jueves, 24 de noviembre de 2011

Día Treinta y siete: ¡El estilo! Pero ¿qué cosa es el estilo?


     «...y llegó a escribir y publicar más de cincuenta volúmenes (...) pero no tenía estilo; nunca lo tuvo». Así terminaba el último párrafo de una semblanza biográfica relativa a un escritor sobre el cual leía yo hace unas semanas.
¿Que qué cosa es el estilo? Al día de hoy confieso que no lo sé —pero lo intuyo. Primero de todo he de decir que puede que tenga recogidas en mi macuto cerca de medio centenar de ideas, reflexiones y asertos sobre el estilo expresadas por gentes que sabían del tema y..., no hay un acuerdo común y posible; es más: a veces se trata de opiniones contradictorias. Pero que nadie se asuste porque no las voy a transcribir.
Podría pensarse que el estilo en la escritura es lo que cada uno quiere que sea; sin embargo, para los que han opinado sobre él, el estilo es algo muy personal y muy diferente. Que «el estilo es el carácter» (Gibbon) o «el estilo es el hombre mismo» (Buffon) es la más común acepción. Prestemos atención a lo que dejó escrito Schopenhauer:
«Ninguna cualidad literaria, como, por ejemplo, la fuerza de convicción, la riqueza imaginativa, las dotes de comparación, el atrevimiento, la amargura, la brevedad, la gracia, la ligereza expresiva, el ingenio, el contraste sorprendente, el laconismo, la ingenuidad, etc., puede ser adquirida a base de leer al escritor que la posee». Reparemos, por favor, en que no ha citado la palabra estilo; mas indudablemente, si ninguna de esas cualidades —una docena— puede ser adquirida leyendo a autor alguno quiere ello decir que son personalísimas, que pertenecen intrínsecamente a la naturaleza del escritor y que le han llegado con sus genes. Por eso me gusta mucho aquello de Ortega y Gasset que armoniza con lo dicho por Schopenhauer:
«Quienes afectan desdeñar la forma literaria ignoran hasta que punto es una misma cosa con nuestra facultad de pensar y de sentir. El estilo no es consecuencia de una elección. No se escribe como se quiere, sino como se puede. Es decir, se escribe como se es, como se piensa y como se siente».
Y entonces, las dos sentencias unidas nos caen como un mazazo en la nuca. No podemos elegir nuestro estilo, ni siquiera podemos ser capaces de copiar el estilo de alguien que nos seduce escribiendo. Tenemos que aceptar esto y resignarnos; tenemos que saber que si «a escribir se aprende escribiendo» tal como se suele decir, el estilo no se podrá adquirir jamás; hemos nacido con él o hemos nacido sin estilo alguno:
«...la obra mejor escrita, adornada de retratos que se ajustan a sus modelos, llena de mil otras perfecciones, está muerta al nacer si carece de estilo. El estilo, y los hay de mil tipos, no se aprende; es el don del cielo, es el talento». «El escritor original no es el que no imita a nadie, sino aquel a quien nadie puede imitar»; Chateaubriand.
Y ello nos hunde aún más en una profunda depresión al ponernos de manifiesto nuestra incapacidad para conseguir de alguna forma ese don recibido por los elegidos. Pero además ellos fueron mesurados en el uso de las metáforas, evitaron las anfibologías y los solecismos, salvaron las cacofonías y las aliteraciones, no abusaron de los pleonasmos ni se permitieron tautologías y estuvieron muy atentos a que no se les colara ni un solo hipérbaton.

Hace ya algún tiempo que entre las publicaciones dominicales de un periódico llegué a encontrarme con un reportaje en el que se hablaba de un autor de los hoy conocidos como escritores de «suspense legal». Se trataba de John Grisham, el cual llevaba vendidos entonces más de doscientos cincuenta millones de ejemplares en los últimos quince años. Entre otras cosas decía: «Sé que lo que yo hago no es literatura sino entretenimiento de calidad», y continuaba: «La alta literatura exige dedicar mucho tiempo a indagar en las profundidades del espíritu humano, sondeando el carácter de la gente, prestando atención a las relaciones humanas. El argumento no es tan importante. Sí es importante conseguir transmitir un sentimiento del espacio local, del entorno, del paisaje. Yo sé que lo que yo hago no es literatura. Para mí, el elemento esencial de la ficción es el argumento. Mi objetivo es conseguir que el lector se sienta impelido a pasar las páginas a toda velocidad». Confesaba que le obligaron en el colegio a leer libros de literatura clásica y reconocía abiertamente que no le gustaron demasiado: «No entendía por qué decían que eran tan buenos». Acerca de Faulkner explicaba que en su juventud disfrutó moderadamente alguno de sus libros, «pero lo normal era que me resultara imposible pasar de la página diez».
Hemos llegado a una encrucijada: estilo, entretenimiento, ficción, argumento. Se puede escribir una obra y llegar a vender muchos ejemplares de la misma si su objetivo es entretener, si se trata de ficción y si tiene un buen argumento; y ello aunque su autor no haya sido bendecido con un gran estilo literario.

     Axel Munthe, un médico sueco de notable fama internacional, cierto día se propuso escribir un libro en parte autobiográfico al que tituló La historia de San Michele que vio la luz en 1929. Fue una obra de enorme éxito mundial que gozó de una vasta difusión al ser traducido al menos a cuarenta y cinco idiomas. Tras esa lograda gran fama universal Munthe publicó Lo que no conté en la historia de San Michele, el cual resultó ser un tremendo fracaso.
Manuel Fernández y González fue un autor tan prolífico que además de poesías y obras teatrales publicó unas trescientas novelas con las que consiguió popularidad y dinero en la España del siglo diecinueve. Tanto en el campo escénico como en el de la novela cultivó sobre todo el tema histórico, aunque también el aventurero, y en cuanto a la poesía brilló en la lírica. Su desordenada conducta y el nivel de liberalidad y la dilapidación que imprimió a su modo de vida lo llevaron a la miseria. La crítica reconoció que pudo haber formado parte del elenco de los grandes si se hubiera conducido con moderación.
Corín Tellado era el seudónimo de una escritora de novelas románticas breves, fallecida no hace mucho tiempo, de la que se ha dicho que posiblemente llegó a ser la más leída después de Cervantes. Realmente es un fenómeno curioso el de esta mujer que dejó escritas unas cuatro mil obras menores —para un público femenino poco formado que buscaba la ensoñación— y que llegó a vender durante su vida más de cuatrocientos millones de ejemplares sin brillar en el mundo de las letras. A pesar de su reconocida falta de elevado valor literario, Vargas Llosa puso algún interés en este fenómeno.
Alonso de Madrigal, conocido como el Tostado, en sus mejores tiempos solía escribir un libro al mes —ello sucedía en el siglo XV. Hasta no hace mucho tiempo era corriente oír quejarse a las mecanógrafas diciendo que escribían más que el Tostado. Teólogo y escriturista español, proverbial por la fecundidad de su pluma, compuso en veintiún volúmenes unos Comentarios a todos los libros de la Sagradas Escrituras, eso además de otras obras literarias.

Decía Marañón: «Cuando contemplo tantos y tantos miles de volúmenes, que, al parecer, no ha leído nunca nadie, en las bibliotecas —cementerios solemnes— o en el osario informe de los puestos de libros viejos, jamás, jamás pienso que sus autores, sin fama, perdieron el tiempo al escribirlos. El que "cualquiera hubiera podido leerlos" ha bastado para aliviar el alma de muchos autores insignificantes».
Para finalizar, y como contrapunto a todo lo anterior, diremos que todo lo que en su vida escribió el universal Jorge Luis Borges al que tantas veces hemos citado aquí, sus obras completas, caben en tan sólo dos únicos volúmenes. Y ello a pesar de su dilatada vida y excepcional trayectoria literaria.

Pero de este singular escritor merece la pena que nos ocupemos el próximo día.


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jueves, 17 de noviembre de 2011

Día Treinta y seis: Nietzsche y Wilde y "The Impossible Dream"

