martes, 15 de febrero de 2011

Día Cinco: Pero ¿quién era Dostoievski?


Siempre que he leído a Dostoievski me he encontrado con un hombre vehemente y a la vez meticuloso; una persona muy intransigente, imperiosa, dominante. Alguien tan exigente no tan sólo con su hermano, como hemos atisbado en algunas de aquellas ochenta y cinco cartas escritas entre 1838 y 1864, sino también consigo mismo. Pero al tiempo una persona sensible, un hombre enormemente emotivo y melancólico, y, con mucha frecuencia, doliente. También ingenuo, a veces hasta pueril, soñador. Pero siempre... un trabajador incansable. Un hombre entregado por completo a la escritura en la forma en la que Cela definía lo que era ser escritor: Dostoievski demuestra ser una «bestia de aguantes insospechados, animal de resistencias sin fin, capaz de dejarse la vida —y la reputación, y los amigos, y la familia, y demás confortables zarandajas— a cambio de un fajo de cuartillas en el que pueda adivinarse su minúscula verdad» que decía Cela.
Leyendo muchas de sus obras me he llegado a preguntar ¿Pero ante quién me encuentro?, ¿ante quién estoy? ¡Ah!, ¡qué estudios de carácter, psicológicos, se habrán hecho sobre este hombre! No hay que olvidar que su segunda novela tiene como argumento la despersonalización de un sujeto, su desdoblamiento psíquico en otro personaje. Pero Dostoievski estudió ingeniería, o sea que podía ser un poco cartesiano. Y además fue militar. Militar lo fue por dos veces: la primera por su libre voluntad, la segunda forzosamente. Se movió mucho en ese clima imperativo, intransigente, de ordenes frías, escuetas y precisas: «ahora y porque sí».Y no hemos hablado de su enfermedad, su epilepsia: «Sí, tengo epilepsia, desgraciadamente, padezco esta enfermedad... Pero la enfermedad no es una vergüenza ni obstaculiza la actividad. Ha habido muchas personalidades famosas con esta enfermedad y uno de ellos cambió medio mundo siendo epiléptico». ¿Se estaba refiriendo a Mahoma, del que se ha supuesto que padecía esa dolencia conocida en algunas culturas como la «enfermedad sagrada», y en otras ocasiones como la de aquellos que habían sido poseídos por el demonio?
He mencionado estudios psicológicos sobre él. Pues bien, me encuentro en mi «morral» con los comentarios que Freud dejó sobre la personalidad de nuestro héroe en uno de sus variados ensayos. Y el gran maestro ruso sale malparado en cuanto a su personalidad. Asegura Freud que no sólo era un neurótico sino que tenía inclinaciones de criminal; que era sádico, masoquista e irritable; que tenía gusto en atormentar y era intolerante incluso con las personas queridas. Hay que señalar que Freud adivina en él hasta una homosexualidad reprimida.
Leyendo lo que Freud dejó escrito sobre Dostoievski e indagando al tiempo en la clasificación que hace Claudio Naranjo(1) de varias personalidades célebres dentro de los nueve tipos de su eneagrama, similar a la clasificación que aparece en el DSM(2) de los psiquiatras norteamericanos, Dostoievski aparece retratado por este último como formando parte de dos de sus nueve tipos: el VI y el VIII, los cuales vienen a corresponderse con las dos tendencias —o subpersonalidades— que ya Freud había intuido que se debatían en el carácter del escritor. En primer lugar le dominaba un temperamento explosivo, de destrucción, de criminal; se trata del tipo VIII, un carácter del que están dotados muchos personajes que aparecen en sus temas literarios en los que abundan los sádicos, egoístas, violentos y asesinos. Pero por el contrario evidencia también Dostoievski en sus escritos una bondad suprema que le permite amar y auxiliar sin límite, y junto a ella un masoquismo que le lleva a sufrir estoicamente el dolor y, quizás, hasta sentir una necesidad de castigo; se trata entonces del tipo VI, un carácter con el cual también abundan varios de los protagonistas de sus novelas.
Dice Freud: «El super-yo se ha hecho sádico, y el yo se hace masoquista. (...) es indudable que grandes grupos de delincuentes piden y ansían el castigo. Su super-yo lo exige...» (...) Dostoievski «era, pues, en las cosas pequeñas, sádico hacia fuera, y en las de más alcance, sádico hacia dentro, o sea, masoquista; esto es, un hombre benigno, bondadoso y auxiliador». Esta última personalidad o carácter permite explicar que pudiera soportar serenamente tantos años de humillaciones y miseria, y que, además, le llevase a ser durante su vida un reaccionario y también un místico —ello a pesar de las dudas que sobre la existencia de Dios y la inmortalidad del alma le debían acometer. ¿Encarnan las dos extremas personalidades de Dostoievski los dos protagonistas de sus novelas Crimen y castigo y El idiota?
Stefan Zweig, en su obra Tres maestros (Balzac, Dickens, Dostoievski) en la cual le dedica al último tres cuartas partes de la misma, va mencionando rasgos y actitudes de nuestro protagonista que sin las valoraciones anteriores de Freud y Naranjo no es extraño que desconcierten al lector.
Allí vamos leyendo: «Durante toda su vida fue un hombre huraño y taciturno»; «Sus inclinaciones y perversidades»; «Sería pueril silenciar el lado demoníaco de su ser»; «En sus libros domina lo sombrío... miseria y oscuridad»; «Erótico, calculador y refinado»; «Su voluptuosidad sensual»; «El furibundo exagerado»; «En Dostoievski el amor puede ser odio metamorfoseado, compasión, obstinación, sensualidad, autoinmolación».
He aquí, sin embargo, lo bueno que desde el punto de vista exclusivamente literario también nos deja escrito Freud: «Los hermanos Karamázov es la novela más acabada que jamás se haya escrito, y el episodio del gran inquisidor es una de las cimas de la literatura mundial». Nada tengo que objetar. Aunque para mí, tras Crimen y castigo, lo más acabado de Dostoievski es su sencilla obra (sencilla al lado de las otras escritas) El jugador.
Yo me atrevería a decir que en nuestro personaje cabe todo. Si se ha dicho de él que en muchas de sus novelas escudriña el alma humana y el subconsciente, también se le ha llegado a tachar de nihilista moderno. Dostoievski era humano, demasiado humano..., podríamos decir parafraseando a Nietzsche.

