jueves, 22 de noviembre de 2012

Día Ochenta y uno; Y sin tiempo que perder, Marcel Proust


Sin tiempo que perder en un doble sentido: primero alegórico, segundo real. Sin pérdida de tiempo y antes de otra cosa, pues he terminado con Russell y había decidido que después de él inmediatamente «tocaba» Proust. Razones: algo de mi habitual manía de abordar al personaje (si es posible) a la sombra o a la luz de otro; y en este caso plenamente lo es. Las vidas de Russell y Proust, venidos al mundo con pocos meses de diferencia, son los lados de un ángulo recto; dos líneas perpendiculares en las que su intersección es el momento de su nacimiento. La de Russell es la más larga y horizontal; la otra, la vertical (cuarenta y ocho años más corta) es la de Proust. No pueden vivirse vidas más contradictorias y distantes en un mismo espacio y tiempo. Veámoslo.

     Para comenzar con Marcel Proust lo primero que deberíamos hacer sería tratar de conocer o rememorar algunos fundamentales "porqués", claves y marcas de su existencia. Todos o casi todos hemos leído u oído alguna vez acerca del beso que siendo niño tenía que recibir a diario de su madre en la cama sin el cual no podía dormir; también de aquellos ataques de asma que toda su vida le fustigaron y que le causaban una continuada asfixia; es posible que igualmente sepamos de la evocación que le trajo aquella magdalena que siendo ya adulto saborea con el té; y posiblemente estemos enterados del revestimiento de corcho de su dormitorio en el que nunca entraba la luz de la calle y del que hizo de la noche día y viceversa.
     No hay dudas entre sus biógrafos de que su madre, a pesar de que incluso en sus afectos era una persona imperativa, lo mimó hasta extremos inconcebibles. Lo había dado a luz a continuación de los revolucionarios sucesos que llevaron a París en 1871 a sufrir una de las épocas de más penuria y miseria de toda su historia. Debilitada por el hambre trajo al mundo a un Marcel endeble y frágil del que hasta se dudó de su supervivencia.
    Tampoco existen dudas sobre su excepcional introspección y su desmesurada sensibilidad, así como de las posteriores excentricidades que puso de manifiesto durante toda su vida; posiblemente algo que pudo tener que ver con la estrecha unión enfermiza y hasta morbosa que mantenía con su madre. Era melindroso al tiempo que malicioso, caprichoso, exigente e imprevisible, y, el asma, que le obligó a pasar gran parte de su vida postrado en la cama, le permitió tiranizar tanto a su familia como a  sirvientes y amigos.
    Rasgo también notable de su persona, digamos que un don, o digamos que una de las tres potencias del alma que decía nuestro catecismo, era la prodigiosa memoria de la que estaba dotado. Ella le fue fundamental para llevar a cabo la construcción de una magna obra que lo llegó a situar en la cumbre de los elegidos: aquella ambiciosa novela compuesta de siete volúmenes con cuatro mil trescientas páginas —para unos una autobiografía novelada y para otros una novela autobiográfica, y en la que la homosexualidad es uno de los temas principales— que tiene por título aquel que todos conocemos: En busca del tiempo perdido. 

* * *

    Hemos mencionado el término homosexualidad, y acabamos de llegar a uno de los rasgos más notables de la personalidad de Proust. Estamos en París; en números redondos digamos que bien en los treinta últimos años del siglo diecinueve o en los primeros veinte del siguiente, que fueron durante los que él vivió y precisamente allí. Wilde fue juzgado y condenado en Inglaterra en 1895, pero repito, estamos en París, Francia, donde la legislación había despenalizado la sodomía en 1791.
    Marcel Proust había dado muestras de aquella tendencia sexual desde su adolescencia; algo que había preocupado entonces ya a su familia, en especial al doctor Adrien Proust, su padre, entendido precisamente en aquel campo de la medicina relativo a los desórdenes sexuales de naturaleza fisiológica o psicológica. Pero hay que suponer que lo acabó aceptando; a Marcel había que aceptarle todo desde que a los ocho o diez años le sobrevino su primer ataque de asma.
    En otro aspecto, aunque era homosexual siempre evitó ser etiquetado como tal. Hasta ese punto era así que a consecuencia de unas insinuaciones aparecidas en Le Journal sobre sus tendencias, retará a duelo al autor de las mismas para defender su honor. Nunca hizo bandera de ello como por ejemplo Gide, algo que el autor de Corydon —obra en la que idealizaría homosexuales guapos y viriles— nunca le perdonó.
    Sin dejar por tanto sus inclinaciones, pero sin hacer públicamente gala de ellas, nos encontramos con un Marcel Proust que a los dieciocho años y a pesar de su asma, después de haber pasado por un distinguido liceo en el que estudia griego, latín, francés, ciencias naturales y filosofía, se alista en el ejército por un año librándose así de los tres obligatorios si fuera reclutado. Y dejando aparte que la vida militar le gusta, al terminar su compromiso se dedica durante tres años a estudiar leyes y ciencias políticas. A partir de ese momento —tiene veintidós años— habiendo completado hasta un curso de diplomacia, comienza su vida de parásito y holgazán como lo conceptuará su propio padre. Más o menos a esa edad es un hombre «...lleno de misterio. Un lado de su cara nos muestra el Proust optimista, buen hijo, buen amigo, sano, de mirada clara. El otro lado... desconfiado, excéntrico, con una mirada ambigua, cínica, casi malvada...»(1).
    De conformidad con el principal rasgo de su carácter: «La necesidad de ser amado y, para ser más preciso, la necesidad de ser acariciado y mimado...», siempre será él quién busque la pareja —muchas veces con heterosexuales terminado así pronto la relación. Logra frecuentar salones elegantes en los que nobles, artistas y burgueses alternan y ansían como él ascender en la escala social, al tiempo que mantiene idilios apasionados. Escribe crónicas de los salones para Le Figaro y colabora en revistas como la Revue blanche. Con otros amigos funda hasta dos revistas, y mantiene algunos duelos de salón en los que se termina disparando al aire —alguno también con un homosexual. En una palabra: a Proust, de natural atractivo, ávido siempre de amores y homosexual inconfeso le fascina la mundanidad, y se convierte por tanto en un esnob que persigue sobre todo relacionarse con la nobleza en busca de la distinción aristocrática; eso a pesar de que acabará encontrando mediocres a las personas del gran mundo.
    Con veinticinco años publica Los placeres y los días con prefacio de Anatole France; un compendio de narraciones, estampas y reflexiones con situaciones y personajes que después volverán a aparecer en su gran novela. Esta su primera obra, para cuya publicación no dudó en utilizar cualquier influencia y recomendación o invitación y halago, no tuvo demasiado éxito. Después, a partir de los treinta, sin abandonar sus escarceos amorosos y frecuentando la nobleza de más abolengo, instalado en lo que él mismo denominaba la mundanidad (brillar en el gran mundo, hacer la vida del gran mundo) decide traducir a Ruskin, autor con cuyos gustos sintoniza enormemente durante aquellos años.
    ¿Que cómo podía no sólo subsistir sino hacer frente a los gastos de esa vida? Puede ser que, al igual que Flaubert, sea Marcel Proust uno de los pocos autores en la historia de la literatura que jamás tuvo que escribir para poder comer y ni siquiera trabajar en cualquier otra actividad. Perdón, rectifico: sí llegó a trabajar pero sin remuneración. Su padre, que sufragaba con una asignación todos sus gastos corrientes y hasta le pagaba los extraordinarios (cenas en restaurantes elegantes, el asistir a la ópera o al ballet, los viajes...), le acuciaba para que se pusiera a trabajar. Y al final lo hizo: valiéndose de muchas influencias como las utilizadas para lograr la edición de aquella obra mencionada, Proust consiguió ser admitido como bibliotecario durante un tiempo en la biblioteca Mazarine de la Academia Francesa sin percibir salario alguno. Así tiene sentido aquello que dejó escrito: «La verdadera vida, la vida por fin descubierta y aclarada, la única vida por consiguiente vivida, es la literatura».
Alrededor de sus treinta años se pone a escribir una novela autobiográfica, Jean Santeuil, que nunca pretendió publicar. Siempre que intentaba escribir una novela acababa dándose cuenta de que el resultado no era exactamente aquello que había deseado expresar; se diría que no encontraba la forma de entregarse a la literatura. No se encontraba como escritor —¿incapacidad, pereza?— y nadie podía tomarle en serio puesto que a todos les parecía simplemente un hombre de salón, un conversador original muy culto y de gran sensibilidad pero incapaz de realizar cualquier esfuerzo; aunque él, sin embargo, consideraba su existencia como «una vida de placeres y de sufrimientos».
Y, de pronto, le sobreviene un cambio radical. Contando treinta y cuatro años fallecen sus padres en un breve periodo de tiempo, exactamente en un par de años, quedándose por tanto solo en aquella casa. Su hermano, médico como su padre y más joven que Marcel, está ya casado y es independiente. Se encuentran ambos con una fortuna, y él decide abandonar aquella abigarrada vivienda y establecerse en un piso de seis habitaciones donde pretende dedicarse a escribir.
Recluido en el número 102 del Boulevard Haussman, ordena revestir enteramente de corcho el interior de su dormitorio para evitar tanto la luz diurna como los ruidos y el polvo, y se pone a escribir la que será una de las más trascendentales obras de la literatura universal.
En 1908 —cuenta treinta y siete años— podemos contemplarlo en pleno ardor creativo; en 1912 lleva escritas mil trescientas páginas. Tras un par de rechazos se comienza a publicar el primero de los siete libros titulado Por el camino de Swann. El cuarto, Sodoma y Gomorra, será el último que verá publicado. Fallece en 1922 de neumonía; contaba cincuenta y un años. El último volumen, El tiempo recobrado, verá la luz cinco años después. 

