miércoles, 24 de febrero de 2021

LA NOVELA "RASGADO EL VELO... ¡LA DESLUMBRANTE OSCURIDAD!" ¿ESTÁ SIENDO PROMOCIONADA POR GOOGLE?

  Cuando decidí proceder a editar mi reciente novela, Rasgado el velo... ¡la deslumbrante oscuridad! (ello como consecuencia de haber resultado Finalista en el VII Certamen del Premio "Hispania" de Novela Histórica), lo primero que se me ocurrió fue interesarme a través de los muchos expertos que aparecían en Internet, de la forma en la que podría darla a conocer para que al menos fuera leída, qué menos que en parte.

   Entre tantos consejos como se me daban, uno de ellos que se repetía era que abriera un blog en el debería hablar sobre ella. ¡Pero si yo había ya terminado con uno, precisamente en el que ahora estoy escribiendo, y que todavía seguía abierto! No lo dudé y, accidentalmente y con carácter provisional, comencé a introducir entradas que ya nada tenían que ver con el tema principal del mismo y sí con la novela recién editada, algo que todavía lo sigo haciendo. Pero, además, el consejo que se me daba era que sería una buena idea introducir en el mismo blog, al menos el comienzo de la novela para así animar a la gente a seguir leyéndola. Eso fue algo que..., de momento lo deseché.

   Pero cual no sería mi sorpresa cuando hace unos cuantos días he encontrado que Google, en un anuncio sobre la obra editada, un anuncio como otro cualquiera que aparece al escribir el título de la novela en el buscador de Google (y que aparecía identificado como books.google.com > History > General), se reproducía hasta el Capítulo 7º de la misma, creo recordar que hasta ese mismo citado capítulo completo, ¡nada menos que hasta la página setenta de la obra!, y se diría que era "su edición facsímil" en cuanto a tamaño, tipo de letra, etc. O sea que se podría decir que ¡la quinta parte del total de la misma novela, estaba allí! Bueno, -pues entonces me he preguntado- ¿para qué trabajar si el comienzo de la novela (y casi mucho más) está ya en el blog? 

 En vista de ello, no tengo más remedio que exclamar: ¡MUCHAS GRACIAS GOOGLE!, y además me ha salido gratis.

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"Buena novela centrada en Carlos el Emperador, su hijo Felipe II y Antonio Pérez. ¡Impensable, pero puede ser muy cierto todo el argumento y entramado! No hay nada que lo pueda desmentir... al menos ¡hasta el momento! La historia, con minúsculas, está por  escribir; aunque ésta sea solo una novela... ¡quién sabe! Hay que leerla."

   Este es un comentario de mi amiga Maria Jesús Perezdecastro que me ha plantificado el 9 de febrero en Facebook y que le agradezco de veras.
   De nuevo muchas gracias, Chus.

sábado, 30 de enero de 2021

RESEÑA DE LA NOVELA HISTÓRICA «Rasgado el velo... ¡la deslumbrante oscuridad»

¿Existen aún hoy acontecimientos que desconocemos de la Historia? ¿Es la crónica de la humanidad todo aquello que nos ha llegado a través de los historiadores o todavía queda mucho por saber?

Para F. I. Peñín, y haciendo alusión a la famosa interrogante de Ortega y Gasset: La realidad histórica, ¿no es más que lo que nos cuentan los historiadores?, existen entonces hechos ocurridos en el pasado aún por desvelar. Interrogantes y enigmas que ocultan misterios y secretos esenciales para seguir conociendo nuestro pasado y que afectan a la comprensión de la evolución de nuestros actos; se trata de aquella intrahistoria (todo lo que permanece a la sombra de lo más conocido históricamente) tal como Unamuno la definió, y que no es fácil conocer.  

Es por eso por lo que se propuso poner al servicio del lector esta fantástica novela que también es una aleación equilibrada entre la narrativa histórica y la novela de tesis.

Partiendo de los hechos históricos que conocemos, F. I. Peñín realiza principalmente una hipótesis sobre los últimos años de vida del emperador Carlos V y los inmediatamente siguientes de su inquietante heredero.

¿Qué sucede desde el regreso de Bolonia de Carlos, una vez ya coronado por el Pontífice Clemente como Sacro Emperador, hasta su muerte en aquel monasterio cacereño?

Nieto de los Reyes Católicos e hijo de Felipe el Hermoso y Juana la Loca, Carlos I de España se consolidó como uno de los principales reyes de la Historia de España gracias a la conquista de territorios americanos, a la defensa de los existentes, y a la expansión de la economía y la consolidación del catolicismo en todo su imperio a pesar de la aparición de diversos protestantismos a manos del monje Lutero en toda Europa.

A la edad de diecisiete años se convierte en rey de España y, posteriormente a los veinte es uncido en Aquisgrán con aquella corona de Carlomagno que, como primer emperador electo del Sacro Imperio Romano Germánico en el siglo octavo, había entonces recibido. Algo más de diez años después, contando con treinta y tres años y como se ha dicho ya coronado y reconocido también por la Iglesia, arranca la maravillosa novela de F. I. Peñín para abordar la última parte de su reinado hasta su muerte en Yuste a la edad de 58 años, continuando aun así secundariamente con el inquietante reinado de Felipe II.

Tanto su monarquía como la de su hijo Felipe II serán recordadas para bien o para mal por las reformas económicas, religiosas y culturales que se instauraron en el siglo XVI.

«Carlos de Habsburgo, Rey de España y Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, nacido de Juana la Loca en Gante en el año mil quinientos y reconocido y aceptado por tanto como soberano por los reinos de Castilla y Aragón con el nombre de Carlos I, había llegado por primera vez a España a sus diecisiete años desde sus otras posesiones del norte de Europa heredadas de su padre Felipe II el Hermoso».

Sin embargo, no todo fueron oro y riquezas durante el gobierno de Carlos V, sino que las diferentes guerras con los turcos y el francés afectaron a las arcas el Estado. Pero no solo eso, sino que además las constantes diferencias entre los príncipes alemanes y las insurrecciones de los Países Bajos afectaron en gran medida a su gobierno.

Posteriormente la figura del Secretario de Estado de Felipe II, Antonio Pérez, se apoderará de la personalidad del monarca para enturbiar con tramas palaciegas su mandato, lo que también acarreará consecuencias nefastas que marcarán el curso de la Historia.

«Cuando al fallecer Gonzalo Pérez decide el nuevo soberano Felipe dividir en dos la Secretaría de Estado para asuntos del exterior […], y dejar encargado de la primera a Antonio, fue debido indudablemente a los avales que este llevaba consigo».