Seguro que si alguien se atreviera a decirnos: «¡La cantidad de afinidades existentes entre Wilde y Nietzsche!» nos echaríamos a reír; pensaríamos que se trata de un loco o que no sabe nada de tales personajes. Es por ello que... —primero de todo me disculpo si es que estuviera equivocado— me permito invitar al lector curioso a que me siga antes de abandonar a Wilde.
¿Qué pueden tener en común estos dos escritores? ¡Es sorprendente! Se diría que en lo más íntimo les unen mayor número de matices que aquellos que los separan. A mí, en primer lugar, me gusta imaginarlos en su época —que es una misma— y en un idéntico territorio que es la Europa de la segunda mitad del siglo diecinueve. Por ella transitan Nietzsche y Wilde ensimismados en un mismo tema: aquella cultura griega hedonista y pagana que el mundo llegó a perder. Es su tragedia, y recuperarla es su norte, su ideal, su lucha y su sueño imposible. «¡Oh, aquellos griegos! Sabían lo que es vivir». Cada uno lo lamenta a su manera y cada uno lo predica con su particular estilo. Cómo regresar a aquel edén, cómo invertir los valores morales de su tiempo, liberar «todo lo que hasta hoy se ha venido prohibiendo, despreciando y maldiciendo». Lo que ambos pretenden es que para el arte y la belleza no exista moral alguna, anhelan «el retorno del espíritu griego», quieren que se comprenda «lo que fue el fenómeno dionisíaco entre los griegos». «Lo que yo llamé dionisíaco (...) es la afirmación de la vida»; «yo soy el primer inmoralista» proclama Nietzsche.
Las coincidencias tienen comienzo cuando ambos empiezan a estudiar filología clásica en sus respectivas universidades; continúan cuando salen de allí seducidos por aquella cultura y se prolongan a lo largo de su existencia pretendiendo que el dios Dionisos, con su corona de hiedra y su cuerno de vino en la mano, vuelva a bailar al son de la flauta entre los faunos, sátiros, ninfas y bacantes. «Mi filosofía triunfará un día sobre este lema: "Nos arrojamos en brazos de lo prohibido"» aseguraba Nietzsche mientras Wilde lo estaba ya haciendo.
Si hablamos de estética (aquello que para Wilde era primordial y reconocía por encima de la ética) Nietzsche no duda en asegurar que en su obra El origen de la tragedia «los valores estéticos son los únicos valores reconocidos».
¡Qué casualidad que Nietzsche afirme que «El artista de verdad no tiene en Europa más patria que París», y que Wilde exclame «Soy francés de corazón». Aún más: ¿no es sorpresivo que asegure el primero: «Sólo creo en la cultura francesa» y que Wilde le replique «No hay literatura moderna fuera de Francia»? Aunque eso sí: Nietzsche admira a Stendhal y Wilde a Baudelaire.
Pero existen más puntos en común: no sólo cultivan prosa aforística y ensayística, sino que criticando cada uno a su manera aquella sociedad decadente —uno lo hacía escribiendo teatro y otro filosofía— los dos nos dejaron poesía, prosa rítmica y estrofas rimadas. Es más: en Nietzsche «el lenguaje filosófico se aleja de la demostración matemática para acercarse a la poesía»(1). Sin embargo, para ser totalmente precisos les separan dos cosas: Wilde, protestante, no dejó durante toda su vida de acariciar la idea de hacerse católico; Nietzsche abominó durante toda la suya del cristianismo.
El último día hablamos de la misoginia helénica de Wilde y citábamos algunas «lindezas» dedicadas a la mujer. Nietzsche no se buscó un «erómeno» como hizo Wilde, pero he aquí otros comentarios suyos sobre la mujer que salpican varias de sus obras; comparémoslas con aquellas:
«La mujer es vengativa; ello viene determinado por el hecho de su debilidad»; «La mujer perfecta desgarra cuando ama»; «La mujer necesita hijos; el hombre no es para ella más que un medio»; «¿Vas con mujeres?, no te olvides del látigo»; «El carácter distintivo del hombre es la voluntad, el de la mujer, la sumisión —¡esa es la verdadera ley de los sexos!»; «Un hombre que ama a una mujer se convierte en esclavo»; «Acá y allá se quiere hacer de las mujeres librepensadores y literatos: como si una mujer sin piedad no fuera, para un hombre profundo y ateo, algo completamente repugnante o ridículo...».
Y ahora me pregunto: ¿no parece imposible imaginarse a cada uno de estos dos «Quijotes» los cuales están enamorados de una misma «Dulcinea» —aquel sueño imposible: la Grecia clásica— no parece imposible imaginarlos, digo, en un estilo de vida tan distinto como el que llevaron? Wilde dijo que su genio lo había puesto en su vida y el talento en su obra, y de Nietzsche se podría decir lo opuesto. Observemos a Nietzsche:
Es un solitario; su única compañía es la soledad. Ha procurado huir siempre de las multitudes; en la pensión o en el hotel exige comer solo y antes de que lo hagan los demás huéspedes; generalmente cena y desayuna en su habitación preparándose él mismo sus potingues. Descuidado en el vestir —lo hace desaliñadamente aunque no con prendas raídas— allá va con sus enormes mostachos desbordados y con su libreta en un bolsillo en busca de ideas para sus libros.
Lo hace en el verano en los Alpes suizos y durante el invierno al lado del Mediterráneo. En aquellos —por ejemplo en los alrededores de St. Moritz y Sils Maria— llega a andar hasta siete u ocho horas diarias por senderos entre montañas. A seis mil pies de altura, «por encima del hombre y del tiempo» bordeando el lago de Silvaplana y junto a «una roca formidable que se alza en forma de pirámide» se le ocurre la idea del Zaratustra, Al borde del abismo del torrente Fex durante su estancia en Sils Maria concibe La genealogía de la moral.
     Ahora es invierno y camina a lo largo del Po o por la bahía de Rapallo o la de Santa Margherita hasta el promontorio de Portofino; Humano, demasiado humano fue redactado en Sorrento; todas las frases de Aurora están «pescadas en ese conjunto caótico de rocas que hay cerca de Génova, en el que me encontraba a solas, confiando mis secretos al mar».
Y, mientras tanto, ¿cómo se conduce Wilde? Wilde detesta la soledad; frecuenta los ambientes elegantes donde hace gala de su conversación, donde la aristocracia y los adinerados suelen codearse con los actores y artistas de moda. Allí está Sarah Bernhardt entonces en su esplendor; lugares donde puede tomar nota mental para sus obras teatrales de los vicios, la falsedad y la hipocresía de aquella sociedad a la que desprecia. No es extraño que en sus obras habitualmente figure un aristócrata.
Dentro de lo que él considera la más pura estética Wilde viste muy cuidadamente, aunque resulte en aquellos tiempos un atuendo algo estrambótico. Con sus zapatos de hebilla, su chaqueta ribeteada, sus calcetines largos y su calzón corto, todo ello complementado con una corbata llamativa y un girasol o un lirio en la solapa se mueve en los salones a veces a costa de haber tenido que hacer un gasto, un obsequio: «Para tener hoy acceso a lo mejor de la sociedad, a la gente hay que echarle de comer, divertirla o escandalizarla».
Wilde además bebe y trasnocha; épocas hay en las que se levanta después de las dos o las tres de la tarde tras haber frecuentado hasta altas horas de la madrugada lugares prohibidos con especiales reservados.
¿Pueden existir mayores diferencias en sus conductas? Pensamos que no. Posiblemente Nietzsche fue exclusivamente el teórico de aquella cultura griega y Wilde el que además pretendió ponerla en práctica.
Se llevaban cabalmente diez años y unas horas, y tras enormes tragedias ambos fallecieron en 1890.
 
«Se paga caro ser inmortal. (...) Existe algo a lo que yo llamo rencor de lo grande: todo lo grande —una obra, una acción— se vuelve, una vez acabada, contra quien la hizo». Nietzsche.
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(1) López Castellón; Estudio Preliminar a Ecce Homo

lunes, 7 de noviembre de 2011

Día Treinta y cinco: Algo más sobre Wilde

No sé exactamente donde leí la frase siguiente como atribuida a Oscar Wilde: «Le debemos a los griegos la modernidad de nuestros días». Sea suya o no, es acertada si tenemos en cuenta la tremenda oscuridad del Medievo. Lo triste sin embargo es que el pobre Wilde no conoció la nuestra, nuestra modernidad, y tuvo que resignarse con aquella de la época victoriana.
    Señala uno de sus biógrafos que «la postura de Wilde frente a las mujeres es tan enigmática como los motivos de su homosexualidad»(1). Y posiblemente tenga razón. Cuando leí El retrato de Dorian Gray anoté las siguientes citas respecto a la mujer:
—«Ninguna mujer es genial. Las mujeres son sexo decorativo. Nunca tienen nada que decir pero lo dicen con encanto. Las mujeres representan el triunfo de la materia sobre la mente...»
—«Las mujeres se defienden atacando, exactamente igual que atacan por repentinas y extrañas sumisiones»
—«Las mujeres nos tratan igual que la humanidad trata a sus dioses. Ellas nos adoran y nos están molestando siempre para que hagamos algo por ellas»
—«Cualquier cosa que ellas piden, nos la han dado antes a nosotros. Ellas crean el amor en nuestra naturaleza. Tienen derecho a pedir que se les devuelva»
—«Las mujeres, como algún francés agudo dijo una vez, nos inspiran con el deseo de hacer obras maestras...»
—«Las mujeres están mejor dotadas para soportar las penas que los hombres»
—«Las mujeres nunca saben cuándo cae el telón. Ellas siempre quieren un sexto acto, y tan pronto como el interés por la obra está totalmente acabado ellas proponen que continúe. Si se les permitiera hacerlo a su modo, cada comedia tendría un final trágico, y cada tragedia culminaría en una farsa»
—«Las mujeres aprecian la crueldad, la verdadera crueldad, más que cualquier otra cosa. Tienen instintos maravillosamente primitivos. Nosotros las hemos emancipado, pero siguen siendo esclavas buscando a sus señores»
     Sin duda que en algunas de ellas hay cierto grado de misoginia. No obstante sabemos que en aquella sociedad dionisíaca y pagana que él tanto anhelaba existía también cierto desprecio hacia la mujer.
     La mujer tenía en aquella Grecia clásica y aristocrática un papel secundario. Existía por parte del varón cierta susceptibilidad, un sentimiento de desconfianza y prevención hacia ella: la sexualidad de la mujer era un poder irresistible que podía arrastrar al hombre sin que tuviera forma de defenderse. No se trataba de machismo, era temor. Nos estamos refiriendo a un repudio basado en una supuesta perfidia de la mujer. Es notorio que apenas se habla de relaciones íntimas o de amor entre hombres y mujeres en la literatura griega. El matrimonio era una institución útil, no una fuente de placer. El mundo erótico entre la clase patricia se reserva al amor entre el erastés (un adulto protector, guía, educador) y el erómenos (un joven al que aquel dedica sus atenciones); esa confusa homosexualidad tan explícita en el Banquete de Platón.
     Sabemos que Wilde estuvo enamorado de algunas mujeres y las amó; sin duda alguna a su esposa. Pero «...me mataba de aburrimiento la vida matrimonial». Posiblemente arrostró que el vivir aquel ideal que para él era la antigua Grecia tenía que llevar consigo el amor a la belleza en todas sus formas: «En el mundo no hay absolutamente nada más que la juventud». «Yo quería probar los frutos de todos los árboles del jardín del mundo». «No hubo placer que yo no gozase. Arrojé la perla de mi alma en una copa de vino. Descendí al son de la flauta y me alimenté de miel».
   Tal vez aquella relación íntima con el joven aristócrata Lord Alfred Douglas («Douglas es griego y gracioso»)(1) que significó su final, fue parte de una apuesta por la vida hedonista y dionisíaca que él tanto anhelaba desde sus años de Oxford.

