domingo, 22 de enero de 2012

Día Cuarenta y tres: Dostoievski y Tolstói... ¿se envidiaban, se temían, se respetaban?

Decía Manuel Azaña que «literatura quiere decir estudio, experiencia, desinterés, ideas generales y elevadas, amor al idioma y al pueblo en que se ha nacido y que lo habla. Nada de esto se improvisa; casi todas esas cosas se adquieren a fuerza de trabajo; otras, las menos, se reciben al nacer por un don caprichoso de la naturaleza, o, tal vez, hay que heredarlas...».
   En primer lugar habría que señalar que la mayor parte de las peculiaridades anteriores concurrían en estos dos hombres de manera más que notable; y si hubiera que destacar de entre todas ellas alguna, sin duda sería su desmedido amor a su idioma y al pueblo en el que habían nacido, eso además de sus altas y esclarecidas ideas. Si las habían adquirido por capricho de la naturaleza o a fuerza de trabajo, es algo que no es posible dilucidar.
    Se llevaban ocho años y es por ello que sus vidas palpitaron al unísono al menos durante cincuenta y tres: ello fue desde el nacimiento del más joven, Tolstói, hasta la muerte del mayor, Dostoievski. Sin embargo, desde la cuna hasta la tumba sus existencias iban a transcurrir por caminos muy desiguales, aunque —¡qué paradoja!—, de esos cincuenta y tres años de vida común los veinte últimos representaron para ambos la cumbre de sus mejores creaciones literarias.
    ¿Cómo pudo suceder que jamás en ese tiempo llegaran a encontrarse ni siquiera a cruzarse una misiva no sólo siendo los más famosos novelistas sino residiendo en un mismo territorio no demasiado extenso, compartiendo los mismos medios periodísticos para publicar sus novelas y relacionándose con los demás escritores de su tiempo? Hay que imaginarlos por lo tanto expectantes el uno del otro, leyendo con suma atención sus respectivas publicaciones y las correspondientes críticas, queriendo saber de sus mutuas vidas, estudiándose en suma; pero siempre evitándose.
Tras la aparición de Anna Karenina escribe Dostoievski en la prensa —aunque poniéndolo en boca de un supuesto interlocutor:
«El autor de Anna Karenina, a pesar de su enorme talento artístico, es una de esas mentes rusas que ven claramente sólo lo que tienen delante de los ojos...(...) en cualquier caso siempre son severamente sinceros».
«Levin, el héroe preferido por el autor de la novela, dice de sí mismo que él es el pueblo» (...) no creo que él sea el pueblo (...)"Levin el del corazón puro" (...) a despecho del amor se esfuerza en aislarse».
«...este novelista tiene un enorme talento, una considerable inteligencia y es un hombre extremadamente respetado por la intelectualidad de Rusia...».
«La visión de tan significativo escritor ruso (...) tan interesante para todos los asuntos rusos...».
¿Cierta adulación en todo ello?, posiblemente. No obstante, cuando quiere zaherir se refiere habitualmente a él como «el conde Tolstói», o haciendo notar su linaje o su riqueza:
«El conde León Tolstói es un talento de caramelo y le viene bien a todo el mundo».
«Escritores aristócratas, escritores propietarios. León Tolstói y Turguéniev son propietarios».
     He ahí una de sus grandes diferencias: la cuna, la riqueza, la supuesta paz que en su finca disfruta Tolstói para escribir y que en cierta ocasión, cuando Dostoievski está concibiendo Los hermanos Karamázov le lleva a decir: «...quisiera escribirla sin prisas, como escriben los Tolstói, los Turguéniev... Allí, en Yásnaia Poliana se juega al tenis con buen tiempo y se patina en invierno mientras que a la hora de cenar —por cierto que «espléndidamente»— suele haber algún invitado y se interpreta música. Todo ello es algo que es necesario contrastar con el origen plebeyo de Dostoievski y con su calamitosa existencia: su detención y simulacro de fusilamiento, diez años en total de condena entre trabajos forzados y como soldado raso en Siberia, el asesinato de su alcohólico e iracundo padre por los siervos, sus continuos ataques de epilepsia, los fracasos amorosos, el asedio de sus acreedores... Y cuando en El Mensajero Ruso se van publicando las novelas por entregas de ambos, a aquel le pagan el pliego a quinientos rublos y al segundo a ciento cincuenta como si fuera un escritor de tercera categoría, —a Turguéniev se los pagaban a cuatrocientos. ¿Es posible que El idiota hubiera sido una novela más reducida si se le hubiera pagado lo mismo que a Tolstói? 
    Pero tuvieron ocasión de encontrarse. Tolstói había rechazado la petición de Turguéniev para que junto a Dostoievski hablara en la inauguración de una estatua levantada a Pushkin en Moscú; con su discurso Dostoievski cosechó un éxito extraordinario. Al parecer tuvo a continuación intenciones de visitar a Tolstói en Yásnaia Poliana, pero Turguéniev le aconsejó que no lo hiciera dado que estaba pasando por una crisis espiritual que podía estar afectando su equilibrio mental. Eso era cierto.
     En cualquier caso, para Tolstói el arte de Dostoievski era «informe» y él mismo era una persona que tenía «rarezas». De Los hermanos Karamázov llegó a decir: «No me parece bueno. ¡El defecto de Dostoievski está en que su arte es informe!
A Nicolás Strajov, primer biógrafo de Dostoievski, le escribe: «Cuanto más vivo, tanto mejor aprendo a estimar a los hombres que no tienen rarezas...(...) Turguéniev sobrevivirá a Dostoievski, no por su grandeza artística, sino por estar limpio de rarezas». Y también: «Creo que has sido víctima de una opinión falsa y errónea sobre Dostoievski. Dicha opinión, que es universal, ha exagerado su importancia... (...) murió en plena lucha feroz entre Dios y el mal. (...) no se puede poner en un pedestal a un hombre que siempre estaba luchando. (...) lamento no haberlo conocido»
No lo ha llegado a conocer y, sin embargo, siente enormemente su muerte, —o es lo que dice a pesar de no haber tenido la mínima relación con él:
«Nunca lo conocí personalmente ni tuve relaciones directas con él (...) todos los escritores son vanidosos y envidiosos... o al menos yo lo era. Pero nunca se me ocurrió medirme con él, nunca. Todo lo que hizo era tan bueno, tan sincero, que cuanto más hacía más me alegraba yo. (...) estuve convencido de que un día nos conoceríamos y de que era culpa mía que no hubiéramos podido hacerlo aún. Y de pronto estaba muerto. Entonces comprendí lo valioso que era para mí y lloré y sigo llorando».
De esta declaración ¿es todo creíble o tan sólo aquello de que era su culpa el no haberse conocido? Y también:
«Jamás se me ocurrió enviarle a Dostoiveski, de quién sabía que pasaba hambre, los doscientos rublos que le hubieran salvado durante un mes o tal vez para siempre».
  O sea: no lo conocía personalmente pero sabía de sus problemas financieros. ¿Socorrerlo sin tener con él amistad tendría sentido?
Dostoievski, sin embargo, pese a ser su principal rival no había tenido inconveniente en aceptar su maestría: «Anna Karenina, es una obra de arte perfecta (...) del todo diferente de cuanto se publica en Europa; su tema es enteramente ruso. En esta novela hay algo de nuestro "nuevo mundo", un nuevo mundo del que aún no se ha oído hablar en Europa, pese a que los pueblos de Occidente lo necesitan mucho». (Nótese de paso aquel amor a la lengua y al pueblo en el que se ha nacido, al cual nos referíamos al principio).
Respecto a sus obras preferidas, tan sólo cuatro, y una de ellas de su rival Tolstói: «Lo bello de este siglo: Pickwick, Notre Dame, Los miserables, Guerra y paz». 
¿Fue por el contrario injusto Tolstói, en general, en sus enjuiciamientos sobre las obras de Dostoievski?
Sobre La casa de los muertos había llegado a decir: «Está muy bien, pero no tengo en gran concepto sus otros libros. (...) Su estilo es ampuloso, (...) Dostoievski habla y habla sin cesar». Acerca de Los hermanos Karamázov también manifestaba que «no había podido acabarla», al parecer tan pronto le entusiasmaba como la encontraba indiferente, tan pronto le gustaba como la criticaba con severidad. Y sobre «Crimen y castigo comentaba: «Lei algunos capítulos del principio y se adivina lo que va a seguir».
Destaca William Shirer de Tolstói que «En particular, en sus opiniones sobre Turguéniev y Dostoievski, aunque nunca lo reconocería, resulta evidente en sus escritos que los consideró sus mayores rivales».
Juzgue el lector acerca de este increíble extravío y alejamiento habido entre Dostoievski y Tolstói.
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viernes, 13 de enero de 2012