Acerca de toda la obra intentarémos decir algo el siguiente Día.
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(1) Silvia Acierno y Julio Baquero, El indiferente y otros relatos

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Día Ochenta: Bertrand Russell; diáfano y preciso


«Tres pasiones simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por el sufrimiento de la humanidad. Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá, por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación». Con estas palabras comienza Russell su apasionante Autobiografía —«una de sus obras más hermosas, tan candorosa como aguda y penetrante relación de acontecimientos y de hombres, escrita en una prosa de rara elegancia y sobriedad»(1). Y es cierto que a lo largo de la lectura de la misma se ponen de manifiesto esas tres pasiones, y precisamente con la misma intensidad que su frecuente abatimiento y desesperación.

 Echo mano de mi zurrón y reproduzco algo que dejó escrito Hume en De la norma del gusto y otros ensayos: «Con los libros ocurre igual que con las mujeres, en las que una cierta simplicidad de costumbres y de vestido es más atractivo que el relumbrar de la pintura, los melindres y el atavío, que pueden deslumbrar a la vista pero que no se granjean los afectos». Algo que viene muy a cuento cuando se trata de expresar lo que se siente leyendo a Bertrand Russell cualquiera que sea la materia sobre la que dejó algo escrito. Porque esta mente lúcida y privilegiada no se limitó a escribir tan sólo sobre unos pocos temas o materias; su ingente obra comprende lo mismo la filosofía que la matemática, la divulgación científica o la historia, la educación y la pedagogía junto con estudios políticos o éticos, sin olvidar el cuento y la novela. Y todo ello, de verdad, es posible disfrutarlo —se granjea nuestro afecto— porque para comprenderle no hace falta ser una «luminaria»; todos podemos leer y entender a Russell puesto que habla claro y al alcance de todo el mundo, eso al tiempo de ser una fuente de mesura con una enorme clarividencia, agudeza intelectual, valentía y honestidad.
    Y no veo mejor oportunidad para comenzar hablando de Russell, de su vida y de su obra que, precisamente, refiriéndome a aquellas tan intensas pasiones que él citaba habían gobernado su existencia: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por el sufrimiento de la humanidad. En principio he de reconocer que superficialmente y tras leer su autobiografía, sentí envidia de este hombre que aparentemente vivió una vida plenamente disfrutada. Un tiempo de campiñas inmaculadas sin residuos y plásticos, por las que este hombre gustaba recorrer sus caminos en bicicleta; una vida dedicada en libertad al estudio y al conocimiento y, consecuentemente, a la escritura; unas experiencias vitales envidiables sentidas a lo largo y a lo ancho del planeta: sus años vividos en Cambridge como estudiante o como enseñante, sus frecuentes cambios de domicilio tanto en Inglaterra como sus residencias en los Estados Unidos, sus viajes y conferencias, sus apasionados amores y matrimonios y su falta de lazos con todo excepto con sus libros —los que escribía sin cesar. Ah, pero «La capacidad de producir grandes obras de arte va unida con mucha frecuencia, aunque no siempre, a una infelicidad temperamental tan grande que, de no ser por el placer que el artista obtiene de su obra, le empujaría al suicidio». En fin, una vida plena y al tiempo desdichada, especialmente su vida íntima, la familiar, en la que tuvo numerosos fracasos. Eso sin dejar de reconocer que para ciertos sectores tan sólo fue un apestado dada su filosofía práctica y su pensamiento innovador. Otra vez esa sempiterna maldición de la desdicha en la existencia de todos los llamados al éxito y a la inmortalidad.

    Nacido en una familia noble, aunque de padres librepensadores que habían dispuesto para él una educación laica, su voluntad no se cumplió. A los cuatro años el pequeño Bertie está al cuidado de sus abuelos paternos al haber fallecido sus padres, y con ellos recibe una educación no sólo religiosa sino rígida y espartana que le dejará huella: «Desde la adolescencia me atenazaba una desesperada infelicidad causada por la soledad, para la que yo sabía que el amor sería la única cura». En su dilatada existencia se casará cuatro veces buscando ese amor: Alys, Dora, Patricia y Edith, la última vez ya cumplidos los ochenta; aunque serán constantes sus escarceos amorosos y sus amantes.
    Pero también buscó el amor (y hasta cierto punto fue donde lo encontró) en el conocimiento. «Si su primer amor habían sido las matemáticas, el siguiente fue el Trinity College...»(2). En Cambridge le habían enseñado matemáticas y filosofía. Las matemáticas siempre le habían apasionado desde que supo de Euclides: «...uno de los acontecimientos de mi vida, tan deslumbrante como mi primer amor. No podía imaginar que hubiera algo tan delicioso en el mundo»; y fueron precisamente las matemáticas las que le llevaron a la filosofía. A pesar de que no se suicidó «porque deseaba saber más matemáticas», necesitaba «alguna razón para suponer que eran verdaderas». Porque Russell se caracterizará siempre por su escepticismo y su empirismo; dudará de todo y todo deberá ser demostrado; Russell es un racionalista del siglo veinte.
    Los números, «que no tienen ser, ya que de hecho son lo que se denominan "ficciones lógicas"» están ahí y, con ellos, a base de razonamientos y formulas, se puede construir un universo; pero como él mismo explicaba era necesario partir de los números en la dirección opuesta: se empeñó en conocer «los fundamentos lógicos de lo que tenemos que dar por sentado en la matemática», algo que tiene un nombre: filosofía matemática. El esfuerzo que realizó hasta completar su obra Principia mathematica (escrita en colaboración con uno de sus antiguos profesores) y que le llevó tres años y tres gruesos volúmenes fue terrible y agotador: «...mi intelecto jamás se recuperó por completo de aquella tensión».
    ¿Y qué más pudo amar Russell? Pues la lectura y la escritura, sin duda, y me refiero a la literatura. He aquí una opinión al caso que acredita gustaba de la novela: «Todas las mejores novelas contienen pasajes aburridos. Una novela que eche chispas desde la primera página a la última seguramente no será muy buena novela». Fueron buenos amigos suyos al menos tres novelistas notables: H. D. Lawrence, Joseph Conrad y T. S. Eliot. A este último lo había conocido en Harvard mientras impartía conferencias y allí le alentó y aconsejó; después, en Londres lo acogería en su casa junto con su mujer en momentos financieros difíciles para aquel joven matrimonio. La casualidad hará que Eliot se adelante dos años a él en alcanzar el Nobel de Literatura. Respecto a Joseph Conrad, aquel polaco nacionalizado británico, la amistad iba unida a la admiración por el novelista y por su obra; tal era así que a su segundo hijo le puso en su honor Conrad como nombre.
    Y, finalmente, yo me atrevería a decir que también amó las cosas bellas y sencillas que muy pocos aman: «El mar, las estrellas, el viento nocturno en parajes desolados, significan más para mí que los seres humanos que más quiero...»; «...las grandes, sencillas y eternas cosas de la vida, el sonido del mar al arrastrar los guijarros, el grito de las gaviotas, la luz de la luna reflejada en las olas, el sol que se pone sobre los acantilados...»; «La matemática y las estrellas me consolaban cuando el mundo humano me parecía carente de calor».

    La búsqueda del conocimiento, su segunda pasión, se diría que era en parte debida a su curiosidad y a sus dudas. Russell no sólo sentía curiosidad por todas las manifestaciones de lo humano, sino de lo que el mismo universo físico representara y de todo lo abstracto que en él se hallare. «Los hombres nacen y mueren. Algunos apenas dejan rastro, otros transmiten algo bueno a los tiempos futuros. El hombre cuyos pensamientos o sentimientos se han ampliado gracias a su conocimiento de la historia deseará transmitir, en la medida en que le sea posible, lo que sus sucesores juzgarán que ha sido bueno». Y él se propuso hacerlo acerca de todas las disciplinas imaginables; sus escritos y sus numerosas conferencias versan tanto sobre lo aprendido como sobre lo por él rechazado. Leyendo a Russell en algunos de sus libros muchos de los cuales hoy se siguen editando —precisamente algunos de los que él mismo llamaba libros «ganapanes» por haberlos escrito rápidamente en épocas de crisis económicas personales— uno goza de lo lindo. A Russell, gracias a su «facilidad para escribir una prosa perfecta con gran rapidez sobre cualquier tema (...) y a su versatilidad literaria»(2) se le lee con facilidad —ya lo hemos dicho— y es capaz de llevar al lector sin agobios de un lado a otro: de Platón y Aristóteles a la psiquiatría de su tiempo o a Spinoza o a Hume; de éste a las guerras de religión o posiblemente al modo de ser de los ingleses, y de aquí puede que lo conduzca a Gandhi o a la superstición y la brujería.
    Yo he querido huir en principio de mencionar aquí algunas obras de él que me han resultado extraordinarias, pero finalmente he razonado que debería hacerlo porque, además de proporcionar su lectura un placer inigualable, ayudan a comprender muchas incógnitas y enigmas que en nuestros días están todavía presentes. Hay un sencillo volumen que él escribió entre guerras, y que aún se vende hoy como libro de bolsillo, que singularmente trata un tema que todavía en estos tiempos viene siendo objeto muy tentador a desarrollar por los escritores actuales; su título: La conquista de la felicidad que, además de resultar verdaderamente encantador, da idea de lo poco que ha cambiado nuestro mundo en cuanto a la psique humana, y sigue siendo por tanto un libro de actualidad. Pero hay muchos más: yo citaría Ensayos impopulares, Ensayos filosóficos, Sociedad humana, ética y política, El credo del hombre libre y otros ensayos (con la cual Conrad se sintió emocionado) y Respuestas, o sus ideas esenciales sobre política, sociedad, cultura y ética que, compendiadas y publicadas bajo ese título, han sido extraídas de todas sus obras por la Sociedad Bertrand Russell.

