Yo me arrepiento rara vez..., mi conciencia se satisface consigo misma"
   "Yo no enseño ni adoctrino, lo que hago es relatar"
   "Yo tengo mis leyes y mi corte para juzgar de mí mismo"
   "Detesto el accidental arrepentimiento a que la edad nos encamina"
   "Si tuviera que recorrer lo andado, viviría como hasta ahora he vivido; ni lamento el pasado ni temo lo venidero"
   "Soporto los males con dulzura... porque traen halagüeñamente a mi memoria el recuerdo de mi larga y dichosa vida pasada"
   "Quien como yo tiene como mira las comodidades de la existencia (hablo de las esenciales) debe huir como de la peste de esas dificultades y delicadezas de humor"
   "Yo vivo al día, y, con respeto sea dicho, no vivo sino para mí; mis designios todos en ello finalizan"
   "Yo renuncio desde ahora a los favorables testimonios que quieren procurárseme, no porque de ellos sea digno sino porque estaré ya muerto"
   "Yo prefiero ser viejo menos tiempo a serlo con anticipación"
   "Yo no percibo distinto fin que el de vivir y regocijarme"
   "Yo me atrevo no solamente a hablar de mí mismo, sino a hablar de mí mismo solamente; me extravío cuando hablo de otra cosa, apartándome de mi asunto"
   "...tomé odio mortal a depender de ningún otro; sólo en mí mismo quise asirme"
   "Yo me conformo con una muerte recogida en sí misma, sosegada y solitaria, cabalmente mía, que concuerde con mi vida retirada y apartada"
   "¿Para quién no son al fin cargantes e insoportables los achacosos?
   "La decrepitud es cualidad solitaria. Yo soy sociable hasta el exceso, y, sin embargo, reconozco sensato el sustraerme en adelante de la vista del mundo con objeto de guardar la importunidad para mí solo...; llegó la hora de volver las espaldas a la compañía"
   "...me es particularmente grato el no ocasionar a nadie placer ni dolor cuando me vaya"
   "Yo me estudio más que ningún otro asunto; soy mi física y mi metafísica"
   "Yo otorgo gran autoridad a mis deseos y propensiones: no gusto de curar el mal por el mal mismo, y detesto los remedios que son más importunos que la realidad"
   "...si es grato y apetecible, el placer es de las principales especies de provecho"
   "Trato yo a mi fantasía con la mayor dulzura que me es dable, y la descargaría, si pudiera, de toda pena y alteración"
   "Yo acojo de buen grado y con reconocimiento cuanto la naturaleza hizo por mí; con ello me congratulo y de ello me alabo"

     He estado dudando seriamente si traer aquí o no esta sinfonía de yoes los cuales conservo seleccionados de entre muchos otros en mi morral. Y, además, si los traía, si soltarlos de esta manera: sin avisar.  En cualquier caso pido mil perdones.
     Y me he atrevido a llamar sinfonía a esta letanía de afirmaciones o declaraciones singulares y posiblemente arrogantes -pero siempre frescas y lozanas- porque hay que reconocer que su lectura "suena" bastante bien tanto en la forma como en el fondo. Ese es realmente Montaigne, el auténtico Montaigne de su tercer y último libro, el aparecido en la edición de 1595 después de quince años de retoques y añadidos realizados incansablemente hasta su muerte ocurrida tres años antes.
     Pero hemos de hablar más sobre Montaigne del que Nietzsche pensaba que "El hecho de que un hombre así haya escrito, contribuye a aumentar un poco más el placer de vivir en este mundo. Al menos eso es lo que a mí me ha sucedido desde que conocí a este espíritu tan libre y vigoroso"; "Montaigne tiene una segunda cualidad aparte de esa otra de su honradez: una genuina serenidad que nos sosiega"

