viernes, 27 de abril de 2012

Día Cincuenta y cinco: Flaubert, ¿"El idiota de la familia"?

«Cuando salía de un salón en el que la mediocridad de la conversación había durado toda la tarde, se sentía abatido, hundido, como si le hubieran molido a golpes, convertido él mismo en un idiota...». Pero, ¡un momento!, esto que Maupassant cita en su obra titulada Todo lo que quería decir sobre Gustave Flaubert, no tiene por supuesto nada que ver con el título de hoy.
Como cualquier lector de Gustave Flaubert posiblemente sabe, L'Idiot de la famille fue el desafortunado título que Jean-Paul Sartre le dio a un ensayo biográfico, filosófico y psicológico sobre aquel que le llevó veinte años de su vida y tres mil páginas en tres volúmenes, y que aún quedó falto de un cuarto. Sartre fue para Vargas Llosa «el más irreductible de sus críticos, el enemigo más resuelto de lo que representó Flaubert»(1). No hace falta recordar que también había viajado hasta Saint-Malo para visitar la tumba de Chateaubriand y orinarse sobre ella.

He querido comenzar hablando sobre Flaubert citando a Sartre y a Vargas Llosa porque, indudablemente, en ellos podrían sintetizarse los numerosos admiradores y detractores de Gustave Flaubert. Guy de Maupassant fue, además de su seguidor, su amigo; Sartre y Vargas Llosa han sido, respectivamente, uno el más fustigador y otro el más acérrimo valedor de aquel e incluso su discípulo.
¿Nos interesa saber mucho de lo que Sartre escribió en El idiota de la familia y de lo que Vargas Llosa dejó escrito en La orgía perpetua?; pienso que no demasiado del primero. Tal como éste último dejó dicho allí, el libro de Sartre interesa más al «sartreano» que al «flaubertiano», y a nosotros quien nos interesa sin duda es Flaubert con todas sus miserias, neurosis, obsesiones, triunfos y fracasos.
Pero antes de nada detengámonos en la palabra idiota. «Soy insociable, todo el mundo me parece idiota». Esto que Flaubert en una de sus cartas le dice a George Sand, lo repetirá muchas veces en su vida con otras y diversas palabras similares a las de la siguiente frase: le daba náuseas la estupidez humana.
¿Flaubert idiota? La «leyenda» nace precisamente debido a su infancia al calor de la familia que tiene: un padre muy brillante en su profesión de médico y cirujano pero recto, brusco y autoritario; una madre sumisa y leal al padre, que para el pequeño Gustave fue más guía que madre; un hermano mayor que destaca y que está llamado a emular y aun superar al padre.
Es cierto que Gustave estaba muy lejos de ser un niño prodigio, le costó mucho trabajo aprender a leer y no lo consiguió hasta cerca de los nueve años, no poseía las facultades del padre ni las virtudes que adornaban al primogénito nueve años mayor que él, y, muy pronto, seducido por relatos y lecturas, le da por escribir. Su familia no entiende que aquel muchacho soñador e imaginativo pueda ser normal. Y en verdad no lo era; pero estará muy lejos de la idiotez y muy cerca de la genialidad.
Estamos por una parte ante un creador, un verdadero orfebre o artesano de la literatura como posiblemente no ha existido jamás; ya lo iremos viendo. Pero por otra parte nos encontramos ante un sujeto al que en su vida no le han sucedido grandes acontecimientos; no ha saboreado aquel «alimento de los héroes»: la humillación, la desdicha y la discordia. Podríamos decir que Gustave Flaubert —si exceptuamos su neurosis, epilepsia o histeria, la enfermedad nerviosa que en diversas ocasiones le acometió— vivió una existencia plácida luchando tan sólo consigo mismo por la palabra precisa y la sentencia correcta. Se diría que su vida, transcurrida sobre todo entre las ciudades de Croisset (cerca de Rouen, al lado del Sena) y París —con la excepción de su viaje por el Nilo y a otras ciudades orientales y del norte de África—, sin grandes necesidades económicas gracias primero a los bienes dejados por su padre al morir cuando él cuenta sólo veinticinco años, y posteriormente por sus ganancias editoriales, se diría que esa vida (precisamente vida de soltero acompañado de su madre que vivirá hasta que él tenga cincuenta años) resultó ser una vida sosegada; una vida sin hambres, miserias, prisiones, destierros, desavenencias conyugales ni divorcios; ello ya lo disocia de la mayoría de los grandes escritores.
Y, sin embargo, durante esa vida dedicada exclusivamente a la escritura, una vida de cincuenta y nueve años que transcurre prácticamente simultanea con la de Dostoievski —su polo opuesto en cuanto a contingencias—, se diría que Flaubert no produce lo suficiente: su legado consistió en siete novelas (alguna sin terminar) y tres cuentos; aunque, eso sí: dejó una muy copiosa y riquísima correspondencia.
Estas cartas que, como hemos dicho muchas veces, al igual que los diarios es el mejor legado que un escritor puede dejar para que las sucesivas generaciones puedan saber quién era y qué pensaba el escritor, son en el caso de Flaubert mucho más necesarias que en cualquier otro autor. Y ello porque además de tratarse de un solitario tenía como lema no descubrir jamás su personalidad al escribir sus novelas. Esta sabrosa correspondencia es la que le llevó a Gide a decir: «Cambiaría las novelas de Flaubert por sus cartas».

Reparo que sin un propósito especial, inadvertidamente, he citado ya tres de las características o puntos claves que compusieron el norte del trabajo de nuestro personaje y que hicieron de él un verdadero prototipo. Efectivamente, aunque no han sido citados por este orden fueron los siguientes:
—Una dedicación exclusiva durante toda su vida, ¡toda!, a su labor de escribir. No hizo otra cosa nada más que eso en cualquier época de su existencia. A diferencia de tantos otros no le atrajo la política, algún negocio, la investigación o la enseñanza, ni siquiera le tentó el periodismo; fue una entrega ciega, devota, tenaz y constante a esa empresa. «La única forma de soportar la existencia consiste en aturdirse con la literatura como en una orgía perpetua». —Tomo yo ahora de mi zurrón algo muy a propósito de Ortega y Gasset: «¿Es la literatura un salvavidas suficiente en el gran naufragio que es la vida humana?».
—Se empeñó en encontrar la perfección en la escritura (si es que en ella existiera) hasta límites difícilmente entendibles. Pulía, lustraba y esmerilaba la frase y el párrafo al tiempo que buscaba incansable y de forma extenuante la palabra más correcta y precisa: el sujeto, el adjetivo, el complemento, el verbo y su tiempo, etcétera, hasta que se convencía de que la solución encontrada no podía ser superada. «A fuerza de buscar encuentro la expresión justa, que era la única y que al mismo tiempo es la armoniosa».
—Puso un empeño riguroso en evitar que en cualquier pasaje de su obra trascendiera al lector su propio juicio sobre los acontecimientos que describía. Su impersonalidad o imparcialidad —pasividad también ha sido llamada— consiguen que el espectador de los hechos narrados, el simple lector no pueda tomar partido junto o contra el narrador sobre la bondad o lo pernicioso de una conducta o bien acerca de lo acertado o erróneo de un pensamiento...; todo queda en la indeterminación, en la ignorancia y en la incertidumbre. «El artista debe estar en su obra como Dios en la creación, invisible y todopoderoso, que se le sienta por doquier, pero que no se le vea».
—Finalmente, fue el escritor de la veracidad documentada. Histórico o actual, todo lo que dejó escrito lo había consultado antes «enciclopédicamente» de forma prolija, bien se tratara de la materia más vulgar o de la más insólita: horarios de estaciones, vestimentas fenicias, fabricación de loza, procesos bursátiles, cirugía del pie, vitrales de una catedral... Para la redacción de su última obra —que quedó inacabada—  él mismo nos dejó escrito  que consultó  más de mil quinientos volúmenes. «Respecto a una palabra o a una idea, investigo y me pierdo en lecturas...»; «¿Sabe a qué me dedico ahora? A las enfermedades de las serpientes (...) ¡Ser verosímil da trabajo!»
Pero todo ello no surgió espontáneamente y al comienzo de su exclusiva dedicación a escribir, un comienzo el cual tuvo lugar justo al abandonar la carrera de derecho, en su segundo curso, debido a un primer ataque de aquella enfermedad neurológica que no se sabe muy bien cual fue: «A los veinte años estuve a punto de morir de una enfermedad nerviosa...»; «A menudo, sentí que me volvía loco»; «He vuelto a tener la enfermedad negra,...». No, a Flaubert le costó mucho encontrar su camino y para ello tropezó repetidamente. «Su talento fue una larga paciencia»(1): el tiempo que dedicó a Madame Bovary fue de cinco años; veintiséis le dedicó a La educación sentimental; en La tentación de San Antonio empleó cerca de treinta —la primera versión se la leyó a dos de sus amigos durante cuatro días seguidos a ocho horas diarias y le recomendaron que la echara al fuego.
Y, a propósito de ello, yo quiero también hoy —para ser honesto— dejar más constancia de que no sólo Sartre trató de denigrarlo. Realmente no a todo escritor, como hemos dicho, llegó a «convencer» Flaubert. Y para  muestra Valéry: «no tuvo su ingenio demasiada gracia ni demasiada hondura...», y  a continuación viene a decir que lo que escribió Flaubert es un producto forzado de la erudición: «este tipo de producción es el paraíso de los intermediarios». Y sigue diciendo que «sus escrúpulos de exactitud y de referencia son la muestra de su carencia de espíritu de decisión y de voluntad de composición (...) tanta tensión por maravillar engendra en el lector la sensación de ser presa de una biblioteca, súbita y vertiginosamente volcada sobre él, (...) todos sus tomos vociferan sus millones de palabras (...) Ha leído demasiado, (...) fue siempre presa del Demonio del conocimiento enciclopédico, (...) Se emborrachó literalmente de fichas y notas. (...) embriagado por lo accesorio se ha dejado embaucar por detalles captados acá y allá en libros poco, o mal, frecuentados. (...) Ha fracasado (...) Se perdió en el exceso de libros y mitos»(2).