Pero volvamos de nuevo a su famosa novela o más bien dilatado relato fantástico: «Acabo de terminar mi primera historia larga y estoy agotado». Aunque en su gran fecundidad literaria esa obra no fuera lo más relevante (todos sabemos de sus reputadas creaciones escénicas, dramas y comedias; de sus relatos y cuentos; de sus ensayos y críticas) El retrato de Dorian Gray lo estigmatizó y lo lanzó a la fama posiblemente por dos notables razones: la conducta inmoral del protagonista y el posterior escándalo que él mismo sufrió. 
Antes de seguir me gustaría señalar que previamente a la publicación de su famosa obra Wilde ya había escrito otro «retrato», esta vez un ensayo. Llevaba por título The Portrait of Mr. W. H.; el de un joven de diecisiete años «de extraordinaria hermosura personal» con el que supuestamente Shakespeare pudo haber tenido relaciones amorosas. ¿No resulta curioso conocer que Wilde ya había escrito sobre un caso de pederastia griega localizado en la Inglaterra del siglo XVI?
     Concluyamos; comenzábamos la entrada anterior mencionando la relación del Fausto de Goethe con El retrato... de Wilde. El asunto del primero era sin duda un tema muy manido: el demonio tienta al hombre y se lleva su alma, la pierde para siempre. Desde la Bíblia con Adán (y la mujer junto a la serpiente), se va repitiendo el argumento hasta llegar a Melmoth, el protagonista de una novela escrita por un antepasado de Wilde titulada Melmoth, the Wanderer que fue publicada en 1820. Sin embargo, el distanciamiento con aquellos y por lo tanto la originalidad de El retrato de Dorian Gray puede que resida en que en esa obra no aparece ningún demonio haciendo tratos con un humano ni hay pérdida de alma alguna; simplemente sucede un extraño sortilegio debido al ansia inmensa de eterna juventud y de belleza por parte del protagonista.
     Wilde conocía por supuesto aquella obra de su antepasado. Cuando tras dos años de trabajos forzados sale de la cárcel y evita ser idenficado adopta para ello un nuevo nombre: Sebastian Melmoth. Y ahí Wilde revela de nuevo cierta conexión no sólo con el Fausto sino con el mundo de las relaciones homoeróticas, puesto que el nombre de ese santo: Sebastián, era ya en aquellos años considerado figura o icono del mundo homosexual.

«Yo nunca he buscado la felicidad. ¡Qué importa la felicidad! Yo he buscado el placer»

Jorge Luis Borges escribió: «Leyendo y releyendo, a lo largo de años, a Wilde, noto un hecho que sus panegiristas no parecen haber sospechado siquiera: el hecho comprobable y elemental de que Wilde, casi siempre, tiene razón. (...) A diferencia de otros escritores que tratan de parecer profundos, Wilde esencialmente lo era y trataba de parecer frívolo».
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(1) Funke, Peter: Wilde


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jueves, 27 de octubre de 2011

Día Treinta y cuatro: Entre lo dionisíaco y lo perverso; Wilde

"¿Quién no ha experimentado alguna vez que la lectura rápida de un libro, bajo cuya fascinación sucumbió, ha influido en su vida entera de modo decisivo, y que el efecto causado ha sido tan determinante que apenas permitía una segunda lectura y un análisis más serio?"
     Cuando el último día finalizábamos con Goethe, el súbito recuerdo de su famoso Fausto me suscitó la idea de hablar hoy de Wilde y de su novela El retrato de Dorian Gray. Pero en mi macuto tenía guardadas más citas de Goethe, una de ellas esta pregunta que él se había hecho, y, entonces, comprendí que había ya más razones para hablar de Oscar Wilde: especialmente de su vida y de su única novela.
     Y es el caso que en este escritor -que tantos admiradores y detractores ha tenido y aún sigue teniendo y de los cuales ha recibido las mayores alabanzas y las repulsas más profundas- se da la circunstancia de que posiblemente, al menos para él, su vida era más importante que su obra: "¿Quiere usted conocer en qué consiste la gran tragedia de mi vida? Pues en que he puesto mi genio en mi vida; sólo mi talento lo he puesto en mis obras". Esto es lo que le dijo a Gide.
     Pero volvamos a la pregunta del principio. Oscar Wilde podría responder a ella en un sentido afirmativo absoluto. Aunque en el decurso de su vida influyeran sin duda en ella innumerables factores, fue expresamente un libro editado en mayo de 1884 el que tuvo, desde aquellos mismos días en que lo leyó, un par de semanas después de su publicación, un influjo decisivo en su futuro y..., en su famosa novela.


     Sin embargo, antes de hablar de ese libro y del especial efecto que ejerció en los posteriores acontecimientos de su existencia, a fin de hacer todo ello más comprensible creo necesario pasar de rondón, aunque someramente, por los rasgos relevantes de su vida:
     Había nacido en Dublín  en 1854; estudió en Oxford y de allí salió Bachellor of Arts con veinticuatro años. Digamos que ha descollado en el estudio de las lenguas clásicas, pero ante todo ha sido  seducido por la primitiva cultura griega y está convencido de algo que uno de sus tutores -un helenista- le había inculcado: "Grecia no es el pasado, sino un ideal vivo"(1).
     Wilde, que ha visitado en dos ocasiones Grecia, incorpora lo dionisíaco a su vida, ama per se el arte y la belleza y superpone la estética a la ética. Se esfuerza al mismo tiempo en codearse con la aristocracia y con las esferas sociales más poderosas relacionándose en sus salones, para lo cual debe ser frívolo -además de culto que ya lo es- pero ante todo elegante, lúcido, dandy e ingenioso. "Al mundo le parezco -y esa es mi intención- nada más que un diletante y un dandy. (...) En una época tan vulgar como la nuestra todos necesitamos máscaras". No obstante a él, en lo más profundo, lo que le subyuga es el arte y la belleza: "Reconocer la hermosura en una cosa es el punto más delicado a que podemos llegar"; "El arte es escape a un mundo lejano"; "Sólo mediante el arte podemos llegar a ser perfectos..."; "...es fiel al principio de la belleza en todas las cosas, el que busca siempre impresiones nuevas".
     Teniendo en cuenta que su creación artística estaba estrechamente ligada, casi sometida a sus ambiciones sociales, Wilde, poeta y crítico de arte como él se presentaba, estaba ya poniendo más en su vida que en su obra. A los veintisiete años y pese a ello publica a su costa un primer libro de poemas, una antología revisada de todo lo que había escrito anteriormente; una poesía que cantaba ya los goces vitales del cuerpo y de los sentidos. A continuación escribe su primer drama teatral; pero siendo ya popular socialmente gracias a su excéntrica indumentaria, a sus alegatos en pro de la belleza y a su fama de esteta le es ofrecido realizar un oportuno viaje por los Estados Unidos dando conferencias sobre esteticismo. El éxito literario se le resistía desplazado por su deseo de brillar en sociedad.
     Tiene treinta años, estamos en 1884 cuando Wilde opta por el periodismo y se casa. En su viaje de novios, estando en París, adquiere libros recientemente publicados, y uno de los que se lleva al hotel es  À Rebours que ha aparecido unas semanas antes. Aquella novela "...resultaría una de las influencias más poderosas y venenosas sobre la futura vida de Wilde"(2). Considerado como el manual del decadentismo (predilección por las experiencias raras e inmorales, sutiles, artificiosas y prohibidas, recuperación de un ideal de belleza agotado, la exaltación de lo irracional) À Rebours llegó a ser para Valéry su "biblia y libro de cabecera"(2). Wilde reconocerá acerca del mismo: "Este último libro de Huysmans es uno de los mejores que he leído jamás". "A lo largo de los años siguientes le rondaría como una nube inquietantemente oscura o le acecharía en su interior como una sombra de su faceta más sombría"(2). "Estoy loco justo igual que Des Esseintes", (el protagonista de aquella novela).
     Tres años más tarde su vida da un giro copernicano. Dice adiós a su matrimonio y a los dos hijos habidos en el mismo y comienza su verdadera época creativa. Ahora más que nunca demandará independencia entre arte y moral y dará rienda suelta a su enaltecimiento de lo dionisíaco y lo pagano. En la cumbre de su fama llevará una peligrosa doble vida.
     En 1890 aparece publicado en trece capítulos en una revista El retrato de Dorian Gray; es el resultado de un relato que el editor de aquella revista le había solicitado. "Como todo escritor realmente singular, Wilde escribe siempre sobre sí mismo"(1); seis meses le llevó su redacción; fue su primera y única novela: La idea general, reconoció, se la había inspirado À Rebours. El personaje Dorian Gray estará inspirado en Des Esseintes, el protagonista de esa obra conocida en español como Al revés, A contrapelo o Contra natura de J. K. Huysmans. Le añade un prefacio y seis capítulos, la corrige y aparece como libro el año siguiente. Con este autorretrato -"Contiene mucho de mí"- comienza su época de esplendor. Por medio de sus tres principales personajes se retrata a sí mismo y pregona su concepto de hedonismo y neopaganismo como eje de la existencia humana y la veneración exaltada de la belleza y de la juventud. Lord Henry es el Wilde dandy que arrastra a Dorian Gray a llevar una vida de pasiones desenfrenadas sin fin; el pintor Basil es el Wilde artista; Dorian Gray es el Wilde esteta: "Dorian (es) lo que me gustaría ser -en otra época, quizá".
 