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sábado, 7 de mayo de 2011

Día Dieciséis: De un noble francés que se puso a ensayar

Después de haberlo citado aquí el último día confieso que hoy me he atrevido, con mucho respeto, eso sí, a abordar la figura de uno de aquellos escritores -uno de no más de un par de docenas- que me ha venido cautivando desde que supe de él. Michel de Montaigne y sus Essais es punto y aparte.
     Siempre que releo a este autor lo imagino escribiendo en aquel su castillo en una sala enorme con una magnífica chimenea y un gran perro a sus pies. Era su "cubil" como él llamaba a esa sala donde tenía prohibida la entrada a cualquiera: "Este es mi cubil. Intento conservar totalmente el dominio sobre él y sustraer este único rincón de la comunidad conyugal, filial y civil, (...) ¡Mísero aquel, a mi parecer, que no tenga en su casa un lugar donde pertenecerse, donde hacerse a sí mismo la corte, donde ocultarse".
     Estamos en los años setenta del siglo XVI. Este noble de Burdeos que ha ejercido la magistratura desde su juventud, carrera por la que no tuvo nunca entusiasmo alguno, dimite con cuarenta años como consejero del Parlamento de Burdeos y decide dedicarse a escribir. "Una inclinación melancólica producida por la tristeza de la soledad a la que me había entregado desde hacía algunos años, hizo que naciera en mi cabeza esta fantasía de meterme a escribir". Son palabras mágicas y eternas en el mundo del escritor: inclinación melancólica, tristeza de la soledad.
     Y como nunca había hecho nada semejante a excepción de la traducción de un libro del latín al francés por encargo de su padre, se pone a escribir sobre lo que lee y ha leído y, sobre todo, más adelante, acerca de sí mismo y de cuanto se le ocurre, aunque cada vez más sobre su persona, sobre él mismo. Michel de Montaigne estaba creando un género literario desconocido hasta entonces y que él, como no sabe que título darle a eso que está escribiendo, lo denomina Ensayos. "Voy espigando aquí y allá, en los libros, las sentencias que me placen, no para conservarlas (porque no tengo donde), sino para transportarlas aquí". Y también: "Ni en la guerra ni en la paz viajo sin libros, (...) En casa suelo prestar más atención a mi biblioteca...(...) Allí hojeo un libro, ya otro, sin orden ni concierto, de modo deshilvanado; ora sueño, ora apunto y dicto, mientras paseo, las ideas aquí presentes".
     El libro que su padre le había mandado traducir del latín era nada menos que de un filósofo y teólogo catalán, Raimundo Sabunde el cual había enseñado en Toulouse, y que fue publicado en francés tras traducirlo Montaigne con el título Teología natural. Desde luego ese catalán fue ya un pionero de lo que se avecinaba cuando en el mil cuatrocientos y pico le reprochaba a los escolásticos el uso excesivo del principio de autoridad y de las deducciones silogísticas en detrimento de la investigación empírica. Y a Montaigne, como veremos, le debió de influir mucho la lectura de aquel renacentista.
     Por otra parte, quizás aquella traducción fue la que le indujo a escribir sus Ensayos en francés y no en latín, lengua ésta en la que él mismo se expresaba y que ya hablaba cotidianamente a los seis años. Esa fue otra de sus innovaciones: escribir en una lengua en la que no se editaban entonces libros; Montaigne dice en cierta ocasión que escribe para pocos hombres y para poco tiempo, aunque ello lo piensa porque cree que la lengua francesa que utiliza se dejará de emplear pronto; hasta entonces todo se había venido escribiendo en latín.

     En aquella época debió ser Montaigne como un rayo de luz en la caverna del medievo que quedaba atrás. Que resultó ser un hombre sincero en su escritura es innegable y es parte de su personal impronta de escritor. Por ejemplo: "Y es el caso que tengo cierto natural imitamonos: cuando me metí a hacer versos, revelaron claramente al poeta que acababa de leer recientemente; y algunos de mis primeros ensayos tienen cierto tufillo a cosecha ajena". Dice que se entretiene leyendo autores sin cuidarse de su ciencia; asegura que tan sólo busca en ellos el estilo, algo que desde el primer momento a él no le falta, aunque lo ignore, y que resulta particular y asociado a la evolución del pensamiento pero al tiempo se mantiene clásico. También reconocía que escribía a saltos y a zancadas, y ahí sí que no se equivocaba, en realidad era cierto: va de un sitio a otro velozmente y a veces parece que se ha perdido.

     Hay que decir, sin embargo, que a Montaigne se le ha acusado varias veces y de varias formas de ególatra, arrogante, misántropo, misógino y hasta de hipocondríaco; incluso yo he leído de él que se trataba de un "hombre cuya ética era seguir sus impulsos naturales"; eso sin olvidarnos de la complejidad y contradicción de su persona, de su alambicada personalidad. Yo replicaría a ello con dos argumentos:
     Primero de todo que Montaigne estaba creando un género. Aquello no era novela ni literatura epístolar; tampoco era historia ni crítica; no se trataba tampoco de biografía ni autobiografía -aunque de todo ello un poco había. Montaigne escribe -tal como él dice- sin esperanza de gloria; escribe por escribir y sin saber de qué, tan sólo por esa fuerza que arrastra sin remedio; y cuando después de muchos años de comenzar muchos capítulos con palabras más o menos como estas: "Cuéntase que Severo Casio hablaba mejor..."; "Tenía un noble francés la costumbre..."; "Los reyes de Persia admitían en sus festines...", cuando después de relatar cosas tan serias pasa a describirse a sí mismo contando qué es lo que come, cuánto bebe, cómo se viste, si va poco o mucho al excusado, cual ha sido su salud, si le agrada rascarse o le pican los oídos, cómo tiene el estómago o su vista..., entonces Montaigne desconcierta.
     Y este es por tanto mi segundo argumento: Montaigne se desnuda ante el lector de su época, lo cual es una novedad; confiesa sin ambages lo que piensa y lo que opina sobre... ¡sobre lo divino y sobre lo humano! habría que decir.
     En fin, cabría preguntarse: ¿Pero cómo es posible que un hombre que escribe entre otras muchas cosas sobre esos temas tan triviales y faltos de interés, llegue a ser entretenido e incluso apasionante leerlo? ¿Será su estilo junto con su candor? ¿Radicará el secreto en esa franqueza que emana de todo lo que dejó escrito este escéptico arrogante y desenvuelto epicúreo?
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domingo, 1 de mayo de 2011