Tenemos mucho que hablar sobre Flaubert. No obstante sí quiero decir hoy, antes de terminar, que a pesar de todas las censuras su indiscutida calidad permanece intacta en una de sus novelas: su Madame Bovary. He leído sus principales obras y en mis notas he dejado críticas, pero confieso que fui incapaz de dejar una sola sobre esa sorprendente producción.
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(1) Vargas Llosa, Mario: La orgía perpetua
(2) Valéry, Paul: Estudios literarios. La tentación de (Saint) Flaubert


viernes, 20 de abril de 2012

Día Cincuenta y cuatro: El lado oculto de Mark Twain

Dejábamos a nuestro hombre en Nevada, en Virginia City, y se nos ha marchado. Con su característico «no parar en ninguna parte» ha saltado a San Francisco donde alcanza notoriedad como periodista, y poco tiempo después sabemos que está en el archipiélago de las Hawaii —entonces la islas Sandwich— como corresponsal de un periódico de Sacramento. Más adelante nos enteramos de que se encuentra en medio del océano a bordo de un buque con acaudalados turistas norteamericanos que quieren conocer Europa y el Oriente Medio, y desde el cual escribe cartas para un periódico acerca de lo que sus ojos contemplan. Se acabarán editando como un libro de viajes con el título de Inocentes en el extranjero. Libro sumamente crítico en el que no sólo se dedica a enjuiciar —a veces negativamente— las maravillas europeas, sino a burlarse con ingenio y humor de la perplejidad y el provincianismo de aquellos ignorantes turistas.
Pero no podremos seguirle; lo tenemos que dejar. Tan sólo añadiremos que no hubo parte del mundo que no visitara: bien para ganarse el dólar, bien como curioso o, en ocasiones, para mejorar su salud o la de su esposa.
Hemos llegado a su esposa. Olivia Langdon jugó un papel muy decisivo en la carrera literaria de Mark Twain. Muy diferente a él, no sólo por proceder de una acaudalada familia del este y haber recibido una muy completa educación sino por tratarse de una mujer profundamente imbuida de ideas religiosas y por lo tanto muy devota, podríamos decir que en cierta forma «castró» a nuestro hombre; incluso debido a su influencia se le ha llegado a considerar un genio frustrado. Estamos ante un caso de amor intenso (e insólito) por una mujer (además enferma) que en cuanto a pensamiento se encontraba en las antípodas del de su rendido esposo. La amó, no obstante, fiel e intensamente hasta su muerte y fue el norte de su vida; pero ella, siempre inflexible, trató por todos los medios de cambiar su natural idiosincrasia y su enfoque de la existencia; y en ello puso una fuerza decisiva: «Ella orientaba todos mis escritos y no tan sólo eso, sino toda mi vida».
¿Cómo hubiera sido la obra de Mark Twain sin ese «censor» que durante treinta y cinco años tuvo a su lado? Pero no fue sólo su esposa sino, en parte, la rígida sociedad del este en la que se instalaron —entre New York y Boston— y en la que se encontró inmerso viviendo junto a ella. Le disgustaba de tal forma su escritura que la historia de Huck Finn hubiera sido posiblemente muy distinta de no haber sido «intervenida» por «Livy», como él la llamaba cariñosamente. Tan sólo tras su fallecimiento, ocurrido precisamente en la Toscana italiana a donde se habían trasladado a vivir a causa de la enfermedad de ella, se atrevió Mark Twain a poner en el papel parte de su pensamiento oculto hasta ese momento: sólo le faltaban seis años para que regresara el cometa Halley, que lo haría como estaba previsto en 1910.   
Se estima que ya en su juventud era notable en Sam Clemens su descreimiento religioso y sus discrepancias, e incluso encontradas diferencias, con las enseñanzas bíblicas y eclesiásticas. En la tercera parte de su vida su larvado racionalismo fruto de sus lecturas y de sus observaciones sobre la conducta humana, su concepto de la accidentalidad de la existencia y sobre la naciente teoría evolucionista, todo ello chocaba abruptamente con las rígidas enseñanzas religiosas de su infancia y le había llevado a un furibundo resentimiento.  A modo de un epicúreo convencido razonaba que «...existe, naturalmente, una Suprema Sabiduría, pero a esta nada le preocupan nuestra felicidad y desdicha». Todo ello, incluso la mofa y las burlas sobre los textos bíblicos, no se atrevió a manifestarlo en vida. Era pragmático y positivo, y aunque nos pueda parecer extraña su conducta adivinó la conmoción resultante que significaría una condena hacia él que finalmente se traduciría en una desacreditación de su obra; en consecuencia: una drástica bajada en su popularidad y en la venta de sus libros.
* * *
Dejando a un lado sus obras más conocidas y genuinas que internacionalmente lo hicieron famoso, he considerado interesante pasar subrepticiamente y sin alharacas por aquellas otras también pertenecientes a él que más puedan sorprender al común lector de Mark Twain. Y todo ello con el fin de tener una más completa idea de su compleja y arrolladora personalidad.
Recuerdos personales de Juana de Arco fue una obra a la que le había dedicado doce años de minuciosa y tenaz investigación y otros dos para escribirla; para ello llegó a alterar su estilo y su lenguaje e incluso llegó a publicarla con distinto seudónimo. Al finalizarla, en los últimos años del siglo, dijo: «Estoy ahora convencido de que Juana de Arco, el último de mis libros, es el que he logrado plenamente». Y, en efecto, entre las biografías de aquella que han sido escritas —sorprendentemente una de ellas por Vita Sackville-West a la que trajimos «anteayer» a estas notas— la suya está considerada por los críticos como una de las mejores. Sin embargo debemos tener presente que la doncella entonces no había sido todavía beatificada ni elevada a la dignidad de santa, le faltaban al menos veinte años para ello. Mark Twain escribió una historia que, imaginariamente, por boca de su escudero, relataba los sucesos (que siempre le habían a él impresionado) de los que fue protagonista aquella sencilla muchacha de diecisiete años. O en otras palabras, no se trataba de una obra apologeticamente religiosa, aunque tampoco se hacía en ella mofa alguna sobre la fe cristiana. ¿O existe en esa obra —como se ha señalado— una ácida crítica al proceso inquisitorial que condenó a la hoguera a aquella inocente? 
Pocos años después, cuando ya su esposa no estaba a su lado como rígido censor, el mismo hombre que había escrito aquellos recuerdos de Juana de Arco decide «confesarse» sinceramente acerca de sus más íntimas creencias y recónditos pensamientos, e incluso «airear» alguno de sus escritos más sorprendentes que venía conservando.
¿Qué es el hombre? es un diálogo interesante e ingenioso al estilo de los de Platón; se trata de un ensayo filosófico escrito en términos sencillos para el lector común en el que mediante la conversación mantenida por un viejo y un joven pretende demostrar que no existe el libre albedrío. «Los estudios para este ensayo fueron comenzados hace veinticinco o veintisiete años. (...) Lo he examinado una o dos veces por año desde entonces, encontrándolo satisfactorio. Lo he revisado de nuevo y me sigue satisfaciendo por considerar que dice la verdad». Y a continuación explica la base o fundamento del diálogo: que nos conducimos en nuestra existencia sometidos a una conciencia interior que está basada, además de en nuestros genes, en la aprobación o desaprobación de las personas que nos rodean: «Cada pensamiento ha sido meditado (y aceptado como una verdad indiscutible) por millones y millones de hombres y ocultado, guardado en secreto. ¿Por qué no hablaron estos claramente?, porque temían y no podían sobrellevar la desaprobación de las gentes que les rodeaban. ¿Por qué no los he publicado yo?; la misma razón me ha detenido, según creo. No puedo encontrar otra cosa». Pero acabó publicando en vida esa obra determinista, aunque en edición limitada y anónimamente.
No hubo más publicaciones irreverentes hasta después de su muerte. Su mal denominada Autobiografía, puesto que se trata de un compendio final de su existencia sin cronología alguna, en el cual pretendía hacer una crítica social hablando sin rubor de personas, hechos y creencias, aunque sin orden ni concierto, se la va dictando exaltadamente a su secretario en los últimos años de su vida. En uno de aquellos días le escribe a un amigo: «Pienso dictar mañana un capítulo que llevaría a mis herederos a la hoguera si se aventurasen a publicarlo antes del año 2006 y creo no querrán hacerlo. Habrá muchos capítulos semejantes, si vivo tres o cuatro años más. La publicación del año 2006 producirá revuelo cuando aparezca. Iré rondando en unión de otros amigos fallecidos para enterarme del escándalo que produzca. Le invito a usted». Como se puede apreciar por el final del párrafo, no le faltaba el humor ni en esa época.
Sin embargo nunca llegó a publicarse integramente aquella. Los sucesivos editores fueron dando a la luz distintas versiones evitando siempre los pasajes más impíos y las manifestaciones más escandalosas. Según se dice en la Introducción de la última de ellas, su editor Neider «selecciona y poda y deja fuera elementos que podrían distraer al lector del carácter general de la autobiografía que se pretende y, en lugar de concentrarse en opiniones y en asuntos de segunda mano, lo hace en lo anecdótico, lo literario y lo humoristico». La verdad es que Charles Neider en 1959 pidió permiso a la hija de Sam Clemens para incluir ciertas reflexiones que figuraban en la misma, pero no fue autorizado. Hoy, sin embargo, independientemente de aquella se encuentran editadas las Reflexiones contra la religión, que eran parte de la misma, y que es libro considerado blasfemo. En el margen de ese capítulo él mismo había dejado escrito de su puño y letra: «Para no ser visto por ojo humano antes de la edición de 2046 AD.S.C.» 
El forastero misterioso, novela publicada en 1916, al parecer como resumen de las cuatro versiones que había dejado en manuscritos, habría sido su última obra. Su final es auténticamente nihilista: la inutilidad de la existencia de la humanidad. ¿Quién dijo que Nietzsche y Dostovieski habían sido los dos primeros nihilistas, uno en la filosofía y el otro en la novela? Pues he aquí también a Sam Clemens con algunos de sus escritos.
Debemos terminar diciendo que si Mark Twain como autor no tuvo que degustar aquel «alimento de los héroes» que a tantos escritores había nutrido, sí fue azotado sin embargo por la calamidad en los últimos años de su existencia. Entre 1896 y 1904 —tan sólo ocho años— fallecen sus hijas Susy y Jean y su esposa Olivia. Pero mucho antes, contando pocos meses de edad había fallecido su primer y único hijo por un descuido de él mismo que siempre le atormentó: «Yo fui la causa de la enfermedad del niño (...) He sentido siempre vergüenza de mi labor aquella mañana traicionera...».
Es posible que desde aquel suceso «...la enloquecedora repetición del lote de incidentes acostumbrados del efímero peregrinar de nuestra especie por este mundo...» le hubiera llegado a influir notoriamente en su pensamiento.
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lunes, 16 de abril de 2012