Día Cuarenta y dos: De Levin a Pózdnychev


«Pese a que durante aquellos quince años consideraba la escritura una tarea trivial, seguí escribiendo»; «Pero hace cinco años empezó a ocurrirme algo muy extraño. Mi vida se detuvo...»
    Han pasado quince años desde el día de su matrimonio y Tolstói está entrando en lo que se ha denominado su «conversión». A partir de entonces —superada la idea del suicidio por no encontrarle sentido a la vida— y hasta el día de su fuga y su muerte treinta años más tarde, la existencia le resultará una contradicción y un tormento.
     Se trata de un estado de lucha consigo mismo: se llega a avergonzar de lo que hasta entonces ha escrito y se dedica a profundizar en las enseñanzas del Evangelio, en las de la Iglesia y en las de las demás religiones. Viviendo con su familia en el lujo que sus dos obras le están proporcionando no puede permanecer impasible a la vista de tantas miserias y tantas penurias como las que le rodean; quiere darle a su vida un sentido coherente dentro de la religión, y al no encontrar respuestas racionales se va convirtiendo él mismo en un moralista y un profeta; detesta la vida de opulencia y frivolidad en la que se ve obligado a vivir mientras a su alrededor los campesinos, en sus miserables cabañas, pasan toda clase de indigencias y privaciones.
Abandona la narrativa y se dedica a escribir tratados religiosos para demostrar la inconsecuencia de la Iglesia con los Evangelios; y es excomulgado. Para su mujer Sonia lo que está sucediendo es una catástrofe y ello los acaba distanciando; destruyó la armonía familiar y arruinó su matrimonio.
Como la familia no comparte su forma de pensar pretende irse, contempla la idea de dejar a sus hijos y a su mujer y convertirse en un eremita; pero no llega a hacerlo, siempre encuentra una excusa. Finalmente, cerca ya de los sesenta años el conde León Nicoláievich Tolstói decide ponerse el blusón de mujik y hacerse la habitación, trabajar en el campo, empuñar el arado, segar el heno o el centeno, tomar el hacha y cortar leña, coser zapatos que él mismo usa, dejar de comer carne..., pero, a pesar de predicar la abstinencia sexual incluso en el matrimonio, algo que él mismo considera pecado, no lo consigue:

1884: «He estado traduciendo a Lao-tse»; «Lei sobre Confucio»; «Por la tarde trabajé bien en las botas»; «Hice mi habitación»; «Tuve vergüenza de hacer lo que hay que hacer: sacar el orinal»; «...seré útil a los seres humanos»; «Fui a casa del zapatero»; «Lei un poco y me puse a coser»; La situación en la familia es dolorosa»; «...cólera y acusación de rencor personal»; «...un abatimiento terrible»; Estuve cosiendo botas toda la tarde...»; el espíritu castrado de su madre»; «...la causa principal del mal que hay en mí es la incontinencia en la comida, en el deseo carnal, en el tabaco»; «...comencé a no comer carne...»; «Estuve segando...»; «La ruptura con mi mujer (...) es total»; trabajé con los campesinos todo el día»; «...segué durante todo el día...»; «Ella se pone a tentarme carnalmente»; «...llamé a mi mujer y ella (...) me rechazó»; «...me sacó de mis casillas»; «Salió corriendo presa de la histeria»; «Estuve cortando leña».

Además de sus impulsos sexuales tampoco consigue dejar el tabaco y se consuela escribiendo que cuando sea declarado pecado lo abandonará. Hay una etapa en la que ni se asea para así vivir más intensamente las privaciones de los humildes, pero huele, y su mujer no puede soportarlo.
Sonia lo consideraba un hipócrita pues ella seguía quedando embarazada. Hasta el hecho de tener nodriza lo consideraba él un pecado capital; no podía superar la cólera por haber dado ella a amamantar a su hija a una nodriza.
Hemos de señalar que ambos mantenían diarios que no se ocultaban, estaban al alcance de cualquiera. Esos diarios les sirven también para difamarse, herirse y replicarse. Escuchemos a Sonia en algunas de las entradas en los suyos:

«...la adulación de los demás, (...) y la fama, su insaciable ansia de fama, es lo que lo mueve constantemente»
«...si sus lectores tuvieran idea de la voluptuosa vida que lleva, descenderían a esa deidad del pedestal al que lo han subido»
«...sale con el caballo que le apetece montar, come —espléndidamente— lo que otros cocinan para él...»
«...Para él, el mundo es simplemente el medio que rodea a su genio y toma de él lo que puede ser útil para su obra. (...) Coge de mí, por ejemplo, mi labor de copista, mi preocupación por su bienestar físico, mi cuerpo»
«...no es honrado ni sincero. (...) la vanidad, la insaciable sed de fama...»

     Pero es que hasta él mismo, mientras organiza la lucha contra la miseria y crea comedores para la hambruna, reconoce: «desde luego, el desdichado deseo de fama mundial interviene también».
A sus sesenta y tres años se siente deprimido por no poder refrenar su sensualidad: «...la cópula es una abominación...». Ella escribe: «...por sus deseos yo he estado embarazada dieciséis veces: trece hijos y tres abortos». 
Y sin embargo lo peor está por llegar: será la lucha que hasta su muerte mantienen ella, los hijos, uno de los más fervientes seguidores de él y el mismo Tolstói por los derechos de sus obras (quiere que pertenezcan al pueblo) y por la custodia de sus diarios; eso además de querer entregar sus propiedades a los campesinos. Ella no está dispuesta a quedarse en la miseria con sus hijos, y es la época de las llamaradas de celos y de los intentos de suicidio...

1894: «Señor, ayúdame. Enséñame a llevar esta cruz»; «Volví a adquirir vívidamente conciencia del pecado de poseer tierra»
1896: «He dominado la lujuria»
1898: «Creo poco en Dios...»
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    En sendos personajes protagonistas de dos de sus novelas Tolstói nos ha dejado buena parte de su compleja personalidad. Estamos hablando del terrateniente Levin de Anna Karenina y del asesino Pózdnychev de la Sonata a Kreutzer.
    Se podría decir que en la primera de ellas hay dos argumentos con dos protagonistas independientes: Anna y Levin. Se desarrollan en realidad en la obra dos novelas con sus dos «estrellas» y sus respectivas camarillas alrededor de cada una bien se trate de padres, hermanos, esposos, parientes, siervos o amigos. Levin es el noble y Anna es la pérfida; eso es lo que está claro y lo que él quiere que se vea. Tolstói va trenzando la novela con habilidad desde la vida de uno de estos personajes a la del otro; ambos son verdaderamente protagonistas independientes con escasas y prácticamente inexistentes relaciones directas. Sus vidas tan sólo se entrecruzan ligeramente a través de otros personajes secundarios y, por lo tanto, hay en la obra dos vidas diferentes. Se empeña el autor en contar en ella las excelencias de la vida en el campo paralelamente a la intriga de un adulterio en la alta sociedad; pero se diría que casi le dedica mucho más tiempo a la vida de Levin (su alter ego) que a la de Anna la adúltera.
    En la novela Sonata a Kreutzer, título tomado de la obra para piano y violín de Beethoven que le hizo a él llorar de emoción la primera vez que la escuchó, y que escribió a los sesenta años en plena crisis reanudando magistralmente su labor narrativa tras sus escritos morales, filosóficos y religiosos, Tolstói no sólo se retrata nuevamente a sí mismo sino que nos relata la sordidez a la que ha llegado su matrimonio. Pózdnychev es alguien a quien el narrador ha conocido en un compartimento de tren y que se complace en relatar minuciosamente su tormentosa vida conyugal con una mujer a la que tras casarse llegó a odiar, y con la que no obstante compartía una intensa sexualidad. Todo ello le sirve a Tolstói para -¿de forma hipócrita?- condenar el amor carnal desenfrenado entre marido y mujer, pero también para identificar la institución del matrimonio como una prostitución legalizada.
    Pózdnychev acaba asesinando a su esposa a cuchilladas sospechando que le engaña con un violinista al que ambos conocen. Han escuchado la célebre sonata interpretada por aquel y su esposa que  les ha emocionado. Al encontrar inesperadamente a la pareja en su casa no puede reprimir su furia. Esta violencia física de género tan condenada hoy es la única parte de la obra que no toma Tolstói de la triste realidad de su matrimonio puesto que allí no llega nunca a suceder. Pero, ¡ojo!, Pózdnychev ha sido absuelto al haber actuado en defensa de su honor.