Rasgado el velo… ¡la deslumbrante oscuridad! es una novela indispensable para conocer una etapa primordial no solo en la Historia de España, sino en la Historia de Europa. Un libro contextualizado entre los Países Bajos y la Corte Española que nos transporta, gracias a la gran labor de indagación y a las descripciones al detalle que ha edificado el escritor, a un universo deslumbrante que nos hará sentir como un personaje más del relato.

¡POR FIN MI NOVELA HA SIDO PUBLICADA Y ESTÁ EN EL MERCADO! ¡PERO MUCHO CUIDADO CON LO QUE OS PUEDAN VENDER!: EXISTEN BURDAS Y DEFICIENTES EDICIONES NO ORIGINALES IMPRIMIDAS EN POLONIA Y OTROS PAISES DEL ESTE DE EUROPA (CUYOS EJEMPLARES AMAZON HA ENVIADO) Y QUE NADA TIENEN QUE VER CON LA NOVELA AUTÉNTICA DE GRAN CALIDAD PUBLICADA POR LA EDITORIAL PUNTO ROJO.

 ¡LA MAYOR SEGURIDAD ES SOLICITARLA A EL CORTE INGLÉS O A OTRO CENTRO PARECIDO! ESO ADEMÁS DE QUE HAY EXISTENCIAS EN VARIAS LIBRERÍAS DE MADRID Y TODA ESPAÑA.                                                                                                         PARA LOCALIZARLAS (MÁS DE 200 LIBRERÍAS) CONSULTAR LA PÁGINA DE INTERNET "todostuslibros.com", DONDE APARECEN EN EL MAPA O EL PLANO MOSTRANDO EN COLOR SI DISPONEN O NO DE STOCKS EN ESE MOMENTO, Y SIEMPRE LAS DIRECCIONES Y LOS TELÉFONOS. 

Con diálogos armónicos y una reconstrucción verosímil de los personajes que acompañan tanto a Carlos V como a Felipe II, desde el momento en el que el lector comienza la lectura de la novela de F. I. Peñín, recomendará su obra a todos sus familiares y amigos, puesto que cautiva y asombra a partes iguales.

Con descubrimientos de la Historia sorprendentes, una trama reveladora y un estilo narrativo meticuloso y emotivo de los que al lector le costará despegarse, esta primera publicación le valió al autor que la obra fuera Novela Finalista del VII Premio «Hispania» de Novela Histórica correspondiente al año 2019.

Tregolam diciembre 2020

sábado, 28 de noviembre de 2020

¡LA NOVELA HA SIDO PUBLICADA Y ESTÁ EN LAS LIBRERIAS!



¡ATENCIÓN AMIGOS!


  La novela Rasgado el velo... ¡la deslumbrante oscuridad! ha sido publicada y se encuentra a la venta en toda España bien en Ebook o en papel.

   Sin embargo debo hacer una advertencia:

 Alguna de las grandes "plataformas" que venden online está enviando "falsificada" la versión en papel. No es la novela editada o diríamos impresa en España sino en otros países de Europa del Este que además se citan en ella.
   La podéis identificar por los siguientes detalles: 
   1. Mala calidad en general empezando especialmente por la cubierta y el papel interior que no es el mismo.
      2. La cubierta y la contraportada no llevan solapa (en la que hay información) tal como la que lleva la auténtica imprimida en España. 

 ¡Atención, si es así, devolverla al proveedor!

Lo más seguro es adquirirla en una librería recogiéndola en el mostrador, aunque tengan que pedirla a la Distribuidora y os tarde uno o dos días más. En Madrid ciudad hay varias librerías en su zona más universitaria que anuncian que tienen existencias.

¡SUERTE Y NO OS CONFIÉIS!




jueves, 19 de noviembre de 2020

RASGADO EL VELO... ¡LA DESLUMBRANTE OSCURIDAD!


                                                            

         

   

   Tras esta portada de la novela histórica que lleva por título Rasgado el velo... ¡la deslumbrante  oscuridad!, se esconde todo aquello que pudiéramos llamar la historia ficción, o más bien la tesis histórica que, tras varios e intensos años de indagación, nos ha llevado al convencimiento de que las cosas pudieron suceder de otra manera en el siglo XVI teniendo en cuenta las incoherencias, vacíos, sinrazones y oscuridades que hasta ahora hemos sabido de una época, la del Renacimiento, que tanto placer nos ha proporcionado conocer. Tengamos no obstante siempre en cuenta, y que conste en todo momento, que no pretende la novela sin embargo desdecir a los historiadores en todo aquello que ellos dejaron fehacientemente demostrado.                                         No obstante, y tal como Unamuno enunció, sí decimos nosotros que siempre ha existido una «intrahistoria» (aquella que Ortega y Gasset llamaba "de hechos insignificantes") la cual casi nada o a nadie le ha importado o interesado. Una  intrahistoria que como Unamuno aseguraba, se esconde como una sombra o sirve de fondo permanente a la otra gran historia más visible, la de "los grandes hechos viscerales" según a esta el mismo Ortega la denominó. Aquella, la de los hechos insignificantes, se diría, es la intrahistoria que nosotros intentamos relatar aquí.   En esta portada, Carlos el Emperador aparece retratado por primera vez de cuerpo entero en 1532 por el pintor austriaco más famoso de la época, Jacob Seisenegger, que fue enviado desde Viena a Bolonia expresamente por Fernando I con motivo de la coronación de su hermano Carlos por el Pontífice, para que lo retratara; es el momento en el que podemos decir que a partir del cual comienza nuestra novela. 
  Una copia de este mismo retrato realizado por Tiziano (sin estar claras las razones y los motivos), es el que permanece y se exhibe hoy en el Museo del Prado. 

Sinopsis

  Carlos el Emperador es el gran protagonista de esta ficción histórica junto con algunos de sus más próximos familiares, allegados y protegidos. Habría que señalar que su relevante notoriedad en esta novela no lo es tanto debido a las grandes gestas de su mandato sino por otros sorprendentes hechos y sucesos hoy ignorados (supuestamente acaecidos y entonces baladíes para él y para los suyos) pero que posiblemente sí llegaron a tener una influencia nefasta y desdichadamente trascendental en nuestro país y que hoy nos siguen estando velados. Y ello a pesar, se diría, de que la fehaciente historiografía moderna los ha venido candorosamente exponiendo sin palabras pero con una palmaria evidencia. 

  Nos atrevemos a relatar en esta novela lo qué posiblemente pudo suceder en España a partir de la vuelta del Emperador desde Bolonia en 1533, una vez coronado por el Pontífice, hasta mucho más allá de su final en Yuste. En realidad, hasta la huida del país de un personaje pernicioso y lamentablemente funesto con el cual conjeturamos en la novela que le unían estrechos lazos de sangre, y el cual fatídicamente vino a jugar un triste papel en el devenir de nuestros ulteriores años e incluso siglos: el secretario Antonio Pérez.                                                                               La realidad histórica ¿no es más que lo que nos cuentan los historiadores? (Ortega y Gasset)                              

viernes, 24 de julio de 2020

DESEO QUE PRONTO SE PUEDA CONOCER MI NUEVA NOVELA.