     Ese mismo año Wilde había conocido a su particular "Antinoo", un noble de veinte años con el que inicia una íntima relación que cuatro años más tarde lo llevará a los tribunales, al escándalo y a la cárcel, y poco después a la muerte; tenía cuarenta y seis años. Se había dejado arrastrar por los hechizos de lo prohibido: "...la vida del artista es un lento y amable suicidio y no me apena que así sea". Desde la cárcel escribirá: "...el inventario de mis pasiones perversas y de mis idilios descarriados llenaría unos cuantos volúmenes escarlatas (...) he tenido pasiones anormales y deseos perversos, pero (...) no soy el primer artista marcado así por el destino y no seré el último".


     Hasta aquí la influencia decisiva de À Rebours en su vida. Pero volvamos a su novela El retrato de Dorian Gray; he aquí algunas transcripciones de la misma que permitirán valorar la importancia que en ella también tuvo aquel libro:
     Cap. X: "Sus ojos cayeron sobre el libro amarillo que Lord Henry le enviaba. Se preguntó qué sería. (...) cogiendo el volumen se arrellanó en un sillón y empezó a hojearlo. Al cabo de unos minutos se absorbió en él. Era el libro más extraño que había leído nunca".
     Cap. XI: "Durante años enteros, Dorian Gray no pudo librarse de la influencia de aquel libro..."
     "Wilde llegaría a admitir que el "libro amarillo" que había tenido un efecto tan pernicioso sobre Dorian Gray era parecido a su propia reacción cuando leyó por primera vez la novela de Huysmans"(2).
     Cap. XI: "Encargó que le trajeran de París al menos nueve ejemplares de la primera edición en papel de gran tamaño con márgenes muy anchos y los hizo encuadernar en colores diferentes de manera que armonizaran con estados de ánimo varios e imaginaciones cambiantes de un carácter sobre el que parecía, a veces, que había perdido totalmente el control (...) el libro entero le parecía contener la historia de su vida escrita antes de que él la hubiera vivido. (...) A Dorian Gray lo había envenenado un libro..."
     ¡Un libro puede cambiarnos!
     Me gustaría seguir hablando sobre Wilde en la próxima entrada. ¡Llegó a ser un personaje tan rico y fascinante!
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     (1) De Villena, J. Antonio: Wilde total
     (2) Pearce, Joseph: Oscar Wilde: la verdad sin máscaras

lunes, 17 de octubre de 2011

Día Treinta y tres: Pero ¿cuántos Goethes...?

Sí; existen varios Goethes. Hay un Goethe magnífico que nos deja una descripción incomparable de su Viaje a Italia. La lectura del mismo me pareció el relato de un explorador, al menos durante sus recorridos por Sicilia. Todo lo anota y lo cuenta meticulosamente pero con sencillez, sin metáforas, con todo detalle y con absoluta sorpresa:
     "Aunque el viaje parece  reflejado en todo su transcurso y se presenta en la imaginación como una narración ininterrumpida, uno tiene la sensación de que el relato auténtico es imposible. (...) ¿Cómo la mente de un tercero podrá formarse una idea de conjunto?"
     Si tenemos en cuenta que realizaba también dibujos de todo aquello que más le iba sorprendiendo, podemos intuir su total disposición para llegar a interesar al lector. Y lo consiguió:
     "Un trabajo de esta índole (escribir un libro) en realidad nunca termina, hay que declararlo concluido cuando ya se ha hecho todo lo posible en base al tiempo disponible y las circunstancias". ¡Meticuloso Goethe!

     Mas indaguemos en su carácter, que algo debía tener de impulsivo y autoritario cuando deja escrito los siguiente:
     "...desde joven odiaba la anarquía más que la misma muerte"
     "...el ser humano que quiere el bien debe ser tan activo y comportarse de un modo tan enérgico contra los demás como el egoísta, el mezquino y el malo"

     O sobre su introversión, su goce de lo interior, de su mundo íntimo:
     "Estoy ahora tan alejado del mundo y de lo mundano que me resulta muy extraño leer un periódico. El aspecto externo de este mundo es transitorio, y yo sólo quiero dedicarme a lo duradero"
     "...consiguieron de mí que me relacionase socialmente, más de lo que yo hubiera querido, pese a mi terco deseo de soledad"
     "Ahora me será dado gozar de una auténtica soledad, por la que tan a menudo he suspirado con nostalgia"
     Soledad, algo que para otros resulta ser una agonía, una aflicción, es todo lo que busca Goethe a sus treinta y ocho años.

     ¿Acerca de su vitalidad? ¿Qué más explícito que este pensamiento citado en su autobiografía de juventud Poesía y verdad?:
     "Nuestros deseos son presentimientos de las capacidades que hay latentes en nosotros, anuncios de lo que en el futuro estaremos en situación de realizar"

     Y, al tiempo, algún rasgo de pesimismo sobre el hombre. "Vous êtes un homme!", fue lo que le dijo Napoleón en su encuentro:
     "No importa las vueltas que dé el hombre ni lo que emprenda, siempre regresará al camino que la naturaleza determinó para él"
     "...cada hombre es conducido y extraviado a su manera"
     "...al final el hombre siempre depende únicamente de sí mismo"

     De su considerada por algunos enigmática novela Las afinidades electivas yo introduje en mi morral durante su lectura las siguientes aserciones que fueron apareciendo bien en boca del narrador o de los protagonistas:
     "He visto como las cosas más razonables fracasaban y las más descabelladas tenían éxito"
     "Todas las empresas están en manos del azar"
     "...lo extraordinario no ocurre por caminos llanos y expeditos"
     "...en este mundo todo depende de una buena ocurrencia o de una firme decisión"
     "...por lo general las cosas de las que nos alegramos con mucha antelación nunca ocurren"
     "Las dificultades aumentan cuanto más nos acercamos a la meta"
     "El destino va cumpliendo nuestros deseos, pero lo hace a su manera..."
     Aunque de su lectura pueda desprenderse un patente carácter fatalista del autor (el azar, el destino, la fatalidad...), hay que tener en cuenta  sin embargo que Goethe escribió esta novela en la última parte de su vida, precisamente en una de sus estancias en Karlsbad -hoy Karlovy Vary en la República Checa-, en su balneario, al que acudía frecuentemente desde su asentamiento en Weimar.
     Más adelante confesará que para sentir el anhelo de escribir tenía que confinarse en un cuarto modesto, pobremente amueblado; hacerse la ilusión del poeta pobre en su buhardilla. La verdad es que muy pocas veces había "saboreado aquel alimento de los héroes" del que ya hemos hablado; quizás exclusivamente cuando desesperado por su frustado e imposible amor por Carlota Buff se pone a escribir el Werther. Escuchemos de nuevo a Borges: "Un escritor debe pensar que cuanto le ocurre es un instrumento; todas las cosas le han sido dadas para un fin. Todo lo que le pasa, incluso las humillaciones, los bochornos, las desventuras, todo eso le ha sido dado como arcilla, como material para su arte; tiene que aprovecharlo". Indudablemente estaba entonces viviendo realmente "las desventuras del joven Goethe" las cuales le habían sido dadas como un material magnífico para su arte.

* * *

     Delante de la fachada del teatro de Weimar existe hoy un pedestal sobre el que, en bronce, se puede contemplar algo que no es hoy habitualmente muy común: dos figuras. Goethe aparece acompañado a su izquierda por Schiller y ambos sujetan en el centro con sus manos una única corona de laurel. No sé si a Goethe le hubiera gustado que le recordaran compartiendo tan manifiestamente su gloria con otra persona, pero los vericuetos del tiempo, la política, los gustos y las modas tienen rumbos y destinos insospechados.
     "No hay que compararse con los demás artistas, sino proceder cada uno a su manera, pues la naturaleza se ha preocupado por igual de todos sus hijos, y la existencia del más excelente no amenaza la del más limitado". ¿Lo sentiría de verdad así?

     A diferencia de las vidas paralelas plutarqueñas, las vidas de Goethe y Schiller yo diría que fueron perpendiculares; pero además en un mismo espacio y en un tiempo común, allí en Weimar, en el hoy estado confederado de Turingia, y tan sólo de 1794 a 1806.
     Pero todo ello es tan sugestivo que merecerá la pena sumergirnos enteramente otro día en esa apasionante relación.
     Finalizo hoy con una sentencia fácil de recordar de nuestro héroe, y que parece que con ella pretendió quitarse méritos a sí mismo:

"El genio es una larga paciencia"
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miércoles, 5 de octubre de 2011

Día Treinta y dos: Goethe y Christiane

Goethe quería vivir, amaba la vida; era un gran curioso y un profundo observador. Enormemente vitalista, amante y gozador de los placeres de este mundo procuraba huir de las tragedias y de los dolores humanos. Su vida, desde su llegada a la corte de Weimar y su nombramiento como consejero del duque, transcurre por unos cauces placenteros que le permiten sobre todo ser feliz, algo que sin duda era lo que más ambicionaba. Goethe es sosegado, prudente, moderado, conservador, odia la anarquía, es un fanático de la felicidad individual, un amante de la vida tranquila y, hasta si queréis..., egoísta. Huye de la muerte, la aparta de su lado, la teme; hasta procura no ver el cadáver de su amigo Schiller y ni asiste a su funeral.
     Nos preguntábamos el día anterior si aquella frase en la que decía que a veces "...el hombre (...) no acierta a ver claro en sí mismo y persevera en seguir un falso camino hacia fines falsos..." era aplicable a sí mismo, a su enciclopédica actividad, a su diletantismo. Y hay un momento en el que aunque no reconoce estar siguiendo ningún camino falso, acepta que pretende abarcar demasiado: "Debo evitar emprender proyectos que excedan al ámbito de mis facultades, donde no hago más que agotarme sin provecho alguno", o "nunca me resigné a dedicar a un trabajo el tiempo que de hecho requiere", y también: "...mi mala costumbre de empezar muchas cosas y dejarlas de lado cuando mi interés por ellas disminuye ha ido en aumento con los años". Todo ello nos viene a descubrir, simplemente, que Goethe era humano, muy humano. Nos alivia escuchar eso que le sucede y que a todos nos viene sucediendo.