    Raskólnikov, el protagonista de Crimen y castigo asesina; Pózdnychev, el de la Sonata a Kreutzer también. Me gustaría profundizar algo en las relaciones de los autores de estas dos sublimes obras que, aunque contemporáneos —y famosos a un tiempo—, jamás se llegaron a encontrar.
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miércoles, 4 de enero de 2012

Día Cuarenta y uno: Sonia y Tolstói; un brusco desencuentro

1847.- Marzo: «No hago lo que me prescribo; lo que hago, no lo hago bien» Abril: «Tiene que haber un cambio en mi manera de vivir». 
1850.- Junio: «Una vez más retomo el diario y una vez más con un nuevo fervor y un nuevo objetivo (...) quizás vuelva a abandonarlo»; «...una cosa me tiene descontento: no logro dominar la lujuria».
1851.- Marzo: «...esos libros que se escriben con el propósito de tener muchos lectores, no son obras literarias»; «Dónde está la frontera entre la prosa y la poesía es algo que jamás comprenderé» Abril: «...fui vanidoso y cobarde»; «mentí y fui muy vanidoso»; «la lascivia me atormenta» Junio: «Sigo siendo perezoso, aunque estoy satisfecho conmigo mismo, con excepción de la lascivia» Julio: «me emborraché y dormí con una mujer; todo esto es muy malo y me aflige mucho» Septiembre: «Perdí más de lo que tenía en el bolsillo» Noviembre: «Nunca he estado enamorado de las mujeres. (...) Con mucha frecuencia me he enamorado de hombres».
1852.- Enero: «Todo escritor tiene en mente para su obra una categoría especial de lectores ideales» Marzo: «Un deseo: librarme de la vanidad (...) tres pasiones insanas: el juego, la lujuria y la vanidad» Mayo: «¿Tengo talento en comparación con los nuevos escritores rusos? Decididamente no» Agosto: «Escribir a lo largo de la vida un buen libro es más que suficiente» Septiembre: «Necesito escribir y escribir. Es el único camino para conseguir una forma y un estilo» Octubre: «El amor no existe. Existe una necesidad carnal de comunicación y una necesidad racional de un compañero para la vida».
1853.- Octubre: «Cuando se lee un trabajo, y en especial uno netamente literario, el interés principal radica en cómo el carácter del autor se expresa en la obra»; «Revisar todo trabajo que haya sido terminado en borrador, eliminando todo lo superfluo y sin agregar nada. Ese es el primer proceso».
1854.- Junio: «Tuve diversas mujeres, mentí, fui vanidoso (...) Jugué y me vi obligado a pedir dinero prestado» Julio: «...hay algo que amo más que el bien: la gloria. (...) Si tuviera que elegir entre la gloria y la virtud elegiría la primera» Agosto: «Perdí en el juego lo que me quedaba de dinero y 3.000 rublos que no pude pagar».
1855.- Enero: «Jugué durante dos días y dos noches. (...) lo perdí todo; la casa de Yásnaia Poliana» Marzo: «Hoy comulgué. (...) «...y la fe me llevó hasta una idea grande, inmensa, a cuya realización me siento capaz de consagrar mi vida. Esta idea es la de fundar una nueva religión...» Septiembre: «...la literatura continúa siendo lo único, lo principal y lo que debe dominar todas mis otras inclinaciones y ocupaciones. Mi objetivo es la gloria literaria. (...) «Debo, cueste lo que cueste, conseguir la gloria».
1856.- Febrero: «Mis defectos principales: hábitos de ocio, desorden, lascivia y pasión por el juego. (...) Me peleé con Turguéniev y recibí a una muchacha en mi casa» Abril: «Siento la necesidad de aprender, aprender y aprender» Mayo: «No dejar jamás escapar las ocasiones de placer y no buscarlas jamás. Me impongo como regla eterna no entrar nunca en un sólo cabaret ni en un sólo burdel» Junio: «...fui a ver a los campesinos. No quieren la libertad».
1857.- Mayo: «El apetito sexual me atormenta terriblemente» Julio: «Lo más importante: la idea de crear una escuela en la aldea me llegó con fuerza...» Agosto: «La pobreza de la gente y los sufrimientos de los animales son terribles... (...) El deseo sexual me atormenta». 
1858.- Febrero: «Los pensamientos sobre la proximidad de la vejez me atormentan» Mayo: «Vi de modo fugaz a Aksinia. Es muy hermosa» Junio: «Poseí a Aksinia...; pero estoy cansado de ella» Diciembre: «Hay que escribir sin ruido, con tranquilidad, sin tener como objetivo publicar»; «Llegué a Moscú (...) dilapidé mucho dinero».
1859.- Mayo: «De Aksinia me acuerdo sólo, exclusivamente, de sus hombros» Octubre: «Continúo viendo a Aksinia exclusivamente»; «Golpeé dos veces a un hombre durante el verano»; «Vino Aksinia».
1860.- Agosto: «Soñé con la abolición de las ruletas» Octubre: «...me llegó la idea de escribir un evangelio materialista».
1861.- Abril: «...pensamientos sobre Dios y la inmortalidad».
1862.- Agosto: «¡No tengo amigos, ni uno! Estoy solo»; «No es amor como antes, (...) Cerdo» Septiembre: «Sonia (...) me atrae de una manera irresistible»; «¡Dios! Ayúdame, enséñame»; «...no tendré secretos para uno sólo, sino secretos para los dos, ella lo leerá todo»; «Se lo dije. Ella: sí. Parecía un pajarito herido».


    Antes de la boda, tal como ha dejado consignado en los diarios, comete la brutalidad de entregárselos a ella para que los lea y que de esa manera no existan secretos acerca de su vida anterior; aquella muchachita queda anonadada.
Aksinia es una sierva de la finca que ya le había dado un hijo y con la que llegó a pensar en casarse; la madre y el hijo vivirán y trabajarán en la misma finca toda su vida.


«El día de la boda miedo, incredulidad y el deseo de huir. La solemnidad de la ceremonia. Ella desconsolada (...) Ella lo sabe todo y es simple (...) Su terror. Algo enfermizo»; «Hoy hubo una escena» Octubre: «Hemos vuelto a tener dos enfrentamientos».

* * *
    Se diría que poco hay que añadir a este sucinto extracto de sus diarios escritos durante dieciséis años. Ahora él cuenta treinta y cuatro y ella dieciocho. Comienza una segunda etapa en su vida, la más creativa, que le durará aproximadamente hasta que cumpla los cincuenta años en que comenzará la tercera.
    Las «escenas» y los «enfrentamientos» que como deja escrito en sus diarios comienzan prácticamente al día siguiente de la boda, persistirán durante las dos siguientes etapas, todo el resto de su vida; aunque hay que señalar que serán breves y terminarán siempre en la alcoba. Muy a menudo, casi constantemente, las paces de aquellos enfrentamientos las harán en la cama a pesar de que ella nunca gozó del sexo: «Meses después de casarse escribe Sonia: «El aspecto físico del amor —"eso", le llamaba ella— es muy importante para él,...» y comenta que le resultan repugnantes las relaciones sexuales tan frecuentes» (1). Aquella «muñeca de porcelana» (2) no estaba hecha para los fogosos impulsos sexuales de Tolstói ni los comprendía.
     Pero en ese matrimonio hay otro desencuentro. Escuchemos a Romain Rolland: «En los primeros capítulos de Guerra y paz escritos poco tiempo después de casarse, las confidencias que el príncipe Andréi le hace a Pierre sobre el matrimonio traslucen el desencanto del hombre que ve en la mujer amada a una extraña, a una enemiga inocente, el obstáculo involuntario a su desarrollo moral» (3). Este era su caso; Sonia se propone (y conseguirá) que Tolstói renuncie a continuar con sus actividades ético-morales —dedicarse a la escuela que ha creado en su hacienda de Yásnaia Poliana y al estudio y desarrollo de la pedagogía para mejorar la enseñanza— y gracias a ello se pone a escribir.