Día Quince: ¿Por qué se escribe?, ¿para qué se escribe? (y dos)

Decíamos el día anterior que teníamos por delante un tema apasionante y de difícil respuesta; quizás de infinitas.  ¿Para quién escribieron los grandes?:
     En su Tratado de la tranquilidad del alma Séneca dejaba escrito hace casi dos mil años lo siguiente: "¿Qué necesidad hay de componer obras que han de durar siglos? ¡Quieres hacer esto porque  la posterioridad no cambie tu nombre! Naciste para la muerte y menos molestias tiene la muerte silenciosa. Así que para ocupar tu tiempo, escribe en estilo simple alguna obrilla en provecho tuyo, no para que la fama pregone tu nombre: menor trabajo cuesta a los que estudian para la necesidad del día". A pesar sin embargo de ese reproche y ese consejo, recuerdo que en alguna de sus epístolas morales le decía a Lucilio que él estaba seguro de que sería leído muchos siglos después, o algo parecido.

     Valéry en sus Estudios literarios escribe sobre Pascal algo interesante: "Y yo me he preguntado, ingenuamente, si un hombre que no mira más que a sí mismo y a Dios, que no se concibe más que entre su perdición y su salvación, que no le inquieta una vida futura en la memoria de los otros (...) puede estar en disposición de pensar en el juego de escribir. Yo creo que nunca se escribe si no es para alguien, y que no se escribe con arte si no es para más de uno". Soberbia observación esta última: se puede estar escribiendo una carta y se puede estar escribiendo una obra, o un manual de instrucciones -por ejemplo- que también exige determinado arte.

     Borges por su parte afirmaba que "Un escritor debe pensar que cuanto le ocurre es un instrumento; todas las cosas le han sido dadas para un fin. Todo lo que le pasa, incluso las humillaciones, los bochornos, las desventuras, todo le ha sido dado como arcilla, como material para su arte; tiene que aprovecharlo". Y, más adelante: "En un poema hablé del antiguo alimento de los héroes: la humillación, la desdicha, la discordia. Esas cosas nos fueron dadas para que nos transmutemos, para que hagamos de la miseria circunstancia de nuestra vida, cosas eternas que aspiren a serlo". Borges terminó ciego, y esto que he traído aquí pertenece a uno de sus escritos titulado La ceguera.

     En sus célebres Ensayos, bajo el subtítulo "Del autor al lector" y fechado el 12 de junio de 1589, Montaigne deja escrito al comienzo de aquel magnífico libro lo siguiente: "Lo he dedicado al uso particular de mis parientes y amigos para que, cuando me pierdan (lo que sucederá muy pronto), puedan hallar en él algunos rasgos de mi condición y humor, y por este medio les quepa nutrir y tornar más entero y más vivo el conocimiento que tuvieron de mí".

     Nietzsche afirma en La gaya ciencia que escribir es para él una necesidad: "hasta ahora no he encontrado otro medio de desembarazarme de mis pensamientos (...) ¡Es que lo necesito!" 

     En suma y en breve, he aquí cinco grandes razones de cinco de los grandes:
  • Se escribe exclusivamente para la posteridad; se escribe para inmortalizarnos.
  • Se escribe siempre para alguien, al menos para uno; y si se trata de hacerlo artísticamente se escribe para más de uno.
  • Se escribe para realizar una obra de arte con lo que nos ha sido dado, para trabajarlo y obtener de ello toda su belleza; se escribe a veces para hacer de la miseria cosas eternas.
  • Se escribe para que cuando nos hayamos ido se conozca mejor qué clase de persona llegamos a ser; para que nuestros allegados sepan auténticamente de nuestros rasgos y carácter. 
  • Se escribe para desembarazarnos de nuestros pensamientos.
    