     Y es que desde su llegada a Weimar no le ha faltado nada. Goethe brilla en Europa desde aquel pequeño lugar. La corte y sus damas, sus intrigas, sus flirteos, sus bellas e inteligentes amigas; las frecuentes visitas de nobles e intelectuales que le llevan piezas con las que enriquecer sus colecciones; los conciertos, o las tertulias en su casa con hombres cultos; sus numerosas estancias en balnearios, sobre todo en Karlsbad, pero también en Pyrmont o en Lauhstädt donde pone en escena obras teatrales; todo ello sin olvidar sus tournées o circuitos, siempre con añadidas excursiones. Bien acompaña en sus viajes al duque Carlos Augusto o visita con otros colegas lugares únicos por sus fenómenos geológicos o por la existencia en ellos de fósiles o hasta de comunidades extrañas como los cuáqueros, y ello sin olvidar museos, monasterios medievales, bibliotecas; su curiosidad le lleva a trepar a los más altos riscos y a descender al fondo de profundos torrentes. Todo le atrae y quiere conocerlo; ha viajado a Suiza y a Italia, y aunque su casa está en Weimar se mueve frecuentemente a Jena comprometido por su Universidad; pero también a Hersleben a conocer sus canteras de toba y sus conchas de agua dulce, visita Harz (lugar donde situa el aquelarre del Fausto), Wieliczka con sus minas de sal, las canteras de basalto de Dransfeld y los granitos de Engelhans, llega hasta el bajo Rin, pasa estancias en Götinga, disfruta obsequiosas acogidas como la que le proporcionan en Gotha, vuelve a los cantones y a los lagos suizos, en Magdeburgo se entusiasma con la riqueza de su catedral; y de allí marcha a Helmstedt... No hay nada que no merezca su curiosidad y siempre es bien acogido con un buen borgoña, apetitosos convites y suculentas cenas.

     Y ahora, dicho todo lo anterior, es tiempo de la sorpresa, del escándalo, de la campanada. ¿Cómo es posible que llevando esa clase de vida Goethe se amancebe? Cierto día de 1788 -cuenta por tanto treinta y nueve años- mientras permanece en el parque lo aborda una joven de tan sólo veintitrés solicitándole ayuda para su hermano. Sorprendentemente, -enigmático Goethe-, la acabará haciendo su amante; al año siguiente tendrá un hijo de Christiane Vulpius. El prudente, el sosegado, el creador y gran poeta pero siempre escurridizo del demonio del que Zweig dice que continuamente trató de huir, deja estupefacta a la sociedad de Weimar.
     Escribe Ludwig: "Mete en su casa por primera vez a una mujer, a esta chiquilla, que, hija de un empleado de los archivos, huerfana de padre y sin recursos, fabrica flores en una casa. Acabará usando de ella como de un instrumento de sus caprichos físicos, abandonándola el resto del tiempo a los quehaceres domésticos para llevar por su parte una segunda existencia, diferente, con los hombres y las mujeres" (1). Dieciocho años después se acabará casando con ella. Más escándalo: ¡Se ha casado con la hermosa Christiane Vulpius, la florista, la cocinera!; y goza de la sexualidad manteniéndola apartada de su vida social, de sus cultas tertulias, de las lecturas de sus obras, de sus estudios científicos, de sus viajes, de sus estancias en los balnearios y de sus expediciones y correrías. Christiane será su otra privadísima vida de puertas adentro.
     Sigrid Damm es una avezada escritora y biógrafa berlinesa que ha indagado entre viejos papeles de sacristías, cancillerías y archivos municipales acerca de esa relación insólita entre la vulgar Vulpius y el genial Goethe... Las grandes, frecuentes y dilatadas separaciones antes y después de casarse... ¿Realmente la amó durante un tiempo? o ¿resultó ser para él simplemente el descanso del guerrero?, la compañera ideal de todo creador que, como tal, gusta de la independencia, de la libertad y del aislamiento: "...compartió sus crisis creadoras, su desesperación, sus enfermedades, sus nuevos puntos de partida, sus éxitos y sus fracasos como poeta, político y cortesano... (le proporcionó) seguridad física, apoyo, bienestar, cuidados, libertad para elegir el lugar de estancia y de escritura sin tener que preocuparse por su casa y sus propiedades, y la posibilidad de regresar a ella después de meses, de semestres de ausencia" (2). Así termina la escritora su detallado relato sobre este apasionante emparejamiento. Libro que se lee ávidamente, como si se tratara de un thriller; libro trepidante que conmociona, que casi sugestiona por su prosa concisa, fría y disciplinada pero al tiempo intensa, encendida, volcada en los avatares y destinos de los dos personajes. Y yo me pregunto: ¿fue realmente la Vulpius la "esclava" (la criada y la puta) del fascinante Goethe?
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(1) Emil Ludwig: Goethe: historia de un hombre
(2) Sigrid Damm: Christiane y Goethe

lunes, 26 de septiembre de 2011

Día Treinta y uno: El enigna Goethe

Año 1897: Nietzsche llega a Weimar para morir. Año 1775: Goethe llega a Weimar para vivir. Tan sólo esa ciudad -para uno la de la muerte y para el otro la de la vida- une a estos dos egregios alemanes tan diferentes, tan opuestos, tan peculiares... y, sin embargo, posiblemente, en la actualidad los más universales.
     Ayer hablábamos de Nietzsche y hoy toca hacerlo sobre Goethe. ¿Quién fue Goethe?, ¿cómo era Goethe?, ¿qué quiso ser Goethe?, ¿cómo se condujo Goethe?, ¿qué hizo Goethe? ¿Será un atrevimiento decir que Goethe era todo y quiso abarcarlo todo? Cuanto más se quiere saber sobre Goethe más confuso se encuentra uno mismo. Después de procurar ir leyendo todo lo que me ha sido posible sobre su vida y su obra, llegué a consultar también la Enciclopedia Británica para saber más de él, y en ella me encontré con un largo artículo de casi siete páginas el cual finalizaba con esta sentencia: "His life was his greatest work".
     
     Intentemos descubrir algo, tan sólo un poco, sobre Johann Wolfgang Goethe; alguien que escribe en tan sólo cuatro semanas un relato romántico tan sublime que conmueve a la Europa de su época: el Werther, y tarda más de cuarenta años en escribir el Fausto, una historia de argumento similar a una leyenda que se venía transmitiendo durante generaciones. Para escribir Las desventuras del joven Werther se basó en su propio enamoramiento de la prometida de un amigo, Carlota Buff y en el suicidio de un colega que había sido rechazado por la dama a la que amaba. El personaje Fausto parece ser que llegó a existir; igual o parecida ficción que la relativa a aquel sujeto se venía propalando desde hacía mucho tiempo y de la misma hasta hubo una primera edición en el año 1540, sesenta años después de morir el tal Fausto; inclusive se siguieron escribiendo y editando diferentes versiones durante más de doscientos años.
     Ello, por lo pronto, nos produce perplejidad. Mas también nos la produce su ingente producción literaria y su frenética actividad en los más insospechados quehaceres al margen de las letras. Si dejamos de momento su autobiografía titulada Poesía y verdad, una biografía atípica y únicamente  de su juventud, pues finaliza con su llegada a Weimar a los veintisiete años que es cuando comienza su intensa vida, nos quedan sus Diarios y anales. No obstante en ellos Goethe exclusivamente se limita a relatar como un notario, sin pulso ni pasión, año por año, los hechos desnudos que le vienen acaeciendo. Y aun así no todos, tan sólo los que a él le interesan; por ejemplo, por ellos desfilan infinidad de personajes de toda clase y condición pero evita citar a su mujer, ni siquiera nos dice cuándo la conoce ni cuándo contrae matrimonio, no la menciona ni una sola vez; tampoco nos relata, y ni siquiera hace referencia alguna, a su relevante entrevista con Napoleón, el invasor de su patria y al que sin embargo veneraba... Inquietante Goethe que a los setenta y cuatro años se quiere casar con una joven de diecinueve que lógicamente se burla de él. Por otro lado le objeta teorías de física a Leibniz, descubre la existencia del hueso intermaxilar, escribe con éxito -objetando a Newton- la Teoría de los colores, dirige y actúa en el teatro de la corte, traduce, pinta, estudia minerales y plantas al microscopio y contempla eclipses con el telescopio..., pero le atrae la nigromancia, cree en el horóscopo y la alquimia, y no asimila la gran revolución social de fin de siglo que está transformando su mundo.
     ¿Deseáis conocer una muestra de las variadas y ajenas ocupaciones de aquel consejero de la corte de Weimar? He aquí una selección extraída de sus Diarios y anales que no tiene desperdicio: 
1791: "...encarguéme con placer de dirigir el teatro de la corte"
1792: "La primavera reanudó mis trabajos cromáticos y redacté la segunda parte de las Contribuciones de la Óptica"
1793: "...bajo el despejado cielo, cobré ideas cada vez más libres sobre las diversas condiciones en que se aparece el color"
1794: "¿qué sino los ligamentos, sirve de lazo de unión entre los músculos y los huesos?"
1795: "...no pude menos de ponerlos al tanto en el curso de nuestras conversaciones de mis ideas respecto a la Anatomía comparada..."
1796: "...durante el verano encontré la más lúcida oportunidad para criar plantas bajo cristales de colores, así como para inquirir las metamorfosis de los insectos"
1798: "En el capítulo de las Ciencias Naturales encontré mucho que pensar, ver y hacer"; "animales exóticos notables, sobre todo un elefante joven, acrecieron nuestras experiencias"
1799: "...visité mi jardín (...) para observar con un buen telescopio un eclipse total de luna"
1801: "...empecé la traducción del Tancredo, de Voltaire"; "...dediquéme a traducir el librito de Teofrasto De los colores"; "...visité las canteras de basalto de Dransfelt, cuya problemática aparición ya por aquel tiempo preocupaba a los investigadores"
1802: "También la Anatomía comparada, que siempre llevaba en el pensamiento de un modo especial, tuvo gran parte en mis atareadas horas"
1803: "...hube de pasar tremendos apuros en la traducción del Cellini"
1804: "Cuanto más iba yo avanzando en mis estudios cromáticos..."
1806: "A fin de internarme hasta donde me fuera posible en las Matemáticas..."; "...andaba a la búsqueda de variedades minerológicas principales..."
1807: "...dedicamos los siguientes meses al teatro, e iniciamos e instruimos a los jóvenes actores en todo cuanto había menester"
1813: "...acometí la representación gráfica de las alturas orográficas del antiguo y nuevo mundo en un mapa comparativo"; "...escribí un artículo sobre el doble espato"
1816: "...vinieron a incorporarse a mi colección minerales de Westerwlad y el Rin, así como también un hialito  de Francfort..."
1821: "Muchos años llevaba ya ocupándome en el estudio de la morfología de las nubes..."