    Es sorprendente que esta etapa de su vida llegue a ser, a pesar de esas dos contrariedades, la más creativa. A lo largo de ella verán la luz sus dos grandes obras literarias: Guerra y paz y Anna Karenina. A las dos les dedicará trece años durante los cuales sus diarios quedarán interrumpidos dado el esfuerzo que aquel trabajo le supone. Y, ¿no es sorprendente?: Sonia se convertirá en su máxima colaboradora hasta el punto de que es difícil imaginar que sin su ayuda (peleas y reconciliaciones al margen) hubieran llegado a ser escritas estas dos novelas. Sonia pasará a limpio una y otra vez todos sus escritos originales (con o sin enmiendas y tachaduras) puesto que su letra no es fácil de entender. Reescribirá el original de Guerra y paz hasta siete veces e incluso le dará consejos. Creía en él como escritor.
No obstante, entre esas dos novelas le sobreviene ya una primera crisis mística que es un preludio de lo que se le avecina; ello le lleva de nuevo a dedicarse a la pedagogía y a la escuela al tiempo que decide abandonar la literatura con la total desaprobación de Sonia. Pero no fue así; y con renovadas energías vuelve a escribir. Tres años después, cuando Anna Karenina es publicada nace su sexto hijo; han pasado quince años desde su matrimonio. Ya es mundialmente conocido y ha cuadruplicado su patrimonio; «...comencé a escribir por vanidad, codicia y orgullo».      
    Va a dar comienzo la última y más doliente etapa de su vida.
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(1) Shirer, William: Amor y odio. El tormentoso matrimonio de Sonia y León Tolstói
(2) Kallinikov, Josef: La tragedia sexual de Tolstói
(3) Rolland, Romain: Vida de Tolstói

martes, 27 de diciembre de 2011

Día Cuarenta: De los arrebatos, los tormentos y las pasiones de Tolstói

A Borges —al cual despedimos el último día— parece ser que «la literatura rusa no tenía nada que decirle»; ello según alguien que lo conoció íntimamente. Y uno se queda pasmado de oír tal cosa y..., no se la acaba de creer —al menos cuesta.
   Pero claro, también nos cuesta creer que a Tolstói la obra de Shakespeare le pudiera resultar «tremendamente trivial y digna de desprecio» o, más aún, que osara decir que «escribía mal, o mediocremente»; pero esta vez es auténtico porque se atrevió a dejarlo escrito en un ensayo.
   
    Sirva todo lo anterior como preámbulo y justificación para abordar hoy a este genio de la literatura rusa del siglo grande: el diecinueve. Aquella literatura rusa que como un tsunami gigantesco irrumpió inesperadamente en Europa con dos titanes cabalgando en lo más alto de su cresta: Dostoievski y Tolstói. 
De los dos, el que hoy nos ocupa no sólo terminó legando a la humanidad una extensa e inigualable obra literaria, sino que posiblemente —salvando las distancias— las vicisitudes de su existencia llegaron a ser tan cambiantes, sugestivas e interesantes como aquella. Personalmente debo confesar que de todo lo leído acerca de este hombre desde que tuve uso de razón, me ha resultado ser un personaje tan fascinante y tan lleno de incógnitas que se podría decir que está pidiéndonos ansiosamente que entremos en su vida para saber más de él. Dejó escrito Ortega y Gasset: «Conforme el hombre va viviendo múdanse sus pensamientos, quiébranse sus proyectos, entran otros en su lugar, llegan y pasan bramando las pasiones, trastócanse mil veces las ambiciones, mueren los amigos y los hermanos, sobreviven otros amigos y otros hermanos, todo se estremece y oscila, se trasmuta y huye, se renueva y cambia», y todo eso ocurre en la existencia de Tolstói pero vertiginosamente, copiosamente, de una manera brusca, intensa y agitada. Porque —y ya entramos en materia— Tolstói fue mudando constantemente sus pensamientos de forma súbita, quebró numerosas veces sus proyectos con arrebato, vivió sus pasiones con una fuerza destructora, se echó en brazos de sus ambiciones con una entrega brutal, sus creencias se estremecieron y oscilaron de manera acuciante y, en fin: una sucesión de crisis y euforias, torturas y arrebatos psíquicos, vehemencias, bondades y cóleras convivieron en su alambicado temperamento tal como hoy nos lo cuentan sus diarios redactados durante más de sesenta y cuatro años, desde los dieciocho hasta los ochenta y dos.
Tan sólo digamos que León Tolstói (conde, pues nació noble) heredó muy joven una hacienda y, de ella, además de la escritura, vivió toda su vida como un terrateniente; no tuvo que escribir para poder comer como Dostoievski. Pero también combatió como oficial de forma voluntaria en las fuerzas del zar en dos guerras, quiso fundar una religión, se dedicó a la pedagogía, estableció una escuela para los hijos de los trabajadores, organizó la lucha contra la hambruna campesina a espaldas de las autoridades, estudió y trató de mejorar los métodos de producción agrícola y hasta llegó a aconsejar a Gandhi en cuanto a la resistencia pacífica... En el otro lado de la balanza fue crápula, jugador y mujeriego; místico que discrepó del cristianismo y por ello excomulgado, estuvo a punto de batirse con su amigo de toda la vida Turguéniev, quiso entregar todas sus propiedades a los campesinos y renunciar a sus derechos de autor a favor del pueblo; y ya anciano, a sus ochenta y dos años, pero lúcido, abandonó de madrugada su casa debido a una larga e insoportable violencia doméstica (así la llamaríamos hoy) que lo llevó a morir algunos días después en la humilde barraca del jefe de estación de ferrocarril de un oscuro villorrio; ello al tiempo que su ordalía era transmitida —se diría que momento a momento durante los diez días que duró— por toda la prensa internacional a todos los lugares del globo. Posiblemente en aquellas fechas, noviembre de 1910, León Tolstói no sólo era el escritor vivo más conocido y admirado en el mundo de la cultura, sino que había llegado a ser a nivel internacional uno de los personajes más influyentes del planeta.    


   Años después, cuando con motivo del aniversario de su nacimiento la entonces Unión Soviética logró reunir y publicar todos sus «papeles»: cartas, diarios, cuadernos de notas, novelas, ensayos, escritos religiosos de exhortación, sociales y educativos resultó que contaban hasta noventa volúmenes. 
   Tolstoi comenzó a escribir muy joven. No cabe por tanto duda de que sus diarios —se diría que el pulso de su vida desde los diecinueve hasta los ochenta y dos años— han sido y seguirán siendo una fuente de incalculable valor para aproximarse a conocer su compleja personalidad. Pocos escritores que hayan dedicado páginas a Tolstói han dejado de seguir esos diarios y a su vez de sacar conclusiones a menudo contradictorias.


   A mí me gustaría dividirlos en tres partes que son las que componen las tres distintas y radicales épocas de su vida. La primera comienza cuando abandona la universidad y se retira a su heredad a seguir estudiando por su cuenta; se enrola en el ejército; después de abandonarlo comienza a publicar y viaja por Europa; vuelve a su finca a leer, escribir y administrarla aunque pasando los inviernos en Moscú; se entrega a la pedagogía y se casa con Sofía (Sonia cariñosamente) y con ella decide vivir en su propiedad, Yásnaia Poliana, a unos doscientos kilómetros de Moscú. Tiene entonces treinta y cuatro años y ella dieciocho.
   Leyendo los diarios mantenidos hasta ese momento, además de saber acerca de sus liviandades, de sus muchos estudios y lecturas y de sus esfuerzos por perfeccionarse en la escritura se diría que nos encontramos ante un autoanálisis continuo: se arrepiente, se perdona, se censura...; se juzga, promete, se desdice...; autocríticas, exámenes de conciencia, propósitos de enmienda...; también muchos pensamientos sublimes y elevados; nobles sentimientos hacia el prójimo y oración y encomendación al Altísimo. Aunque reconoce que su objetivo es el de alcanzar la gloria literaria, tiene dudas sobre su futuro e insiste en las que considera y denomina sus tres principales pasiones: la vanidad y su adicción al sexo y al juego. Alguna de las tres no la llegará  nunca a superar.
   Pero entrar en esos sinceros y a la vez fascinantes diarios es un tema más dilatado que exige ser abordarlo con calma y sosiego el próximo día.