 ¡HOLA A TODOS!

¡QUIERO QUE CONOZCÁIS MI NUEVA NOVELA!

SI TE GUSTA LA AUTÉNTICA LITERATURA HISTÓRICA 

¡TE ENCANTARÁ!

 

HAN SIDO MÁS DE SEIS AÑOS DE ESTUDIO E INDAGACIÓN SOBRE TODO LO SUCEDIDO Y DESCONOCIDO DURANTE PARTE DE LA EXISTENCIA DE CARLOS V ENTONCES EMPERADOR DEL SACRO IMPERIO ROMANO GERMÁNICO— Y DE OTROS PERSONAJES MUY ALLEGADOS Y ESENCIALES DE SU ÍNTIMO ENTORNO

POR HOY TAN SÓLO DEJARÉ AQUÍ SU TÍTULO: 

RASGADO EL VELO...

¡LA DESLUMBRANTE OSCURIDAD!


Decía Ortega y Gasset que «El historiador de los últimos cien años quiere saber para contarlo, si el día tantos del año mil y tantos el Cid llevaba calzas y si estas eran verdes; reunir los documentos que comprueben este hecho "es hacer investigación histórica". Que el Cid lleve o no calzas "es  haber pasado algo" y es un hecho representativo de la realidad histórica». 

Resulta que en mi novela, desde el año 1534 al 1590, en España y menos aún en sus posesiones del norte de Europa el Cid ya no cabalgaba, pero sin embargo también sucedían cosas que hemos constatado que no eran tan fútiles como las calzas del Cid para no hacer investigación histórica alguna. 

En su magnífica obra de 1864 La ciudad antigua, Fustel de Coulanges comienza afirmando lo siguiente: 

"La incomprensión del presente nace fatalmente de la ignorancia del pasado"

                            

   

                                            

 

  

lunes, 29 de abril de 2013

Día Cien: A los cuatro vientos estelares a modo de Postfacio


A los cuatro vientos estelares pero hoy a modo de despedida y justificación puesto que ha llegado el momento de dar fin a este blog tal como desde el primer día me propuse.
   Quisiera ante todo pedir disculpas por lo montaraz que haya podido resultar. Uno lo ha intentado hacer lo mejor que ha podido, pero no he tenido guía o maestro para ello, y además era la primera vez.
A continuación quiero agradecer todo comentario recibido, tanto los exclusivamente elogiosos como aquellos en los que se me advertían incorrecciones o erratas.
Y hablando de agradecer quiero dar las más efusivas gracias a todos cuantos han visitado alguna de las páginas que lo componen. ¡Gracias! Si tras la lectura de cualquiera de las cien «entradas», alguien ha sentido la motivación de saber más sobre un escritor, o si se ha puesto a leer alguno de los títulos más populares citados en la «entrada» me sentiré muy feliz, será mi gran compensación.
Y ahora quiero pasar a la justificación a la que hacía referencia en el párrafo primero. Es evidente que en esos cien «Días» no están todos los que son ni posiblemente son todos los que están. Primeramente porque entre ellos no hay un solo escritor hispano; segundo, porque puede que existan muchos de cualquier otra nacionalidad cuya vida y obra tuviera entidad suficiente para haber sido incluido.
Trataré de explicarme. Cuando espontáneamente comencé esta aventura una tarde de hace ya algo más de un par de años, no tenía nada exactamente concebido; he dicho «espontáneamente» porque fue una improvisación. Una persona me animó a intentarlo, me dijo la forma en que funcionaba ello técnicamente, y cuando contemplé la página en blanco no me pude contener y me puse a escribir.
Con gran sorpresa, al cabo de los cuatro o cinco primeros «Días» comprobé que los visitantes de otros países sobrepasaban a los nacionales. Me quedé de piedra, no lo podía entender; yo había comenzado a escribir pensando casi exclusivamente en mis compatriotas residentes en España. ¿Qué hacer?, me pregunté, y llegué a la conclusión de que en esas circunstancias tenía que dejar fuera a los escritores de mi país. En primer lugar porque, instintivamente, traería a estas páginas a  un porcentaje de ellos superior, y en segundo lugar porque muchos serían hasta desconocidos para los visitantes no residentes en mi país. Si fuera posible —me dije— algún día me podría dedicar únicamente a los escritores españoles.
En cuanto a que entre los escritores del resto del mundo se hayan quedado muchos sin ser tratados existiendo razones para que no fuera así, no lo voy a discutir; pero uno tiene su idea, sus sentimientos, su percepción; tenía que elegir y así lo hice al dictado de la imagen que de ellos tenía, aunque también de mi corazón y de mis gustos personales. Pido disculpas por los posibles «olvidados» con vidas singulares y una producción notable.
Creo que no me queda mucho más por decir; todo lo importante pienso que ha sido dicho en los noventa y nueve Días anteriores.
   Gracias, queridos amigos. Hasta otra ocasión.

 

ÍNDICE DE TÍTULOS Y FECHAS

2011

Día 1: A los cuatro vientos estelares, a modo de  Prefacio (enero 17)

Día 2: ¿Por dónde comenzaré a pajarear? (enero 23)

Día 3: ¿He de escribir "Decíamos ayer..."? (enero 29)

Día 4: Complacencia en la desdicha ajena (febrero 5)

Día 5: Pero ¿quién era Dostoievski? (febrero15)

Día 6: Tener que escribir por encargo para poder comer (febrero 20)

Día 7: ¿Idiota igual a bueno? (febrero 27)

Día 8: Dostoievski versus Freud (marzo 8)

Día 9: Soñar despierto; sueños diurnos (marzo 16)

Día 10: Refinar, refinar y refinar (marzo 22)

Día 11: De escritura elegante que provoca y lacera (abril 3)

Día 12: Un último sorprendente apunte acerca de Dostoievski (abril 10)

Día 13: Pero regresemos a Freud el escritor (abril 18)

Día 14: ¿Por qué se escribe?, ¿para qué se escribe? (abril 27)

Día 15: ¿Por qué se escribe?, ¿para qué se escribe? (y dos) (mayo 1)

Día 16: De un noble francés que se puso a ensayar (mayo 7)

Día 17: ¿Es molesto que alguien nos hable siempre de sí mismo? (mayo 15)

Día 18: ¿Montaigne filósofo? (mayo 21)