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(1) Naranjo, Claudio: Carácter y neurosis y Autoconocimiento transformador
(2) DSM: Diagnostic and Statistical Manual of mental disorders de la APA o American Psiquiatric Association








  








sábado, 5 de febrero de 2011

Día Cuatro: Complacencia en la desdicha ajena




De todas la obras de Dostoievski quizás sea Crimen y castigo la que ha sido considerada la más trascendental; y hay razones para ello. Los inigualables monólogos de pensamiento del protagonista Raskólnikov; la magnífica construcción de los diálogos que en ella aparecen; la equilibrada exposición de ideas se diría que hasta filosóficas en que se sustenta; la ausencia de repeticiones; los singulares detalles descriptivos (por otro lado los justos, ni más ni menos), todo ello hace de esta obra un ejemplar literario singular. Por otra parte los personajes se ven, se mueven, viven ante el lector; éste se identifica con sus emociones. Y aún no hemos mencionado el argumento... ¡Y pensar que Dostoievski escribía esta novela por las mañanas mientras que por las tardes se dedicaba a dictar El jugador! Como siempre necesitaba dinero.
La primera vez que se lee esta novela, y especialmente si se es joven, no suele hacerse  con solaz y delectación sino con pasión y agitación; es como si se tratara de un thriller. Raskólnikov no puede vivir atormentado con su crimen; su conciencia al igual que un juez implacable y la angustia que le produce el poder ser descubierto le carcomen. Indudablemente es novela psicológica. Pero cuando se vuelve a releer pasados los años, ya con otra penetración especial, con un espíritu indagador, buscando el secreto del autor en esa exposición magistral, queriendo hallar el auténtico arte de la narrativa uno se encuentra con fragmentos de la misma, con pequeños detalles que antes le habían pasado desapercibidos.
 Decía Dostoievski: «Observad cualquier hecho de la vida real, incluso uno que no tenga nada de especial a primera vista; por poco ojo que tengáis y a poco que sepáis mirar, descubriréis una profundidad que no se encuentra ni siquiera en Shakespeare. Y a eso se reduce toda la cuestión: a tener ojo y saber mirar. Porque no sólo para crear y escribir obras literarias, sino para captar un hecho, se requieren en cierta manera dotes de artista».