Día Cincuenta y tres: Un par de marcas, o dos brazas de profundidad; Mark Twain

Ante todo quiero poner de manifiesto el por qué traer a Mark Twain en este preciso momento, o digamos «Día». Y he aquí la razón: cuando «ayer» y «anteayer» me refería al matrimonio Woolf manejando aquella anticuada prensa en la que ejercían de cajistas colocando los tipos a mano, línea a línea..., a mí me vino a la cabeza una historia que Twain contaba en su autobiografía y que entonces me dejó pasmado. ¿Se puede imaginar alguien a un cajista o tipógrafo (no sé muy bien la diferencia, si es que existe) el cual se dedica a publicar sin haber escrito previamente un manuscrito? ¡Lo hacía directamente en la prensa al tiempo (de paso) que trabajaba en ella para el periódico!; se llamaba Bret Harte y llegó a ser un escritor distinguido y hasta embajador: «A Harte le pagaban por poner los tipos para componer textos, (...) pero aportaba algo de literatura al periódico sin que nadie le invitara a hacerlo. (...) iba sacando de la cabeza su literatura mientras trabajaba en la caja y la iba componiendo a la vez con las matrices correspondientes».
Yo también, de paso, me he detenido hoy placenteramente en este sorprendente Mark Twain o Samuel L. Clemens, que ese era su nombre, el cual además de piloto fluvial de aquellos vapores de paletas del Mississippi comenzó como aprendiz de cajista de imprenta y allí le nació la pasión de escribir.
Puede ser que el atrevido lector de estas notas esté pensando que el autor de Tom Sawyer y de Huckleberry Finn no sea en realidad un «escritor relevante» con sorprendentes obras e hitos en su vida y, en fin, es posible que piense que no reune los atributos, cualidades y características que se citan bajo el título de este blog. Sin embargo, me atrevo a retar a ese lector a que no pensará de igual manera después de conocer su vasta y variada obra y su indudable complejidad humana.
«Van Wyck Brooks quiere demostrar que Mark Twain era potencialmente un genio...»; «Si algún derecho excepcional a nuestra memoria tiene Mark Twain, es como escritor...»; «John Macy —"The Spirit of American Literature", página 249— propone una conducta desesperada: "reconocer que ese incorregible bromista es un pensador poderoso y original»; «Mark Twain ha escrito Huckleberry Finn, libro que basta para la gloria». Todo esto lo he arrancado a cuajo de algo que Borges escribió con motivo del aniversario de la fecha de nacimiento de aquel. Fue un 30 de noviembre de 1935 cuando Borges comenzaba diciendo. «Hoy, a cien años de esa fecha...»

Supe por primera vez de Mark Twain, o Sam Clemens, quizás con siete o nueve años de edad. ¡Ah!, la cueva de Tom Sawyer en aquella película en color... —dudo que hoy, con una consola Nintendo o PSP y hasta un simple iPod, los chavales tengan ganas de leer las aventuras de aquel muchacho.
Y fue últimamente, hace unos pocos años, cabalmente en el 2004, cuando supe de la calidad disimulada y escondida que existía en este gran hombre gracias a su Autobiografía, libro nunca publicado en mi país hasta esa fecha. Fue a partir de ese momento, repito, cuando descubrí a un genio nunca verdaderamente conocido quizás por..., yo diría que por tres razones: primero haber escrito aquellas dos obras para adolescentes que lo encasillaron, segundo haber nacido en los Estados Unidos y en aquella época y, tercero —y en consecuencia— haberse publicado tan sólo de él aquello que resultaba cómico, humorístico, sarcástico y mordaz. Se trata puramente de mi opinión.
«¿Soy honesto? En confianza les doy mi palabra de honor de que no lo soy. Durante siete años he ocultado un libro, que mi conciencia me dice debo publicar...» Esto lo confesaba a sus setenta años y al libro le había dado el título ¿Qué es el hombre? Y ello sucedía cuando su fama inundaba el mundo como el más conocido y valorado de los escritores norteamericanos. Digámoslo sin rodeos: Mark Twain —como aseguró Faulkner— fue el padre de la literatura norteamericana; después de él vendrán todos los grandes que hemos conocido, aunque ninguno llegará a ser como él.
Aquel libro no se atrevió a publicarlo; «los americanos —pensaba— eran ortodoxos y convencionales, y encerrados en una teología infantil, (...) y él tenía que mantener su posición social...». ¿Sabíais que Huckleberry Finn la comenzó a escribir con más de cuarenta años y lo tuvo archivado durante ocho? «No sentía especial agrado por esa novela y tenía pocos deseos de terminarla»(1). ¿Podéis imaginar que anhelaba ser recordado como escritor por la biografía de Juana de Arco a la que le dedicó muchos años y que él la tenía considerada como su mejor obra?

