domingo, 5 de agosto de 2012

Día Sesenta y ocho: ¿Teresa y Juan-Jacobo?, ¿pero cómo se explica?



¿Cómo se explica qué? Pues sencillamente que uno de los más geniales e influyentes escritores y pensadores del siglo de las luces se acabe amancebando, o si se quiere uniendo sentimentalmente a una costurera, a una vulgar criada durante treinta y dos años. Estamos de nuevo ante una relación similar y tan insólita como la de Goethe con Christiane y la de Joyce con Nora que ya hemos tratado aquí... ¿Existirán más casos?

   En sus Confesiones dejó escrito: «Nada manifiesta tanto las verdaderas inclinaciones de un hombre, como la clase de relaciones a que está unido», y respecto a ello señala mediante un asterisco una nota a pie de página: «A menos que se haya engañado en su elección... Por lo demás aléjese toda aplicación injuriosa a mi mujer. Ella es a la verdad, más corta y fácil de engañar de lo que yo había creído; mas por su carácter casto, excelente, sin malicia, es digna de toda mi estimación y se la tendré mientras yo viva». Y lo cumplió.
   Cuando Jean-Jacques escribía esto contaba más o menos cincuenta y seis años y hacía veintitrés que había conocido a Thérèse Le Vasseur y la había hecho su amante. Pero veamos cómo se desarrolló todo aquello.
Se encontraba alojado de nuevo en París en una fonda que ya había sido anteriormente su hogar: «Allí me esperaba el único consuelo real que me ha concedido el cielo en medio de mi desdicha...». Era ella de «unos veintidós a veintitrés años» y la primera vez que la vio le «maravilló su aspecto modesto y más aún su mirada viva y dulce... Ella era muy tímida; yo lo mismo... De antemano le declaré que jamás la abandonaría si bien no me casaría tampoco». Sin embargo sí se acabó casando con ella.
La verdad es que aquel trotamundos que con las mujeres tiene un especial encanto y a tantas ha conquistado y lo han protegido, se convierte por primera vez en el protector de una muchacha inculta que tal como él mismo relata no sabe ni contar el dinero ni conoce el precio de las cosas, confunde las palabras con sus opuestas y nunca consiguió leer correctamente la hora marcada por un reloj o citar ordenadamente los doce meses del año.
¿Se habrá preocupado algún ensayista —quizás un psicólogo— de analizar estas curiosas relaciones del genio con la zafia criada-amante? Parece como si se tratara de una doble personalidad, una doble vida. Es como si el genio escritor necesitara una proyección exterior, una imagen mundana, una relación con su entorno y su mundo circundante; pero a su vez precisara de su soledad, su mundo interno donde pueda satisfacer su enorme ego —afectiva y sexualmente— como un déspota, sin que le rechisten, o ¿existe algo edípico también en esa relación? Entiendo que necesita dos mundos para realizarse; en el primero no tiene cabida esa mujer sumisa, del segundo excluye a la pléyade de personajes que le alaban y le critican, y en medio un muro que separa esos dos universos. Merece la pena recordar que la relación entre sexo, amor y vida conyugal se resolvía al parecer según Demóstenes de la siguiente manera: «Las cortesanas existen para el placer, las concubinas para los cuidados cotidianos, las esposas para tener una descendencia legítima y una fiel guardiana del hogar»(1).
Mas continuemos con ciertos detalles que nos arrojen alguna luz. Nunca le preocupó que Teresa hubiera tenido un desliz apenas salida de la infancia debido a su ignorancia y a la astucia de un seductor tal como ella se lo hizo saber. Una tan grande ignorancia que le lleva a él a tratar de instruirla: «Al principio me propuse formar su inteligencia, mas fue tiempo perdido» confiesa decepcionado, pero ello no le desalienta puesto que «En Teresa hallé el suplemento que necesitaba; por su medio viví feliz cuanto podía serlo...», y, además, con el tiempo descubrirá que aquella persona tan ignorante —él la llama hasta estúpida— tiene un instinto especial para las situaciones difíciles y le ayuda a tomar decisiones eficaces que ni siquiera él era capaz de vislumbrar: «Mas esta persona tan limitada y, si se quiere, también tan estúpida raciocina de un modo excelente en las ocasiones difíciles (...) en las catástrofes que he sufrido, ella ha visto lo que yo mismo no veía; me ha dado los mejores consejos; me ha sacado de peligros donde yo ciegamente me precipitaba...», y todo ello a pesar de no tener «...bastantes ideas comunes para que a veces nos faltase motivo fecundo de conversación, no pudiendo hablar siempre de nuestros proyectos...». Pero le es suficiente sentirse querido por ella: «Veía que me amaba sinceramente y esto redoblaba mi ternura», eso a pesar de tener que soportar a la madre puesto que ella vive con su familia: «...aunque Teresa fuese desinteresada como pocas, no así su madre (...) Cuanto hacía para Teresa quedaba destruido por su madre, que lo aplicaba al servicio de sus allegados».
No le agrada seguir viviendo así: «No salía más que para ir a casa de Teresa, que vino a ser casi la mía», y ello le lleva a buscar cierta autonomía junto a ella, necesita independizarse de la madre, y, de ahí «el deseo que tenía de mucho tiempo de no formar más que una casa con Teresa». Tal es así que no lo duda, puesto que «Había depositado mis más tiernas afecciones en una persona grata a mi corazón y esta me correspondía». Y, para ello, «con los muebles que ya tenía Teresa lo reunimos todo, y habiendo alquilado una pequeña habitación en la fonda..., nos arreglamos como pudimos y allí vivimos apacible y agradablemente durante siete años...» ¿Increíble? Sigamos: allí son felices cenando junto a una ventana sentados «...en dos pequeñas sillas colocadas sobre una maleta... sirviéndonos de mesa la ventana... lo delicioso de esas cenas que por todo manjar consistían en un cacho de pan de baja calidad, algunas cerezas, un poco de queso y medio cuartillo de vino...» ¿Cómo puede explicarse esta felicidad a pesar de que siga reconociendo que su Teresa «...tenía un corazón de ángel... habíamos nacido el uno para el otro»? Se acabará casando civilmente con ella a los cincuenta y seis años.

Pasemos ahora al gran escándalo que Voltaire provocó consecuencia de un panfleto anónimo y clandestino que hizo circular para denigrarlo, y que resultó ser el motivo de que dos años más tarde se pusiera a escribir sus Confesiones: Rousseau ha tenido con Thérèse cinco hijos que ha ido depositando en la Inclusa.
Él mismo trata de explicarlo en sus Confesiones, y hasta cierto punto intenta justificarse ante el lector: «Mientras yo engordaba..., mi pobre Teresa engrosaba por otro estilo...», pero él había aprendido que en aquellos tiempos «...el que más enriquecía la Inclusa era siempre el más aplaudido. Esto me pervirtió». Para el primero de los cinco hijos contó con la colaboración de su suegra, aunque con la resistencia de Teresa: «He ahí la salida que yo necesitaba, y me resolví a seguirla alegremente sin el menor escrúpulo; y el único que hube de vencer fue el de Teresa». Llegado el momento a Teresa la acompaña su madre a casa de la comadrona y es esta la que deposita a la criatura «en la Inclusa, del modo acostumbrado. Al año siguiente vuelta a lo mismo...» Reconoce que fue una «fatal conducta» pero también razona que «...entregando mis hijos a la educación pública por serme imposible educarlos por mí mismo, al destinarlos a ser obreros y campesinos mejor que aventureros y andariegos creí hacer un acto de ciudadano y de padre...»; «...fueron cinco los que tuve. Este proceder me pareció tan bueno, tan sensato, tan legítimo, que si no me jactaba de ello, sólo fue por respeto a la madre», y, sin embargo «...el pesar me ha indicado que me equivoqué».
Esta conducta de monstruo que sus enemigos aprovecharon para difamarlo merece que la analicemos someramente a la luz de lo que algunos estudiosos del tema han escrito sobre el mismo. 
   Primero de todo: ¿tuvo realmente Juan-Jacobo cinco hijos? Más aún: ¿llegó a tener algún hijo en su vida? No olvidemos su enfermedad genito-urinaria ni mucho menos su vida «galante» con tanta dama a la que, al parecer, a ninguna dejó jamás embarazada. En ningún escrito para ser publicado en vida hizo mención alguna a su paternidad, tan sólo lo hizo en aquellos que estaba previsto se publicasen tras su muerte. De esos cinco hijos tampoco se ha podido encontrar rastro o noticia alguna. ¿Fueron esos hijos tan sólo una invención de Teresa? También, aunque ella los hubiera tenido pudo ocurrir que Rousseau no fuera el padre de ellos, y que lo supiera, aunque no nos parece verosímil. De igual forma es posible que jugara un papel muy importante el salvar su virilidad para la historia contando esa fábula; al fin y al cabo había sido toda su vida un enfermo, y en consecuencia posiblemente un impotente. Sin embargo, antes de revelarlo en sus Confesiones, «...cuando Voltaire le acusa, se defiende, hace trampas y juega con las palabras. La vergüenza le obliga a callar o a salirse por la tangente: adivina que el silencio, el prestigio de su vida desgraciada son, mientras esté vivo, su mejor defensa»(2).
   La segunda parte a comentar sobre el tema tiene que ver con las costumbres de la época. Incluso suponiendo que los hechos sucedieran así y su virilidad fuera cierta, la realidad es que cada tiempo tiene sus modos y su proceder; él, tal como lo escribe, seguía «los usos del país», «del modo acostumbrado». En nuestra época, las prácticas abortivas en clínicas más o menos clandestinas es el medio que parte de la sociedad utiliza para deshacerse de los hijos no deseados, incluso son reconocidos ciertos abortos como legales. A mediados del siglo dieciocho era práctica habitual depositar en la Inclusa, así como en las iglesias y en los conventos, a los recién nacidos por alguna razón no queridos —la pobreza, el deshonor, la violación, el incesto. Se estima que la cifra llegó a alcanzar en cierto momento a un tercio del total de los nacidos. Ignoro las cifras proporcionales de abortos hoy día respecto al número de embarazos, aunque debe ser fácil conocerlas.