Día 19: De otro aristócrata francés el cual... (mayo 31)

Día 20: Tocqueville y la rumia del escritor; entre el goce y la aflicción (junio 4)

Día 21: Sobre la denominada literatura de la memoria (junio 13)

Día 22: Sobre la denominada literatura de la memoria (y dos) (junio 17)

Día 23: Aquella brisa oriental que nos electrizó (junio 27)

Día 24: ¿Mishima energúmeno? (julio 3)

Día 25: Mishima e Imanishi (julio 12)

Día 26: La valentía de reescribir (julio 25)

Día 27: ¿Adriano?, ¿Qué? La eternidad (agosto 4)

Día 28: La humillación, la desdicha, la discordia: Ovidio (agosto 15)

Día 29: Fahrenheit 451; Celsius 233 (agosto 25)

Día 30: Las mil y una tragedias de Nietzsche (septiembre 15)

Día 31: El enigma Goethe (septiembre 26)

Día 32: Goethe y Christiane (octubre 5)

Día 33: Pero ¿cuántos Goethes...? (octubre 17)

Día 34: Entre lo dionisíaco y lo perverso; Wilde (octubre 27)

Día 35: Algo más sobre Wilde (noviembre 7)

Día 36: Nietzsche y Wilde y The Impossible Dream (noviembre 17)

Día 37: ¡El estilo! Pero ¿qué cosa es el estilo? (noviembre 24)

Día 38: Borges (diciembre 5)

Día 39: Borges y alguna cosa más (diciembre 12)

Día 40: De los arrebatos, tormentos y pasiones de Tolstói (diciembre 27)

2012

Día 41: Sonia y Tolstói; un brusco desencuentro (enero 4)

Día 42: De Levin a Pózdnychev (enero 13)

Día 43: Dostoievski y Tolstói... ¿se envidiaban, se temían, se respetaban? (enero 22)

Día 44: An American in Paris; H. Miller (febrero 2)

Día 45: Henry, Anaïs y el aire acondicionado (febrero 6)

Día 46: El desconocido Séneca (febrero 15)

Día 47: Qué diantres es el senequismo (febrero 23)

Día 48: Flujo de conciencia; de Wagner a Joyce (marzo 3)

Día 49: ¿Que no ha leído usted el Ulises? (marzo 9)

Día 50: Nora Barnacle, puntal y sustento de Joyce (marzo 16)

Día 51: Todos tememos a "Virginia Woolf" (marzo 27)

Día 52: Nadie teme -leer- a Virginia Woolf (abril 7)

Día 53: Un par de marcas, o dos brazas de profundidad; Mark Twain (abril 16)

Día 54: El lado oculto de Mark Twain (abril 20)

Día 55: Flaubert, ¿El idiota de la familia? (abril 27)

Día 56: Las madames Bovary de Flaubert (mayo 4)

Día 57: Los Mann, una caprichosa y candente incógnita (mayo 13)

Día 58: Grandeza, sufrimiento y miseria de Thomas Mann (mayo 20)

Día 59: El eclipse final de aquel destello tan singular: los Mann (mayo 25)

Día 60: Charles Oliver David Dickens Twist Copperfield (junio 4)

Día 61: Mujeres en la vida y obra de Dickens; locuras de amor (junio 9)

Día 62: De los nunca relevantes escritores llamados "negros", y de los plagiarios (junio 18)

Día 63: Plagiarios y "negros" para todos los gustos (junio 25)

Día 64: La metamorfoseante y siempre nebulosa mente de Kafka (julio 4)

Día 65: Los tres grandes demonios de Kafka (julio 9)

Día 66: Jean-Jacques y, punto. Fue único (julio 18)

Día 67: De cómo Rousseau llegó a ser Rousseau (julio 31)

Día 68: ¿Teresa y Juan-Jacobo?, ¿pero cómo se explica? (agosto 5)

Día 69: Escribir hasta alcanzar el delirium tremens... (agosto 15)

Día 70: ...para morir entre la flores del mal (agosto 29)

Día 71: Lucrecio y Cicerón: contiguos, lejanos, próximos... (septiembre 10)

Día 72: El hambre de Knut Hamsun (septiembre 15)

Día 73: Faulkner y Hemingway; dos vidas tangenciales (septiembre 23)

Día 74: El Nobel en estado puro (septiembre 27)

Día 75: De un desconocido sujeto llamado Henri Beyle (octubre 7)

Día 76: Qué es lo que se esconde tras el seudónimo Stendhal (octubre 12)

Día 77: No puede existir creación sin desasosiego. Preguntadle a Pessoa (octubre 19)

Día 78: Una multitud de personajes (uno, ninguno y cien mil) en busca de Pirandello (octubre 26)

Día 79: La Madre Rusia, el alma rusa y la troika rusa (noviembre 5)

Día 80: Bertand Russell; diáfano y preciso (noviembre 14)

Día 81: Y sin tiempo que perder, Marcel Proust (noviembre 22)

Día 82: Lo que convendría quizás saber sobre "la recherche" de Proust (noviembre 29)

Día 83: El insondable, enigmático y desconcertante Rilke (diciembre 10)

Día 84: Stevenson el olvidado, o Su Majestad de los Mares del Sur (diciembre 20)

Día 85: Las Memorias de ultratumba de un vizconde muy romántico (diciembre 30)

2013

Día 86: Acerca del "oficio u hosco arte" del ignorado traductor (enero 6)

Día 87: La náusea y La peste; Sartre y Camus (enero 15)

Día 88: Whitman, épico y elegíaco sin normas ni recato (enero 21)

Día 89: Energúmeno y con biografía: Balzac (enero 27)

Día 90: Balzac sin sus mujeres no hubiera llegado a ser Balzac (febrero 4)

Día 91: Erasmo y su elogio de la majadería y la insensatez (febrero 10)

Día 92: La paradoja Austen; sentido, sensibilidad, orgullo... (febrero 17)

Día 93: Voltaire vs. Arouet; fascinación, repulsa y contradicción (febrero 25)

Día 94: Hablábamos de Voltaire... (marzo 4)

Día 95: El extraño caso Ibsen (marzo 10)

Día 96: Yeats, el último druida (marzo 19)

Día 97: Valéry entre dos luces (abril 5)

Día 98: Petrarca, nacido para la modernidad (abril 16)

Día 99: Mill. Sobre la libertad y sobre su inconcebible amor (abril 25)

Día 100: A los cuatro vientos estelares a modo de Postfacio (abril 29)


jueves, 25 de abril de 2013

Día Noventa y nueve: Mill. Sobre la libertad y sobre su inconcebible amor


«Ningún hombre y ninguna sombra se mantiene en verdad viva 
más que mientras es realmente amada por algún ser en la tierra»

 
    No sin justificación elijo hoy este pensamiento de Stefan Zweig para comenzar a hablar de John Stuart Mill. Su sorprendente educación, su portentoso pensamiento y obra, junto con su increíble y descomunal amor a aquella mujer con la que de forma desasosegada compartió toda su existencia, hacen de este hombre genial un escritor digno, a más no poder, de ser tratado en estos transmutables apuntes. No podíamos permitirnos dejarlo fuera.
   Estamos hoy ante una figura difícil de encuadrar entre aquellos grandes de las letras sobre los que hemos ido recordando hechos, obras y palabras. En Mill diríamos que hay de todos ellos un poquito, algún rasgo; en él vemos sufrimiento, congoja, tenacidad, lucha, pasión, empeño..., pero más amor y devoción hacia el ser amado de los que quizás pudo haber en todos aquellos juntos.

