viernes, 25 de mayo de 2012

Día Cincuenta y nueve: El eclipse final de aquel destello tan singular: los Mann

Decía Thomas Mann en sus diarios que «las impresiones más importantes, las que han de redundar en beneficio del trabajo, han de ser recogidas y llevadas directamente al sueño». No sé, pero es posible que ello le produjera tanto insomnio como padeció durante su existencia. ¿O era otra la causa?, ¿su doble vida?
   En tan sólo cinco años, entre 1905 y 1910, el joven matrimonio compuesto por el afamado escritor Thomas y por Katia, hija de la acaudalada familia de origen judío Pringsheim, trajeron al mundo en Munich, donde se habían establecido, los cuatro primeros de sus seis hijos: Erika, Klaus, Golo y Monika que iban a resultar a un tiempo notables y conflictivos. Los cuatro escucharon a su padre leerles entre otros escritores a Tolstói, Dostoievski, Mark Twain y Goethe —no a Cervantes pues a Thomas Mann le aburría soberanamente el Quijote. También para ellos escribió cuentos que llegaron a ser publicados, y, por tanto, no es extraño que teniendo además un tío también escritor, los cuatro fueran pronto aficionados a escribir y alguno de ellos como Klaus, el segundo, llegara a brillar con intensidad en el mundo de las letras. Elisabeth y Michael llegarían ocho y nueve años más tarde, y aunque la primera también se sintió tentada por la escritura, al último le llamó la música (el violín) y la enseñanza. Fue él, sin embargo, quien veinte años después de la muerte de su padre nos «abrió» los diarios, y finalmente pudimos «saber». Dentro de las tendencias autoaniquiladoras de esta enigmática familia, Michael también se acabó suicidando como antes lo habían hecho sus tías Carla y Julia (esta se ahorcó), y su hermano Klaus.

   En Relato de mi vida dejó escrito Thomas Mann que «...el escribir me parece siempre una especie de ociosidad apasionada y como una sustracción atormentadora a tareas más felices». Es seguro que los hijos de Mann no acabaron odiando a su padre exclusivamente por aquel silencio que Katia rígidamente les imponía cuando ellos estaban en casa y él se dedicaba a escribir en una «ociosidad apasionada» y una «sustración atormentadora». No obstante «el mago», como lo llamaban entre ellos, debía tener algunos peculiares rasgos en su trato con los hijos, puesto que sus relaciones con él fueron tensas e insoportables y aquellos llegaron a detestarle; ¿se trataba de que era «susceptible como una prima donna y vanidoso como un tenor..., egocéntrico y presumido, frío, desconsiderado y, a veces, incluso cruel»?(1) Fueran estas en parte o no las razones, todos vivieron de las ayudas de «el mago» casi el resto de sus vidas, incluido Klaus a pesar de poseer un talento literario más que excepcional.  
   Fue Klaus junto con Heinrich su tío, e indudablemente su propio padre, los que dieron renombre al apellido Mann tanto en la literatura germánica como en la universal. En su libro autobiográfico titulado Cambio de rumbo, el último de los publicados de la aproximadamente media docena de obras escritas —precisamente este en inglés y en plena guerra mundial siendo miembro de las fuerzas norteamericanas— y del cual la versión posterior revisada y en alemán no pudo llegarla a ver como consecuencia de haberse suicidado poco después de cumplir los cuarenta años, en ese libro de memorias, digo, se pregunta el mismo Klaus: «De dónde proviene la diversidad de rasgos y tendencias contradictorios que componen nuestro carácter? (...) ¿De dónde proviene este desasosiego en mi sangre? Y ello después de reconocer que en su familia existía un leitmotiv: una «simpatía con la muerte» que a todos les inundaba, incluso a su propio padre.
   Lástima que el talento de este joven autor, ensayista y novelista, se malograra tan temprano con su muerte. ¡Qué diferente prosa comparada con la de su padre! En Klaus todo es pasión y arrebato a diferencia de la calculada perfección tan alejada de radicalismos de aquel. Y qué diferencia también en cuanto al enfoque de la existencia. Atenazado entre su homosexualidad y el deseo de morir, debatiéndose entre sus crisis personales y sus deseos de abrir su corazón o, en otras palabras, de confesar los problemas que le torturaban, no se preocupó desde el primer momento de ocultar aquella, sino por el contrario de reivindicar el derecho a una sexualidad distinta; hasta se podría hablar de Klaus como uno de los precursores del hoy mundialmente conocido como «orgullo gay». Digamos tan sólo que en la considerada su mejor obra, Mefisto, fue en la única en la que no hizo citas manifiestas de esta inclinación; tampoco el tema se prestaba demasiado a ello.  
   Con Erika, su hermana mayor, formó un tándem durante la mayor parte de su vida hasta el momento en que aquella dio un giro a la suya en defensa de la obra del padre. ¿Qué relación les unió durante tantos años? Se habla de analogía entre la de sus tíos Heinrich y Carla en su juventud; ¿incestos tan sólo deseados?, ¿o quizás únicamente la necesidad de sentir a Erika como una madre, un cobijo que en algunos momentos de su infancia a Klaus le faltó? «El tema del amor entre hermanos recorre las obras de Heinrich Mann y de Klaus Mann. Es descrito como un tabú que, una vez violado, conduce a la perdición»(2). Lo cierto es que juntos recorrieron medio mundo haciendo teatro, escribiendo guiones, artículos periodísticos y dando conferencias, y ella incluso cubriendo información como corresponsal de guerra en lugares de gran peligro. 
   Las drogas, consecuencia final de aquel «desasosiego de su sangre» llevaron a Klaus al suicidio años después de acabada la segunda guerra mundial en la que había participado como soldado norteamericano, siempre por supuesto en unidades de propaganda e información. Quizás nos ha faltado decir que toda, o casi toda la familia Mann pasó a ser norteamericana tras el estallido de aquella, y en aquel país vivieron a costa prácticamente del hermano famoso y premio Nobel de literatura; aunque Klaus, desdeñando a aquel país y anhelando Europa volvió a ella. Al enterarse Thomas de su muerte en Cannes no fue capaz de experimentar el menor dolor; en su diario consignó fría y escuetamente que se había tratado de «un acto irresponsable»; eso fue todo.

