viernes, 27 de abril de 2012

Día Cincuenta y cinco: Flaubert, ¿"El idiota de la familia"?

«Cuando salía de un salón en el que la mediocridad de la conversación había durado toda la tarde, se sentía abatido, hundido, como si le hubieran molido a golpes, convertido él mismo en un idiota...». Pero, ¡un momento!, esto que Maupassant cita en su obra titulada Todo lo que quería decir sobre Gustave Flaubert, no tiene por supuesto nada que ver con el título de hoy.
Como cualquier lector de Gustave Flaubert posiblemente sabe, L'Idiot de la famille fue el desafortunado título que Jean-Paul Sartre le dio a un ensayo biográfico, filosófico y psicológico sobre aquel que le llevó veinte años de su vida y tres mil páginas en tres volúmenes, y que aún quedó falto de un cuarto. Sartre fue para Vargas Llosa «el más irreductible de sus críticos, el enemigo más resuelto de lo que representó Flaubert»(1). No hace falta recordar que también había viajado hasta Saint-Malo para visitar la tumba de Chateaubriand y orinarse sobre ella.

He querido comenzar hablando sobre Flaubert citando a Sartre y a Vargas Llosa porque, indudablemente, en ellos podrían sintetizarse los numerosos admiradores y detractores de Gustave Flaubert. Guy de Maupassant fue, además de su seguidor, su amigo; Sartre y Vargas Llosa han sido, respectivamente, uno el más fustigador y otro el más acérrimo valedor de aquel e incluso su discípulo.
¿Nos interesa saber mucho de lo que Sartre escribió en El idiota de la familia y de lo que Vargas Llosa dejó escrito en La orgía perpetua?; pienso que no demasiado del primero. Tal como éste último dejó dicho allí, el libro de Sartre interesa más al «sartreano» que al «flaubertiano», y a nosotros quien nos interesa sin duda es Flaubert con todas sus miserias, neurosis, obsesiones, triunfos y fracasos.
Pero antes de nada detengámonos en la palabra idiota. «Soy insociable, todo el mundo me parece idiota». Esto que Flaubert en una de sus cartas le dice a George Sand, lo repetirá muchas veces en su vida con otras y diversas palabras similares a las de la siguiente frase: le daba náuseas la estupidez humana.
¿Flaubert idiota? La «leyenda» nace precisamente debido a su infancia al calor de la familia que tiene: un padre muy brillante en su profesión de médico y cirujano pero recto, brusco y autoritario; una madre sumisa y leal al padre, que para el pequeño Gustave fue más guía que madre; un hermano mayor que destaca y que está llamado a emular y aun superar al padre.
Es cierto que Gustave estaba muy lejos de ser un niño prodigio, le costó mucho trabajo aprender a leer y no lo consiguió hasta cerca de los nueve años, no poseía las facultades del padre ni las virtudes que adornaban al primogénito nueve años mayor que él, y, muy pronto, seducido por relatos y lecturas, le da por escribir. Su familia no entiende que aquel muchacho soñador e imaginativo pueda ser normal. Y en verdad no lo era; pero estará muy lejos de la idiotez y muy cerca de la genialidad.
Estamos por una parte ante un creador, un verdadero orfebre o artesano de la literatura como posiblemente no ha existido jamás; ya lo iremos viendo. Pero por otra parte nos encontramos ante un sujeto al que en su vida no le han sucedido grandes acontecimientos; no ha saboreado aquel «alimento de los héroes»: la humillación, la desdicha y la discordia. Podríamos decir que Gustave Flaubert —si exceptuamos su neurosis, epilepsia o histeria, la enfermedad nerviosa que en diversas ocasiones le acometió— vivió una existencia plácida luchando tan sólo consigo mismo por la palabra precisa y la sentencia correcta. Se diría que su vida, transcurrida sobre todo entre las ciudades de Croisset (cerca de Rouen, al lado del Sena) y París —con la excepción de su viaje por el Nilo y a otras ciudades orientales y del norte de África—, sin grandes necesidades económicas gracias primero a los bienes dejados por su padre al morir cuando él cuenta sólo veinticinco años, y posteriormente por sus ganancias editoriales, se diría que esa vida (precisamente vida de soltero acompañado de su madre que vivirá hasta que él tenga cincuenta años) resultó ser una vida sosegada; una vida sin hambres, miserias, prisiones, destierros, desavenencias conyugales ni divorcios; ello ya lo disocia de la mayoría de los grandes escritores.
Y, sin embargo, durante esa vida dedicada exclusivamente a la escritura, una vida de cincuenta y nueve años que transcurre prácticamente simultanea con la de Dostoievski —su polo opuesto en cuanto a contingencias—, se diría que Flaubert no produce lo suficiente: su legado consistió en siete novelas (alguna sin terminar) y tres cuentos; aunque, eso sí: dejó una muy copiosa y riquísima correspondencia.
Estas cartas que, como hemos dicho muchas veces, al igual que los diarios es el mejor legado que un escritor puede dejar para que las sucesivas generaciones puedan saber quién era y qué pensaba el escritor, son en el caso de Flaubert mucho más necesarias que en cualquier otro autor. Y ello porque además de tratarse de un solitario tenía como lema no descubrir jamás su personalidad al escribir sus novelas. Esta sabrosa correspondencia es la que le llevó a Gide a decir: «Cambiaría las novelas de Flaubert por sus cartas».