   Gran parte de la vida de Mill transcurrió en la época victoriana; indudablemente ello ya le condicionó. Pero el hecho que en principio provocó en él una determinada respuesta que influirá toda su vida en su carácter y pensamiento, fue la insólita educación recibida. Aquel pequeño londinense nacido en el 1806 fue, casi se podría decir que desde ese mismo momento, el objeto sobre el que James Mill, su padre, experimentará como un aprendiz de brujo. John Stuart Mill resultará ser el fruto de los sistemas pedagógicos ensayados por su progenitor; alguien que nacido en la modestia había accedido a los estudios superiores dadas sus extraordinarias facultades intelectuales —ello es importante— gracias a las cuales había sido enviado a la Universidad de Edimburgo y ordenado Predicador de la Iglesia Escocesa, aunque jamás llegó a predicar.
Se encargó personalmente de su educación aislándolo de los demás niños y sometiéndolo a la más estricta disciplina. Sentado frente a su padre —«uno de los hombres más impacientes que ha habido»— en la misma mesa en la que aquel escribía la Historia de la India, consiguió que a los cinco años supiera griego y a los ocho aritmética y latín el cual tuvo que enseñar además a sus hermanos. «De los ocho a los doce años —dice en su autobiografía— aprendí con detalle Geometría elemental y Álgebra, el Cálculo Diferencial y otras partes de la matemática superior...»
¿Cuál podría ser el coeficiente intelectual del joven John? Aunque él razonaba que «...en lo que se refiere a dones naturales, estoy por debajo, no por encima, de la media normal» (algo poco creíble) de esta experiencia pudo resultar un monstruo o una ruptura con su estricto padre. Pero no; «John Mill poseía al cumplir los doce años los conocimientos de un hombre de treinta excepcionalmente erudito. (...) Su padre no dudaba del valor de su experimento. Había conseguido producir un ser excelentemente instruido y perfectamente racional»(1), y se diría que con una mente lógica y clarividente junto con una capacidad de pensamiento singular, aunque..., castrado de sentimientos y emociones. Esa falta de afecto y emotividad le llevará a sufrir ya adulto terribles crisis en las que contemplará el suicidio. A los veinte años: «Me encontraba en un estado de depresión nerviosa (...) sin poder experimentar sentimientos alegres o placenteros de ningún tipo», al tiempo que cada vez eran más frecuentes «...mis más largas recaídas depresivas». Conseguirá salir de esa etapa leyendo poesía por primera vez en su vida, puesto que a su padre sólo le había gustado «poner en mis manos libros que trataran de hombres con energía, capaces de enfrentarse a circunstancias poco comunes, y luchar y vencer ante las dificultades», ello además de que «...tenía que darle cuenta minuciosa de lo que había leído, y responder a sus numerosas e inquisitivas preguntas».
Lo superó; nunca le faltó como veremos aquella energía necesaria para enfrentarse a circunstancias poco comunes. La primera de esas circunstancias le sobrevino pronto, fue desde el momento en que conoció a la persona que le influirá por el resto de su vida aún más que su padre, y a la que dedicará «la más absoluta adoración durante casi medio siglo»(2). Se trataba de una casada con niños, «...la más valiosa amistad de mi vida», a la que conoció durante una cena en la casa de ella «...en 1830, cuando yo tenía veinticinco, y ella veintitrés años». Durante los veinte siguientes Mill se verá envuelto en un ménage à trois de lo más extraño que se pueda uno imaginar. La admiración y el enamoramiento entre John Stuart Mill, empleado gracias a su padre en la East India Company, y Harriet Taylor, una joven intelectual casada con el propietario de un productivo negocio de almacenamiento y venta de salazones y doce años mayor que ella, fueron mutuos e intensos desde aquel primer encuentro.
Tratando escrupulosamente por todos los medios de no deshonrar al señor Taylor —algo que no pudo conseguirse—, comenzaron a sucederse una relación de hechos y acontecimientos que aunque siempre los llevaron a cabo en forma platónica, inevitablemente escandalizaron a la sociedad de su tiempo. Veinte años de visitas (que en cierto momento tuvieron que ser interrumpidas), cartas, notas, encuentros furtivos, incluso largas estancias solos en Francia e Italia autorizadas por el esposo y a veces llevando ella consigo a su tercera hija —no olvidemos que él conservó siempre su puritanismo y ella la fidelidad hacia su esposo—, veinte años en esta situación, decíamos, acabaron llevando pronto a Mill a sufrir importantes daños no sólo en su sistema nervioso sino en toda su salud; nuevas depresiones, lesiones en su aparato digestivo y, finalmente, principio de tuberculosis. Aunque no achacable a aquella situación se le fracturó también una cadera debido a una caída la cual lo dejó incapacitado durante varios meses y, lo que fue peor, sufrió la pérdida de la visión debida a los emplastos de belladona que se le aplicaron —aunque acabó finalmente recuperándola. Todo lo sufrieron estoicamente hasta que el señor Taylor ya sexagenario acabó muriendo de cáncer. No obstante, durante los dos meses que duró la agonía, Harriet ejerció con entrega y total dedicación el papel de enfermera y acompañante al lado de su esposo.
Tras un espacio de tiempo razonable contrajeron matrimonio. Se produjo entonces uno de «los acontecimientos más importantes» de su vida privada. El primero de estos fue mi matrimonio, en abril de 1851, (...) durante siete años y medio pude disfrutar de aquella bendición. ¡Durante siete años y medio solamente!». Así fue; Harriet acabó también enfermando de tuberculosis, y, buscando un lugar apropiado para combatirla se dirigieron al sur de Francia. En ese viaje tuvo lugar «...la muerte de mi esposa, en Avignon, camino de Montpellier». En aquel lugar, Avignon, «Compré un "cottage" lo más cercano posible al lugar donde ella está enterrada, y allí, su hija y yo, vivimos durante gran parte del año». También allí moriría él en 1873 a la edad de sesenta y siete años, la sobrevivió quince.
Pasó allí en realidad la mayor parte de aquellos quince años con la hija de ella como su colaboradora, venerando a su excepcional y adorada compañera y terminando de corregir y publicar lo que faltaba de su extensa obra. Entre otras cosas el último capítulo, el séptimo, de su autobiografía; ella ya le había revisado en vida cuidadosamente los seis primeros y aún parte de ese último. ¿Nos extraña? Pues bien, ello nos da ocasión de conocer su relación intelectual.