Pero una vez más me he precipitado. Ante todo, tratándose de Mark Twain, hay que hablar en primer lugar de aquel Mississippi en cuya ribera derecha, la del estado de Missouri, fue a vivir con su familia cuando contaba cuatro años; y que sin él, sin ese Old Man River, sería difícil concebir a este sublime personaje de temperamento deslumbrante y a la vez escritor nato.
Si algo tenía Sam Clemens eran inquietudes —eso además de ser un «culo de mal asiento». Su ajetreada vida está sembrada de las palabras «abandonar» y «comenzar». A la muerte de su padre le pidió a su madre fervorosamente que le permitiese abandonar la escuela, y allí, en Hannibal, sobre el Mississipi, comenzó como aprendiz de imprenta. La abandonará para ganarse la vida como impresor y gacetillero de ocasión en St Louis, pero... decide viajar al este, a New York, a Filadelfia... para volver al estado de Missouri. Tras haber abandonado su trabajo de escritor de breves crónicas humorísticas, cuando bajaba por el Mississippi hacia New Orleans dispuesto a llegar al Amazonas decidió que quería ser piloto fluvial; tuvo que navegar durante dos años como aprendiz hasta llegar a conocer como la palma de su mano las dos mil millas del Mississippi que se le exigía para conseguir su título de piloto. Durante otros dos años ejerció esa tarea: navegó incansablemente con un puro en su boca las mil trescientas millas llenas de recodos, embarcaciones, bancos de arena, troncos, barreras y endebles embarcaderos que separaban St Louis de New Orleans.
«Pilotar el río Mississippi no supuso un trabajo para mí; era un juego, un juego delicioso, un juego vigoroso y aventurero; y me encantaba». Y aunque el Mississippi le había conquistado para siempre, al terminar la guerra civil y percibir que el tren amenazaba acabar con el tráfico fluvial, abandona al gran río y decide trabajar como minero: se marcha al oeste. Fracasado, abandona la minería de plata en Nevada y retorna allí mismo al periodismo; fue en Virginia City donde comenzó verdaderamente su carrera de escritor que ya no abandonará. Escribirá durante cerca de cincuenta años más de trescientas obras que hoy existen publicadas, aunque aún se siguen descubriendo textos inéditos.
Por cierto que, todavía, cuando escribía en el Enterprise de Virginia City, no era Mark Twain; utilizaba otros seudónimos, "Josh" por ejemplo. Pero necesitaba uno con fuerza, y al saber de la muerte del capitán Sellers, otro navegante del Mississippi que publicaba en la prensa de New Orleans informaciones sobre el estado del río con aquel seudónimo, optó por apropiarse del mismo. «Mark twain» o dos brazas de profundidad —un par de marcas— eran las palabras que el sondeador del barco gritaba cuando había al menos el mínimo fondo necesario para navegar por aquel río. Si en la elección del seudónimo fue un plagiario hemos de perdonarlo teniendo en cuenta que aunque se encontraba en Nevada no había olvidado al gran Mississippi. El Old Man River permanecerá en la imaginación de Sam Clemens aun cuando durante toda su vida esté recorriendo el mundo entero.
Sin embargo es necesario señalar que este hombre de enormes bigotazos y alborotada cabellera —que según cuenta en su autobiografía la conservó toda su vida así gracias a que la lavaba con mucha frecuencia— tuvo una envidiable existencia que a cualquiera de nosotros nos hubiera gustado vivir. Yo lo tengo considerado en parte como un «senequista», y no sólo porque era realista y ecléctico en sus ideas, enemigo de dogmatismos y con un espíritu inquieto que lo lleva al escepticismo y a la contradicción, sino porque como aquel romano, por ejemplo, nunca le temió a la pobreza pero le gustaba más la riqueza —«La honrada pobreza es un tesoro que hasta un rey se sentiría satisfecho de poseer, pero yo deseo deshacerme de él». No le convenció jamás ningún credo religioso y se formó sus propias ideas, se ha dicho que pertenecía a la religión de los conformistas. Como a Séneca no le agradaba la esclavitud y quería encontrar un poco de dignidad en la «maldita raza humana», término que él mismo acuñó y utilizó con mucha frecuencia y que lo acabó encasillando como pesimista; y ello pese a que siempre trató de soportar la adversidad y el sufrimiento con ánimo alegre y burlón, haciendo un chiste, y con ese ánimo escribía. No cesaba de leer, escribir, viajar, moverse, y —como ya hemos dicho— gustaba de «quemar las naves» y volver a empezar. Y, finalmente, a mí me da la impresión de que era capaz de poseer una gran riqueza como si no la poseyera, la sabía tener con el aire de provisionalidad que la puede tener un condenado a muerte. No sé; es posible que me equivoque, pero creo que no demasiado.
Mark Twain puede que se estuviese riendo de sí mismo cuando anunciaba que ya que había nacido cuando el cometa Halley había aparecido, también moriría cuando regresara aquel: setenta y cinco años más tarde; y el caso es que acertó. Durante cuarenta y ocho años escribió libros de viajes, novela, teatro, biografía, ensayos y... hasta filosofía, y todo por un primer éxito periodístico relativo a una rana saltarina que fue leído en todo el país. Ganó una fortuna y la perdió toda con un invento relacionado con la impresión, pero se propuso recuperarla y recorrió el mundo contando historias chocantes, y la volvió a conseguir. Cuando le sobrevinieron todas sus desgracias familiares había residido en varios países y recorrido muchas veces el mundo como corresponsal y conferenciante —al igual que había antes recorrido cada rincón del Mississippi. Su mayor orgullo, sin embargo, fue haber sido nombrado Doctor en Literatura por la Universidad de Oxford.
Y pensar que todo ello le sucedió a aquel travieso chaval que en la margen derecha del Mississippi vivió aventuras sin fin...: «¡Tom! (...) ¡Diablo de chico! ¡Cuándo acabaré de aprender sus mañas!(2).
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(1) S. K. Ratcliffe: Introducción a ¿Qué es el hombre?
(2) Del comienzo de las Aventuras de Tom Sawyer


sábado, 7 de abril de 2012

Día Cincuenta y dos: Nadie teme —leer— a Virginia Woolf

Cuando se aborda la lectura de una novela de Virginia, a pesar de que en cada obra ha quedado impresa —aunque sin tinta— el ánimo, el temple y el estado de madurez de la escritora, hay algunas constantes inalterables que la definen profundamente.
    Virginia Woolf no fue pasión escribiendo: «El único interés que suscito como escritora radica en una extraña personalidad; no en la fuerza, en la pasión o en algo imponente» nos dice en su extenso diario de cinco tomos —extraídos de los veintiséis que escribió. Y ello me trae a la memoria los únicamente dos que componen los de Tolstói; porque a pesar de que ambos le dedicaron a sus diarios toda su vida, los de la Woolf son minuciosos en su interioridades, en su introspección o reflexiones, en su autoanálisis..., siempre en contraposición a aquel que, en una vida mucho más dilatada, se limita con parcas palabras y en un estilo y carácter tajante a citar la pasión que en un determinado momento le atormenta, su lucha, su afán actual y sus propósitos.