En una parte de la novela relata Dostoievski un hecho. ¿Lo tomó de la vida real...? Escuchemos:
«Un hombre se está muriendo tras un accidente; y su mujer tosiendo hasta casi ahogarse, enferma de tisis, impreca a los curiosos vecinos que pretenden entrar en la habitación». Escribe entonces Dostoievski lo siguiente: «...los inquilinos se fueron retirando con la rara sensación de complacencia que se experimenta siempre, incluso por parte de los seres más allegados, ante la desgracia repentina de nuestro prójimo, de cuya sensación no se libra nadie, a pesar, incluso, del más sincero sentimiento de compasión y condolencia». Confieso que esto, al leerlo, me dejó anonadado, ¿será cierto?

Algunos años después de aquella segunda lectura descubrí en Russell, filósofo, escritor y matemático, el siguiente aserto: «En el hombre y la mujer medios hay una cierta cantidad de malevolencia activa, una mala voluntad especial dirigida contra los enemigos particulares y un placer general impersonal por las desdichas de los otros».
Si Crimen y castigo es en general una novela psicológica, hay que reconocer que en estas citas hay también mucho sobre el comportamiento de la psique humana. No me ha extrañado por tanto oirle decir a Castilla del Pino, psiquiatra y escritor, fallecido no hace mucho tiempo, aquello que ya les había oído y leído a otros como él. Que en las novelas de Dostoievski, de Sthendal, de Flaubert y de Balzac aprendieron más psicología que en los volúmenes estudiados durante toda la carrera. ¡Y pensar que llegó a escribir!: «Me llaman psicólogo: es mentira, sólo soy realista en un sentido elevado, es decir, represento toda la profundidad del alma humana»
No tiene ello nada de extraño: «Cuando deambulo por las calles, me gusta fijarme en transeúntes totalmente desconocidos, estudiar sus rostros y tratar de adivinar quiénes son, cómo viven, a qué se dedican y qué es lo que les preocupa en ese momento». ¿Es así como conseguía saber y enterarse acerca de la naturaleza humana?

En Los hermanos Karamázov hay otra observación de Dostoievski sobre esa naturaleza o profundidad del alma humana, aquella que él decía que representaba en sus novelas, y que en parte desdice la anterior «complacencia en la desdicha ajena» que había expuesto en Crimen y castigo, o «malevolencia y placer especial por las desdichas de los otros» que corroboraba Russell. Veamos:
 Fiódor Pávlovich Karamázov se acaba de enterar de la muerte de su primera esposa Adelaida Ivanóvna en Petersburgo, la cual lo había abandonado con su hijo. Según unos —cuenta Dostoievski— al saberlo se puso a gritar de alegría, y según otros lloró desconsoladamente. «Es muy posible que las dos cosas fueran ciertas, es decir, que se alegrara de su liberación y que llorase por su liberadora, todo a la vez» —y continúa— «En la mayor parte de los casos, la gente, incluso la mala gente, es mucho más ingenua y bondadosa de lo que nosotros nos figuramos. Sí, y también nosotros lo somos».
    ¿Nosotros?, ¿él y el lector de la novela?... Dice Stefan Zweig que «sus biógrafos no saben hasta qué punto de perversidad llegaron los agitados excesos libertinos de sus "años del subsuelo"(1); algo se puede colegir de aquello que dejó escrito: «Toda mi vida he excedido los límites en todo y por doquier».