    Finalmente es tiempo de hablar sobre aquella su «insoportable piedad por el sufrimiento de la humanidad». La defensa de los derechos de la mujer y especialmente su acceso al voto, la moral de la guerra —desde sus motivos hasta las prácticas— y el reclutamiento forzoso, los problemas de la educación no liberal, los genocidios masivos, los arsenales nucleares y el desarme, entre otros, le llevaron a enfrentarse a los gobiernos de su país, a la pérdida de cátedras, al exilio, a la creación de una escuela libre, a entrevistarse con Lenin, a escribir al presidente Wilson y después a Kruschov y a Eisenhower, a manifestarse a favor de la desobediencia civil, a crear un Tribunal popular internacional y, ...hasta a la cárcel en dos ocasiones. Se diría que, incansable y luchando por lo que él pensaba era ayudar a mitigar el sufrimiento de la humanidad, el tercer conde Russell permaneció firme hasta dos días antes de su muerte, momento en el que dictó su última proclama para ser leída en un congreso internacional, en la que condenaba a Israel por bombardear Egipto. Era en enero de 1970 y tenía noventa y ocho años.
    Me place terminar dejando una extensa, pero muy sutil y hasta ocurrente cita de él en cuanto a la creación literaria:
 «El dramaturgo cuyas obras nunca tienen éxito debería considerar con calma la hipótesis de que sus obras son malas; no debería rechazarla de antemano por ser evidentemente insostenible. Si descubre que encaja con los hechos, debería adoptarla, como haría un filósofo inductivo. Es cierto que en la historia se han dado casos de mérito no reconocido, pero son mucho menos numerosos que los casos de mediocridad reconocida. Si un hombre es un genio a quien su época no quiere reconocer como tal, hará bien en persistir en su camino aunque no reconozcan su mérito. Pero si se trata de una persona sin talento, hinchada de vanidad, hará bien en no persistir. No hay manera de saber a cuál de estas dos categorías pertenece uno cuando le domina el impulso de crear obras maestras desconocidas. Si perteneces a la primera categoría, tu persistencia es heroica; si perteneces a la segunda, es ridícula. Cuando lleves muerto cien años, será posible saber a qué categoría pertenecías». Y más adelante, «...si usted sospecha que es un genio pero sus amigos sospechan que no lo es, existe una prueba, que tal vez no sea infalible, y que consiste en lo siguiente: ¿produce usted porque siente la necesidad urgente de expresar ciertas ideas o sentimientos, o lo hace motivado por el deseo de aplauso? En el auténtico artista, el deseo de aplauso, aunque suele existir y ser muy fuerte, es secundario, en el sentido de que el artista desea crear cierto tipo de obra y tiene la esperanza de que dicha obra sea aplaudida, pero no alterará su estilo aunque no obtenga ningún aplauso. En cambio, el hombre cuyo motivo primario es el deseo de aplauso carece de una fuerza interior que le impulse a un modo particular de expresión, y lo mismo podría hacer un tipo de trabajo diferente».
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(1) Enciclopedia de la Literatura Garzanti
(2) Ronald Clark, Russell




lunes, 5 de noviembre de 2012

Día Setenta y nueve: La Madre Rusia, el alma rusa y la «troika rusa»

La premura me ha aconsejado ahondar de nuevo y por última vez en autores rusos. Teniendo en cuenta que se aproxima el último día de este blog, que tal como me propuse al comenzarlo será el «Día Cien», he decidido que no debo esquivarlos más; otros pueden esperar.
    De aquellos dos gigantes que están en la mente de todos ya dijimos al principio algo; ahora toca ir a los demás. Y ese es el problema, porque ¿quiénes son los demás?; ¡los demás puede que sean muchos! Y tal es así que he decidido centrarme exclusivamente en aquellos que al tiempo de dejarnos una gran huella literaria nos hayan legado también el más puro sentir de la que se conoce como el alma rusa; aquellos que nunca se occidentalizaron y que, inclusive viajando y residiendo en la Europa más alejada, mantuvieron su «eslavofília». Aquellos que contemplaban a la Madre Rusia como uno de ellos mismos escribía: ¿Y tú, Rusia, ¿no vuelas también como una troika ardorosa que nadie podría adelantar? (...)¿Adonde vas? Contesta. No hay respuesta. (...) Todo lo que se encuentra en la tierra queda atrás y, con mirada de envidia, las otras naciones se apartan para abrirle paso».

    Podríamos comenzar por Pushkin y, sin embargo, a pesar de haberlo sido todo para el resto de ellos, también lo he desechado. He prescindido de él a pesar de aquellas palabras con las que Dostoievski comenzó su discurso con motivo de la inauguración del monumento en su honor: «Pushkin es un fenómeno extraordinario, y quizá la única expresión del espíritu ruso». Lo he excluido porque incluso siendo el «padre» de todos ellos y el iniciador de aquella invasión literaria, había nacido en la nobleza y no pasó miseria alguna, eso además de que en su casa ya se vivía intensamente la literatura. También porque murió a los treinta y siete años la cual es una edad demasiado temprana para morir y, además, a consecuencia de un estúpido duelo de honor de los que había mantenido bastantes; pero también porque fue más romántico que sus «hijos» hasta el punto de habérsele comparado con Byron, y, finalmente... porque nunca salió de su país.
    Lo siento, pero me he quedado con una troika —aquel pesado carruaje ruso tirado por tres caballos— que pienso es representativa de lo que vengo diciendo y que he llamado «la troika rusa». Helos aquí ordenados atendiendo exclusivamente al tiempo en que les tocó vivir: Gógol, Chéjov y Gorki. En los tres se dan algunas ineludibles constantes: los tres trabajaron indistintamente el cuento, la novela y el teatro; conocieron lo que había fuera de las fronteras de su país y siempre volvieron a su amada Rusia. De alguna manera vivieron intensamente aquellos sentimientos que se nos ha dicho representan el alma de los rusos: la resignación, la tristeza, el desapego material, la melancolía, el ascetismo, la aceptación del sufrimiento, el misticismo... Mantuvieron así aquella doctrina «eslavófila» en la que el principio de la ley moral descansa en la Rusia antigua y en la Iglesia ortodoxa, al tiempo que rechazaron la influencia de occidente. Y, no obstante, simultáneamente y entre páginas de ironía, dolor, sarcasmo y hasta humor denunciaron con sus escritos la opresión de aquel sufrido pueblo y los aspectos más infamantes siempre omitidos hasta entonces: la corrupción, la burocracia, el despotismo, la represión, los abusos y el autoritarismo, las injusticias sociales y la miseria del pueblo. «¡Dios mío, que triste es nuestra Rusia!» exclamó Pushkin escuchando la lectura de algunos párrafos que Gógol le hacía de su novela Almas muertas.
Y ya que acabo de citar a Gógol, debo aclarar que eran suyas aquellas palabras entrecomilladas que antes he transcrito tratando de expresar el concepto de Madre Rusia; lo mismo que aquellas con las que Dostoievski comenzó su también citado discurso en honor de Pushkin.

    Nuestra historia comienza en el 1809 y dura hasta el 1936. Pero no; esas serían la edad del nacimiento del primero y la del fallecimiento del último. Habría que decir mejor que la historia es como una ráfaga de luz en el firmamento que tiene varios momentos de fulgor. A saber, en los años treinta del siglo con una obra teatral y una novela: El inspector y Almas muertas. Después, en los años finales del mismo con dos obras para teatro: La gaviota y El tío Vania. Por último, y ya en el siglo veinte, con más teatro: Los bajos fondos, y con una novela: La madre. ¿Habéis reparado que han sido destellos de teatro y novela? Pues no obstante también los tres dominaron esencialmente el cuento.
    Sigamos con nuestra historia; conocieron la miseria pero tenían un empeño y una voluntad de hierro. Ved a Gógol, hijo de madre polaca y de padre cosaco ucraniano; ha permanecido en una escuela de la que le ha quedado para siempre un recuerdo de suciedad, frío, desnutrición y castigo corporal. Marcha desde Ucrania a San Petersburgo con diecinueve años y con un manuscrito de poemas que allí edita por su cuenta y, ante el descomunal fracaso, adquiere todos los ejemplares y los quema prometiendo que nunca más escribirá poesía. Gógol representa la impaciencia, el ansia por la fama, el volver a empezar una y mil veces, el no parar hasta tener a Pushkin delante de él para mostrarle sus manuscritos; un Pushkin de treinta años que reconoce su madera de escritor y le apoya, le alienta y le aconseja. Por sugerencia de él nacerá la obra teatral aparentemente cómica El inspector, que se estrena cuando su autor cuenta veintisiete años —durante dos estuvo censurada sin poder estrenarse.
    Pero su destello brillará mucho más con su novela Almas muertas publicada a sus treinta y tres años. Si con aquella obra teatral puso al descubierto, no sin problemas como hemos dicho, parte de la corrupción de la sociedad zarista, con el relato sobre aquellas «almas» (a los siervos se les llamaba así piadosa y compasivamente) su crítica se hace más ácida. Aquellas almas ya muertas son los siervos fallecidos que alguien va comprando a los terratenientes —compra su título de propiedad— antes de que se realice el censo; así podrá acreditar un patrimonio ante las autoridades administrativas para seguir haciendo negocios. Dado que había trabajado como empleado público, Gógol conocía algunos de los entresijos de aquella administración. Por cierto, ¿Sería después Gógol muy leído por Kafka?; hay mucho de incongruente, irreal, fantástico e inexplicable en algunas de sus obras, eso además de mucha mordacidad. Leed El capote; de ella dijo Dostoievski: «Todos hemos salido de El capote de Gógol». En el fondo, la impenetrable maraña burocrática e injusta de aquel régimen corrompido que todo lo controla y ante el que el ciudadano viene a ser el simple K. protagonista de El castillo, ¿no es el continuo argumento de Kafka, pero allí auténtico y real?
    Como todos los poetas malditos de los que hemos hablado Nikolái Gógol murió joven, y además loco. De nuevo la literatura y la demencia van de la mano; unas veces lo hacen como argumento y otras como realidad. Gógol resulta ser persona que no es grata al régimen y se ve obligado a exilarse fuera del país: Alemania, Suiza y, sobre todo, Italia. Después, ¿una neurastenia?..., ¡quién sabe!; un misticismo religioso exasperado que lo lleva hasta Jerusalén se apodera de él. Cuando regresa, en cuanto a prácticas ascéticas es lo que será después Tolstói pero elevado al cubo —si se me permite la expresión. Tiene cuarenta y dos años y, un día, llevado de aquel paroxismo religioso decide quemar el manuscrito de la segunda parte de sus «almas» al que había dedicado muchos años. A continuación se acuesta y rechaza todo alimento; días después fallece entre terribles convulsiones y dolores. Antes había escrito El diario de un loco.