Para empezar diremos que en aquella joven casada a los veinte años con aquel hombre de negocios al por mayor, subyacía una progresista radical que llevaba una vida matrimonial en cierto modo fracasada. Harriet había realizado escarceos literarios sin éxito y, en sus escritos íntimos, en sus cuadernos de notas, diarios y poesía, había ido expresando su frustración. Mill fue su salvación; ¿qué fue lo que él vio en ella para que con tanta insistencia afirme en lo sucesivo, casi de una manera ridícula, que ella tuvo un peso excepcional en sus escritos? Escuchemos algunas de estas afirmaciones:
«Por encima de la general influencia que el espíritu de mi esposa tuvo sobre el mío, lo que hay de más valioso en estas obras producidas en colaboración provino de ella, fueron emanaciones suyas, no teniendo yo parte mayor en ellas que la que tuve encontrando ideas en otros escritores anteriores a mí, asimilándolas e incorporándolas luego a mi propio sistema de pensamiento»
«...puede decirse que todos mis escritos publicados son tanto obra mía como suya»
«...fui yo su discípulo tanto por el vigor y decisión de sus especulaciones, como por la cautela con que formulaba juicios de un orden práctico»
Su embeleso hacia esa mujer fue tal que cuando muere, tras siete años y medio de matrimonio, escribe de ella: «Mis objetivos en la vida son los que fueron los suyos; mis metas y ocupaciones son las mismas que ella compartía o con las que ella simpatizaba, y están indisolublemente asociadas con su persona. Su recuerdo es para mí como una religión, y el intento de ganar su aprobación es el criterio por el que trato de regular mi vida».
Entre todo lo que el pensador, escritor y político Mill nos dejó escrito, además de su excepcional Autobiografía, tenemos que detenernos en su trascendental ensayo Sobre la libertad, la obra más fundamental y reconocida y aún de plena actualidad hoy, además de en el pasado siglo, como al tiempo de su publicación en 1859. Pues bien, ese magnífico ensayo sobre «la naturaleza y los límites del poder que puede ejercer legítimamente la sociedad sobre el individuo», o en otras palabras el límite de «la dictadura de las mayorías sobre las minorías en una democracia» ¡no es enteramente obra suya!, tal como él mismo dice. Escuchémosle de nuevo:
«Por lo que se refiere al contenido, es difícil identificar qué parte o elemento en particular es más de ella que el resto. Todo el estilo de pensamiento de que el libro es expresión fue enfáticamente suyo»
«No hay en la obra ni una sola frase que ella y yo no revisáramos juntos varias veces, la diéramos mil vueltas y la expurgáramos cuidadosamente de cualquier falta, tanto de contenido como de expresión, que detectáramos en ella»
«Ninguno de mis escritos ha sido tan cuidadosamente compuesto ni tan escrupulosamente corregido como éste. Después de escribirlo dos veces, como de costumbre, lo conservamos con nosotros, y de cuando en cuando lo sacábamos y volvíamos a repasarlo de "novo", leyendo, ponderando y criticando cada frase».
¡Desconcertante! Si bien es cierto que ella estuvo siempre contra los convencionalismos de aquella sociedad los cuales para Mill se podrían enumerar como: «la abolición del privilegio y del abuso; la lucha contra la barbarie elitista, y también contra la barbarie popular; el reconocimiento de las dignidades básicas de los seres humanos, hombres y mujeres por igual; el universal derecho al sufragio; la abolición de la esclavitud y del racismo; la supresión del castigo corporal; el derecho al trabajo; el respeto a la legítima voluntad de independencia de los pueblos frente al centralismo colonialista; la extirpación del prejuicio»(2), algo que para él, como utilitarista que era, podría resumirse en aquella frase: «la mayor felicidad para el mayor número de personas», hemos de reconocer que nunca su esposa pudo tener en su pensamiento y expresión la superior preparación de Mill. En su juventud —en pocas palabras— su padre lo inició en el estudio de David Ricardo y Adam Smith; después pasó temporadas en Francia con el «padre» del Utilitarismo, Jeremy Bentham, y en su posterior preparación intelectual llegó a saber en profundidad de los principales pensadores anteriores y contemporáneos a él.
John Stuart Mill, para ir terminando, pudo estar deslumbrado por algo que en su esposa Harriet residía y que quizás tuvo que ver con aquella amputación de sentimientos, bondades y cariño que sufrió en su infancia y juventud bajo la «tutela» de su padre —en toda su autobiografía jamás hace mención a su madre. Pero «la mejora de la humanidad» que él de una manera idealista pretendió con sus escritos, se tuvo que basar indudablemente en su formación, clarividencia y discernimiento.
Despidamos a Mill trayendo aquí algunas citas suyas que con emoción fui guardando en alguno de mis morrales cuando lo leí:
«Aprendí como lograr lo más posible cuando no podía conseguirse todo; en vez de indignarme o desanimarme cuando las cosas no salían enteramente como yo quería, supe conformarme e, incluso, animarme cuando siquiera una parte mínima resultaba conforme a mis deseos; y cuando ni eso llegaba a alcanzar, aprendí también a soportar con absoluta calma la derrota completa».
Y más adelante: «...ese hábito de no aceptar como completas las medias soluciones a los problemas; de no abandonar nunca una dificultad, sino de volver una y otra vez a ella hasta clarificarla; de no dejar nunca sin explorar los oscuros rincones de ningún asunto, simplemente porque no parecen importantes; de no pensar que se ha entendido ninguna parte de un problema hasta haber entendido el todo».
«¡Cuánto que gozar en un mundo donde hay tanto que transformar, reformar, tantas injusticias que suprimir, tanto sufrimiento que eliminar, tanta belleza que construir!».
«Una mente cultivada encuentra motivos de interés perenne en cuanto le rodea. En los objetos de la naturaleza, las obras de arte, las fantasías poéticas, los incidentes de la historia, el comportamiento de la humanidad pasada y presente y sus proyectos de futuro».
«En un mundo en el que hay tanto por lo que interesarse, tanto de lo que disfrutar y también tanto que enmendar y mejorar, todo aquel que posea esta moderada proporción de requisitos morales e intelectuales puede disfrutar de una existencia que puede calificarse de envidiable».
Y como estamos en un blog literario no dejemos sin consignar un par de sentencias suyas relativa a este campo:
«Escribir para publicar no es tarea que pueda recomendarse como segura fuente de ingresos a una persona que esté llamada a hacer algo en el campo de las letras o en filosofía».
«Los que tienen que vivir de la pluma están obligados a depender de la esclavitud literaria, o, en el mejor de los casos, de obras que están dirigidas a las grandes multitudes; y sólo pueden dedicarse a escribir lo que verdaderamente quieren durante los pocos ratos libres que les quedan después de cubrir sus necesidades».
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(1) Isaiah Berlin, John Stuart Mill y los fines de la vida
(2) Carlos Mellizo, Prólogo y notas a la Autobiografía de Mill