    Pero deben existir muchísimas más razones que ya tendremos ocasión de descubrir.
    Hoy viene bien traer a esta página aquello de Gracián: "...lo malo, si poco, no tan malo", lo cual es menos conocido que lo que dejó expresado sobre "lo bueno y además breve".

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miércoles, 27 de abril de 2011

Día Catorce: ¿Por qué se escribe?, ¿para qué se escribe?

Hace unos años era muy común decir que cuando un norteamericano tras haber dado una charla, si ante la pregunta de un miembro del auditorio respondía con: "¡Esa es una muy buena pregunta!", estaba claro que no sabía la respuesta correcta. Pues bien, algo parecido se puede decir sobre estas dos cuestiones: que no es fácil responder a ellas por no existir una respuesta clara dado que existen posiblemente infinitas.
 
     Ayala afirmaba que "No sólo cabe preguntarse para quién se escribe, sino por qué, para qué y cómo", y Cela pensaba que "Se escribe -alguna vez se ha dicho- por la ley de la inexorable e implacable fatalidad. También se escribe -seamos humildes- por una rigurosa necesidad de hacerlo, por la misma causa que el pulmón respira o late el corazón".
     A mí me gusta sobre todo la última parte del aserto; el escritor auténtico se pone a escribir sintiendo "una rigurosa necesidad de hacerlo", aunque escriba mal. El escritor que lleva en su sangre la vocación se siente compelido a escribir por una misteriosa fuerza connatural que le obliga a sentase fatalmente ante un papel en blanco, una máquina de escribir o un ordenador personal. No sabe por qué lo hace, quizá sea que trata de comunicar pero sin abrir la boca; necesita expresar, manifestar, ser escuchado en silencio -dice Vivaldi: "Se escribe para que se nos lea, no para que se nos escuche" (1).
     Ese auténtico escritor siempre inquieto, a menudo impaciente, frecuentemente efusivo, vehemente e inconstante escucha un mandato imperioso y al tiempo apasionado de transmitir su íntima verdad; quiere contar algo para que los demás lo sepan, lo conozcan, se distraigan, lo aprendan, lo disfruten... El escritor quiere dejar su impronta, una traza, una huella que señale que existió, una marca o señal que lo pueda trasladar en forma soñadora a la eternidad. Porque en el fondo, al igual que Dostoievski trataba de convencerse a sí mismo y le afectó durante toda su existencia, sabe que no existe otra inmortalidad.
     El escritor realiza esa función debido a aquella misma fuerza que llevaba al hombre de las cavernas a ponerse de pie ante el muro iluminado por el fuego y plasmar en él la figura de un bisonte, de un ciervo o de los mismos cazadores -que no nos vengan diciendo que se trataban de invocaciones a la divinidad. El escritor ejecuta su escritura empujado por aquel mismo ímpetu y violencia que llevaba a Goya a pintar desordenada pero excepcionalmente no sólo con pinceles sino con brochas, con espátulas, con cuchillos, con esponjas y hasta con los dedos. ¿Será un remedo de ese impulso, de "esa rigurosa necesidad de hacerlo" que decía Cela -salvando las enormes distancias- esa tímida fuerza que al "grafitero" de hoy le lleva inexorable y trabajosamente, de manera vana y gastándose un dinero, a embadurnar con su alias o con el acrónimo de su nombre fachadas y portales, porque no conoce otra manera de manifestarse ante el mundo?
     
     Pero no; no nos engañemos. No estamos pensando ni nos estamos refiriendo al "escritor generalizado" o "grafitero" de la escritura de hoy y de siempre. "Escribir es hacer esa obra de arte que no consiste en otra cosa que en descifrar, en interpretar, en ofrecer el equivalente de la impresión que vuelve como una imagen. Escribir, en suma, es leer el libro interior de signos desconocidos. Un libro que, aunque está en nosotros, está hecho de caracteres no trazados por nosotros. Esa lectura es una actividad para la que no hay regla alguna, en la que nadie puede ayudarnos y que, justamente por eso, consiste en un acto de creación. Crear no es otra cosa, entonces, que traducir los caracteres de ese libro interior y preexistente a un lenguaje exterior que lo exprese: ese libro esencial, el único libro verdadero, el escritor no tiene que inventarlo en el sentido corriente, porque existe ya en cada uno de nosotros, no tiene más que traducirlo. El deber y el trabajo de un escritor son el deber y el trabajo de un traductor" (2). Los resaltados pertenecen al mismo Proust.