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    El escándalo llamado «El caso Stavroguin», también conocido como «el incidente Strajov», estalló más o menos dos docenas de años después de su muerte, exactamente en 1913, al publicarse en una revista —El Mundo Contemporáneo— una carta privada de Strajov (su primer biógrafo) a Tolstoi: «...Viskovatov me ha contado que Dostoievski se había vanagloriado ante él de haber abusado en el baño de una jovencita que su institutriz le había llevado (...) Una escena de Los Demonios, la de la violación de aquella niña, se negó Katkov (el editor) a publicársela; pero Dostoievski se la leyó a muchos amigos...».
   Este capítulo de la novela es conocido como «la confesión de Stavroguin», el demoníaco protagonista de la novela. «No hay que decir que de la noche a la mañana, la silueta de Dostoievski pasó del blanco al negro, de lo angélico a lo demoníaco»(2).
   Su viuda Ana Grigorievna, que no se había decidido a incluir ese capítulo en la edición de sus obras completas, salió en su defensa. Entre otras cosas hizo público que era cierto que «Katkov no quiso publicar ese capítulo y le rogó que lo modificase. Mi marido se resistió, y para contrastar el juicio de Katkov leyó ese episodio a sus amigos... (...) sólo con la idea de conocer su opinión. (...) ...mi marido distó siempre de las ruindades y desenfrenos de sus héroes. Ningún gran talento necesita cometer él mismo las canalladas de sus personajes de ficción».

    Años después de la muerte del novelista, en 1906, Ana había entregado ese capítulo a Merejovsky (autor de El alma de Dostoievski y de Dostoievski y Tolstoi) que lo definió diciendo: «el arte supera los límites de sus posibilidades mediante la reconcentrada expresión de horror...».

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(1) Zweig, Stefan: Tres maestros (Balzac, Dickens, Dostoievski)
(2) Castresana, Luis de: Dostoievski












sábado, 29 de enero de 2011

Día Tres: ¿He de escribir "Decíamos ayer..."?



¿Por qué mi imaginación sin vacilar un momento me ha llevado al más genuino representante de esa literatura? Fiódor Dostoievski no escribió diarios ni memorias (tan sólo algunas antes de su muerte y por encargo de los editores para poder comer), pero sus desgarradoras y auténticas Cartas a Misha, su hermano, hacen las veces de aquellas. Sus angustias, sus pasiones, sus miserias...; todo lo va dejando escrito ahí hasta que muere aquel. Fue Dostoievski uno de los pocos hombres entregados a la literatura que llegaron a «saborear» aquello que Borges llamó «el alimento de los héroes: la humillación, la desdicha, la discordia...»
Repaso ahora mismo esas páginas escritas a un Misha mudo del que no oímos ni su respiración; páginas escritas a la luz de mortecinas velas desde remotos y dispares lugares a los que su trágico destino le llevó. Y saltan de esas páginas siempre las mismas expresiones y palabras, los mismos imperativos, idénticas quejas. Una y otra vez se lamenta: «vivo dolorosamente», o le exige categóricamente: «escríbeme con más frecuencia»; y vuelve a lamentarse: «no tengo ni un kópek», «me ha embargado una tristeza terrible»; y le vuelve a exigir: «respóndeme de inmediato y envía el dinero», «espero una respuesta inmediata», «responde ahora mismo». También le confiesa: «escribo con fervor», «a veces me atormenta una gran melancolía»; y le reclama otra vez: «escribe con mayor atención y exactitud», «ayúdame de nuevo», «envía..., averígua..., mantén..., no te olvides..., no me dejes..., píde una autorización...», «escríbeme pronto y sin falta», «dime con precisión».
Y siempre, muchas veces, como una constante, con las mismas palabras u otras semejantes: «¡estoy endeudado!», «¡ayúdame, me oyes!», «¡debo mucho dinero!», «¡tengo deudas!», «¡necesito dinero!», «¡estoy sin dinero!», «¡por Cristo, sálvame!».