   Pero lamentablemente nos vamos sin conocer la cuestión primera: ¿qué es lo que pudo unir a una pareja como aquella o como las dos ya citadas? ¿Les unió eso que se llama amor, el enamoramiento, del que Ortega decía que se trataba solamente de «un estado de imbecilidad transitorio»? No; en los tres casos que nos ocupa no hubo nada transitorio; les duró toda una vida.
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(1) José A. Marina: Cartas de amor
(2) Jean Guéhenngo: Jean-Jacques Rousseau










martes, 31 de julio de 2012

Día Sesenta y siete: De cómo Rousseau llegó a ser Rousseau

El día anterior nos hacíamos preguntas acerca de la erudición de Rousseau y de su capacidad para la escritura. Entremos en sus Confesiones en las cuales se confiesa «como nunca antes lo había hecho un ser humano», el primer libro considerado «inaugural de toda la autobiografía moderna»(1) que, además, lo escribió a raíz de las acusaciones de un panfleto anónimo detrás del cual estaba Voltaire. Cuando las comenzó contaba cincuenta y cuatro años.
   Su madre, de familia más acomodada, les había dejado al morir a él y a su padre una biblioteca con algunas novelas «...que leíamos por las noches después de cenar (...) pasábamos las noches en claro, leyendo sin descanso...» Leídas todas ellas —Rousseau contaba siete años— aborda otros libros que «...de la parte de su padre (su abuelo materno) nos había tocado. (...) la Historia de la Iglesia y del Imperio, por Le Sueur; el Discurso sobre la Historia Universal, de Bossuet; los Hombres ilustres, de Plutarco; la Historia de Venecia, por Nani; las Metamorfosis, de Ovidio. (...) Plutarco fue sobre todo mi lectura favorita...» ¿Debemos creerle? Muchos críticos han asegurado que Rousseau fabuló en sus confesiones.
   Sea como fuere, su afición primero a la lectura y después al estudio le persiguió toda la vida. Nunca pisó un aula; todo lo más, junto a su primo, escuchó hasta los doce años las enseñanzas que el pastor Lambercier les impartía en su casa. A los quince, siendo aprendiz de grabador, se vuelve a aficionar a la lectura. Una mujer «famosa alquiladora de libros me los proporcionaba de todas clases (...) todo lo leía con idéntica avidez (...) a fuerza de leer se me iba la cabeza (...) Mi amo me vigilaba, me atrapaba, me pegaba y me cogía los libros. ¡Cuántos volúmenes fueron rasgados, abrasados o tirados por la ventana!».
Ahora lo vemos con veinticuatro años en la finca Les Charmettes donde pasa los mejores años de su vida con su protectora y amante la señora de Warens que le lleva trece; ella fue quien lo inició en el conocimiento y cultivo de la música. Pero allí diríamos que comienza su enseñanza superior. «Me he trazado un sistema de estudio que he dividido en dos capítulos principales: el primero comprende todo lo que sirve para iluminar el espíritu y para adornarlo con conocimientos útiles y agradables, el otro incluye los medios de formar el corazón para la sabiduría y la virtud» le escribe entonces a su padre.
En la mañana «Después de dos o tres horas de conversación me iba a mis libros hasta la hora de comer. (...) alguno de filosofía, como la Lógica de Port-Royal, el Ensayo de Locke, Malebranche, Leibniz, Descartes, etc. (...) de aquí pasé a la geometría elemental; (...) Siguió el álgebra (...) Después de esto venía el latín. (...) Antes de mediodía dejaba los libros, (...) Luego volvía a mis libros; (...) Lo que seguía con más exactitud era la historia y la geografía; (...) Había comprado un planisferio para estudiar las constelaciones; (...) Este furor en aprender se convirtió en una manía que me dejaba como entorpecido...» —no es extraño. «Seducido mucho tiempo por los prejuicios de mi siglo, consideraba el estudio como la única ocupación digna de un sabio».
Pero oigámosle de nuevo: ahora está en Montpellier donde, siempre preocupado por su dolencia urológica, se apunta a un curso de anatomía «...que me vi obligado a abandonar a causa de la horrible hediondez de los cadáveres que se disecaban y que me fue imposible soportar. (...) He aquí lo primero que debo verdaderamente al estudio; por él había aprendido a reflexionar y comparar». Y, sin embargo, curiosamente su vida intelectual seguirá también otros derroteros: la música. Cuando Rousseau con treinta años llega a París dispuesto a conquistarlo está plenamente dedicado a la música y, de hecho, donde su nombre va a ser conocido es en este campo. «No había abandonado la música, (...) al contrario, había estudiado la teoría lo bastante para considerarme perito en esta parte».
A París llega con tres cosas: quince luises, su comedia Narciso escrita a los veinte años, y su nuevo sistema de notación musical que consigue exponer en la Academia de Ciencias. Hasta aquí, atropelladamente, su insólita lucha en busca de aquella instrucción de la que carecía.


¿Rousseau músico? Esa fue su ilusión, triunfar en el campo de la obra musical. Y, sin embargo, a pesar de escribir óperas y componer, habiendo puesto todo su fervor en la música no pasará a la historia en ese campo; será conocido definitivamente como escritor aunque consiga con aquella una gran popularidad que después de su colaboración en la Enciclopedia le llevará a escribir un Diccionario sobre ella. Ni siquiera su gran triunfo Pigmalión estrenado a los cincuenta y ocho llegará apenas a la posterioridad. Acabará rompiendo con el gran músico del momento, Rameau, que lo despreciará envidioso de su éxito tras conseguir estrenar su ópera Las musas galantes; después en Versalles El adivino en la aldea y nuevamente en París la comedia Narcisse. Va a ser presentado al rey que quiere señalarle una pensión, pero Rousseau es demasiado republicano y huye, se escapa; así es Rousseau.
Entonces, ¿cómo es posible que este ignorado galeote de la música nos haya llegado como ejemplar de una mente clara exponiendo sus ideas con la pluma?
    Fue un día de octubre del año 49 cuando se hizo escritor; fue como la caída del caballo que sufrió Pablo de Tarso. Una «iluminación fulminante y brutal» tal como él mismo la definirá:
Diderot, entonces su amigo del alma sufre prisión y Rousseau lo va a ver a Vicennes frecuentemente. Aquel día, camino de una de aquellas habituales visitas tiene conocimiento mediante un periódico de un certamen: ¿Han sido las ciencias y las artes positivas para la Humanidad?, ¿el progreso de las mismas ha contribuido a depurar o a corromper las costumbres? El periódico Mercure de France invita a que se expongan ideas sobre este punto y Rousseau tiene conocimiento de ello precisamente dirigiéndose a pie —como a todas partes acostumbraba a ir— a ver a su amigo. «Nada mas leerlo vi un universo distinto y me convertí en un hombre diferente». Él, que durante un tiempo se había rendido al influjo de las artes y las ciencias, se estremece y ve claro por primera vez su error; se le caen las escamas de los ojos de la razón y, en una iluminación fulgurante, agitado por un cataclismo de ideas que acuden brutalmente y sin orden a su cerebro se tiene que sentar al pie de un olmo como si aquel relámpago de principios y percepciones le derribara. Una vez en Vicennnes, todavía desasosegado, le confiesa a su amigo su emoción y le pregunta si debe intentar exponer sus teorías.
¡Qué paradojas! Aquel éxito que lanzó a Jean-Jacques definitivamente a la fama, aquel Discurso sobre las ciencias y las artes que apasionadamente se pondrá a escribir, una diatriba que hoy nos parece una boutade y que incluso entonces debió serlo, resultó gustar por su estilo y fue premiado por la Academia de Dijon.
Pero Rousseau, como le sucedió a lo largo de su vida, tuvo que sufrir la ignominia y el ultraje, aquel «alimento de los héroes» que tanto hemos citado; la confesión hecha a su amigo y sus planes de escribir sobre el tema servirán para que más tarde el discurso sea atribuido a Diderot, al menos las ideas cardinales allí expuestas.
¡Pobre Jean-Jacques!; ya Diderot no era su amigo, se habían distanciado y nadie lo defenderá. «Estamos engañados por la apariencia de un bien», nunca más a propósito ese lema con el que había concurrido a aquel certamen que, de momento, le significaba una medalla de oro de gran valor como resultado de la feliz votación de los académicos. «Dijon había coronado sobre todo una elocuencia y una retórica de un tono nuevo.... que condenaba —¡precisamente!— los valores que se suponía que los académicos tenían que defender»(2). «Me hice escritor casi a pesar mío, fui arrojado por sorpresa en esa funesta carrera».