   Pero nos faltaba hablar de Golo considerado en su infancia y pubertad otro «idiota de la familia» como Flaubert. No agraciado físicamente, poco hábil, extraño y con complejos..., su padre apenas podía disimular su decepción: «Es tremendamente torpe...». Sin embargo estaba en un error; Angelus Gottfried Thomas Mann, conocido como Golo por ser ese el vocablo que cuando era niño le salía al pronunciar su propio nombre, se convirtió en un notable ensayista e historiador sin descuidar el mundo literario, y prueba de ello fueron los dos prestigiosos premios recibidos: el Georg Büchner y el Goethe, este último treinta seis años después de haberlo recibido su padre. Fue posiblemente él quien más lo detestó; en su libro de memorias escribe: «Él era capaz de proyectar un aura de bondad, pero nosotros, en su mayor parte, sólo experimentamos el silencio, la severidad, el nerviosismo y la ira». ¿Se debió a ello que Golo Mann comenzó sobre todo a «despegar» al morir su padre? A partir de ese momento, ya cerca de los cincuenta años, comenzó su consagración como intelectual, especialmente como historiador y ensayista político; se ha llegado a decir que la muerte de su padre le dio la vida como escritor. Como su hermano Klaus formó parte del ejército norteamericano durante la segunda guerra mundial, pero a diferencia de él mantuvo oculta su homosexualidad durante toda su vida, la cual vino a reconocer poco antes de morir a los ochenta y cinco años durante un entrevista.
   Monika, la cuarta, tuvo una vida más sosegada si exceptuamos el naufragio del barco en el que con su esposo viajaba a Estados Unidos hundido por un submarino alemán; ella se salvó y él pereció. Superado ese golpe y otras crisis se dedicó a escribir en Italia, lugar en el que rehizo su vida. ¿Y de Elisabeth?, ¿no diremos nada? Únicamente que fue siempre la «niñita» de Thomas y que también llevó a cabo diferentes trabajos literarios además de los muy variados escritos profesionales.
* * *
   Pocas pinturas rupestres representan a la mujer acompañando al hombre durante la caza; pero las hay. Nos vienen a decir que siempre hubo féminas que además de cuidar de la prole y de preparar la comida para el marido cazador, se aplicaron también a la tarea que él desempeñaba; lo apoyaron en su esfuerzo por colocar la trampa y traer el venado a la cueva.
   Por una carta dirigida a su hermano Heinrich sabemos lo que Thomas Mann opinó sobre Katharina Pringsheim —Katja la llamaba él— poco después de conocerla en su casa de Munich: «Los Pringsheim son una experiencia que me colma. (...) Katja, una maravilla, algo indescriptiblemente raro y valioso, un ser cuya mera existencia vale por la actividad cultural de quince escritores o treinta pintores...». Esta vez «el mago» —yo en esta ocasión lo llamaría «el vidente»— no se equivocaba.
   En forma parecida a Christiane y Nora en sus relaciones con Goethe y Joyce, pero en este caso con una diferencia manifiesta pues Katia estaba en posesión de una gran cultura y educación, Thomas Mann tuvo la suerte de encontrar la mujer ideal para llevar a cabo su trabajo, para culminar el éxito descollante que como escritor había conseguido con su primera novela. 
Katia se dedicó durante su matrimonio a promover y apoyar la imagen de su marido y su carrera como escritor. Ella fue, además de esposa y madre su ayudante, su secretaria, su consejera y su secretaria. Y a pesar de todos los defectos de carácter de él y de su homosexualidad oculta y refrenada, debió amarlo. Indudablemente lo admiró y le infundió su aliento.
   ¿Deseáis saber lo que Thomas le escribía en su noviazgo? Es necesario leer su novela Alteza real. Cuando se dedicaba a su redacción le pidió a Katia las cartas de amor que le había escrito para utilizarlas en la novela.
Es hermoso conocer lo que aquel gigante de las letras pensaba sobre ella: «Yo no sé de que manera esta vida habría podido mantenerse tal como ha sido, sin la asistencia sabia, valerosa, suave y enérgica a la vez, de esta extraordinaria mujer».


¡Qué pena que con tan sólo estas pocas y mal pergeñadas líneas hayamos tratado de compendiar la vida y la obra de una familia tan excepcional!
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(1) Reich-Ranicki, Marcel: Thomas Mann y los suyos
(2) Krül, Marianne: La familia Mann











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