¿Quién es este hombre que no cesa en sus lamentos al tiempo que exige o implora a un hermano del que no conocemos ni una sola de sus respuestas?; ¿quién es este hombre que termina una de sus cartas —la treinta y siete—  escribiendo la palabra «adiós» hasta diez veces en dos párrafos de quince líneas?
     Yo recomendaría leer a Dostoievski en esas sus Cartas a Misha antes de meterse con sus grandes obras. Porque ahí, para empezar a conocerlo, está el hombre, el héroe rodeado de su terrible circunstancia. Diríase que lo que le sucede a él y a los otros genios de la literatura es algo parecido a un pacto con el diablo, algo así como: ¿Deseas entrar en la inmortalidad?; tendrás que sufrir de todo. ¿Te atreves?; adelante. Tú lo has querido. Entonces Dostievski, por ejemplo, deja su segura carrera de ingeniero militar —él dice que sin saber por qué— y se pone a pasar hambre tratando de vivir de la escritura: «Presenté mi dimisión de ingeniero (...) teniendo delante el más vago e incierto porvenir» ¡Apasionante! Pero... ¿cuántos otros habrán existido a los cuales el demonio, en ese pacto, los haya finalmente engañado? Seguro que miles. Podríamos decir entonces que existen tres grupos de escritores: el de los genios, el de los engañados y el grupo de los cobardes (quizás el más numeroso) que hemos preferido siempre la seguridad del bocado a cualquier promesa.

Se ha dicho que Dostoievski conocía muy bien la psique humana; «su verdadero mundo es el inconsciente, el subconsciente, lo insondable»(1); sabía desde su juventud lo que era encontrarse ante un pelotón de soldados dispuestos a fusilarlo junto a otros diecinueve detenidos por una supuesta conspiración: «La sentencia de muerte que se nos había leído era una simple broma. Todos estábamos convencidos de que sería ejecutada, y vivimos diez minutos indescriptiblemente terribles mientras  esperábamos el suplicio». Fue una macabra farsa; no fueron fusilados y en su lugar se les deportó y condenó a trabajos forzados: «tallar alabastro, transportar ladrillos y espalar nieve con grilletes en los tobillos»(1).

Aunque Dostoievski ya había publicado antes con éxito Pobres gentes:«Misha, hermano mío, jamás mi gloria alcanzará semejante apogeo»— ¿fue ese el comienzo de su realmente atormentada vida de escritor llena de contradicciones, dudas, bajas pasiones, magnánimas entregas y búsquedas morales, o en ella influyó sobre todo su desgraciada infancia con un padre intratable, insolente e iracundo, avaro y alcohólico que vejaba a su esposa: su madre, la que para él representó la imagen de la ternura, la resignación y la bondad (hasta que le llegó su pronta muerte) mientras vivía con ellos en un hospital cercano a un cementerio y en una de las barriadas más lúgubres de Moscú?

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Hemos de seguir hablando de Dostoievski. «Dostoievski fue infinitamente más que un novelista (...) Dostoievski nos agita en lo más hondo, nos hace estremecer y gesticular, gemir, cerrar los ojos a veces (...) Dostoievski se levantó de las profundidades y al llegar a la cúspide conservaba todavía a su alrededor algo de los abismos (...) Dostoievski es caos y profundidad (...) En la obra de Dostoievski se tiene la impresión de que el ángel y el diablo marchan cogidos de la mano; se comprenden entre ellos y se toleran»(2).
Yo añadiría lo siguiente: Dostoievski nos confunde. Por ejemplo, nos desconcierta su vida amorosa con tres mujeres y tan distintas. Una casada y después viuda: María Dimitrevna; una jovencita alocada: Paulina Susslova; y Ana Grigorievna su taquígrafa.