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lunes, 12 de diciembre de 2011

Día Treinta y nueve: Borges y alguna cosa más

Quisiera comenzar matizando que aquello que habíamos enunciado el día anterior acerca de la producción total de Borges, no era exactamente cierto si no le añadimos que nos estábamos refiriendo a su obra realizada en solitario; porque Borges escribió también en colaboración.
    He de confesar que siempre he huido de algo escrito en comandita, quiero decir por más de una persona; y en el caso de Borges me ha pasado lo mismo: de sus obras en colaboración no he leído nunca nada. Porque, dígaseme: cuando se está leyendo un capítulo, un párrafo, una línea ¿a quién se lee? La colaboración puede ir desde la idea general de la obra, imputable a uno de los colaborantes, a la redacción total del texto realizada por la otra parte. Siempre he pensado que la escritura debe ser algo tan personal y tan profundo, algo tan «sagrado» que no se debe compartir. ¿Dónde puede residir el estilo en este caso? No se puede comparar una obra literaria con un guión cinematográfico.


    Borges, todo hay que decirlo, había encontrado en Bioy Casares más que a un gran amigo a un alma gemela; y esa pudo ser la razón de escribir en comandita con él. Al parecer se lo pasaban estupendamente escribiendo juntos.
Y ya que hablamos de amigos no dejemos sin citar a Cansinos-Asséns. Si en la relación con el argentino Bioy Casares, el mayor y el maestro era Borges, en la que mantuvo con el sevillano Cansinos-Asséns, Borges era además del menor el discípulo, tal como siempre él mismo se consideró hasta el final de su vida: «Junto a él polemicé, publiqué traducciones de los nuevos poetas alemanes, metaforicé con fervor».


Esta admiración, respeto y amistad con Cansinos-Asséns me lleva a comentar ahora lo siguiente, y que demuestra que el cariño debía ser recíproco. Hace algunos años, en cierta ocasión en la que me sumergí como habitualmente solía hacerlo en las profundidades de una hemeroteca en busca de tesoros hundidos, topé no sólo con excelentes peces de colores sino con todo un galeón intacto. Cansinos-Asséns realizaba la crítica del libro de poemas Luna de enfrente de Borges en el periódico madrileño La libertad. Se trataba concretamente del ejemplar publicado el domingo 6 de diciembre de 1925 y aparecía justamente en la quinta página de las ocho que el periódico tenía —tomé nota. Ahora he vuelto a leer aquella dilatada y laudatoria crítica desde este ordenador —ya todo está digitalizado— y he sentido una gran emoción.


Borges por su parte publicó en El otro, el mismo (1964) un poema de tres cuartetos y un pareado titulado "Rafael Cansinos Assens" (sic) en el que hacía referencia a su origen judaico, algo que Cansinos tenía a mucho orgullo.


Y, ahora, uno no puede sustraerse de hacer comparaciones. Rafael Cansinos-Asséns que durante toda su existencia vivió exclusivamente de la literatura y el periodismo y escribió lo indecible —uno de los maestros de Borges— nunca pudo quizás llegar a imaginar la gloria universal que su discípulo llegaría a alcanzar. Pero a ello merece la pena que le sea dedicada esta última parte.


* * *
    A Borges, que con sus más de dos mil versos escritos en sus tres primeros libros de poemas fue un verdadero vate mucho antes que un escritor de ensayos, cuentos y cortos relatos, le llegó la verdadera fama y la total ceguera casi a la vez. Parece ser que esta le llegó algo antes que aquella tras ocho operaciones quirúrgicas a las que se había sometido en su vida antes de quedar ciego definitivamente. Aquella, la fama mundial, le llegó desde Europa poco después de cumplir los sesenta años al otorgársele su primer premio de carácter internacional. Había pasado mucho tiempo para aquel «desdichado» desde el año 1936 en el que publicó su Historia de la eternidad al final del cual tan sólo había conseguido vender treinta y siete ejemplares.
Sin embargo «no permití que la ceguera me acobardara». Y en verdad que fue valiente y se encaró a ella hasta el punto de que en ese estado de minusvalía, como decimos hoy, llegó a desempeñar los más diversos y variopintos papeles que el azar le iba ofreciendo. Aquel «hombre tímido, orgulloso, sensible, capaz de bruscas cóleras, irónico, cruel en ocasiones y desdeñoso en otras, pero a quien la vida y la realidad perturbaron demasiado a menudo llevándolo a la desdicha» (1) comenzó a saborear intensamente el éxito y no dejó de hacerlo hasta el mismísimo momento de su muerte. Primero de todo Borges pasó dieciocho años rodeado de libros como director de la Biblioteca Nacional de su país, cargo para el que había sido nombrado en 1955. Tanteando con su bastón las paredes de la misma conseguía desplazarse por ella; allí se encontraba en el edén: «Siempre me había imaginado el Paraíso bajo la especie de una biblioteca».


Pero he aquí que, además, el prestigio que se había labrado y el súbito interés despertado por su obra tuvo como resultado el que aquel antañón invidente fuese con mucha frecuencia convocado a exponer verbalmente ante variopintos e internacionales auditorios sus conocimientos, ideas y percepciones. Ahora Borges no mendigaba superar su tartamudez ante modestos círculos literarios en su amado Buenos Aires; ahora era requerido y disputado por las más variadas instituciones del planeta.
La fama y los viajes le habían llegado de repente junto con su ceguera total precisamente en la senectud, esa fase en la que a la mayoría de los humanos tan sólo les acompaña el desprecio, la indiferencia y el olvido de los demás. Solamente la Academia sueca se podría decir que no quiso reconocer sus méritos; nunca le otorgó el Nobel para el que había sido varias veces candidato —aunque ello al parecer por motivos políticos.


   ¡Desconcertante y singular Borges! A los sesenta y ocho años, aquel enamoradizo de mil una mujeres a las que ha ido dedicando sus cuentos, poemas y ensayos ¡decide casarse!, y nada menos que con un antiguo amor a punto de cumplir los sesenta que está divorciada y vive con un hijo. Aquel matrimonio duró muy poco y «madre» tuvo algo que ver en esa brevedad. Hasta que ella fallece —sus ojos y sus manos— procura auxiliarlo; incluso lo acompaña si puede en algún viaje. Al faltarle definitivamente, será una antigua alumna, María Kodama, una hija de japonés y de europea con la que se lleva treinta y seis años, la que lo acompañará por todo el orbe ejerciendo de lazarillo y de secretaria hasta el mismo día de su muerte. Se terminará casando con ella —¡sorprendente e inesperado Borges!— no mucho tiempo  antes de  su viaje  definitivo el cual, desgraciadamente, lo inició lejos de su patria. Él contaba ochenta y seis años y ella cuarenta y nueve.
Si la última parte de su vida se encontró rodeado por el esplendor, por los viajes y por los premios y los halagos que la fama le otorgaba —«pocas veces tuve lo que quise, aquello que deseé»—, ello debió significarle de alguna forma un desquite. Sin embargo, con las mujeres nunca fue afortunado, todas ellas le significaron desencuentros; fue incapaz de encontrar un amor íntegro y durable en toda su existencia. Quizás acariciando a su gato para el que hasta llegó a escribirle un poema... «...lo he visto en los desolados años de su última vejez: solo en la oscuridad del living, abandonado a una tristeza infinita, más patética porque era silenciosa, acompañándose a sí mismo con versos dichos a media voz...» (1).