   Y, sin embargo, aquello era únicamente el principio de su abrumadora y variopinta obra revestida de pensamiento, o viceversa. Durante diez años llevará a cabo toda su más importante producción literaria comenzando por el segundo discurso, el del origen de la desigualdad entre los hombres que, como el anterior, obedecía a un certamen de la Academia de Dijon. Y aunque no hubo premio sí hubo reconocimiento y... odio, el de los enciclopedistas encabezados por Voltaire: «Jamás se ha derrochado tanto ingenio en querer convertirnos en bestias. Cuando se lee vuestro libro entran ganas de andar a cuatro patas» le contesta acusándole recibo de haberlo recibido  —para Engels «una obra maestra de la dialéctica». Faltaban siete años para que diera a la luz su revolucionario Contrato social tras publicar Julia o la nueva Eloísa y Emilio o la educación.
   De este ultimo yo le pediría al lector desconectado de Rousseau que tratara de leer exclusivamente el relato titulado Profesión de fe del vicario saboyano. Es cautivador leer lo que su portentoso intelecto le dicta, todo ello disfrazado bajo la supuesta confesión que le hace un tercero.


   Dejemos hoy a Rousseau del que no pararíamos de hablar. Solamente recordar que a todos sus reveses debemos añadirle que durante toda su vida fue un enfermo. Su retención crónica de orina le fustigó sin piedad; «Los médicos no conseguían aliviarlo... Se veía condenado al uso más o menos continuo de la sonda..., la enfermedad cada día lo aisló más. En compañía, siempre le costaba mucho dominar sus molestias... ¿Hay que decir que le salvó de los demás? Sin ella, posiblemente no hubiese sido más que un filósofo entre los filósofos...»(3)
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(1) Fco. Javier Hernández: Introducción a Las ensoñaciones del paseante solitario
(2) Raymond Trousson: Jean Jacques Rousseau. Gracia y desgracia de una conciencia
(3) Jean Guéhenngo: Jean-Jacques Rousseau


miércoles, 18 de julio de 2012

Día Sesenta y seis: Jean-Jacques y, punto. Fue único


«Heme aquí, pues, solo en la tierra, sin más hermano, prójimo, amigo ni compañía que yo mismo...» Así comienza la última obra escrita por Jean-Jacques Rousseau, Las ensoñaciones del paseante solitario. Y lo que decía era muy cierto; la había comenzado a escribir a los sesenta y cuatro años cuando tan sólo le quedaban algo menos de dos para morir después de haber vivido una existencia contra todo y contra todos. 
    He decidido comenzar exactamente por el final de su vida por una exclusiva razón: justificar el título dado a estas notas de hoy; concretamente ese quizás atrevido: «fue único». Y es que, increíblemente, lo fue tanto por su azarosa existencia como por su obra.
    En pocos escritores, posiblemente en ninguno, se han dado en sus vidas tantas y tan extrañas circunstancias. Huérfano de madre a la que no conoció pues murió tras el parto; enfermo desde su nacimiento del aparato genito-urinario para toda la vida; perpetuo errático desde los doce años en que comenzó a trabajar; desde entonces autodidacta y diletante siempre; protestante y después católico y una vez más protestante; enamorado de la música y de la botánica; inventor de un nuevo método de notación musical; escritor de óperas, comedias y obras musicales; pensador y célebre a los treinta y ocho años y sin embargo unido hasta su muerte a una humilde e ignorante criada; amigo de Voltaire, de Diderot y de Rameau; interesado en la educación y autor de novelas pedagógicas; sufridor de constantes persecuciones y huidas por sus ideas innovadoras; atacado y rechazado por sus antiguos admiradores y el resto de los filósofos; odiado por la sociedad en general y sufriendo por ello una paranoia maníaco-persecutoria..., ¡no sé qué más nos queda por decir y todavía no hemos dicho casi nada!  
   Ese fue el más universal de los escritores del siglo XVIII. A mí, ahora, escribiendo y recordando su figura, me ha venido a la memoria una cita que guardo en una de mis alforjas:
«...el honor ha de ser para quien permanece en la arena con el rostro manchado de tierra, de sudor y de sangre combatiendo con ánimo; para aquel que aunque incurre en un yerro vuelve a la carga una y otra vez, porque no hay esfuerzo sin errores ni fallos; (...) y aun en caso de sufrir lo peor y salir derrotado lo acepta con valentía sin querer ocupar un lugar junto a las frías y tímidas almas que no supieron nunca lo que es una victoria ni una derrota»(1).
Esto, creedme, nos puede servir como un escorzo de Jean-Jacques Rousseau. Un escorzo breve y tímido, sí, pero esa forma de comportamiento fue un rasgo muy notable de su carácter, su nadar contra corriente, volver a la lucha sin amilanarse jamás. A los sesenta y cuatro años, sintiéndose impotente para divulgar su mensaje, concibe la singular idea de escribir y hacer copias a mano de un panfleto dirigido A todo francés que todavía ame la justicia y la verdad y se dedica en un gesto desesperado a repartirlo por las calles de París buscando en las miradas de los que se le cruzan los que le parecían más honestos para entregárselo.
Victoria Nelson decía que «debemos escribir movidos por la más profunda sinceridad», y este fue otro rasgo sublime en él: «Se me preguntará si soy príncipe o legislador para escribir sobre política. Contesto que no, y que por eso escribo sobre política. Si fuera príncipe o legislador no perdería el tiempo en decir lo que hay que hacer; lo haría o me callaría». Está en el segundo párrafo de su Contrato social y se entiende que moleste a cierto clase de lector, pero así era él ¿Más sinceridad?: «Ruego a mis lectores que tengan a bien dejar al margen mi bello estilo y examinen sólo si razono bien o mal». ¡Genial Rousseau!, ¡Increíble Rousseau! Que se me perdone, pero voy a dejar escrito que si no hubiera existido habría que haberlo inventado.