    Chéjov viene al mundo ocho años después de este triste suceso; es también ucraniano pero en su caso las miserias de su familia —sus padres son hijos de siervos— son mucho mayores que las de Gógol. Las indigencias y los castigos corporales los sufre también en su casa y no sólo en la escuela; su padre, un individuo violento, ávido de dinero y a menudo ciego de alcohol y de fanatismo religioso, utiliza con frecuencia el cinturón.
    Acerca de Chéjov —de nuevo voluntad, voluntad y voluntad— cabe preguntarse: ¿Cómo pudo ser que aquel chaval que se dirige desde su ciudad natal a Moscú, donde ya antes se ha establecido su familia huyendo de la miseria que produce el tienducho que poseen en su aldea, cómo puede ser —repito y me pregunto— que acampados todos en principio en un húmedo sótano, y luego en un piso de mala muerte en el barrio de la prostitución, llegue a iniciar y terminar la carrera de medicina en la universidad? Bueno, pues, uno de los recursos de Antón Chéjov —además de voluntad— fue colaborar con escritos que algunas revistas le iban publicando, la mayoría humorísticas. No era una vocación sino una necesidad; tenían que comer puesto que además él, segundo de los hermanos, había tomado las riendas del hogar. «Tras la comicidad se encuentra la dolorosa representación de la existencia»(1).
    Este joven cabeza de familia acabará la carrera y ejercerá su profesión con verdadera entrega ayudando y cuidando de aquella. Con frecuencia, incluso después de sonreírle la fama en el campo de la literatura, mantendrá ésta subordinada al ejercicio de la medicina. Célebre es aquella su frase: «La medicina es mi esposa, la literatura es mi amante». Y al parecer ejerciéndola, contraerá pronto la tuberculosis.
    ¡Habría tanto que contar sobre Chéjov! A ver si soy capaz de sintetizar lo más esencial en pocos renglones, por ejemplo en plan telegrama: primero que su vida fue una entrega total a su trabajo y a su «amante»; segundo que su fe en la ciencia, la técnica y el progreso era inmensa; tercero que... No; es muy frío seguir así, y Chéjov era una persona cálida que disfrutaba de los bienes que la vida pueda ofrecer, por ejemplo la amistad. Tenía no sólo la de Tolstói, sino también su admiración: «¡Qué hermoso cuento ha publicado Chéjov en la revista Vida! ¡Me hace extraordinariamente feliz!»; se estaba refiriendo a En el barranco, del que un siglo después Nabokov dirá que se trata «del más asombroso de Chéjov». ¿Cuentos?, ¿tan sólo cuentos?, era lo que mejor se le daba; ejercía al tiempo la medicina y posiblemente no estaba preparado para el relato largo. Pero con el tiempo, quizá debido a sus obligadas y largas estancias de reposo por su enfermedad, Antón Chéjov aborda escritos más dilatados, y, especialmente el teatro. Aquel exilado en Yalta por culpa de su tuberculosis, con unos pulmones encharcados en sangre que con frecuencia hace su aparición al toser, nos dejará obras teatrales que llegarán a ser tan renombradas como aquellas dos que hemos citado al principio; la última, siendo ya un gran dramaturgo será El jardín de los cerezos.
Si en las obras de Dostoievski siempre aparece un enfermo de epilepsia, en las de Chéjov es muy grande el número de tuberculosos que acaban muriendo por esa dolencia. Había recorrido dos veces la Europa más occidental y había viajado una vez a la isla de Sajalín, la penitenciaría más cruel de la Rusia zarista, en la que investigando permaneció cuatro meses mientras rellenaba diez mil fichas con datos sobre los allí condenados; algo que a pesar de su mala salud se empeñó en hacer, y acerca de lo cual publicó un ensayo. 
Toda Europa —y Rusia claro está— disfruta su teatro cuando a los cuarenta y cuatro años fallece a consecuencia de su enfermedad. Pirandello podría decir que se acababa de convertir en uno de los personajes de sus mismas obras.

Hablábamos hace un momento sobre la amistad. Si Chéjov apreciaba las cosas buenas de este mundo —aunque sufriendo por lo que en su patria veía— la amistad que mantuvo con Gorki, y que nació cuando este no era nadie y él ya estaba consagrado, dice mucho en su favor. Con Alexei Pechkov, ocho años más joven que Chéjov, nacido en la miseria en la desembocadura del Volga, huérfano a los nueve años y analfabeto durante algunos más, vamos a cerrar estos apuntes de hoy.
Habría que resaltar que el caso de Gorki —seudónimo con el significado de «amargo» en ruso— es realmente sublime. Auténtico y pleno autodidacta desde que aprende a escribir navegando por el Volga gracias a un cocinero con el que venía trabajando de pinche, su vida es pura superación y vencimiento de obstáculos. Si hay en la historia de la literatura protagonistas que lucharon para salir de la fosa de la ignorancia y conquistar el éxito, él estará siempre entre los primeros de la lista. En su caso, no obstante, se confunde la pasión por escribir con el ímpetu de redimir a los desheredados. Gorki no tiene ante sus ojos de muchacho tan sólo las estepas rusas con sus mujiks, sino también la inmensidad del Volga con sus bosiaks: los desarrapados de sus puertos y centros industriales y que serán los primeros revolucionarios. Al igual que Chéjov el cual llegó a armonizar el ejercicio de la medicina con la literatura, Gorki compartirá la lucha del proletariado con su amor a las letras.
El modo y las maneras con las que aquel muchacho de dieciocho años, que nunca ha dejado de leer, y que a pesar de ello intuye que jamás logrará superar el foso que le separa de los instruidos —lo cual le lleva a intentar el suicidio—, el modo y las maneras, repito, con las que alcanza sin embargo la cima de la literatura, no es un misterio; él lo dejo escrito explicándonos cuales fueron «sus universidades». Después de que aquella bala le atraviese el pulmón en lugar del corazón, recorrerá casi toda Rusia a pie trabajando en mil y un empleos. Este rudo hijo del Volga, como ha sido llamado, para el que Rusia era sobre todo ese gran río, conseguirá que le editen su primer libro Ensayos e historias en 1898, cuando cuenta treinta años y ya viene colaborando en periódicos como aficionado o corresponsal.
Con Chéjov, por el que siente auténtica admiración, viajará por el Cáucaso y juntos irán a visitar a Tolstói hasta el balneario de Graspa en el mar Negro, donde se llegará a fotografiar junto a él. ¡Precisamente con Tolstói!, nada menos que con Tolstói, al que uno de los comités revolucionarios le había comisionado mucho tiempo antes que lo fuera a ver a Yásnaia Poliana para solicitarle que se deshiciera de sus propiedades en favor de los siervos.
Chéjov, el cual había decidido que siempre se mantendría al margen de cualquier exteriorización y enfrentamiento político en los que Gorki acostumbraba a tomar parte muy activamente, renunció sin embargo —¡hay que decirlo!— a su puesto en la Academia de Ciencias de San Petersburgo, de la que era miembro desde hacía dos años, como protesta por la exclusión de Gorki debido a sus actividades políticas que la Academia consideraba subversivas. Sucedía ello el año 1902, el mismo en que Gorki daba a conocer su obra escénica Los bajos fondos que hoy se sigue representando en todo el mundo.
¡Qué ironías nos suele deparar el destino! En su caso nada más ni nada menos que escribir la que será considerada su mejor novela, La madre —una novela en la que se pone de relieve el fervor de la lucha bolchevique— ¡nada menos que en los Estados Unidos de América!, y precisamente en el estado de Nueva York, concretamente en  sus montañas de Adirondack durante el verano de 1906, en un cottage que le había cedido un simpatizante norteamericano. Quizá nos pueda decir ello mucho de su impenetrabilidad a todo lo que le rodeaba y que fuera ajeno a la madre Rusia. A aquel país había llegado no por otra razón que comisionado a fin de recaudar fondos para la causa bolchevique.
Durante su azarosa vida, la espiral de la revolución en su país y los cambios que se sucedían le dejaron huella. Como todo notable fue tratado de utilizar por las distintas facciones en lucha por el poder, sintiéndose posteriormente desilusionado y engañado; lo contará en Pensamientos últimos.
Alexei Pechkov el «amargo», después de haber conocido la amarga verdad de las pasiones de su país, de haber vivido fuera de él varias veces por causa de la represión, de la enfermedad o de las luchas por el poder —concretamente en Alemania, y especialmente en Italia en dos ocasiones— siempre llevó y tuvo a Rusia con él ajeno a cualquier mundo exterior. Murió en extrañas circunstancias relacionadas con aquellas luchas personales de la revolución.
Es bueno recordar quizás ahora, hablando de su final, aquella rabia que muchos años antes sintió cuando se enteró de que el cadáver de su amigo y mentor Chéjov había sido trasladado a Moscú desde Alemania —en uno de cuyos balnearios había fallecido— en un vagón refrigerado repleto de «ostras frescas» en el que figuraba ese mismo rótulo. Su indignación, concordante con su espíritu siempre inquieto, efusivo y desazonado, fue puesta de manifiesto repetidamente por lo que él consideraba una burla y una ignominia, recordando la gran personalidad de su amigo Chéjov.
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(1) Natalia Ginzburg, Antón Chéjov

viernes, 26 de octubre de 2012

Día Setenta y ocho: Una multitud de personajes (uno, ninguno y cien mil) en busca de Pirandello



Hablábamos ayer de la duplicidad y el desdoblamiento de personalidad supuestamente ocurrido en Pessoa, y ello me trajo a la memoria a uno de los primeros y más grandes escritores que se propusieron cuestionar la identidad del individuo. Podríamos decir que, en una u otra forma, toda la obra del genial siciliano Luigi Pirandello está impregnada de esa terrible pregunta que tan menudo todos nos hacemos mirándonos a nuestro interior: ¿Quién soy yo?