En un poema de quince versos al que dio el título "THINGS THAT MIGHT HAVE BEEN" decía en el primero de ellos:


      «Pienso en las cosas que pudieron ser y no fueron...
                                   y tras enumerar algunas, el último rezaba:
    ...El hijo que no tuve»
       
        ———————


 
(1) Vázquez, María Esther: Borges. Esplendor y derrota




lunes, 5 de diciembre de 2011

Día Treinta y ocho: Borges


Terminábamos el último día diciendo que todo lo que Borges escribió hasta sus ochenta y siete años no llegó a ocupar cincuenta y tantos volúmenes una vez encuadernado —como le sucedió a la obra de aquel escritor con el que comenzábamos. Necesitó tan sólo dos; y en esos dos únicos ejemplares hay muchísimas páginas que contienen poemas —por tanto semivacías— y hasta en algunas de ellas únicamente un soneto. Sin embargo, su obra ha sido traducida a veinticinco idiomas y él recibió en la segunda parte de su vida, además de un total reconocimiento, numerosísimos premios y homenajes.
Pero nos falta aún decir, y viene bien decirlo ahora, que Borges no escribió ni una sola novela y ni siquiera un relato largo. ¿No se atrevió?, ¿se atrevió y no lo logró?, ¿no se propuso hacerlo? Dice en el Prólogo a El jardín de senderos que se bifurcan: «Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros; el de explayar en quinientas páginas una idea cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos. (...) Más razonable, más inepto, más haragán, he preferido la escritura de notas sobre libros imaginarios».
     Estamos, qué duda cabe, ante un escritor singular y distinto, muy peculiar tanto en su vida como en su obra; un escritor muy al margen de todos los patrones del escritor triunfante que uno se pueda imaginar. A Borges, del cual había leído citas y reseñas durante años, siempre lo había visto muy lejano; no sé si ello era debido al hecho de que ni era europeo ni norteamericano, porque Borges era argentino; pero lo que yo desconocía era que, a la vez, Jorge Luis Borges era universal.
Borges es pura erudición en movimiento lo mismo que lo es un ciclón desbocado que uno no sabe hacia donde se dirige y donde terminará. Con Borges se emociona uno leyendo un poema íntimo, se acaba conociendo el zen y la literatura policíaca metafísica y al tiempo se puede uno llegar a europeizar como jamás lo hubiera uno imaginado. Borges le acaba explicando a uno fascinantes paradojas filosóficas de los atenienses y, al instante, sin traumatismos, nos transmite la emoción intensa de uno de sus relatos frescos, humanos y sinceros.
Y siempre en Borges los números, las series, las letras, los enigmas, las cábalas, las sucesiones y el infinito, todos los cuales se multiplican y forman un tupido entramado laberíntico de escaleras, puertas, senderos, espejos, anaqueles, dioses, constelaciones y vivencias las cuales existen y viven mágicamente más allá de nuestros sentidos alucinados.
     Sin embargo no es fácil que todo el mundo disfrute con tan variada literatura borgiana; hay quien termina abandonando. «¡No puedo con algunas cosas de Borges!» suelen decir algunos. Y es que, quizás, para entender a Borges, además de ser uno capaz de  poderse infinitesimar y a la vez conjeturar la inexistencia, hay que entender qué persona era Borges.

Aquello que tantas veces hemos oído «decir» a los inmortales de la literatura acerca de que el escritor siempre escribe sobre sí mismo, que su biografía está en su obra, etcétera, también lo enunció él: «toda literatura es autobiográfica». Pero la suya, que también lo es, está escrita nigrománticamente en signos secretos, arcanos y enigmáticos al igual que una piedra Rosetta la cual debemos desentrañar. La escritora Estela Canto que tuvo con él un larga e íntima relación dice que «sus obras eran trozos vivos de su alma, señales que él nos hacía para que lo comprendiéramos. Su pudor las adornaba y las dificultaba: presentaba una máscara, esperando que alguien se diera cuenta de que, detrás, había una cara verdadera, humana y sufriente».
Yo he llegado a la conclusión de que su vida es una línea zigzagueante que podríamos comparar con la de un electrocardiograma; y que en ella, en sus inflexiones, en sus continuas modulaciones se refleja enteramente su obra: sus puntos altos, sus descensos súbitos, sus lentos declives y sus altibajos nos retratan sus temporales seducciones, sus constantes congojas y sus mudables obnubilaciones que han ido quedando lentamente esculpidas mediante su menuda letra en el papel. 
      Y ya que hablamos de electrocardiogramas hablemos también de radiografías. La de Borges permanece clavada en una confluencia de cuatro o cinco contingencias que le asediaron toda su vida: una congénita, presagiada y progresiva ceguera; una gran timidez junto con un desolador temor y desamparo; tenaces insomnios y desgarradoras pesadillas; y un posible «conflicto de identificación y de rivalidad con el padre» (1). Además, ininterrumpidos y pudorosos enamoramientos compulsivos en los que siempre  le repele la carnalidad y en los que idealiza a la mujer y la funde con heroínas literarias; y, finalmente, la relación con «madre», como él la llamaba. «El vínculo que ligaba a madre e hijo era sobrenaturalmente fuerte (...) esa era la mujer con la que había vivido su vida» (2). ¡Un vínculo que le duró cerca de cuatro décadas tras la muerte del padre!; cuando doña Leonor falleció él ya tenía setenta y seis años.
Probablemente fueron todas estas las razones que a veces le llevaron a desear y a intentar el suicidio. Una pista: cuando «madre» ha muerto, tan sólo días después, escribe el poema titulado "El arrepentimiento":

«He cometido el peor de los pecados
que un hombre pueda cometer. No he sido
feliz. Que los glaciares del olvido
me arrastren y me pierdan despiadados.
                                           .......................
                                               .......................                
Me legaron valor. No fui valiente.
No me abandona. Siempre está a mi lado
la sombra de haber sido un desdichado»

Es curioso; acerca de su presumible falta de valor ante la vida hizo varias alusiones: «Se heredan muchas cosas (la ceguera, por ejemplo) pero no se hereda el valor»; «una falta de valor que lo había perseguido a través de la vida; temor a verse sujeto al juicio de otros: antepasados, madre, padre, mujeres que amó» (2). Y, sin embargo, yo me atrevo a decir que sí tuvo un especial valor puesto que como cita Williamson «durante la mayor parte de su vida trabajó en la oscuridad».

    Me explicaré: ¿Cómo es entendible que aquel Borges que se ha educado en el corazón de Europa y ha viajado después dos veces a ella, alguien dotado de una prodigiosa memoria que conoce el inglés desde su infancia gracias a su abuela paterna que era británica, y que ha traducido a Wilde antes de cumplir los diez años, que ha sido destinado por su padre cuando adolescente para ser escritor y que sintoniza con el mundo literario nórdico y anglosajón, decida permanecer «justo en el centro de ninguna parte» primero con un empleo en un vespertino «amarillo», después sobreviviendo como un humilde «segundo asistente» de una biblioteca municipal y al tiempo dando clases particulares y ofreciendo sus charlas en modestos círculos literarios a pesar de su tartamudez —por supuesto que siempre escribiendo y perdiendo su vista— y viviendo con su madre en un minúsculo piso hasta que a los sesenta y tantos años le llega el éxito pleno? ¿Cobardía de no abandonar todo aquello?, ¿miedo a romper amarras y lanzarse al mundo como por ejemplo lo hicieron Joyce, Miller o Conrad?
    ¿O quizás fue valentía?, ¿la de de enfrentarse a la miseria que la vida le ofrecía para hacer de ella «cosas eternas o que aspiren a serlo»? Hoy podríamos decir que sin el deplorable empleo desempeñado en aquella biblioteca —«la biblioteca de Babel»; sin sus frecuentes visitas al zoológico a observar a aquel tigre de Bengala rayado de amarillo dando vueltas en su jaula —«el oro de los tigres»; sin sus interminables y laberínticas caminatas resistiéndose a regresar a su casa —«fervor de Buenos Aires»; sin sus incontables sesiones de cine de barrio con tanta casta heroína y galán pudoroso..., no hubiéramos entrado en ese universo secreto que él nos trató de descubrir.