Decía Stendhal que «Rousseau es uno de esos autores insolentes que obligan a los lectores a pensar». ¿Qué más pruebas queréis de su sinceridad e insolencia? Rousseau, con muchos errores y dando palos de ciego, escribiendo sobre el pacífico salvaje y el corrupto hombre civilizado debió de dejar boquiabiertos a los ciudadanos del dieciocho —al menos durante un tiempo—, pero con toda la crítica surgida a «su crítica» de la Ilustración acababa de poner en marcha la gran sacudida que iba a cambiar todas las formas sociales conocidas hasta el momento; sólo hay que leerse las cinco últimas líneas de su Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres. El republicano, plebeyo y ginebrino Rousseau, hijo de un relojero, puso a los pies de los caballos con agudeza, insolencia, osadía, y quizá con su desconocimiento, el final de un régimen que nadie imaginaba iba a tardar tan poco en caer y tan profundamente. ¡Que este hombre, Rousseau, llegara a influir en Kant! (y en tantos otros prestigiosos pensadores y políticos) hasta el punto de que la lectura de sus obras le significara nada menos que a aquel un punto de inflexión en su raciocinio: «Rousseau es el Newton de la moral», es casi inconcebible. ¡El hijo de un relojero suizo sin instrucción alguna!: «...si nunca se dio a un niño una educación razonable y sana, fue la mía». Pero Rousseau «...como en El proceso de Kafka, es acusado por jueces invisibles, vigilado por espías sin rostro, sin poder conseguir que se le diga de qué se le acusa...»(2)
¿De qué se le acusa?, ¿quién le acusa?: «Hay algo horrible en el oficio de autor»; «...desde el momento en que empecé a publicar, mi vida no ha sido más que pesadumbre, angustia y dolores de todas clases». El Emilio y El contrato social fueron condenados por el Parlamento de París al tiempo que se dictaba un orden de detención contra él, mientras que el arzobispo de París lo declaraba enemigo del catolicismo y el Gobierno calvinista de Ginebra lo declaraba también su adversario.
 Voltaire —su admirador en un principio— a la cabeza de los philosophes lo llegó a odiar de una forma espantosa y procuró hacerle todo el daño posible. Partir fue la constante de su vida; su existencia fue a veces una desaforada búsqueda del destino o una perenne huida de él. Esta controvertida criatura, esta paradójica figura... Contando quince años se expatrió para el resto de sus días y fue vagabundo, buscavidas, seminarista, músico, traductor, compilador, dramaturgo, literato, copista de música, lacayo, preceptor, secretario, pedagogo, herborizador, pensador; solitario y andarín. Torpe, metepatas y contradictorio fue perseguido, maldecido, odiado y considerado loco...
    Sí; he escrito torpe, metepatas y contradictorio, al menos es como él se veía: «...sin ser un tonto, muchas veces he pasado por tal»; «...era tan imbécil y tan desdichado»; «...esta lentitud de pensamiento...»; «...mi escasa capacidad...»; «...siendo como soy tan negligente y atolondrado»; «...el sinnúmero de patochadas que se me escapaban a cada instante en la conversación»; «...mi increíble estupidez...» A Rousseau hay que encuadrarlo sin duda entre aquel grupo de hombres selectos de los que decía Ortega que se exigen más que los demás, aunque no logren cumplir en su persona las exigencias superiores: «...la división más radical que cabe hacer en la humanidad es esta en dos clases de criaturas: las que se exigen mucho y acumulan sobre sí mismas dificultades y deberes, y las que no se exigen nada especial, sino que para ellas vivir es ser en cada instante lo que ya son, sin esfuerzo de perfección sobre sí mismas, boyas que van a la deriva»(3)
¿Su éxito? Yo creo que además de sus revolucionarios pensamientos e ideas —es posible que hubiera entonces muchos con las mismas o parecidas— debieron ser su elocuencia, su retórica y su vehemencia las que lo condujeron hasta alcanzarlo. Saber decir lo que pensaba, la forma en que lo escribía, su «afilada y temible pluma».
* * *
     Aunque escribiendo hay un Rousseau político, otro pedagogo y, sobre todo uno autobiográfico, los tres conforman un único Rousseau literario; en sus novelas hay política igual que hay pedagogía, y sus discursos y escritos autobiográficos irradian una personalidad eminentemente literaria. A Rousseau se le lee siempre con placer, su prosa es abierta, noble, clara, luminosa; yo añadiría que hasta emocionante. ¿Dónde aprendió a escribir?:
     «De ahí esa dificultad extrema que siento al escribir. Mis manuscritos llenos de borrones, embrollados, mezclados, ininteligibles, prueban el trabajo que me cuestan. Ni uno solo he dejado de tener que copiarlo cuatro o cinco veces, antes de darlo a la prensa. Sentado a una mesa, con la pluma en la mano y el papel enfrente, jamás he podido hacer nada. En el paseo, en la montaña, en medio de los bosques, por la noche en la cama durante mis insomnios, es donde escribo mentalmente». «Voltaire ...me inspiró el deseo de aprender a escribir con elegancia».
Más inquietante todavía: ¿de qué forma llegó a adquirir tanto conocimiento y erudición?:
   «...compré libros de aritmética y la aprendí bien porque la estudié solo»; «...heme aquí apegado como un viejo chocho a otro estudio inútil del que no entiendo una palabra...»; «...me sucede con todas las cosas a que empiezo a dedicarme: me encariño con ellas, me apasiono, y luego ya no existe para mí en el mundo otra cosa más que aquella que me domina»; «...se iba desarrollando en mí la afición a otro estudio...»
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(1) De la conferencia pronunciada el 23 de abril de 1910 por el ex presidente norteamericano Theodore Roosevelt en París, en la Sorbona, bajo el título Citizenship in a Republic.
(2)Raymond Trousson: Jean-Jacques Rousseau;. Gracia y desgracia de una conciencia.
(3) Ortega y Gasset: La rebelión de las masas












lunes, 9 de julio de 2012

Día Sesenta y cinco: Los tres grandes demonios de Kafka

«Yo he escogido por vivienda una casa en ruinas. Soy débil; he nacido en las ruinas y me complazco en ellas; (...) He encontrado centenares de sitios habitados; pero en unos existen conflictos y en otros hay odio. El que quiere vivir en paz debe ir a vivir entre las ruinas. Si tristemente resido entre las ruinas es porque es allí donde están escondidos los tesoros». Esta es la respuesta que el búho le da a la abubilla en El coloquio de los pájaros, obra del poeta y místico persa del siglo XII Farid Uddin Attar, cuando aquella les propone iniciar un largo viaje en busca de su rey.
   Y es que sucede que esta réplica del búho a la abubilla retrata a las mil maravillas el carácter o la personalidad esquizoide que según la psiquiatría moderna era el dominante en Kafka. «El tema de muchas obras de Kafka es la vulnerabilidad y la impotencia de un carácter exageradamente pasivo e inexpresivo o insensible (...) acosado en un mundo donde no hay posibilidad de socorro ni manera alguna de encontrar a las autoridades competentes»(1).
   Pero, además del carácter esquizoide, la personalidad fóbica o evitadora con su timidez, cobardía y miedo definen a mi entender más realísticamente la conducta de Kafka. Son personas que necesitan cuestionar intensamente sus deseos y tienen un temor constante a tomar decisiones ante el riesgo de cometer errores. Ello, junto con su sentimiento de culpa, su desánimo, misantropía, inseguridad, pusilanimidad e irresolución hace que sean considerados por los demás como precavidos, reservados y tortuosos.
   El día anterior hacíamos referencia a los continuos lamentos y repetidas quejas que Kafka fue dejando en sus Diarios y Cartas así como en su Carta al padre y en los Fragmentos de cuadernos y hojas sueltas que su amigo y custodio testamentario Max Brod hizo publicar a su muerte —además del resto de sus obras inacabadas—, ignorando la voluntad de Franz Kafka que había establecido que todo fuera destruido. Y yo he pensado que antes de despedirnos de Kafka profundicemos algo más en los motivos de aquellas lamentaciones; motivos que yo he llamado hoy aquí «demonios». A saber: la relación con su padre, el ejercicio de su empleo y su trabajo, y el enfoque de su vida ante su posible matrimonio.