Vida interior y feminismo; una gran vida interior llena de sentimientos feministas sería el secreto de la escritura de Victoria Woolf; una profunda vida interior envuelta en la melancolía, también en eso que llamamos tiempo y que siempre resulta tan mudable, y en el pasado; y todo ello revestido de una enorme sensibilidad. Una vida íntima que ella alimentó insaciablemente quizá desde su infancia —que siempre a todos nos condiciona—, y que a esta frágil avecilla le resultó posiblemente lacerante por las circunstancias que rodearon el devenir de aquella. No debe resultar fácil ser la tercera hermana de los cuatro hijos nacidos de dos viudos nuevamente casados y que han aportado al matrimonio hijos e hijas de sus matrimonios anteriores. Al mismo tiempo, la única hija que el padre aporta tiene problemas mentales, y, los tres de la madre, dos de ellos varones... —pero será mejor hablar de ello en su momento.
La muerte de su madre cuando ella tiene trece años la lleva a refugiarse buscando amor y cobijo en Vanessa, la hermana mayor de los cuatro, poseedora de un carácter más vigoroso. Veremos que ese será su destino, cobijarse como una avecilla en alguna persona-refugio toda su vida. Aunque muy pocas resultaron ser esas personas; posiblemente tan sólo fueron tres: su hermana Vanessa, su marido Leonard, y su por un tiempo amiga, y después amante, Vita.
¿Fue ante la para ella insufrible muerte de su madre, cuando paseando y meditando al borde de los acantilados al sur de Gales, en aquellos asolados campos entre los páramos y el mar, donde le surgió el deseo de escribir?; algo así dicen sus biógrafos. Pero lo que sin duda fue cierto es que, al mismo tiempo, a raíz de esa pérdida de la madre se le desarrolló la primera de las tres grandes crisis maniaco-depresivas de su vida que hoy los psiquiatras han rebautizado con el nombre de trastorno bipolar.
Como todo escritor reservado y solitario Virginia siempre escribió cartas, muchas cartas; toda su correspondencia ha sido editada hoy ocupando ¡seis volúmenes! —y suponemos que como en el caso de los diarios no está allí toda.
Siempre gustosa de dilatados y solitarios paseos por la campiña, ello no es óbice para que nuestra heroína viva una época dorada de su existencia cuando participa en las tertulias de aquel grupo de clase acomodada denominado de Bloomsbury, por ser ese el barrio en el que se reunían. Un puñado de jóvenes cultos, rebeldes y digamos que de izquierdas, aunque en el fondo liberales, que pretendían acabar con las inhibiciones, romper con el tabú del sexo —al parecer la mayoría eran homosexuales— y cultivar el arte de vivir sobre todo lo demás. Es la época valiente de aquella Victoria joven que había sido confinada a educarse en el hogar y a la que su retraimiento, su reserva y timidez la llevaron a ser calificada, tal como lo cuenta su sobrino, como «una snob rica, preciosista, difícil y maliciosa»(1), —yo he leído que también como clasista y xenófoba. ¿Tuvo lugar durante su participación en las reuniones de aquel grupo de ambos sexos el nacimiento en su conciencia de las opresión femenina? Pienso que no; debió ser mucho antes cuando se dio cuenta de que como mujer necesitaba disponer de «una habitación propia», y debió ser de igual forma entonces cuando decidió que para ello debía unirse al Movimiento Sufraguista Femenino.
Tras el fallecimiento de su padre cuando ella cuenta veintidós años, y el posterior de su inmediato hermano mayor, dos años después, nuestro gorrión se siente totalmente desvalido. Todo su amor lo vuelca aún más en su audaz y más determinada hermana Vanessa, hasta que —no siempre las ilusiones son falsas— a Virginia la solicita en matrimonio Leonard Woolf, recién llegado de Ceilán después de siete años allí y con el que no ha cruzado una sola carta. Desde ese momento, a pesar del fracaso sexual habido en el matrimonio desde su noche de bodas, él se convertirá en su hermano, su constante protector y cuidador de por vida.
¿Influyeron en ese fracaso los acosos sexuales que le infligieron en la infancia sus dos hermanastros? Es posible; y máxime si se tiene en cuenta que ella fue siempre algo miedosa sexualmente. Sentía y tenía amor pero sin deseo sexual; notaba que era frígida, y al parecer se lo llegó a anunciar a Leonard. No la podía tocar; se ponía histérica, gritaba y lloraba. Sentía un extraño miedo al contacto carnal con el sexo opuesto. ¿Es que no estaba dotada para la sexualidad, para el contacto heterosexual?: «A los hombres les falta la amabilidad y la sensibilidad de las mujeres». ¿Sentía atracción por ellas? Aquella frase anterior aparecerá frecuentemente en sus novelas con esas o parecidas palabras en boca de algunas de sus protagonistas femeninas. Ella, en el aspecto amoroso, se autodenominó siempre «mono» y «monito»; se consideraba el «monito» de aquellos que la amaban. En su diario dejará más adelante escrito: «Hay algo en mí que no vibra, algo sordo, muerto. Que no cobra vida y hace irreal todo lo que hago (...) Es lo que desgasta mi escritura. Lo que me arruina como escritora. Es lo que desgasta mis relaciones amorosas».
Llegará a experimentar el pleno placer de amar en su relación con otra escritora, Vita Sackville-West sobre la que escribirá a otra amiga: «Es una mujer de extraordinaria belleza y de aspecto majestuoso. Es también una lesbiana convencida». Tras dos años de amistad comenzados cuando se encuentra finalizando La señora Dalloway, acaba amando «plenamente» a Vita. Pero Virginia no es lesbiana; a la misma Vita ya iniciada su relación íntima con ella, que le duró tres años, le escribirá: «Es una cosa óptima ser un eunuco, que es lo que yo soy». Sea como fuere, es necesario hacer constar que aquellas consideradas hoy sus mejores obras: Al faro, Orlando y Las olas fueron escritas durante e inmediatamente después de su relación íntima con ella. Dice su biógrafo Nicolson, el propio hijo de Vita, que «La señora Dalloway la había dado a conocer. Al faro le había dado renombre. Orlando la hizo famosa»(2).
Precisamente Orlando es una historia fantástica; se trata de una falsa biografía de la misma Vita en la que llega a ser mujer y hombre, un efebo que conoce el amor desde ambos lados durante las varias centurias que dura su vida. Y es que Vita (que aunque casada era muy promiscua) la llegó a «abandonar» por otra de sus amantes, Violeta, también casada, con la que acabó fugándose a Francia y a Italia y «ejerció» de marido suyo con el nombre de Julian.
Por otra parte es significativo que fuera Orlando precisamente la novela que Borges decidió traducir. Yo he llegado a la conclusión de que en Virginia Woolf y el mismo Borges convergía cierta afinidad-problema en el asunto del sexo. Ya hemos visto en su momento que Borges tenía dificultades ante el contacto físico con las mujeres que amaba, algo semejante a lo que le sucedía a Virginia con el sexo opuesto. En ambos casos nos da la sensación de que todo se reducía a que ambos percibían o adivinaban en las relaciones heterosexuales cierta clase de violencia que de alguna forma les repugnaba, y las rechazaban. Pero que sean los psiquiatras los que digan la última palabra; probablemente sea enunciar lo anterior un atrevimiento por mi parte.
Veronal en dosis masivas y salto desde una ventana, aunque todo sin consecuencias fatales, fueron hitos en la vida de Virginia junto con internamientos en una clínica privada cuando le llegaban las crisis, las ansias y los miedos... cuando escuchaba voces. Cómo serían aquellas crisis que durante alguna tuvo hasta cuatro enfermeras cuidando de ella.
Fue Leonard, su marido, el que al descubrir en cierta ocasión una vieja prensa en venta, le propuso a Virginia comprarla pensando que quizás su utilización podría servirle como terapia. En ella —fue siempre conocida como Hogarth Press por llamarse su residencia Hogarth House— se llegaron a editar obras suyas y de otras escritoras y escritores amigos, y con los años llegaría a convertirse en una notable editorial.
Según ella, parte de las crisis se las causaban sus novelas en vísperas de la publicación. Posiblemente tenía razón: «su miedo a la burla despiadada del mundo contenía el temor más profundo de que su arte, y por consiguiente ella misma, fuera una suerte de impostura, el sueño de una idiota que no tiene valor para nadie (...) tenía una extrema sensibilidad respecto a la crítica, una hipersensibilidad que podía considerarse mórbida»(1).
¡Tendríamos tantas cosas que contar de Virginia Woolf! Pero el espacio limitado nos obliga a terminar, y he decidido hacerlo con el rasgo aquel con el que comenzamos la «entrada» anterior: o sea, hablando acerca de su fama.
El sábado 18 de febrero de 1922, cuando todavía no había llegado a ser plenamente conocida, escribía en su diario: «Ayer tenía en la cabeza algo que decir acerca de la fama. Me parece que era que he decidido que no voy a ser popular, y lo he hecho de una forma tan sincera que considero que el olvido o el mal trato forman parte de mi destino». 
    Como a todos nos ocurre Virginia no tenía idea de lo que el destino nos tiene reservado. Por eso leer hoy a Virginia Woolf —sus novelas y sus ensayos— resulta ser de lo más gratificante y a la vez sorprendente si se tiene en cuenta su enfermedad, puesto que paradójicamente nos puede proporcionar una gran serenidad vital.
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(1) Bell, Quentin: Virginia Woolf
(2) Nicolson, Nigel: Virginia Woolf








martes, 27 de marzo de 2012

Día Cincuenta y uno: Todos tememos a "Virginia Woolf"