¡Desconcertante Borges! ¡Intemporal Borges! En La Biblioteca de Babel dice que «La certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma». No conozco fielmente el significado de esta última palabra, no está en el diccionario; supongo que «afantasmar» será sinónima de «aterrar».
     En cualquier caso Borges se equivocaba. Precisamente se podría asegurar que todavía no estaba todo escrito. En el puzzle de la literatura universal de todos los tiempos faltaba por colocar la última pieza clave: su personal y original obra.

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(1) Vázquez, María Esther: Borges. Esplendor y derrota
(2) Williamson, Edwin: Borges. Una vida




jueves, 24 de noviembre de 2011

Día Treinta y siete: ¡El estilo! Pero ¿qué cosa es el estilo?


     «...y llegó a escribir y publicar más de cincuenta volúmenes (...) pero no tenía estilo; nunca lo tuvo». Así terminaba el último párrafo de una semblanza biográfica relativa a un escritor sobre el cual leía yo hace unas semanas.
¿Que qué cosa es el estilo? Al día de hoy confieso que no lo sé —pero lo intuyo. Primero de todo he de decir que puede que tenga recogidas en mi macuto cerca de medio centenar de ideas, reflexiones y asertos sobre el estilo expresadas por gentes que sabían del tema y..., no hay un acuerdo común y posible; es más: a veces se trata de opiniones contradictorias. Pero que nadie se asuste porque no las voy a transcribir.
Podría pensarse que el estilo en la escritura es lo que cada uno quiere que sea; sin embargo, para los que han opinado sobre él, el estilo es algo muy personal y muy diferente. Que «el estilo es el carácter» (Gibbon) o «el estilo es el hombre mismo» (Buffon) es la más común acepción. Prestemos atención a lo que dejó escrito Schopenhauer:
«Ninguna cualidad literaria, como, por ejemplo, la fuerza de convicción, la riqueza imaginativa, las dotes de comparación, el atrevimiento, la amargura, la brevedad, la gracia, la ligereza expresiva, el ingenio, el contraste sorprendente, el laconismo, la ingenuidad, etc., puede ser adquirida a base de leer al escritor que la posee». Reparemos, por favor, en que no ha citado la palabra estilo; mas indudablemente, si ninguna de esas cualidades —una docena— puede ser adquirida leyendo a autor alguno quiere ello decir que son personalísimas, que pertenecen intrínsecamente a la naturaleza del escritor y que le han llegado con sus genes. Por eso me gusta mucho aquello de Ortega y Gasset que armoniza con lo dicho por Schopenhauer:
«Quienes afectan desdeñar la forma literaria ignoran hasta que punto es una misma cosa con nuestra facultad de pensar y de sentir. El estilo no es consecuencia de una elección. No se escribe como se quiere, sino como se puede. Es decir, se escribe como se es, como se piensa y como se siente».
Y entonces, las dos sentencias unidas nos caen como un mazazo en la nuca. No podemos elegir nuestro estilo, ni siquiera podemos ser capaces de copiar el estilo de alguien que nos seduce escribiendo. Tenemos que aceptar esto y resignarnos; tenemos que saber que si «a escribir se aprende escribiendo» tal como se suele decir, el estilo no se podrá adquirir jamás; hemos nacido con él o hemos nacido sin estilo alguno:
«...la obra mejor escrita, adornada de retratos que se ajustan a sus modelos, llena de mil otras perfecciones, está muerta al nacer si carece de estilo. El estilo, y los hay de mil tipos, no se aprende; es el don del cielo, es el talento». «El escritor original no es el que no imita a nadie, sino aquel a quien nadie puede imitar»; Chateaubriand.
Y ello nos hunde aún más en una profunda depresión al ponernos de manifiesto nuestra incapacidad para conseguir de alguna forma ese don recibido por los elegidos. Pero además ellos fueron mesurados en el uso de las metáforas, evitaron las anfibologías y los solecismos, salvaron las cacofonías y las aliteraciones, no abusaron de los pleonasmos ni se permitieron tautologías y estuvieron muy atentos a que no se les colara ni un solo hipérbaton.

Hace ya algún tiempo que entre las publicaciones dominicales de un periódico llegué a encontrarme con un reportaje en el que se hablaba de un autor de los hoy conocidos como escritores de «suspense legal». Se trataba de John Grisham, el cual llevaba vendidos entonces más de doscientos cincuenta millones de ejemplares en los últimos quince años. Entre otras cosas decía: «Sé que lo que yo hago no es literatura sino entretenimiento de calidad», y continuaba: «La alta literatura exige dedicar mucho tiempo a indagar en las profundidades del espíritu humano, sondeando el carácter de la gente, prestando atención a las relaciones humanas. El argumento no es tan importante. Sí es importante conseguir transmitir un sentimiento del espacio local, del entorno, del paisaje. Yo sé que lo que yo hago no es literatura. Para mí, el elemento esencial de la ficción es el argumento. Mi objetivo es conseguir que el lector se sienta impelido a pasar las páginas a toda velocidad». Confesaba que le obligaron en el colegio a leer libros de literatura clásica y reconocía abiertamente que no le gustaron demasiado: «No entendía por qué decían que eran tan buenos». Acerca de Faulkner explicaba que en su juventud disfrutó moderadamente alguno de sus libros, «pero lo normal era que me resultara imposible pasar de la página diez».
Hemos llegado a una encrucijada: estilo, entretenimiento, ficción, argumento. Se puede escribir una obra y llegar a vender muchos ejemplares de la misma si su objetivo es entretener, si se trata de ficción y si tiene un buen argumento; y ello aunque su autor no haya sido bendecido con un gran estilo literario.

     Axel Munthe, un médico sueco de notable fama internacional, cierto día se propuso escribir un libro en parte autobiográfico al que tituló La historia de San Michele que vio la luz en 1929. Fue una obra de enorme éxito mundial que gozó de una vasta difusión al ser traducido al menos a cuarenta y cinco idiomas. Tras esa lograda gran fama universal Munthe publicó Lo que no conté en la historia de San Michele, el cual resultó ser un tremendo fracaso.
Manuel Fernández y González fue un autor tan prolífico que además de poesías y obras teatrales publicó unas trescientas novelas con las que consiguió popularidad y dinero en la España del siglo diecinueve. Tanto en el campo escénico como en el de la novela cultivó sobre todo el tema histórico, aunque también el aventurero, y en cuanto a la poesía brilló en la lírica. Su desordenada conducta y el nivel de liberalidad y la dilapidación que imprimió a su modo de vida lo llevaron a la miseria. La crítica reconoció que pudo haber formado parte del elenco de los grandes si se hubiera conducido con moderación.
Corín Tellado era el seudónimo de una escritora de novelas románticas breves, fallecida no hace mucho tiempo, de la que se ha dicho que posiblemente llegó a ser la más leída después de Cervantes. Realmente es un fenómeno curioso el de esta mujer que dejó escritas unas cuatro mil obras menores —para un público femenino poco formado que buscaba la ensoñación— y que llegó a vender durante su vida más de cuatrocientos millones de ejemplares sin brillar en el mundo de las letras. A pesar de su reconocida falta de elevado valor literario, Vargas Llosa puso algún interés en este fenómeno.
Alonso de Madrigal, conocido como el Tostado, en sus mejores tiempos solía escribir un libro al mes —ello sucedía en el siglo XV. Hasta no hace mucho tiempo era corriente oír quejarse a las mecanógrafas diciendo que escribían más que el Tostado. Teólogo y escriturista español, proverbial por la fecundidad de su pluma, compuso en veintiún volúmenes unos Comentarios a todos los libros de la Sagradas Escrituras, eso además de otras obras literarias.

Decía Marañón: «Cuando contemplo tantos y tantos miles de volúmenes, que, al parecer, no ha leído nunca nadie, en las bibliotecas —cementerios solemnes— o en el osario informe de los puestos de libros viejos, jamás, jamás pienso que sus autores, sin fama, perdieron el tiempo al escribirlos. El que "cualquiera hubiera podido leerlos" ha bastado para aliviar el alma de muchos autores insignificantes».
Para finalizar, y como contrapunto a todo lo anterior, diremos que todo lo que en su vida escribió el universal Jorge Luis Borges al que tantas veces hemos citado aquí, sus obras completas, caben en tan sólo dos únicos volúmenes. Y ello a pesar de su dilatada vida y excepcional trayectoria literaria.