   Franz Kafka es el primogénito y él único varón, que junto con tres hermanas menores y sus padres componen una acomodada familia. Su padre es un comerciante judío que ha pasado las mayores privaciones y miserias cuando tenía la edad de Kafka, y que con trabajo y esfuerzo ha llegado a disfrutar de una holgada situación. Pero los separan más cosas: ese padre es físicamente descomunal y Franz es escuálido, aquel es decidido y arrogante mientras que su hijo es tímido e inseguro. Su padre desea un sucesor para sus negocios y detecta que ese hijo, que ha estudiado y se ha doctorado en leyes por su voluntad, no tiene el mínimo interés en seguir con sus actividades comerciales ni de otra clase; Hermann Kafka se siente decepcionado cuando percibe que todo el interés de su hijo reside en escribir. Primero simultaneándolo con el trabajo en un bufete de abogado, después al tiempo que trabaja sin remuneración en los tribunales de justicia, a continuación en una importante compañía de seguros italiana y, finalmente, y buscando un horario más reducido para poder escribir, entrando en el Instituto se Seguros de Accidentes de los Trabajadores donde permanecerá hasta que lo derribe la tuberculosis a los cuarenta años.
   Ya tenemos dos de los protagonistas de su desdicha: un padre rudo y decepcionado y una empresa semiestatal de Bohemia en la que trabaja de ocho de la mañana a dos y media de la tarde. Dice su amigo Max Brod que «la raíz de su evolución posterior en el mundo del sufrimiento» estaba —a su parecer— en «la opresión que le causaba el empleo (...) y no en los lazos que le ataban al padre», lazos que —continua— «eran exagerados por Franz». Su biógrafo Hayman añade además que «Lo más probable es que Hermann Kafka no tuviera más deseo que su primogénito llegase a la madurez e independencia, dado que Kafka tenía que sacudirse la protección paterna».
Cualquier joven de su edad estaría satisfechísimo de su empleo en aquel edificio suntuoso, con secretaria a la que le dicta, con frecuentes giras de inspección a las fábricas del país —comidas, hoteles y nuevos paisajes—, con el afecto de sus superiores que ven y aprecian la calidad de su trabajo hasta el punto de ascenderle a los cinco años a «Vicesecretario» después de haberle subido el sueldo dos años antes. Sin embargo a Franz todo ello le roba el tiempo que él piensa necesita para escribir: «Todo en mí está preparado para una labor creadora y tal labor sería para mí una solución celestial; en cambio, aquí, en la oficina, por culpa de una miserable acta, debo arrancarle a un cuerpo capaz de semejante felicidad un trozo de carne».
Pero no nos olvidemos que tras esa jornada de trabajo de tan sólo algo más de seis horas, Franz almorzaba y se acostaba hasta las siete y media, paseaba antes de cenar y era hacia las once de la noche cuando se ponía a escribir hasta las dos o las tres de la madrugada. «¡Si fuera posible ir a Berlín, independizarme, vivir al día, hasta padecer hambre, pero derrochar todas mis fuerzas...!» ¡Ah! Ahí está su indecisión: prefiere retirarse todos los días a su casa «...en realidad voy a una prisión especialmente construida para mí...» donde tiene su dormitorio situado entre el de sus padres y el cuarto de estar, y no soporta los ruidos que le llegan a través de las paredes: «mi habitación es el cuartel general del ruido de toda la casa»; entre otros ruidos los del habitual juego de cartas de sus progenitores en el cuarto de estar, y, hasta a menudo, el de los coitos de su padre. No es extraño que no pudiera soportar verlos a él en pijama y a ella en camisón; con ella no cruzaba más de veinte palabras al día y con él tan sólo los saludos. 
   En su inmensa Carta al padre —una carta privada escrita a los treinta y seis años a su padre y que Max Brod publicó como una obra literaria— una carta de cerca de cien cuartillas que le entregó a su madre y que ésta le devolvió y su padre nunca llegó a leer, le dice: «...ni por lo más remoto he creído yo nunca en una culpabilidad de tu parte (...) tú, en el fondo, eres un hombre blando y bondadoso». «Kafka veneraba y detestaba a su padre como figura descomunal, poderosa, intelectualmente dominante y brutalmente eficiente»(2); y respecto a su trabajo Max Brod señala: «Con respecto al tema de no poder escribir por culpa del empleo dicen los Diarios cosas estremecedoras».
¿Cómo es posible que se pase meses y hasta un año sin escribir y, en otras ocasiones, en un estado de energía creadora, recién salido de un foso de depresión se ponga a escribir compulsivamente tres obras al mismo tiempo? «¿Para quién escribía Kafka? (...) escribiendo exteriorizaba todas sus inquietudes (...) el deseo de tener una mala opinión de sí mismo»(3). No; no fueron meramente el empleo que tenía ni su padre quienes le fustigaron y supuestamente le llevaron a escribir maravillas; fue sobre todo su carácter esquizoide y evitador: sus repugnancias, su continuo temor, sus complejos, su inseguridad, su retraimiento semejante al del búho que prefiere vivir entre las ruinas. Gracias a ello tenemos hoy entre nosotros a Kafka.
   Nos resta hablar del tema femenino, otro de los «demonios» que se desprende existieron en su vida y que le influyeron como escritor. Más de una docena de mujeres ejercieron sobre él diversos influjos durante su existencia. Según Max Brod, Franz recordaba una relación muy lejana con una profesora de francés; a los veinte años vivió su primera experiencia sexual con una dependienta de una tienda de ropa, y dos años más tarde tuvo una relación con una mujer madura mientras convalecía en un sanatorio. Después Hedwig Weiler, una estudiante de Viena con la que se inicia en el carteo que será para él —posteriormente— una forma más de literatura; pero también está la camarera Hansi en la etapa en que frecuenta los clubes nocturnos y con la que se fotografía. Cuenta veintiocho años cuando se enamora de la actriz Mania Tschissik, y en Weimar de la hija del vigilante de la casa de Goethe. Por fin, con casi treinta años, conoce a Felice Bauer, activa y enérgica y con un cargo directivo en una empresa de Berlín. Después de cinco años de acercamientos y distanciamientos, con dos compromisos formales de matrimonio y sus respectivas rupturas, todo se queda en nada. Y, al tiempo de su relación con ella, y posteriormente, Grete Bloch, amiga de Felice; cartas y más cartas con ambas y con la segunda posiblemente un hijo; pero en ese período de tiempo ha llegado a tener también una aventura con una suiza mientras convalece en un sanatorio. Ya con treinta y seis años un romance serio con Julie Wohryzek, sombrerera e hija de un zapatero con la que también se compromete en matrimonio a pesar de la oposición de Hermann Kafka; no obstante rompe el compromiso y ello motiva la escritura de aquella extensa carta. Y por fin Milena Jesenská, su gran amor; una casada que reside en Viena con la que después de cruzar muchas cartas tampoco encontrará una estabilidad. El año anterior a su muerte, ya enfermo, conoce a Dora Dymant; será la última y la única mujer con la que convivirá.
   Escuchemos: «Fue todo tentador, excitante y asqueroso...»; «El coito con la persona amada puede conducir a la perdida del amor»; «El coito como castigo por la felicidad de estar juntos...»; «Mi único temor es que nunca seré capaz de poseerte...»; «Cualquier pareja de enamorados (...) me resulta una visión repulsiva...»; «El terreno más profundo de la verdadera vida sexual me está vedado...»; «Queridísima, (...) mis temores deben parecerte ridículos; pero son temores espantosamente bien fundados»; «...yo consideraba el matrimonio una de las cosas deseables de la vida en cierto sentido, pero me era imposible casarme»; «¿Qué has hecho con el don del sexo que recibiste? Fue un fracaso, al final eso será lo único que digan».
   Aunque pudiera parecer que la causa de su fracasada trayectoria amorosa fuera una disfunción sexual o el temor a una cierta clase de impotencia, se estima hoy que los problemas eran muy diferentes.
Kafka, en sus relaciones temporales o esporádicas con mujeres se comporta de forma muy distinta a como lo hace cuando piensa en casarse. Con vistas al matrimonio rechaza el contacto carnal, le repugna, sobre todo le tiene miedo; es por ello que idealiza a sus prometidas, y su noviazgo es sobre todo epistolar. Pero, además, —y esto es lo más importante— ve el matrimonio como el fin de su carrera de escritor; no se puede imaginar casado y escribiendo. Estando enamorado pero libre, escribe; puede dar rienda suelta a su pasión que es la literatura: «Por eso, con tembloroso temor, protejo la escritura de toda perturbación, y no únicamente la escritura, sino la soledad que forma parte de ella». Hasta los que consideraba sus maestros literarios habían sido solteros y lamentaba que Dostoievski se hubiera casado.
En resumen, podemos decir que a Kafka como escritor lo configuró la amalgama de un padre con una imponente personalidad, la angustia de un trabajo de oficina con un horario rígido, y una malograda relación amorosa debida a su temor al matrimonio. Si Franz Kafka se hubiera desvinculado de su familia, si hubiera abandonado su burocrático empleo o si se hubiera casado, nunca habría existido Kafka.


Pero deseo hacer una reflexión más. ¿Cómo se explica que un oscuro escritor de la capital de Bohemia que únicamente ha conseguido publicar algunos cuentos en vida y que muere a los cuarenta años, haya pasado a ser una figura tan trascendental en la historia de la literatura?, ¿cuántos como él nos hemos perdido —nada más que en toda Europa— en los últimos cien o doscientos años? Conocéis la respuesta ¿verdad? Los restos de Franz Kafka yacerían en su tumba del cementerio de Strasnice Kewosj de Praga y nadie sabría nada de él, sus obras nos serían totalmente desconocidas y nada nos parecería hoy kafkiano de no ser por su amigo Max Brod que se negó a cumplir su voluntad y quiso que el mundo lo conociera.    
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(1) Naranjo, Claudio: Carácter y neurosis
(2) Begley, Louis: El mundo formidable de Franz Kafka
(3) Hayman, Ronald: Kafka, biografía