 De la primera se enamora cuando cumple condena como soldado raso; es la esposa de un capitán y madre de un hijo, y mantiene con ella una casta y al tiempo violenta pasión hasta que fallece el marido; entonces se casan, él cuenta treinta y cinco años y ella veintinueve: «Me amó con un amor sin límites. (...) Pero no podíamos ser felices viviendo juntos. (...) éramos muy desgraciados en nuestra vida en común. Pero cuanto más desdichados éramos, tanto más nos amábamos».
Paulina Susslova, de diecinueve años, quiere que el autor de Memorias de la casa de los muertos le publique una novela inocente. Se enamoran y, a pesar de que sigue casado aunque sin convivir con la esposa, deciden reunirse en París, ella irá delante. Pero desde allí le pide que no vaya, se ha enamorado de otro. De nuevo el sufrimiento, y a pesar de ello decide ir. Se encuentra con el rechazo y regresa; entonces ella le pide perdón y que vuelva, y le amenaza con suicidarse si no lo hace. Vuelve y viajan por Europa; pasión, ruletas, sensualidad: «...en realidad no había mujer más pervertida (...) tan voluptuosa que el marqués de Sade hubiera podido tomar lecciones de ella». Aquella violenta y descarriada pasión lujuriosa termina cuando él cuenta ya cuarenta y dos años. Al siguiente muere su esposa María Dimitrevna.
Conoce a la taquígrafa Ana Grigorievna, de veinte años, a la que ha contratado para poder entregar una novela por la que ha cobrado sin comenzarla, y para la que tiene fecha fija de entrega: El jugador. La novela la termina a tiempo y, de nuevo enamorado, se casa con Ana; tiene cuarenta y cinco años y un montón de deudas: «...me di cuenta de que mi taquígrafa me amaba sinceramente (...) le propuse que nos casáramos. (...) cada día estoy más persuadido de que seremos felices. Tiene corazón y sabe amar». Esta mujer que para algunos parecía vulgar, quizás ambiciosa, le traerá la paz. Aunque antes volverá a Europa con ella donde le acosará de nuevo la pasión del juego. María Dimitrevna lo salvará gracias a su equilibrio físico, su desinterés material y su amor noble e intenso. Le dará hijos y le infundirá la paz que tanto siempre necesitó.   
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(1) Zweig, Stefan: Tres maestros (Balzac, Dickens, Dostoievski)
(2) Miller, Henry: Los libros en mi vida





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domingo, 23 de enero de 2011

Día Dos: ¿Por dónde comenzaré a pajarear?

Este verbo, pajarear, se lo he robado momentáneamente a Miguel Hernández de aquella su incomparable Elegía a Ramón Sijé en la que él supone que el "alma colmenera" de su entrañable amigo muerto "pajareará por los altos andamios de las flores".
     Tengo muchos andamios yo para comenzar mi pajareo y mi picoteo, y de ahí mi indecisión. Aunque en lugar de andamios a lo que en verdad me estoy refiriendo es a otra cosa que unas veces llamo morrales y otras zurrones, que lo mismo son; y de ahí lo del picoteo. He venido almacenando en ellos -desde el día en que se me ocurrió leer siempre con un lápiz en la mano- muchas citas, cantidad de decires y expresiones, numerosos pensamientos, diversas conjeturas y hasta creencias..., pero ningún dogma. Y es que "un dogma -como dejó escrito Ortega y Gasset- es lo que queda de una idea cuando la ha aplastado un martillo pilón".
     Se me ocurre que mi vagabundeo podría comenzar por alguno de los siguientes senderos: por el Siglo de Oro español, por la novela de la segunda parte del siglo XIX, por los clásicos greco-romanos o por el Renacimiento. Estos cuatro han venido a bote pronto a mi cabeza por razones tan simples como la de ser español, pensar en el género novela, remontarme al principio, y tal vez por tratar de volver de nuevo a éste.
     Y he de aclarar que me refiero a estos cuatro tan sólo para iniciar la andadura. Después, otros caminos, sendas y senderos se cruzarán y me llevarán posible y caprichosamente hasta un exuberante vergel romántico, quizás a un rebosante huerto fecundo en memorias, a lo mejor a un impenetrable y frondoso bosque cubierto de melancolía, quién sabe si en una temprana y lluviosa anochecida hasta unas ruinas medievales semidevoradas por la hiedra y la tragedia, e incluso veremos si no acabamos en un páramo yermo salpicado por matojos de metafísica.
     No sé, pero yo personalmente pienso que esa vereda que estoy viendo ante mí y que he denominado de la novela de la última parte del siglo XIX es la más tentadora y la más a mano y apasionante de las cuatro para adentrarme; tal vez los otros caminos -para empezar- me están resultando algo distantes, un poco pedregosos, menos llanos y en general no tan abordables para iniciar andadura alguna.
     Sí, definitivamente me lanzaré por ahí. En los escritores de ese itinerario detecto al tiempo que sufrimiento y padecimiento una enorme pasión, total entrega, feroz lucha por lograr la excelencia, por conseguir que la novela escrita hasta entonces y aprisionada en un formidable vacío salga definitivamente del etéreo armazón que la venía oprimiendo. El final de ese siglo es el de la novela que se ha llamado psicológica, aquella novela de la que los psiquiatras han venido diciendo que aprendían más leyéndolas que en los libros estudiados en la facultad. Dejó escrito Valera: "Hay novelas en que a los personajes, exteriormente, nada les ocurre digno de contarse, pero en lo íntimo de su alma hay un caudal de poesía que el autor desentraña: es la novela que podemos llamar psicológica".   
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lunes, 17 de enero de 2011