Pero de este singular escritor merece la pena que nos ocupemos el próximo día.


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jueves, 17 de noviembre de 2011

Día Treinta y seis: Nietzsche y Wilde y "The Impossible Dream"

Seguro que si alguien se atreviera a decirnos: «¡La cantidad de afinidades existentes entre Wilde y Nietzsche!» nos echaríamos a reír; pensaríamos que se trata de un loco o que no sabe nada de tales personajes. Es por ello que... —primero de todo me disculpo si es que estuviera equivocado— me permito invitar al lector curioso a que me siga antes de abandonar a Wilde.
¿Qué pueden tener en común estos dos escritores? ¡Es sorprendente! Se diría que en lo más íntimo les unen mayor número de matices que aquellos que los separan. A mí, en primer lugar, me gusta imaginarlos en su época —que es una misma— y en un idéntico territorio que es la Europa de la segunda mitad del siglo diecinueve. Por ella transitan Nietzsche y Wilde ensimismados en un mismo tema: aquella cultura griega hedonista y pagana que el mundo llegó a perder. Es su tragedia, y recuperarla es su norte, su ideal, su lucha y su sueño imposible. «¡Oh, aquellos griegos! Sabían lo que es vivir». Cada uno lo lamenta a su manera y cada uno lo predica con su particular estilo. Cómo regresar a aquel edén, cómo invertir los valores morales de su tiempo, liberar «todo lo que hasta hoy se ha venido prohibiendo, despreciando y maldiciendo». Lo que ambos pretenden es que para el arte y la belleza no exista moral alguna, anhelan «el retorno del espíritu griego», quieren que se comprenda «lo que fue el fenómeno dionisíaco entre los griegos». «Lo que yo llamé dionisíaco (...) es la afirmación de la vida»; «yo soy el primer inmoralista» proclama Nietzsche.
Las coincidencias tienen comienzo cuando ambos empiezan a estudiar filología clásica en sus respectivas universidades; continúan cuando salen de allí seducidos por aquella cultura y se prolongan a lo largo de su existencia pretendiendo que el dios Dionisos, con su corona de hiedra y su cuerno de vino en la mano, vuelva a bailar al son de la flauta entre los faunos, sátiros, ninfas y bacantes. «Mi filosofía triunfará un día sobre este lema: "Nos arrojamos en brazos de lo prohibido"» aseguraba Nietzsche mientras Wilde lo estaba ya haciendo.
Si hablamos de estética (aquello que para Wilde era primordial y reconocía por encima de la ética) Nietzsche no duda en asegurar que en su obra El origen de la tragedia «los valores estéticos son los únicos valores reconocidos».
¡Qué casualidad que Nietzsche afirme que «El artista de verdad no tiene en Europa más patria que París», y que Wilde exclame «Soy francés de corazón». Aún más: ¿no es sorpresivo que asegure el primero: «Sólo creo en la cultura francesa» y que Wilde le replique «No hay literatura moderna fuera de Francia»? Aunque eso sí: Nietzsche admira a Stendhal y Wilde a Baudelaire.
Pero existen más puntos en común: no sólo cultivan prosa aforística y ensayística, sino que criticando cada uno a su manera aquella sociedad decadente —uno lo hacía escribiendo teatro y otro filosofía— los dos nos dejaron poesía, prosa rítmica y estrofas rimadas. Es más: en Nietzsche «el lenguaje filosófico se aleja de la demostración matemática para acercarse a la poesía»(1). Sin embargo, para ser totalmente precisos les separan dos cosas: Wilde, protestante, no dejó durante toda su vida de acariciar la idea de hacerse católico; Nietzsche abominó durante toda la suya del cristianismo.
El último día hablamos de la misoginia helénica de Wilde y citábamos algunas «lindezas» dedicadas a la mujer. Nietzsche no se buscó un «erómeno» como hizo Wilde, pero he aquí otros comentarios suyos sobre la mujer que salpican varias de sus obras; comparémoslas con aquellas:
«La mujer es vengativa; ello viene determinado por el hecho de su debilidad»; «La mujer perfecta desgarra cuando ama»; «La mujer necesita hijos; el hombre no es para ella más que un medio»; «¿Vas con mujeres?, no te olvides del látigo»; «El carácter distintivo del hombre es la voluntad, el de la mujer, la sumisión —¡esa es la verdadera ley de los sexos!»; «Un hombre que ama a una mujer se convierte en esclavo»; «Acá y allá se quiere hacer de las mujeres librepensadores y literatos: como si una mujer sin piedad no fuera, para un hombre profundo y ateo, algo completamente repugnante o ridículo...».
Y ahora me pregunto: ¿no parece imposible imaginarse a cada uno de estos dos «Quijotes» los cuales están enamorados de una misma «Dulcinea» —aquel sueño imposible: la Grecia clásica— no parece imposible imaginarlos, digo, en un estilo de vida tan distinto como el que llevaron? Wilde dijo que su genio lo había puesto en su vida y el talento en su obra, y de Nietzsche se podría decir lo opuesto. Observemos a Nietzsche:
Es un solitario; su única compañía es la soledad. Ha procurado huir siempre de las multitudes; en la pensión o en el hotel exige comer solo y antes de que lo hagan los demás huéspedes; generalmente cena y desayuna en su habitación preparándose él mismo sus potingues. Descuidado en el vestir —lo hace desaliñadamente aunque no con prendas raídas— allá va con sus enormes mostachos desbordados y con su libreta en un bolsillo en busca de ideas para sus libros.
Lo hace en el verano en los Alpes suizos y durante el invierno al lado del Mediterráneo. En aquellos —por ejemplo en los alrededores de St. Moritz y Sils Maria— llega a andar hasta siete u ocho horas diarias por senderos entre montañas. A seis mil pies de altura, «por encima del hombre y del tiempo» bordeando el lago de Silvaplana y junto a «una roca formidable que se alza en forma de pirámide» se le ocurre la idea del Zaratustra, Al borde del abismo del torrente Fex durante su estancia en Sils Maria concibe La genealogía de la moral.
     Ahora es invierno y camina a lo largo del Po o por la bahía de Rapallo o la de Santa Margherita hasta el promontorio de Portofino; Humano, demasiado humano fue redactado en Sorrento; todas las frases de Aurora están «pescadas en ese conjunto caótico de rocas que hay cerca de Génova, en el que me encontraba a solas, confiando mis secretos al mar».
Y, mientras tanto, ¿cómo se conduce Wilde? Wilde detesta la soledad; frecuenta los ambientes elegantes donde hace gala de su conversación, donde la aristocracia y los adinerados suelen codearse con los actores y artistas de moda. Allí está Sarah Bernhardt entonces en su esplendor; lugares donde puede tomar nota mental para sus obras teatrales de los vicios, la falsedad y la hipocresía de aquella sociedad a la que desprecia. No es extraño que en sus obras habitualmente figure un aristócrata.
Dentro de lo que él considera la más pura estética Wilde viste muy cuidadamente, aunque resulte en aquellos tiempos un atuendo algo estrambótico. Con sus zapatos de hebilla, su chaqueta ribeteada, sus calcetines largos y su calzón corto, todo ello complementado con una corbata llamativa y un girasol o un lirio en la solapa se mueve en los salones a veces a costa de haber tenido que hacer un gasto, un obsequio: «Para tener hoy acceso a lo mejor de la sociedad, a la gente hay que echarle de comer, divertirla o escandalizarla».
Wilde además bebe y trasnocha; épocas hay en las que se levanta después de las dos o las tres de la tarde tras haber frecuentado hasta altas horas de la madrugada lugares prohibidos con especiales reservados.
¿Pueden existir mayores diferencias en sus conductas? Pensamos que no. Posiblemente Nietzsche fue exclusivamente el teórico de aquella cultura griega y Wilde el que además pretendió ponerla en práctica.
Se llevaban cabalmente diez años y unas horas, y tras enormes tragedias ambos fallecieron en 1890.
 
«Se paga caro ser inmortal. (...) Existe algo a lo que yo llamo rencor de lo grande: todo lo grande —una obra, una acción— se vuelve, una vez acabada, contra quien la hizo». Nietzsche.
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(1) López Castellón; Estudio Preliminar a Ecce Homo