miércoles, 4 de julio de 2012

Día Sesenta y cuatro: La metamorfoseante y siempre nebulosa mente de Kafka

«Al despertar Gregor Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto. Hallábase echado sobre el duro caparazón de su espalda, y, al alzar un poco la cabeza, vio la figura convexa de su vientre oscuro, surcado por curvadas callosidades, cuya prominencia apenas si podía aguantar la colcha, que estaba visiblemente a punto de escurrirse hasta el suelo. Innumerables patas, lamentablemente escuálidas en comparación con el grosor ordinario de sus piernas, ofrecían a sus ojos el espectáculo de una agitación sin consistencia».
   ¿Se puede comenzar a leer una historia tan alucinante y extraña cual parece ser esta y no seguir leyendo? Como la mayoría conoce o intuye se trata de su más célebre novela La metamorfosis. La escribió con veintinueve años a finales de 1912, pero él no le dio demasiado valor: «Gran aversión a Metamorfosis. Final ilegible. Imperfecta casi hasta la médula. Habría quedado mucho mejor si no me hubiera interrumpido por entonces un viaje de negocios...». Y es que, afortunadamente, Kafka dejó diarios y muchas cartas; aunque..., estos diarios y cartas nos hayan confundido a la mayoría.
Entremos en materia: «Estoy hecho de literatura, no soy ni puedo ser otra cosa». Sí; sí era otra cosa además de literatura. Como está reconocido hoy día, Kafka fue sobre todo miedo y deseo.
La imagen que Kafka nos ha transmitido con su obra —cuyo tema fundamental y constante es la culpa y la condena, una obra en la que todos los protagonistas sufren situaciones inconcebibles e inexplicables—, esa imagen junto con la que de él nos transmiten sus diarios y cartas ha llegado a nosotros envuelta en un aura de misterio. «Toda la vida de Kafka fue una serie de vacilaciones sobre el proceso de condenarse a sí mismo y de ejecutar la sentencia»(1).
Palabras comunes a esa imagen y que a menudo se repiten en boca de él o de sus personajes nos pintan un hombre sometido a represión y con un constante temor. Un hombre dominado por una perseverante angustia, abrumado por el sin sentido, torturado por mil ansias, atormentado, inseguro, que se siente ridículo y que sufre el autodesprecio, acobardado y lleno de repugnancias, encastillado en la introspección, compungido, avergonzado, saturado de culpabilidad y sumido en la frialdad, en la reserva y en el retraimiento... Y aunque de todo eso hubo en su personalidad, lo que verdaderamente predominó en su siempre transmutante mente velada a los demás fue el deseo y el miedo.
En sus diarios y cartas Kafka se lamenta continuamente. No lo olvidemos: es un continuo lamento. Se queja de su familia, especialmente del padre que nos aparece pintado como un ogro: «La sóla visión de aquellos de quienes procedo me llena de consternación (...) La vida es sencillamente terrible». Considera fastidioso su trabajo que no le deja escribir: «Mi trabajo se me hace insufrible porque entra en conflicto con mi único deseo y mi única vocación, que es la literatura»; «...perder seis horas al día (...) es una doble vida espantosa...» Su vida amorosa, a la que le dedica cartas y más cartas, es otro motivo de queja y desazón: «El sexo sigue corroyéndome, me acosa día y noche, para satisfacerlo tendría que vencer el temor y la vergüenza y probablemente también el dolor»; «Me comprometí dos veces (si se quiere, tres; es decir, dos veces con la misma joven), y las tres veces rompí el compromiso pocos días antes del casamiento». Y, finalmente, él mismo se siente repulsivo externa e internamente: «¿Cómo es posible, Milena, que todavía no sientas temor o repugnancia hacia mí o algo parecido?»; «Si me faltara un labio superior aquí, un lóbulo de oreja allá, una costilla acá y un dedo acullá, si tuviera claros de calvicie en la cabeza y picaduras de viruela en la cara, todo ello no sería aún un correlativo físico adecuado de mi imperfección interna».
Pero no nos engañemos. La vida de Kafka no fue ninguna tragedia; él la hizo trágica o la sintió inexplicablemente trágica. Y ello lo sabemos cuando leemos las biografías que sobre él se han escrito —incluida la de su mejor amigo Max Brod— por las que conocemos un Kafka que vive con su familia hasta los treinta y dos años porque a él le da la gana; que ríe, se lo pasa bien y se divierte con sus amigos; que nada, rema, juega al tenis, conduce motocicletas y sube a caballo; que juega al billar y holgazanea; que acude a los burdeles y a toda clase de espectáculos y hasta lleva prostitutas a hoteles; que veranea en multitud de sitios; que se enamorisquea con una frecuencia pasmosa; que viaja frecuentemente por placer o como ejecutivo del Instituto de Seguros en el que trabaja, donde tiene un horario reducido y cómodo (que él se ha buscado) al tiempo que goza del aprecio de sus superiores. Si realmente hubo una gran tragedia en su vida esa fue su tuberculosis; ni siquiera lo fue el ser judío.
Kafka se estuvo debatiendo constantemente entre el miedo y el deseo. Kafka es un constante quiero... pero no; no se atreve. Se promete en matrimonio varias veces y otras tantas se echa para atrás. Duda, todo le abruma, malgasta el tiempo y lo reconoce; él desearía disponer de todo el tiempo del mundo para escribir..., y seguiría dejando todo inacabado tal como lo dejó. Dice que «...escribir es para mí lo más importante del mundo...», y desea escribir una obra que como a Mann le dé una independencia económica para dedicarse exclusivamente a la literatura, o que su progenitor le proporcione una autonomía financiera como la que disfrutó Flaubert para lo mismo, —y he citado a ambos porque se contaban entre sus ídolos. Quiere casarse, pero lo ve un inconveniente por la sujeción a otro ser, la lógica descendencia y su trabajo de escritor, y no se casa. Kafka desea y teme constantemente; ese fue su gran dilema. Rodeado de amigos con verdaderos problemas y menoscabos en sus vidas, la suya es la más confortable; pero él nos magnifica de una manera atroz sus pequeñas cuitas y sus insignificantes pesadumbres haciéndolo hasta extremos inconcebibles. Kafka se siente torturado, condenado.
Quizá en eso, en una cierta clase de expiación que fue su vida, haya que basar la gran originalidad de su obra que posiblemente queda resumida en el título de una de sus novelas, la cual escribió de una sentada desde las diez de la noche hasta las seis de la mañana del día siguiente: La condena. Este título lo dice todo; por su cobardía ante el acontecer diario Kafka «está condenado a sentirse condenado» sin saber la razón, y por ello es capaz de «tratar con toda naturalidad en sus obras de ficción sucesos que cualquier lector sabe que son improbables o directamente imposibles»(2): «existe un gran fuego a punto para todas las cosas, para las más extrañas fantasías...» De ahí El proceso, El castillo, En la colonia penitenciaria, La metamorfosis, Un artista del hambre..., todos ellos relatos fantásticos y crueles. «¿No te produce placer exagerar lo doloroso todo lo posible? le escribe a Grete, uno de sus tantos amores. Y, ¿no es eso lo que hizo Kafka no sólo con sus personajes sino con sus supuestas «tragedias»?, o sea: su padre, las mujeres, su trabajo, la literatura, su indolencia... A Milena, otra de sus amantes, le escribe: «Sí, la tortura tiene muchísima importancia para mí; mi única ocupación es torturar y ser torturado». Y la verdad que lo consiguió. Se torturó él mismo y consiguió torturarnos a todos los que leemos sus relatos.
Volvamos por ejemplo a la obra con la que comenzamos: La metamorfosis. Él mismo ya había experimentado la angustia de ser un insecto: «Mientras estoy en la cama, tengo la forma de un gran escarabajo, un ciervo volante o un abejorro, creo... Luego finjo que hay que hibernar, y aprieto mis patitas contra mi cuerpo panzudo...» Contemplamos ahora a Gregor, un viajante de comercio del que dependen sus padres y su hermana, que trata de reanudar esa mañana su vida normal: empaquetar el muestrario, coger el tren... Nada de eso le es ya posible; como escarabajo vivirá sólo meses; se arrastrará por el suelo del dormitorio, o adhiriéndose a las paredes con sus patitas pegajosas alcanzará el techo al tiempo que espanta a todos con su visión y con su insoportable olor... Kafka es minucioso haciéndonos ver todos los detalles de la nueva vida del gigantesco y repelente Gregor. Kafka nos infunde angustia a pesar de la rareza y extravagancia de la historia. Y, sin embargo, refiriendose a esta obra escribe: «Llegué al delirio leyendo mi relato. Pero al final nos dejamos llevar y nos reímos a base de bien». Y no sólo de ese terrorífico argumento. Escuchemos a su amigo Max Brod: «...nos reíamos a mandíbula batiente la primera vez que nos hizo escuchar el capítulo uno de El proceso. Y él mismo se reía tanto que había momentos en que no podía seguir leyendo. Lo que no deja de resultar asombroso, si se considera la terrorífica seriedad de ese capítulo».
¿Pero qué extraña y veleidosa mente albergaba el cerebro de Kafka?; ¿cómo se concibe ese desternillarse de risa con su miedo constante?: «...sentí tanto miedo que gustosamente me hubiera escondido debajo de la mesa»; «Pero no sólo es pereza sino miedo...»; «El miedo a la unión, a dar el paso...»; «Desde entonces tengo diez veces más miedo a caer enfermo...»; «Todo ello hacía que yo notara aún mi miedo...»; «Pero luego está el miedo a la espantosa comida obligatoria...»
   Hay mucho que hablar de Kafka.

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(1) Hayman, Ronald: Kafka, biografía
(2) Begley, Louis: El mundo formidable de Franz Kafka










































lunes, 25 de junio de 2012

Día Sesenta y tres: Plagios y «negros» para todos los gustos

Se decía exactamente en aquel artículo citado el último día que: «La historia de la literatura es un proceso de imitaciones a las que los autores, a veces inconscientemente, van añadiendo algo genuino. Pero no es cierto; me refiero a «inconscientemente» y a «genuino».
    Uno de los casos de «negros» más conmovedor es el que aquí en mi país salió a la luz hará aproximadamente una docena de años, y que tuvo lugar —siempre según uno de los presumibles «negros»— en la década de los sesenta del siglo pasado, exactamente en 1966. Suponiendo que los hechos sean ciertos la conocida escritora y periodista Lidia Falcón (hija de César Falcón, el también escritor y periodista peruano) nos descubrió a los españoles que el gran libro sobre la sexualidad publicado en esa fecha por el entonces famosísimo psiquiatra López Ibor —quizá el primer libro de ese género con atisbos audaces—, fue la obra íntegra de ella y de su «compañero» de aquella época, Eliseo Bayo, también periodista.
El libro de la vida sexual fue el trabajo exclusivo de una pareja de jóvenes escritores contestatarios del franquismo, sin empleo y con hambre, a los cuales la editorial les había encargado esa tarea pagándoles treinta y cinco pesetas por página escrita para que pudieran comer: «...consultamos multitud de obras de los más famosos entendidos en la materia. Empezamos por la vida sexual de los pueblos primitivos (...) y llegamos entusiasmados a las obras de Freud, de Wilhelm, de Foucault...» La pareja le puso ilusión al asunto, y, aquel libro —pionero como hemos dicho en ese tema tabú en aquella época de represión— acabó siendo un éxito. Como dijo Valéry: «La historia de las Letras es pues también la historia de los medios de subsistencia de los que han practicado el arte de escribir a través de los tiempos. En ella se encuentran todas las soluciones posibles al problema de vivir a pesar del talento que se tenga...».