     Y para escribir ese libro esencial, el único libro verdadero que existe en cada uno de nosotros el escritor sufre, se conmociona y se exaspera pero al mismo tiempo goza. Busco en mi morral de lector y encuentro: "Yo me siento ante el fajo de cuartillas en blanco, con la pluma en la mano, todas las mañanas y lo paso muy mal, sufro y al mismo tiempo me deleito en una especie de raro masoquismo porque me cuesta mucho trabajo escribir" decía Cela. Pero ya Rousseau nos había hablado de esa extrema dificultad de la escritura: "...esta lentitud de pensamiento y esta viveza de sensibilidad, no sólo me domina en la conversación, sino hasta cuando trabajo solo. En mi cerebro las ideas se ordenan con una dificultad increíble; (...) ...de ahí esa dificultad extrema que siento al escribir. Mis manuscritos llenos de borrones, embrollados, mezclados, ininteligibles, prueban el trabajo que me cuestan. Ni uno sólo he dejado de tener que copiarlo cuatro o cinco veces, antes de darlo a la prensa. Sentado a una mesa, con la pluma en la mano y el papel enfrente, jamás he podido hacer nada. En el paseo, en la montaña, en medio de los bosques, por la noche en la cama durante mis insomnios, es donde escribo mentalmente".

     Está claro que el tema es tan atractivo que nos permitiría llenar con él muchas entradas de este blog. Por ello prefiero continuarlo al menos en la próxima ocasión.
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(1) Vivaldi, Géneros periodísticos 
(2) Larrosa, La experiencia de la lectura



  

lunes, 18 de abril de 2011

Día Trece: Pero regresemos a Freud el escritor

En la Introducción de las Obras Completas de Freud que poseo, concretamente en su primer tomo se dice textualmente: "Hay tres obras capitales para el mundo moderno: El capital, de Marx, El nacimiento de la tragedia, de Nietzsche, y La interpretación de los sueños, de Freud".
     Sinceramente este aserto me parece que puede ser exagerado, o al menos se debería aclarar qué es lo que el autor entiende por "obra capital". Concretamente y en lo relativo a Freud es posible que en cuanto al mundo de la psiquiatría La interpretación de los sueños pueda ser muy fundamental; sin embargo, yo -en cuanto a Freud escritor- me quedaría antes con El porvenir de una ilusión, El malestar en la cultura y Moisés y la religión monoteísta. Entiendo que estas son las tres obras auténticas de un gran pensador y autor no sólo porque en ellas se aprecia plenamente su extraordinario estilo como creo que ya dejamos escrito -el uso de las palabras esenciales, el desdeño del énfasis y de los superlativos, la huida de las metáforas y de los adornos y la honestidad de la exposición- sino por su contenido.
     De La interpretación de los sueños debo decir, sin embargo, que nunca fue el libro de mis sueños. Freud lo inicia recogiendo opiniones y citas de lo que el hombre, el poeta y el erudito han ido escribiendo a través de la historia sobre el significado de los sueños; lo hace muy promenorizadamente pero el tema es a veces soporífero; ¡se han dicho sobre los sueños tantas cosas y tantas tonterías! Él, sin embargo, está convencido de poder mostrar que los sueños son interpretables, y ese fue mi acicate para seguir leyéndolo; bueno, se diría que ese y... ¿cómo no intentar leerla tras aquel aserto de la Introducción?
     A pesar de ser una de las obras fundamentales del pensamiento moderno y contemporáneo encontré muy torticera a veces la forma de demostrar que los sueños son siempre realizaciones de deseos. Relata Freud casos y casos de sueños y siempre les encuentra esa salida, esa explicación, ese resultado; a veces desde luego de la forma más peregrina; sin embargo lo que eso evidencia es, por otra parte, que Freud era muy inteligente e imaginativo. Lo importante de la obra es su limpia exposición, esa llaneza para revelar el más sencillo detalle o sentimiento o la más increíble teoría. Tiene gracia no obstante que él mismo se disculpara frecuentemente ante el lector en algunas de sus obras imaginando que no es fácil comprender cabalmente sus razonamientos.
     Es curioso; cuando se editó esta obra por primera vez sucedió lo que casi siempre ha venido ocurriendo con la mayoría de las obras inmortales: originalmente no se vendió, no tuvo éxito. Tan sólo se editaron seiscientos ejemplares de los cuales apenas se llegaron a vender algo más de la mitad. No quiero pensar que eso se debiera a que se trataba de un libro extenso: cerca de cuatrocientas apretadas páginas. No; tuvo que deberse a otra razón; es posible que los críticos no apreciaran la forma literaria, o que fuese considerado un libro estrictamente profesional.
     Es sin embargo en aquellas tres obras, en mi criterio, donde queda patente que "...quienes afectan desdeñar la forma literaria ignoran hasta que punto es una misma cosa con nuestra facultad de pensar y de sentir. El estilo no es consecuencia de una elección. No se escribe como se quiere, sino como se puede. Es decir, se escribe como se es, como se piensa y como se siente" (1). Resulta que Freud era así, tenía unos dones, una especial idoneidad.
     Antes de finalizar con esta entrada me gustaría dejar algún apunte -si es que el espacio me lo permite- sobre aquellas sus tres obras que tanto me entusiasmaron.
     "El hombre suele aplicar cánones falsos en sus apreciaciones, pues mientras anhela para sí y admira en los demás el poderío, el éxito y la riqueza, menosprecia, en cambio, los valores genuinos que la vida le ofrece". Estas palabras tomadas de El malestar en la cultura se me ocurre que podrían sintetizar mucho del contenido de las tres, que son producción madura y tardía del escritor. Se trata de tres grandes estudios sobre la civilización, la religión y la historia con replanteamientos de notables cuestiones filosóficas. Y en ellos Freud aborda de manera exquisita problemas morales y religiosos para el hombre de su tiempo. Se trata en suma, y posiblemente, de lo que a Freud le desasosegaba.
     En la primera de ellas, El porvenir de una ilusión, escrita en 1927, Freud se atreve a realizar un vaticinio. Pero comienza advirtiendo en ella que: "...cuanto menos sabemos del pasado y del presente, tanto más inseguro habrá de ser nuestro juicio sobre el porvenir". Alguien verá si el tiempo le da finalmente la razón a su pronóstico.
     En la segunda, El malestar en la cultura, escrita en 1930 y en cierta forma continuación de la anterior -yo hubiera traducido la última palabra por civilización en lugar de cultura-, Freud se pregunta al comienzo: "¿Qué fines y propósitos de vida expresan los hombres en su propia conducta; qué esperan de la vida, qué pretenden alcanzar en ella?", y trata de dar en la obra una respuesta a estas y otras tremendas cuestiones.
     En la tercera y más tardía, Moisés y la religión monoteísta, escrita entre 1934 y 1938, Freud trata de justificar ante todo que Moisés no era judío sino egipcio; y ello resulta apasionante. Quizás desconcierte un poco el "tinglado" que Freud monta enlazando el totemismo de la horda primitiva con Ikhnaton, Moisés, Yahve, el cristianismo y hasta Pablo de Tarso. Yo me quedo con el origen egipcio de Moisés y con la exposición de los repetidos conceptos (los cuales vuelve a intercalar en esta obra) de el ello, el yo y el super-yo.
     A Freud le gustaba romper tabúes. Terminaré haciendo observar que de las tres obras él mismo llegó a decir: "...constituyen el triunfo de mi existencia".
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(1) Ortega y Gasset, Obras Completas. Vol. III