martes, 16 de abril de 2013

Día Noventa y ocho: Petrarca, nacido para la modernidad


Valéry indudablemente estaba equivocado cuando escribía aquello de que «Hay que ser verdaderamente estúpido para atribuir a un poeta los sentimientos que aparecen en sus versos», o que «Es un dicho gracioso y trillado afirmar que el poeta expresa sus dolores, sus grandezas y sus aspiraciones en sus versos. Eso sólo es verdad en poetas vulgares...» porque, dígaseme como es posible, por tanto, que uno de los más grandes poetas de Occidente de todos los tiempos, «el primer gran poeta moderno», pudo dedicarse durante cerca de cincuenta años a transmitir mediante los versos de su Canzoniere los sentimientos hacia su amada Laura junto con sus dolores y aspiraciones personales.
    Y ya que hemos citado al poeta Valéry, ¿no es casualidad que el gran poeta Petrarca hubiera estudiado también leyes en Montpellier seiscientos años antes que él?, ¿que durante aproximadamente cincuenta años, los dos fielmente se dedicaran uno a su Cancionero y el otro a sus Cuadernos?, ¿que ambos se enamorasen profundamente y a la misma edad, uno en Avignon y el otro en Montpellier, de dos mujeres misteriosas —Laura y madame Rovira— que tanto les influyeron en sus vidas aunque en sentidos opuestos?... Hay más concomitancias pero las expuestas me son suficientes para señalar mi perplejidad. Pero ¿por qué hoy aquí Petrarca y no otro? Pues bien, no se piense que la respuesta tiene que ver algo con Valéry; olvidémoslo.