   ¿Habéis oído hablar de «intertextualidad»? En el diccionario de María Moliner no aparece esa palabra, aunque hace muy pocos años estuvo durante unos días de moda. En Wikipedia se define como el «conjunto de relaciones que acercan un texto determinado a otros textos de variada procedencia... con una referencia explícita o la apelación a un género... etc. Y entonces yo recordé a Borges, a su biblioteca infinita y aquello de que todo estaba ya escrito.
Viene esto a cuento porque nada menos que un director de la Biblioteca Nacional de España, ingeniero, economista, urbanista, profesor universitario y escritor (novelista y ensayista) publica hace unos años —estando en el cargo— un libro sobre el mundo griego en tiempos de Pericles, y en él se descubre que ha reproducido hasta doce páginas de la obra editada por un profesor universitario de Oxford en 1921, Gilbert Murray, que fue publicada en España tres años más tarde con el título El legado de Grecia. Cuando ante aquel plagio de fragmentos enteros estalló el escándalo, el autor explicó que se trataba de un caso de «intertextualidad» y no de plagio.
David Hume había dejado escrito que: «Una noble emulación es la fuente de toda excelencia», pero, ¡ojo!, la palabra emulación la escribió precedida del adjetivo «noble».



En el caso anterior curiosamente no se trataba de «negros»; hay que suponer que el resto de la obra fue fruto del trabajo y del tesón del autor, aunque en algunos sucesos parecidos a este con frecuencia vienen saliendo a la luz casi siempre aquellos. Decía Fernán-Gómez en aquel artículo que: «En la mayor parte de los casos de plagio... se ha acabado echando la culpa a los negros. El misterio ha quedado resuelto: el escritor no ha sido culpable del delito de plagio sino de utilizar un negro. Y este delito me parece que no está tipificado».
Fue lo sucedido hace una decena de años a una star del periodismo y de la televisión, que además editaba una revista para féminas —la cual supongo que sigue apareciendo— y que llevaba su nombre como título de la misma. Aquí el estrépito se armó al haberse descubierto que la primera novela de la afamada periodista era en parte el resultado del trabajo de un «negro» que le acabó metiendo en ella trozos enteros, sin retocarlos, de novelas ya publicadas por otros autores. Se trataba de su primera novela, repito, y su argumento trataba de un tema muy de actualidad entonces y aún en nuestros días: el maltrato de género. 
Párrafos de dos obras de autoras conocidas, Danielle Steel y Angeles Mastretta, aparecían en la novela. El «negro» —que ya tenía novelas publicadas— era según ella un «colaborador» suyo de toda confianza, y también su ex cuñado. Al cabo de varios días de un embarazoso silencio acabó ella manifestando que se trataba de un error informático, pero la novela fue retirada del mercado por la editorial después de haberse vendido cien mil ejemplares. ¿Venganza del «negro»?, ¿ganas de darse a conocer? No lo sé, pero lo que sí quedó claro es que ella ni siquiera la había leído para supervisarla, pues habría detectado aquellos párrafos como no suyos si es que hubiera sido la autora.

 


    En octubre de 2003 me sorprendió leer en Newsweek un artículo sobre la autoría de El Don apacible. Se decía en él que Shólojov —allí se le llamaba Sholokhov— posiblemente nunca escribió su gran obra El Don apacible, que siempre habían existido rumores sobre ello. En aquellas fechas un historiador de literatura judío trataba de demostrar que el autor de este libro fue en realidad un oficial del ejército ruso muy poco conocido como autor, Fiodor Kriukov, que había sido asesinado por los comunistas durante la revolución bolchevique; se decía que posiblemente el Soviet Supremo pasó el ejemplar de ese manuscrito a un equipo de notables «negros» para que compusieran una gran obra capaz de proyectar la literatura del país comunista en plena guerra fría. El historiador judío demostraba al parecer que en la obra original había stylistic inconsistencies and competing voices.
Procuré informarme, pues poseía un ejemplar en dos volúmenes editado en 1967 adquirido por esas fechas (entonces se le llamaba Cholojov). Me fui a él y consulté la Introducción; en ella se decía lo siguiente: «El estilo de Cholojov es variado, múltiple. Fluido cuando relata, suntuoso cuando describe paisajes, cadencioso en las batallas, directo... etc.» Y entonces, cuando además averigüé que Mijaíl Shólojov tan sólo contaba veintitrés años al comenzar a publicarse la obra por entregas —las cuatro entregas duraron doce años hasta 1940—, que además de ser un funcionario del Partido Comunista —ajeno y sin compromiso con la literatura— había sido un protegido de Stalin, que el manuscrito original no había sido encontrado hasta la muerte del mismo en 1984, y, finalmente, que nunca volvió a escribir una obra con clase...: «Los demás libros de Shólojov (...) aparecen condicionados por el intento de lograr la aceptación de la crítica oficial y de convertirse en intérprete de la política cultural stalinista»(1), entonces comprendí que estaba ante una de las mistificaciones más grandes de la historia de la Literatura.
Ante el sorprendente «estilo» de este autor —el cual se decía en la Introducción de mi ejemplar que era variado, múltiple...— recordé aquello que decía Ortega y Gasset: «...se escribe como se es, como se piensa y como se siente». Lo triste es que Sólojov fue premiado con el Nobel por esa obra en 1965.


    ¿Puede una máquina escribir una novela? La noticia saltó a la prensa hace cuatro años cuando oímos en la televisión y luego leímos en los periódicos que un ordenador denominado Writer 2008 había escrito una versión parecida a Anna Karenina. Preparado para empresas similares gracias a lo más avanzado en Inteligencia Artificial, una vez que hubo recibido datos de aquella novela incluidos apariencia y perfil psicológico de los personajes, vocabulario, estilos literarios de trece escritores rusos y las líneas generales de la trama, en tres días Writer 2008 había compuesto una novela aceptable que, una vez realizada en ella las oportunas correcciones literarias, se iba a editar en una primera tirada de diez mil ejemplares. Sin embargo, pronto supe que diversos expertos del mundo de la literatura habían «decretado» que la obra, sin duda, había sido escrita por un «negro», alguien que ya en la sombra venía trabajando para otros autores. En una palabra: hasta los ordenadores disponen ya de «negros». ¿Y quién se atreve así a leer cualquier cosa que salga hoy al mercado? Yo, personalmente, me quedo con los clásicos que no tenían negros y lo más que hacían era imitar; ya dejó escrito Gautier que «Quien no ha imitado nunca, no ha sido nunca original».
* * *
    Y ahora Platón.
   Imaginemos que tenemos un amigo excepcional cuyos pensamientos son nuevos, revolucionarios; nunca antes nadie había sido capaz de darle un enfoque tan hermoso y sublime a la existencia. Pero este amigo no escribe, tan sólo nos enuncia sus teorías, y, un día se nos muere. Uno de nosotros se pone a escribir y quiere dejar plasmado en el papel lo que aquel amigo sabio pensaba, y escribe mucho y bien; y lo lee mucha gente, y muchas generaciones saben de él —de él y del que escribe. Pero llega un momento en el que alguien empieza a dudar que todo lo que este discípulo ha escrito y puesto en boca de nuestro sabio amigo fallecido puede que esté contaminado por algunas ideas propias de ese discípulo, y no hubiera sido pensado y dicho por aquel amigo y maestro tan sabio.
   El Fedón es un gran libro escrito por Platón (el cual estuvo presente en la agonía de Sócrates) en el que nos relata su muerte y sus últimos pensamientos. Fedón era otro de los discípulos, pero nunca escribió ese libro; entonces Platón se pone a escribirlo como un supuesto relato de Fedón (que también fue testigo, estuvo allí) en el que le cuenta a Equécatres (un discípulo que no estuvo presente cuando Sócrates moría) cómo sucedió todo. Pero —¡ojo!—, Platón se escabulle; hace notar en el propio libro que él, Platón, «no estaba presente en esos últimos momentos de Sócrates porque estaba enfermo», ¿no es sorprendente?
    En el volumen que poseo, la responsable de la edición(2) señala que en el Fedón la supuesta ausencia de Platón —que sí estaba allí, repito—, es una «ironía del propio Platón quizá para dejar todo el protagonismo de la teoría de la inmortalidad  del alma en boca de Sócrates que se halla en los umbrales de ese paso al más allá»; e incluso en la Introducción aclara que: «Resulta muy difícil delimitar en este diálogo lo socrático y lo platónico ... lo más probable es que, en sus líneas generales, se trate del pensamiento de Platón...».
    Si esto es cierto, ¿cómo podríamos denominar este hecho? No es un plagio, no hay «negros»..., y, sin embargo...