     El título de la última novela que llegó a escribir podría servirnos de respuesta absoluta a esa pregunta; todos somos Uno, ninguno y cien mil. Mucho antes de escribirla había manifestado que: «...cada uno de nosotros cree que es uno solo, pero esa es una percepción falsa; cada uno de nosotros es tantos, tantos cuantas son las potencialidades del ser que hay en nosotros. Conocemos únicamente una parte de nosotros mismos, y con toda probabilidad la menos significativa». Jugar con el concepto de personalidad y demostrar que no es única, fue una constante en su impaciente vida de novelista y dramaturgo. 
     Descubrí a Pirandello hace ya muchos años cuando adquirí y lei una de sus primeras novelas (que todavía conservo) y que hoy sigue estando considerada tal como entonces su mejor obra en el terreno de la narrativa. Posiblemente con ella, con El difunto Matías Pascal, se inició esa corriente literaria sobre «la pluralidad de conciencias y de estratos conscientes e inconscientes que pueden convivir dentro de un individuo y las fuertes variaciones que puede sufrir su personalidad a lo largo del tiempo»(1), todo lo cual él llevaría después con gran fecundidad y éxito al teatro, y en ello indagarían subsiguientemente otros muchos autores. Pero, sin lugar a dudas, Pirandello fue un precedente.
     De hecho, al igual que Kafka nos legó el vocablo «kafkiano» como sinónimo de los conceptos incoherente, inexplicable, intranquilizador y desconcertante, de Pirandello nos ha quedado «pirandelliano» para expresar la falta de identidad en el individuo, para percibir y destacar el eterno conflicto entre realidad y apariencia del yo, revestido ello, además, de una comicidad o humorismo trágico y amargo, todo al mismo tiempo; porque Pirandello —al menos su personalidad conocida— no se puede entender al margen de su concepto pesimista de la vida con cierta tendencia al nihilismo.
     En realidad «la pregunta por la esencia del yo recorre toda la obra de Pirandello, que llega al extremo de invertir los planos y aseverar que una criatura de ficción es más auténtica que un ser de carne y hueso»(2). Es así que Alonso Quijano o Enma Bovary son más auténticos que Cervantes y Flaubert, algo que posiblemente estaba pensando cuando escribió que «Quien nace personaje, quien tiene la ventura de nacer personaje vivo, puede reírse hasta de la misma muerte. ¡Ya no muere! ¡Morirá el hombre, el escritor, instrumento natural de la creación; la criatura ya no muere! Y para vivir eternamente, no tiene la menor necesidad de poseer unas dotes extraordinarias o de llevar a cabo ningún prodigio».
     Y, ¿qué más oportuno que preguntarnos ahora quién era Luigi Pirandello, o «quiénes» pudieron ser los personajes que convivían en él? Ante todo no olvidemos que estamos en Sicilia, algo así como el ágora del Mediterráneo dado que durante siglos fue encrucijada de civilizaciones, pueblos y culturas tan dispares como la helena, púnica, romana, bizantina, vandálica, ostrogoda, árabe, normanda, catalano-aragonesa y castellana. Todos, arribando a sus costas, se disputaron durante muchos siglos aquella tierra colmada de la más espantosa aridez y también bendecida con la fecundidad más exuberante a la que Goethe mitificó como «el lugar de los dioses». Allí, en el litoral del sur, en un antiplano calcáreo cortado por profundos barrancos entre terrazas de caliza y junto a ese mar por el que llegaron tantos visitantes, en un suburbio de Agrigento —Girgente en siciliano, Akragras en griego, Agrigentum en latín, Kerkent en árabe— se encuentra Kaos: el lugar donde vino al mundo Luigino. Me pregunto cuánta diferente sangre correría por sus venas, cuántas personalidades se habrían ido gestando en aquel recién nacido —justo en aquel «caos»— después de más de tres mil años de historia.   
Vayamos a su infancia cuyos recuerdos están presentes en muchas de sus obras, y nos encontraremos con desgarros típicos similares a los vividos por Stendhal. De nuevo late allí la percepción edípica al mantener con su padre una difícil relación hasta el punto de considerarse un «hijo cambiado»; su padre fue para él «un hombre incomprensible», alguien con el que «no se podía razonar». Es el mismo sentimiento edípico que en Uno, ninguno y cien mil expresa el protagonista tratando de evitar que pueda ser identificado con su padre. Stefano maltrató a su madre, mujer sumisa a la que él reverenciaba, y además la abandonó por una amante a la que el mismo Luigi llegó a escupir al encontrarlos en situación comprometida. Aunque el padre regresó, hay una niña nacida como consecuencia de su adulterio; un vecino aceptará a la mujer y a la niña a cambio de dinero. Dado que es normal que el creador excave siempre en sus impresiones remotas buscando recursos inagotables, Pirandello desempolvará recuerdos de todo ello que plasmará también en una obra, La voluptuosidad del honor. 

    Trece años vive el pequeño Luigi entre aquellos sus paisanos, unos de rostros cetrinos y mirada torva, otros con rasgos helenos y la mayoría celosos de sus mujeres hasta el punto de cubrir los balcones para que no se vea nada desde la acera. Es Sicilia, y se habla el dialecto siciliano hoy reconocido como idioma por la Unesco. Ese será el tema que el joven Pirandello, después de ser educado en su casa por preceptores y de matricularse en la universidad de Palermo, su segunda ciudad, y en Roma donde se acaba pegando con el decano, ese será el tema, digo, sobre el que versará su tesis de licenciatura al terminar su carrera de Letras en Bonn, donde la lee en alemán. ¿Fue quizá allí y entonces donde se contagió del pesimismo de Schopenhauer y creyó firmemente que «...la vida del individuo, por muy enrevesada que pueda parecer, es una totalidad congruente en sí misma, que posee una determinada tendencia y un sentido instructivo, al igual que la epopeya más meditada», e «incluso que el curso individual de los acontecimientos, los cuales son con frecuencia el caprichoso juego del ciego azar, esté de alguna manera planificado y dirigido como conviene al bien verdadero y último de la persona»? ¿Y que: «Si examinamos minuciosamente algunas escenas de nuestro pasado, todo en él nos parece tan tramado como en una novela trazada conforme a un plan»?
     Si de vida enrevesada y de reveses hablamos, la suya iba a ser de las más enmarañadas. Su matrimonio se convierte pronto en un infierno cuando a los treinta y seis años un acontecimiento familiar, la inundación de una mina de azufre de su suegro en la que está invertida la dote de su esposa Antonietta, deja a su familia en la ruina y aquella comienza a enloquecer. Manías persecutorias y escenas de celos terribles, celos de las mujeres que ya empiezan a aparecer en las obras de Pirandello. La locura y la crisis matrimonial serán temas omnipresentes en la obra pirandelliana; la huida de Matías Pascal de su casa, es la escapada imaginaria de Pirandello de la suya. Evidentemente nunca será un loco pero en su novela corta Cuando estaba loco el protagonista dice: «Cuando estaba loco (...) no podía, en mi conciencia, decir "yo", sin que inmediatamente un eco me repitiese: "Yo, yo, yo... de tantos como llevaba dentro en animada algarabía». La pluralidad —«El yo no es único sino que se multiplica en tantos yoes como los demás perciben en nosotros o como nosotros podemos percibir en nosotros mismos, en tantos yoes como pueden sucederse en nosotros a lo largo del tiempo o como pueden convivir en nosotros simultáneamente»— será una constante(1). Al igual que en el Il fu Mattía Pascal y La signora Morli una e due, el tema de la identidad junto con la evasión de la realidad será el de toda su obra. «El piso se convirtió en un infierno. Prisionero en este laberinto, Pirandello iba a errar por él más de dieciocho años. Al no poder vivir su vida, sólo podía escribirla. Y tal fue el inicio de la gloriosa catarsis»(3)
* * *
     ¡Y todavía no hemos hablado de su teatro! Pirandello, que abordó la obra teatral por recomendación de dos íntimos amigos, resultó ser uno de los grandes renovadores del género sin dejar de cuestionar la identidad de los personajes: «Todo lo que vive, por el mero hecho de vivir, posee una forma, y por lo mismo debe morir; menos la obra de arte que, precisamente en tanto que es forma, vive siempre». Laura Vaccaro dice que «Además de perder su identidad (...) el personaje pirandelliano percibe algo tanto o más desasosegante: que no hay autor que le fije el texto y le organice sentido a su peripecia. Algo que bien mirado, aparecía ya en el teatro isabelino como el dilema de Hamlet».
     Bástenos decir para terminar que estamos ante el máximo innovador del teatro, desde Shakespeare e Ibsen, hasta nuestros días. Pirandello nos trajo «el teatro dentro del teatro»: aquello de que los espectadores invadan el escenario, o que la obra sea parte de lo que sucede en el patio de butacas o en la antesala de él y hasta en las inmediaciones del mismo antes de comenzar la función. Su Seis personajes en busca de autor o Esta noche se improvisa son títulos, por ejemplo, que siempre seguiremos viendo en cartel. ¡Genial Luigi Pirandello que tantas emociones nos ha hecho vivir lo mismo desde los escenarios que desde sus cuentos y novelas!

«El arte venga a la vida. En la creación artística el hombre se convierte en Dios»

 
 

(1) Miquel Edo, Introducción a El difunto Matías Pascal.  
(2) Laura Vaccaro, Los premios Nobel de Literatura
(3) J. Chaix-Roy,  Pirandello

viernes, 19 de octubre de 2012

Día Setenta y siete: No puede existir creación sin desasosiego. Preguntadle a Pessoa


Cuando el día anterior finalizaba con Stendhal decidí que había llegado el momento de traer a estas notas a Pessoa. Si Stendhal se prodigó en seudónimos Pessoa lo hizo en seudónimos y heterónimos; si los manuscritos de Stendhal al morir fueron arrinconados en una biblioteca los de Pessoa a su muerte permanecían ignorados en un baúl. A ambos les importaba poco que casi nadie los leyera en vida y ambos fueron reconocidos y celebrados cincuenta años más tarde gracias a Stryenski y Gaspar Simões.