domingo, 10 de abril de 2011

Día Doce: Un último sorprendente apunte acerca de Dostoievski

Recuerdo haberle leído en alguna ocasión a cierto autor que sería capaz de cualquier cosa por conocer todos los títulos de los libros que devoró Dostoievski. A mí me viene a la cabeza que desde luego a Balzac sí lo leyó, puesto que su novela Eugenia Grandet la tradujo. Por otra parte es seguro que leyó a Chateaubriand, concretamente su primera obra Atala, ya que sobre ella se expresaba en alguna carta a su hermano Misha. También me costa, porque lo dejó escrito, que había leído a Dickens: Los documentos póstumos del club Pickwick, también a Victor Hugo: Nuestra Señora de París y Los miserables, y, por supuesto, Guerra y paz de Tostói.
    Normalmente solemos preguntarnos a menudo cuales han podido ser las influencias que ha tenido el escritor al que leemos, aunque seguro que tratándose de Dostoievski ninguno de aquellos le debió de influir demasiado; probablemente además de estos títulos leyó muchísimos más, sobre todo de autores rusos.
    Sin embargo sí sabemos que hubo una obra que seguro leyó y que le dejó buen gusto aunque mucha tristeza; fue Don Quijote..., puesto que de ella dejó escrito que era «...la más grande y más triste de cuantas ha creado el genio humano...»
   