   Me preguntaba yo en la «entrada» del último día, que si la literatura es un incesante ir poniendo algo nuevo —«a veces inconscientemente»— a lo que los demás han ido dejando escrito, ¿quién había sido el primero?, ¿quién había empezado a escribir la primera palabra a la que alguien le empezó a añadir otras, y así sucesivamente?
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(1) Enciclopedia de la Literatura Garzanti, Ediciones B, S.A., 1992
(2) Mª Luz Prieto, Apología de Sócrates, Critón. Fedón






































lunes, 18 de junio de 2012

Día Sesenta y dos: De los nunca relevantes escritores llamados «negros», y de los plagiarios


Hace ya unos cuatrocientos cincuenta años que Montaigne dejó escrito en sus Ensayos que era fácil componer un libro sin haber leído a nadie «engañando al necio mundo». O en otras palabras, que ya entonces existían los «negros» y los plagiarios: «He visto hacer libros sobre cosas jamás estudiadas ni entendidas, encargando el autor a distintos amigos sabios la búsqueda de esta y aquella materia para construirlos, contentándose por su parte con haber hecho el proyecto y apilado industriosamente ese montón de provisiones desconocidas; al menos son suyos la tinta y el papel».
   Me he propuesto hoy, por lo tanto, traer a estas notas algunas meditaciones y razonamientos en los que, ¡quién sabe!, es posible que nunca nos hayamos detenido a pensar, y también algunos casos flagrantes sobre el tema, generalmente patéticos, de los que personalmente he tenido conocimiento.
Pero antes de nada veamos lo que el diccionario entiende hoy por «negro» (una de sus acepciones) y por plagiario. «Negro» es la «persona que hace un trabajo, sobre todo intelectual, por encargo de otra, que presenta dicho trabajo como suyo mientras que el verdadero autor queda en el anonimato». Y, plagiario «es el que copia o imita fraudulentamente una obra literaria o artística»
   En un magnífico artículo publicado en la prensa española hace unos años, venía a decir más o menos el autor(1) que la literatura es un incesante ir poniendo algo nuevo —«a veces inconscientemente»— a lo que los demás han ido dejando escrito. Lo que no resolvía el actor-escritor ni intentaba averiguar, y ni siquiera se preguntaba, era quién había sido el primero; quién había empezado a escribir la primera palabra a la que alguien le empezó a añadir otras, y así sucesivamente. ¿Sómos entonces por lo tanto todos unos plagiarios?


   Ya en aquel mismo siglo XVI un contemporáneo de Montaigne, Francisco Sánchez, médico y filósofo que por su ascendencia judía y aquello de la Inquisición vivió siempre fuera de España, escribió una obra con un título muy sugestivo: Que nada se sabe. En ella no dejó títere con cabeza, incluidos Platón y Aristóteles; y de esta obra pesimista, sincera pero atropellada, algo apasionada, escrita a borbotones y con el corazón abierto se ha llegado a decir que Descartes le plagió parte de la misma.
   Pero no hay que asustarse; la lista de grandes escritores acusados de plagio es inmensa. Simplemente por citar sólo algunos...: Chateaubriand, D'Annuncio, Victor Hugo, Manzoni, Rostand, Maurois, Flaubert y... hasta Shakespeare. Pero claro, hay que distinguir entre «copiar» o «imitar». Goethe, cuando se pone a escribir el Fausto, se basa en una leyenda que ya había sido impresa y que se venía transmitiendo por generaciones desde doscientos años antes. ¿Llevó a cabo un plagio? Sería entonces inmenso el «martirologio de los obscuros escritores desvalijados, desdeñados, hechos víctimas, machacados bajo las ruedas del carro triunfal, en honor de los diestros que les arrebataban la obra, la gloria, el ideal...». Y es que «muchos escritores célebres han transformado en obras maestras más de uno de esos libracos perdidos en los estantes de los gabinetes de lectura o de las bibliotecas de pueblo»(2), o como decía Marañón «en las bibliotecas —cementerios solemnes— o en el osario informe de los puestos de libros viejos».
   Juan Valera vino a decir en sus Ensayos que el plagio sólo es permisible si va acompañado del «asesinato», o lo que es lo mismo que «bien valía la pena sepultar, como a un cadáver inservible, a la obra plagiada, a condición de haberla rebasado tan sobradamente en todos sus méritos que, en lo sucesivo, asesinada, ya nadie citase sino a la obra reciente cuando hiciese alusiones a su tema. Esta clase de plagio queda reservada a los grandes escritores. Algunos ni lo ocultan. Shakespeare, que es, sin duda, el más original y genial de los dramaturgos de su nación, y uno de los primeros de su época, incurre en el uso de leyendas populares. Él no lo niega: «todo eso es cierto, pero tened presente que (...) yo transformo el polvo en oro»(3).
«Shakespeare no solamente no podía ser culpado de falta de originalidad por tomar de crónicas y novelas conocidas los argumentos de sus obras, sino que encontraba encomiadores de talento en no exponerse a dejar de ser entendido...»; o en otras palabras, es explicable que «para ser entendido de su iliterato público, tomase sus planes de obras, si leídas por pocos, conocidas por los más... Shakespeare es siempre original... No tuvo a quien imitar, y fue imitado»(4)
   Queda hasta aquí, por lo tanto, clara la diferencia.

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   Pasemos ahora a tratar de analizar una circunstancia muy distinta en la que no tienen protagonismo los grandes de la literatura. Aunque, antes de ello, ruego se me disculpe que elucubre lo que sigue:
Para escribir un libro, primero hay que pensar; «hay que pensar y repensar en el tema mucho tiempo hasta que estemos en tal estado de efervescencia que experimentemos la necesidad de desembarazarnos de dicho asunto» (V. Nelson). Pensar mucho y haber leído sobre el tema todo lo que se haya podido, y además sentir íntimamente ese tema; «es preciso que el asunto importe al autor como un elemento de su existencia que ha hecho presa en él y lo lleva a la rastra, como la fiera a su víctima» (Ortega y Gasset). Pero eso no es más que el principio.
Para escribir un libro, además de lo dicho se necesita haber tomado muchas notas en nuestro Moleskine de aquellas ideas que acuden a nuestro cerebro a cualquier hora del día y de la noche, caminando o viajando en el metro o en el autobús, estando al volante de nuestro coche e incluso durmiendo, claro está que cuando nos hayamos detenido o nos despertemos —si es que nos acordamos.
Para escribir un libro es necesario tener la «mesa de trabajo llena de libros con sus páginas erizadas de etiquetas de colores, párrafos subrayados, márgenes anotados y hasta apuntes también en sus guardas... pasar horas y horas delante de un cuaderno o de una pantalla escogiendo, pensando y puliendo palabras hasta once horas diarias, siete días a la semana, todas las semanas de todos los meses durante tres, cuatro o cinco años» (A. Grandes). Y añado yo que habrá que acudir con alguna frecuencia a Google para confirmar una fecha, un lugar o la correcta escritura de una palabra en un idioma que no conocemos...
Y, después, ese manuscrito hay que revisarlo, corregirlo y refinarlo desechando quizás la mitad de lo que hayamos escrito: «no lamento que, de mil páginas escritas, ochocientas vayan a parar a la papelera y sólo doscientas se conserven como quintaesencia» (S. Zweig).

   Y todo esto lo digo porque hay en mi país un sujeto «de cuyo nombre no quiero acordarme» que lleva publicados más de cien libros en los últimos veinte años sobre temas especialmente tan laboriosos como historia, biografía y religión, algunos de ellos de más de quinientas páginas, en los que aparecen multitud de citas bibliográficas y a pie de página. Este señor es una «estrella» mediática que participa como maestro de ceremonias en programas de radio y televisión durante todo el año; que viaja a varias ciudades a firmar ejemplares de sus libros y que también se desplaza con frecuencia al extranjero. Deduzco además que este señor, para estar en candelero en sus programas en directo, tendrá que leer diariamente la prensa y saber de las trends, y, al menos, necesitará también leer someramente —hojear—algún libro de éxito que no esté escrito por él. Tendrá también, lógicamente, que mantener una vida social: atender a entrevistadores, asistir a inauguraciones, lanzamientos de otros libros, homenajes con almuerzos y cenas incluidas y pronunciar al final algunas palabras; también deberá charlar de vez en cuando con su familia, preocuparse por ella (mujer e hijos si es que los tiene), despachar con sus editores discutiendo el lanzamiento y la presentación de sus libros, los beneficios, etc., tendrá que preparar un poco los programas en directo de radio y televisión, y... tendrá que dormir algo.

   En este mismo sentido no quiero dejar de referirme a determinados políticos de renombre internacional que ante tanta popularidad como la que les viene rodeando se deciden en pleno ejercicio de sus cometidos a publicar sus autobiografías. Y si las leemos nos damos cuenta de que en ellas, a propósito de algunos de sus hechos vividos o simplemente como encabezamiento de un capítulo, se incluyen muy oportuna e inteligentemente proverbios chinos, máximas de Cofucio, sentencias socráticas y hasta alguna estrofa de los Vedas o los Upanishad, por ejemplo. ¿Pero en qué momentos de sus ajetreadas vidas —de las cuales dependen la seguridad no tan sólo de su propio país sino a veces la del planeta entero— se han puesto a relatarnos con tanto acierto y erudición su vida pasada? Uno no tiene más remedio que pensar que el oficio de «negro», tanto en este caso como en el anterior, debe de estar hoy muy bien pagado.

   Apenas dispongo ya de espacio para traer aquí hoy los «patéticos» casos de «negros» y plagiarios de los que he tenido noticia en los últimos años, pero desde luego lo intentaré en la entrada del siguiente día. Hoy termino con aquel oportuno título del artículo periodístico del principio: Madre, yo quiero un «negro».
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(1) F. Fernán-Gómez; ABC, 14.02.2001
(2) Domenico Giuriati, El plagio
(3) Gabriel Sánchez de la Cuesta, Impugnación y defensa del plagio
(4) Luis Astrana Marín, El libro de los plagios