    Pero también en Pessoa hay algo de Poe y de Baudelaire con su muerte temprana a los cuarenta y siete años tras un anonimato no exento de alcohol; y nos trae a la memoria a Joyce caminando no durante veinticuatro horas como su Lopoldo Bloom por Dublín sino haciéndolo incansablemente durante veintisiete años por su entrañable Lisboa; y a Kafka con sus problemas respecto al sexo y al matrimonio y con sus temores y miedos, en su caso a la locura. Y sin embargo en Pessoa, al margen de su estampa de hombre vulgar y anodino, de un fracasado que careció de casi todo y al que hasta su familia despreciaba, se da el caso de que asumió y aceptó resignadamente la desdicha y el infortunio de ser para todos un inutil.
Pessoa, siempre reservado, con su compleja y desconcertante personalidad humana fue también un poeta maldito a su manera sin estridencias ni desentonos, sin borracheras y sin escándalos..., pero presa de un gran desasosiego interior; esa desazón que sacude y consume a todos los artistas y sin la cual no es posible crear. 
Pessoa, siempre impasible entre los lisboetas de su tiempo, pulcro y bien vestido y aseado, subiendo y bajando de los tranvías, recorriendo las céntricas rúas de la capital, trabajando en sus cartas comerciales en otros idiomas para poder comer, fumando incansablemente y bebiendo sus vinos y aguardientes en los cafés, cambiando más de veinte veces de piso con su baúl a cuestas, siempre silencioso e ignorado me recuerda aquello de Ortega y Gasset: algo así como que para el ayuda de cámara no existe el gran hombre, no es capaz de apreciarlo. Pessoa fue todo un genio ignorado en sus días por sus contemporáneos.
Apenas un libro y un puñado de poemas y ensayos dispersos en fugaces revistas literarias de vanguardia fue todo lo que en su vida vio la luz. Traduciendo cartas comerciales para varias empresas lisboetas, aquel hombre con el dominio de varios idiomas europeos y una enorme cultura que había adquirido mientras devoraba toda clase de lecturas desde su infancia transcurrida en Sudáfrica, llevó la vida más mediocre y anodina que se pueda imaginar. Pero al morir nos dejó un baúl, un arca llena de gente y también un libro: el Livro do desassossego el cual lo comenzó a escribir en el 1912 y no lo abandonó hasta su muerte en 1935: «un infatigable y bello dietario que lo reúne absolutamente todo: reflexiones estéticas y filosóficas, poemas, divagaciones y apuntes cotidianos a la manera de un gran laboratorio de escritura».


No obstante, lo que ha sorprendido de una forma extraordinaria a todo lector entusiasmado o estudioso de su obra ha sido aquella permuta o alteración y desdoblamiento de su personalidad a lo largo de su vida (para ser exactos desde los veintiséis años) en otros seres a los que él denominó heterónimos «Tuve siempre desde niño necesidad de aumentar el mundo con personalidades ficticias»; «...yo me siento vivir varios seres. Me siento vivir vidas ajenas...»; «...el fenómeno curioso del desdoblamiento es cosa que habitualmente tengo...». Fernando António Nogueira Pessoa sintió un día en el que se puso frenéticamente a escribir poesía, de pie sobre una cómoda, como a él le gustaba si podía hacerlo, que era otra persona la que redactaba aquellos treinta y tantos poemas; acababa de escribir El guardador de rebaños pero se dio cuenta de que no era obra suya. Aquel día «apareció en mí mi maestro»; «le di el nombre de Alberto Caeiro». Inmediatamente se puso a escribir más poesía y le salieron también de un tirón los seis poemas que componen La lluvia oblicua, y entonces reparó en que esos poemas sí eran suyos, de Pessoa.
Fue entonces cuando llegó a saber por primera vez de sus desdoblamientos de personalidad; fue ese el día en que supo de la «existencia» de Alberto Caeiro, su primer heterónimo; alguien con poca instrucción y sin profesión que pasó casi toda su vida en el campo. Después vendría el segundo, Ricardo Reis, un poeta epicúreo, un nihilista total que, exilado, publica poesía desde Brasil. A diferencia de Caeiro, Reis es culto, fue educado por los jesuitas y estudió medicina. El tercer heterónimo fue Álvaro Campos, un ingeniero naval que había estudiado en Escocia y trabajado en Glasgow, aunque en la actualidad permanecía inactivo en Lisboa. Aquel Campos se le había aparecido de forma similar a Caeiro el día en que compuso «de un tirón y en la máquina de escribir, sin pausas ni correcciones, como al dictado, La Oda triunfal». Además de estos tres heterónimos en la obra de Pessoa también están presentes los semiheterónimos, como Bernardo Soares, ayudante de contabilidad y autor del Libro del desasosiego, un diario íntimo y un auténtico retrato interior de Fernando Pessoa. Y están los innumerables seudónimos que no vamos a mencionar.
Hagamos una pausa. ¿Era Pessoa un desequilibrado? Él se diagnosticaba como «histeroneurasténico» y ya hemos mencionado su gran temor a caer en la locura la cual, por línea paterna, le amenazaba. Aunque cuando él contaba siete años su padre había muerto de tuberculosis, antes ya había mostrado signos de desequilibrio mental; a su abuela sin embargo la conoció totalmente enajenada. No dejó Pessoa nunca de sentirse al borde de la locura, «...la locura circula aparentemente en su obra (...) aflora y desaparece, circula latente o al descubierto...»(1), ¿o se trataba simplemente de un inadaptado, un esquivo a la vida en sociedad incapaz de aceptar sus cometidos existenciales? ¿Estamos de nuevo ante la ecuación genio-locura? Para Mario Saraiva, psiquiatra portugués, hay un diagnóstico: «...era un psicópata (...), no era lo que se llama un loco. Padecía de una nosofobia, o una fobia a la enfermedad»(2).
Pero regresemos a saber de todos los Pessoas —persona en portugués se escribe pessoa— que en él convivían; «La lectura de la obra de los heterónimos muestra (...) que cada uno de ellos tiene un estilo, un arte poética, una escritura —si se prefiere— característica y original. Es imposible confundir una oda de Reis con cualquiera de las de Campos, o una obra de cualquiera de ellos con uno solo de los poemas de Caeiro o con cualquiera de las composiciones de Pessoa...»(3). Y tanto fue así que escribió sus datos biográficos, ocupaciones, carácter, relaciones entre ellos y con él, críticas de las obras que aparecieron con sus nombres; en cierta ocasión su novia Ofélia recibió una carta firmada por Campos en la que le comenzaba diciendo que «Un abyecto y miserable individuo llamado Fernando Pessoa (...) me ha encargado comunicar a V.E. etc. Hay que hacer notar que Fernando se dirigía a ella habitualmente como su «bebé», su «bebecito».
Y a propósito de Ofélia Queirós —la única mujer que hubo en su vida— abordemos superficialmente el aspecto de su vida amorosa. Su noviazgo breve e interrumpido por una ruptura y después por la definitiva, nos confunde como casi todo en Pessoa. En ese noviazgo se dan situaciones de lo más común para la época y al mismo tiempo reacciones extrañas que ella misma ha relatado. Él, que ya tenía más de treinta años y bebía, la familia de ella (que tenía diecinueve) y no veía con buenos ojos aquella relación y, sobre todo, que «los alcohólicos revelan su personalidad anómala por la inmadurez acentuada, por la ambivalencia de las relaciones familiares, por el miedo al sufrimiento, por la introversión y por un sentimiento de inseguridad que los consume en sentimientos de angustia»(4) pudieron tener que ver con aquella ruptura; de cualquier forma —¿el miedo como Kafka al aburrimiento, al sufrimiento y al abandono de la escritura?— decidió mantenerse fuera del matrimonio, renunció a él si es que alguna vez lo contempló; es posible que también su idiosincrasia y sus estrecheces financieras jugaran un papel fundamental. Además, a Álvaro de Campos que era homosexual le malhumoraban aquellas relaciones. El sexo, como dice su biógrafo Crespo, fue siempre motivo de perplejidad para él.
Aunque hubo una época patriótica en su vida en la que se preocupó con celo de la política y el destino en la historia de su país, su gran amor, sin embargo, a medida que envejecía fue la astrología, la teosofía, las ciencias ocultas, la vida esotérica, la numerología sagrada y la santa cábala. En su «Ficha autobiográfica» alaba al Gran Maestre de los Templarios y se considera iniciado en los tres grados menores de la extinta Orden Templaria de Portugal. Se ha dicho que llegó a ser un experto en astrología.
Cincuenta años después de su muerte a causa de una cirrosis hepática, los restos de aquel señor tan raro cuya imagen es hoy ya un icono con su sombrero, sus lentes y su pajarita, aquel señor que hasta los veinte años pensaba, hablaba y escribía en inglés y que no quiso «prostituirse» ganando un buen salario con un empleo fijo que le ofrecieron pero sometido a rígidos horarios, y prefirió subsistir ganando lo mínimo pero dedicándose a escribir, aquel nostálgico de su infancia con dos únicas obras terminadas y una de ellas publicada (The Mad Fiddler, escrito en inglés, y su libro de poesías Mensaje), decía yo que sus restos fueron exhumados, trasladados y depositados en un túmulo en el monasterio de Los Jerónimos, el mismo lugar donde reposan Vasco de Gama y Camoens. Y allí, junto a su nombre, también están inscritos los de sus tres heterónimos Caeiro, Reis y Campos «como para dar testimonio de la pluralidad de su vida». Durante ella se había él preguntado: «¿Tendrá la gloria un gusto de muerte y de inutilidad, y el triunfo, un olor de podredumbre?»
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(1) Antonio Tabucchi, Un baúl lleno de gente
(2) Mario Saraiva, El caso clínico de Fernando Pessoa
(3) Angel Crespo, La vida plural de Fernando Pessoa.
(4) Taborda de Vasconcelos, Antropografía de Fernando Pessoa

viernes, 12 de octubre de 2012

Día Setenta y seis: Qué es lo que se esconde tras el seudónimo Stendhal

Hemos de reconocer que el caso de Henri Beyle es raro. Normalmente el uso de seudónimos en la literatura no ha sido común en los grandes; si comenzaron con alguno lo acabaron abandonando pronto cuando supieron que su obra trascendía. ¿A qué se debe habitualmente la ocultación del nombre cuando se escribe? ¿Desconfianza en uno mismo?, ¿complejo y timidez?, ¿falta de valentía para enfrentarse a la crítica? Nunca debió ser ninguna de estas las razones de Henri Beyle.