   Decíamos al principio que Dostoievski no escribió unos verdaderos diarios íntimos aunque exista hoy publicado su Diario de un escritor. Este «diario» sin embargo no lo es tal, sino la recopilación de unos artículos escritos en la prensa durante la última parte de su vida en la que todo, más o menos, estaba mejorando para él.
    Digámosle de momento adiós, por lo tanto, hablando sobre su «diario»; un cajón de sastre o «papelera de reciclaje» en el que todo cabe, aunque dos son allí los temas que sobre los demás le arrastran u obsesionan: el crimen y el suicidio.
    En primer lugar hay que decir que es en estos «diarios» donde Dostoievski es ya más escueto que en sus novelas. ¿Se equivocaba Ortega y Gasset cuando decía de él lo siguiente?: «Sus libros son casi siempre de muchas páginas, y, sin embargo, la acción presentada suele ser brevísima. A veces necesita dos tomos para describir un acaecimiento de tres días, cuando no de unas horas. ... No duele nunca a Dostoievski llenar páginas y páginas con diálogos sin fin de sus personajes. Merced a este abundante flujo verbal, nos vamos saturando de sus almas, van adquiriendo las personas imaginarias una evidente corporeidad que ninguna definición puede proporcionar» Me explicaré: Victor Gallego Ballestero escribe en la Introducción a esos «diarios» que sus «prolijas novelas, desmesuradas y a veces caóticas» tenían una explicación. «Como le retribuían por pliegos, cuanto más alargaba la novela más le pagaban; de modo que el escritor hacía cuanto podía por aumentar las páginas, complicar la trama, dar vueltas y más vueltas al argumento y perderse a veces en conversaciones interminables, cuyo hilo conductor a veces no hay manera de determinar». Dejémoslo en la mitad para cada uno; ambas interpretaciones pueden ser ciertas.
   
    Sin embargo hemos mencionado antes aquella obra de Cervantes la cual al parecer le apenó, y he considerado digno de traer a estas páginas, a propósito de ella, la «ingeniosa y sorprendente mentira» que Dostoievski contó en aquellos «diarios» o artículos acerca de la citada novela. En uno de aquellos artículos, exactamente el que lleva por título "Una mentira se mitiga con otra" Dostoievski no comenta nada de lo que viene sucediendo a su alrededor en San Petersburgo, sino que se despacha nada menos que con Don Quijote... Pero aún hay más: se inventa un pedazo de la obra de Cervantes; reproduce como auténtico un fragmento en el que el Hidalgo le cuenta a Sancho cómo ha resuelto un enigma, y al final del párrafo que ha puesto en boca de Don Quijote, dice Dostoievski: «En este pasaje el gran poeta y conocedor de los hombres ha reparado en uno de los aspectos más profundos y misteriosos del alma humana (...)». ¡Sorprendente! ¡Pero sorprendente por dos motivos! Primero el atrevimiento de Dostoievski al falsear la obra mundialmente conocida, con un párrafo en ella inexistente y además sacar conclusiones sobre las espurias palabras del Hidalgo; y, segundo porque la ausencia de esas palabras del genial loco en la obra fue mencionada por primera vez en el año 1953 por el hispanista Maldonado de Guevara que no las pudo encontrar. ¡Nada menos que setenta y seis años después de haberse publicado el artículo, exactamente en 1877! ¿Es que nadie leía los «diarios» de Dostoievski o es que aquellos que los leían desconocían el contenido de El Quijote? ¿O poseía posiblemente Dostoievski una versión adulterada de la obra de Cervantes y no se inventó nada? Esto último lo descarto.
    Yo me he devanado la sesera desde que leyendo los «diarios» me enteré de ello, y he intentado buscar que le pudo llevar a idear ese embuste. Ante todo pudo ser un atrevimiento burlesco: algo así como «me voy a demostrar a mí mismo que soy capaz de escribir un episodio del libro cervantino al igual que Fernández de Avellaneda escribió una segunda parte». Hasta pudo preguntarse: «¿Será alguien capaz de detectar que nunca fue escrito esto en aquella obra?». Pero lo más considerable es que el soporte de su argumento —que una mentira mitiga o suaviza otra— no tiene sustento si no es en la parrafada de Don Quijote que él, Dostoievski, se inventa. La cosa es por lo tanto muy «grave», pues se nota que está todo muy forzado, quiero decir que su razonamiento no lo encontró en ninguna noticia del momento sobre cualquier suceso acerca de los que escribía sus diarios. No; tuvo que irse a los Libros de Caballerías (sobre los que supuestamente diserta Don Quijote) y mentir al lector inventándose que una mentira paliaba otra mentira. ¿Es que quizás se le ocurrió que en los citados libros publicados sobre Caballeros Andantes era donde más mentiras se habían escrito?
   
    De cualquier forma hay que reconocerle valor a Dostoievski: Un gran valor también en ese chusco episodio al margen del gran valor de sus novelas. Creo que vienen muy a propósito aquí y ahora —y para despedirnos de él— las palabras de un médico y escritor: «El valor de Dostoiesvki, y ello, aunque reconocido y vulgar, no deja de ser cierto, está en su mezcla de sensibilidad exquisita, de brutalidad y de sadismo, en su fantasía enferma, y al mismo tiempo poderosa, en que toda la vida que representa en sus novelas es íntegramente patológica por primera vez en la literatura, y que esta vida se halla alumbrada por una luz fuerte de alucinación, de epiléptico y de místico». Lo dejó Baroja escrito en Desde la última vuelta del camino.
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domingo, 3 de abril de 2011