Reparo que sin un propósito especial, inadvertidamente, he citado ya tres de las características o puntos claves que compusieron el norte del trabajo de nuestro personaje y que hicieron de él un verdadero prototipo. Efectivamente, aunque no han sido citados por este orden fueron los siguientes:
—Una dedicación exclusiva durante toda su vida, ¡toda!, a su labor de escribir. No hizo otra cosa nada más que eso en cualquier época de su existencia. A diferencia de tantos otros no le atrajo la política, algún negocio, la investigación o la enseñanza, ni siquiera le tentó el periodismo; fue una entrega ciega, devota, tenaz y constante a esa empresa. «La única forma de soportar la existencia consiste en aturdirse con la literatura como en una orgía perpetua». —Tomo yo ahora de mi zurrón algo muy a propósito de Ortega y Gasset: «¿Es la literatura un salvavidas suficiente en el gran naufragio que es la vida humana?».
—Se empeñó en encontrar la perfección en la escritura (si es que en ella existiera) hasta límites difícilmente entendibles. Pulía, lustraba y esmerilaba la frase y el párrafo al tiempo que buscaba incansable y de forma extenuante la palabra más correcta y precisa: el sujeto, el adjetivo, el complemento, el verbo y su tiempo, etcétera, hasta que se convencía de que la solución encontrada no podía ser superada. «A fuerza de buscar encuentro la expresión justa, que era la única y que al mismo tiempo es la armoniosa».
—Puso un empeño riguroso en evitar que en cualquier pasaje de su obra trascendiera al lector su propio juicio sobre los acontecimientos que describía. Su impersonalidad o imparcialidad —pasividad también ha sido llamada— consiguen que el espectador de los hechos narrados, el simple lector no pueda tomar partido junto o contra el narrador sobre la bondad o lo pernicioso de una conducta o bien acerca de lo acertado o erróneo de un pensamiento...; todo queda en la indeterminación, en la ignorancia y en la incertidumbre. «El artista debe estar en su obra como Dios en la creación, invisible y todopoderoso, que se le sienta por doquier, pero que no se le vea».
—Finalmente, fue el escritor de la veracidad documentada. Histórico o actual, todo lo que dejó escrito lo había consultado antes «enciclopédicamente» de forma prolija, bien se tratara de la materia más vulgar o de la más insólita: horarios de estaciones, vestimentas fenicias, fabricación de loza, procesos bursátiles, cirugía del pie, vitrales de una catedral... Para la redacción de su última obra —que quedó inacabada—  él mismo nos dejó escrito  que consultó  más de mil quinientos volúmenes. «Respecto a una palabra o a una idea, investigo y me pierdo en lecturas...»; «¿Sabe a qué me dedico ahora? A las enfermedades de las serpientes (...) ¡Ser verosímil da trabajo!»
Pero todo ello no surgió espontáneamente y al comienzo de su exclusiva dedicación a escribir, un comienzo el cual tuvo lugar justo al abandonar la carrera de derecho, en su segundo curso, debido a un primer ataque de aquella enfermedad neurológica que no se sabe muy bien cual fue: «A los veinte años estuve a punto de morir de una enfermedad nerviosa...»; «A menudo, sentí que me volvía loco»; «He vuelto a tener la enfermedad negra,...». No, a Flaubert le costó mucho encontrar su camino y para ello tropezó repetidamente. «Su talento fue una larga paciencia»(1): el tiempo que dedicó a Madame Bovary fue de cinco años; veintiséis le dedicó a La educación sentimental; en La tentación de San Antonio empleó cerca de treinta —la primera versión se la leyó a dos de sus amigos durante cuatro días seguidos a ocho horas diarias y le recomendaron que la echara al fuego.
Y, a propósito de ello, yo quiero también hoy —para ser honesto— dejar más constancia de que no sólo Sartre trató de denigrarlo. Realmente no a todo escritor, como hemos dicho, llegó a «convencer» Flaubert. Y para  muestra Valéry: «no tuvo su ingenio demasiada gracia ni demasiada hondura...», y  a continuación viene a decir que lo que escribió Flaubert es un producto forzado de la erudición: «este tipo de producción es el paraíso de los intermediarios». Y sigue diciendo que «sus escrúpulos de exactitud y de referencia son la muestra de su carencia de espíritu de decisión y de voluntad de composición (...) tanta tensión por maravillar engendra en el lector la sensación de ser presa de una biblioteca, súbita y vertiginosamente volcada sobre él, (...) todos sus tomos vociferan sus millones de palabras (...) Ha leído demasiado, (...) fue siempre presa del Demonio del conocimiento enciclopédico, (...) Se emborrachó literalmente de fichas y notas. (...) embriagado por lo accesorio se ha dejado embaucar por detalles captados acá y allá en libros poco, o mal, frecuentados. (...) Ha fracasado (...) Se perdió en el exceso de libros y mitos»(2).

Tenemos mucho que hablar sobre Flaubert. No obstante sí quiero decir hoy, antes de terminar, que a pesar de todas las censuras su indiscutida calidad permanece intacta en una de sus novelas: su Madame Bovary. He leído sus principales obras y en mis notas he dejado críticas, pero confieso que fui incapaz de dejar una sola sobre esa sorprendente producción.
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(1) Vargas Llosa, Mario: La orgía perpetua
(2) Valéry, Paul: Estudios literarios. La tentación de (Saint) Flaubert


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