    Si la neurociencia y la psiquiatría actual aseguran que la futura vida de un sujeto está condicionada en una parte muy importante por la infancia que vivió hasta los siete u ocho años, además de los genes heredados y la educación posterior recibida, en el caso de Sthendal aquellos años debieron influir poderosamente en su personalidad. A pesar de las confusas pistas que nos ha dejado en la gran cantidad de escritos biográficos, esa época de su existencia es de las más claras y convincentes, o al menos él lo pretendió. Sus odios y amores alrededor de esos años en que queda huérfano por parte de su madre, debieron ser decisivos. En su autobiografía titulada La vida de Henry Brulard escribe: «...yo estaba enamorado de mi madre», «...yo deseaba cubrir a mi madre de besos y que no estuviera vestida. Ella me amaba apasionadamente y me besaba mucho; yo le devolvía los besos con un ardor que frecuentemente se veía obligada a marcharse. Siempre quería dárselos en el cuello». Henriette Gagnon, al fallecer a consecuencia de un parto contaba treinta y dos años y, en lo sucesivo, fue para él objeto de una doliente añoranza y perdurable idealización. Si a ello le añadimos los epítetos dedicados a su padre al que abiertamente confiesa que odió toda su vida nos queda un cuadro perfecto de edipismo freudiano: «Acaso nunca reunió el azar dos seres tan profundamente incompatibles como mi padre y yo». (...) «Aborrecía a mi padre cuando venía a interrumpir nuestros besos». A este respecto escribió Stefan Zweig: «...apenas existe otro lugar donde el psicoanálisis pueda encontrar una exposición literaria más impecable del complejo de Edipo que en las primeras páginas de Henry Brulard, la autobiografía de Stendhal»(1)
   No puedo sustraerme de traer ahora a Dostoievski describiendo a Fiódor Pávlovich, el padre de los hermanos Karamázov —¿su propio padre?— representándonos en aquella novela a un individuo hipócrita, avaro y ruin. Casi se podría decir que los mismos infamantes adjetivos utilizados en ella por Dostoievski, son los que utiliza Henri Beyle para su padre. Él era el jesuita, el bastardo, un avaro, beato, arrugado y feo, desmañado y silencioso con las mujeres, que, sin embargo, le eran necesarias.... Representará siempre para él «el más nauseabundo fariseísmo, la sequedad de alma, la hipocresía, la tiranía..., lo mezquino»(2).
   Hay que suponer que Henri Beyle no quiso que el apellido heredado de su padre pasara a la posteridad; tenemos que pensar que se vengó, lo castigó. Pero, ¿por qué no eligió entonces el de su madre a la que por otro lado tanto amó? Buena pregunta. Pues resulta que el siguiente personaje más odiado a la muerte de su madre fue su tía Séraphie Gagnon, de la que sospechaba que posiblemente estaba liada con su padre y a la que le dedica los adjetivos de iracunda, agria, beata furibunda, jesuita Séraphie, marimacho colérico, la loca que tiene el diablo en el cuerpo. No tenía elección y eligió un seudónimo, el de Stendhal que aunque acerca del mismo se han querido encontrar algunas explicaciones en cuanto a su origen o significado, no son convincentes; representa una más de las muchas nebulosas de sus dilatadas confesiones, una más de las confusas pistas que nos ha dejado sobre su existencia. Ya Zola dejó escrito en su obra Stendhal, biografía y ensayo, que «...cuando vivía, le agradaba envolverse en el misterio (...) discurría seudónimos e inventaba supercherías», «Una de las mayores preocupaciones de Stendhal es el arte de mentir». Nos surge ahora una duda acerca de sus sempiternos estados amorosos de los que ya hemos hablado, y es si fueron también una patraña; ya cincuentón escribirá que el número de sus conquistas amorosas no pasaría de seis o siete, y que cualquier oficial de Napoleón se habría acostado con muchas más mujeres que él.
* * *
   Hacíamos ayer referencia a Flaubert en cuanto al polo opuesto a lo que representó Stendhal. Recordemos ante todo que cuando él fallece Flaubert no ha cumplido todavía los veinte años. 
   Podíamos empezar diciendo que, en cierto aspecto, lo único que tenían en común es que escribían como hablaban; ojo, me refiero a que, por ejemplo, Flaubert se saltaba las reglas de la coma olímpicamente hasta el punto de insertar comas entre el sujeto y el verbo porque entendía que era necesario. Pero ya conocemos sus exquisiteces eligiendo las palabras. No; no tenían nada en común; ni en su forma de vida —recordemos la misantropía de Flaubert— ni en su expresión o estilo. Para comenzar, Flaubert rehuía escribir algo sobre sí mismo, sobre su pasado o sus quimeras; recuerdo que en una de sus cartas censura por ello a Montaigne y confiesa que jamás escribirá algo que tenga que ver con su vida. Stendhal sin embargo se embriagó escribiendo sobre sí mismo. ¿Diferencias?, he aquí una más: ¿recordáis aquello de Flaubert de que «El artista debe estar en su obra como Dios en la creación, invisible y todopoderoso, que se le sienta por doquier, pero que no se le vea»?. Pues bien, en la obra de Stendhal «Dios» está visible advirtiéndonos qué y quién es bueno y qué y quiénes los malos, eso al tiempo que juzga, sentencia y con mucha frecuencia condena.
   Mas entremos de lleno en la diferencia más importante acerca de la forma de su exposición, y además con ejemplos y comentarios, algo que Stendhal acostumbraba a intercalar profusamente en sus textos. De vez en cuando, en una nota a pie de página habla de otro texto diferente o hace una alusión en relación con el lugar, el personaje o el suceso que describe: «...hace estallar el texto narrativo para difundir notas, apuntes, comentarios, de los que en tantas ocasiones los editores no han sabido qué hacer, si incorporarlos al texto o abandonarlos»(3). Y, sin embargo, por otra parte nos deja in albis en cuanto a los detalles del medio en que se desarrolla una escena. Un ejemplo de El rojo y el negro:

   «Los salones que aquellos señores atravesaron en el primer piso, antes de llegar al gabinete del marqués, le hubieran parecido, mi querido lector, tan tristes como magníficos. Aun regalándoselos no querría usted habitarlos. Son la patria del bostezo y del razonamiento triste».

   ¿Pero qué había en ellos?, ¿cómo estaban decorados y amueblados? En esa misma obra decía el propio Stendhal que dejaba al lector «en completa ignorancia de la forma de los vestidos que llevaban la señora de Rênal y la señorita de La Mole», y era cierto, también sobre ello nos dejó a dos velas. Flaubert sin embargo dedica páginas y páginas en su Madame Bovary a que el lector conozca la habitación en la que Emma Bovary se acicala, a que sepa cómo son las cortinas, por dónde entra la luz, qué clase de zapatos se pone ella, cuáles son las flores que están en el florero... Gran paciencia escribir todo eso, además con perfeccionismo.
   Y, sin embargo, entre tantos vacíos qué maravillosas reflexiones las de los personajes de Stendhal. Sabía él de esa narrativa que se ha llamado del pensamiento íntimo o del alma; sabía como retratar interiormente a los personajes de su tiempo, cómo hacer llegar al lector los sentimientos y sensaciones de aquellos. Sobre ambas novelas Lampedusa escribió: «Stendhal, a la manera de un ser divino, conoce los más ocultos pensamientos de cada personaje, los muestra al lector, al que hace partícipe de su propia facultad de verlo todo»; y concretamente sobre El rojo y el negro matiza: «Todo el libro (al que califica como una novela de análisis psicológico) discurre derecho y rápido como una flecha»(4).
Aspecto, el psicológico, que ya Zola había señalado hablando sobre Stendhal: «..es ante todo un psicólogo (...) rara vez tiene en cuenta el medio en que coloca a sus personajes. El mundo exterior no existe apenas (...) Todo su sistema se reduce a estudiar el mecanismo del alma...». Con razón los estudiantes de psiquiatría han venido asegurando, como ya un día señalamos, que aprendían más leyendo a Dostoievski y a Stendhal que en los libros de texto.
   A Zola le gustó más El rojo y el negro que la Cartuja de Parma, y se ha comentado de las dos obras —unánime coincidencia— que Julián Sorel, el protagonista de la primera, es el propio Stendhal con sus monólogos del final llenos de crítica dura, muy dura, a cierta sociedad de la Francia de entonces, a las desigualdades sociales, a la labor controladora del clero y a toda la falsedad de aquella su época: a su catolicismo e, incluso —al estilo de Nietzsche—, al Dios de los cristianos. El héroe de la segunda, Fabricio del Dongo, parece que es sin embargo el personaje que a Stendhal le hubiera gustado ser y nunca fue. Por cierto que en esta novela, la Cartuja (a la que se refiere su título) tan sólo aparece en la última página de la novela y además se diría que a lo lejos; ¿capricho del autor?, ¿quiso tomarle el pelo al lector? ¡Cosas de Stendhal! tal como es posible que hubiera pensado Zola, que terminó su biografía y ensayo sobre él diciendo: «...su ironía afectada, las puertas que cierra, y tras las cuales no hay, frecuentemente, más que una nada trabajosa, me atacan a los nervios».
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(1) Stefan Zweig, Tres poetas de sus vidas. Casanova, Stendhal, Tolstói
(2) Consuelo Berges, Stendhal y su mundo
(3) Mercé Boixareu, Enciclopedia de Literatura Universal, Stendhal
(4) Giuseppe Tomasi di Lampedusa, Stendhal

domingo, 7 de octubre de 2012

Día Setenta y cinco: De un desconocido sujeto llamado Henri Beyle

De un desconocido sujeto llamado Henri Beyle que un día de marzo de 1842 cayó fulminado en plena calle en París a consecuencia de un ictus cerebral. Unos dicen que lo metieron en un portal y otros que en una tienda cercana donde trataron de reanimarlo; sin embargo nada se pudo hacer y unas horas después exhalaba su último suspiro. Había escrito muchísimo, y sin embargo no era demasiado conocido; al día siguiente los periódicos hacían referencia a él como a un autor con algunos libros de viajes y algunas novelas que apenas nadie había leído. Todos sus manuscritos se envían entonces a la Biblioteca de Grenoble donde cincuenta y nueve años antes había nacido, para que duerman allí el sueño de los justos. Acababa de morir Stendhal.