Es cierto; todos tememos vivir sin ilusiones aunque siempre sean falsas y quiméricas; sabemos que sin ilusión no se puede vivir. ¡Si la excepcional autora británica hubiera llegado a saber cuanta fama le iba a proporcionar a su nombre el título de una obra teatral! Obra la cual llegaría después a las pantallas de todo el planeta interpretada por unos espléndidos actores representando el cuadro de un matrimonio descompuesto, que a base de violencia verbal se despedazan cruelmente. Virginia Woolf, que «siempre se había resistido a la fama (...) que había desarrollado la doctrina del anonimato, lo que significaba rehuir la publicidad y liberar la obra creativa lo máximo posible de las preocupaciones materiales»(1); ella, que había dejado escrito en sus diarios: «No seré "famosa", "grandiosa"»... Lo siento, me estoy precipitando.
Recomencemos: En el año 1962 el dramaturgo norteamericano Edward Albee estrena en Broadway una obra que lleva por título Who's afraid of Virginia Woolf? o en español ¿Quién teme a Virginia Woolf? Algo realmente en principio chocante porque, sencillamente, muy pocos incluso en occidente sabían quien era aquella Virginia; y, lo que es peor: viendo la obra tampoco se llegaban a enterar. Sin embargo aquello tenía una explicación: Albee recordaba que cuando universitario, la canción que en la película de Disney Los tres cerditos era cantada con aquel famoso tonillo: «Who's Afraid of the Big Bad Wolf?», se acostumbraba a cantar sustituyendo su final por «Virginia Woolf», que fonéticamente resultaba muy parecido. Aquel «the big bad wolf» («lobo feroz» en versión española) transformado en «Virginia Woolf» no significaba otra cosa para ellos, los estudiantes, que «vivir la vida sin falsas ilusiones». Para darle aquel título a su obra Albee tuvo que pedirle permiso a Leonard Woolf, el viudo de Virginia, que accedió a ello.
Hacía prácticamente veinte años, exactamente en 1941, que presa de una de sus crisis maníaco-depresivas Virginia Woolf se había sumergido en el río Ouse, el cual pasaba a poco menos de un kilómetro de su casa, habiéndose puesto antes piedras en los bolsillos de su abrigo. Contaba cincuenta y nueve años y detrás dejaba una extensa obra literaria y una no menos sorprendente vida.
Pero yo quiero hoy hablar sobre esta escritora, encuadrada en el eje de la novela experimental y el modernismo literario del siglo veinte, trayéndola de la mano de Joyce, que con Proust puede que sean los tres genuinos y máximos representantes de ese tipo de novela surgida a principios del mismo. Y ¿por qué precisamente «de la mano» de Joyce? Pues yo diría que porque en la historia de la literatura británica él ha quedado como el «hermano mayor» de ella.
Trataré de justificarme. Tómese un ranking serio de literatura británica del siglo pasado; siempre aparecerá James Joyce por delante de Virginia Woolf. Pero, incluso, ¡los unen y los separan radicalmente tantas cosas! Escuchad; así, a bote pronto: ¡ambos nacen y fallecen en los mismos años!; 1882-1941 son las fechas límites de sus biografías, e inclusive para ambos todo comenzó y acabó entre enero y marzo de esos dos años con una diferencia de pocas semanas. Quiere ello decir que en realidad se pasan la vida escribiendo simultáneamente; pero también da la casualidad de que ambos utilizan el monólogo interior o flujo de conciencia; y, para terminar, que Leopold Bloom protagoniza durante veinticuatro horas en Dublín la obra cumbre de Joyce, y que Clarissa Dalloway también durante veinticuatro horas, y en el mes de junio como aquel, aunque en Londres, protagoniza la obra más representativa de Virginia Woolf.
Y, ahora, contemplad íntimamente a ambos. Se han movido en los ambientes más dispares que podamos imaginar: él está casado con Nora, que ya sabemos quién fue, y ella con Leonard Woolf que es escritor, editor y comentarista político; a James le ha asediado constantemente la miseria y ha vivido en el exilio mientras Virginia ha sido siempre clase media londinense acomodada, algo que significa sirvientes, viajes en automóvil, casa en Londres y «cabaña» en el campo; Virginia cuando joven no ha podido ir a la universidad porque las mujeres entonces tenían que recibir la enseñanza en el claustro familiar y consultar a menudo la biblioteca de su padre, todo al tiempo que James además de ir a la universidad se ha dedicado a conocer los barrios bajos de su ciudad natal; simultáneamente a las visitas que Joyce realiza a los prostíbulos, Virginia participa en las reuniones de un grupo de artistas e intelectuales que quiere cambiar las imperantes reglas victorianas; ella ha nacido y crecido en un ambiente agnóstico y él respirando en casa y en el colegio una asfixiante atmósfera religiosa; James no se enteró de que en Europa hubo dos guerras puesto que durante ambas se marchó a Suiza, sin embargo Victoria las vivió intensamente imprimiéndole traumatismos psicológicos; a él jamás le preocupó la política y menos la lucha por la independencia de su país mientras que ella militó toda su vida en el laborismo y en la lucha civil por los derechos de la mujer; en el matrimonio de Joyce «la carne se come cruda» y en el de la Woolf, probablemente, ni se llegó a consumar; a ella le preocupa desde siempre la autonomía del sexo y tiene experiencias que hoy llamamos gay, algo que jamás —que sepamos— se dieron en Joyce. Finalmente, y lo más terrible, Virginia Woolf sufre intermitentemente ataques de demencia que durante toda su existencia la llevan a reiterados intentos de suicidio; James Joyce sufre tan sólo la esquizofrenia de su hija Lucía que le atormentará mientras viva. «¿Es la locura en cualquiera de sus grados, intensos o larvados, un ingrediente más del proceso creativo en las mentes privilegiadas?»(2).
Comenzábamos hablando del temor a vivir sin falsas ilusiones. ¿Temía Virginia Woolf a "Virginia Woolf"?: mucho, y sin duda alguna. Ello la llevó al suicidio y pudo ser una de las causas de su demencia. Es posible que cuando se encaminaba hacia el río Ouse careciera totalmente de eso que conocemos como esperanza: «...la esperanza: maravillosa emanación humana perfectamente infundada y sin razón, gloriosamente arbitraria, que segregamos continuamente frente al albur que es todo mañana», según la definió acertadamente Ortega y Gasset —el resaltado en negrilla es suyo.
Se llamaba Virginia Adeline Stephen —el Woolf era de su marido— y en su familia cuando era joven se la conocía cariñosamente como «la cabra». Pero a mí me gustaría hoy, para terminar momentáneamente con esta larga presentación, que al tiempo de enfocar nuestro catalejo en su figura, no dejemos de ver simultáneamente al que yo he llamado literariamente su «hermano mayor»; tiempo tendremos de continuar exclusivamente con ella:
Cuando Joyce trata de que su obra Ulises se convierta en libro tras ser prohibida su publicación en una revista de Norteamérica, se piensa en utilizar la prensa Hogarth Press que Virginia y su marido Leonard habían adquirido. No fue posible, se negaron. Adujeron razones técnicas: aquello era un artilugio antediluviano en el que ellos mismos se ponían perdidos de tinta colocando los tipos artesanalmente, y que en el caso concreto del Ulises dada su extensión les llevaría dos años. Sin embargo, también he leído que el carácter obsceno (y para aquellos tiempos pornográfico) de la obra fue también una razón que los Woolf alegaron: estaban los tribunales y las consecuencias legales derivadas de llevar a cabo aquella impresión. Ello, desde luego, me parece lo más lógico al tratarse no sólo de la vulneración de la ley, sino que se trataba además del propio carácter, posición social, estilo y sensibilidad de la pareja.   
Seguimos. Ya editado Ulises, en agosto de aquel año de 1922 deja escrito Virginia sobre el libro en su diario: «obra de autodidacta (...) nauseabunda. (...) Cuando se puede comer la carne guisada ¿por qué comerla cruda? Y al mes siguiente: «He terminado el Ulises y creo que es una obra fallida (...) de baja estofa» Años después: «Lo que estoy haciendo yo, probablemente lo esté haciendo mejor el señor Joyce». Parece ser que sí, que más adelante y quizás influida por otros intelectuales, como Eliot, reconoció que aquella obra tenía valores descollantes.
Y terminamos; Joyce jamás hizo comentario alguno o dejó nada escrito sobre la obra de Virginia Woolf. ¿Sería por ello que Virginia en su viaje de placer a Irlanda para conocerla, ya en 1934 cuando ambos eran renombrados y sus obras suficientemente conocidas, no se dignó hacer la menor referencia a Joyce en su diario ni siquiera cuando visitó Dublín?
A mí todo esto me recuerda las relaciones entre Dostoievski y Tolstói de las que ya hemos hablado.

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(1) Marder, Herbert: Virginia Woolf. La medida de la vida
(2) Mora, Francisco: Genios, locos y perversos








viernes, 16 de marzo de 2012

Día Cincuenta: Nora Barnacle, puntal y sustento de Joyce

Nos habíamos olvidado de alguien mientras hablábamos de Joyce. Bueno, seré sincero: no ha sido olvido, ha sido un acto intencionado el dedicarle finalmente una «entrada» a esta mujer, Nora, Nora Joyce con la que compartió su vida.
    Resulta que estamos ante un caso inexplicable y en parte similar al de Goethe y Christiane sobre el que ya en su momento nos detuvimos; y no será el último como llegaremos a ver. Y ello dejando aparte el de Sócrates y Xantipa, caso que no abordaré porque Sócrates no dejó escrita una sóla línea.
    En dos palabras y para empezar, estamos de nuevo ante el genio conviviendo con la mujer vulgar. Joyce, lo mismo que Goethe son dos genios unidos a dos mujeres tenidas poco menos que como simples e ignorantes, lo cual resulta un enigma y que merece un estudio intenso que yo no soy capaz de desarrollar.
Aunque sí voy a preocuparme hoy de saber quien era Nora Barnacle y qué posible papel jugó al lado de Joyce durante treinta siete años, exactamente hasta la muerte de este genial creador.