     A través de esas escuetas y desangeladas páginas sabemos de su curiosidad por la geología, la anatomía, la física, la meteorología, la botánica, la paleontología, la medicina... y, cómo no, la música, la pintura, el teatro y, especialmente, la literatura. En esos mismos diarios dejó escrito: "...suele el hombre intentar empresas para las que la Naruraleza hale negado condiciones y a las que nunca podrá darles cima, un íntimo sentimiento aconséjale entonces que desista, pero no acierta a ver claro en sí mismo y persevera en seguir un falso camino hacia fines falsos, sin que él mismo sepa qué hacerse". ¿Era ese su caso? Probablemente no.
     Lo veremos el siguiente día.
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jueves, 15 de septiembre de 2011

Día Treinta: Las mil y una tragedias de Nietzsche

Dice Ortega y Gasset de Nietzsche, al que llama el "ultimo romántico", que no llegó a saber lo que era la tragedia ni lo que era la filosofía. Casi en lo de la filosofía estoy de acuerdo, en lo de la tragedia no. Si una palabra le acompañó en su más bien corta vida fue la tragedia. Suya es la frase: "El artista es el hombre que nace encadenado"; y esto es lo que fue su vida de escritor: un permanente encadenamiento, pero siempre con la tragedia.

     En la anterior entrada a este blog mencionábamos que con la publicación de su primera obra a los veintisiete años, El nacimiento de la tragedia, comenzó su aislamiento como consecuencia del desdén y del rechazo surgido a su alrededor. Desde ese momento en que con la edición del libro le sobreviene la primera tragedia de su vida de escritor -el título dado al libro fue premonitorio-, hasta los cuarenta y siete en que la locura y la parálisis lo deja postrado en una habitación mirando al infinito esperando su muerte ocurrida diez años más tarde, Nietzsche no vive otra cosa que una continua tragedia, una constante sucesión de infortunios. Veinte años de conflicto, de lucha y fatigas, pero son los veinte años en que escribe todos sus libros; aunque, mejor decir que sus grandes obras las escribe tan sólo en apenas una docena de años, la década del 1880. ¡Quién sabe si precisamente gracias a esa vida atormentada es por lo que podemos plenamente gozar hoy y siempre de su prosa! ¿Hubiera existido el Nietzsche apasionado de los éxtasis literarios?, ¿el de tanto destello inimitable?, ¿el de pasajes tan sonoros y vigorosos?, ¿el de la más sobresaliente prosa poética conocida?, ¿el Nietzsche impetuoso de fulminantes y encendidas sentencias?, ¿el de expresiones tan vibrantes como golpes en el yunque que inflaman los sentidos del lector? Hoy sabemos que jamás se dedicó a escribir serenamente, de forma escrupulosa y con calma; siempre lo hacía en un estado de arrobo, siempre agitado y jadeante.

     En la escritura de Nietzsche hay claramente, separadas como posiblemente no lo hay en otro autor, dos presencias: mensaje y estilo. Se puede estar de acuerdo o no con su revelación vulneradora y destructiva, pero no es posible sustraerse y permanecer ajeno a su verbo, a su lenguaje esmerado, a ese juego preciso y preciosista de sus palabras ensambladas prodigiosamente. Por decirlo de una vez: a su destreza literaria.
     Nietzsche es indudablemente un poeta; es más poeta que filósofo. Curiosamente él mismo escribió: "Los grandes maestros de la prosa han sido casi siempre también poetas, bien públicamente, o bien sólo en secreto y en su fuero interno, ¡y es que la buena prosa se escribe ciertamente pensando en la poesía!". Su mensaje, junto con el de Marx y Freud fue en su época indiscutiblemente trascendental, pero quizá con el paso del tiempo será pasajero y superado. Lo mejor en su obra es el "cómo", su elegancia, su expresividad, su riqueza en la exposición de la idea; ello siempre perdurará. Multitud de intelectuales han confesado que les cuesta entender a Kant, a Hegel, a Husserl o a Dilthey. A Nietzsche no sólo se le entiende sino que se le goza. Escribió Thomas Mann: "Quien toma en serio a Nietzsche, quien lo toma al pie de la letra y lo cree, está perdido". Creo que es cierto, siempre me he dicho que a Nietzsche hay que leerlo como si fuera un poeta y no un filósofo.
     Uno de sus biógrafos, no precisamente apasionado y elogioso sino crítico, escribe de él acerca de su etapa de profesor en Basilea: "Nietzsche había demostrado ya que poseía en alto grado un don, una habilidad. Podía escribir. Desde su temprana infancia había cultivado esa habilidad técnica para manejar las palabras, habilidad para la que, podemos decir sin duda, poseía una aptitud especial e innata y que aumentó con el ejercicio y el adiestramiento. Nietzsche poseía el don de las palabras como otros poseen los dones de la música, la pintura, la matemática, el arte culinario o la gimnasia" (1).
     Hablábamos de golpes sobre el yunque, y es que él mismo se autodenominó filósofo armado de martillo. Esa prosa vibrante que como golpes en el yunque vas escuchando, te va machacando el cerebro, y te hace daño... pero te gusta. "Me han dicho que, una vez empezado, es imposible cerrar un libro mío antes de haberlo acabado, que perturba incluso el descanso nocturno...". ¡Y tanto! Debo confesar que en aquella época en la que leí a Nietzsche tuve que dejar de hacerlo por la noche, no podía conciliar después el sueño; su lectura me alteraba demasiado y acababa oyendo el martillo. Tuve que leerlo a primera hora de la tarde o por la mañana.
     Repetidamente él mismo confesó que las ideas plasmadas en sus obras habían sido concebidas en la soledad de los senderos, cerca de los ríos y de las montañas, dando largas caminatas y al tiempo meditando; "no creer en ningún pensamiento que no haya surgido al aire libre y estando nosotros en movimiento". Con sus abigarrados apuntes volvía a la soledad -siempre la soledad- de su por lo regular minúscula habitación del hostal o pensión y allí culminaba frenéticamente su creación. Varios días de esta actividad, de estos esfuerzos especulativos, le resultaba una tarea agotadora que extenuaba sus fuerzas y su inspiración. Y entonces se desencadenaban los desastres, todas las calamidades: los insomnios, las nauseas, las migrañas.

     Entremos definitivamente en ellas, en esas tragedias del título que lo acompañaron hasta el día de su locura final.
     "...he padecido tres grandes accesos de dolor de cabeza, con vómitos que duraron días enteros", "...me falta una salud fuerte", "...mi inestable salud", "...ni la salud ni los ojos me responden", "¡Qué interminables dolores!", "¿Quién ha soportado tanto como yo?", "...nuevos sufrimientos y tragedias", "...un permanente dolor de cabeza que duró tres días", "...un molestísimo vómito de mucosidades", "tengo el sistema gástrico sumamente debilitado", "...aquel largo período de enfermedad", "...mi larga enfermedad".
     Se ha especulado como origen de todo su pésimo estado de salud, el cual le llevó finalmente a la locura, con una enfermedad venérea; concretamente una sífilis que pudo haber contraído en sus años mozos. Pero lo que sí es cierto es que las secuelas de la disentería y la difteria que contrajo en la guerra franco-prusiana de 1870, las cuales le obligaron a dejar su puesto de enfermero, jugaron un papel el resto de sus días. Ya en 1867, en la guerra entre Austria y Prusia, al montar en su caballo se golpeó el pecho con el pomo de la montura que le desgarró los músculos y le fracturó varias costillas.
     Sus migrañas que a veces le duran treinta horas, los insufribles insomnios y las drogas tomadas para combatirlos, el crónico padecimiento de la vista que en ocasiones le lleva a pocos pasos de la ceguera, los dolores de estómago con los consiguientes vómitos de bilis..., todo ello le obliga en principio a dejar la enseñanza en la universidad. Él mismo estima que se encuentra incapacitado para un trabajo normal las dos terceras partes del tiempo.
     Pero también están sus desgracias afectivas. Ya hemos hablado de que con su primera obra consigue que los estudiantes lo eviten, el público lo desdeñe y sus colegas lo censuren y critiquen. Su rompimiento con Wagner al que al principio idolatraba, y su enamoramiento platónico de Cosima su esposa. Su relación sentimental con Lou Andreas-Salomé que lo lleva a solicitarla en matrimonio y que finaliza con un burlón desenlace para el escritor que le hace contemplar el suicidio. El tener que editar la cuarta parte del Zaratustra a sus expensas, así como toda su producción posterior pues los editores no acceden a ello, sus libros no se venden...