   La respuesta a esta pregunta es sin embargo clave puesto que soy consciente de que me estoy saltando a Dante o a Boccaccio, tan cercanos a él, uno antecesor y otro posterior o más joven. Y esa clave reside —y ya estamos entrando en harina— en el papel jugado por Petrarca en el futuro y pleno humanismo de Europa, en su arrolladora personalidad y en la directa o indirecta imitación de su Canzoniere; sus temas, su ideología, sus procedimientos estilísticos, sus formas; esto es: lo que será denominado «petrarquismo» y que desde su tiempo, la Baja Edad Media, será cultivado a través del Humanismo del siglo XV, durante todo el Renacimiento, en pleno Barroco, y que llegará hasta nuestros días en el siglo XX.
   Respecto a las diferencias entre el autor de la Comedia (a la cual Dante no la llamó nunca divina) y el autor del Canzoniere —obras ambas escritas en verso y en el idioma vulgar, el toscano—, las diferencias, digo, son muchísimas según los que saben de ambos. De entrada les separa la pasión de Petrarca por la antigüedad al dedicarse por entero a los estudios clásicos (Cicerón, Virgilio, Livio) despreciando la cultura medieval y escolástica en la que en cambio Dante se había formado y la había asumido. Se ha dicho entre otras cosas de Petrarca que fue un innovador, un intelectual original y ya humanista, y ello además de estar siempre libre de los condicionamientos políticos vinculados a la realidad local como había ocurrido con Dante —precisamente amigo de su padre— el cual había nacido treinta y nueve años antes que nuestro poeta de hoy. Y, no obstante, a pesar de que en general la actitud de Petrarca hacia su gran predecesor nunca al parecer fue sosegada sino compleja y sin duda conflictiva, y a menudo dejó bien clara la irreductible distancia que los separaba, lo calificó respetuosamente de «guía de nuestro idioma vulgar».
La relación con Boccaccio, tan sólo nueve años más joven que nuestro poeta, fue sin embargo muy distinta. Boccaccio fue su amigo, su gran admirador, su mayor discípulo y, por tanto, un humanista como él. Entre sus innumerables cartas existe una dirigida al autor del conocido compendio de historias eróticas y carnales; es la conocida como el «testamento espiritual» de Petrarca en la que le habla a su amigo y discípulo de la necesidad de seguir con el estudio y la escritura a pesar de la vejez y de los dolores. Viene bien decir ahora, aunque sea prematuro, que fue encontrado sin vida sobre uno de sus libros a los setenta años.
   ¿Hemos dicho libro?, ¿uno de sus libros? ¡Estamos ante quizás el mayor bibliófilo medieval! «De todos los goces terrenales ninguno hay más noble, dulce, más perdurable y seguro que el que proporcionan los libros». Se nos ha olvidado decir que había nacido en el cuarto año del siglo catorce, en el 1304, y hemos titulado este apunte «Petrarca, nacido para la modernidad», lo cual parece un contrasentido. Faltaban muchos años por supuesto para que llegase Erasmo y la Edad Moderna, pero él la atisbó: «Me encuentro colocado en los confines de dos pueblos diferentes, desde donde veo a la vez el pasado y el porvenir»; así era. Dice Ortega que tenía «el corazón de las creencias partido en dos —el pasado gótico tira de él por habitualidad, el porvenir naturalista intramundano le atrae como una promesa, y el pobre hombre no sabe qué hacer»(1). Petrarca «se esforzaba por deslindar el terreno del artista filósofo y el del católico ortodoxo, lo cual le creaba un malestar, desánimo o melancolía, (...) confesaba abiertamente su pasión por el mundo clásico y nunca se convirtió en un exegeta de la Biblia, del dogma o de los preceptos de la Iglesia»(2). Y continua Ortega: «Un hombre inenarrable, tan genial como absurdo, tan sincero como farsante, tan genial como ridículo en el fondo de cuyo ser, por vez primera, se va a romper la quietud de las creencias medievales, (...) en el corazón de este hombre fantasmagórico y extraño da su primera pulsación lo que más adelante habrá de llamarse "vida moderna"».
   Se le ha llamado, entre otros sobrenombres, el primer turista medieval —se entiende que turista culto y curioso—, el primer alpinista de esa misma época, el gran cosmopolita... Su pasión como «turista» fue descubrir el pasado pagano y encontrar obras ya perdidas de los clásicos. Viajó por Francia —la mitad de su vida la pasó en Provenza—, los Países Bajos, Alemania y toda Italia. Algunas de las ciudades que visita como curioso viajero son Aquisgrán, París, Gante, Lieja, Colonia, Lyon, sin contar las de su auténtico país el cual deseaba ver unificado y con la sede Pontificia instalada de nuevo en Roma; y en esas ciudades busca y acaba descubriendo varias obras desconocidas de los clásicos. En Lieja encontró Pro Archia y en Verona Epístolas a Ático ambas de Cicerón su ídolo; también descubrió De Architectura, de Vitruvio y la Corografía, de Pomponio Mela... «La propagación de una parte inmensa de la literatura latina —base de toda la civilización renacentista— es fundamentalmente obra de Petrarca»(2).
Francesco Petrarca al igual que Dante era toscano y, aunque hubiera nacido en Arezzo, era Florencia su ciudad, la que su padre el notario Petracco tuvo que abandonar por razones de güelfos y gibelinos, en concreto por diferencias entre estos últimos, y acabase residiendo a la «sombra» de la sede papal de Avignon. Cuando su padre fallece Francesco deja de estudiar jurisprudencia en Bolonia, regresa a Avignon y, como tantos escritores han hecho, busca una forma de vida que le proporcione el sustento y le permita consagrarse a lo que le gusta: leer y escribir. Decidió dedicarse a la carrera eclesiástica tomando las órdenes menores; no tenía que ser sacerdote, se pasaba a estar únicamente bajo la jurisdicción eclesiástica y no bajo la del Estado y gozaba de los privilegios de la Iglesia asumiendo los cometidos y reglas que ello conllevaba, entre ellas el celibato.
Con veintiséis años, alguna canonjía o sinecura y la protección de un poderoso eclesiástico —el cardenal Giovanni Colonna que lo nombró capellán de familia y se convirtió en su amigo— tuvo ocasión de realizar muchos viajes por Europa impulsado por su inquietante anhelo de nuevas experiencias humanas y culturales, rasgo primordial de toda su existencia. ¿No era experiencia nueva subir al monte Ventoux, a más de 1.900 metros, por el placer de otear el panorama desde su cumbre? Lo relatará con todo detalle en una de sus cartas, porque aunque no nos dejó memorias sí nos proporcionó una gran información autobiográfica retratándose y confesándose con ellas; montones de cartas que, posiblemente influido por Cicerón y Séneca, escribió a amigos y hasta al mismo Cicerón o a Virgilio quizás con objeto de transmitirnos una imagen ideal.
Aunque difícil, resumamos. ¿Quién era Petrarca?, ¿quién era ese sujeto que hoy vemos encapuchado o con una corona de laurel ceñida a su cabeza? Pues era un ferviente italiano que vivió entre Francia e Italia; clérigo aunque no sacerdote, virtualmente laico; investigador e intelectual que acopiaba libros para su biblioteca; alguien que se pasa la vida viajando y escribiendo: «cuando cese de escribir... cesaré de vivir»; «nada pesa menos que una pluma, y nada anima más», lo hace en latín pensando en la posteridad y, paradójicamente lo que le hace famoso es lo versificado en el primitivo italiano, la lengua vulgar que él en parte despreciaba y consideraba una fruslería. Es alguien que se debate entre dos pasiones: el deseo de una vida retirada y solitaria dedicada al estudio y la reflexión, y la ambición mundana, la sed de gloria, las pasiones terrenales; un célibe que engendró dos hijos y estuvo enamorado apasionadamente de una casada, Laura, tanto en vida de ella como después de muerta.
Por cierto, digamos algo acerca de aquella corona de laurel: la Universidad de París y el Capitolio de Roma le ofrecen en 1340, con treinta y seis años, la coronación poética, un título con su respectiva ceremonia en la que se le imponía una corona de laurel y se le reconocían públicamente los méritos adquiridos; él eligió Roma.
Pero volvamos a Laura; el nombre Laura proviene de láurea, laurel, triunfo, la ejemplarizante coronación al ganador en la Roma clásica. Esa corona de laurel ¿la ostenta en su retrato debido también a su fascinación y en honor de aquella mujer que conoció un 6 de abril de 1327 a los veintitrés años en Avignon, en la Iglesia de Santa Clara y que fue la inspiración central de su obra poética?
Siempre me ha sorprendido que Francesco Petrarca, contador de tantos hechos e historias a través de su enorme epistolario, no nos haya desvelado quién era aquella Laura fallecida según él debido a la peste, de lo cual se enteró cuando contaba tan sólo cuarenta y cuatro años estando de paso en Parma, y a la que siguió ensalzando en su Canzoniere hasta el final de sus días. ¿Existió realmente?, ¿era casada?, ¿tenía hijos?, ¿qué relaciones tuvo con ella? Hay respuestas para todos los gustos. Tan sólo sabemos que pudo ser cierto que fue una mujer inaccesible y distante, desdeñosa y altiva; que los encuentros posibles fueron poquísimos y casuales, y que su amor jamás fue correspondido. ¿Cómo se le pueden dedicar a una falsa e imaginaria «Beatriz», por imitación de Dante, nada menos que 317 sonetos, 29 canciones, 9 sextinas, 7 baladas y 4 madrigales, cantando durante cerca de cincuenta años casi exclusivamente la figura de esa Laura?, una figura que descolla a lo largo de esa dilatada «cantiga» lírica que es el Canzoniere. Y uno llega a la conclusión de que Laura tuvo que existir: «El mundo la poseyó sin conocerla, y yo, que la conocí, estoy aquí llorándola».
No me resisto a despedir a Francesco Pretarca, el primer humanista del medievo, el padre del renacentismo y de la modernidad, sin dejar aquí uno de sus sonetos a aquella Laura en una de las mejores traducciones que he conocido.

Paz no encuentro ni puedo hacer la guerra,
y ardo y soy hielo; y temo y todo aplazo;
y vuelo sobre el cielo y yazgo en tierra;
y nada aprieto y todo el mundo abrazo.

Quien me tiene en prisión, ni abre ni cierra,
ni me retiene ni me suelta el lazo;
y no me mata Amor ni me deshierra,
ni me quiere ni quita mi embarazo.

Veo sin ojos y sin lengua grito;
y pido ayuda y parecer anhelo;
a otros amo y por mí me siento odiado.

Llorando grito y el dolor transito;
muerte y vida me dan igual desvelo;
por vos estoy, Señora, en este estado.
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(1) Ortega y Gasset, Obras completas
(2) F. Rico, Lecciones de Literatura Universal