Escribió Cela que «No hay más escritor comprometido que aquel que se jura fidelidad a sí mismo, que aquel que se compromete consigo mismo. (...) El escritor nada pide porque nada —ni siquiera voz ni pluma— necesita; le basta con la memoria». Henri Beyle era, como veremos, un escritor comprometido que se había jurado una gran fidelidad a sí mismo y que en su vida no había pedido demasiado; ni siquiera que lo leyesen. De hecho, estaba convencido de que escribía para unos pocos elegidos que lo leerían y lo comprenderían tan sólo en el futuro, en el año 1935 conjeturaba él mismo; serían los happy few como los denominaba, una minoría selecta de «almas sencillas».
Stefan Zweig, en su obra La lucha contra el demonio —obra que precisamente se la dedicó a Freud— hace una comparación entre Hölderlin y Stendhal (fallecidos ambos con la diferencia de unos meses) en cuanto a la ignorancia y el desprecio de sus contemporáneos por lo que escribían. Si todo lo escrito por Stendhal se envía a la Biblioteca de Grenoble a su muerte, lo que había dejado Hölderlin se archiva en la de Sttutgart. Cincuenta años después son tremendamente valorados y reconocidos como «el mejor prosista francés y el mejor lírico alemán» afirma Zweig. En cuanto a Stendhal, se diría que sus libros eran «sagrados». Su editor le había dicho que al menos Del amor sí lo era puesto que nadie lo tocaba. «Aunque mis obras hayan de ser siempre sagradas... Bien sé que, siguiendo mi método, es casi imposible llegar a lo que aquí llaman gloria...».
Henri Beyle necesitaba de la literatura exclusivamente por tres razones: porque escribir le proporcionaba placer, le permitía luchar contra el desánimo y le resultaba un acto liberador. Lo de menos, aunque en el fondo también soñase con ella, era la gloria. Sus contemporáneos lo conocieron poco y, además, lo conocieron mal: «En el fondo, yo desconcertaba o escandalizaba a todo el mundo». Y ese fue su gran «problema»: nunca quiso «ser como los demás», jamás se plegó a las modas. Stendhal, aunque romántico, despreció a los escritores contemporáneos que hicieron del romanticismo una escuela lírica y elocuente. Stendhal, con su personalísimo estilo, con su naturalidad y su realismo no se sujeta a regla alguna. Stendhal es desinhibido escribiendo y no oculta estar contra los fanatismos, la intolerancia y el clericalismo. Se ha dicho que esa naturalidad en la escritura de Stendhal tiene algo de una mezcla de Rousseau con el Código Civil, el cual —según él— leía todas las mañanas para mantener su estilo.    
Y, sin embargo, ¿qué sucedió para que Stendhal haya llegado a ser una gloria universal de la literatura a partir de un siglo después de su muerte? Todo se lo debemos a un profesor de apellido polaco el cual, enseñando en el Liceo de Grenoble cincuenta años más tarde de la muerte de Henri Beyle, «se interna en la montaña de los manuscritos de Stendhal que yacen empolvados..., y emprende, con tanto amor como fidelidad a los textos, la publicación de inéditos sensacionales que renuevan y revolucionan la exégesis stendhaliana»(1). Acaba de resucitar Sthendhal.


No obstante, como tantas otras veces, me he precipitado. Hay que decir que sí, que también hubo algún que otro happy few mucho antes de que aquel profesor del Liceo de Grenoble, Stryenski, desempolvara sus manuscritos. En vida, Goethe lo leyó y lo estimó y Balzac elogió excepcionalmente una de sus novelas. Después Taine, Nietzsche, Tolstói, Zola... Habría que decir que alguien estuvo siempre leyendo a aquel desconocido llamado Henri Beyle que tantos amores tuvo y nunca llegó a amar a nadie, eso a pesar de haber escrito Del amor.
Que tuvo muchos amores fue indudable; se ha escrito de él que toda su vida estuvo amando a alguna mujer bien soltera o casada, francesa o italiana, actriz o condesa...; tenía que estar constantemente en un cierto estado de enamoramiento para poder escribir. Como resulta que Stendhal escribió afortunadamente mucho sobre sí mismo, incluyendo una autobiografía, los stendhalistas posteriores han tratado de conocer quienes fueron ellas indagando en sus escritos, pero ni se sabe cabalmente. Primero porque trató de ocultar identidades y nombres, y segundo porque sus estados de enamoramiento eran muy «sui géneris». Se ha dicho que aunque para él tan sólo existía el «amor-pasión» amaba a veces tan sólo con su imaginación descubriendo una dama entre las columnas en alguno de los muchos salones galantes y elegantes que durante su vida frecuentó. Que en realidad nunca llegó a amar o no supo lo que era el amor lo han escrito otros, por ejemplo Ortega y Gasset que, si no era un stendhaliano le faltó poco. En su ensayo Amor en Stendhal nos dice sobre él y su libro Del amor: «El libro es de lectura deliciosa. Stendhal cuenta siempre, hasta cuando define, razona y teoriza. (...) es el mejor narrador que existe, el archinarrador ante el Altísimo», y más adelante añade: «Se trata de un hombre que ni verdaderamente amó ni, sobre todo, verdaderamente fue amado. (...) Stendhal no consiguió ser amado verdaderamente por ninguna mujer. (...) Los amores de Stendhal fueron pseudoamores». Lo primero que el lector de su libro se pregunta es que, cómo a los treinta y nueve años se puede publicar un tratado con ese título: Del amor. Lo segundo es que todavía, y además, Stendhal no había vivido todas sus intensas pasiones amorosas alguna de las cuales a punto estuvieron de llevarlo al matrimonio. Se podría pensar que nos estamos dedicando demasiado a la vida amorosa de este irremediable soltero, pero hay que señalar que ese aspecto frívolo y sensual de su existencia es muy importante. Esa faceta de amador junto con la de constante viajero por Europa, de parte a parte y no como turista sino debido a sus obligaciones y reveses, son dos rasgos inconfundibles en su personalidad. Mas entonces, después de señalar lo anterior, reparo en que lo más importante ahora es trazar un esbozo de lo que fue su vida.


A diferencia de otros artistas de la pluma que dedicaron toda su existencia exclusivamente a ella, como Flaubert, Henri Beyle compartió simultáneamente la pasión de la escritura con otras profesiones y actividades. Hay que señalar —lo han consignado muchos— que las vidas de ambos son paradigmáticamente diferentes no sólo en ello sino en todo lo demás, y, sobre todo, en el estilo de escribir; tendremos tiempo de detenernos en ello. Pero ahora volvamos a los exclusivos azares de Stendhal.
Desde que de Grenoble marcha a París con un buen historial académico para iniciar estudios superiores en la prestigiosa Escuela Politécnica, su vida es un constante ajetreo pues ni siquiera se presentará al examen de ingreso; únicamente quería huir de Grenoble y dejar atrás su —para él— penosa infancia y adolescencia. Será, gracias a ciertos apoyos familiares, secretario provisional en el Ministerio de la Guerra a las órdenes de un pariente; marchará a Italia para unirse a las tropas de Napoleón como oficial de un Regimiento de dragones; dejará el cuartel para ir a Marsella y establecerse como banquero; no tiene ayudas y retorna a París; su pariente lo envía a Alemania como funcionario y después a Austria, y asiste en Moscú a la retirada de las tropas de Napoleón. Perdido el empleo vuelve a Italia, a Milán, y se dedica a escribir; lo echan por liberal y vuelve a París, y de nuevo Milán. Escribiendo para revistas francesas e inglesas otra vez París, Inglaterra, Italia, Francia y España (Barcelona); cónsul en Trieste y después en Civitavecchia. Tres años antes de su muerte realiza un viaje por Alemania, Bélgica, Holanda y Suiza; el final ya lo hemos contado. Apasionante vida envuelta en ¿una docena? de amores, intrigas sin fin, y obras terminadas y a medio terminar: ensayos, crónicas artísticas y literarias, libros de viajes, biografías de algunos personajes ilustres, escritos autobiográficos y, por encima de todo, dos obras terminadas consideradas maestras: El rojo y el negro y La Cartuja de Parma. No pasó demasiadas privaciones; tan sólo, y no de las peores, antes de llegar a ejercer como diplomático en Trieste.  
Hasta aquí y a grandes brochazos las idas y venidas de Stendhal. Parecerá que poco nos resta decir superficialmente de él si exceptuamos el hablar sobre sus obras; y no es así, hay algo más. Es poco pero puede que sea fundamental para intentar explicar su carácter, su pensamiento y actitud ante la existencia. Ante todo habría que preguntarse el por qué de ese seudónimo que utilizó por primera vez en su estudio Del amor, aunque siempre había utilizado otros.
   Ese poco pero fundamental que nos queda por conocer y que nos explicará muchas cosas, se encuentra en su infancia y en su adolescencia. Lo hemos de conocer.
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(1) Consuelo Berges, Stendhal y su mundo