viernes, 16 de marzo de 2012

Día Cincuenta: Nora Barnacle, puntal y sustento de Joyce

Nos habíamos olvidado de alguien mientras hablábamos de Joyce. Bueno, seré sincero: no ha sido olvido, ha sido un acto intencionado el dedicarle finalmente una «entrada» a esta mujer, Nora, Nora Joyce con la que compartió su vida.
    Resulta que estamos ante un caso inexplicable y en parte similar al de Goethe y Christiane sobre el que ya en su momento nos detuvimos; y no será el último como llegaremos a ver. Y ello dejando aparte el de Sócrates y Xantipa, caso que no abordaré porque Sócrates no dejó escrita una sóla línea.
    En dos palabras y para empezar, estamos de nuevo ante el genio conviviendo con la mujer vulgar. Joyce, lo mismo que Goethe son dos genios unidos a dos mujeres tenidas poco menos que como simples e ignorantes, lo cual resulta un enigma y que merece un estudio intenso que yo no soy capaz de desarrollar.
Aunque sí voy a preocuparme hoy de saber quien era Nora Barnacle y qué posible papel jugó al lado de Joyce durante treinta siete años, exactamente hasta la muerte de este genial creador.

   Dice Edna O'Brien que «No resulta fácil convivir con escritores. Están ausentes y presentes al mismo tiempo. Se hacen presentes por su continua curiosidad, sus necesidades, sus mentes catalogadoras, sus ansias de atisbar en el interior de los demás, unas ansias que van descargando cada vez más en su obra»(1). De acuerdo; de todo ello veremos que hay muchísimo en la relación Nora-James; pero hay otros sorprendentes elementos, hay más razones para deducir lo difícil que tuvo que ser el que un aspirante a escritor con una mente privilegiada (pero aparentemente un fracasado y habitual borracho) pudiera convivir con una mujer a la que ha encontrado lavando ropa, haciendo camas y fregando platos en un pequeño hotel de Dublín. Y al revés.
   James Joyce tiene veintidós años y ha perdido recientemente a su madre. Gracias a que ha estudiado gratuitamente —ello dada la penuria a la que ha llegado su familia y a su gran capacidad intelectual— tiene un título universitario, posee una gran cultura y además de querer ser escritor ha intentado estudiar medicina, aunque por razones económicas ha tenido que renunciar a ello. Nora Barnacle, con veinte años, se ha escapado hace seis meses de Galway, su pueblo, y a llegado a Dublín; allí ha encontrado un trabajo en el Finn's Hotel, un establecimiento pequeño en el que realiza los trabajos propios de una sirvienta. «La educación de Nora se reducía a la enseñanza primaria, no entendía nada de literatura y carecía de todo poder de introspección... —sin embargo— ...debido a su necesidad de buscar lo extraordinario en lo ordinario, Joyce decidió que era distinta»(2). Y hemos de decir que realmente lo fue.
   He aquí nuestros personajes; ¿qué pudo descubrir Joyce en su primer encuentro con esta muchacha además de su pelo color caoba, su falta de timidez y que se llamaba Nora como la heroína de Casa de muñecas de Ibsen, por aquellos días su ídolo y con el que se llegó a cartear? ¿Se trataba quizás de que «en su ilimitado egoísmo, deseaba que el alma de su amada fuera una lenta y dolorosa creación propia, que se liberase y purificase día a día... »? Resulta asombroso que esto lo comentara precisamente él de William Blake, aquel poeta y pintor que se había casado con Catherine, una analfabeta. Pero no; ni Joyce era egoísta —todo lo contrario— ni pretendió nunca hacer de Nora una creación. Tuvo que ser la confianza que él, desde el primer momento, vio en ella; la firme creencia de aquella muchacha en sus ideales y, hasta es posible que vislumbrara la influencia que podría llegar a tener en su futuro de escritor. Nora era vivaz, ingenua, animosa e intrépida. La primera vez que la abordó en la calle le había contestado con desenfado y no acudió a la cita convenida.
   En el muelle, el día que abandonan Irlanda, a Nora Barnacle no fue nadie a despedirla. Él le había pedido que abordaran separadamente el barco y no se reencontraran hasta que este hubiera zarpado. A él le despedía su familia, y, todos menos su padre sabían que ella estaba allí; pero su padre nunca hubiera aceptado que se marchara con semejante chica: una menor de edad, sirvienta en un hotel e hija de un panadero de pueblo; los Joyce provenían de muy alto.
  ¿Se puede ser más ingenua, sencilla y despreocupada, al tiempo que valiente y atrevida? Cuando más tarde John Joyce conoció y supo de ello y que su apellido era Barnacle —percebe—, exclamó: «No se le separará nunca»; y así fue como sucedió. A una de las mentes más preclaras del siglo veinte se le estaba uniendo con la fuerza de un percebe a una roca, una joven hermosa, vivaz e intrépida aunque sin instrucción alguna. «Joyce sin Nora no habría podido escribir Ulises, y gracias a ella la literatura universal es ahora más rica»(3).