Día Once: De escritura elegante que provoca y lacera

Acabé el último día citando a Cioran y no me gustaría dejarlo ahí abandonado sabiendo al menos que dentro de unos días, exactamente el ocho de abril, se cumplirán cien años de su llegada a este Planeta.
     Cioran siempre me ha confundido; leo y releo sus páginas preciosistas como si se trataran de poesía y, sin embargo, noto que estoy ante una prosa destructiva aunque no violenta; prosa sibilina y enigmática, a veces difícil de asimilar, prosa que parece hubiera sido escrita por alguien salido de su yo y que estuviera escribiendo desde otra dimensión. No sé que pensar; hasta se ha mencionado que sus obras son como una consulta con el psiquiatra. Sus tesis, marcadas por un pesimismo llevado al límite, se leen no obstante con la ligereza que un esquiador evidencia cuando desciende por una rampa de competición -no se me ocurre una expresión más acertada.
     De una somera biografía suya me quedan en el morral algunos rastros: "rumano", "...terribles episodios de insomnio", "...plan para suicidarse antes de cumplir veintidós años", "Francia", "...su editor destruyó la edición completa de Silogismo de la amargura porque no se vendían", "...vio dormirse ante sus incrédulos ojos al primero que le leyó la primera página de su Breviario de podredumbre, libro que reescribió al menos cuatro veces", "...vivió la mayor parte de su vida en hoteles", "...nunca se casó ni trabajó", "...jamás profesó religión alguna", "...se resistió a aceptar premios por su reticencia a recibir dinero en público".
     Cuando por primera vez leí su Breviario de podredumbre tenía la sensación de que esa obra era realmente la copia de un auténtico devocionario (o de muchos refundidos) en el cual el autor había ido cambiando ciertas frases o palabras. Todo lo que el "clérigo Cioran", ese sacerdote de la nada había publicado en su breviario de putrefacción sobre la miseria de la vida y sobre la mierda que somos, tenía la sensación de que lo había leído antes en mi infancia o me había sido ya dicho; la diferencia estribaba sólo, exclusivamente, en que Cioran se quedaba ahí, y en aquella época anterior se nos decía que, por lo tanto y al menos, nos quedaba el Más Allá. De momento -no sé en el futuro- prefiero a Nietzsche el cual aseguraba que la vida puede que no sea podredumbre si sabe vivirse y encauzarse dionisíacamente, y él fue además el primero que se atrevió a predicar eso. Aunque en cuanto al "más allá", ambos coinciden.
     Se me ocurre jugar con tres palabras: nada, algo y todo. Y me salen varias opciones: Nada y Nada (Cioran), Nada y Todo (Cristianismo), Algo y Nada (Nietzsche). Hay más combinaciones pero no me convencen. Cioran afirma en cierto momento que "Como no hay más que tres o cuatro actitudes ante el mundo -y poco más o menos otras tantas maneras de morir-..." A mí sólo me salen aquellas tres. Es posible que a algún exaltado, a un fanático de lo terrenal le parezca bien esta cuarta: Todo y Nada.
     En mi morral consta que Cioran siempre suministra un concentrado de pesimismo que envenena mortalmente todos los ideales, las esperanzas y los posibles arrebatos místicos. En su A modo de confesión dice que sólo tiene ganas de escribir estando en una situación tensa, explosiva; entonces la escritura es para él como una salida que reemplaza a las bofetadas o a los golpes; es una forma de diferir una agresión, le resulta un alivio. "Escribir es -dice- deshacerse de nuestros remordimientos y de nuestros rencores, es vomitar nuestros secretos. El escritor es un desequilibrado que utiliza esas ficciones que son las palabras para curarse. (...) Cuando se escribe sobre un tema cualquiera, aunque sea mediocre, se experimenta un sentimiento de plenitud acompañado de una brizna de altivez". Algo de esto último es verdad.
     Y en cuanto a su concepto del proceso creativo del que hablábamos el otro día desbarata todas las teorías y asegura que "Toda inspiración procede de una facultad de exageración (...) No hay verdadera inspiración que no surja de la anomalía de un alma más vasta que el mundo...". "No dejar nada a la improvisación o a la inspiración, vigilar a las palabras, sopesarlas, no olvidar nunca que el lenguaje es la sóla, la única realidad".
 
     Terminaba el día anterior mis notas con Emile Cioran y hoy quiero finalizarlas con Caraco. Su nombre ha acudido a mi mente por otro breviario, la única obra que he encontrado traducida al español: Breviario del caos. Sin embargo me pareció más bien un "manual de suicidio". Al menos eso sugiere cuando al final ofrece al lector la ventana abierta, el cuchillo afilado y la soga oscilante.
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