Día Uno: A los cuatro vientos estelares, a modo de Introducción; Indice de títulos

De los aproximadamente cuatro mil quinientos millones de vueltas que este Planeta sobre el que gravito lleva dadas alrededor del Sol, según aseguran los astrofísicos, tengo entendido (porque así se me ha venido diciendo) que mi cambiante yo ha permanecido posiblemente sobre él tan sólo algunas más de las últimas sesenta circunvalaciones realizadas.
     Sean esas más o menos las vueltas que pululando sobre esta corteza que ahora piso y me sostiene llevo dadas alrededor de ese fabuloso astro, presiento y conozco que me ha llegado por fin la hora de olvidarme de mi existencia anterior, a la que un día fui abocado y permanecí en ella prisionero, y, rompiendo hoy toda amarra con ese pasado efímero, noto que he llegado al punto de dedicarme a la tarea de lanzar a los cuatro vientos estelares -y a los artificiales satélites que nos circundan- las cuatro inciertas verdades que a lo largo de ese tiempo han ido quedando depositadas como oscuros posos en el fondo del vaso de mi intelecto. Y he de darme prisa, puesto que posiblemente me queden ya muy pocas vueltas.
     Amparado en el anonimato de las ondas, de los modem/routers, los web/serves, los discos duros y toda la parafernalia creada por la técnica en el último trecho que hemos recorrido en esta Era llamada cristiana y que yo llamaría jesusista (de Buda budista, de Confucio confucianista...), un reciente y exuberante trecho que Lipovetsky denomina "era del vacío" o de la posmodernidad, pretendo verter usando de mi libertad de blog -al igual que los catedráticos usan de su libertad de cátedra- la emoción o el desasosiego sentidos un día leyendo en las páginas de un libro una historia, una biografía, una novela, un relato de amor, de intriga, de acción o de sexo; la duda, la desesperanza, la sorpresa, el pasmo, el extravío, la incertidumbre o la obsesión causadas en mi ánimo por un texto salido de la pluma, de la máquina de escribir o del computer de un pensador, de un fabulador o simplemente de un estudioso e ilustrado.
     No es cierto -perdón- que una imagen valga siempre más que mil palabras. Sería ello cierto únicamente si comparásemos una obra de Goya, o de otro genio de la pintura o de la imagen, con las mal escritas palabras de un escribidor de los de mi talla que habitan y han habitado este Planeta.
     ¡Que la suerte sea conmigo!