   ¡Parece mentira! Vista hoy esa aventura con la fulgurante patina que el tiempo y en este caso la gloria le prestan al pasado, es difícil apreciar los jirones y los desgarros de la agitada, voluble e inestable existencia de estos dos muchachos que muy pronto, además, fueron padres de dos hijos. ¿Cómo fue posible lograr soportarse? Nora valía..., era de ley.
Él ha llegado harapiento y andrajoso como un mendigo con una maleta de la que por todas su hendiduras asoman prendas. Ella, tras él, con un sombrero de paja de ala ancha y un abrigo de hombre que le llega cerca de los tobillos, era como un cúmulo de andrajos, así fue como los recordó posteriormente su casero en Triestre.
    Mientras él vuelve por dos veces a Irlanda, ella se queda allí sola con los dos hijos en un país del que lo desconoce todo —¡y ni siquiera está casada!; hasta la quieren desahuciar. ¿Y cuando él está allí?...: borracheras, impagos, amoríos, desconfianzas..., ¿era virgen cuando la poseyó por primera vez en Zurich? Siempre le obsesionó eso; sentía la necesidad de creer que le había engañado, que no era entonces virgen a pesar de haber visto las sábanas manchadas.
Y luego el rechazo de los editores y el alcoholismo; el no ser publicado le llevaba más y más a la frustración y a la bebida. «La falta de éxito puede tener efectos muy perjudiciales en la obra de un escritor, y la gimnasia moral requerida para "mantenerse a flote" de la indiferencia puede resultar agotadora cuando hay que practicarla durante toda la vida»(4). Su gimnasia moral fue Nora.
   Tuvo que ser la vitalidad de Nora, su perspicacia y su serenidad las que a los dos les permitieron sobrevivir. Poco después de dar a luz se tuvo que poner a lavar ropa —en una hoja manuscrita de un cuento de Dublineses que hoy se conserva, anotó en cierta ocasión las prendas recibidas. Se negaba a guisar (por supuesto que siempre en cocina común) al no poder comprar ni los alimentos a causa del desconocimiento del idioma. James, entregado al alcohol no regresaba algunas noches a casa, y aparecía tirado en una calleja al día siguiente. Días hubo que se pasó las veinticuatro horas en la cama llorando; y ante los sucesivos cambios de residencia propuestos por Joyce todo lo que hacía era encogerse de hombros. ¿A Roma?, ¡a Roma!... ¡para regresar a los nueve meses!
Y, sin embargo: «Fue una mujer divertida, apasionada, valiente, espontánea y franca. Hablaba infatigablemente, pero Joyce no se cansó nunca de escucharla ni de prestar su voz a sus personajes femeninos más importantes»(3)
¡Y ese es uno de los secretos! Recordemos las palabras anteriores de Edna O'Brien sobre la convivencia con el escritor: su continua curiosidad (...) atisba en el interior de los demás (...) todo lo descarga en su obra. Nora, inconscientemente y en el día a día, le fue suministrando a Joyce un caudal de «secretos» que con su aguda imaginación él logró incorporar a su obra. Nora, en las cartas que escribía lo hacía como pensaba; hoy está reconocido el enorme influjo que de ella hay en muchos pasajes de sus creaciones y en especial en el Ulises. Nora pasó a ser Molly cuando en la novela Molly es vulgar y obscena; por ejemplo, en su largo monólogo interior con el que Joyce concluye la obra. Se trata de Nora «escribiendo» con vehemencia y sinceridad una cascada de palabras sin ningún signo de puntuación tal como habitualmente hacía.
Pero Nora fue también un costal de ignoradas y olvidadas canciones, frases, dichos, consejas y refranes que en sus años de infancia había aprendido y de las que Joyce tomaba nota. Y hasta relatos, cuentos, y leyendas celtas escuchadas a sus amigas de la niñez, puesto que ya hemos hablado de su espontaneidad. Se ha dicho que en el cruce de «cartas sucias» que ambos mantuvieron Nora aprendió tanto que llegó a superarlo. Y eso a pesar de que no le importaba perfeccionarse; no sentía necesidad de demostrar su competencia intelectual. Jamás leyó el Ulises.
Y todavía dos palabras más: Nora fue esposa y, a la vez, se convirtió en madre de Joyce. Él conoció a Nora pocos meses después de la muerte de su madre, y desde aquel luctuoso momento, en el que no dio muestra alguna de tristeza, Joyce nunca más se refirió a ella; había enterrado con su madre la opresión religiosa inculcada y los confesionarios de su infancia y la borró de su memoria. Siguió manteniendo sin embargo toda su vida una íntima comunión con el padre, el siempre alegre borrachín de los malos tratos a las hijas y a la misma madre, y el lugar de esta fue ocupado por Nora, aquella mujer tan distinta: alegre, procaz, vivaracha y divertida; desinhibida y libre de ataduras, renuncias y preceptos.

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El fallecimiento de Nora, diez años después del de Joyce, fue noticia en la prensa más importante del mundo. Time incluso llegó a admitir y reconocer entonces su participación en el triunfo de Joyce.

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(1) O'Brien, Edna: Joyce
(2) Ellmann, Richard: James Joyce
(3) Maddox, Brenda: Nora Joyce
(4) Nelson, Victoria, Sobre el bloqueo del escritor


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