     A una crisis demencial surgida en Turín le sigue una parálisis cerebral progresiva de tipo esquizofrénico. Once años después fallece en Weimar.
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(1) Brinton, Crane: Federico Nietzsche
 

jueves, 25 de agosto de 2011

Día Veintinueve: Fahrenheit 451; Celsius 233

La triste historia de Ovidio que hemos recordado "ayer" me ha animado a garabatear algo sobre esa persecución que han venido padeciendo muchos hombres de la pluma a través de la historia. Persecución, acoso u hostigamiento que si no acabó con las vidas de muchos de ellos, sí pretendió terminar con sus obras.
     Gracias a aquella película de Truffaut, Fahrenheit 451, rodada allá por el año 1968, nos enteramos de cual es la temperatura necesaria para que comience a arder un libro. En una sociedad futurista  y dictatorial -que podría ser ya, hoy mismo- una especie de Unidad compuesta por unos sicarios que parece se comportan como si fueran bomberos, tiene como misión sin embargo incendiar libros; acuden allá donde se detecta que un ciudadano tiene una biblioteca y se la queman. Todo ello me hace meditar que hoy, frente a los "hombres-libros" que Truffaut ideó para evitar la pérdida de tanta creación literaria (individuos cada uno de los cuales tenía memorizada en su cabeza una obra), la sociedad del siglo XXI tiene los e-books. Hoy ya no existiría apenas problema; las bibliotecas públicas estarán todas muy pronto digitalizadas, y nadie en aquella situación tendría que memorizar un libro para transmitirlo al mundo del mañana.
     Sin embargo no podemos olvidar que antes nunca fue así, y la persecución del escritor y de su obra ha estado a la orden del día. Unas veces han sido los regímenes políticos, otras las creencias religiosas y, con frecuencia, la simple moral del momento. También ello ha dado lugar en ocasiones al "venial" retoque del texto por la censura oficial, otras a la retirada y confiscación de la obra, aunque en algunos casos se ha llegado hasta su quema en una pira para escarmiento público.
     Generalmente se ha realizado ello sustentado por un sentimiento paternalista en aras de una supuesta defensa del resto de la sociedad, pero las más de las veces ha sido fruto de la envidia, de la exaltación de unos principios o "valores" que eran incompatibles con los expuestos en la obra, de intereses espurios, de torpe ignorancia y fanatismo, de arraigadas creencias o de oposición y lucha contra el pensamiento y la razón.

     Cuenta Bertrand Russell en su Autobiografía que en cierta ocasión se le ocurrió una pregunta que hizo a mucha gente. La pregunta era: "Si tuviera usted poder para destruir el mundo, ¿lo haría?". Al formulársela a su amigo Bob Treveland le contestó: "¡Cómo! ¿Destruir mi biblioteca?... ¡Jamás!"
     A mí se me ocurren dos interpretaciones a esta respuesta. Una: no existía otro mundo para él que sus libros. Dos: si destruía el mundo también acabaría destruida su biblioteca (aquello que más le importaba del mundo).
     La Biblioteca de Alejandría, sin embargo, no debía importarle más que a unos pocos; por eso fue uno de los primeros "mártires" de la historia en la que se alcanzó la temperatura del título, u otra aproximada. Al parecer, aquella inmensa biblioteca creada por los Ptolomeos llegó a ser el centro mundial de la cultura en el siglo tercero a. de C. con cerca de un millón de volúmenes o rollos. En ella Eratóstenes de Cirene pudo calcular con una notable precisión el perímetro terrestre y Euclides sentó allí las bases de la geometría que todos hemos estudiado. Cerca de cuatrocientos mil volúmenes se cree que ardieron en el año 48 como resultado de enfrentamientos entre egipcios amotinados y las legiones romanas. El resto de la destrucción, que comenzó bajo Teodosio, pudo ser la consecuencia del paso de tanta creencia religiosa que sucesivamente fueron trayendo los pueblos que ocuparon aquel país.

     Víctimas de ministros de la propaganda, de inquisidores generales, de guardianes de la revolución, de defensores de la ortodoxia, de vigilantes de la moralidad o, simplemente, de garantes de las costumbres, y hasta de sociedades, grupos, familias u organizaciones dedicadas a la extorsión infinidad de escritores han sufrido como mínimo el rechazo y la humillación, desafortunadamente otros la cárcel o el destierro y, algunos, hasta su sentencia de muerte. Escribir -por supuesto bien y llegar a publicar- puede salir muy caro.
     Dejad, por favor, que me detenga brevemente en algunos "Ovidios" de la historia de las letras. A  este fin he decidido que debería seguir algún tipo de pauta en su ordenamiento, y por ello lo haré a mi buen entender más o menos in crescendo de sus penas:
     - Siendo ya un autor destacado en las letras alemanas e internacionalmente conocido, Thomas Mann tuvo que exilarse en Suiza y más tarde en los Estados Unidos al ver el tinte que iban tomando los acontecimientos en su país con el ascenso y la propagación del nazismo.
     - Contaba Friedrich Nietzsche veintisiete años cuando a consecuencia de su primera obra El nacimiento de la tragedia ve truncada, siendo catedrático en la Universidad de Basilea, su carrera profesional. Comienza a partir de entonces su aislamiento debido al desdén y al rechazo surgido a su alrededor. En una carta a un amigo le confiesa: "...todos se vuelven enconadamente contra mí, y parece que, a su entender, he cometido un crimen..."
     - A raíz y como resultado de la publicación de su novela Madame Bovary, Gustave Flaubert se vio envuelto en un proceso penal al ser tildada esta obra de una ofensa a la moral y a la religión. Afortunadamente el juicio concluyó con la declaración de la inocencia del escritor.
     - Citemos a Bertrand Russell al que anteriormente nos hemos referido. Tras haber obtenido su designación como profesor  en el City College de Nueva York tuvo que sufrir un proceso judicial  por el cual le fue revocado su nombramiento. En la sentencia se decía que "no estaba capacitado moralmente para enseñar en la Universidad"; la culpa la tenían dos de sus obras: En qué creo y Modales y morales.
     - A Fray Luis de León se le ocurrió (entre otras determinaciones) traducir el Cantar de los cantares a la lengua vulgar para que todo el mundo la pudiera conocer; quizás no reparó que en aquel texto bíblico había además de mucha belleza una gran carga de sensualidad. Su proceso se demoró más de cinco años y él pasó en la cárcel cerca de cuatro para, afortunadamente, salir al final absuelto. ¿Será cierto que al abandonar la celda dejó escrito en sus paredes aquellos versos que comenzaban diciendo: "Aquí la envidia y mentira / me tuvieron encerrado..."
     - Algo más duro fue lo que le sucedió a Baltasar Gracián en relación con su obra El criticón. No sólo fue desposeído de su cátedra por las autoridades eclesiásticas sino confinado a un inhóspito edificio en un apartado lugar: Graus. Allí, castigado a una dieta de pan y agua, también tuvo que sufrir algo peor: estar privado en adelante de tinta, pluma y papel. Parece ser que también frecuentemente le eran examinadas las manos en busca de manchas de tinta.
     - El caso de Bertolt Brecht pudo llegar a ser más grave si no hubiera huido a tiempo a Dinamarca  tras la irrupción de los nazis en la representación de una de sus obras; tras su evasión fueron quemados públicamente todos sus libros. Después de un peregrinaje que le llevó hasta Norteamérica donde vivió  de escribir guiones para Hollywood, llegó a estrenar en el cine La vida de Galileo Galilei, aunque como intelectual de ideología marxista fue considerado sospechoso de participar en actividades anti-americanas y decidió escapar a Suiza.
     - Alexander Solzhenitsyn sufrió una condena en campos de trabajo y un destierro "a perpetuidad" en su propio país. Fue torturado, encarcelado y finalmente expulsado de la URSS. La obra "culpable" de todo su infortunio fue Un día en la vida de Iván Denisovich. Sin embargo, incluso después de su acogida e integración en el mundo occidental éste le acabó volviendo la espalda: se había vuelto demasiado crítico acerca de los modos occidentales.
     - Lo sucedido al poeta Ezra Pound fue terrible. Su "fascismo de izquierdas", como él lo definía, le llevó a escribir artículos y a dar charlas radiofónicas en la Italia de Mussolini. Detenido en Pisa por las fuerzas aliadas fue encerrado en una jaula de barrotes metálicos, como si se tratara de una fiera, en la que permaneció a la intemperie tres semanas en un campo militar. Posteriormente fue juzgado como culpable de un delito de traición a su país. No obstante, gracias a la intervención de relevantes figuras del mundo de la cultura se le declaró loco y se le internó en un manicomio; allí siguió elaborando Los Cantos y traduciendo a Confucio.
     - Es posible que todos, incluso los más jóvenes, podamos recordar al escritor anglo-indio Salman Rushdie y su ordalía vivida en los años ochenta. Sus Versos satánicos fueron declarados impíos y blasfemos para el mundo musulmán a partir de una apreciaciación de esa naturaleza del Ayatollah Jomeini. Su condena a muerte -su ejecución allá donde se encontrase- tenía una recompensa de tres millones de dólares que más adelante fue duplicada.
     - Hace pocos años Roberto Saviano escribió un libro titulado Gomorra en el que ponía al descubierto los métodos, las actividades y otra información sobre la mafia napolitana acerca de la cual parece que estaba en posesión de sus secretos. Desde la publicación y el enorme éxito de su obra Saviano no ha sabido lo que es estar sin escolta las veinticuatro horas del día, puesto que fue y sigue estando amenazado de muerte por aquella.
     - Ginebra, Toulouse, París, Oxford, Londres, Wittenberg, Praga, Helmstaedt, Frankfurt, Zurich y finalmente Venecia fueron lugares por los que anduvo fugitivo, escribiendo y disertando en centros y universidades durante diecisiete años Giordano Bruno; en esa última ciudad aquel que lo protegía lo vino a denunciar. Iniciado su proceso en Venecia se le trasladó posteriormente a Roma. Allí, después de ocho años en prisión, se le llegó a quemar vivo en la hoguera en el Campo dei Fiori ante su negativa a retractarse de sus "doctrinas" o "desvaríos".  
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lunes, 15 de agosto de 2011