   Dice Edna O'Brien que «No resulta fácil convivir con escritores. Están ausentes y presentes al mismo tiempo. Se hacen presentes por su continua curiosidad, sus necesidades, sus mentes catalogadoras, sus ansias de atisbar en el interior de los demás, unas ansias que van descargando cada vez más en su obra»(1). De acuerdo; de todo ello veremos que hay muchísimo en la relación Nora-James; pero hay otros sorprendentes elementos, hay más razones para deducir lo difícil que tuvo que ser el que un aspirante a escritor con una mente privilegiada (pero aparentemente un fracasado y habitual borracho) pudiera convivir con una mujer a la que ha encontrado lavando ropa, haciendo camas y fregando platos en un pequeño hotel de Dublín. Y al revés.
   James Joyce tiene veintidós años y ha perdido recientemente a su madre. Gracias a que ha estudiado gratuitamente —ello dada la penuria a la que ha llegado su familia y a su gran capacidad intelectual— tiene un título universitario, posee una gran cultura y además de querer ser escritor ha intentado estudiar medicina, aunque por razones económicas ha tenido que renunciar a ello. Nora Barnacle, con veinte años, se ha escapado hace seis meses de Galway, su pueblo, y a llegado a Dublín; allí ha encontrado un trabajo en el Finn's Hotel, un establecimiento pequeño en el que realiza los trabajos propios de una sirvienta. «La educación de Nora se reducía a la enseñanza primaria, no entendía nada de literatura y carecía de todo poder de introspección... —sin embargo— ...debido a su necesidad de buscar lo extraordinario en lo ordinario, Joyce decidió que era distinta»(2). Y hemos de decir que realmente lo fue.
   He aquí nuestros personajes; ¿qué pudo descubrir Joyce en su primer encuentro con esta muchacha además de su pelo color caoba, su falta de timidez y que se llamaba Nora como la heroína de Casa de muñecas de Ibsen, por aquellos días su ídolo y con el que se llegó a cartear? ¿Se trataba quizás de que «en su ilimitado egoísmo, deseaba que el alma de su amada fuera una lenta y dolorosa creación propia, que se liberase y purificase día a día... »? Resulta asombroso que esto lo comentara precisamente él de William Blake, aquel poeta y pintor que se había casado con Catherine, una analfabeta. Pero no; ni Joyce era egoísta —todo lo contrario— ni pretendió nunca hacer de Nora una creación. Tuvo que ser la confianza que él, desde el primer momento, vio en ella; la firme creencia de aquella muchacha en sus ideales y, hasta es posible que vislumbrara la influencia que podría llegar a tener en su futuro de escritor. Nora era vivaz, ingenua, animosa e intrépida. La primera vez que la abordó en la calle le había contestado con desenfado y no acudió a la cita convenida.
   En el muelle, el día que abandonan Irlanda, a Nora Barnacle no fue nadie a despedirla. Él le había pedido que abordaran separadamente el barco y no se reencontraran hasta que este hubiera zarpado. A él le despedía su familia, y, todos menos su padre sabían que ella estaba allí; pero su padre nunca hubiera aceptado que se marchara con semejante chica: una menor de edad, sirvienta en un hotel e hija de un panadero de pueblo; los Joyce provenían de muy alto.
  ¿Se puede ser más ingenua, sencilla y despreocupada, al tiempo que valiente y atrevida? Cuando más tarde John Joyce conoció y supo de ello y que su apellido era Barnacle —percebe—, exclamó: «No se le separará nunca»; y así fue como sucedió. A una de las mentes más preclaras del siglo veinte se le estaba uniendo con la fuerza de un percebe a una roca, una joven hermosa, vivaz e intrépida aunque sin instrucción alguna. «Joyce sin Nora no habría podido escribir Ulises, y gracias a ella la literatura universal es ahora más rica»(3).

   ¡Parece mentira! Vista hoy esa aventura con la fulgurante patina que el tiempo y en este caso la gloria le prestan al pasado, es difícil apreciar los jirones y los desgarros de la agitada, voluble e inestable existencia de estos dos muchachos que muy pronto, además, fueron padres de dos hijos. ¿Cómo fue posible lograr soportarse? Nora valía..., era de ley.
Él ha llegado harapiento y andrajoso como un mendigo con una maleta de la que por todas su hendiduras asoman prendas. Ella, tras él, con un sombrero de paja de ala ancha y un abrigo de hombre que le llega cerca de los tobillos, era como un cúmulo de andrajos, así fue como los recordó posteriormente su casero en Triestre.
    Mientras él vuelve por dos veces a Irlanda, ella se queda allí sola con los dos hijos en un país del que lo desconoce todo —¡y ni siquiera está casada!; hasta la quieren desahuciar. ¿Y cuando él está allí?...: borracheras, impagos, amoríos, desconfianzas..., ¿era virgen cuando la poseyó por primera vez en Zurich? Siempre le obsesionó eso; sentía la necesidad de creer que le había engañado, que no era entonces virgen a pesar de haber visto las sábanas manchadas.
Y luego el rechazo de los editores y el alcoholismo; el no ser publicado le llevaba más y más a la frustración y a la bebida. «La falta de éxito puede tener efectos muy perjudiciales en la obra de un escritor, y la gimnasia moral requerida para "mantenerse a flote" de la indiferencia puede resultar agotadora cuando hay que practicarla durante toda la vida»(4). Su gimnasia moral fue Nora.
   Tuvo que ser la vitalidad de Nora, su perspicacia y su serenidad las que a los dos les permitieron sobrevivir. Poco después de dar a luz se tuvo que poner a lavar ropa —en una hoja manuscrita de un cuento de Dublineses que hoy se conserva, anotó en cierta ocasión las prendas recibidas. Se negaba a guisar (por supuesto que siempre en cocina común) al no poder comprar ni los alimentos a causa del desconocimiento del idioma. James, entregado al alcohol no regresaba algunas noches a casa, y aparecía tirado en una calleja al día siguiente. Días hubo que se pasó las veinticuatro horas en la cama llorando; y ante los sucesivos cambios de residencia propuestos por Joyce todo lo que hacía era encogerse de hombros. ¿A Roma?, ¡a Roma!... ¡para regresar a los nueve meses!
Y, sin embargo: «Fue una mujer divertida, apasionada, valiente, espontánea y franca. Hablaba infatigablemente, pero Joyce no se cansó nunca de escucharla ni de prestar su voz a sus personajes femeninos más importantes»(3)
¡Y ese es uno de los secretos! Recordemos las palabras anteriores de Edna O'Brien sobre la convivencia con el escritor: su continua curiosidad (...) atisba en el interior de los demás (...) todo lo descarga en su obra. Nora, inconscientemente y en el día a día, le fue suministrando a Joyce un caudal de «secretos» que con su aguda imaginación él logró incorporar a su obra. Nora, en las cartas que escribía lo hacía como pensaba; hoy está reconocido el enorme influjo que de ella hay en muchos pasajes de sus creaciones y en especial en el Ulises. Nora pasó a ser Molly cuando en la novela Molly es vulgar y obscena; por ejemplo, en su largo monólogo interior con el que Joyce concluye la obra. Se trata de Nora «escribiendo» con vehemencia y sinceridad una cascada de palabras sin ningún signo de puntuación tal como habitualmente hacía.
Pero Nora fue también un costal de ignoradas y olvidadas canciones, frases, dichos, consejas y refranes que en sus años de infancia había aprendido y de las que Joyce tomaba nota. Y hasta relatos, cuentos, y leyendas celtas escuchadas a sus amigas de la niñez, puesto que ya hemos hablado de su espontaneidad. Se ha dicho que en el cruce de «cartas sucias» que ambos mantuvieron Nora aprendió tanto que llegó a superarlo. Y eso a pesar de que no le importaba perfeccionarse; no sentía necesidad de demostrar su competencia intelectual. Jamás leyó el Ulises.
Y todavía dos palabras más: Nora fue esposa y, a la vez, se convirtió en madre de Joyce. Él conoció a Nora pocos meses después de la muerte de su madre, y desde aquel luctuoso momento, en el que no dio muestra alguna de tristeza, Joyce nunca más se refirió a ella; había enterrado con su madre la opresión religiosa inculcada y los confesionarios de su infancia y la borró de su memoria. Siguió manteniendo sin embargo toda su vida una íntima comunión con el padre, el siempre alegre borrachín de los malos tratos a las hijas y a la misma madre, y el lugar de esta fue ocupado por Nora, aquella mujer tan distinta: alegre, procaz, vivaracha y divertida; desinhibida y libre de ataduras, renuncias y preceptos.

* * *

El fallecimiento de Nora, diez años después del de Joyce, fue noticia en la prensa más importante del mundo. Time incluso llegó a admitir y reconocer entonces su participación en el triunfo de Joyce.

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(1) O'Brien, Edna: Joyce
(2) Ellmann, Richard: James Joyce
(3) Maddox, Brenda: Nora Joyce
(4) Nelson, Victoria, Sobre el bloqueo del escritor


viernes, 9 de marzo de 2012

Día Cuarenta y nueve: ¿Que no ha leído usted el Ulises?

Pido disculpas por esta pregunta quizás irreverente para el lector, pero también quiero ofrecerle una explicación. En un ejemplar del periódico El País del año 1993 aparecía un artículo con el siguiente título: «Yo no he leído el Ulises, ¿y qué?». He pensado que podría ser la respuesta acertada a una cierta pregunta, y cavilando cual pudiera ser he elegido la que hoy aparece como título de esta «entrada».
         Recuerdo haberle leído a H. Miller en su obra Los libros en mi vida algo así como que algunos libros que le apasionaron a los veintitantos años le parecieron horribles, soporíferos e ilegibles a los cincuenta. Nos ha pasado a todos.
         Yo tengo que confesar, además, que con Ulises me sucedió lo anterior pero al revés, y tan sólo en el plazo de unos meses. Adquirí el libro después de haberme encontrado cientos de veces con toda clase de comentarios acerca de él, la mayoría positivos. Comencé su lectura y hasta dos veces lo abandoné sin pasar de su primer capítulo. Al tercer intento no sólo conseguí continuar con él sino que me empezó a encandilar; cuando conseguí terminarlo me había acabado deslumbrando aunque había pensado al principio que se trataba de una superchería. Sin embargo y para ser sincero, si bien me había encontrado con pasajes extraordinarios, es verdad que también hallé fragmentos e incluso capítulos inaceptables. En una palabra: es muy posible que el libro no acabe gustando a todo el mundo. Si se rechaza su lectura porque resulta malo, inatractivo, aburrido e incomprensible..., no pasa nada; se deja, y en paz; se supone que leemos para satisfacer nuestra curiosidad, para pasar un buen rato o para disfrutar una obra de arte. A Virginia Woolf, Bernard Shaw o André Gide no les gustó el Ulises e hicieron comentarios muy despectivos acerca del mismo.