Día Veintiocho: La humillación, la desdicha, la discordia: Ovidio

En las Memorias de Adriano sobre las que hablábamos "ayer", hay un pasaje en el que Yourcenar pone la siguiente frase en los labios de aquel: "Gusté por sobre todo de los poetas más complicados y oscuros, (...) Pero por aquel entonces amaba en el arte de los versos lo que toca más de cerca de los sentidos, el metal pulido de Horacio, la blanda carne de Ovidio". Y este último, Ovidio Nasón, ha sido el que me ha dado pie para saltar en la historia dos mil años atrás al objeto de hablar hoy sobre él. Y ello por varias razones:
     Ovidio fue un poeta, un escritor cuyas obras nos deleitan hoy en prosa, vapuleado por ese mal de todos los países y de todos los tiempos el cual han venido sufriendo tantos escritores posteriores a él: la censura, la intransigencia, el autoritarismo, el puritanismo, la inquisición, las épocas victorianas, los índices de libros prohibidos, el Fahrenheit 451. En una palabra, la quema de libros y el acoso y el castigo a sus autores por alguna clase de autoridad. Ovidio lo sufrió hace justamente tres años, más los dos mil anteriores; exactamente en el año 8 y bajo el poder del Emperador Octavio Augusto.

     Ovidio y su caso no sólo interesan porque parece que son de reciente actualidad, se diría que casi del siglo pasado. Ovidio interesa porque se trata de un escritor de casta que escribe de todo y sobre lo más variopinto, y que escribe elegía, épica, tragedia y hasta literatura licenciosa... Ovidio nos interesa porque no le arredra el castigo en cuanto a su arraigada vocación de escritor. No dejó de escribir ni siquiera durante la travesía del Adriático y a lo largo de su viaje a Tomis, el lugar de su exilio en la actual Rumanía a dos mil kilómetros (de los de aquella época) de su patria. Ovidio no dejó de escribir -se diría, y es verdad- ni a. de C. ni d. de C.
     Sin ánimo de ser exhaustivo ponderando a este genial escritor, viene bien parafrasear a un gran erudito de la literatura romana: "Ovidio ha sido en la tradición clásica el poeta latino de mayor garra: menos venerable que Virgilio, menos imitable que Horacio, menos apasionado que Lucrecio y que Catulo, menos tierno que Propercio o Tibulo, menos caprichoso que Lucano o Estacio. Es más directo que todos ellos, más elemental y próximo, más de todos los tiempos, más semejante a la vida" (1). ¡Eso es: "más elemental y próximo, más de todos los tiempos, más semejante a la vida"! ¿Pues no es capaz de relatarnos en su obra Amores un "gatillazo" que le sobrevino en uno de sus encuentros con una nueva amante?
     Yo he de decir que disfruté mucho en su día leyendo el Arte de amar, o los trucos para "ligar" en aquella Roma de los años en que comenzaba el Imperio, trucos que no han cambiado demasiado; como tampoco los de las mujeres para seducirnos, los cuales Ovidio va recomendando. ¡Qué barbaridad!, mentira parece que haya existido un Medievo entre la escritura de ese libro y el comienzo de este tercer milenio. Sobre aquella "obrita" dejé anotado que vino a ser, en mis lecturas del momento, como una brisa suave y perfumada de la dulce Italia de todos los tiempos.


     Mas yo quisiera profundizar hoy en Ovidio no sobre esos dos libros ni siquiera sobre su obra cumbre las Metamorfosis, sino sobre lo que escribió desde su destierro y, aún más, sobre los dos motivos que dieron lugar a aquel. Me estoy refiriendo sobre todo a las Tristes: una elegía, un doloroso lamento en epístolas de su aciaga suerte; aquellas cartas las cuales se puso ya a escribir camino de su exilio, justo al tiempo de comenzar a degustar aquel "alimento de los héroes" del que un día hablamos: "la humillación, la desdicha, la discordia".
     Esa "relegación" o destierro decretado  personalmente por Augusto, oficial y públicamente impuesto por ser autor de el Arte de amar que fue retirado de todas las bibliotecas y prohibida su lectura, dice él sin embargo que le fue también impuesto por haber visto algo que no tenía que haber contemplado, un error. ¡Pobre Ovidio lamentándose de ello en sus Tristes!: "Concedamos que me han perdido dos delitos: un poema y un error; sobre la culpabilidad del segundo de estos delitos es mejor que calle...". "¿Por qué tuve yo que ver algo? ¿Por qué tomé culpables mis ojos? ¿Por qué, ¡imprudente de mí!, tuve yo conocimiento de aquel delito? ...una equivocación ha sido el motivo de que se me acuse". "...conviene que permanezca oculto bajo el velo de una oscura noche". "Busco en la poesía el olvido de mi situación calamitosa".
     No han conseguido ni la historia ni los historiadores saber esa segunda causa; ¿qué diantre es lo que vio? Si a Livia la mujer del Emperador desnuda, al propio Augusto en pleno incesto con su hija, los preparativos de un envenenamiento, los de una conspiración... ¡Verdaderamente apasionante! Lo "triste" es que jamás regresó de la actual Constanza desde la que fue enviando las Tristes a su esposa y a determinados amigos, y sus Pónticas (o epístolas desde aquella región: el Ponto Euxino) a personajes importantes y a otros amigos. Nueve años allí y, finalmente la muerte. El gran regalado, placentero y mundano Ovidio que supuestamente entraba y salía de palacio cuando le parecía, tuvo que sufrir aquello.
      Veamos. En su destierro Ovidio escribe cuatro obras. Además de las dos ya citadas escribe Nux e Ibis; y esta última es la que ahora nos interesa porque "va dirigida contra un enemigo del poeta, presumiblemente el culpable de su destierro", "un enemigo al que desea todos los incalculables males, sufrimientos y muertes que padecieron diversos personajes míticos, legendarios o históricos". Se trata de un opúsculo injurioso e insultante plagado de invectivas que pone de manifiesto el odio que le profesaba: "Que la tierra te niegue sus frutos, el río su corriente, el viento y la brisa te nieguen sus soplos", "...me alimentaré siempre de la esperanza de tu muerte", "...te maldigo a ti y a los tuyos" son algunos de los improperios más suaves que le dedica en seiscientos versos.

     Lo siento; soy consciente de mi atrevimiento, pero humilde y personalmente no me he creído nunca que el motivo de su deportación fuera otro distinto que el oficial. O sea, que su Arte de amar (a pesar de que era conocida y se venía leyendo desde hacía ocho años) fuera tenida por licenciosa por Octavio Augusto en aquel período del Imperio en que él preconizaba y exigía mediante leyes la "moralidad" en las costumbres. Y he aquí mi razonamiento:
     -¿Cómo es posible que aquello que Ovidio vio no lo llegara jamás a confesar por escrito, ni siquiera a comentarlo a otros, tales como su esposa, hija y amigos íntimos que nos lo hubieran transmitido? Si lo hubiera hecho lo habríamos llegado a conocer, hubiera sido vox populi en Roma. Nunca lo hizo.
     -Si lo que vio afectaba gravemente al emperador, ¿por qué no deshacerse de Ovidio pagando unos pocos denarios a cualquier asesino -algo muy común en la época- y no exponerse a que algún día fuera aquello públicamente conocido?
     -¿Por qué razón Ovidio ocultó la identidad de su gran enemigo contra el que sin embargo escribió aquel opúsculo oprobioso, insultante y colmado de maldiciones? Evidentemente no podía citar su nombre por algún motivo muy serio.
     -¿Cómo es posible que una vez fallecido Augusto no se le desatara la lengua y dijera qué fue lo que vio, después de tanta inutil alabanza y adulación a aquel en las Tristes y en las Pónticas esperando su perdón y repatriación?
     John C. Thibault en su obra The mystery of Ovid's exile, después de rebatir todos los supuestos motivos y causas que se han barajado a través de la historia, viene a decir (reproduzco textualmente): "Ovid may never have kown the real cause o his exile. A victim of the secret policy or suspicions of a despot, he may vainly have lamented at Tomis an error that was not only venial, but really irrelevant".


      Finalmente y en dos palabras. Utilizando la lógica y los hechos que hemos relatado hay que deducir que alguien, aquel enemigo (que sabemos hablaba en el Foro) al que él apoda Ibis -el cual debía ser desde luego un personaje importante, poderoso y cercano al Emperador- por envidia, o por otra razón que desconocemos, debió ser el que intrigó ante Augusto acerca del Arte de amar para que nuestro poeta fuera deportado; y eso Ovidio lo debió saber. Pero al tiempo es posible que el mismo Ovidio sospechara que el haber posiblemente presenciado casualmente algún irrelevante hecho sucedido en la corte, al que él le dio una excesiva importancia, era también la causa de su desgracia.
     Sin embargo es necesario deducir que ese enemigo debía tener las espaldas muy cubiertas, o en otras palabras: tenía que tener a Ovidio muy bien "cogido" o "agarrado" para que no hablase ni sobre él ni sobre lo que había visto: ¿estaban amenazadas quizá las vidas de su esposa e hija? Posiblemente Ovidio razonó siempre que el hacer público el nombre de su enemigo y lo que él había visto (es posible que también quizás su enemigo supiera qué era), hubiera hecho más fatal la situación para los suyos y para él.


     "Es necesario aprender a sufrir lo que no se puede evitar". Lo dejó escrito Montaigne en sus Ensayos muchos años después.
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(1) Ruíz de Elvira, Antonio: Valoración ideológica y estética de las Metamorfosis