      Antes de hablar acerca de su contenido o sobre lo que se piensa de él, me gustaría dejar constancia de que en su nacimiento, como en tantas otras grandes obras, tuvo mucho que ver la casualidad. «No se puede apresurar la inspiración. En nuestras manos está sólo depositar la semilla en el fondo de nuestra alma y esperar que un día, calentada por soles que desconozco e impulsada por una vida que en ella yacía adormecida, se despierte y brote convertida en la primera palabra de un verso»; «Hay en la creación una antipática injerencia de la casualidad». Esto que dice Marina(1) tiene mucho que ver con lo sucedido acerca del nacimiento de Ulises. Parece ser que Joyce había acariciado la idea de incluir un cuento más en su Dublineses pensando en un incidente sufrido por él mismo en el que fue golpeado en la calle por un soldado y atendido por un conocido judío-cristiano que le ayudó a volver a casa, personaje del cual se rumoreaba que su mujer le era infiel. Resultó ser un «cuento» de dieciocho capítulos que puede llegar a ocupar según la edición hasta las mil páginas, le llevó más de siete años en los que invirtió veinte mil horas de trabajo, y sufrió ataques nerviosos, úlceras y una significativa agravación de su enfermedad ocular.

Este judío buen samaritano, su mujer y el mismo Joyce son en la novela Lopoldo Bloom, Molly y Stephen Dedalus; tres personajes vulgares a los que no les acaece nada extraordinario. El Ulises es simplemente lo que va sucediendo en la vida de mister Bloom en Dublín, en su recorrido por la ciudad durante las veinticuatro horas de un día: el 16 de junio de 1904. Ulises es una Odisea que como aquella comienza y acaba en un mismo sitio pero sin héroes, guerras, cíclopes ni sirenas, excepto en los títulos de sus diferentes capítulos.
Aquello que Ortega y Gasset dejó escrito a principios del siglo, posiblemente antes de la difusión de Ulises, creo que nos puede explicar en parte el por qué de su gran éxito: «...creo que el género novela, si no está irremediablemente agotado, se halla, de cierto, en su periodo último y padece de una tal penuria de temas posibles, que el escritor necesita compensarla con la exquisita calidad de los demás ingredientes necesarios para integrar un cuerpo de novela».
 Ese puede que sea el secreto de Ulises, la gran oportunidad y novedad de Joyce fue compensar la falta de argumento, de clímax, de intrigas, enredos, maquinaciones y hasta de «planteamiento, nudo y desenlace», con otros ingredientes de calidad exquisita logrando así integrar un cuerpo de novela que..., no se parecía en nada al resto de las publicadas. Así Joyce, gracias a su Ulises, fue proclamado por Time en 1998 como el más prestigioso autor del siglo veinte. Y téngase en cuenta que desde su edición primera, en París el 2 de febrero de 1922, el día de su cuarenta cumpleaños (fue un capricho suyo) han transcurrido noventa —exactamente el mes pasado. ¿Y qué ingredientes le incorporó Joyce a ese insulso tema dublinés para que despertara semejante interés? Ah; ¡ciertos «ingredientes», como decía Ortega!, ese es el quid.
Veamos. En el Ulises los estudiosos y eruditos han encontrado se diría que de todo: el mismo Joyce declaró que en el libro hay un esquema interpretativo: «He metido tantos enigmas y rompecabezas que tendré atareados a los profesores durante siglos discutiendo sobre lo que quise decir, y ese es el único modo de asegurarse la inmortalidad». Se habla de claves, símbolos, significados ocultos y de citas cabalísticas; se reconocen diferentes estilos en cada capítulo; se elogia el genial uso de la palabra; se le reconoce contener un compendio universal de conocimientos e información; se dice que la obra está saturada de incontables y minúsculos detalles y precisiones, de incidentes que nada tienen que ver con lo narrado y que dejan al lector en suspenso; y, finalmente, que aquellos pasajes en los que el autor hace uso del monólogo interior o flujo de conciencia son excepcionales.
Pero lo que sí pudo haber sucedido —otro ingrediente— es que Joyce en la obra trató de plasmar sus más íntimos y recónditos sentimientos, aconteceres y experiencias sin disimulo y con toda su crudeza, y lo consiguió. Su publicación inicial mediante entregas en la revista norteamericana Little Review fue demandada por obscena; se suspendió y sus editoras tuvieron que pagar una multa. Hasta 1933 no fue autorizada su publicación y eso quizás gracias a que el juez, esta vez, era un gran enamorado de la literatura en general.
    He revisado mis anotaciones hechas del tiempo en que leía el Ulises. Me voy a permitir dejar aquí algunas; son sinceras, son las de una persona de la calle al que también le gusta la literatura como le sucedía al juez aquel:
 
«No he podido con el Ulises de Joyce. Pido perdón a quién corresponda pero lo he tenido que dejar. Estoy dudando entre crearme un complejo de ignorante o ir contra todo y contra todos, porque esta obra ha sido considerada como la obra cumbre de la literatura en lengua inglesa del siglo veinte. (...) Lo volveré a intentar más adelante a ver si entonces mi capacidad intelectual, mis gustos, mi afinidad por esa clase de prosa es la apropiada.
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    En la larga introducción se dicen tantas cosas acerca de esta novela... Uno llega a la conclusión de que no va a ser capaz de leerla jamás. Y aquí viene mi desconcierto: pese a todo lo que de ella se dice (ni instruye, ni deleita, es tediosa, indescifrable, complicada, oscura) a mí me está fascinando; ojo, tan sólo voy por el tercer capítulo. Es verdad que, a veces, parece que lo que allí se lee no tiene ni pies ni cabeza; esos párrafos dislocados, esos monólogos inapropiados, confusos; pero también esa riqueza de vocabulario tan rico, tan sugerente; hasta esas palabras que el autor se inventa. Yo le encuentro expresividad, poesía hecha prosa; yo diría que en la poesía ocurre un poco lo mismo: importa más la palabra, el vocablo exacto y la sonoridad que el orden, el argumento y los hechos narrados; es más importante la forma que el fondo, el contenedor que el contenido. Empiezo a respetar a Joyce; nadie que no sea un genio es capaz de escribir con ese fluir, esa riqueza, vivacidad, ingenio, energía, brío...
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    Joyce utiliza el lenguaje al igual que un pintor usa los colores; esa es mi conclusión. Jamás había imaginado que se pudiese escribir así, libre, sin ninguna atadura gramatical, lanzando al papel coágulos de palabras, pellas de vocablos en mezcolanza total para, con un pincel o una espátula invisible, conseguir tonos, sombras, brillos... ¿Qué importancia tiene que haya lagunas, frases inconexas, palabras ininteligibles si al final lo que obtiene el lector es siempre un cromatismo literario, una verdadera pintura que está latiendo de auténtica que es? ¿Es que cuando miramos una acuarela o un oleo nos fijamos en cada trazo o línea del artista? Lo mismo ocurre aquí. Nos queda la impresión. Eso es, se trata de literatura impresionista. ¡Y qué riqueza cromática y palpitante.
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    El capítulo 9 de Ulises no lo encuentro tan soberbio como los anteriores. No deseo dejar la obra a medias. Espero que me agarre de nuevo.
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Joyce: un torrente. Por cierto, a Joyce le llevó cinco meses el capítulo 10; demasiado tiempo para tal desaguisado. (...) Cuando lo comencé a leer me pareció que me estaban tomando el pelo. Como en la introducción se va preparando al lector para cada uno de ellos, recurrí a la lectura del correspondiente a este. Explicación: el autor ensaya nuevo estilo en él. Un desastre; se dice que ha sido muy criticado. Intentó una especie de nueva técnica, una combinación de música y literatura que denominó fuga per canonem. «Uno de los capítulos más difíciles del Ulises que ha decepcionado a muchos lectores», se dice textualmente.
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 Retomo el Ulises, página 337. Parece mentira que en la mejor obra en lengua inglesa del siglo veinte no haya un argumento serio, una historia, una trama; todo es verbo y  verbo y, sin embargo, qué fluidez, qué desenvoltura.
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He seguido  a ratos con el Ulises y sigo encontrando un volcán de expresividad, de fuerza; es como si se derribara una presa y el agua allí retenida pudiera escapar. ¡Qué más da el argumento cuando uno escribe! Pienso que la perfección en la escritura radica en ese caudal de ideas y de palabras bien colocadas aunque no tengan ni sentido ni exista trama alguna».
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    Perdón por este atrevimiento, pero son auténticas notas de mi exilio literario, y, a lo mejor ayudan a intentar leer el Ulises. No obstante, una advertencia: se ha dicho que no es obra para leer en el metro o en el autobús. Y es cierto; necesita cierta concentración. Suerte.
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(1) Marina, J. Antonio: Teoría de la inteligencia creadora